Capitulo VI

El pasado es pasado

Sherlock no era del tipo de persona que llega tarde a una clase que le interesa y la cátedra del profesor Williams últimamente resultaba interesante para sus avances en la química, corría por los viejos pasillos de la universidad cuando algo lo hizo frenar en seco y resbalar hasta casi caer -¿Qué es eso?- murmuró siguiendo a su olfato, su cerebro parecía activarse con ese aroma, fresco con un toque dulce, una mezcla de menta y chocolate. De pronto se sentía inquieto, el aroma era apenas perceptible para los demás, pero en Sherlock se impregnaba llamándolo con insistencia.

Siguió hasta una de las pequeñas salas de reuniones, allí se encontró con un hombre, un Omega, era de él que provenía ese aroma. Sherlock se detuvo para observarlo, ahora que estaba tan cerca seguía sin comprender por qué le interesó a su olfato, ¿Qué le pasó?... Era obvio que ese Omega utilizaba supresores, un repaso rápido a su silueta y se encontró con datos interesantes, era joven, más de veinticinco, menos de treinta, sin hijos.

Era alto, pero Sherlock aún le sacaría unos centímetros, su vestimenta formal delataba su propósito en ese lugar. De pronto una llamada interrumpió la calma en que Sherlock deducía, el Omega dio un brinco y se apuró a contestar en francés, daba excusas, como si hubiese faltado a una cita, prometía visitar a alguien y después se despidió. Alguien pasó a su lado, una de las secretarias del lugar se acercó al Omega -Puede volver mañana, estará todo en orden para entonces- la escuchó decir y él asintió.

Sherlock sintió el aroma de ese Omega por completo y de pronto se sintió ansioso, algo que creía imposible, quería tocarlo, cerró los ojos y escuchó como ese hombre avanzaba hacia la salida, se acercaba a su posición y justo cuando pasó a su lado lo tomó del brazo y lo acercó a sí, entonces su corazón latió aceleradamente y sus recuerdos se activaron. La calidez del verano lo envolvió y pudo comprender quien era ese hombre -Volviste- murmuró el Alpha y sintió al Omega empujarlo.

-¡Suéltame!- Greg dio un empujón a Sherlock para apartarlo, de pronto se vio arrastrado por un lunático que lo estaba abrazando y Greg solo quería librarse de ese contacto que no solicitó.

-Lestrade, espera- el Omega se paralizó por un momento cuando escuchó su apellido, entonces vio el rostro del hombre que lo sostenía aún por el brazo, aquellos cabellos oscuros cayendo por una cascada de rulos perfectos, esos ojos...

-¿Sherlock?- apenas parpadeó y el joven asintió, Greg se quedó de piedra, los años le dieron en la cara y supo en realidad cuanto tiempo pasó desde aquel lejano verano en que dijo adiós a Inglaterra. -¿Estudias aquí?

-Sí- contestó tras morderse la lengua y no soltar uno de esos elaborados discursos que básicamente terminan demostrando lo idiotas que son los demás. -¿Maestría?

-Estoy finalizando y me han ofrecido el puesto de profesor interino, parece que se ha tenido que retirar alguien de la cátedra por un permiso de maternidad... ¡Estás tan grande! y sigues pálido...

Sherlock posó sus ojos en el joven, había cambiado, pero no lo suficiente para ser irreconocible, ocultaba su aroma con esos supresores asquerosos que se venden como dulces, pero seguía manteniendo eso que a Sherlock le hizo confiar desde que lo conoció. -Tengo que irme, te veré después- se apuró a despedirse antes de alejarse por uno de los largos y amplios pasillos del edificio a toda prisa. Sherlock observó con curiosidad al Omega sin saber exactamente qué pensar, con una pregunta bailando en su cabeza ¿Debería contar a su hermano sobre ese encuentro?

