Despiértate, tú que duermes, y levántate de entre los muertos.
—EFESIOS 5:14
La luz traspasó la oscuridad en la mente de Hinata, se estiró, despertó del sueño más tranquilo de su vida. El olor a carne asada llenó su nariz y su boca se hizo agua.
Ella se desperezó, se frotó los ojos. De inmediato, se dio cuenta de algunos hechos sorprendentes. Estaba calentita, cubierta por una gruesa manta peluda que no había tenido la noche anterior, y con excepción de la gargantilla de diamantes cerrada alrededor de su cuello, le habían quitado sus joyas.
Naruto estaba agachado frente a un pequeño fuego, girando un pincho de carne que había dispuesto a través de dos palos que había clavado en el suelo. Por su cuenta, probablemente habría muerto de hambre. Pero Naruto era más que capaz, era de lejos un hombre con recursos... y mucho más hermoso que su gargantilla mientras rayos dorados brillaban y bailaban sobre él, destacando su fuerza, su absoluta masculinidad.
—Buenos días, —dijo ella.
Él se giró hacia ella, la miró de arriba abajo, con un calor casi tan abrasador como el que tenía delante de él ardiendo en aquellos ojos azules.
—Buenos días.
El corazón de ella se aceleró al recordar la gran maestría de sus besos. Y cuando él había ahuecado su pecho, oh, dulce misericordia, la reacción que había provocado había sido inesperada, la más dulce clase de placer, el más agonizante tipo de dolor.
Ella había necesitado más. Había querido más, sí, eso también, pero necesitado era la palabra más correcta. Cuando él se había detenido, había esperado morir. Ella habría intercambiado su siguiente respiración por un solo toque.
Y está bien, bueno, ella había entendido sus razones, por lo que lo había hecho, pero aun así había querido gruñir con la insatisfacción.
Nunca había experimentado tanto placer, y él se lo había arrebatado.
Estás haciendo pucheros, pensó, y suspiró. Naruto merecía algo mejor que una mujer quejumbrosa más preocupada por hacer el amor que por la seguridad, sobre todo porque esa misma mujer le había impedido continuar tiempo atrás.
— Naruto, —dijo.
—Sí. Ese soy yo. ¿Qué pasa con ese tono molesto?
¡Tono molesto!
—No tengo un… bueno, lo tengo. Lo siento.
—¿Todavía te sientes frustrada? —Le preguntó.
—Quizás. —Ella bajó la mirada hacia sus manos, sus dedos estaban retorciéndose juntos. —Quiero que sepas... Siento que debería explicarte... por qué no te permití hacer más que besarme aquella vez en la jaula.
—Me lo dijiste. No te sentías preparada.
—Y eso era cierto. Es sólo que, cuando era más joven, solo una niña, las cosas de las que fui testigo en las sombras… —dijo ella, y un estremecimiento la recorrió. —Entonces me escapé y fui capturada por un grupo de chicos borrachos y apenas logré escabullirme y librarme de ellos para esconderme. Las cosas que me hicieron antes de que me alejara... ellos me apretaron y me lastimaron, y yo estaba tan asustada, y tan feliz cuando mi padre se presentó y me rescató, estoy divagando, lo sé, pero esa es una de las razones por las que me quedé con él tanto tiempo. Él me salvó de un destino terrible. En el circo, su nombre me ofrecía cierto tipo de protección.
Naruto se movió para agacharse delante de ella.
— Hinata…
—No, no digas nada. Sucedió. Aprendí y crecí. Estoy bien. Únicamente quería que lo supieras.
—Eras una niña, —dijo. —Una niña que se convirtió en una mujer cautelosa, desesperada por una salida, y aun así cuidando de los menos afortunados que ella. Ahora lo entiendo. —Suspiró. —Yo te hice sentir amenazada durante nuestro primer encuentro, y no estoy orgulloso de mí por ello. Me gustaría poder volver atrás y hacer mil cosas de forma diferente.
Ella pasó sus dedos a través de los rizos helados de su cabello, embelesada por la suavidad.
—Típico de Naruto, tratando de hacerme sentir mejor.
