He peleado una buena batalla, he acabado la carrera,
he guardado la fe.
—2 TIMOTEO 4:7
El Targon se quedó en la granja durante varios días. Ayudó a Hinata a pagar y despedir a los trabajadores del rancho que Naruto había contratado, y finalmente la dejó con la promesa de volver en un par de semanas para ver cómo estaba. A ella le gustaba, apreciaba su ayuda, pero estaba contenta por la soledad.
No quería una audiencia cuando Naruto regresara. Quería correr a sus brazos, besarlo, abrazarlo, desnudarlo, y caer al suelo y hacer el amor con él. Y lo haría.
Un día. Sí, un día.
Pero unos días más pasaron, y Naruto nunca apareció. Su esperanza comenzó a decaer.
Algunas cuantas semanas pasaron, y Naruto nunca apareció. Su esperanza se extinguió y quemo.
Él nunca iba a volver, ¿Lo haría? Su un día nunca iba a llegar.
El horror la golpeó mientras estaba en la cocina, mirando por la ventana y recordando su tiempo en Siberia, y ella se derrumbó, llorando incontrolablemente, llorando hasta que sus conductos lacrimales hinchados se cerraron, sollozando hasta que se estaba ahogando, casi sin poder respirar. ¿Qué se suponía que tenía que hacer sin él?
¿Qué estás haciendo, sintiendo lástima de ti misma? Él no está muerto.
Pero si estuviera vivo, él que estaría aquí.
¿Qué pasa con el conocimiento?
Eso era correcto. Antes, mientras ella sostenía su cuerpo ensangrentado en sus brazos, ella había tenido la certeza que él iba a sobrevivir. No podía permitir que el ruido llenara su cabeza y la distrajera de la verdad.
Cerró los ojos y se concentró en la imagen de Naruto. Tan alto, tan fuerte y hermoso. Tan perfecto. Muy dentro de ella, donde el instinto se arremolinaba, estaba un ramo de esperanza que había logrado resistir a las llamas, pétalos en flor... abriéndose... aumentando el conocimiento.
Oh, sí. Todavía tenía el conocimiento. Estaba vivo.
El alivio rodo a través de ella, y se rió. ¡Rió! Él estaba vivo, y él volvería.
Siempre que él fuera capaz, él volvería. Por ella, o por la granja, o por ambos, a ella no le importaba. Todo lo que importaba era que él volvería.
Mientras tanto, él querría que ella se quedara y atendiera a los animales y los jardines. Él querría que ella cuidara de sus cosas. Por eso era que había tratado de contratarla para hacerlo, después de todo.
Ahora ella lo haría. Gratis.
Hinata se levantó con las piernas temblorosas y se dirigió al cuarto de baño para utilizar la ducha de enzimas. Se vistió con una de sus camisetas y un par de sus pantalones. Ella ya había quemado toda la ropa del circo, así que no tenía nada propio. Y, además, le gustaba saber que llevaba algo que había estado en contacto con el fuerte y hermoso cuerpo de Naruto.
Ella se dirigió afuera. El sol brillaba con fuerza, calentando su piel.
Pasaba tanto tiempo al aire libre, que había tomado un bronceado. Las vacas, pollos, cerdos, ovejas, burros y cabras aún no querían tener nada que ver con ella, siempre huían cuando se acercaba.
—Llegarán a amarme—, les dijo. —Me aseguraré de ello. Y si no, Voy a ir a buscar a mi tigre de Siberia y les voy a enseñar algunas lecciones.
Una de las vacas mugió. Uno de los cerdos resopló.
—Está bien. Quiero ir a buscarlo, pero nunca lo utilizaré en su contra.
No hubo respuesta.
—Tengo experiencia con su tipo, ya saben.
Un burro dio una patada hacia ella, y tuvo que saltar fuera del camino para evitar ser golpeada.
Moviendo su dedo ante él, dijo,
—Haz eso otra vez, y te llamaré Princesa tortas mullidas.
Él puso su nariz al aire y brinco a la distancia.
Al mediodía, ella empezó a sacar las malas hierbas del jardín, recogiendo las verduras que estaban lo suficientemente maduras, y recogiendo la fruta de los árboles. Había acres y acres de tierra que Naruto aún no había puesto a producir, y había un sinnúmero de mujeres.
