Tercera parte. Enamórala
Me muero por explicarte lo que pasa por mi mente.
Me muero por intrigarte,
y seguir siendo capaz de sorprenderte.
Sentir cada día ese flechazo al verte
¿Qué mas dará lo que digan?
¿Que mas dará lo que piensen si estoy loca es cosa mía?
Y ahora vuelvo a mirar el mundo a mi favor.
Vuelvo a ver brillar la luz del sol.
La fecha especial llegó sin que ambos se dieran cuenta. La primera semana de clases estuvo llena de festejos, felicitaciones y recuerdos de cómo habían llegado hasta las nacionales. Incluso los profesores lo llamaban para reconocer su talento y le preguntaban si acaso estaba interesado en el béisbol profesional. La respuesta siempre era afirmativa y estaba acompañada de su usual risa.
El día de la cita, Kuramochi madrugó y dio un par de vueltas por el campo. Necesitaba relajarse antes de salir. Después de un largo baño, se vistió con una de sus mejores mudas y salió del cuarto antes de que Asada se despertara siquiera. El viaje era de casi tres horas, aún tenía tiempo de comprarle algo. Uno de los mangas para niñas de Sawamura tenía algo sobre eso y Haruichi le dijo que los chocolates solían ser una buena opción y, considerando que Wakana hacía postres, tal vez era lo más adecuado. Si Miyuki no fuera un entrometido de primera, le habría pedido que hiciera algo rico para ella.
Casi a la misma hora, Wakana estaba dándose un baño con una nueva fragancia que había comprado para ese día. Estaba nerviosa ya que él era un senpai y en realidad no sabía mucho de él. Su madre le había aconsejado que no se arreglara demasiado, pero que buscara verse un poco más linda de lo usual.
—Ahora que lo pienso, ¿a él le gustarán las chicas que usan maquillaje? ¿Le gustará el maquillaje cargado?... —Se preguntó en la tina— No lo creo, Kuramochi-san parece ser más práctico.
Y cuando la hora llegó, Kuramochi salió del tren y miró a su alrededor. Wakana ya estaba esperándolo. Al final, ella se había decidido por una falda plisada a las rodillas, una blusa de manga corta y un chaleco blanco. En su cabello se veía una pequeña trencita que adornaba el lado derecho de su cabeza y un prendedor en forma de pétalo. El maquillaje era el de siempre, bastante sencillo. En realidad, Kuramochi la veía con los mismos ojos que siempre: ella ya era muy bonita.
Él, entre tanto, vestía unos pantalones de mezclilla clara y una playera roja de cuello en uve y sin estampado. Se cubría con una abierta chamarra negra de cuero. Wakana rió al reconocer que no se lo había imaginado en otra ropa que no fuera el uniforme de Seidou. Le quedaba bien el color rojo.
Kuramochi pareció tímido al principio, pero tras entregarle los chocolates y comer uno que le ofrecía ella, rieron y toda tensión desapareció.
Ese día, Wakana lo llevó a conocer la región donde Sawamura y sus amigos solían estar. La caminata los llevó a un parque para conversar durante al menos tres horas y media, hasta que tuvieron hambre y entraron a un restaurante de comida rápida. Kuramochi se negó a ir a un karaoke y tras rodear la misma manzana tres veces, la arrastró a un centro de bateo. Ahí apostaron una revista de su preferencia y, como era de esperarse, Wakana tuvo que pagar por una revista de deportes en una tienda de autoservicio.
A las siete de la noche, Kuramochi la acompañó hasta su casa y se despidió de ella. La estación estaba a media hora caminando y diez en autobús. Ya estaba acostumbrado al ejercicio, así que no le haría mal la caminata.
Wakana había dicho que en la próxima cita lo obligaría a entrar a un karaoke y Kuramochi solo pudo pensar en que ella había asegurado que habría una segunda cita.
