Date prisa, amado mío, y sé semejante al corzo, o al cervatillo, sobre

las montañas de los aromas.

—CANTAR DE LOS CANTARES 8:14

Naruto llevó a Hinata Y a su bolsa a través de la noche, hacia las montañas. Debía estar congelándose. Ella lo estaba. Y él estaba desnudo, y la escarcha prácticamente cubría el aire.

—Te he traído ropa y zapatos, —dijo con los dientes castañeteando. —Están en la bolsa.

Tal vez le respondió, o tal vez no. De cualquier modo, él continuó su camino.

Lo que había ocurrido dentro de la tienda... Devastación total era la única manera de describirlo. Él se había transformado en la bestia dorada furiosa a la que los otros se habían referido. Había hecho daño a la gente.

Había matado.

Él la había protegido.

Ella no había tenido miedo de él y ese conocimiento la había sorprendido. Él nunca le haría daño, y en el fondo, donde el conocimiento sobre lo que él le había instruido se arremolinaba, había entendido eso.

Ella había tenido miedo por él.

En cualquier momento, alguien podría haber entrado en la tienda con un arma y dispararle. Si eso hubiera sucedido, su padre lo hubiera matado, no sólo para castigarlo por lo que había hecho, sino porque Hiashi le habría temido, incluso permaneciendo en una jaula.

—Puedo caminar, —dijo ella, no queriendo que él tuviese que cargar con todo el peso en su huida.

La dejó en el suelo sin perder el paso, agarró su mano y la arrastró detrás de él. Ellos maniobraron entre árboles, ¡tantos árboles! y sobre tocones gruesos. Una eternidad más tarde, él se giró para mirarla.

—¿Preguntas? ¿Preocupaciones? ¿Sugerencias?

—¿Dónde estamos? —Preguntó. Hiashi no se lo había dicho. Lo único que sabía era que ella nunca había estado aquí.

—En la región de New Kolyma en el Extremo Oriente Ruso.

—¿Siberia?

—Sí. No te preocupes. Conozco esto.

Arriba, más arriba, más y más rápido, la condujo a través de la nieve.

Nieve sobre el suelo, nieve sobre los hermosos árboles. Un verdadero paraíso invernal, impresionante en su belleza. Rudo y traicionero. ¿Cuán rápidamente podría una persona congelarse hasta morir aquí afuera?

Por desgracia, ese no era el menor de sus problemas. Hiashi los seguiría. Tal vez no esta noche. Tal vez no mañana. No tendría ninguna prisa. Después de todo, podría localizar a Naruto en cualquier momento. Pero él reuniría a las tropas y vendría tras ellos.

Hinata sería prudente si abandonaba a Naruto ahora y actuara por su cuenta. Era lo que había planeado hacer mientras estaban atrapados en las Nolands. Ahora…

No podría dejarlo.

Él le devolvió la mirada, diciendo:

—¡Grita si necesitas que me detenga!

—Lo haré. —Y ella casi gritó un millar de veces en los próximos cinco minutos, pero de alguna manera, contuvo su voz en su interior. Ella quería tanta distancia entre ellos y el circo como fuera posible, incluso si tenía que sufrir para conseguirlo.

Cuanto más alto en la montaña subían, más densos se volvían los árboles y el terreno más rocoso.

Finalmente, Hinata perdió la noción del tiempo. Lo único que sabía era que ella estaba temblando incontrolablemente y sus músculos estaban tan pesados como rocas. Sus pulmones ardían.

Naruto se giró para mirarla por segunda vez, aminoró la marcha y se detuvo.

—Paremos para pasar la noche, —dijo. No estaba sin aliento y no parecía sentir frío.

—¿Por qué encontraste un lugar seguro? —Preguntó esperanzada.

—Porque estás cansada.

Tal como había sospechado.

—No me importa. Sigue adelante hasta que encuentres un lugar seguro. —Necesitaban toda la ventaja que pudieran obtener.

Él la miró detenidamente, con orgullo brillando en esos ojos azules.

—Muy bien.

¿Estaba ese orgullo dirigido a ella?