Mujeres maltratadas. Mujeres que no tenían a donde ir.
Mujeres que asumían que estaban atrapadas por situaciones y circunstancias tal como ella lo había hecho. Todavía no sabían que había algo más ahí fuera.
Pero lo harían. Naruto le había enseñado a Hinata, y ella le enseñaría a otros.
Sí. Ella iba a construir cabañas y crear un lugar para esas mujeres y sus hijos para correr y esconderse. Un lugar de protección y seguridad. Tal vez su propósito saldría de su dolor. Las mujeres podían ayudarla con la tierra y los animales y, finalmente, llegar a entender lo valiosas que eran en realidad.
Naruto lo aprobaría definitivamente.
A medida que el sol se ponía en el horizonte, lanzando una nube púrpura y rosa sobre el cielo, ella llevó una canasta de productos comestibles a la cocina. La pantalla de la puerta chirrió, al cerrarse tras ella. Ella…
Vio a un hombre extraño reclinado detrás de la mesa, un arma descansaba justo en frente de él. Incluso tan relajado como él parecía, ella no tenía ninguna duda de que podía llegar al gatillo con mucho tiempo para hacerle un agujero en el pecho si ella hacia un solo movimiento en su dirección. Él tenía el mismo brillo en los ojos de estoy preparado para hacer cualquier cosa que Naruto había tenido.
—¿Quién es usted y qué es lo que quiere? —Preguntó con un suspiro de cansancio.
—Yo hare las preguntas, nena. ¿Quién eres tú, y ¿Qué estás haciendo aquí? —Preguntó. —Y no te atrevas a mentirme. Lo sabré, y me enojaré.
—Señor, no hay nada que pueda hacer que ya no me hayan hecho, — dijo ella. Más que eso, lo peor que le podía pasar a ella ya había sucedido. —Y para ser honesta, estoy demasiado cansada en este momento para importarme lo que haga.
Él frunció el ceño.
—¿Quién eres y qué haces aquí?
—¿Quién eres tú? —Repitió ella.
—Alguien que está invitado.
—Bueno, también yo. Soy Hinata Hyūga. —Si trataba de tomar la granja alejándola, ella lucharía contra él. Con todo lo que tenía, ella lucharía. —Y yo estoy aquí esperando a alguien.
Hizo una pausa mientras la estudiaba.
—Mi nombre es Jiraiya, y quiero saber dónde está Naruto Uzumaki.
— Jiraiya. Usted es el jefe de Naruto, ¿No es así? —Preguntó mientras se formaba una pequeña gota de emoción.
Sus ojos se abrieron.
—¿Has oído hablar de mí?
—Sí. Naruto lo ha mencionado. ¿Lo ha visto? ¿Ha tenido Noticias de él? —Tal vez Naruto había contactado con él. Tal vez "casa" era un lugar y Hinata no lo sabía.
—No lo he hecho, no.
La decepción fue un aplastante peso sobre sus hombros, destruyendo toda la emoción.
—Él nunca me hablo de una mujer—, dijo Jiraiya.
—¿Debido tal vez a que usted lo obligaba a matar gente?
Su boca se abrió.
—Nunca lo obligué.
—Bueno, no estará trabajando más para usted. Se ha retirado de ese estilo de vida. Él me lo dijo, y como usted sabe, él nunca rompe su palabra.
Los ojos oscuros se estrecharon sobre ella.
—¿Cuánto hace que lo has visto o escuchado algo de él?
—Treinta y dos días. —Dejó la cesta en la mesa y se dejó caer en el asiento frente a él, secándose el sudor de la frente. —Quiere algo que comer. —Su piel estaba pálida y sus mejillas hundidas. Él tenía costras en el rostro y las manos, y las costras se extendía hasta el final a los bordes de sus ropas, ella apostaría que incluso se extendía por debajo.
Otra pausa. Otro gesto.
—Quiero saberlo todo, —dijo con frialdad.
Ella suspiró.
—La última vez que lo vi, estaba... él estaba... —su estúpida barbilla tembló. —Nosotros estábamos en el circo. Me beso de buenas noches, y... y él...
—Cuéntame. —Un mandato irregular.
—Desapareció —susurró. —Pero no está muerto, se lo aseguro.
