No dejes que la misericordia y la verdad te abandonen. Sujétalos

alrededor de tu cuello, escríbelos en la placa de tu corazón.

—PROVERBIOS 3:3

La noche cayó, pero Naruto no estaba cansado. Y tampoco lo estaba Hinata, a juzgar por su intensa actividad. Había ordenado los cajones de la cómoda y el armario, y había retirado todo lo que necesitaba reparación. Ahora, ella estaba sentada frente a la chimenea del salón, cosiendo, con un resplandor naranja suave envolviéndola y la pila de ropa a su lado.

En seis ocasiones ella le había mostrado el trabajo que había hecho, observando sus rasgos detenidamente. Él no estaba muy seguro de lo que estaba pasando, pero se aseguró de alabar profusamente sus esfuerzos. Y ella era buena. Él sólo deseaba saber qué pensamientos rondaban por su mente.

Una ligera presión sobre su mejilla derecha le hizo girarse. Kurama permanecía sobre su hombro, frunciéndole el ceño.

¿No puedes oírme? Su voz llenó la cabeza de Naruto.

—No. Mi capacidad de oír le ha sido entregada a Hinata de nuevo.

Hinata lo miró.

Cómo… No importa. Tengo que decirte algo. Y lo siento tanto. No lo supe hasta que fue demasiado tarde. Intenté detenerlos, pero fracasé. Lo siento mucho.

—¿De qué estás hablando?

Dr. M. Él está aquí.

—Lo sé. Hablé con él.

No. Él está aquí. Con Hiashi. Dr. M le dijo dónde estabas y lo trajo a la cabaña.

Naruto saltó sobre sus pies. Hinata hizo lo mismo.

—¿Qué pasa? —Exigió.

En silencio, él fue hacia la ventana de la sala y, arrodillándose, atisbó por la rendija entre las cortinas.

Todo parecía estar bien. No había sombras en movimiento. Los árboles no se balanceaban. Y no había manera de que Hiashi pudiera haber sorteado la seguridad como Hinata y Kurama lo habían hecho. Era demasiado grande, demasiado pesado.

Sin embargo, Naruto selló la rendija entre las cortinas y se levantó, agarrando la mano de Hinata y llevándola hacia el pasadizo secreto que conducía al garaje. Estaba en el dormitorio, debajo de la cama. Él se metió debajo a rastras, empujó la alfombra fuera del camino, y abrió la puerta.

La apertura de un pozo oscuro le dio la bienvenida. Él ya había estado allí abajo y ya había comprobado todo. Ya había cargado la camioneta con todo lo que podrían necesitar, por si acaso.

El polvo recubrió la parte interior de su nariz mientras se desplazaba hacia el primer escalón, ayudó a Hinata a hacer lo mismo, a continuación, cerró la puerta y rápidamente descendieron. Él alcanzó el suelo y encendió el interruptor de la luz.

Nada.

Le dio al interruptor de nuevo.

Una vibración contra su tórax, y él supo que Hinata estaba hablando.

—Necesito… —dijo él, y se detuvo. Había algo en el aire… malo, familiar… terrible… espeso y empalagoso, lleno de maldad.

Hiashi y el Dr. M estaban aquí, en el garaje, concluyó.

Una risa de repente reverberó en su cabeza. Una vez más, un sonido familiar. La risa de Dr. M. Un momento después, un cráneo en llamas con los ojos rojos brillantes apareció al otro lado de la habitación, con la boca abierta, revelando sus dientes afilados.

Esa calavera rápidamente se puso en movimiento, quedando tan solo a dos centímetros de distancia de Naruto en un simple parpadeo. Él empujó a Hinata detrás de él, con la esperanza de protegerla de lo que fuera que iba a suceder, justo cuando aquellos huesos bañados en llamas lo alcanzaron y lo engulleron en su totalidad.

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Hinata oyó un ruido sordo.

Un segundo después, la luz inundó la fría habitación subterránea a la que Naruto la había conducido, y ella vio que él estaba en el suelo, inmóvil, con los ojos cerrados. La preocupación la abrumó, y comenzó a agacharse para ayudarle, cuando vio a Hiashi, Toneri y Shion, de pie junto a la pared del fondo, y se congeló.

