El ambiente en el Bosque del Dragón Azul estaba tenso. Cerca de cien elementales entraron en él para poder realizar sus sueños, pero más de la mitad volvería a casa con las manos vacías. En cuestión de minutos, todos estaban en diferentes sectores del oscuro bosque, buscando los tótems que los llevaría un paso más cerca del codiciado campeonato. La gran mayoría optó por ir por su cuenta, pero otros formaron pequeños grupos.

Tal fue el caso de Espika y Finster.

Ambos elementales entraron al bosque corriendo, sin tener exactamente un plan para obtener sus dos tótems. Contaban con 120 minutos para ello, y por muy buenos combatientes que fueran, de poco serviría si alguien llegara a los tótems antes y los escondiera. Estaba claro que ir rápido era lo importante.

—¿Por dónde empezamos, Espi? —preguntó Finster a su hermana conforme ambos iban corriendo por una parte del bosque donde entraba algo de luz.

—Con tus portales llevamos ventaja, deberíamos empezar por las cuevas y los huecos más notables en los árboles, parecen el escondite más obvio.

Como elemental de sombra, Finster tenía numerosas habilidades especiales a su disposición. Podía desvanecer en las tinieblas y aparecer donde quisiera siempre y cuando su destino estuviera lo suficientemente cerca y hubiera sombras en el área. Una técnica que Finster usaba a menudo era la llamada creación de «portales de sombra», mediante los cuales podía transportarse a cualquier punto que se encontrara en su campo visual. Una utilidad adicional de los portales era que Finster podía llevar a quien quiera que estuviera sujeto a él por ellos; ambos hermanos hacían uso de esta técnica para moverse rápido o sorprender a oponentes en clases de Combate.

—Déjalo todo en mis manos —Finster asintió y sonrió con confianza, deteniéndose—. Dime por dónde es y nos vamos. ¡Oh! ¡Rima y todo! —Finster aplaudió, orgulloso de su inintencionada rima. Espika rió un poco, su hermano siempre sabía cómo alegrar un poco una situación tan tensa como en la que estaban.

—Por allí hay una pequeña catarata —Espika señaló a la izquierda, podía apreciarse una cascada a la distancia, casi escondida entre los árboles—. A lo mejor han puesto alguno por ahí.

—Okey, el Expreso Finster parte rumbo a la Catarata Misteriosa. ¡Todos a bordo! —Finster declaró con un tono jocoso y alegre. Su mano derecha comenzó a canalizar sus moles, el nombre dado a la energía que cada elemental tenía en sus cuerpos para hacer uso de su elemento, y un portal lo suficientemente amplio para pasar y tan oscuro como la noche se abrió delante de ellos.

Finalmente, extendió su mano izquierda a Espika, quien la tomó como era costumbre. Finster entró por su oscuro portal, llevándose a su hermana a través de él. Ambos hermanos desaparecieron dentro del portal, el cual se desvaneció en el aire al instante.


En una parte más distante del Bosque del Dragón Azul, Kerket se deslizaba por las zonas oscuras de los árboles. De vez en cuando se detenía para buscar en huecos de árboles o sitios que ella creía que podía haber algún tótem, pero sin tener suerte. Ella tuvo que admitir que el lugar era bastante interesante, nunca había estado en un bosque así de grande en la vida, ya que Ciudad Qilin no tenía y en su región natal no había demasiados, al menos ninguno cuyo tamaño se comparara al de este.

Continuó observando su entorno, atenta en caso de que algún otro competidor pudiera estar preparando un ataque sorpresa. A estas alturas era más que capaz de reaccionar a tiempo ante cualquier problema o amenaza; no obstante, prefería evitar cualquier conflicto innecesario en la medida de lo posible. Se mantuvo alerta conforme salió de la maleza hacia una zona más abierta del bosque, distrayéndose momentáneamente pensando en hacia dónde ir.

Un sonido repentino a distancia interrumpió sus pensamientos.