Ella esperaba que de un brinco se pusiera de nuevo en marcha. En cambio, dejó caer el bolso y abrió la cremallera de la parte superior. La ropa que ella había robado a su padre descansaba en la parte superior.

Aunque ni una sola prenda pertenecía a Hiashi.

Más bien, Hiashi se la había robado al Targon y eran de la talla perfecta para Naruto.

La talla, la razón por la que ningún humano las había comprado. El material era tan negro como la noche, y poseía una calidad exuberantemente suave.

Él se puso la camisa y los pantalones, y luego sacó la ropa que ella había traído para sí misma y se la arrojó a Hinata.

—¿Qué tal si dejamos la bolsa atrás? —Preguntó mientras se ponía los calcetines y las botas.

¿Qué?

—¡No! —Quitarse su abrigo fue realmente doloroso, el aire frío mordiendo cada centímetro de piel expuesta, pero de alguna manera ella encontró la fuerza para hacerlo. A continuación ella se quitó el vestido.

Naruto desvió la mirada y dijo:

—Tenemos exceso de equipaje, y lo digo literalmente.

—Es mi vida. —La camiseta y los pantalones le quedaban holgados sobre su cuerpo, pero ¡oh!, estaban calentitos, habiendo estado al abrigo contra el cuerpo de Naruto durante toda la caminata.

—He escuchado el sonido de joyas tintineando.

—Exactamente.

Un brillo ansioso que rivalizaba con la belleza de la luz de la luna entró en sus ojos.

—Te compraré joyas nuevas.

¿Cuándo ella había estado dispuesta a ir y regresar del infierno por ellas?

—Dame la bolsa, y yo la llevaré.

Frunciendo el ceño, él una vez más se colgó la correa del hombro.

— Naruto, —dijo ella.

— Hinata. —Sin más palabras, él enlazó sus dedos con los de ella y la instó a seguir.

Naruto se deleitaba en su libertad. Todavía llevaba las esposas, sí, pero ya no estaba tras los barrotes. Él ya no estaba atado a una rueda, un bloque para cualquier persona que quisiera rascar. Tenía a su mujer a su lado, y el único peligro que les acechaba actualmente era el clima.

Él había escuchado, había observado y sabía que Hiashi se había quedado atrás. Aun así, Naruto quería tanta distancia entre ellos como fuera posible esta noche. Mañana, arrastraría a Hinata hasta lo que probablemente parecerían ser mil kilómetros, y cuanto más recorrieran esta noche, menos tendrían que caminar mientras ella estuviera dolorida y hambrienta, y su adrenalina agotada.

No, pensó acto seguido, no permitiría que ella pasara hambre. En el momento en que él la hubiera escondido en un pequeño hueco caliente, se quedaría dormida y él cazaría. Pero vaya, ya estaba aguantando mejor de lo que había esperado. Su diminuto cuerpo suave y mullido tenía una vena testaruda que no le permitiría abandonar o incluso ir más despacio. Ella podía parecer estar dormida de pie, pero se ajustaba a cada paso que él daba.

—¿Qué vamos a hacer? —Resopló.

—Evitar las ciudades, en primer lugar. —Muchos estadounidenses se habían trasladado a Siberia inmediatamente después de la guerra humano-extraterrestre, ya que Siberia era supuestamente el único territorio libre de la "infestación" de otherworlders. En realidad, los otherworlders eran fusilados por lo general al primer avistamiento aquí.

—Mi jefe, Jiraiya, tiene una cabaña en la frontera. — Jiraiya tenía casas en todos los estados, de todos los países. Tal vez incluso en cada ciudad.

Así era como él mantenía a sus agentes ocultos, no importaba donde estuvieran o lo que tenían que hacer.

—Vamos a ir allí.

Llegaron a un pequeño claro, donde había caído un árbol, con el centro ahuecado por el tiempo y la edad.

Nadie sería capaz de esconderse cerca. Él vería y escucharía a cualquier persona que se aproximara. Y podía compartir su calor corporal con Hinata dentro del tocón. Esto era lo mejor que iba a conseguir.