Ésta llegó un mes después, cuando Seidou ya había debutado en el torneo de invierno. Kuramochi ahora dormía en un cuarto para estudiantes cerca de Seidou, pues aunque le hubieran permitido quedarse en el dormitorio del club hasta que se graduara, no podía evitar la nostalgia cada vez que veía a Sawamura o a Haruichi con el uniforme o un bat. Supo que Miyuki había regresado a su casa, que estaba a tan sólo treinta y cinco minutos de la escuela; y que Zono había preferido quedarse en los dormitorios: decía que aún tenía mucho que aprender y enseñar a los kohai.
Wakana, para sorpresa de Kuramochi, vestía un pants en la segunda cita.
—Te llevaré a nuestro campo de béisbol. Quiero que me digas cómo entrenan en Seidou. —Le dijo. Él rió y le dijo que parecía haber olvidado el asunto del karaoke.
—He decidido guardar eso para navidad —respondió ella. Kuramochi no quiso preguntar: era feliz porque ella consideraba incluso esa fecha tan especial.
Kuramochi, con la advertencia de que lo harían cantar en navidad, le dijo a Nori que le prestara su reproductor por unas noches. Nunca había sido muy afecto a la música, por lo que en realidad no tenía idea de qué cosas podría encontrar en un karaoke. Después del esperado comentario de burla, Nori prometió hacerle una lista de reproducción con las canciones clásicas de un karaoke estudiantil.
Después de dos meses de salir con Wakana, Kuramochi se acostumbró a las burlas de sus amigos y compañeros, y los interrogatorios sobre cómo y quién era esa chica con la que se mensajeaba. Y si bien no le importaba que supieran que en realidad era amiga de Sawamura, era divertido ver las actitudes de especulación de Miyuki y Nabe. Como se lo había dicho a Wakana: sin las responsabilidades del club de béisbol encima, tenían mucho tiempo libre y ese par de idiotas ocupaban la mayor parte en teorías ridículas y bromas que tenían la intención de revelar su identidad.
Entre tanto, Sawamura iba por los pasillos persiguiendo al nuevo capitán, Kanemaru Shinji, y al vicecapitán, Kominato Haruichi. Kuramochi y Zono disfrutaban ver cómo Kanemaru trataba de mantener la compostura ante tantos "Capimaru" que salían de la boca del as. Miyuki seguía creyendo que Sawamura pudo haber sido un buen capitán, pero sabía de la presión que era ser el pilar de todo el equipo y aunque Sawamura nunca sería un cuarto en el orden, entendía que ser el as y el capitán era demasiado incluso para una persona tan fuerte como Sawamura. Además, Kanemaru conocía muy bien a sus compañeros y sabía cuáles eran sus debilidades. En cuanto a Haruichi, era el mejor instructor de bateo y fildeo que había conocido; añadido a que era el más sensato de la generación, también.
De vez en cuando, Kuramochi y los demás se sentaban a mirar el entrenamiento del nuevo equipo de Seidou. Los chicos de primero que habían estado en el segundo equipo y ahora habían ascendido al primero, lucían agotados pero emocionados. Kuramochi observó lo fácil que había resultado para Takuma y Haruichi acoplarse en equipo. Se preguntó si acaso Haruichi estaba siendo igual de estricto con Takuma a como lo había sido Ryosuke con él…
Miyuki sabía que Okumura tenía mucho que aprender, que aún no conocía el corazón del béisbol; mas tenía un buen maestro para ello. Ese ruidoso en el montículo no se iría sin antes provocarle una sonrisa.
—¿Es una mujer mayor? —preguntó Miyuki mientras veían cómo el entrenador bateaba hacia las nueve posiciones de los posibles titulares.
—¿Qué? ¡No! —respondió Kuramochi y Nori rió.
Si tan sólo Miyuki no fuera un enfermo del béisbol, quizás hubiera notado que desde el torneo de verano, Kuramochi se había acercado al círculo de amigos de Sawamura. En realidad no era necesario el pensarlo tanto.