Kerket no tuvo tiempo para pensar qué podía ser, si era alguna de las bestias del bosque o algún otro elemental. Antes de hacer algo más, intentó discernir cuál podría ser el origen del sonido.

Dos voces humanas, ambas aparentemente masculinas, se podían escuchar desde la dirección de la que venía el sonido. Ambas voces se reían fuertemente, delatando su presencia.

Kerket no estaba de ánimos para luchar, por lo que decidió ocultarse y subir a un árbol, aprovechando las sombras del bosque. No iba a empezar una pelea, especialmente si había más de un contrincante, pero no era mala idea averiguar más sobre el enemigo y, a ser posible, el paradero de algunos tótems. En silencio absoluto, se mantuvo encima del árbol, mirando fijamente en la dirección de la que provenían las voces.

Dos muchachos, a primera vista de la edad de Kerket, salieron de entre la maleza. Uno de ellos tenía el pelo rubio peinado en punta, una camiseta amarilla de manga corta con un dibujo de una nube gris con un rayo amarillo y un collar con otro rayo amarillo. Llevaba asimismo brazaletes negros, pantalones azules rasgados y botines negros. Su compañero llevaba su corto pelo blanco de tal forma que un flequillo corto le tapaba la frente y dos mechones, más largos que el resto, caían a ambos lados de su nariz. En cuanto a la ropa, el segundo chico llevaba una bufanda blanca con rayas grises, una camiseta de manga larga también blanca, pantalones negros largos y zapatos deportivos grises.

Kerket se mantuvo atenta a la conversación entre ambos. Sus músculos se tensaron, lista para combatir o huir según lo requiriera la situación.

—Oye, Trueno —el peliblanco miró de lado a su rubio compañero, cuyo nombre y apariencia parecían indicar que se trataba de un elemental afín al rayo—. Llevamos un buen rato buscando y aún no hemos encontrado al dichoso tótem.

Trueno, manteniendo una mirada muy seria mientras caminaba al lado de su amigo, miró a este último con el rabillo del ojo:

—Relájate, Folioberto —dijo Trueno—. Podemos pasar a la siguiente ronda siempre y cuando derrotemos a los demás. De forma no letal, claro.

—En fin —Folioberto suspiró—. Siempre puedo usar una técnica de nivel 2 para revisar el perímetro.

Kerket se tensó todavía más, pero no movió un solo músculo. A juzgar por su curioso nombre, su vestimenta y lo último que dijo, el peliblanco parecía tratarse de un elemental de papel.

El concepto de los cinco niveles era considerado el pilar fundamental del combate entre elementales, y Kerket sabía los fundamentos básicos de esta teoría. La idea es simple: el número indicaba la cantidad de moles requerida para usar una determinada técnica; cuanto menor sea el número, menos energía gastaba el usuario. Al contrario de lo que podría parecer, sin embargo, un número bajo no significaba que el ataque fuera más débil, pues con suficiente entrenamiento, un nivel 1 podía ser perfectamente letal. El nivel 1 equivalía a ataques de combate directo o de defensa, siempre desde el cuerpo de uno, por lo que la cantidad de energía gastada era relativamente baja. Kerket sabía que una técnica de nivel 2 implicaba siempre un ataque a distancia, por lo que era perfectamente posible que, desde donde estuviera, pudiera lanzar su elemento en dirección a ella; inclusive, si el oponente tuviera suficiente control, podría formar el ataque justo al lado de ella.

—Tú y tus ganas de dar la nota, ¿por qué no te vas a Mundofolio y dejas que piense un rato? —Trueno movió la mirada al frente, su cara seguía igual de seria.

—Mira que te dije de meter los tótems en Mundofolio y así solo pasar nosotros dos, pero no… tú siempre tienes que destacar —Folioberto suspiró y esta vez giró la cabeza para mirar a Trueno—. Y lo siento, pero no puedo dejarte pensando aquí, el torneo habrá terminado para cuando tengas una idea.

