¡YAHOI! Po zí, yo una semana más, presentándome para daros la vara como la buena pesada que soy xD.
No, ahora en serio: nuevo capítulo. Sé que me he tardado de esta vez, sorry. Ha sido una semana... cansina. De esas en las que el clima no acompaña para nada y no te dan ganas más que de acurrucarte en tu cama a dormir todo el día. Además de que, cuando hay tormenta por donde yo vivo, el internet se pone tonto y no furrula más que cuando a él le da la gana. Desventajas de vivir en una de las puntas del país amén de en la región más olvidada nacionalmente hablando... pero eso es otro tema que no viene al caso xD.
Disclaimer: Naruto y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto.
¡Espero que os guste!
Oh, sí: hay un salto en el tiempo hacia delante BASTANTE grande. No sé si lo había dicho ya, creo que sí. Este fanfic está dividido en dos partes: la primera terminó en el capítulo nueve, en el que Shinachiku llama mamá a Hinata. El capítulo diez es, digamos, un extra que quise traeros xD.
A partir de aquí empiezo lo gordo, la esencia de la historia, para entendernos. Ya veréis por qué xD.
Capítulo 11
Diez años después
Se frotó los ojos, echándose para atrás en uno de los sillones de la sala de descanso para el personal del hospital. Llevaba seis horas de su turno de guardia y aún le quedaban otras seis. Para colmo debía revisar los historiales de las pacientes que tenía ingresadas, así como hacer las rondas a primera hora de la mañana. No veía la hora de poder irse a casa.
Escuchó pasos apresurados en el pasillo y tuvo un presentimiento, el cual se cumplió en cuanto la puerta de la sala se abrió y una enfermera entró, jadeante.
―¡Doctora Haruno!―Suspiró y apartando los papeles que había estado leyendo hasta hacía escasos segundos se puso en pie, esperando―. ¡Ha ingresado una gestante con un embarazo no controlado! ¡18 años, analíticas buenas! ¡Pero el bebé no… ―Se concentró al máximo en lo que la mujer le decía mientras corrían por los pasillos, en dirección al paritorio.
Cuando entró todo era un caos: la residente de primer año que estaba observando se encontraba pálida y temblorosa en una esquina, la matrona gritaba órdenes a las enfermeras y las auxiliares no paraban de ir y venir con gasas. Para colmo de males la pobre chica que estaba intentando dar a luz lloraba a lágrima viva, chillando cada vez que una contracción la asaltaba.
Sintió el familiar nudo apretarle las entrañas, junto con las inmensas ganas de echarse a llorar. Respiró hondo, apartando sus pensamientos a lo más hondo de su mente y se acercó a la chica. La tomó de la mano y se la apretó. Los asustados ojos de la paciente la hicieron sonreírle, intentando infundirle ánimos y valor.
―Soy la doctora Haruno, la ginecóloga de guardia. Todo saldrá bien, ¿de acuerdo? Respire hondo, eso es, muy bien. Otra vez, respire… ―Miró para la matrona―. Informe.
―El bebé viene de cabeza pero no logramos que salga, parece que se ha enganchado con algún hueso. ―Sakura asintió, observando para las caderas y la cintura excesivamente estrechas de la muchacha. No era raro que en personas delgadas aquello sucediera―. Vamos a tener que usar el fórceps…
―No―interrumpió. Se puso de nuevo al lado de la parturienta y le sonrió, apretándole la mano―. Escúchame, cielo, tu bebé parece que se ha enganchado con alguno de tus huesos de la cadera o de la pelvis, no lo sabemos con seguridad. Voy a tener que presionar un poco, ¿de acuerdo?―La chica a duras penas pudo asentir.
Sakura se puso al lado de su barriga hinchada retirándose la bata y se puso unos guantes de goma mientras una enfermera le ataba un gorro en el cabello rosa. Colocó las manos sobre la tripa buscando al niño y, cuando encontró su cuerpecito, hizo presión, moviéndolo. La gestante sollozó y Sakura no pudo culparla por ello.
Tras unos minutos la matrona soltó una exclamación de júbilo.
―¡Está saliendo!―Sakura suspiró, aliviada, pero al mirar para la madre supo que la pobre no tendría ya las fuerzas suficientes para empujar.
―Necesitas un poco de ayuda, cariño. Lo que voy a decirte sonará drástico pero-
―Ha-haga lo q-que tenga q-que- ―Un grito de dolor la acalló, pero Sakura la había oído perfectamente. Miró para el equipo médico, como buscando aprobación.
―La hemos oído, doctora Haruno.
