Oh Paloma mía, que anidas en las grietas de la roca, en lo escondido de
escarpados parajes, déjame ver tu silueta, déjame oír tu voz. Porque tu voz
es dulce, y tu aspecto es precioso.
—CANTAR DE LOS CANTARES 2:14
¡FINALMENTE!
La cabaña apareció a la vista, pequeña y parcialmente oculta por los árboles y la nieve.
Naruto sabía que habría una caja de seguridad en algún lugar de la propiedad y registró cada centímetro en un perímetro de diez metros, hasta que la encontró en el interior del tronco de un árbol. Él tuvo que raspar el hielo con sus garras, demostrando así que nadie había estado allí en un tiempo, y golpeó su código personal.
Las luces azules y amarillos parpadearon, señalando que las trampas a lo largo de los límites habían sido desactivadas.
A continuación, tecleó el código para obtener información. Habían pasado seis meses desde que un agente había entrado en el local, y cuatro semanas desde que uno de los cables de seguridad habían sido activados, enviando rayos de electricidad a través de todo el cuerpo del delincuente.
Ya fuera que un humano se hubiera acercado demasiado o que un animal hubiera estado acechado su cena un poco demasiado lejos de su coto de caza.
—¿Dormir ahora? —preguntó Hinata.
Sus palabras fueron mal pronunciadas, pobre dulzura. Él no había tenido piedad, se había detenido únicamente dos veces para asegurarse de que comiera la carne adicional que había empacado y bebido el agua que derretía para ella.
—Dormir ahora, —respondió, y ella se abalanzó en sus brazos.
Teniendo la cabeza apoyada en su hombro, su cuerpo al instante se ablandó.
La llevó al interior, hacia el calor. Los muebles eran pintorescos y acogedores, estaban aquí por comodidad, no para luchar. Un largo sofá tapizado. Un love seat. Un sillón reclinable. Una mesa de centro con revistas viejas extendidas sobre la superficie. Se alegró. Quería a Hinata tranquila y a gusto aquí.
Entró en el dormitorio principal, pero omitió la cama matrimonial. En el cuarto de baño, se metió en la ducha. En el circo, ella había tenido que usar un aerosol de enzimas húmedas barato para limpiar a los cautivos.
Era por eso que ella había tenido que mover la ropa de ellos hacia un lado y usar trapos. Aquí, con las enzimas secas más cara, la eliminación de la ropa era innecesaria.
Su peso en las baldosas disparó el interruptor automático, y el spray comenzó a caer como un roció encima de ellos, limpiándolos por dentro y por fuera, así como a sus ropas.
Su piel se estremeció, y un sabor a menta, incluso revistió su lengua.
Una vez hecho esto, entró en el dormitorio e instaló a Hinata encima del blando colchón. Una masa de pelo negro se derramó sobre la almohada, y un suave suspiro separó sus labios. Ella se acurrucó a su lado. Él no pudo evitarlo.
Extendió la mano, trazó sus dedos a lo largo de la curva de su oreja.
Ella era una mujer tan obstinada. Una mujer tan hermosa.
Su mujer.
Le quitó el abrigo y metió las sábanas a su alrededor. Sus dedos se movieron sobre la gargantilla de diamantes que él había dejado en ella. Las piedras estaban frías, pero bonitas, y deseó haber comprado las joyas para ella. Sin embargo, algo acerca de ver a tan delicada mujer vistiéndolas tentaba al animal dentro de él. El animal que habría negado hasta con su último aliento hace sólo unos días.
El animal que una vez él había odiado.
De alguna manera, su mayor defecto se había convertido en su principal activo. Él no había utilizado su fuerza para dañar intencionalmente, sino para proteger a alguien valioso. Y ella era preciosa,¿Verdad? Preciosa para él en muchos aspectos.
La necesidad que sentía por ella lo hacía marearse con el sentido más sublime de satisfacción al darse cuenta de que finalmente sería capaz de tenerla. En todos los sentidos. Sin interrupciones. Sin distracciones. Sin peligro. Y ella estaba lista para él. Él sabía que ella lo estaba. La última vez... la forma en que se había movido...
Y luego, esta mañana...
—¿Todavía estás frustrada? —Él le había preguntado.
—Tal vez, —Disparó ella.
La había trabajado a tal punto, pero no le había dado ningún tipo de liberación.
—Pronto, —le prometió, a pesar de que ella no lo oyó. Él le dio un beso en la frente y se dirigió en silencio a través de la casa. Tenía dos pisos, aunque el segundo piso estaba bajo tierra y sólo un ojo entrenado sería capaz de encontrar la puerta de abajo.