La cita navideña fue un poco más complicada de lo que Kuramochi creyó. A causa de la nieve en las vías, los trenes habían detenido su marcha y Kuramochi tuvo que preguntar sobre otro transporte. Después de tomar un camión a la dirección equivocada y comprar un chocolate caliente para tranquilizarse, consiguió información confiable sobre un par de autobuses que pasaban cada tres cuartos de hora. Sin perder la paciencia, se sentó a esperar y envió un mensaje. Las parejas enamoradas y las familias paseaban frente a él, rodeados de un halo de felicidad y armonía. Se arrepentía de no haber llevado una de sus revistas deportivas…
Wakana esperó cerca de tres horas y media en la cafetería donde habían quedado de verse. Por fortuna, la madre de Sawamura había ido hasta allá por un pastel y al verla sola, se sentó un rato con ella y conversaron sobre temas que la distrajeron.
—Espero que no tarde mucho tu novio, Wakana —dijo la señora antes de despedirse.
Wakana, avergonzada, asintió, sin desmentir dicha suposición. No, ellos dos no eran novios; pero no se sentía cómoda diciendo que él era sólo un amigo.
Cuando vio a Kuramochi llegar, con la ropa fría y la nariz enrojecida, Wakana se apresuró a pedir una bebida caliente para su acompañante, y sacó unos guantes de su bolsa. Eran color naranja, tenían peluche, pero no podría negarse a usarlos.
—Lo siento. Creo que no me fue muy bien en el camino. —Se disculpó. Wakana observó sus movimientos antes de tomar su mano derecha. Kuramochi, sobresaltado ante el tacto, quiso alejar la mano, mas ella se aferró a su muñeca y sonrió.
—Tranquilo, te voy a poner mis guantes. No te preocupes, mi casa está cerca; te llevaré para que entres en calor.
—¡¿Eh?! —exclamó, malentendiéndolo. Wakana rió.
—Tenemos chimenea, tonto. Mis padres están en casa, así que no pienses cosas raras.
—¿Y quién pensaba en cosas raras?... Espera, ¿conoceré a tus padres?
—Sí, son más tranquilos que los padres de Ei-chan, descuida.
—No, no, no. Quiero decir, ¿me llevarás a conocer a tus padres? —repitió, recordando todas las comedias románticas en las que la presentación siempre terminaba en desastre.
—Sí, necesitas un lugar más cálido que éste o cualquier establecimiento de por aquí. Es probable que te resfríes si sigues así; es mejor apresurarse e ir a un lugar caliente. —La mesera llegó y justo cuando estaba colocando el chocolate en la mesa, Wakana la interrumpió:— Perdone, tendremos que llevarnos la bebida. Cóbrelo a mi cuenta, gracias.
—Claro, Aotsuki-chan. Ya cambio el vaso.
Kuramochi la observó. El carácter de Wakana era un tanto impulsivo, entendía por qué era una amiga tan cercana a Sawamura; ella no pedía que la cuidaran o la consintieran. De acuerdo a lo que ella misma le había contado, sus amigos más cercanos siempre habían sido hombres y, a causa de su imparable amor al béisbol, había conseguido jugar en un equipo de secundaria. Sawamura nunca mencionaba los juegos de la secundaria y era sabido que en realidad su equipo era malo, pero Kuramochi estaba seguro de que Wakana debió esforzarse mucho, quizá más que el resto del equipo, exceptuando Eijun. Aun en ese momento, Wakana seguía mirando con desconfianza a quienes pasaban a su lado; pero seguía adelante. Ella no se detenía, y tal vez eso era lo que más le gustaba de ella.
Sawamura nunca se había enterado de lo que Wakana sentía por él, mas ella sabía que era muy probable que hubiera sido rechazada. A pesar de eso, Wakana continuó adelante y se abrió a una nueva posibilidad. No se encerró, no quiso atarse más a Sawamura y a su futuro, y miró adelante. No se trataba de una chica linda en el estadio, ella en verdad era magnífica.
Los padres de Wakana estaban en el comedor, tomando chocolate caliente, cuando Wakana abrió la puerta y lo dejó pasar. Kuramochi ya se abrazaba a causa del frío y sus dientes castañeaban. Los señores, de un rostro amable, lo miraron con cierta sorpresa. Su hija no les había comentado que llevaría a su cita a la casa, después de todo.
No era que les desagradara la idea de conocerlo; al contrario, le estaban agradecidos por ayudar y cuidar tanto de su hija. Era que les asombraba la confianza que Wakana revelaba frente a él al traerlo directamente a su casa.