―Bien. ―Respirando hondo volvió a colocarse al lado de la chica, a la altura de las costillas. Levantó el codo y, con una última mirada de disculpa a la paciente, lo bajó con todas sus fuerzas. Un crack indicó a los presentes que al menos un par de costillas habían sido rotas, el grito de dolor no se hizo esperar, así como un sonido como de ventosa, junto con el llanto de un pequeño bebé.
La matrona sostuvo al niño unos segundos y luego se lo puso a la madre sobre el pecho. El pediatra no tardó en aparecer para tomar al recién nacido y pesarlo y medirlo.
Sakura se dejó caer contra la pared, al lado de la puerta, temblorosa. Respiró hondo varias veces, tratando de que las imágenes no volvieran a invadir su mente, torturándola, culpabilizándola.
Cuando logró recomponerse se deshizo de los guantes y la tela que le recubría el pelo y salió del paritorio a toda prisa. Necesitaba esconderse, aislarse durante unos minutos del mundo. Corrió hasta su consulta privada, vacía a esas horas de la noche, y se encerró allí, deslizándose por la puerta hasta caer sentada en el suelo, tratando de que los sollozos no la ahogaran.
Ni siquiera sabía por qué había decidido hacerse ginecóloga. No era la persona más adecuada para ayudar a traer bebés al mundo, mucho menos ahora.
El recuerdo de los papeles que había estado leyendo poco antes de que la fueran a buscar volvieron a su mente.
―¡Sakura!―Negó con la cabeza ante el llamado de la voz―. ¡Sakura! ¡Sé que estás ahí! ¡O abres o tiro la puerta abajo!―Se frotó el rostro con ambas manos y no tuvo más remedio que ceder. Se levantó, abrió y el ceño fruncido de la que había sido su guía y maestra durante los cuatro años de su residencia de medicina la recibió.
―Tsunade-shisou… ―La mujer rubia de ojos color miel e imponente figura suavizó su expresión al ver las lágrimas que pugnaban por salirse de los orbes de su más brillante alumna.
―Sakura…
―Estoy bien. ―Se apresuró a decir ella, antes de que la otra médico dijera nada más. Tsunade suspiró sonoramente y, sin esperar invitación, entró en el consultorio y encendió la luz, empujando a Sakura y cerrando la puerta tras ella.
―No puedes seguir así―le dijo con los brazos cruzados sobre su generoso pecho, seria. Sakura sintió que las ganas de llorar regresaban―. Sé que el diagnóstico ha sido un golpe muy duro y difícil de digerir, más en tu caso… ―Sakura sintió como de nuevo aquel nudo hecho de remordimientos volvía a apretarle la garganta. Tsunade se acercó a ella y la envolvió en un abrazo consolador. Sakura se dejó hacer, deshecha ya en lágrimas.
Tsunade Senju no solo era su mentora, sino también como una segunda madre para ella. Era la única persona aparte de sí misma en aquel hospital, en aquella ciudad, que sabía su más oscuro y sucio secreto, lo peor que había hecho en su vida, el por qué había tomado la decisión de hacerse ginecóloga, pensando que así podría reparar parte del gran daño que había causado.
Pero el karma era un hijo de puta desconsiderado que no se detenía ante nada, y le había devuelto el golpe cien veces más fuerte.
―Tienes que tomar una decisión. ―Sakura se separó de Tsunade y se secó las lágrimas.
―Yo…
―No voy a permitir que te castigues a ti misma de esta manera. Esta no es la forma, Sakura. No así. ―La Haruno sollozó, tapándose el rostro lloroso con una de sus manos.
―Me lo merezco. ―Tsunade cerró los ojos y respiró hondo.
―No sé si lo mereces o no, no soy quién para juzgarte. Solo sé que el mundo perderá una fantástica médico y persona como no pongas remedio pronto. ―Giró sobre sus talones y, antes de abandonar la habitación, la miró por encima del hombro―. Arregla lo que tengas que arreglar, y hazlo pronto, porque te juro que soy capaz de obligarte yo misma a entrar en el quirófano. ―Y dicho esto al fin salió del cuarto, dejando sola a Sakura.
―No soy una buena persona―musitó para sí, elevando la vista al techo blanco del consultorio.
Pero en una cosa su maestra sí que tenía razón: si algún día quería irse en paz de este mundo tendría que arreglar algunas cosas.
Aunque no sabía si a estas alturas podría arreglar algo.
Con el pensamiento aún en su mente tomó su móvil del bolsillo de los pantalones rosas del pijama del hospital y marcó el número de su padre, antes de que se arrepintiera de lo que estaba haciendo.