Tras su partida de Inglaterra su vida dio giros muy inesperados que irónicamente lo guiaron de vuelta a Londres, aunque estaba de vuelta apenas tenía tiempo para hacer vida social, con su trabajo como mesero hacía malabares para terminar la maestría, el poco tiempo que tenía lo pasaba haciendo horas extra en el restaurante y ocasionalmente visitaba a sus abuelos maternos. Con el nuevo trabajo que le ofrecieron esperaba mejorar sus condiciones de vida, no se quejaba del sitio en que vivía, pero quizás debería comenzar a considerar aceptar las invitaciones que algunos le hacían, hace mucho que no salía con nadie y a decir verdad, temía un poco enamorarse de otro inglés, y no es que no superara aquella fugaz relación de su adolescencia con Mycroft, pero atesoraba esos momentos tanto que casi como un pacto silencioso con ese recuerdo, decidió que sería su único inglés.

Encontrarse ese día con Sherlock trajo a su mente aquellos días de verano, esos besos sabor chocolate y la ingenuidad de creer que sería para siempre, ahora lo sabía, nada era para siempre. Sus pensamientos volaron a Mycroft, ¿cómo sería ahora? ¿lo recordaría? ¿estaría casado? Tantas dudas y lo mejor era no responderlas, no considerarlas siquiera, los primeros amores deben atesorarse como lo que fueron y no volverán a ser. El semáforo se puso en verde para los peatones y Greg se apuró a cruzar la calle, debía llegar a su trabajo, sustituiría a un amigo que estaba enfermo. El restaurante para el que trabajaba solía recibir cierto tipo de clientes, niños mimados que se creen amos del universo, algunos hombres de negocios y personas que solo buscan el cotilleo, sin embargo, las propinas eran buenas. Tan pronto entró al pequeño sitio donde solían cambiarse y dejar sus cosas uno de sus compañeros lo abordó en pánico, de pronto un grupo de Alphas apareció y necesitaban ser atendidos -No quieren betas- susurró y Greg supo qué tipo de personas eran esas, ya conocía a ese grupo, algunas ocasiones cenaban en el restaurante y eran terriblemente especiales con el trato que exigían. Algunos eran políticos reconocidos otros empresarios, mujeres y hombres Alphas con poder.

-Mierda- fue toda respuesta que Greg dio y se preparó para el espectáculo, ese día casualmente era el único Omega, todo el mundo tenía el día libre y era el peor escenario para que apareciera ese tipo de clientes. -¿estás seguro que no hay nadie más?

-Henry se fue hace media hora- contestó el chico y Greg soltó otro par de insultos, siempre se las arreglaba para no atender a ese grupito, pero hoy no podría escapar al destino.

Minutos más tarde estaba con libreta en mano tomando la orden del grupo que lo veía con ganas de devorarlo, Greg se sentía como la pobre gacela que acechan los leones, sin embargo con su mejor sonrisa tomaba las órdenes. -Una ensalada césar- pidió una Alpha de cabellos negros y mirada un tanto psicótica, ella parecía interesada en el joven mesero y Greg por su parte sentía que era escaneado por una máquina de supermercado dispuesta a encontrarle el precio. Al terminar con las órdenes se apuró a la cocina para solicitar lo que pidieron, se dio cuenta que se estaba sofocando, el ambiente entre tantos Alphas parecía tóxico.

Para alejarse de esa sensación de presa que le acariciaba los nervios, acudió a las otras mesas para tomar las órdenes, lucía más relajado cuando tuvo que volver a la mesa de los Alphas y servirles, la mujer no apartaba la mirada de él, sus mirada insistente y ese escaneo acabaría con sus nervios, terminó con las órdenes y siguió con las otras mesas, una que otra vez lo llamaban para pedir más vino, él acudía veloz con la botella en mano y se retiraba, no decía nada, le importaba poco si no recibía propina, todo era mejor que esa mirada recorriéndole una y otra vez, escaneando cada curva de su cuerpo. El suplicio acabó tras dos horas, entregó la cuenta y se retiraron, la mujer de la mirada psicótica se marchó, sin embargo en el último momento logró acercarse a él para olfatearlo y Greg pudo observar como ella lo veía fijamente y se relamía los labios. Un escalofrío subió por su espalda, ella le daba miedo.