—Siempre. —La besó en la punta de su nariz. —Escucha. Te excité la noche anterior y no pude terminar porque ver tu clímax me hubiera hecho perder la cabeza. Sé que no me culpas por haber decidido esperar, pero tu cuerpo no lo entiende, y eso es comprensible. Cuando por fin estemos juntos, va a ser en una cama y estarás a salvo. Podremos hacer lo que queramos el uno al otro.
—Sí, bien... —Incluso hablar de lo que podrían hacer, y harían, la excitaba de nuevo. Ella se apresuró a cambiar de tema. —¿Qué es eso que vamos a comer?
—No preguntes, y yo no lo diré.
—Bueno, ¿cómo te las arreglaste para cazar esta misteriosa carne?
—Me encontré con un grupo de cazadores, esperando en un escondrijo, y confisqué sus armas.
No iba a preguntar lo que había hecho con los propios cazadores.
—Hablando de armas... —Él se enderezó y caminó hacia el otro lado del tronco de árbol que les había servido de cama, de donde levantó dos rifles. —¿Alguna vez has usado uno de estos?
—¿Un arma? Sí. ¿Algo tan grande? No.
—Te voy a dar una mini lección antes de partir. Y no tienes por qué preocuparte por usarlo y atraer a Hiashi hacia nuestra ubicación con el ruido. ¿Ves los extremos? He creado una pasta especial para amortiguar la detonación.
—Oh, bueno, eso es genial, pero ya tengo un arma, —dijo, y buscó dentro de la bolsa hasta que la encontró. —Incluso está cargada y todo.
Él observó el arma, meneó la cabeza, luego la observó de nuevo, una extraña luz entró en sus ojos.
—El seguro está desactivado, —dijo con los dientes apretados.
—¿Qué seguro? —Ella volteó el cañón hacia su cara y…
El arma le fue arrebatada de las manos. Naruto la manipuló, y ella oyó un chasquido. Él comprobó el... como sea que se llame el pequeño centro redondo que giraba, antes de decir:
—He estado llevando esta cosa encima, Hinata.
Ahora probablemente no era el momento de decir "Daaah." "Lo sé."
—Podría haberme disparado a mí mismo. ¡O a ti! Y pensé que habías dicho que habías usado un arma de fuego.
—Lo hice. Mi padre puso una en mi mano y me obligó a apretar el gatillo. Y ¿Adivina qué? Tengo buenas noticias para ti. No te disparaste a ti mismo o a mí.
Él se pasó la lengua por los dientes.
—Déjame adivinar. ¿Esto es obra de Kurama?
—Fue una sugerencia de él, sí, —dijo, sin querer meter al pequeño individuo en problemas cuando él sólo había querido ayudar.
—¿Qué más te dijo que trajeras?
—Te lo voy a mostrar. —Ella sacó un tenedor, pasta de dientes, lápiz labial, un condón, y un perfumado desodorante en spray. —Me dijo que cada una de estas cosas era una necesidad.
—Eeeestá bien. Así que ¿Por qué el tenedor? —Preguntó él.
¿Esa era la primera pregunta que él tenía? ¿En serio?
— Kurama dice que no somos salvajes, y no debemos actuar como si lo fuéramos.
—¿Y el lápiz labial?
—Eso, no lo dijo.
—¿No hay botellas de agua? ¿No hay comida?
—No. Pero supongo que es porque podemos derretir la nieve y beberla, y Kurama sabía que tú podías atrapar…, —ella agitó la mano hacia el fuego. —…cosas.
—¿Y el condón? ¿El único condón?
Y, ahí estaba la pregunta que ella había supuesto que él plantearía al principio.
—No es mi culpa, —dijo ella, luchando contra su rubor. —Estoy avergonzada, también, pero él me dijo que lo cogiera, así que lo tomé.
—Sí, pero es probable que nosotros no estemos avergonzados por las mismas razones, —murmuró.
¿Por qué estaba él avergonzado, entonces?
Cogió el tenedor y caminó enérgicamente hacia la cocina improvisada, donde colocó jugosos trozos de carne en una piedra plana.
—Hay un río a unos pocos metros al norte, y ya he lavado la piedra, —dijo, entregándosela a ella. —Nosotros no somos salvajes, bien, y no voy a hacerte comer de un plato sucio.
La sorpresa la golpeó mientras asimilaba sus palabras. Qué hombre tan dulce, teniendo consideraciones para con ella en todo momento, incluso en las pequeñas cosas.