Ese chico debía ser especial.
—Soy Kuramochi Youichi, es un placer conocerlos —dijo el short stop, con una reverencia. Wakana estaba justo a su lado, sin quitarle la vista de encima.
—El placer es nuestro. Nuestra hija nos ha hablado mucho de ti y del equipo —contestó su padre—. Nos alegra mucho que hayan ganado el torneo nacional, es un logro que todos esperábamos en Nagano.
Kuramochi quiso obligarse a sonreír, mas Wakana intervino en la conversación.
—No lo agobien tanto, voy a llevarlo a la sala. Necesita calentarse. —Enseguida, lo tomó del brazo para acompañarlo hasta los sillones frente a la chimenea.
Él, visiblemente apenado, pensó en qué podía decir, qué podía hacer, para no parecer tan patético frente a la chica que le gustaba. Ciertamente, él mismo podía sentir que no se encontraba en la mejor situación y que era probable que ella se sintiera decepcionada por no tener la cita que tanto había deseado. Vaya fracaso.
Wakana colocó una frazada en la espalda de Kuramochi y encendió la chimenea. El parador en corto la observó: para esa cita ella usaba un pantalón de pana gris y un abrigo largo color naranja oscuro. Notó que el abrigo, las botas y los guantes –que él aún usaba- combinaban, y se preguntó en si ella se esmeró tanto en su vestimenta solo para esa cita… Se sentía mal por, de alguna forma, haberlo arruinado.
El calor que el fuego emanaba pronto inundó la habitación. Wakana se quitó el abrigo, se sentó sobre la alfombra y recargó la espalda en el mismo sofá donde Kuramochi se encontraba.
—Lo siento —musitó Kuramochi una vez pudo hablar sin que su voz temblara. Ella lo miró de inmediato.
—¿Al fin asesinaste a Ei-chan o por qué te disculpas exactamente? —cuestionó ella con una sonrisa.
—Planeaste esta salida por mucho tiempo y al final nada salió como querías —dijo él. Wakana estiró las piernas y se alzó de hombros.
—Una vez mi abuelo me dijo que lo mejor del béisbol es que ninguna jugada puede planearse a la perfección —respondió ella con tranquilidad—. No importa qué tan buen control tenga tu pitcher y qué tan maravilloso sea tu cátcher, uno nunca sabe si el viento hará que la bola se dirija cinco milímetros a la izquierda, provocando que el bateador consiga un home run de cuatro carreras. No importan tus conocimientos sobre el deporte o los jugadores: cada partido de béisbol tendrá al menos un lanzamiento que te sorprenda y lo haga especial. —Miró de nuevo a Kuramochi— ¿Por qué no sería especial pasar contigo la navidad frente a una chimenea en lugar de en un karaoke?
Kuramochi no pudo sostener su mirada y, avergonzado, giró el rostro. Wakana, tras darse cuenta de lo bochornosas que fueron sus palabras, también desvió su mirada.
Aunque, no podía negarlo de ninguna forma, lo que dijo era cierto. El estar ahí, con Kuramochi a su lado, parecía ser suficiente para su corazón y su tranquilidad. En verdad le agradaba mucho la compañía de ese muchacho.
—¿Eh? ¿Ése es un Nintendo Wii? —cuestionó Kuramochi de repente, mientras señalaba con la cabeza hacia un rincón de la habitación.
Wakana de inmediato sonrió y volvió su atención al beisbolista.
—Sí, lo es. Le pregunté a Ei-chan qué te gustaba hacer en tus tiempos libres además de hacerle llaves y me contó sobre tu afición hacia los videojuegos de luchas; así que le dije a Nobu-chan que me enseñara a jugar y me prestó su Wii para practicar. —Kuramochi la volteó a ver con sumo interés y ella se alzó de hombros— He mejorado lo suficiente como para ganarle a Akio y a Nobu en el mismo día —presumió. Youichi sonrió emocionado al tiempo que se quitaba los guantes.
—Tendremos que ver si eso será suficiente para derrotarme. —La retó y Wakana rió por su emotividad. Sawamura tenía razón: Kuramochi amaba esos juegos.