Exigió los detalles que había omitido, y ella le dio cada uno, sin omitir nada. Ella le contó que Naruto fue capturado, la forma en que fue mantenido, lo que su padre había hecho, lo que ella había hecho, cómo habían escapado, la lucha final, sus últimas palabras para ella.
Jiraiya no reaccionó de la manera que ella había esperado. Se pasó dos dedos sobre la barbilla.
—Hasta que no vea un cuerpo, no voy a creer que está muerto.
—Eso es bueno, porque como he dicho, él todavía está vivo, — respondió ella.
—¿Y cómo lo sabes?
—Lo sé.
Una pequeña sonrisa saludó a sus palabras.
—Hace años, Naruto me decía lo mismo.
Él se detuvo.
La sonrisa se desvaneció y él frunció el ceño, tiró del lóbulo de su oreja.
—Si mi asistente no me hubiera traicionado, no habría habido una explosión. Y si no hubiera habido una explosión, mis chicos estarían en un caso en este momento. —Sus manos se cerraron en puños. —¿Naruto no mencionó nada sobre Kiba o Yahiko sin Apellido?
—Sí. Son sus amigos, y él los quiere. Planea buscarlos.
—Realmente podría usarlo. He tenido hombres en la búsqueda desde que me desperté en el hospital, e incluso hemos encontrado algunas pistas pero con nulo éxito. Todavía están por ahí en alguna parte. Lo sé. En cuanto a Naruto, no tenía nada de él hasta que invadió mi casa en Siberia, pero no tenía ni idea de lo profunda que fue la traición de mi asistente o si alguien más estaba trabajando con ella y no quise responder a sus intentos de contacto. Esperé, con la esperanza de que el traidor se revelara a sí mismo. —Él se puso de pie, arrastrando la silla detrás de él. —Uno lo hizo, y en el momento en que lo tuve, corrí a la cabaña, pero en el momento en que llegamos allí, Naruto ya se había ido.
Y ellos realmente podrían haber utilizado la ayuda.
—¿Crees que todo sucede por una razón?
—No. Por supuesto que no. Creo que las cosas malas suceden, pero esas cosas malas pueden trabajar a nuestro favor. Si las dejamos. Tengo la sensación de que tú eres lo bueno que surgió de la situación de Naruto. —Miró hacia ella por un largo tiempo antes de asentir. —Es por eso que he decidido dejar que te quedes aquí.
Él parecía tan seguro de sí mismo.
—Eso es muy amable de su parte, pero ¿La verdad? Si su decisión se hubiera inclinado en la otra dirección, habría sido incapaz de obligarme a salir. Naruto me enseñó algunos trucos.
Él dio un pequeño ladrido de risa.
—Si hay algo que pueda hacer por ti, házmelo saber.
—Lo único que quiero es que se ponga en contacto conmigo si usted oye de él.
—Lo haré y espero lo mismo de ti. Aquí está mi número. —Arrojó una tarjeta de identificación, un IDC, sobre la mesa, un pequeño dispositivo redondo que sólo tenía que tocar para activarlo. Los clientes del circo lo habían utilizado. Apareció una pantalla en el aire justo por encima de la base, y en esa pantalla estaba su número y cualquier otra información que había añadido. —Nos vemos, Hinata.
Caminó a través de la casa, sus pisadas eran silenciosas. Si tenía un coche escondido en algún lugar, ella no lo había visto.
Si no, estaría haciendo un largo paseo a pie. La casa estaba a kilómetros de distancia de cualquier otra casa, y aún más lejos de la única tienda de comestibles. Naruto tenía un coche aparcado en el granero, pero no había encontrado la llave.
Suspirando, Hinata arrojó las frutas y verduras en el fregadero y empezó a lavarlas.
Un destello de luz intenso estalló detrás de ella, cogió una manzana y se giró, lista para lanzarla.
La última luz brillante que había visto la había arrancado del único verdadero hogar que había conocido y llevado de vuelta al circo... y a la destrucción y desaparición de Naruto.
Un hombre alto y musculoso salió del centro, y ella lanzó la fruta.
Que se estrelló contra su pecho, rebotado en el suelo y rodando.
—Es algún tipo de saludo, —dijo una voz familiar.
El aliento atrapado en su garganta.
—¿Naruto?