―Papá, hola… no, no, estoy bien―un escalofrío la recorrió al decir aquello, porque era una vil mentira. Nada estaba bien en su vida, no desde hacía diez años―. Yo… tengo que hablar contigo y con mamá… Es importante… ¿Cenar? ¿Esta noche?―Vaciló. Le parecía demasiado pronto, necesitaba mentalizarse primero, ya que seguramente sus progenitores se sentirían profundamente decepcionados cuando les contara lo que tenía que decirles―. Si no es ahora no será nunca―le dijo la vocecita de su conciencia. Así que respirando hondo, no se lo pensó más―. Sí, de acuerdo. Tomaré el último tren, sé que llegaré tarde pero… ¿No importa? Vale. Entonces quedamos así. Besos, papá. Yo también os quiero. ―Colgó la llamada y dejó caer la mano; todo su cuerpo temblaba como una hoja.
Ya no había vuelta atrás.
Para bien o para mal, esa noche marcaría el resto de su vida.
Cuando el tren se detuvo todo su cuerpo comenzó a temblar. A medida que notaba como el traqueteo se detenía ella se hundía más y más en su asiento. Ni siquiera el precioso paisaje primaveral que solía presentar Konoha podía animarla.
Hacía diez años que no pisaba su ciudad natal. Diez años sin regresar al que fue su hogar durante toda su infancia y adolescencia, el lugar en el que conoció la amistad y el amor.
Y ¿por qué regresar ahora, tantos años después? Porque diez años atrás había dejado asuntos pendientes, cuando no era más que una chiquilla de dieciocho años asustada pero también egoísta. Ni siquiera había sido consciente de la magnitud de sus actos hasta años después, cuando al fin pudo madurar y reflexionar sobre lo que había hecho, dándose cuenta de que había cometido un terrible, terrible error.
Un error de niñata, un error egoísta que no solo la había dañado a ella sino también a una de las personas que más la habían amado en su vida. El tan solo recordar aquella mirada llena de sorpresa y profunda decepción la hacía sentir escalofríos. Rebuscó frenética en su bolso hasta dar con un bote de pastillas y se tragó dos de golpe. Las empujó con un poco de agua y respiró hondo. Al fin el tren se detuvo del todo y, sacando valor de donde no lo tenía, se levantó de su asiento, se hizo con sus maletas y bajó del vagón.
Sus ojos recorrieron la vieja estación, deteniéndose en los pequeños cambios que esta había sufrido con los años, como los asientos donde los pasajeros podían sentarse a esperar su tren, ahora más modernos sin rastro de aquellos de madera donde ella y sus amigos se sentaban a veces a pasar el rato, inventando historias sobre los pasajeros mientras compartían unas gominolas y un refresco.
Dejó escapar un hondo suspiro y echó a andar con paso lento. Los pies y las piernas le pesaban, pero con cada paso que daba se decía que estaba haciendo lo correcto, que debía enfrentarse a los errores del pasado y tratar de enmendar el daño causado. Solo así podría acceder a la petición de su maestra.
Salió del edificio de la estación y fue directa a por un taxi. Le dio al conductor la dirección del hotel donde iba a hospedarse. Llegaron en media hora; pagó la carrera, agarró de nuevo su equipaje y se internó tras las puertas automáticas de cristal. Dio su nombre en recepción y un botones cogió sus bultos y la guio hacia el ascensor, acompañándola hasta su habitación. Le dio una propina cuando llegaron y cerró la puerta tras ella. Dejó las bolsas de cualquier manera sobre el suelo sin ganas de deshacerlas y se limitó a buscar su tablet, donde había recibido la información que por tantos años había deseado obtener pero que nunca se había atrevido a buscar.
Volvió a darle vueltas en la cabeza a su plan, mientras sus ojos se deslizaban ávidos por el documento abierto en la pantalla. Inventó mil excusas para posponerlo, pero de nuevo la voz de su conciencia la increpó, diciéndole que era una cobarde, que si había llegado hasta allí, más lejos de lo que nunca había logrado llegar, podría hacerlo.
Porque necesitaba hacerlo. El dolor lacerante en su pecho lejos de disminuir había ido a más con el pasar de los días, las semanas, los meses, los años, provocándole un agujero que nada ni nadie había podido llenar. Ni las interminables horas de estudio, ni las noches de juerga con los amigos de la universidad, ni las relaciones fugaces donde lo primordial era el sexo, siempre buscando la satisfacción emocional que le faltaba a su vida.
Dejó la tablet sobre la cama y se acercó a la ventana, admirando las vistas. Konoha no parecía haber cambiado mucho. Había, quizá, más edificios y le pareció ver a lo lejos un centro comercial nuevo. Pero el resto seguía igual. Negó con la cabeza y fue hacia una de las maletas, de la que sacó ropa limpia y su neceser, para acto seguido meterse en la ducha.
Era hora de enfrentar sus demonios. Solo esperaba que estos no se la comieran.