—Gracias, —dijo con una sonrisa brillante.
—De nada. Ahora, aquí tienes el tenedor. —Él le tendió la mano.
Ella negó con la cabeza.
—No, gracias. Eso es para ti.
—Yo no voy a usar un tenedor mientras tú usas los dedos. Cógelo.
—No.
Él frunció el ceño, pero metió de nuevo el utensilio en la bolsa.
—Está bien. Ambos seremos salvajes.
—Está bien. —Después de haber tomado unos cuantos bocados de la comida más deliciosa de su vida, ella se quejó y dijo: —¿Hay algo que no puedas hacer? —Y tal vez ella era una salvaje, porque quería seguir llenando sus cachetes mientras hablaba, y quería mordisquear la carne que quedaba en torno a los huesos. —No tienes necesidad de un cocinero en tu granja.
—Y sin embargo, todavía quiero uno, —murmuró.
¿Significaba eso lo que creía que significaba? ¿Qué todavía quería a Hinata allí?
—Querido, —apenas arañó la superficie, se dio cuenta. —Quiero que sepas, que mientras estamos de camino, no te voy a defraudar o a frenarte. No voy a quedarme atrás, lo prometo.
—No te exijas demasiado.
—No lo haré, —dijo, lo cual era verdad. Ella planeaba exigirse relativamente demasiado. Él la había ayudado. Ella no sería un obstáculo para él.
Naruto terminó de comer y metió todas las "necesidades" de nuevo en la bolsa, así como la manta que había robado, y levantó la estúpida cosa sobre su hombro, a continuación, un rifle, luego el otro. Le hubiera dado a Hinata una de las armas, pero no, eso nunca iba a suceder ahora. Ni siquiera si su vida dependiera de ello.
—Preparé un lugar para que puedas atender cualquier necesidad apremiante que pudieras tener, —dijo él, y vio como el color, una vez más iluminó sus mejillas.
—Gracias, —contestó ella, comprendiendo. —Pero, eh... ¿Dónde está?
Él señaló, encantado por su inquietud por alguna razón. Habían pasado seis días juntos, atrapados en una jaula de diez por diez. Habían superado este tipo de cosas. Pero su pequeña Hinata era correcta y formal, supuso, hasta que la besó.
Cada vez que él recordaba sus besos, un fuego se encendía en su sangre, y una conciencia profunda florecía donde el instinto primario hervía. Era maravilloso... Era terrible... Él la quería, pero no podía tenerla.
No aquí afuera, al aire libre, donde cualquiera podría tropezar con ellos. Por lo menos él entendía un poco más acerca de ella y lo mucho que la había malinterpretado al principio e incluso hasta momentos antes. No es de extrañar que ella siempre hubiera querido vivir por su cuenta. No es de extrañar que ella hubiera querido pasar el resto de su vida sola. Era un milagro que alguna vez hubiera permitido a Naruto acercársele.
Hinata se levantó, caminó con dificultad a través de la nieve, y pronto desapareció detrás de una pared de hojas invernales. La zona estaba lo bastante cerca así él podía oír si alguien se acercaba, pero lo suficientemente lejos para que se sintiera lo suficientemente cómoda para hacer lo que tuviera que hacer. Además, un buen número de árboles formarían un círculo alrededor de ella, protegiéndola de miradas indiscretas.
Desmanteló el asador, apagó el fuego y esparció las rocas. Ocultó la evidencia de su estancia lo mejor que pudo, y para cuando terminó, Hinata había regresado.
—¿Estás dolorida?— Le preguntó.
—Sorprendentemente, no demasiado.
Bueno.
—Vamos a mantener un ritmo brutal hoy. Revisé nuestras coordenadas, y si nos damos prisa, podemos llegar a la cabaña un poco después del anochecer.
—Estoy lista, —dijo, y su voz sonó como si realmente lo estuviera.
Él entrelazó los dedos de ambos, algo que le gustaba hacer. Le gustaba saber que ella estaba cerca. Le gustaba saber que confiaba en él lo suficiente como para permanecer a su lado.
Caminaron hacia delante, en silencio durante la primera hora.
—Tengo algo que decirte, —dijo ella, —pero no te va a gustar.