—No tenemos tiempo que perder, comencemos peleando y eliminando a la competencia. De forma no letal—al decir esta última frase, Trueno bajó repentinamente su tono de voz para después volver a alzarlo, como si intentara llamar la atención de alguien.

—¡Así podemos llegar al Truenolimpo y conocer a los reyes en persona! —sonrió de par en par, y se giró, señalando con su dedo a un punto del bosque. —¡Ya puedes salir de tu escondite!

Kerket notó que el dedo de Trueno apuntaba en la dirección general donde estaba ella. Se preparó para combatir, con la intención de acabar con esto lo antes posible.

Para su sorpresa, desde debajo de su escondite, salió otra persona. Se trataba de alguien con pelo azul claro recogido en una coleta alta, ojos turquesa y ropa muy llamativa. Kerket no pudo evitar pensar que ya había visto a esta persona, antes de entrar al bosque.

Se quedó mirando a ver lo que pasaba.


Souji había tenido un inicio de ronda marcado por dificultades inesperadas, pero la suerte le sonrió y pudo salir del aprieto en el que se había visto. No obstante, parecía ser que se había metido en otro problema, dado que tenía a dos elementales delante y probablemente iba a tener que luchar. No quería hacerlo, así que intentó ser cordial y saludó a ambos desde donde estaba.

—Hola a ti, criatura del bosque —le habló el rubio haciendo un símbolo algo extraño con su mano derecha, uniendo los dedos índice y corazón por una parte y el anular y meñique por otra, confundiendo a Souji, quien solo pudo parpadear ante ese saludo. El otro chico, un peliblanco, suspiró llevándose una mano a la cara y continuó:

—¿Has estado escuchando todo lo que yo y mi amigo Trueno hemos dicho? —el peliblanco se cruzó de brazos, observando a Souji. Mientras éste hablaba, Trueno preparaba sus puños, cargándolos de chispas.

—Un poco, sí —Souji asintió y encogió sus hombros, no pensaba que podría haber hecho algo malo. Se tensó algo, no le gustaba nada la situación.

—Entonces sabrás que aquí solo podemos quedar dos. Y lo siento mucho, pero eso no te incluye a ti. ¡En guardia!

En ese instante, Folioberto formó un número de estrellas de papel y las lanzó hacia Souji, quien reaccionó levantando un muro hecho de un material viscoso que frenó los proyectiles de papel y los disolvió.

—Cuidado, Folioberto, he escuchado que los elementales de moco son muy peligrosos —Trueno comentó.

—¡Eso parece más ácido que moco! ¿¡Cómo demonios puede un moco disolver algo!? —Folioberto preguntó a gritos.

—¿Ácido…? —Souji inclinó su cabeza a un lado, con expresión confusa. Se había acostumbrado a que usaran «moco» para referirse a su elemento, pero no había escuchado esto último hasta ahora.

La ignorancia crea miedo. La confusión será tu mayor aliada.

«Exacto», Souji pensó, «si estos dos insisten tanto en pelear, parece que no tengo otra opción». Dejando de lado su nerviosismo, sonrió confiadamente en dirección a los chicos y se preparó para luchar.


«¿Elementales de ácido? Nunca había oído hablar de algo así, ¿cómo es posible que existan siquiera?», pensó Kerket desde su puesto, observando la escena desde arriba. El tiempo se agotaba y necesitaba su tótem, pero esto le había llamado la atención. Continuó pensando para sí: «Sabía que habría contrincantes fuertes, pero esto realmente podría ser un problema».

Lo siguiente que observó fue que el rubio se cruzó de brazos, cerró los ojos y gritó de forma bastante repentina:

—¡Nivel 2! ¡Ira de los 30.000 Dioses Eléctricos! —Trueno unió sus manos y lanzó un relámpago con una figura un tanto peculiar en dirección a Souji, quien esquivó el ataque.