El calor ya se filtraba en el aire caliente, pero comenzó un fuego en la chimenea de la sala de estar de todos modos.
La cocina era pequeña, con mostradores de granito, gabinetes de madera de cerezo tenían suficientes alimentos enlatados y en cajas como para ver una familia de cuatro atravesar unos meses de reclusión. Sólo había un dormitorio. El otro se había convertido en una oficina.
Naruto fue hacia la oficina y asumió el control. Se arrellanó en la única silla en frente de la pared de las computadoras, y comenzó a escribir en el teclado central, retornó el disparador automático de las trampas externas.
Envió un mensaje a Jiraiya, Yahiko, y Kiba, esperó cinco minutos, diez, pero ninguna respuesta fue enviada por cualquiera de los tres. Podía volver a intentarlo después de comer, se dijo.
La despensa estaba provista de muchos más alimentos enlatados, y devoró todo un litro de sopa de pollo con fideos. Y... aún no había respuesta por parte de los chicos.
Eso no quiere decir nada, se aseguró.
Retornó a la habitación, bajó sobre el colchón, y tiró de Hinata a su costado. No se despertó, pero lo que hizo fue moldearse contra él. Él encajó una mano en su pelo y la otra mano en su trasero, amando lo bien que encajaban entre sí.
Pero... media hora pasó. Transcurrieron dos horas. Se quedó allí, simplemente mirando al techo. Él no estaba demasiado preparado para dormir, su mente demasiado activa. ¡Qué viaje que había emprendido!
Forzado a convertirse en un fenómeno secundario de circo. Rodeado por el mal, pero atendido por una santa. Una carrera a través de una tundra congelada, con una hermosa morena a su lado. Un ataque de lobos. Y ahora, esto. Satisfacción.
Y, honestamente, si todo lo que había sufrido había sido necesario para brindarle este momento, sabiendo que Hinata estaba segura, que la había salvado de una vida de tortura y tormento, no habría cambiado una sola cosa.
La luz del sol entraba por la ventana del dormitorio. Naruto no había dormido nada, pero él todavía estaba en la cama, Hinata estaba acurrucada a su lado. Había permanecido en la misma posición durante toda la noche, ni un ruido pudo escuchar de ella.
La quería. La necesitaba.
¿Cuándo iba a despertar?
Contó las vigas en el techo. Veintitrés.
Contó de nuevo, sólo para estar seguro. Veintitrés.
Contó motas de polvo. Dos mil dieciséis. Dos mil diecisiete. Dieciocho. Diecinueve.
Finalmente, suspiró y se removió sobre la espalda. Se arqueó y se estiró.
La ferocidad de su necesidad se estiró y se resistió contra la cuerda que la sostenía. Si hubiera sido cualquier otra mujer, se habría abalanzado en ese momento. Pero no lo era. Era Hinata. Su Hinata. Él prefería morir antes que asustarla o presionarla por algo que no estaba dispuesta a dar. ¿Cierto?
Pero no tenía nada de qué preocuparse. Estaba lista, ya había llegado a esa conclusión. Y nunca se equivocaba. ¿Cierto?
—¿Naruto? —Dijo ella, su voz ronca por el sueño.
Cierto.
— Hinata. —Rodó sobre ella, la cogió por la nuca, levantó la cabeza, y apretó sus bocas juntas.
Su sabor, su calor, su suavidad, su dulzura, cada curva de su cuerpo voluptuoso avivó las llamas de su deseo.
La besó a fondo, profundamente, marcándola, siendo marcado por ella, encendiendo un fuego que siempre ardía entre ellos. Después de un momento de vacilación, ella lo recibió con el más dulce de los gemidos, envolviendo sus brazos alrededor de él y arqueándose contra él. Casi rugió por la intensidad del placer.
Ella estaba lista.
—¿Vas a detenerte esta vez? —Ella le preguntó.
—Sólo si quieres que lo haga.
—No lo haré.
—Entonces nunca me detendré.
Una y otra vez el beso continuó, hasta que ella estaba jadeando, luchando por respirar.
—Hemos hecho esto antes, —dijo ella. —Ahora quiero saber lo que viene después.
—Hemos hecho la siguiente parte, también, pero lo haremos de nuevo. Y, probablemente, una tercera y cuarta vez. —Hasta que ella estuviera lista con más que su cuerpo. Se obligó a moverse lentamente, deslizó sus manos debajo de su camisa, hasta que se encontró con caliente, piel desnuda. —Dime si te asusto.
