Toda tú eres hermosa, amada mía, y no hay defecto en ti.

—CANTAR DE LOS CANTARES 4:7

Naruto limpió la cocina, un poco enfermo del estómago. Había permitido que la ira sacara lo mejor de él, y había herido los sentimientos de su mujer, tal vez incluso la había asustado. Con su pasado, él lo sabía mejor. Sabía que tenía que ser cuidadoso.

Estaba avergonzado. Él solamente... había estado tan asustado por ella. Había entrado en el crudo frío, sin saber que un paso en falso podría sorprenderla o matarla, lo había hecho para acercarse a una salvaje, bestia herida.

¿Acaso no tenía algo de sentido común? ¿No podía entender que Naruto no quería vivir sin ella?

Él se quedó inmóvil.

No quería vivir sin ella.

Jugó con las palabras en su mente una y otra vez, y se dio cuenta de que eran ciertas. La quería con él ahora, siempre, y para siempre. Él simplemente no quería mantenerla, tampoco. Quería estar con ella.

Cada minuto de cada día, él quería hablar con ella, reír con ella, hacer el amor con ella. Quería aprender más sobre ella, pensar en ella, y saber que ella le pertenecía. Quería que ella anhelara lo mismo de él.

Y él no quería cambiarla. El cuidar de los demás estaba en su naturaleza.

No podía mirar a los enfermos y heridos y no desear ayudar, y eso era una hermosa cualidad a tener, que lo había atraído hacia ella, que lo había cautivado, encantado.

Nunca debería haberle gritado, recordándole a su padre, y él sin duda le debía una disculpa.

Buscó en la casa y la encontró en el dormitorio. Ella estaba sacando las joyas de su bolso, acomodando lo que parecían ser miles de collares, pulseras, y anillos en la cama. Lo único que había traído, además de los elementos que Kurama le pidió, había cámaras fotográficas desechables.

—Lo siento.

Hinata se quedó inmóvil, su amplia mirada perla balanceándose hacia él.

Sin decir una palabra, él tomo una cámara y luego a la misma Hinata.

Ella no ofreció ninguna protesta. Se instaló en la silla frente a la cama, y dirigió su cuerpo como un maestro con su marioneta, obligándola a sentarse en su regazo.

A pesar de que estaba enojada con él, absoluta satisfacción inundó a Naruto. ¿Quién hubiera creído que alguien atrapado por tales circunstancias horribles podría encontrar tal felicidad? Una mujer tan hermosa como esta. Placer más allá de lo imaginable. Risas. Intercambio. Aceptación.

La pérdida de la audición, en ráfagas cortas o para siempre, realmente era un placer que él soportaría. Hinata estaba atendida. Ella estaba con él, suya para proteger y cuidar. Tendría que renunciar a su trabajo, por supuesto, Pero entonces él había planeado hacerlo de todos modos. Él había luchado toda su vida. Ahora era el momento de descansar. Para disfrutar de la vida que le habían dado.

—Cariño, —dijo, —siento haberte gritado. No lo hare otra vez, te doy mi palabra. Mi única excusa es que tuve miedo, pensando en ti por ahí, herida y sangrando, y yo estando completamente inconsciente, incapaz de ayudarte, si me necesitabas.

Pasó un momento. Ella agachó la cabeza.

Él sintió la vibración de sus palabras y tuvo que decir,

—Necesito verte para comprender, cariño, —deteniéndola.

Su cabello se agitó alrededor de sus hombros mientras se enderezaba.

—Lo siento, —dijo ella. —Te estaba diciendo que no podía dejar al tigre sufrir.

Era extraño, saber que ella estaba hablando, observar el movimiento de su boca, pero no oír nada. Era más extraño aún, saber que ella estaba hablando y no oír nada. Pero eso siempre había sido la norma para ella.

— Lo sé. ¿Me perdonas?

Giró los párpados, revelando esos ojos color perla que encontraba tan irresistible. Interesante. Esta vez, sólo habían intercambiado oídos, no los ojos.

—Por supuesto.

Una vez más, ella ofreció su perdón con tanta facilidad. Otra cualidad que nunca había sido capaz de resistir.

Alargó la mano y giró el cuello de su camiseta.

—Entonces, ¿qué es lo que quieres con la cámara? ¿Por qué la tomaste?

—Tal vez quería tomar fotografías traviesas de ti.

—En ese caso... —Sonriendo, ella agarró la cámara de su mano y la sostuvo en el aire. —¿Qué estás dispuesto a hacer por ella?

—Cualquier cosa, —dijo, completamente serio.

—¿Cualquier cosa? —Una sonrisa despreocupada. —¿Lo prometes?

—Lo hago. — Una pacto abierto. Algo que nunca antes había hecho.

Algo que nunca haría con cualquier otra persona.

Ella plantó un sonoro, realmente sonoro beso en sus labios antes de que ella renunciara al control de la cámara.

—¿Y qué es lo que vas a querer? —Preguntó él, y no en lo más mínimo preocupado.

—Comenzaremos con tres deseos más.

No sonreiría.