En ese momento, Kerket se dio cuenta de que Folioberto se había movido de donde estaba y preparaba un ataque adicional: un gran cantidad de mariposas de origami aparecieron por todos lados, rodeando a Souji. Kerket reconoció esto como una técnica de nivel 2 particularmente poderosa: era prácticamente imposible escapar a este punto, y los cortes provocados por las mariposas podían resultar muy peligrosos para su objetivo.

Justo cuando las mariposas se lanzaron a gran velocidad hacia Souji, más materia viscosa salió de su espalda, extendiéndose y atrapando a todas las mariposas de papel sin que ninguna llegara a ocasionarle ningún daño.

—¿Pero qué…? —dijo Folioberto, incrédulo—. ¿Se han pegado?

Kerket observó la escena con interés. El simple hecho de que alguien pudiera frenar un ataque así era impresionante. Normalmente harían falta años de entrenamiento para conseguirlo, y sin embargo alguien que parecía ser de su edad lo había detenido como si no fuera nada.

«Eso no es acido… ¿Qué clase de poder es ese?»

En algún momento, la larga coleta de Souji se había deshecho, dejando suelto su pelo azul cielo. Incluso desde su posición, Kerket pudo notar que había algo distinto en su mirada, fría y calculadora, propia de alguien cansado de la situación.

Sin mediar palabra, Souji lanzó todas las mariposas de papel que había atrapado en dirección a los otros dos.

Trueno reaccionó rápidamente creando un campo eléctrico que quemó el ataque. Folioberto se vio incapaz de moverse, parecía que era algo que el peliblanco no había anticipado.

—Veo que tenéis ganas de pelear —habló Souji. Algo en su voz era distinto, pero Kerket no tenía idea qué era.

Souji movió el cuello a su lado izquierdo, haciéndolo crujir, manteniendo su mirada fija en Trueno y Folioberto:

—Será un placer —dijo el peliazul, sonriendo maliciosamente.

Folioberto parecía estar en shock, Kerket no podía culparlo. Después de todo, las habilidades de su contrincante eran algo fuera de lo común. Fue incapaz de apartar la mirada de Souji.

«¿Qué demonios pasa con este chico? Es como si fuera otra persona».

—¿Qué le ha pasado? ¡Es como si se volviera alguien más! —dijo Folioberto, la tensión que sentía era casi palpable.

—Pues yo no veo nada diferente, la verdad —respondió Trueno, de brazos cruzados, ganándose una mirada incrédula por parte de su amigo.

Souji aprovechó esta distracción para lanzarse hacia Trueno, con sus brazos transformados en la sustancia viscosa y obvia intención de atacarlo. La velocidad de movimiento fue tal que incluso Kerket tuvo problemas para seguirlo con la mirada.

Trueno esquivó el ataque, pero Souji parecía haberlo previsto y, girando su cabeza para mirar al rubio, transformó también su melena en la misma sustancia. Kerket seguía sin dar crédito a lo que veía, esperaba a oponentes poderosos, pero esto era algo que preocupaba a la elemental.

—¡Cuidado! —Folioberto gritó, reaccionando lo suficientemente rápido para interponerse entre el ataque de Souji y su amigo. Este acto de sacrificio noble hizo que su brazo derecho se viera atrapado por la materia viscosa—. ¡¿Pero… qué…?!

Kerket siguió viendo. Folioberto había caído presa de esa materia adhesiva, quedando a la merced de su oponente peliazul. Este último, con su melena pegada al brazo derecho de Folioberto, se aproximó a él lentamente. Kerket notó una cierta chispa de diversión en su mirada, como si fuera un depredador jugando con su presa. ¿De veras era este el chico dócil de hacía apenas unos minutos?