Si captó sus palabras, ella no respondió. Sin embargo, se inclinó ante su toque, le dijo todo lo que necesitaba saber. Él ahuecó el peso de sus senos, al igual que antes, y gimió. Otro ajuste perfecto. Ella lloriqueó su emoción, animándolo a amasar... hasta que sus manos estaban temblando, hasta que ella se arqueaba continuamente, tratando de presionarse más a fondo en su contra.
—Voy a bajar más ahora, —dijo.
Tal vez le leyó los labios. Tal vez no lo hizo. Trasladó su atención a su plano estómago, incursionado en su ombligo. Cuando ella no ofreció ninguna resistencia, trazó sus dedos a lo largo de la cintura de sus pantalones.
Un suspiro escapó de ella. Su mirada se cruzó con la suya, y ella se estremeció.
—¿Cambio de parecer? ¿Quieres que me detenga?
Le preguntó, tragándose una negación.
—No sigue, por favor. —Una súplica necesitada.
Él continuó, moviéndose aún más abajo. Mantuvo sus caricias ligeras y tranquilas, y ella respondió a cada movimiento, cada roce de su dedo pulgar, de nuevo lloriqueando... de pronto suplicando.
—Más. Por favor.
—Sí. Te voy a dar más. Pero quiero verte primero, cariño.
—Ten...Tengo algunas cicatrices, —respondió ella con voz trémula.
Un estallido de furia, rápidamente sometida.
—Eres hermosa. Toda tú. Cada centímetro.
Se humedeció los labios.
—¿En serio?
—En serio.
—Pruébalo.
Con mucho gusto. Él le sacó la camiseta por encima de la cabeza y la arrojó a un lado, luego le quitó el sujetador, desnudándola para su vista, y oh, ella era hermosa, perfecta en todos los sentidos, tal como él había sabido que sería.
Ella... era la primera mujer que lo tentaba llevándolo al borde de perder el control.
Vio una pálida y delgada cicatriz en su hombro derecho y la besó.
Había una cicatriz rosada arrugada en el lado izquierdo de su caja torácica, y la besó allí, también. Piel de gallina estalló sobre su piel.
—Eres la criatura más exquisita jamás creada, —dijo, levantándose de la cama.
Si ella tenía otras cicatrices, estarían más abajo, en sus piernas, y cuando llegara allí, no quería hacer una pausa para tomarse un momento para quitarse la ropa. Mejor era hacerlo ahora.
—¿A dónde vas? —Exigió.
Ese tono feroz de una criatura tan pequeña. Casi sonrió.
En silencio, se desnudó y se inclinó sobre ella y él la despojo del resto de su ropa. Su aliento quedó atrapado en su garganta. Él la había descrito como perfecta antes, pero esto... esto era la perfección. Cada centímetro de su cuerpo estaba envuelto por una exquisita piel teñida de rosa, sus flexibles curvas creaban un lienzo de dulce feminidad.
Como había sospechado, ella tenía otras cicatrices. Sólo unas pocas, unas que formaban círculos fruncidos donde sus huesos se habían roto a través de la piel, y aquello de alguna manera sólo se añadía a su belleza.
Había sobrevivido a un tipo de infierno que habría destruido a muchos otros. Toda marca de abuso era un símbolo de su fuerza increíble.
—Tan poderoso, —dijo ella, mirándolo. —Ven aquí.
—Quiero besar tus otras cicatrices.
—Pronto.
—Pronto, —repitió él. Él la tomaría con mucho cuidado, se prometió cuando se estiró a su lado.
Él la trataría como el tesoro que era, la haría sentir tan especial que nunca dudaría de su determinación para protegerla.
El calor irradiaba de ella, envolviéndolo, pero ella se estremeció.
—¿Asustada? —Le preguntó.
—Dichosa.
—Quiero que te sienta aún mejor. —Queriendo instarla a que volviera a ese estado de excitación total, le dio otro beso, buscando, probando, tomando, dando.
Finalmente, ella necesitó más, necesitaba todo. Sin embargo, él siguió acariciando su rostro, jugó con las puntas de su cabello. Trazó la línea de sus hombros. Cada contacto era inocente, y a la vez estratégico.
— Naruto, —dijo finalmente, una orden.
—Sí, —respondió, una promesa.
—Más.
Exactamente lo que había estado esperando. Él la exploró de la forma en la que había deseado hacer desde el principio, sin dejar ninguna parte sin ser tocada. Él la conoció. Él la disfrutó, esta chica dulce, vulnerable, con un corazón más exquisito que los diamantes. Él lamió y lamió las cicatrices de sus piernas.