Por segunda vez en el día tuvo que tomar un taxi. Se bajó del mismo tras pagar lo marcado en el taxímetro y nada más pisar la acera se quedó mirando el imponente edificio frente a ella: un enorme rascacielos que era un conglomerado de oficinas y sedes de diversas empresas, algunas más grandes y otras más pequeñas. Subió las escaleras hasta la entrada principal, sin pensar, moviendo las piernas como si de un autómata se tratara. Sabía que si se paraba a pensarlo no lo haría, daría media vuelta y saldría corriendo como alma que lleva el diablo, de vuelta a la seguridad relativa de su apartamento en la capital.
Atravesó las puertas de cristal y se paró en medio del vestíbulo. A su alrededor la gente iba y venía en un frenesí de gritos, conversaciones y pasos apresurados. Buscó con la mirada un directorio y lo recorrió hasta dar con la placa que le interesaba.
Sabaku y Uzumaki. Estudio de arquitectura
No pudo evitar sonreír de forma algo melancólica. Se aproximó hacia donde los guardias de seguridad vigilaban y dejó su bolso sobre la cinta. Pasó bajo el arco detector de metales y cuando le indicaron que todo estaba en orden fue hacia los ascensores. Alcanzó uno que iba lleno hasta los topes pero no le importó apretujarse entre desconocidos. Durante el corto trayecto se convenció una vez más de que estaba haciendo lo que debía, lo correcto, lo que tenía que hacer, a pesar de que el pulso le rugía en los oídos y de que las manos no paraban de temblarle.
Cuando llegó a su piso se bajó junto a varias personas más. Quedó algo cohibida al percatarse de lo elegantes que iban allí todos vestidos: las mujeres con bonitos y prácticos vestidos o trajes de oficina, perfectamente arregladas, los hombres con trajes o camisas, algunos con las mangas subidas hasta los codos, evidenciando así las horas de arduo trabajo que llevaban a sus espaldas.
No pudo evitar sorprenderse ligeramente. Nunca lo hubiera pensado, no precisamente de él, pero parecía que la persona que había ido a visitar había logrado obtener una muy buena posición económica, amén de haberse hecho un hueco en un mercado bastante azotado por la crisis económica. Y parecía irle bien, mejor que bien.
Armándose de valor por enésima vez en el día se acercó a la muchacha que estaba tras el mostrador de lo que parecía ser la recepción. Carraspeó para llamar su atención. La chica la miró unos momentos antes de terminar la llamada telefónica que estaba atendiendo para luego sonreírle.
―¿En qué puedo ayudarla?―Se mordió el labio inferior.
―Soy… una vieja amiga del señor Uzumaki―se le hizo la mar de raro llamarlo así―, me gustaría verlo. ―La chica alzó las cejas y su mirada cambió a una desconfiada.
―El señor Uzumaki es un hombre muy ocupado y en estos momentos no se encuentra disponible. Si quiere dejarme su nombre y un número o e-mail de contacto se lo pasaré a su secretario y-
―No. Necesito verlo. Hoy. Ahora. ―Su tono fue casi desesperado. Sabía que si no podía hablar con él hoy no podría hacerlo otro día, no sería capaz de volver a reunir el valor para hacerlo.
―Señorita…
―Por favor. Solo serán unos minutos. Necesito hablar con él hoy. Es… algo urgente. ―La mujer suspiró. No era la primera vez que trataba con clientes así de exigentes.
―Escúcheme…
―Por favor. ―La suplicante mirada que la pelirrosa le dirigió hizo que la recepcionista se replantease su decisión.
Los ojos verdes parecían en verdad desesperados. Dudó unos segundos, pero al final, pensando que quizás se tratara de algo personal, cedió y la dejó pasar. El señor Uzumaki era implacable en lo tocante a su familia y amigos más íntimos. Si por algún casual esa chica entraba en esa categoría… Le gustaba demasiado trabajar allí como para arriesgar su puesto.
Sakura le sonrió agradecida y rodeó el mostrador para adentrarse en las oficinas de aquel estudio de arquitectura. Preguntó a un chico jovencito con pinta de becario por el despacho del señor Uzumaki, y el chico le señaló el final de un pasillo. Sakura lo siguió, encontrándose con unas puertas de madera cerradas a cal y canto, a cuyo lado había una mesa detrás de la cual un joven tecleaba frenéticamente en el ordenador. Sakura se aclaró la garganta y el muchacho levantó la vista.
―¿Si?
―Busco al señor Uzumaki… ―murmuró. Rápidamente el chico cogió una agenda que tenía encima de la mesa y la abrió por la fecha de hoy, tomando un lápiz con la otra mano.
―¿Nombre?