Las horas transcurrieron y al momento de cerrar había olvidado el incidente con aquella mujer, para ser honesto consigo mismo incluso había olvidado su propio nombre, tomó el autobús y llegó a su apartamento llegada la madrugada, apenas se quitó la ropa y cayó agotado sobre la cama hasta que el despertador anunció un nuevo día -No...- dijo con desgano obligándose a abrir los ojos y caminar en modo zombie hacia la ducha, otra vez iría a la universidad, se supone que ese día firmaría su contrato, pero la burocracia retrasaba todo. Abrió la llave y el agua fría lo hizo entrar a la realidad de un nuevo día. Una ducha rápida, vestirse con propiedad para un maestro de universidad y lo más importante, tomar los supresores, jamás debía olvidar tomarlos, impedía no sólo su celo, sino ocultaba su aroma, no quería llamar atención innecesaria o que las personas se fijaran en él por su condición de Omega y no por sus capacidades como profesor. Esa tarde iría al médico por una nueva receta, necesitaba además un par de medicamentos más para contrarrestar el daño que pueden causar los supresores.

Decidió que tomaría el desayuno en la cafetería de la universidad y tras un breve repaso en el espejo a su aspecto salió hacia la universidad, por suerte su apartamento estaba a solo diez minutos andando a pie, la frescura de la mañana terminó de espantarle el sueño y para cuando llegó a la cafetería estaba de mejor humor, pidió el desayuno y con los auriculares puestos con su lista de reproducción favorita se olvidó del mundo, tanto se desconectó que no reparó en algunas miradas que profesores y estudiantes daban ocasionalmente en su dirección. Pensaba en tantas cosas y en nada al mismo tiempo, su vida necesitaba ese cambio, no más clientes extraños, no más turnos extra en días festivos... Se estaba dejando la vida en un trabajo donde se sentía como un pedazo de carne muchas veces.

-Avanzar- murmuró para sí y dejó escapar un suspiro. Decidió que era tiempo de ir a firmar su contrato, la secretaria dijo el día anterior que pasara lo más pronto posible, así que se encaminó a la oficina con los auriculares aún puestos, de pronto se le antojó salir de fiesta, uno de esos bares donde bailas hasta el amanecer, necesitaba una noche de locura. Llamó a la puerta de la oficina de Recursos Humanos y esperó, pronto la misma secretaria del día anterior lo hizo pasar frente al jefe del área y tras unos minutos el contrato se hallaba firmado y su fecha para iniciar se estableció para ese mismo día, comenzaría conociendo al personal y después sería presentado a sus nuevos estudiantes. Greg no supo cómo o cuando llegó a estar frente a un grupo de personas que conformaban el grupo de profesores del área de Literatura.

Algunos ofrecieron un cálido recibimiento, otros lo vieron como la nueva mascota y otros optaron por ignorarlo, fue asignada una oficina para su uso y sin más comenzó a revisar el programa del curso y aquello que debería trabajar. Se hallaba tan concentrado en la lectura que pasó más de media hora cuando dio un salto en su asiento y un grito de sorpresa escapó de sus labios -¡Sherlock, qué haces aquí!- logró articular cuando su corazón volvió a su lugar. El joven lo observó en silencio por largos minutos, analizándolo hasta que por fin decidió hablar.

-Nada- fue toda su respuesta y Greg parpadeó confundido.

-¿Cómo demonios entraste?- dijo sobando sus sienes considerando que, en efecto, la puerta de su oficina estaba cerrada por dentro.

-Esta oficina tiene otra puerta de acceso- informó el joven -muy insegura para un profesor recién llegado, Omega joven sin compromisos que será la comidilla de todos, betas, Alphas, profesores y estudiantes... Así que... voy a usar tu sillón- comentó echándose en el sofá de la esquina y tomando el abrigo de Greg para cubrirse.

-Espera Sherlock, no vas a usar mi oficina como habitación- se apuró a intentar sacarlo del sillón tirando de su abrigo, pero el joven era una roca, Greg emitió un par de maldiciones y lo dejó estar, buscaría la puerta que Sherlock mencionó después, no quería tener compañía innecesaria. Para cuando terminó de ponerse al día con las cosas que debía hacer a lo largo del curso decidió acudir a su primera clase, no era alentador saber que tenía el horario previo al almuerzo, las personas suelen estar de mal humor a esa hora, porque tener hambre causa ciertas reacciones desagradables.