Dejó caer la bolsa al lado del árbol, instó a Hinata a instalarse dentro del centro, y trabajó reuniendo las piedras cercanas. Había querido diez, pero sólo pudo encontrar ocho. Oh, bueno. Eso tendría que valer. Quitó la nieve de una pequeña porción del suelo y utilizó las piedras para formar un círculo. Acto seguido juntó ramas y las apiló en el interior de las rocas.

Se sentó junto a Hinata, y alcanzando dos de las piedras, las golpeó juntas.

—Por mucho que me encantaría verte crear fuego de esa manera, porque es muy varonil e impresionante y todo eso, —dijo, —me sentiría culpable si no te dijera que hay un encendedor en la bolsa.

Él hizo una pausa, la miró y arqueó una ceja.

—Has venido preparada.

—Tuve ayuda, —admitió después de una breve vacilación.

—¿De quién?

—Bueno... —Ella mordisqueó su labio inferior mientras hurgaba en la bolsa. Pasaron varios minutos, y ella empezó a murmurar en voz baja.

—¡Lo encontré! —Sonriendo, sacó un encendedor y lo puso apresuradamente en su mano.

—No has contestado a mi pregunta, Hinata.

—Oh, sí. Bueno, ¿Te acuerdas de aquellos hombres invisibles de los que hemos hablado?

—Sí. —Él encendió el extremo de una de las ramas, las llamas rápidamente prendiéndola, crepitando y extendiéndose a las demás. El calor flotaba hacia ellos, y el humo se ensortijaba en el aire.

—Yo no iba a decírtelo nunca, a menos que tú lo mencionaras en primer lugar, pero esperar parece en cierto modo tonto ahora, después de todo. Por lo tanto, aquí va. Uno de ellos me ayudó. Su nombre es Kurama y…

—¿Kurama? ¿Mi Kurama?

—¿Tu Kurama? Tú puedes verlo, entonces.

—Lo hago. Lo he visto casi toda mi vida.

—Bueno, yo empecé a verlo un par de días después de que tú fueras capturado.

Él no tenía ni idea de qué pensar sobre este descubrimiento. Kurama nunca se había revelado a ninguna otra persona, nunca había expresado su deseo de hacerlo, nunca mencionó estar haciéndolo, y Naruto había asumido que era un hecho imposible.

—¿Qué te ha dicho? —Exigió.

Hinata gimió.

—Esa pregunta es la misma razón por la que nunca mencioné su nombre.

Lo mismo para Naruto. Pero justo como ella había indicado, ellos estaban más allá del punto de retorno.

—Vas a contármelo tanto si quieres, como si no.

—Está bien. —En sus mejillas floreció un rubor rosa encantador. — Kurama dice que él es un Altilium y que Dr. M es un Epoto, pero no tengo ni idea de lo que cualquiera de esas palabras significan.

—Son términos en latín para "cargador" y para "drenador," y sin duda encajan. —Y sin duda ellos le habían dicho a ella más que eso.

La niebla se levantaba frente a ella, creando una neblina de ensueño.

—Entonces, ¿cómo es que Dr. M es doctor?

—Bueno, para empezar, él obtuvo un doctorado en fastidiarme.

Ella soltó una risita cuando dijo:

—Que sean dos doctorados. A mí me gusta Kurama de verdad, pero quiero encontrar un modo de deshacerme de Dr. M.

Naruto era la razón por la que aquel ser la había estado molestando, pero ella no arrojó culpa alguna sobre él. No se merecía a esta mujer, pero él quería merecerla. Quería hacer todo lo necesario para convertirse en el hombre que ella necesitaba.

—¿Están contigo ahora?

—No. ¿Y contigo?

—No. —Entonces, ¿Dónde estaban? —¿Qué más te dijeron? Y será mejor que confieses. De lo contrario me veré obligado a utilizar mi técnica de interrogatorio de fama mundial.

Otra risita. Ella asumió que estaba bromeando. Pero al menos había dejado de ruborizarse. Naruto no quería que sintiera vergüenza con él. Quería que ella se sintiera suficientemente cómoda para confesar cualquier cosa.

—Bueno, Kurama dijo que tengo que quedarme contigo.

Y es por eso que él me gusta más. Esperó, pero ella permaneció en silencio.

—¿Eso es todo? —Insistió.

—Eso es en esencia todo, sí, y todo lo que estoy dispuesta a admitir en este momento. Con o sin interrogatorio.