—Un momento —Trueno dijo en voz alta, observando a Souji—. Entiendo tu frustración, no debe ser divertido haber nacido elemental de moco. Pero es importante que te aceptes como eres. Después de todo, sin los mocos en nuestras narices, caeríamos ante los virus que entran por nuestras fosas. Sí, a los elementales de virus ni un vaso con agua —Trueno dijo en un intento por tranquilizar a Souji. Kerket se tensó todavía más, estaba más que claro que esto no iba a acabar bien.

—¡Pero que no es elemental de moco, pedazo de-!

Ambos brazos de Souji, todavía transformados en esa sustancia, se extendieron y bloquearon las narices y bocas de los dos jóvenes. Kerket se alarmó inmediatamente, había una diferencia clara entre simplemente luchar y llegar hasta el extremo de matar a alguien; parecía que no había forma de que ellos pudieran soltarse de la técnica. No podía dejar que esto pasara, por lo que se estaba preparando para intervenir, comenzando a crear una bola de fuego en su mano izquierda.

Tras un par de segundos que podrían haber sido horas para el par, ambos fueron liberados. Al parecer, Souji había decidido apiadarse de ellos en el último momento. Manteniendo la mirada firme hacia ambos, declaró:

—Si esto es todo lo que podéis hacer, retiraos ahora que estáis a tiempo. Tengo cosas más importantes que hacer que encargarme de vosotros.

Folioberto tenía una mirada atónita en su rostro, respirando pesadamente mientras recuperaba el aliento y se ponía de pie. Trueno hizo lo mismo, iba a contestar, pero Folioberto puso su mano en la boca del otro, evitando que dijera nada.

—Nos vamos ya, Trueno —dijo Folioberto entrecortadamente. El rubio pareció decir algo por debajo de su mano, mirando de lado a su amigo, parecía que podría empeorar la situación. Sin embargo, se detuvo y asintió. Folioberto quitó la mano de su boca y se llevó a Trueno por los arbustos sin mediar palabra.

Kerket seguía sin dar crédito. Esper estaba segura de que ambas pasarían la ronda del bosque sin ningún problema, pero un oponente así podría representar un gran obstáculo. Considerando sus opciones, decidió huir por el momento y continuar buscando su tótem. Aún tenía tiempo para encontrar uno de ellos, estaba segura. Miró cómo Souji se estiraba, casi como si esto hubiera sido una simple sesión de entrenamiento, y se preparó para saltar a otro árbol. Giró su cabeza a un lado para ver posibles rutas y, una vez decidido el camino, volvió a girar la cabeza para darle un último escrutinio al enemigo.

La mirada de Souji conectó con la de Kerket.

Este momento se hizo casi eterno para Kerket, estaba segura de que escapar no era una opción debido a la velocidad que demostró Souji en combate. Parecía que solo quedaba o luchar o, ella esperaba, intentar ir por una vía más pacífica. Kerket apretó los puños un poco desde el árbol en que estaba, preparada para lo que fuera.

—¡Hola! ¿Estabas mirando? —Souji preguntó amistosamente, mientras se ponía la coleta nuevamente, parecía que usaba su elemento para aquello—. Ya puedes bajar, no te preocupes.

Esto fue algo realmente inesperado para la muchacha de pelo negro. Si bien era cierto que era algo que ella prefería, la situación le parecía desconcertante. No pudo hacer más nada que saludar a Souji con la mano desde una distancia, no sabía si bajar era la opción más prudente. Era posible que le estuviera tendiendo una trampa.

—¿Tú también has conseguido ya tu tótem? —preguntó Souji.

También. La ronda había comenzado hace poco, ¿ya habría conseguido su tótem? No le sorprendería si ese fuera el caso, ya había sido testigo de la habilidad del peliazul. Por ahora no sentía ninguna hostilidad por su parte, así que decidió bajar lentamente del árbol y, manteniendo cierta distancia, negó con la cabeza.

—No, aún no he encontrado ninguno, por desgracia —Kerket contestó y se cruzó de brazos—. Si ya has conseguido uno, o tienes mucha suerte o eres muy veloz.