La luz se desvaneció, y ella pudo distinguir sus rasgos. Había perdido un poco de peso, y había hematomas debajo de sus ojos, pero era la vista más hermosa que jamás había contemplado.
—¿Esperabas a alguien más, cariño?
— Naruto. —Ella se lanzó a sus brazos, y él la envolvió en sus brazos.
Apretó la nariz en su cuello y respiró profundamente.
—¡Sabía que estabas vivo! ¡Lo sabía, lo sabía, lo sabía! ¡Y sabía que volverías!
—Por supuesto que volví. Tú estás aquí.
Espera. Tenía el rostro enterrado en su cuello, y sin embargo, él la había oído.
—Ambos nos podemos escuchar— dijo, mirándolo.
—Mis oídos están operando a un volumen bajo.
—Los míos también.
—Estamos compartiendo esa capacidad, entonces. Y antes de que empieces a sentirte culpable, debes saber que estoy feliz de compartir. Yo... te amo, Hinata Hyūga.
Sus huesos casi se licuan.
—¿Me amas?
—Con todo lo que soy.
—Oh, Naruto, Te amo, también. Mucho.
Él ahuecó sus mejillas, y la besó.
—¿Dónde está el Targon?
—Se fue.
—¿En serio? —Confundido, miró hacia ella. —Pero yo le di la granja.
Su corazón casi estalló.
—¿Has cambiado la granja por mí?
El otherworlder había mencionado que Naruto había estado dispuesto a renunciar a muchas cosas por ella, pero que nunca había sospechado que su granja. Su paraíso.
—Yo cambiaría mi vida por la tuya.
—Oh, Naruto, —ella suspiró.
— Hinata, mi Hinata. —Sus pulgares la acariciaron. —Te vas a casar conmigo y no voy a tolerar una discusión.
—Yo discutiré sólo si deseas un compromiso largo.
—Eso es bueno, porque tengo la intención de casarme contigo hoy.
—Eso es demasiado tiempo, —dijo, y se echó a reír con abandono. — Oh, vamos a tener la vida más increíble.
—Sí, la tendremos. —La levantó en vilo y le dio vueltas. Su corazón latía contra el suyo, los dos formaban un ritmo perfecto. Ella dejó caer la cabeza hacia atrás, vio cómo el techo daba vueltas y vueltas. Luego se la llevó a la cama y la arrojó encima del colchón. Él estaba sobre ella antes de que terminara de revotar, fijándola con su peso.
Él la besó, luego levantó la cabeza y la miró a los ojos.
—¿Estás lista para el intercambio de votos?
—¿Es así de simple? ¿En serio? ¿Así de fácil, serás mío?
—Por siempre.
—Hazlo, entonces. Has los votos.
El sonrió ante su exuberancia.
—Yo soy tuyo, tu marido ahora y para siempre. Lo que es mío es tuyo, y lo tuyo es mío. Lo juro. Ahora vas a decir las palabras para mí, —indico.
Con mucho gusto.
—Yo soy tuya, tu mujer ahora y para siempre. Lo que es mío es tuyo, y lo tuyo es mío. Yo... lo prometo.
Ella no esperaba que nada sucediera, había hecho juramentos antes para él, y nada sucedió. Pero oh, estaba equivocada. Su espalda se dobló, y un grito salió de sus labios. Su espalda se dobló en la dirección opuesta, y otro grito salió de sus labios. De pronto se sintió desgarrada, miembro por miembro, pieza por pieza, e incluso por el centro.
Lentamente, muy lentamente, sin embargo, las piezas comenzaron a regresar, como si fuera Humpty Dumpty, volviéndose a unir. Solamente cuando la transformación estuvo completa ella fue capaz de relajarse en el colchón.
Naruto se apoyó en ella. Estaba jadeando, empapada de sudor.
—¿Qué fue eso? —Preguntó.
—No estoy seguro.
—Bueno, no vuelvas a hacerlo de nuevo.
—¿Yo? —De alguna manera recuperó su fuerza y colocó mil besos a lo largo de la curva de su mandíbula.
—Tal vez fuiste tú.
—No, tú. ¿Así que estamos casados ahora, o qué?
—Lo estamos y no lo olvides. —Se levantó y engrano sus labios a los de ella.
Continuará...