Eso no era tan malo.

Luego, ella agregó,

—Dr. M sugirió que te dejara atrás para que te pudrieras.

Sus manos se cerraron en puños, y pudo sentir a las drogas comenzando a verterse en su torrente sanguíneo.

Él quería hablar con ambas criaturas allí mismo, en ese mismo momento. Quería preguntarles cómo y por qué, qué más habían dicho, y ordenarles que dejaran a su mujer en paz. Ella no debía ser molestada con sus payasadas.

—Cambiemos de tema, —dijo él. Antes de que los sedantes pudieran con él.

Él se tendió a su lado y ella inmediatamente se acurrucó contra él, inclinando su cabeza para mirar los labios de Naruto y suspirando con lo que parecía ser satisfacción. Él jugó con las puntas de los mechones de su pelo, contento.

—No me tienes miedo, ¿verdad? —Le preguntó.

—No. ¿Por qué? —Una luz dorada danzaba sobre ella, haciéndola parecer como si acabara de salir de un antiguo cuadro de una tierra mágica con hadas y duendes y un "vivieron felices por siempre jamás".

—Yo... lastime a gente hoy.

—En tu empeño por ayudar a los demás. Confía en mí, —dijo ella con un bostezo. —Estoy empezando a entender la diferencia.

Gracias a Dios.

—Bueno. —Él la besó en la frente. —Cierra tus ojos ahora, cariño. Necesitas dormir.

—Pero no estoy cansada.

Ella lo estaba, pero se estaba resistiendo. Demasiado adrenalina, quizás. Demasiada preocupación por lo que el futuro les deparaba.

—¿Quieres jugar al juego de las pregunta de nuevo?

Sus facciones se iluminaron.

—Sí, por favor.

—Bien, porque me estoy preguntando... ¿Cuál es tu color favorito?

—Azul, —dijo ella, y luego admitió en voz baja, —el tono exacto de tus ojos. Nunca he visto nada tan hermoso.

Él se quedó quieto, sin atreverse ni siquiera a respirar.

—¿Cuál es tu color favorito? —Preguntó entonces ella.

— Hinata.

—¿Sí?

—No, —dijo, luchando contra una sonrisa, —ese es mi color favorito.

Su ceño se frunció por la confusión, de la misma manera que lo había hecho en la jaula cuando él había dicho algo que ella no pudo entender.

—Pero yo no soy un color.

—¿Está segura?

Una pausa. Un segundo después, una risa emergió de ella. Una risa que a él le calentó mucho más a fondo que el fuego.

—Quiero que sepas que esa es la cosa más maravillosa que he escuchado nunca, —dijo ella, acariciando con sus dedos el cabello de él. — Eres el primer hombre en toda mi vida que realmente me hace cumplidos, y creo que ya soy adicta a ellos.

—¿Soy de verdad el primero?

Un momento de silencio.

—Tú lo serás, —susurró, y ambos sabían que no estaba hablando de cumplidos.

Instantáneamente, la marea de necesidad que había experimentado por ella todos estos días lo desbordó, su cuerpo reaccionando a ella a un nivel primario. Sabía que ella era virgen, pero aquí, ahora, el conocimiento le provocó un sentimiento de posesión acrecentado, uno más fuerte que antes.

Esta mujer tenía que ser suya y sólo suya.

—Olvida el juego. Quiero besarte, —dijo él con voz ronca. Estaban solos. Nadie los estaba mirando, nadie los estaba escuchando. No había mejor momento.

Sus labios cayeron, el humor drenándose de ella.

—Pero no lo haré, —se obligó a sí mismo a añadir. Evidentemente ella no estaba dispuesta.

Bueno, tendría que conseguir que ella estuviera dispuesta de nuevo.

—¿Por qué no?, —dijo. Y entonces, —Oh. Está bien. Ahora es mi turno para besarte. —Ella se inclinó sobre él y lamió el camino hacia su boca.