Souji se rió de forma algo incómoda, llevándose una mano a la nuca:

—Pues no sé qué decirte, solo busqué un poco y después de unos minutos lo vi en una cueva. Lo malo es que… bueno, en cuanto lo tomé se derrumbó la entrada.

Kerket alzó una ceja y miró a esta extraña persona de arriba abajo. No presentaba moretones, heridas, cortes o manchas en su ropa, nada que indicara que hubiera pasado por semejante situación. El comportamiento tranquilo de Souji extrañó a Kerket, en general. No sabía qué decir ante esto, pero intentó responder de forma cordial:

—Supongo que tiene sentido, ya nos dijeron que algunas activaban trampas.

—Pues sí, debería haberlo imaginado… —Souji sonrió. Esto hizo que Kerket se sintiera todavía más desconcertada, teniendo en cuenta lo que había pasado con esos elementales de rayo y papel. ¿Qué demonios había pasado ahí? Pasó de ser una verdadera amenaza a alguien con un aspecto totalmente inofensivo.

—Pero bueno, he conseguido salir —Souji continuó hablando, ante el silencio de Kerket. Mirando a sus pies, sonrió. Kerket notó que era incapaz de mirarla a los ojos —Si tienes problemas… y si no te molesta, puedo ayudarte a buscar algún tótem. Si tú quieres, claro.

Kerket se mantuvo dubitativa ante esta oferta. Podría perfectamente tratarse de una trampa, pero, por otro lado, siempre se ha dicho que es sabio mantener a tus amigos cerca, y a tus enemigos más aún. Además, prefería tener a alguien así como aliado que como oponente. Pensó unos segundos y, finalmente, sonrió de lado y respondió:

—Claro, estaría bien tener un poco de ayuda extra.

Al escuchar esto, Souji sonrió. Había algo en su sonrisa que hizo sentir ligeramente más tranquila a Kerket, aunque mantuvo la guardia en alto por si se trataba de una trampa.

—Podemos investigar cerca de las arenas movedizas, es posible que haya algo interesante allí —sugirió Souji. Kerket se encogió de hombros ante la sugerencia.

—Bueno, por probar no perdemos nada.

—Souji —dijo Souji a Kerket, que lo miró confundida. Ante esta situación, Souji se aclaró la garganta para hablar mejor—. Souji, me llamo Souji. Es… es… un honor conocerte.

Acto seguido, Souji se inclinó en un acto de reverencia, mirando al suelo. Kerket se sintió un poco confundida.

—Oh, mm… Yo soy Kerket, encantada —sin saber qué hacer, inclinó su cabeza ligeramente. No recordaba haberse visto nunca en una situación parecida.

Souji volvió a erguirse y se rió amistosamente. Se giró levemente y señaló a su derecha:

—Es por ahí. Vamos.

En vez de situarse delante o detrás de ella, Souji decidió ponerse a su lado. Kerket lo miró de lado, sin todavía saber del todo cómo actuar.

—Sí, claro.

Kerket se quedó mirando a Souji por el rabillo del ojo, conforme ambos echaban a andar en la dirección en la que presuntamente se encontraban las arenas movedizas. Era posible que sí se tratara de una trampa, no confiaba del todo en alguien desconocido; sin embargo, algo le decía que podía confiar en el extraño chico.


En una zona profunda del bosque, reinaba la oscuridad. Los grandes árboles parecían elevarse hasta el cielo y pocos rayos de luz se filtraban entre las hojas. El Bosque del Dragón Azul era conocido por sus áreas más internas, en las que el más absoluto de los silencios era lo normal y en la que numerosas temibles bestias podían aparecer si la calma se interrumpía. Había pájaros puestos en ramas altas; estas aves generalmente eran calladas y se mantenían en los árboles, pero en esta ocasión, todas salieron volando en bandada.

Una explosión interrumpió el silencio.

