Porque donde tu tesoro esté, allí estará tu corazón también.

—LUCAS 12:34

Hinata no estaba segura de cuanto tiempo se quedó arrodillada en aquel lugar, mirando al charco carmesí que Naruto había dejado atrás. Kurama había puesto sus brazos alrededor de él, y la pareja se había desvanecido.

Lo único que ella sabía era eso, cuando por fin levantó la vista, el circo estaba envuelto en llamas.

Ella se rió sin humor. El orgullo y la alegría de su padre estaba siendo destruido poco a poco, toda su obra pronto estaría arruinada. La justicia al fin había llegado. Pero, siempre lo hacía, ¿no es así? De alguna manera.

Por los medios que fuera.

Los otherworlders todavía estaban en sus jaulas, gritando para ser liberados. Los artistas gritaban y corrían en todas direcciones. El cuerpo de su padre estaba inmóvil a su lado. Toneri estaba tendido a pocos metros de ella. O más bien, lo que quedaba de él. El Targon empapado en carmesí permanecía sobre su cuerpo, sus brazos levantados mientras bailaba en la sangre del hombre. Shion permanecía en el mismo lugar que había ocupado antes, todavía sujetando la pistola. Estaba pálida y temblando, y ella ya no estaba tatuada. Las arañas se habían ido.

Shion notó su mirada y se estremeció.

—No quise matar a tu bestia, —dijo ella. —Yo sólo quería hacer daño a Hiashi de la misma forma en que él me había hecho daño a mí.

—¡Naruto no era una bestia! Él era el mejor hombre que conocí. —Horrorizada por sus palabras, Hinata se apresuró a corregirse a sí misma. —Él es el mejor hombre que conozco. —Todavía estaba vivo. Ella no creería lo contrario. Él era demasiado fuerte, demasiado vital, y se lo había prometido. Él nunca rompía sus promesas.

Shion asintió con la cabeza, como avergonzada, y dejó caer la pistola en el suelo. Las sirenas sonaban de fondo. Sirenas que Hinata escuchó. No tan claras como antes, en la cabaña, pero lo suficiente. Todavía, ella no era capaz de preocuparse por sí misma.

—¿Qué voy a hacer? —Preguntó Shion.

Ella podía oír la voz de la joven, también.

—Comienza una nueva vida, —le dijo Hinata.

¿Dónde estaba Naruto? ¿A dónde lo había llevado Kurama? A casa, había dicho la criatura. ¿Significaba eso a la granja? ¿O tal vez a la casa de Kurama, en ese otro reino?

Un golpecito en su hombro la hizo mirar hacia arriba.

El Targon la miró desde lo alto, y él sonreía. Salpicado como estaba de sangre, era una sonrisa escalofriante.

—Es posible que desees cerrar los ojos para no ver lo que viene ahora, —dijo.

Él no esperó a su respuesta, sino que se volvió hacia su padre y desenvainó una cuchilla. Hinata lo observó.

Con un movimiento brusco, cortó el pulgar de Hiashi. La brutalidad de la acción apenas se registró en su mente. Ella sabía lo que él pensaba hacer con el apéndice, sabía que era necesario.

Cogió la pieza amputada y la rodó a lo largo de su palma.

— Sara era mi esposa. Toneri la mató.

Sara. La Sara de Hinata.

—¿La mató? No, yo la liberé.

—Lo hiciste. Tu padre la encontró y se la entregó a Toneri. Yo estaba vinculado a ella, y fui testigo de toda la escena a través de sus ojos.

Sara estaba muerta. Sara no la había abandonado. No se había olvidado de ella. Había sido capturada, asesinada.

—Lo siento tanto. Yo… no tengo palabras. Yo la quería.

—Sé que lo hacías. Es por eso que todavía estás viva. —Se acercó a la jaula que tenía más cerca y comenzó a liberar a los otherworlders.

La mayoría saltaron desde detrás de las rejas y corrieron, sin mirar atrás. Un pelaje rosado creció de los poros de Sakura, cubriendo todo su cuerpo mientras ella desaparecía doblando la esquina, pero rápidamente volvió con un artista del circo que estaba inconsciente y sangrando. Dejó caer el cuerpo sobre Hiashi, lo pateó, el artista estaba todavía vivo, a juzgar por esa ráfaga de aliento dolorido que Hinata oyó, y desapareció de nuevo... sólo para regresar con otro cuerpo. Esta vez, ella estaba un poco ensangrentada y le faltaban varios trozos de piel.