La sorpresa lo golpeó primero, seguido de cerca por el deseo intensificado. Sus lenguas se encontraron, rodaron juntas, y la dulzura de su sabor lo cautivó. Calor explosionó a través de todo su cuerpo, sus células volviendo a la vida, sus terminaciones nerviosas disparando chispas eléctricas, y él gimió mientras la absoluta y total devastación de su necesidad lo consumía. Esta mujer… tenía que tenerla, todo de ella, y pronto.

— Hinata, —dijo.

— Naruto.

Él le dio dulzura y le dio ternura... al principio. Cuanto más se mordisqueaban el uno al otro, más concentrados se hicieron los movimientos de Naruto. Jugó con los bordes de su camisa, pasando sus dedos por el borde, tentando la piel desnuda de su vientre, tratando de prepararla para una invasión más íntima.

Pronto ella estaba gimiendo, secundando todos sus movimientos en busca de un contacto más prolongado.

—Quiero tocarte, cariño.

—Lo estás haciendo, —susurró.

Tal comentario inocente, le recordó que fuera despacio, que fuera cuidadoso, sin importar lo grande que era su necesidad. Su tranquilidad era más importante que cualquier placer fugaz.

—Lo sé, pero quiero ir más arriba, tocar tus pechos.

Ella sacó la punta bastante rosada de su lengua, deslizándola sobre sus labios, dejando un brillo delicado de humedad.

—No te tocaré en ninguna otra parte, —le dijo. No hasta que estuviera lista.

Pasó un momento. Ella tragó saliva, asintió con la cabeza.

Lentamente deslizó su mano por debajo de su camiseta y la ahuecó, piel con piel, tocando a la mujer. Su piel estaba fría, pero él rápidamente la calentó. Él rozó su pulgar sobre el pico central, arrancando un gemido de ella, éste directo desde lo más profundo de su ser. Todo el rato él observando su expresión. El miedo nunca se había registrado. Sólo placer.

Y cuando ella se arqueó contra su apretón, una solicitud silenciosa en pos de una presión más fuerte, él luchó contra el impulso de gritar de sublime satisfacción.

Él la poseería allí.

—¿Te gusta esto? —Le preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

—Oh, sí.

—Quiero reemplazar mis manos por mi boca, bueno, y… —las orejas de Naruto se crisparon, y se estiraron.

—¿Qué…

Él retiró su mano y puso su dedo sobre sus labios, silenciándola.

Con la otra mano, apagó las llamas. La oscuridad descendió sobre ellos.

Sus ojos se adaptaron en cuestión de segundos, y él vio como un zorro se pavoneaba dentro y fuera del claro. Ninguna amenaza, entonces.

Todavía. La intrusión sirvió como un recordatorio necesario. Él era el único medio de protección de Hinata, y eso tenía que estar antes que nada.

Naruto la miró a los ojos.

—Tengo que poner fin a nuestras actividades extracurriculares. No podemos correr el riesgo de cualquier tipo de distracción, y además de eso, tenemos un gran día por delante. Duerme.

—No.

—Sí. —Él se relajó dentro del tocón y presionó la cabeza de ella dentro del hueco de su cuello.

—Está bien. Buenas noche, Naruto, —dijo con una nota de frustración, con su cálido aliento acariciando su cuello.

—Buenas noches, —respondió, aun sabiendo que ella ya no podía oírlo.

Sólo unos minutos más tarde, ella se quedó completamente laxa contra él, indicándole que se había quedado dormida, tal como le ordenó.

Pero justo cuando él estaba a punto de levantarse para salir a cazar una pieza para el desayuno, ella comenzó a agitarse y a girar, antes de ponerse bruscamente en posición vertical, sin aliento.

—Estoy aquí —le aseguró. — Naruto está aquí.

— Naruto, —dijo ella, suspirando y recostándose contra él. Y una vez más se abandonó a la deriva. Esta vez, ella se quedó inmóvil y silenciosa.

Ella se sentía segura con él, confiaba en él, y a él le alegró, aunque sostenerla era la más dulce y peor clase de tortura, su aroma decadente en su nariz, sus suaves curvas apretadas contra la dureza de su cuerpo.

Pero esto era lo que él siempre había querido, ¿no? Una mujer en sus brazos, feliz de estar con él. Y que la mujer resultara ser Hinata…

A pesar de todo lo demás, Naruto sonrió.

Continuará...