—Odio decírtelo, cariño, pero no soy un genio en una botella.

Ella lo ignoró, diciendo:

—Haré una lista para hacerte saber todo lo que vas a hacer por mí.

Realmente no sonreiría.

—Esperaré con impaciencia para leerlo.

—Espera a estar fascinado.

Esta bien. Sonrió.

—Vamos a echar un vistazo a estas fotos antes de que te arroje sobre la cama. —Presionó los botones de las imágenes disponibles y descubrió a una pequeña Hinata, de no más de cinco años.

En cada una de las fotos ella estaba sonriendo tan ampliamente que mostraba todos los dientes. Su cabello estaba peinado con un brillo satinado, colgando en coletas sobre sus oídos. En una, ella estaba en medio de un giro. En otra, llevaba un sujetador de lentejuelas enorme sobre su pequeño pecho. En otra, estaba presionada a una versión anterior de sí misma, y las dos estaban lanzando besos a la cámara con chocolate untado sobre sus rostros.

—Tienes una adicción al chocolate, creo, —dijo, con una punzada en el pecho.

—Sólo una pequeña. Puedo pasar por un período completo de cinco minutos sin pensar o desear un pedazo.

Él le compraría una fábrica de chocolate, entonces. Podría nadar en la materia, si así lo deseaba.

—¿Y quién es la otra mujer? —Preguntó, ya sospechando la respuesta.

—Mi madre, —dijo con nostalgia. —Ella era frívola y emocional, pero yo la amaba.

—Lamento que la perdieras.

—Yo también.

La pérdida de un ser querido podía dejar un agujero enorme en el pecho.

Uno que temía nunca se llenaría. Así fue como se sintió sobre sus padres, y sin embargo, esta mujer lo había llenado de tal manera que dudaba que alguna vez pudiera ser vaciado de nuevo. Él llevaría el recuerdo de ella para siempre.

No podía dejar que fuera lastimada.

Dejó la cámara a un lado.

—¿Qué tal si practicamos un poco de lucha? —Si él la dejaba aquí -y con cada segundo que pasaba estaba más seguro de que tendría que- quería que ella estuviera lo más preparada posible.

—Está bien, —dijo ella, y si estaba confundida por el cambio de tema, no lo demostró.

—Dame unos minutos para tener todo listo. —Se puso de pie con Hinata aun en sus brazos, la puso sobre la silla, y se dirigió a la sala de estar para mover el sofá y la mesa de centro.

Cuando terminó, volvió al dormitorio. Ella estaba en el mismo lugar donde la había dejado.

—¿Listo? —Preguntó.

Él frunció el ceño. Había oído su voz, suave y sensual, pero sus oídos no habían sonado. No esta vez.

Ella frunció el ceño también.

— Naruto, —dijo, levantándose.

Él la había oído esa ocasión, también.

—¿Puedes oírme?

Movió la cabeza, cuando ella dijo,

—No. ¿Puedes?

—Sí. — Así que habían cambiado nuevamente.

Y probablemente cambiarían una vez más.

Ella exhibió el mismo alivio que antes.

—Me gusta compartir contigo, lo hago, pero me alegro de que puedas oír. La culpa iba a freírme como pollo rebozado.

Él... no tenía idea del refrán que había masacrado en ese momento.

— Te dije que no te sientas culpable.

—Lo hiciste. ¿Y no me recuerdo diciendo que morderé a alguien?

Tan hermosa cuando era combativa.

—No, Pero sólo para que conste, se supone que debes decirme que te muerda.

—¿Por qué querría que me muerdas?

—Porque me aseguraré de que te guste. Ahora, entra en la sala de estar y oblígame a morder a alguien.

—Lo haré, y te vas a arrepentir. — Irradiando entusiasmo, ella lo siguió.

Se detuvieron en la alfombra que había despejado y se enfrentaron.

—¿Qué es lo primero en la agenda? —Preguntó ella, empuñando sus manos a los costados y apoyándose en sus piernas separadas.

—Vamos a practicar lo que ya te he enseñado y aprender algunos trucos más.

—¿Qué pasa si quiero enseñarte algo? —Sin ninguna advertencia más que esa, ella corrió y golpeó sus tobillos, enviándolo de rodillas. Ella estaba sobre él, un segundo después, empujándolo hacia atrás, sentándose a horcajadas sobre su cintura, una hoja apuntando a su cuello. —Como esto.

Tan hermosa cuando era feroz.

—¿De dónde sacaste el cuchillo?

—Lo enganché del mostrador cuando salí de la cocina. Lo iba a llevar en la bolsa desde que estás así tan en mi contra de llevar pistola.

Y él se había perdido la acción. O él había perdido su ventaja o él no tenía defensas contra esta mujer.

—Buena chica. —Rápidamente, le dio la vuelta, inmovilizándola en el suelo con su peso. —¿Pero qué vas a hacer ahora?

Ella se echó a reír.

Tan magnífica cuando se divertía.

—Yo me apiade de ti y sigo sobre mis propias rodillas.

—No estoy segura de que sea prudente. No tengo planes para apiadarme de ti.

Continuará...