—Puedes decirme cualquier cosa.
—Bueno... verás, no hay llave para las esposas. Hiashi destruyó la única, lo cual explica en cierto modo por qué nunca fui capaz de encontrarla.
¿Lo explicaba en cierto modo?
—¡Lo siento! —Agregó.
No hay ninguna llave, pensó, aturdido por el descubrimiento, a pesar de que él debería haberlo adivinado hace mucho tiempo.
Hiashi era simplemente lo suficientemente cruel, lo suficientemente engreído, para hacer una cosa así, sin preocuparse por las vidas que estaba arruinando. En realidad, contento por las vidas que estaba arruinando.
Y Hinata esperaba una respuesta de él. Ella esperaba que él se enfureciera y despotricara, lo más probable.
—No te preocupes por eso, —finalmente respondió, y giró a la izquierda, maniobrando alrededor de un pequeño estanque de hielo.
Después de un tiempo, los fármacos de las esposas se acabarían.
Ellos ya no serían capaces de afectarle.
Pero... aún las quería fuera. No quería que nadie tuviera este tipo de poder sobre él de nuevo.
Nunca quería ser localizado por un par de clics en un ordenador.
Había tenido la esperanza de buscar la llave cuando regresara a rescatar a los otherworlders, pero ahora, eso sería innecesario, una cosa menos que hacer.
Y en realidad, esto era probablemente lo mejor. Ahora podría quitarse las esposas en el momento en que tuviera a Hinata a buen recaudo y supiera que Jiraiya estaba de camino.
Jiraiya, quien debería haberlo encontrado ya a estas alturas.
Pero Naruto seguía negándose a creer que sus amigos estaban muertos.
En su línea de trabajo, tenías que ver el cuerpo para creerlo. Y, aun así, era dudoso.
Yahiko era astuto. Kiba un encanto. Ambos eran supervivientes. Nadie podía detenerlos por mucho tiempo. Y Naruto, bueno, él era el que arreglaba las cosas. Siempre había sido el solucionador de los problemas y él resolvería esto.
Juntos, habían salvado a este mundo de muchas, muchas personas terribles. Proveedores de drogas, traficantes de esclavos humanos, asesinos, y de aquellos que pensaban reunir un ejército y alzarse al poder.
Los chicos estaba previstos para un rescate de sí mismos. Y lo llevarían a cabo, se aseguró a sí mismo. Él se aseguraría de ello.
Durante las próximas seis horas, tuvo cuidado de evitar las zonas con profundas huellas de lobo y de oso. Y lo hizo bien, hasta que una manada de lobos se acercó al borde del acantilado por encima de él. Él quiso maldecir, pero en realidad, no había nada que pudiera haber hecho. No había habido ninguna huella que evitar, porque los animales habían estado claramente dándole caza a él.
Brillantes miradas amarillas recorrieron la luz del día, con diligencia buscando el sabroso manjar que habían olido. Naruto se detuvo y lanzó una mirada con ojos estrechos a Hinata, una demanda de silencio. Ella asintió para indicar que lo había entendido. Él la levantó del suelo y la llevó a la roca más cercana. Él podría superar el peso de ella por más de setenta kilos, pero aun así sus pasos eran más ligeros.
Dejó la bolsa a sus pies y le dio un rápido beso en los labios. Sus ojos estaban muy abiertos, vidriosos por el miedo y el cansancio, pero ella se mantuvo en posición vertical mientras él se alejaba. Naruto estaba más orgulloso de ella con cada segundo que pasaba.
Un gruñido bajo y amenazador hendió el aire, seguido por otro.
Los lobos lo habían localizado. Ahora ellos saltaron, aterrizando detrás de él en una rápida sucesión. Él oyó los golpes de sus patas, y pudo calcular la ubicación de cada uno.
Naruto se dio la vuelta, palmeando el fusil y lanzando un tiro. No hubo un ruido fuerte, sólo un golpe suave, el silenciador improvisado estaba haciendo su trabajo. Una criatura se quedó inmóvil, con la pierna ahora luciendo una herida abierta, mientras los otros saltaron sobre él. La rabia lo envolvió. Rabia porque estos animales habían colocado a su mujer en peligro, porque ellos podrían haberla herido.