Desde la ventana podía verse la nieve cayendo mientras la luna salía. La sala permanecía caliente a pesar de que la chimenea se había apagado un par de horas atrás, y las risas provocadas por las infantiles batallas en la pantalla se escuchaban por toda la casa. La madre de Wakana había preparado chocolate caliente para su hija y su invitado; mas ellos apenas habían tocado sus tazas. A pesar de que era evidente que el nivel de Kuramochi era superior al de Wakana en varios niveles, no perdían la oportunidad de burlarse por cada mínimo error que el otro cometía.
Así, luego de tres horas de estar jugando, primero uno contra el otro y luego en eventos cooperativos, Kuramochi por fin dejó a un lado el control. Estaba exhausto.
Wakana miró la zona de la colina verde, el escenario donde se había efectuado la misión, y sin darse cuenta recargó la cabeza en el hombro de su compañero. Le agradaba jugar con Mario, pero sentía que era mejor cuando lo hacía con personajes más altos como Pit o Snake. Aunque le parecía divertido ver a Kuramochi, un chico que se caracterizaba por la velocidad en sus piernas, jugar con Sonic. Era como verlo jugar con su propio doppelgänger.
—Fue una grandiosa partida —dijo entre un suspiro, sin notar que Kuramochi parecía haberse congelado desde unos segundos atrás. Giró el rostro con cuidado de no despegar la cabeza del hombro de Kuramochi, y lo miró. Estaba sonrojado por completo.
Rio. Se veía muy gracioso así, pero no parecía quitarle atractivo.
—Jamás me había divertido tanto con un videojuego. Creo que estar contigo lo hace más divertido, Kuramochi-san.
El aludido, todavía ruborizado, la miró de regreso y notó que ella sonreía con la vista a la nada. Su rostro mantenía una agradable expresión: en verdad se veía feliz. Ella no le mentía; en verdad se sentía cómoda al estar con él.
Dentro de su cuerpo lo albergó una sensación de calor que lo estremeció ligeramente. Sabía que su corazón no latía de forma normal, pero de alguna forma tampoco podía sentirlo. No podía sentir nada más porque su cerebro había decidido concentrarse en la cercanía de Wakana hacia él, en sentir su cabello en el cuello, sus hombros casi sobre los de él; en sentir cómo sus manos se rozaban. Su mente y su cuerpo se concentraron en la oportunidad de tomar su mano… Ella estaba tan cerca, él estaba tan feliz; y solo bastaba con mover un poco su mano para sostener la de ella.
"Sólo un movimiento, sólo eso y ya". Pensó Kuramochi mientras su pecho se alzaba con nerviosismo.
Lentamente, sintiéndose como un idiota que está aprendiendo a caminar, alzó el dedo meñique y luego se apoyó en el pulgar para impulsar su mano sólo unos milímetros. Lo suficiente para sentir debajo de dos dedos el calor de la mano de Wakana.
Y se detuvo en ese momento.
¿Estaría bien para ella? ¿El momento había llegado?
—¿Cuánto tiempo has estado saliendo con ella, You-san? —Le había preguntado Haruichi cuando habló con él antes de ir a Nagano ese día.
—Eh, no lo sé, cinco meses, creo —contestó él un tanto apenado. Haruichi había reído por la vergüenza de su senpai.
—A mí me parece que ya es tiempo de que le digas lo que sientes, ¿no lo crees, You-san? Tal vez incluso es lo que ella está esperando.
¿En serio Wakana estaría esperando eso?
—Pero, ¿tú crees que yo le guste? —Le preguntó al segunda base y éste lo miró con una sonrisa.
—¿Y si le preguntas tú mismo?
—¡¿Eh?! ¡Eso nunca!
—Entonces espera una reacción positiva de su parte y díselo tú. De cualquier forma, no creo que le seas indiferente si incluso ha guardado para ti una fecha tan especial.
"Una fecha especial"… Wakana había mencionado algo similar unas horas atrás, ella misma había dicho que sería especial pasar la navidad con él…
Tragó saliva. Su cuerpo comenzó a sudar a pesar del frío del invierno y su mano no se atrevía a caer sobre la de Wakana.