La habían encontrado.

El horror y el terror se mezclaron, formando un lodo tóxico en sus venas. Hiashi estaba frunciendo el ceño, Toneri estaba sonriendo y, por una vez, Shion la miraba con simpatía. Estaba pálida y temblando, ya no era aquella mujer hermosa. Su cara estaba hinchada, demacrada y con costras causadas por los anillos de Hiashi.

Costras que la misma Hinata había lucido muchas, muchas veces a lo largo de los años.

A pesar de su diversión, Toneri, también, parecía como si hubiera entrado en contacto con los puños de su padre.

Uno de sus ojos estaba cerrado por la hinchazón, y tenía una protuberancia en su mandíbula.

Cada uno de ellos llevaban ropa de verano: camisetas de tirantes, pantalones ligeros. Aun así, su corrupción se las arreglaba para encubrirlos. El cráneo deforme que ella había vislumbrado en el interior de la carpa roja la miraba a través de los ojos de su padre. Oscuras sombras se cernían sobre los hombros de Toneri, más consistentes que antes.

—No, —dijo ella con un movimiento de su cabeza. —No.

—Pensaste que tendrías una vida mejor sin mí, ¿Verdad? —Dijo Hiashi con un indicio de locura en su tono. Demencia, furia, y maldad. Pura maldad. —¿Pensaste que algún asqueroso otherworlder cuidaría de ti de alguna forma que yo no podía?

Él no tenía idea de que ella podía oírlo, dedujo. Un hecho que podría usar a su favor. Sólo tenía que averiguar cómo.

—¿Y bien? —Exigió él.

—Sí, —dijo ella, feliz de descubrir que no había un temblor en su voz. —Lo hice. Y lo hago.

La sorpresa dilató sus ojos, y caminó bruscamente hacia ella. No me acobardaré. Al llegar a ella, la agarró por los brazos con un doloroso y fortísimo asimiento y la zarandeó.

—Yo te amaba. —Su saliva llovió sobre su cara. —¿Cómo pudiste traicionarme así?

—Nunca me amaste.

—Yo te lo di todo.

—Tú no me diste nada excepto dolor y tristeza.

Él levantó la mano para golpearla, pero en lugar de encogerse, en lugar de pedir clemencia que él nunca mostraría, ella levantó la barbilla.

La sorpresa regresó, ahora amplificada, y Hiashi bajó lentamente el brazo.

—Has cambiado, —dijo, y no parecía feliz.

—Sí, lo he hecho. —Y ella nunca volvería a ser como había sido.

Había llegado demasiado lejos por este camino actual, había pasado de la cobardía al valor. Incluso mirando hacia atrás, no podía alcanzar a ver su punto de partida.

—¿Cómo has llegado hasta aquí?

—Un hombrecito, Menma, Dr. M, vino a mí. Me dijo dónde encontrarte y se comprometió a darme poder de un modo que yo sólo podía haber soñado… si simplemente me comprometía a matarte.

Matarte. Las palabras resonaron en su mente, dejando un doloroso vacío en su pecho.

—¿Y aceptaste?

Él mostró sus dientes en una parodia de una sonrisa.

—Lo hice. Y tú mereces morir, después de lo que me hiciste... Pero primero —dijo, —te voy a enseñar la misma lección que le enseñé a tu madre: déjame y sufre.

Le hizo señales a Toneri para que se acercara.

Su ex guardián se acercó, se inclinó y, esforzándose bajo el peso musculoso, alzó a Naruto sobre su hombro. Tan desesperadamente Hinata quería atacar, hacer algo, cualquier cosa, para salvarlo. Pero no lo hizo.

Todavía no. En este momento eran tres contra uno, y ella no tenía manera de transportar a Naruto. Naruto, que no se había movido ni había emitido ningún sonido desde que cayó. ¿Qué le había hecho su padre?

—Con el poder que Dr. M me ha dado, —dijo Hiashi, —puedo crear erupciones solares más fuertes. Puedo elegir hasta donde me desplazo y cuando, hasta cierto punto. Sólo puedo transportarme a distancias cortas, pero cuanto más lo hago, más habilidoso me vuelvo. —Levantó su brazo, murmuró una serie de palabras que ella no entendió, palabras que le erizaron el vello del cuerpo y dejaron un sabor amargo en su boca.