Justo antes del primer contacto, él se transformó en su otra forma, haciendo imposible usar el rifle. Dejó caer la pistola y agarró a dos de los lobos por el pellejo del cuellos, golpeando a uno contra el otro, bloqueando a uno de sus amigos que se dirigía a su yugular. El otro rebotó en el suelo y lanzó a los que mantenía en alto sobre él.
Los tres restantes se habían aferrado a sus piernas y estaban mordiendo sus pantorrillas. Rojo goteó y salpico a través de la nieve, perfumando el aire con un fuerte olor a cobre. Tiró a uno hacia la izquierda, otro hacia la derecha, y agarró al último. Levantando a la criatura en alto, echó hacia atrás la cabeza y rugió.
Los otros comenzaron a alejarse de él. Lanzó al que estaba retorciéndose en su puño, y el lobo se estrelló contra sus amigos. Ya no contentos con retroceder poco a poco, la manada completa dio media vuelta y echó a correr.
Un extraño sonido detrás de él le hizo mirar hacia atrás, preocupado.
Hinata estaba en el mismo lugar en que la había dejado, pero sostenía el arma que Kurama le había dicho que robara. Y ella estaba temblando, pálida.
—Yo... no pude disparar. Lo siento. Lo intenté. Quería ayudarte, pero no pude. No podía, porque todo en lo que podía pensar era en One Day, y la forma en que me miraba cuando Hiashi me obligó a dispararle, y en los otros mientras morían, y yo... ¡lo siento tanto!
Una disculpa. Después de todo lo que acababa de presenciar. Una vez más, no estaba disgustada por su capacidad de lucha y esa revelación lo apabulló.
Él levantó las manos, con las palmas hacia fuera y se acercó a ella.
Sus uñas retraídas.
—Cariño, está bien. De hecho, es mejor que no lo hicieras. No has practicado con un arma, y podrías haberme disparado a mí. ¿Quieres matarme?
—¡No!
Suavemente él arrebató la pistola de su agarre kung fu y metió el cañón dentro de la cinturilla de sus pantalones. Tiró de ella hacia el interior de sus brazos y la abrazó, solamente la abrazó mientras ella lloraba, muy contenta porque él había permitido que los lobos siguieran con vida.
—Lo siento. Ahora no es el momento para las emociones. —Ella levantó la cabeza, dejando al descubierto sus ojos llorosos que le hirieron el alma. —Tengo que atender tus heridas.
—Y puedes hacerlo, en el momento en que lleguemos a la cabaña. — Él ahuecó sus mejillas, sus pulgares apartando las lágrimas que siempre serían su perdición. —Lamento todo lo que has tenido que soportar a lo largo de los años, cariño.
Ella sollozó con un estremecimiento,
—Gracias. Pero ¿Naruto? Si fueras listo, me dejarías atrás. Sé que he hecho todo lo posible para mantener el ritmo, tal como prometí, pero todavía estoy obstaculizándote, ¿verdad?
Si fueras listo, había dicho, obviamente, no tenía ni idea de lo mucho que lo había insultado.
¿Por qué quería sonreír?
—Estarías a muchos, muchos kilómetros de aquí si no tuvieras que preocuparte por mí—, continuó.— ¿No es cierto?
Probablemente.
—El calor corporal es importante en un clima como este. —No para él, sin embargo. Naruto no experimentaba el frío de la misma manera que los humanos lo hacían. Aun así, dijo, —Tal vez me estás salvando de la congelación. Tal vez me estés salvando de morir de aburrimiento. Eres bastante entretenida.
Eso la aplacó un poco, y ella jugueteó con el cuello de su camisa.
— Tienes razón. Estoy segura de que te estoy salvando. Y, por cierto, de nada.
—Bueno, es hora de que ustedes dos empiecen a confiar el uno en el otro, —dijo una voz familiar. —Fue el lápiz labial, ¿verdad? Sabía que no serías capaz de resistirte a ella.
Naruto no tuvo que mirar para saber que Kurama acababa de aterrizar sobre su hombro.
—¿Dónde has estado?
Hinata frunció el ceño hacia él.
—Justo aquí.
— Kurama, —dijo él negando con la cabeza.
—¿En serio? —Ella miró a la derecha. Ella miró a la izquierda. —¿Dónde está?
—¿No puedes verlo ni oírlo?