—Ei-chan me dijo que solías retar a los kohai a batallas difíciles. Sólo Kominato-kun pudo derrotarte en una ocasión. ¿Es eso cierto? —cuestionó Wakana y Kuramochi pensó en algo que hacía tiempo había abandonado su cabeza.
¿Era que ella seguía pensando en Sawamura? ¿Sus sentimientos aún se dirigían a ese pitcher? ¿En serio habrían bastado cinco meses para que ella pudiera prestarle atención a alguien más?
—Ah, sí. Haruichi es un demonio cuando juega; Ryo-san me dijo que ni siquiera él es capaz de derrotarlo en Mortal Kombat —respondió un tanto nervioso. Ella rio y él colocó su mano en la rodilla, acobardado por sus temores.
—Nunca le había preguntado a Ei-chan por alguien de Seidou; a decir verdad todas nuestras conversaciones solían ser de nuestras familias o del béisbol —confesó ella al tiempo que, sin miedo a nada, se atrevió a tomar la mano que Kuramochi ahora mantenía en su pierna—. No estaba interesada en nadie que no fuera de nuestro círculo personal; tú sabes lo mucho que me aferré a Ei-chan en el pasado. —Sintió sobre sí la mirada asombrada de Kuramochi y se mordió el labio antes de proseguir, sin atreverse a mirar los ojos de su acompañante— Pero desde hace unas semanas, me di cuenta de que cuando hablaba con Ei-chan por teléfono, no podía evitar el preguntarle por ti. No sabía qué me llevaba a saber más de lo que incluso tú me decías; de repente me veía caminando en mi habitación con el teléfono en el oído mientras escuchaba todo lo que hiciste en Seidou, las grandes jugadas de las que no fui testigo y la forma como te divertías con tus compañeros… No sé si estoy siendo clara, Kuramochi-san, pero ahora no sé cómo estar sin saber de ti —dijo alzando por fin la mirada hacia él. El sonrojo, como esperaba, seguía ahí, mas ahora su expresión denotaba no solo sorpresa, sino y por sobre todo, felicidad—. Sinceramente me gustas.
La sonrisa que se formó en automático sobre los labios de Kuramochi provocó que Wakana se ruborizara a su vez. El miedo parecía haber huido del beisbolista al menos un poco y la seguridad se reflejaba en la forma como Kuramochi entrelazó sus dedos con los de ella.
Sin embargo, y a pesar de sentir la felicidad fluyendo dentro de él, las palabras no salían de su boca. Porque ¿qué tenía que decir? ¿"Gracias"? ¿"Hey, tú también me gustas"? ¿"Jugamos otra vez"? Se sentía feliz, eso era todo. Le gustaba Wakana, le gustaban sus palabras y le gustaba su forma de ser; se divertía con ella y le agradaba salir con ella cada que le era posible. Estaba feliz por haber jugado con ella y se sentía inmensamente dichoso de que Wakana correspondiera sus sentimientos; pero… ¿Que no era demasiado evidente que estaba loco por ella desde antes de que empezaran a salir?
Y solo pudo reír.
Reír porque quizá tenía razón. Wakana antes había escuchado que Kuramochi la encontraba muy atractiva; tal vez ya se suponía que Kuramochi respondía sus mensajes porque ella era bonita o para jugarle una broma a Eijun.
Reír porque quizá Wakana no tenía idea de sus sentimientos. Porque en realidad Kuramochi nunca le dijo directamente lo bonita que se veía o lo mucho que disfrutaba de su compañía.
Reír porque, después de todo, era lo que siempre hacía cuando no había palabras que decir.
Porque al apretarle la mano y llevarla a su corazón, sabía que entonces Wakana se daría cuenta.
Que él sabía que ella aún tenía miedo al exterior, pero ahora ella sabía que él le temía a algunas palabras; sin embargo ahora ambos sabían que si se tomaban las manos y reían juntos, cualquier miedo desaparecería eventualmente.
…
—Jé, tú me gustas mucho a mí.