Desde un punto del oscuro bosque, con numerosos árboles calcinados y varios en el suelo por la fuerza de la explosión, Esper retrocedió, haciendo saltos acrobáticos. Una vez aterrizó sobre sus pies, mantuvo su mirada fija al punto de donde vino. Parecía que se había pasado un poco, era difícil controlarse en una batalla a veces.

—Maldita sea, no lo entiendo, ¿cómo has podido hacer eso?

Del humo salió una chica aproximadamente de la edad de Esper. Tenía pelo de color azul oscuro que le llegaba a los hombros, adornado con una horquilla en forma de copo de nieve. Llevaba una camiseta de tirantes, pantalones y botas, podían observarse numerosos moratones y rasguños en sus brazos.

—No has usado fuego ni nada parecido —jadeó la chica de pelo azul, lanzando una hilera de agujas de hielo a Esper—. ¡¿Cómo?!

Esper sonrió de par en par. Cómo adoraba ver la desesperación en los rostros de sus oponentes, era una sensación de poder de la que nunca se cansaba. Hileras de agujas, ¿lanzadas de forma impulsiva? Pan comido. Esquivó gran parte del ataque gélido y, cubriendo su mano en una especie de material de color índigo, bloqueó las agujas de hielo restantes. El sonido era similar al de un zumbido, haciéndose más fuerte conforme derretía el ataque de la otra muchacha.

—Si un relámpago cae en un bosque —Esper respondió y, acto seguido, corrió hacia su oponente con la mano cubierta en su elemento—. ¡Habrá un incendio!

La velocidad de Esper era tal que la peliazul se vio sorprendida y apenas consiguió esquivar. Ante ello, Esper reaccionó usando una técnica de nivel 2: un rayo azulado apareció muy cerca de su oponente y desvaneció en el acto. Era una amenaza clara que surtió efecto: Esper había conseguido, irónicamente, dejar a la elemental de hielo congelada del miedo.

Esper la miró y se rió con superioridad, casi tapándose la boca con la mano:

—Ya que estamos, entrégame tu tótem. Creo que está más que claro quién ha ganado en este intento de pelea.

Ante estas palabras, la expresión de la chica mostró tanto ira como miedo, habiéndose dado cuenta de que no podía derrotar a su oponente. A Esper le gustaba provocar reacciones de miedo en cualquier desgraciado que la retara a combatir. Sin embargo, había mucho en juego aquí.

—Oye, tranquila, no soy ninguna asesina —Esper contestó entre risas, pero para cualquiera que las viera habría quedado claro que aquella risa no tenía nada de natural—. Pero no quiere decir que no vaya a quitártelo a la fuerza. Tú eliges.

—¡¿Por qué no te buscas uno propio?! Está claro que no eres una cualquiera, ¡¿por qué tienes que hacer esto?! —contestó la peliazul. Esto le hizo ganarse una mirada condescendiente de Esper, pues no había nada más repudiable para ella que la gente así de pusilánime:

—Si tú ves que te van a quitar algo que tú quieres… ¿dejas que te lo quiten? Hay pocos tótems para tanta gente, ¿por qué voy a dejar que me quites algo que necesito?

El veneno en las palabras de Esper hizo retroceder instintivamente a la muchacha de pelo azul, quien apretó los labios con fuerza. Su mirada decía todo: no hay forma de que pueda ganarle a alguien así. Después de unos segundos más, metió su mano en una bolsa que estaba llevando y tiró una estatuilla dorada en dirección a Esper. Sin decir nada más, corrió inmediatamente en la dirección opuesta, dejando a Esper con su premio.

—Más te vale huir, cobarde… —dijo Esper con una sensación de disgusto en la boca. Miró al tótem un momento y lo recogió—. Otro para la colección pues.

Esper abrió su bolsa y metió al tótem dentro de ella, junto con los otros tres que había tomado de otros competidores al principio de ronda.

«Que ganen los mejores».