―No, no, no tengo cita… ―Unos ojos castaños la miraron, entre desconfiados y confusos.
―Si no tiene cita…
―Vengo por… un asunto personal. ―Los ojos marrones se suavizaron al oírla decir aquello. No era un secreto para nadie que su jefe había dado órdenes expresas a su personal de que si alguno de sus allegados venía buscándolo lo dejaran pasar de inmediato, fuese la hora que fuese.
―Dígame su nombre, por- ―El teléfono sonó en ese momento y Sakura dio gracias al cielo y a los ángeles por ello.
Mientras el chico se entretenía con la conversación telefónica ella dio con un sofá enfrente y fue hacia allí, hundiéndose entre los cojines. Empezó a retorcer las manos sobre su regazo, el corazón latiéndole apresurado, como si fuera a escapársele del pecho de un momento a otro; lo notaba hasta en los tímpanos.
―Señorita. ―Levantó la cabeza. El mismo chico de antes, probablemente el asistente o el secretario de la persona que había ido a ver, la llamaba―. Tiene suerte. El je- señor Uzumaki está subiendo. ―Sakura tragó saliva ante la información nueva.
―Gracias―musitó, y volvió a hundirse en el sofá. Sus manos se movieron nerviosas hasta lograr abrir el bolso. Los dedos le temblaban tanto que tardó lo que le parecieron horas en abrir el bote de pastillas que siempre la acompañaba a todas partes. Se metió tres de golpe en la boca y tragó, sin agua y sin nada, rogando porque hicieran efecto cuanto antes.
Estaba tan concentrada en sentir la familiar sensación de aletargamiento que siempre llegaba tras tomar sus pastillas que no se percató de unos pasos firmes y seguros que se aproximaban a su posición. No hasta que una voz profunda, ronca, masculina pronunció su nombre, estremeciéndola.
―¿Sakura?―Tuvo que hacer acopio de toda su valentía para levantar la vista y encararlo.
Supo en el momento en que sus ojos verdes se encontraron con los azules que tal vez no había sido muy buena idea presentarse sin haber avisado, sin haber…
El nudo que tenía en la garganta se apretó al ver pasar aquellos orbes azulados de la sorpresa a la ira más absoluta. Fue testigo de cómo la respiración en el cuerpo masculino se aceleraba y de cómo los puños se apretaban hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Tragó saliva y desvió la vista al suelo, incapaz de sostenerle la mirada por más tiempo.
―¿Qué haces aquí?―El tono engañosamente bajo le hizo saber que su presencia no era bien recibida. Quiso reír con amargura pero se contuvo.
Se puso en pie y tomando aire pronunció la frase que llevaba días ensayando.
―Tenemos que hablar. ―La mandíbula del hombre frente a ella se tensó.
―Tú y yo no tenemos nada de qué hablar. ―Cerró los ojos.
Ya sabía que no sería fácil, ni bonito, pero tenía que hacerlo. Dio un paso adelante al tiempo que él retrocedía. No pudo menos que sentirse dolida, recordando una época en la que lejos de rehuir su contacto no paraba de buscarlo a todas horas.
―Naruto… ―Pronunciar su nombre después de tanto tiempo fue como abrir el cajón de los recuerdos. Los ojos se le llenaron de lágrimas―. Por favor, yo-
―Diez años―gruñó él. Sakura volvió a tragar saliva.
―Sé que no… no hice bien-
―Vete. ―Fue una orden con todas las de la ley. Sakura sintió una lágrima deslizarse por su mejilla y se apresuró a limpiarla.
―Por favor―suplicó de nuevo―, da-dame cinco minutos. Por favor. Necesito… ―El nudo en su garganta le impidió decir nada más. Naruto respiró profundamente. Estaban siendo objeto de murmuraciones del resto de los empleados, y eso era lo que menos le convenía para su negocio. Así que pensando con la cabeza fría dio vuelta sobre sus talones.
―Cinco minutos―concedió, más por librarse de ella cuanto antes.
No tenía ganas ningunas de hablar con aquella mujer. Todavía le parecía imposible el que se hubiese atrevido a volver, después de tantos años, de tanto dolor que le causó. Fue hacia su despacho, esperó a que Sakura entrara y, tras dar instrucciones estrictas a Konohamaru, su asistente, de que no los molestaran, cerró la puerta.
Ignorando la presencia femenina se dirigió a su mesa de trabajo y la rodeó, quedando frente a ella. Apoyó las manos sobre la madera y se inclinó hacia delante. El ceño fruncido y los músculos tensos le indicaron a la pelirrosa que no pensaba tolerar su presencia más de lo necesario.
―Te quedan cuatro minutos. ―Aferrándose al asa de su bolso anduvo hasta quedar frente al elegante escritorio de caoba.