—No.
—¿Por qué no puede verte o escucharte en este momento?, —le preguntó a Kurama.
—Yo sólo soy capaz de manifestármele a una persona a la vez. Y para responder a tu pregunta anterior, he estado recargándome. He tenido que hacer eso mucho últimamente.
—Te está llevando más tiempo de lo habitual.
—Estoy utilizando más energía de lo normal.
—¿A dónde fuiste, de todos modos?
Kurama bajó la mirada, dio una patada con un pie calzado con sandalias.
—Sabes que no te voy a decir donde he estado.
No, nunca lo hacía. Aun así, "gracias" no parecía adecuado.
—Estoy en deuda contigo.
—Y te lo cobraré, estoy seguro, —el hombrecito dijo con una sonrisa.
Pero él no lo haría. Nunca lo hacía.
¿Por qué de repente Naruto se sentía con deseos de alborotarle el cabello al macho?
—¿Dónde está Dr. M? —Y qué extraño era tener esta conversación delante de alguien. Él nunca había hecho eso antes.
—Está en algún lugar cercano, eso es todo lo que sé. Tengo la intención de darle caza. Pero en primer lugar... —bajó por el brazo de Naruto y se detuvo en las bandas de metal alrededor de sus muñecas. Miró en el interior del ojo de la cerradura, murmuró para sí mismo y asintió. —Si yo pudiera curar las heridas que los lobos dejaron atrás o abrir las esposas, ¿cuál de las dos opciones preferirías que hiciera?
—Creo que esa es la cosa más estúpida que has dicho en toda tu vida.
Kurama rió.
—Tomo nota. Esto me podría llevar un tiempo, ya que tengo que desactivar el motor de las agujas para evitar que pierdas las manos.— Luego puso sus manos en el interior del ojo de la cerradura y una luz brillante brotó de él, casi cegando a Naruto con su intensidad.
Pasó un minuto. Dos. Tres. Finalmente, las esposas se soltaron. Las bandas se mantuvieron pegadas a sus muñecas, las agujas todavía incrustadas en sus huesos, pero todo lo que tenía que hacer era arrancar cada una de las agujas, causando fuertes dolores que lancearon su brazo, y él fue libre. Dulcemente, benditamente libre, capaz de conservar ambas manos.
Hinata jadeó de placer.
—Si tenías el poder de hacer esto, —le dijo Naruto a Kurama, —¿Por qué no lo hiciste antes?
—Era el circo. La magia negra. Mi poder era limitado.
Eso, lo comprendió.
Una vez más, "gracias" no parecía adecuado.
— Kurama... no tengo palabras.
—No quiero palabras. Yo siempre he querido verte feliz y asentado, Naruto. Espero que sepas eso.
Kurama lo amaba, Naruto se dio cuenta. Realmente lo amaba. Había pensado que Mary Kurenai y Asuma Sarutobi habían sido los únicos que lo habían hecho, pero no. Él siempre había tenido a Kurama, aunque él no lo sabía. Y absolutamente debería haberlo sabido, debería haber mirado más allá de la superficie. Pero había estado tan cegado por sus problemas y sus expectativas distorsionadas.
—Lo sé, —dijo finalmente. —Realmente lo sé.
—Entonces haz lo que sea necesario para permanecer de esa manera, ¿eh?, —dijo Kurama, y desapareció para recargarse.
La próxima vez que lo vea, voy a darle un beso en la boca.
—Oh, Naruto, —dijo Hinata, saltando arriba y abajo, aplaudiendo. —¡Qué maravilla! Hiashi nunca será capaz de encontrarte ahora.
Pero Naruto lo encontraría a él, se lo había prometido a sí mismo, y esa era una promesa que no rompería.
—Vamos, cariño. Solamente nos quedan ocho horas más de viaje para llegar.
Un pequeño gemido se le escapó, pero lo único que dijo fue:
— Mañana, cuando estemos en la cabaña, tendré la oportunidad de planificar las actividades del día.
—Mientras dichas actividades incluyan una cama.
Tal vez ella sabía lo que él quería decir. Tal vez no.
—Trato hecho, —dijo ella, y sonrió tan dulcemente como el azúcar, tan juguetonamente como un gatito.
Sellando su destino.
Continuará...