Sherlock despertó justo cuando su estómago gruñó de hambre, en dos semanas era la primera vez que sentía hambre, frotó sus ojos buscando alejar los rastros de sueño y observó la oficina vacía, el maletín de Greg aún estaba allí, así que no se preocupó y salió a pescar algo de la máquina expendedora del pasillo. -¿Vas a comer esa porquería otra vez?- allí estaba la voz de su compañera de laboratorio, Molly Hooper, en pocas ocasiones salía de su papel de rata de laboratorio, últimamente hacía de todo para que Sherlock comiera algo decente. A pesar que la media poblacional resultaba insoportable para Sherlock, ella era la excepción, inteligente, con verdaderas capacidades para la química y biología, Molly era pequeña, delgada, con una cabellera rojiza y larga que casi siempre recogía en una trenza, simple y bastante normal.

-Sí- fue lo único que él respondió a punto de meter un billete y pedirse un chocolate. Lo detuvo el aroma de Greg, antes siquiera de que apareciera por el pasillo Sherlock lo sintió acercarse, no tardó mucho el castaño en aparecer, seguido de un grupo de estudiantes que parecían sacarle conversación y claramente el nuevo profesor estaba abrumado, con ese instinto que tanto odia, Sherlock se acercó a ellos y jaló a Greg del brazo dejando en claro que todas las sucias intenciones que leyó en aquellos que conformaban el grupito, jamás serían correspondidas por el profesor. -¡Sherlock!- Greg lo alejó sin comprender qué sucedía, fue entonces que pudo sentirlo, aquel niño que solía cuidar, ese que se convirtió en un joven hermoso pero con modales horribles, estaba imponiendo su naturaleza Alpha para alejar al resto.

-Te dije que te iban a acosar- dijo tan pronto lo soltó ante la mirada aturdida de Molly que no comprendía ese cambio en Sherlock, el ponerse protector con un desconocido.

-Sé defenderme solo, recuerda que solía atarte los zapatos- Greg dio una mirada que dejaba ver su orgullo dolido.

-Como quieras- Sherlock volvió a la máquina con sus intenciones de conseguir un chocolate y fue cuando Molly, sin pensarlo gritó:

-¡Sherlock comerá esa porquería como almuerzo!- algo le dijo que si decía aquello, el hombre desconocido podría detenerlo, y estaba en lo cierto, tan pronto ella advirtió sobre el almuerzo de Sherlock, una mirada seria por parte del hombre lo hizo desistir.

-Cafetería, ahora y no pongas esa cara- un gruñido muy molesto fue todo lo que Greg recibió por parte del Alpha -Tú también vienes- ordenó a Molly y ella sintió un escalofrío recorrer su espalda, ahora lo entendía, así se sentía la presencia de un Omega, y vaya Omega el que era para doblegar la voluntad de Sherlock Holmes, el dolor de cabeza de todos en esa universidad.

-Por si acaso, soy Molly Hooper y si desaparezco fue Sherlock- susurró ella causando una risa animada en Greg.

-Greg Lestrade, nuevo profesor de Literatura, ex niñera de Sherlock- se presentó y todo cobró sentido para la chica.

-Ya decía que era raro que Sherlock fuera buen samaritano...

-Solía ser peor de niño- se burló Greg y una mirada gélida fue dirigida en su dirección por el Alpha.

-No me conoces, te fuiste- fue todo lo que dijo el Alpha como defensa y Molly pudo notar los grandes puntos suspensivos entre ellos.

-No tuve elección Sherlock, pero el pasado debe quedarse allí.

-Claro, por eso no lo has llamado.

-Es pasado Sherlock, tengo una vida diferente, es lo único que importa.

-Como digas- murmuró agrio y Molly deseó tanto ser una avestruz y enterrar la cabeza para no presenciar ese duelo de comentarios. Pronto llegaron a la cafetería donde Greg prácticamente obligó al moreno a ordenar un almuerzo decente, Molly también pidió algo.

-Deberías ponértelo, contrario a lo que crees, no estás a salvo- murmuró Sherlock en algún punto de la comida, dejando confundida a Molly y creando incomodidad en Greg. -Esto no es tu amada ciudad en Francia, aquí nadie va a tocar 'La vie en rose', no seas ingenuo.

-No te metas en eso Sherlock- murmuró Greg intentando no alterarse, ese era un tema delicado para él, no deseaba usar un collar.