Paseó la vista por toda la sala: unos amplios ventanales tras Naruto conferían luz natural a la habitación, amén de las hermosas vistas que estos ofrecían de Konoha; En un lado del despacho había unos sofás con una mesita de café en el medio. Al otro lado una mesa inclinada con diversos objetos como escuadras, cartabones, compases y hojas tamaño A2 y A1. Al lado otra mesa más pequeña tenía encima lo que parecía ser una maqueta, sin duda de algún proyecto que tuvieran en curso.
Sus ojos se desviaron entonces a Naruto, detallando los cambios que el tiempo le habían otorgado: tenía el cabello más corto, las facciones más maduras, señalando que ya no era aquel chiquillo que la perseguía por el patio del instituto gritando a los cuatro vientos que la amaba y que aceptara salir con él; sus bonitos ojos azules denotaban madurez, seriedad y experiencia; también había crecido varios centímetros desde la última vez que lo viera, en aquella habitación de hospital; tenía un físico esbelto y bien cuidado, seguía igual de bronceado y aquellas tres marcas en las mejillas que siempre lo habían acompañado seguían tan imperturbables como siempre.
Un destello dorado en una de sus manos llamó su atención. Tuvo que dejar de respirar al atisbar un fino anillo de oro rodear el dedo anular de su mano izquierda.
―Tres minutos. ―Sakura respingó. Bajó la cabeza mordiéndose el labio inferior con fuerza, sintiéndose estúpida. ¿Qué esperaba? ¿Que hubiese permanecido soltero y dispuesto a tirarse a sus brazos nada más verla? Su niña interior lloró. Las esperanzas eran matadoras.
―Yo… he venido para arreglar las cosas. ―Naruto alzó las cejas ante su declaración pero no dijo nada, simplemente la miró con el desprecio pintando cada uno de los rasgos de su atractivo rostro―. Te has casado―dijo ahora la Haruno, incapaz de resistirse a remarcarlo. Naruto siguió sin decir nada, solo observándola.
Debería haberle hecho caso a su instinto y haberse quedado en casa aquella mañana, cuando el coche no quiso arrancar y tuvo que coger el metro para llegar a la oficina por primera vez en años. Había tenido un presentimiento de que algo iba mal, pero lo había ignorado, convencido de que se trataba de su imaginación o del cansancio acumulado. Habían estado muy ocupados con el nuevo proyecto y casi ni había tenido tiempo de dormir o comer. Incluso su mujer lo había regañado, con ese tono dulce que siempre empleaba para no hacerlo sentir mal.
Pensar en su esposa alivió un poco la tensión en sus músculos. Pero no bajó la guardia. No entendía por qué mierda Sakura Haruno había vuelto a Konoha, pero tampoco le importaba. Ella había salido de su vida diez años atrás, dejándolo solo y desamparado, dolido y con el corazón destrozado. Le había costado asumir su partida, y estaba seguro de que de no haber sido por su familia, sus amigos y la que hoy era la mujer de su vida no habría podido salir del atolladero en el que Sakura lo había hundido.
―Sakura―llamó. Ella levantó el rostro; estaba pálida, temblorosa y seguramente con ganas de salir corriendo de allí, pero eso no lo ablandó. Lo que Sakura le había hecho en el pasado había sido terrible, un acto atroz a sus ojos. Sabía que parte de la culpa, quizás, había sido suya, lo admitía, pero lo que ella había hecho no tenía nombre―. No sé lo que haces aquí ni me importa. Solo vete. ―Sakura bajó el rostro y ahogó un sollozo.
―Sé que no tengo derecho a estar aquí ni a venir a verte… no después de… de lo que hice. ―Tomó aire y lo miró de nuevo―. Pero es cierto lo que dije. Quiero arreglar las cosas… ―Naruto se echó hacia atrás, dejándose caer en su sillón de cuero, y pasándose una mano por el rostro rio sin ganas.
―Así que quieres arreglar las cosas. Y dime Sakura-chan―el tono burlón en el que pronunció su antiguo apodo hizo que su corazón se contrajera de puro dolor― ¿qué es lo que quieres arreglar? ¿El haberme tomado por imbécil? ¿El haber sido tan egoísta como para pensar solo en ti? No, espera, ya lo sé: te sientes culpable de repente por haber abandonado a tu hijo. ―Sakura jadeó ante sus palabras, pero acusó el golpe, reconociendo que se lo merecía.
―No es así yo…
―Vete―espetó Naruto de nuevo, desviando la vista a un lado, evitando mirarla. Una mueca de asco dibujada en sus labios.
―Naruto…
―¡¿No me has oído?! ¡Que te largues!―El grito la hizo saltar hacia atrás. Con los ojos llenos de lágrimas lo miró una última vez.
