¡YAHOI! De esta vez no me tardé tanto xD. No ando inspirada hoy para poner tontás (hace mal tiempo, tengo los pies helados a pesar de estar tapada con una manta gruesa y me muero de sueño cuando aún no son las 7 de la tarde, so... perdón por ignoraros).
Disclaimer: Naruto y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto.
¡Espero que os guste!
Capítulo 12
No podía dormir.
Estaba con los ojos fijos en el techo de su habitación. A su lado su esposa dormía profundamente, con la cabeza apoyada en su pecho desnudo. Su pausada y tranquila respiración le hacía cosquillas en el vello del torso; era una sensación más que placentera y, probablemente, en cualquier otra ocasión la estrecharía contra él, enredaría sus piernas con las suyas, la besaría para despertarla y le haría el amor, aprovechando la oscuridad de la noche y el que los niños dormían como angelitos en sus respectivos cuartos.
Inhaló con fuerza, reteniendo el aire unos segundos para después soltarlo lentamente. No le había dicho nada a Hinata sobre Sakura, no había tenido el valor para hacerlo. Sabía que tarde o temprano tendría que contárselo, pero le aterraba la reacción de su mujer. Le había costado mucho convencerla a lo largo de aquellos años de que la amaba sinceramente y con todo su ser, de que solo con ella estaba dispuesto a pasar el resto de su vida y formar una familia.
Y sabía que el regreso de Sakura traería de vuelta a la vieja Hinata, a aquella niña tímida y llena de inseguridades que siempre pensaba lo peor de sí misma y creía que las demás mujeres eran mucho mejores que ella.
Sakura siempre había estado flotando entre ellos, como un fantasma imposible de olvidar. No echaban la culpa a Shinachiku, el niño era la parte más inocente en toda aquella situación, sino al hecho de que ella se largara y no les dejara el tiempo ni el espacio para sanar las heridas y que estas cicatrizaran. Diez años no habían sido suficientes para cerrar aquel capítulo tan horroroso de su vida, y Naruto sabía que tan solo enfrentando los problemas se encontraba la solución a los mismos.
Apretó los dientes, apartó suavemente a Hinata de sí con cuidado de no despertarla e hizo a un lado las sábanas. Se sentó al borde de la cama de matrimonio y se levantó. Salió de la habitación que compartía con su mujer y bajó las escaleras al piso de abajo, buscando estar solo unos minutos. Fue hacia la cocina y se dejó caer en una de las sillas que allí había, hundiendo el rostro entre sus manos, sintiéndose miserable de pronto.
Pasó un rato y luego escuchó unos pasos casi inaudibles acercarse a donde él estaba. No tardó en sentir unos delgados y cálidos brazos rodearlo desde atrás al mismo tiempo que un fino cuerpo se pegaba al suyo y unos labios presionaban un dulce beso en su cabeza. Cerró los ojos y se aferró a ese contacto que tanto necesitaba en esos momentos. No le hacía falta darse la vuelta para saber que la que estaba detrás de él no era nada más ni nada menos que su amada esposa, su Hinata.
―Hinata-chan… ―Sintió la sonrisa de ella contra su piel. Solo en muy contadas ocasiones la llamaba de esa forma a día de hoy. Hinata creía que ya era demasiado mayor para esa clase de apodos cariñosos.
―¿Qué ocurre, Naruto-kun?―No le contestó. Se limitó a girar el rostro, buscando sus labios. Cuando ambas bocas hicieron contacto un deseo arrollador los invadió a ambos. Naruto no tardó en tirar de ella hasta tenerla sentada sobre sus piernas, con las manos recorriendo la piel bajo la tela del pijama mientras ella enredaba los dedos en su corto cabello dorado.
Jadeantes, se separaron en busca de aire; los ojos azules brillaron al observar los perlados de su mujer, unos orbes que lo observaban con el amor más puro reflejado en ellos.
―Te necesito―le dijo él, con la voz ronca, deslizando ahora sus labios y sus dientes por todo su cuello. Hinata se dejó hacer unos segundos antes de separarlo y mirarlo directamente al rostro, buscando una respuesta a aquello que desde la tarde parecía atormentar a su marido.
―Sea lo que sea, sé que lo arreglarás, Naruto-kun. Y sé también que me lo contarás cuando puedas. Estaré aquí para escucharte. ―Naruto cerró los ojos con un nudo apretándole la garganta. Las lágrimas le ardían detrás de sus párpados bajados.
¿Cómo Hinata podía ser tan buena, tan comprensiva, tan dulce, tan paciente con él y con los niños? No solo lo amaba a él incondicionalmente, también a sus hijos, a los tres, incluido Shinachiku, a pesar de que el pequeño niño rubio de ojos verdes no era sangre de su sangre.
La volvió a besar, con desesperación. Sus lenguas pelearon por ver quién tomaba el control. Naruto la tomó de la cintura y se levantó con ella, posándola sobre la mesa de la cocina. Fue besando cada centímetro de piel a medida que sus manos ascendían la tela del pijama hasta dejar al descubierto sus pechos. Hinata dormía sin sujetador, por lo que sus preciosos senos quedaron al descubierto bajo la camisa.
El pantalón no tardó en sufrir el mismo destino en sentido contrario al igual que sus bragas, quedando ambas piezas tiradas en el suelo de cualquier manera bajo ellos. Hinata gemía bajo las caricias de su marido, deshaciéndose con cada toque.
Eran tan pocas las ocasiones en que daban rienda suelta a su pasión últimamente que ninguno quería detenerse. No podían detenerse.