El Bree Lian corrió hacia Hinata, con sus garras al descubierto.

El Targon lo agarró por la parte posterior del pelo y lo tiró al suelo. Él se inclinó sobre el otherworlder y frunció el ceño.

—No toques a la chica. Nunca. Ella se encargó de ti y fue tu único medio de protección.

Un temblor…

—Está bien.

El Targon lo liberó, y moviéndose pesadamente el otro se puso en pie.

No se molestó en mirar o poner mala cara en dirección a Hinata, sino que se alejó corriendo.

Ino se paseó fuera, se detuvo y miró sus cutículas.

—Corre, —dijo el Targon. Él había terminado de liberar a los otherworlders y dejó caer el pulgar de su padre en el suelo. —Yo no te debo ninguna protección, Cortaz, y no voy a ofrecértela. Tienes una actitud que necesita ser corregida.

—Creo que me voy a quedar, —dijo la chica con una sonrisa de confianza. —Cuando Hiashi murió, mis hermanos fueron al fin capaces de establecer una conexión conmigo. Ellos aparecieron unos segundos más tarde.

El Targon abrió los brazos.

—¿Y dónde están? Porque pueden sentirse libres de mostrarse.

Una sonrisa más brillante.

—¿Ves el fuego? —Mirando más allá del otherworlder, ella exclamó, —el circo ya está chamuscado, chicos, así que dejen de presumir. Estoy lista para ir a casa.

Un segundo más tarde, cinco luces brillantes la rodeaban, ocultándola de la vista. Esas luces tenían forma de hombre, y cuando se desvanecieron, Ino se había ido, sus huellas no eran más que hierba quemada.

Sakura arrojó otro cuerpo al creciente montón y se volvió para coger a otra víctima. Pero de repente los policías invadieron la zona, con sus armas en alto, deteniéndola. Ella levantó las manos y dijo:

—¡No disparen. Estoy con el AIR y el Targon y la rubia están conmigo.

—¿Sakura? —Gruñó una voz masculina.

—¿Shimura?

Un hombre atractivo de pelo oscuro con los ojos más oscuros aún, se abrió paso hacia adelante. Sakura lo vio, gritó, y se arrojó a sus brazos.

Él la abrazó, pero nunca bajó el cañón de su pire-arma.

Una pire. Algo que sólo los agentes del AIR llevaban. Y Sakura había dicho que era un agente, ¿Verdad? Y, aun así, Hiashi la había esclavizado.

Bueno, había firmado su certificado de defunción en el momento en que él lo había hecho. Si Shion no le hubiera disparado, el AIR lo hubiera encontrado finalmente. Todo el mundo sabía que ellos nunca se daban por vencidos.

—¿Qué estás haciendo aquí? —Exigió Sakura. —Esto no es New Chicago... creo. A menos que estemos en una sección contaminada que nunca he visitado.

—No. No es New Chicago, —dijo el agente de ojos azules. —Se corrió la voz de que un determinado circo tenía a una Teran en una jaula. Teníamos la esperanza de que fueras tú, pero realmente no lo creíamos. Aun así, seguimos tanteando el terreno y en el momento en que oímos que el circo había aterrizado en las llanuras la pasada noche, me subí a un avión.

Oh, sí. La caída de Hiashi habría sucedido de una manera u otra.

—Una reunión familiar. ¡Qué dulce! —El Targon se rió entre dientes, y al momento siguiente, todo el mundo se quedó inmóvil. Las llamas dejaron de crepitar, el humo dejó de flotar. —Vamos, pequeña Hinata. Le dije a tu hombre que cuidaría de ti. Se lo prometí, de hecho.

Muy propio de Naruto

—¿Qué le pediste a cambio? —Dudaba que la criatura hubiera estado dispuesto a ayudar por la bondad de su corazón.

Daddy Spanky no era de ese tipo.

Él tiró de ella para ponerla en pie.

—Eso no importa. Yo realmente no quiero lo que me ofreció, sólo quería ver a cuánto estaba dispuesto a renunciar. Por cierto, estaba dispuesto a renunciar a todo por ti.