―No voy a rendirme―susurró―. Tienes… tienes todo el derecho a insultarme y a despreciarme. Pero no voy a rendirme. No puedo. ―Y con estas palabras echó a correr fuera del despacho, rogando para poder llegar pronto a la habitación de su hotel para echarse a llorar a gusto.
Por su parte Naruto temblaba. Un gemido escapó de sus labios y se tapó el rostro.
El volver a ver a Sakura había desatado demasiadas cosas, demasiados recuerdos dolorosos de una época de su vida que se había esforzado por olvidar durante los últimos años. Agarró una de las fotos que tenía sobre su mesa, una en la que aparecían él, su mujer y sus hijos, en el último viaje de vacaciones que habían hecho a la casa que antaño perteneciera a su abuelo y que él había decidido conservar.
Se levantó, agarró su abrigo y salió del despacho. Su asistente dio un respingo en su silla al verlo salir de manera tan intempestiva, pero se abstuvo de decir nada. Naruto por su parte salió del edificio y paró un taxi. Le dio la dirección de su casa y fue todo el camino con el corazón latiendo a mil en su pecho, rogando a todos los dioses que conocía porque a Sakura no se le hubiese ocurrido presentarse en su casa.
Cuando llegó a su hogar le faltó tiempo para saltar del taxi, atravesar el pequeño jardín delantero y abrir la puerta. Unos pasitos cortos fue lo que escuchó antes de que una cabecita rubia se colara entre sus piernas; sintió unos pequeños bracitos rodearlo y todas sus preocupaciones se desvanecieron como por arte de magia.
―¡Papá! ¡Mamá, mamá, papá, es papá!―Sonrió con ternura y alzó al pequeño rubio que era una copia suya. El niño de cuatro años rio cuando él frotó su nariz contra la suya.
―¿Naruto-kun?―Su corazón latió fuerte al oír aquella voz que siempre lograba calmarlo. Levantó la vista y la ternura lo invadió al ver a su mujer mirarlo con la sorpresa pintada en su rostro; sostenía contra ella a una pequeña niña de cabello azulado y ojos azules como los suyos―. Boruto, ve a lavarte las manos para la cena. ―El niño hizo un mohín pero obedeció―. ¡Y dile a tu hermano que vaya bajando!
―¡Vale!―Cuando el matrimonio se quedó a solas ella se acercó a él, preocupada.
―¿Pasa algo? Normalmente avisas si vas a llegar tempra- ―Fue interrumpida por los brazos de su marido, que la rodearon, a ella y a la niña, en un abrazo de oso―. Naruto-kun, ¿estás bien?
―Ahora sí. ―Sintió un tironcito en su chaqueta y sonrió―. Parece que mi princesa está celosa. ―Rio cuando al coger a la pequeña esta se acomodó en su pecho sonriendo feliz.
―Himawari y tú sois tal para cual―dijo su mujer―. Los dos sois igual de mimosones. ―Naruto sonrió de forma zorruna y acercó la boca a su oído para musitar:
―No dices lo mismo cuando estamos en la cama. ―Ella se ruborizó intensamente ante sus palabras.
―¡Naruto-kun!―regañó. Él rio y se inclinó para darle un dulce beso en los labios. Adoraba que, a pesar de los años transcurridos y de los innumerables momentos íntimos compartidos, su Hinata, su amada esposa, siguiera siendo igual de tímida que al principio. Eso le daba a él más pie para recurrir a los trucos más sucios cuando necesitaba convencerla de algo, adorando la manera en que todo su cuerpo se estremecía y se sonrojaba por su causa.
―¡Puaj! ¡Buscaos un hotel!―El tono infantil de reproche los hizo mirar para las escaleras. Ambos sonrieron con infinita ternura al niño rubio que los observaba con el ceño fruncido.
―Algún día te gustará una niña, Shina-chan, y cuando ese día llegue…
―¡Las niñas son tontas y no me gustan!
―¿Incluida Himawari?―El pequeño hizo un mohín denotando así su molestia. No valía. Su padre jugaba sucio, sabiendo que amaba a su hermanita como a nadie.
―Hima no cuenta―dijo, terminando de bajar las escaleras. Hinata rio suavemente.
―Ve a lavarte las manos, Shinachiku, anda. ―El aludido sonrió a su madre y fue hacia ella para darle un sonoro beso en la mejilla. Cuando desapareció por el pasillo Naruto cambió su semblante de nuevo, observando el lugar por el que su hijo había desaparecido.