-¿Acaso estás esperando que te sienta?- otra vez esa mirada vacía que observaba y traducía cada movimiento de Greg, cada señal.

-Deja el tema, lo que haga o deje de hacer es mi asunto- comentó claramente enojado. No comprendía por qué Sherlock insistía tanto en su antigua relación con Mycroft, eran unos niños cuando jugaron a ser novios, las personas cambian, los amores también, es cosa de aceptarlo y avanzar -Escucha, tengo una vida, lo que él haga no me incumbe, si vas a usar mi sillón tengo una regla que respetarás, no volverás a tocar el tema, lo que yo sienta o deje de sentir por ese pasado es cosa mía.

-Como quieras- el ambiente se relajó y de pronto Molly y Greg se hallaban conversando animadamente, ella parecía interesada en el Omega, no solía ser muy sociable y casi todas sus amistades se resumían a Betas y alguno que otro Alpha, los Omegas solían ser incluso más reservados o no gustar de su compañía. Hallar a uno que parecía cómodo con ella era un alivio, comenzaba a creer que su naturaleza repelía personas y por eso los Omegas no la querían.

El almuerzo terminó y Molly se despidió de ellos para ir a su siguiente clase, Sherlock seguía en silencio -¿Dónde estás viviendo?- preguntó cuando Greg se preparaba para volver a su oficina.

-A diez minutos de aquí- respondió -¿Sigues con tus padres?

-No- Sherlock se ahorró el mencionar que ahora vivía junto a Mycroft en una apartamento en el centro de Londres, realmente quería usar ese sillón.

-Te veré después, tengo que dar clase- comentó Greg y Sherlock solo asintió sin mucho entusiasmo. Pensaba en si debía revelar a su hermano la presencia de su antiguo novio o callarlo. Además estaba el asunto de su hermana, Eurus y Mycroft libraban una batalla secreta por quién es el más exitoso de la familia y prefería no meterse en esos asuntos.

Sherlock volvió a casa a la hora de la cena, Mycroft se hallaba en su oficina ocupado en su trabajo, tomó una manzana y se dirigió a su habitación, dejando su abrigo de forma descuidada sobre la mesa de la cocina, sus lecturas sobre experimentos con ranas del Congo lo tenían ocupado y Mycroft no parecía interesado en interferir en ello. Con los años, aquel joven que se dio la oportunidad de experimentar y dejarse llevar por los sentimientos desapareció y en su lugar la dureza de la razón apareció, Mycroft se transformó en un hombre implacable, creyente de que la estupidez humana es infinita, su carácter y capacidades lo llevaron a ocupar un puesto en el Gobierno Británico, a los treinta años ya poseía un puesto importante y poder que nadie desafiaba.

Por años albergó la esperanza de reencontrarse con aquel viejo amor, algunas veces fantaseaba con verlo regresar, entonces volverían a estar juntos, sin embargo, al crecer se dio cuenta que jamás volverían a verse, el amor arruina las cosas, el sexo está bien ocasionalmente, pero nadie ama realmente, nadie lo amaría. Cuando por fin puso sus pies en la cocina para buscar algo de cenar, se encontró con el abrigo de Sherlock sobre la mesa, en él notó una esencia peculiar, no le desagradaba, desaparecía bajo el aroma de Sherlock, los rastros de la presencia del Alpha lo hicieron pensar que ese aroma pertenecía a algún Omega cercano a su hermano, cosa extraña pues Sherlock solía alejarse de las personas, aunque de los Omegas lo hacía aún más. Quizás Sherlock estuvo experimentando en el laboratorio y ese aroma provenía de alguno de sus locos experimentos, sin embargo, se sorprendió sonriendo ante el aroma. Recompuso su rostro a su expresión seria habitual y dejó el abrigo en el armario de la entrada, intentando olvidar el cosquilleo que le hizo sentir ese aroma. No significaba nada.


Notas finales:

Siento mucho haber tardado tanto tiempo en actualizar, he estado muy ocupada con mis cosas pero me he propuesto volver a retomar el ritmo, creo que he logrado encontrar el camino que seguirá la historia a partir de ahora, espero que les guste y sigamos leyéndonos en el siguiente capítulo.

¡Nos vemos!