Justo en ese instante, las lágrimas le escocían en la parte posterior de sus ojos. Ella parpadeó para alejarlas, eran lágrimas tontas. Kurama lo traería de vuelta, Naruto insistiría en eso, si no estaba ya en la granja, y ella tendría la oportunidad de darle las gracias, de confesarle cuanto lo amaba.

—Ahora, vamos. Estoy débil, y sé que eso no es decir mucho. Mi debilidad es en realidad la fuerza de diez hombres, pero no estoy seguro de cuánto tiempo puedo contener a un grupo tan grande de personas con el magnífico poder de mi mente. Si nos quedamos, nos interrogarán. Y si nos interrogan, es posible que decidan retenerte. No me entusiasma la idea de que sacarte a toda prisa de la cárcel.

—Sí. Vayámonos.

Ellos serpentearon alrededor de las tiendas, ahora ennegrecidas, precipitándose alrededor de cuerpos congelados, fuegos parpadeantes, humaredas.

—En caso de que te lo estés preguntando, voy a hacerte otro favor, —dijo el Targon. —Voy a llevarte a donde quieras ir. A cualquier parte del mundo. No puedo abrir erupciones solares como tu padre, pero sé conducir y puedo mantener a la policía lejos de tu rastro. Dudo que recibas una oferta mejor.

—La granja, —dijo a toda prisa. —Quiero ir a la granja de Naruto. —Ella repitió de carrerilla el domicilio que Naruto la había obligado a memorizar.

—Eso está a unos cuantos estados de distancia. Si compro un coche, y te doy tiempo para asearte y descansar, puedo tenerte allí en tres días. Si yo robo un coche de la policía, puedo tenerte allí en dos. Si me pides que conduzca toda la noche, puedo tenerte allí en uno.

—Roba el coche y conduce toda la noche, —dijo ella. —Puedes enviar un cheque por correo a la policía local.

—Pensé que ibas a decir eso, —él se quejó.

0

—Ahí está, —dijo. El Targon detuvo el coche, lo estacionó y salió.

Hinata abrió la puerta del pasajero, aire caliente bañándola, increíblemente fresco y limpio, cubierto de distintos olores que rememoraban tiempos remotos. Animales, cuero, heno, pino.

El sol caía a plomo sobre una casa de dos pisos color blanco, una cerca de madera a su alrededor. Más allá de eso, las montañas formaban el telón de fondo perfecto. Los árboles se extendían en todas direcciones.

Sus rodillas casi colapsaron, pero se las arregló para correr hacia adelante, llamando:

—¡Naruto! ¡Naruto!

Un hombre mayor con el pelo plateado salió de detrás de la casa.

Llevaba guantes manchados de tierra.

—¿Puedo ayudarla, señora? —le preguntó.

—Estoy buscando a Naruto. —Subió los peldaños del porche bruscamente, el corazón galopando en su pecho. La puerta principal estaba abierta y ella se disparó hacia el interior, dejando que el Targon se las arreglará con el ser humano. Un pequeño y encantador salón le dio la bienvenida.

Un sofá de cuero suave. Un sillón muy gastado. Una mesa de centro rectangular, con libros esparcidos sobre ella. Una chimenea apagada, una alfombra sencilla pero de aspecto suave. La cocina le recordaba a la de la cabaña de troncos, con una encimera en medio con ollas y sartenes colgando del techo, sólo que éstas estaban mucho más altas. Nunca sería capaz de alcanzarlas sin una escalera o sin Naruto.

Había dos dormitorios arriba, y no tuvo dificultad para reconocer el de Naruto. Olía como él, con un sutil toque ahumado de turba. La cama era enorme, la más grande que había visto nunca, y no había mantas, sólo una sábana. Una sábana sin una sola arruga. El armario estaba lleno de camisas, pantalones y zapatos, todos de color negro. Pero no había ni rastro de Naruto.

Y la otra habitación estaba vacía.

Ella se dio cuenta de que él no estaba allí.

Sus hombros se desplomaron, volvió sobre sus pasos escaleras abajo.

El Targon estaba apoyado contra la jamba de la puerta, con los brazos cruzados sobre la cintura.

—No has encontrado lo que estabas buscando, obviamente, —dijo.

Esta era la granja de Naruto. Su hogar. Pero él no estaba aquí.

Ella se echó a llorar.

Continuará...