—Tan hermosa, —le dijo. —Así de perfecta.
—¿Yo? Tú eres el hermoso y perfecto.
Cuando ella lo miró con placer y pasión y necesidad en sus ojos, se sintió como el apuesto príncipe que había querido ser cuando era un niño pequeño.
—No cambiarías nada de mí. —Una declaración, no una pregunta.
—¡Sólo si quieres abandonar esta cama antes de que en realidad lleguemos a las cosas buenas!
Él se rió entre dientes. Humor. Durante el sexo. Nunca había sabido que fuera posible. Pero entonces, nunca había estado con una mujer como ella, una mujer de amor y luz.
—Te voy a mostrar lo bueno, —gruñó con fingida ferocidad.
Se dedicó a hacer precisamente eso. Su propia necesidad debería haberlo dominado, debería haber impulsado a que se diera prisa, pero esto era demasiado importante como para ir de prisa, anhelaba su satisfacción con demasiada desesperación, estaba tan decidido a hacer de este un recuerdo que la acariciara por el resto de su vida, tuvo cuidado de estudiar sus reacciones.
Cuando ella abrió la boca, supo que le gustaba lo que estaba haciendo.
Cuando ella gimió, supo que realmente le gustaba lo que estaba haciendo.
Pero cuando ella se retorció, supo que la tenía.
Al mismo tiempo, ella amasaba y arañaba su espalda. Ella parecía no obtener suficiente de él, parecía necesitarlo, alguna parte de él, y le cogió la mano y le chupó los dedos dentro de su boca.
Estuvo a punto de estallar fuera de su piel.
—¿Estás lista para mí, cariño?
—Por favor.
Ella había robado la palabra correcta de su cabeza.
—Tengo que agarrar el condón. Estoy sano y limpio, pero no quiero correr el riesgo de un bebé.
—No. Quiero sentirte. Sólo a ti. Sólo por esta primera vez.
Oh, sí. Ella sin duda estaba arrancando las palabras de su mente.
Conocía el riesgo, tal como él lo había dicho, pero él no era capaz de hacer que le importara en ese momento.
Cambió de posición, preparándose, pero sin tomarla. Todavía no. Ella envolvió sus piernas alrededor de él, y sus labios se encontraron en otro beso febril. Finalmente se movió hacia adelante. Tenía la intención de ser suave, pero tan pequeña como ella era, tuvo que ejercer más presión de lo que pretendió. Ella se quedó sin aliento cuando por fin se deslizó en casa, su cuerpo sacudiéndose por la conmoción de su invasión.
—¿Estás bien?— Preguntó entre dientes.
—Sí, —dijo en un gemido.
Entonces había hecho su trabajo, la había preparado como era debido. Mientras se movía contra ella, le ofreció otro gemido y le dio más de lo que había imaginado posible, reteniendo nada. Ella lo rodeó, uniéndose a él, respiró en su oído, gritó su nombre, se arqueó hacia él, se movió con él, gritó, le tiró del pelo, le arañó la espalda un poco más, lo besó y lo besó y lo besó. Y cuando supo que ella estaba a punto de perder el aliento, él levantó la cabeza y la miró a los ojos. Profundamente, tan profundamente.
— Hinata, —entonó. —Te daré todo lo que tenga para dar, este es mi juramento para ti, y te gustará. Lo Juro.
— Naruto, querido, Naruto. —Su temblor aumentó. —Lo juro. Y te daré todo. Todo lo que tengo.
—Te hace muy feliz decir eso. —Mientras la besaba y la reclamaba, fue un paso más allá de lo que había prometido, dándole todo lo que alguna vez sería. Ella era todo lo que siempre había querido, todo lo que había pensado que nunca tendría, y ella empezó a jadear su nombre, una y otra vez, llamándolo a él, llevándolo cada vez más profundo.
Cuando su espalda se levantó de la cama, gritó con toda la fuerza de su liberación. Sintió su alivio, y perdió el resto de su control.
Y cuando él se derrumbó encima de ella un par de minutos más tarde, rodó rápidamente sobre su costado, no quería hacerle daño. Sus párpados estaban increíblemente pesados y quiso sonreír con ironía al respecto. Había caminado a través de montañas cubiertas de hielo, cargando una bolsa con casi cuarenta y cinco kilos en joyas sin cansarse, sin embargo, esta pequeña mujer lo había agotado.
Él la mantendría, decidió mientras iba a la deriva, y ¡Ay de aquel que alguna vez tratara de alejarla de él!
Continuará...