De repente, un rayo blanco atravesó el aire justo delante de ella, produciendo una grieta en el éter. Los bordes estaban saturados por una bruma, pero a través del centro ella pudo ver... algún lugar fuera de la cabaña. Un aire gélido invernal incluso bramó en el interior del garaje.

Hiashi tiró de ella a través de aquello, y un segundo después, ella estaba fuera, en el lugar exacto que había visto. Toneri y Shion les siguieron, y la cavidad etérea se cerró tras ellos.

—Uno más, y estarás en casa, —dijo Hiashi. Una vez más, él levantó el brazo, murmurando, y de nuevo el relámpago cortó como una lanza, creando una grieta en el aire. Una cortina que simplemente había sido abierta, revelando otra ubicación en otro lado.

Revelando la pesadilla que había dejado atrás. El circo. Sólo que ahora estaba rodeado de sol y luz.

Justo antes de que Hiashi pudiera tirar de ella a través de la grieta, un rugido feroz resonó en la noche.

—¿Qué fue eso? —Susurró Shion.

—Vamos, —ordenó Hiashi, con la mirada vagando en la distancia.

El tigre blanco herido saltó de la oscuridad y se estrelló contra él antes de que éste pudiera dar un solo paso, haciéndole perder el equilibrio y propulsándolo al suelo cubierto de nieve. Él mantuvo su agarre sobre Hinata y la arrastró con él. Con el impacto, el oxígeno se escapó de sus pulmones.

Su padre gritó de dolor cuando el tigre lo mordió en el brazo, arrastrándolo varios metros, zarandeándolo. Finalmente Hiashi soltó a Hinata, pero sólo para lanzar un rayo de luz al tigre, provocando que el animal saliera volando hacia atrás.

—¡NO! —Gritó ella, tratando de levantarse pero resbaló sobre el hielo.

Un Hiashi ensangrentado se puso en pie, la agarró y la arrastró a través de la nueva apertura. Esta vez, Toneri y Shion no caminaron a través de ésta sino que corrieron, casi empujándola fuera del camino.

Otro rugido, y ella pudo oír las pisadas frenéticas de las zarpas del tigre contra el hielo. Estaba corriendo, decidido a hacer otro intento contra su padre. Pero Hiashi se giró hacia atrás y ondeó su mano, y el aire selló el agujero, bloqueando a la criatura, dejándola fuera de la vista e impidiendo que ésta entrara en el circo.

Él estará bien, se dijo a sí misma. Está mejor lejos. Ella no lo quería cerca de Hiashi nunca más. Su padre habría usado las heridas del tigre en su contra.

Al igual que usaría a Naruto contra Hinata.

—Hogar, —dijo Hiashi, y extendió los brazos.

Hinata inhaló... y exhaló... mientras miraba alrededor, las vistas que le dieron la bienvenida hicieron que su estómago se revolviera enfermo.

Carpas blancas, la Gran Roja, trailers, juegos y atracciones, y los artistas que caminaban en todas direcciones, preparándose para el show de mañana. El frío había sido sustituido por el calor sofocante, y las montañas por llanuras.

—Después de que te fuiste, —dijo Hiashi, —hemos cambiado de localización, pensando que tenías la intención de traer a las autoridades a mi puerta. Afortunadamente, sólo nos habíamos ido por unos pocos días ya que el hombrecito se me acercó y me mostró una solución mejor.

Una avalancha de sonidos repentinamente asaltó sus oídos, y ella apenas se contuvo de reaccionar ante éstos. Voces, tantas voces. Parloteo, risas, discusiones. El golpeteo de metal contra metal. El chirrido de neumáticos. El crujido de las piedras bajo los zapatos.

Hiashi empujó a Hinata hacia Shion.

—Enciérrala en su trailer. Yo me encargaré de ella una vez que mis heridas hayan sido vendadas. Y si ella se escapa, te culparé a ti, mi querida Shion. —Con apenas una pausa, miró a Toneri y le dijo: —Y tú. Pon a la bestia de vuelta en su jaula.

Continuará...