―Naruto-kun. ―Miró para Hinata y suspiró. Ella se acercó a él y le acarició una mejilla. Naruto cerró los ojos, disfrutando del contacto, sintiéndolo como un bálsamo para la herida recién abierta en su alma―. Sea lo que sea sé que lo solucionarás. Y yo estaré ahí para apoyarte. ―Le sonrió cálidamente para luego volver a coger en brazos a Himawari, dándose la vuelta y otorgándole a su marido, sin querer, una perfecta vista de su precioso trasero―. La cena estará enseguida. Ve a cambiarte. ―La vio ir hacia la cocina, donde Boruto y Shinachiku discutían por algo.
Se pasó las manos por el pelo, preguntándose cómo demonios iba a enfrentar lo que estaba por venir, cómo demonios iba a decirle a Hinata que Sakura, la mujer que lo había abandonado sin miramientos con un recién nacido a su cargo había vuelto a su vida de repente.
Pero lo peor sería decírselo a Shinachiku.
Lo destrozaría, haría su mundo pedazos y probablemente no volvería a confiar en ellos nunca más.
Porque Sakura no tenía ni idea del infierno que acababa de desatar en la vida de un buen número de personas a causa de su vuelta. Aunque Naruto se dijo que tendría que habérselo esperado. La Haruno siempre había sido egoísta, solo que él había tardado demasiado tiempo en verlo.
Temblaba. Todo el cuerpo le temblaba. El agua hacía tiempo que se había enfriado, pero ella ni lo notaba, acurrucada en un rincón de la bañera, dando rienda suelta a su dolor, a su desesperación. Cuando el castañeteo de sus dientes y de sus huesos se hizo demasiado insoportable fue cuando reaccionó, poniéndose en pie con dificultad y cerrando la llave del agua. Agarró una de las toallas del hotel y trastabilló al salir al frío suelo de mármol. Se envolvió en la suave y cálida tela, aunque dicha calidez no traspasó a su piel, puesto que ella estaba helada de dentro hacia fuera.
Como pudo se puso su pijama y se sentó en el borde de la cama, con la mirada perdida y sus pensamientos bailando dentro de su mente en un horrible caos. Sería imposible para ella ahora definir lo que sentía en estos precisos momentos si a alguien se le ocurría preguntarle al respecto. Aunque lo más probable es que de sus labios saliera una sola palabra:
Muerta.
Así es como se había sentido desde hacía varios años: muerta en vida. Tan solo existiendo, llevando una vida basada en levantarse, trabajar, comer y dormir. Y todo lo hacía sin ganas, sacando fuerzas de donde no las tenía. Porque no tenía derecho a mostrar su infelicidad.
Con manos temblorosas cogió su tablet y miró para la pantalla: la sonrisa de un niño de cabellos dorados como el mismísimo sol y ojos tan verdes como los suyos propios fue con lo que su vista topó.
Claro que el pequeño no tenía ni idea de que estaba siendo fotografiado, él se encontraba jugando despreocupadamente en un parque junto a otros niños de más o menos su edad. Deslizó el dedo por la pantalla y releyó la información que ya se sabía de memoria de tantas veces que ya la había leído.
Uzumaki Shinachiku. Tercero de primaria en la escuela Myōboku. Sección: A. Padre: Uzumaki Naruto. Madre: desconocida.
Como todas las veces anteriores, le rompió el corazón leer la última parte. Aunque no debería haberla extrañado, le reprochó su conciencia, probablemente Naruto había estado lo suficientemente dolido como para tratar de olvidar que ella era la madre de su hijo.
Lo entendía. De verdad que sí, lo hacía. Probablemente ella hubiera hecho lo mismo sino algo peor en caso de que hubiera sido al contrario.
Pero lo que más daño le hacía ahora mismo, a día de hoy, era el pensar en que la mujer que se había casado con Naruto fuese, a ojos de todos, quizás también a efectos legales, la madre de su hijo.
Las lágrimas le bajaron por el rostro una vez más.
Porque Sakura sabía que eso sería tan solo culpa suya, exclusivamente suya. Nadie más podía adjudicarse las causas de su desgracia. Pero ya era hora de remediarlo, se dijo, ya era hora de que conociera a Shinachiku, a ese pequeño que había llevado en su vientre durante nueve meses y que, aun a pesar de todo, había aprendido a amar.
Ya no era aquella chiquilla asustada que se vio desbordada por las circunstancias. Ahora era una mujer hecha y derecha que había sido capaz de admitir sus errores y que quería hacer todo lo posible por arreglarlos.
Solo así lograría que todo volviera a estar en su lugar de nuevo.
Fin Capítulo 11
¿Alguien se lo esperaba? ¿Sí? ¿No? ¿He logrado sorprenderos al menos un poquito?
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Lectores sí.
Acosadores no.
Gracias.
¡Nos leemos!
Ja ne.
bruxi.