Las manos femeninas acariciaron el pecho y el abdomen masculinos. Los finos dedos de Hinata se colaron en la goma que mantenía el pantalón de dormir de su esposo en su lugar y tiró hacia abajo del mismo. Pronto los calzoncillos siguieron el mismo camino. Naruto paró de besarla unos segundos para dejar escapar un gruñido en su oído al sentirla rodearlo y acariciarlo.
―Hinata…
―Naruto-kun… ―Las respiraciones agitadas de ambos invadían todo el espacio, calentando aún más el ambiente. Naruto se apoderó de sus caderas y la miró, suplicándole con la mirada. Hinata cerró los ojos y lo instó con sus piernas a pegarse más a ella, hasta que sus sexos se rozaron. Aquello fue todo lo que Naruto necesitó: no esperó más y se hundió en ella de un solo empuje, hasta el fondo. Ambos gimieron, extasiados.
Pronto nada fue más importante que el sentir que se pertenecían, el sentir que aquellas sensaciones que los invadían cuando estaban juntos perdurarían para siempre, así tuvieran que luchar contra dragones o molinos de viento.
El éxtasis los golpeó a ambos con la fuerza de una ola de mar, entre susurros ahogados que proclamaban todos los te amo que no habían podido decirse en todos los años que llevaban juntos.
Naruto se juró minutos después, de vuelta en su cama, con el cuerpo desnudo de Hinata entre sus brazos, tras haberse amado una vez más en la soledad de su cuarto, que no dejaría que Sakura destruyera a su familia, su felicidad.
Antes se pegaba un tiro.
Escondida tras unas gafas de sol, sentada en aquel banco de un parque, Sakura observaba a los niños que pasaban por allí a la salida del colegio. Sus ojos se detuvieron en un grupo de cuatro escolares entre los que había un niño ligeramente más alto que sus compañeros. Su cabello rubio desordenado resplandecía al sol y su risa parecía ser contagiosa. Su corazón dio un vuelco al ver como un par de orbes tan verdes como los suyos propios brillaban cuando el niño echó a correr hacia el interior del parque. Sakura quiso llorar al ver con qué alegría él y los que parecían ser sus amigos dejaban caer las mochilas de cualquier manera y se lanzaban a los juegos, riendo, queriendo dejar atrás las horas que habían pasado encerrados en la escuela.
No hizo amago de acercarse, simplemente se quedó allí, observando, con el corazón latiendo desesperado en su pecho. El cuerpo le temblaba y las manos le picaban por las ganas que tenían de ir hacia el pequeño y abrazarlo contra ella, de besar su carita y pedirle perdón una y otra vez por haberlo abandonado, de decirle que ella y solo ella era su madre, aquella que lo había llevado en su interior y lo había traído al mundo.
―¡Shina-chan, espera!
―¡Vamos, vamos! ¡No me coges, no me coges!
―¡Malo! ¡Ya verás!
―¡Ven si te atreves, Kei-chan!―Una temblorosa sonrisa asomó a sus labios al escuchar las risas del niño.
No supo cuánto tiempo estuvo allí, simplemente observando a los niños jugar y reír sin mayores preocupaciones que el pasarlo bien en sus juegos infantiles. Poco a poco los padres acudieron al parque a recoger a sus hijos. A Sakura se le aceleró el corazón al pensar en que tal vez podría volver a ver a Naruto de nuevo. Quizás podría convencerlo de ir los tres a tomar algo. Podrían decirle a Shinachiku que era una amiga de su padre y así podría saber cosas de su hijo. Anhelaba conocerlo, acercarse a él.
―¡SHINA-NII!―Un grito la sacó de sus pensamientos.
Al enfocar de nuevo la vista se quedó ligeramente en shock: un niño más pequeño que Shinachiku se encontraba abrazándolo por la cintura. Llevaba puesto un mandilón y un sombrero típicos de los niños que todavía van a preescolar. Vio con asombro como Shinachiku sonreía con calidez y sobaba con movimientos algo torpes y las mejillas sonrojadas la cabecita del pequeño sobre el sombrero.
―¡Boruto Uzumaki! ¡¿Cuántas veces te he dicho que no salgas corriendo así?!―Sakura se puso rígida en su asiento. El corazón comenzó a martillearle con fuerza en el interior del pecho, rugiendo en sus oídos. Las manos le empezaron a temblar de nuevo. Rebuscó en su bolso con desesperación hasta dar con el bote de pastillas que últimamente la acompañaba a todas partes y echó tres en la palma de su mano, tragándolas en el acto, tan solo ayudada por su saliva.
Consiguió reunir el valor suficiente para levantar la mirada, dando gracias a Dios por llevar puestas las gafas de sol, no pudiendo ser así reconocida. Sus ojos jade se posaron de nuevo en Shinachiku y en el niño rubio más pequeño, quién parecía estar siendo regañado por una mujer que se encontraba agachada a su altura, frente a él. El niño pareció murmurar una disculpa y cuando su carita se levantó, con expresión arrepentida, a Sakura se le cortó la respiración al reparar en su apariencia.
Cabello rubio claro, ojos celestes, piel trigueña y dos marcas en cada mejilla. Sumó dos más dos. Aquel crío era un mini-Naruto, una copia en miniatura de aquel rubio atolondrado que había sido y seguía siendo alguien de suma importancia para ella.
Los ojos se le llenaron de lágrimas pero se las limpió pasándose el pulgar bajo los cristales oscuros de sus gafas de sol. No quería perderse nada de lo que acontecía frente a sus ojos. Se fijó ahora en la mujer que en estos momentos se dedicaba a limpiar con un pañuelo, o eso creyó, la carita de Shinachiku. El pequeño hacía muecas pero se dejaba hacer.
Lo primero que pudo detallar Sakura de ella, ya que la persona de su interés se encontraba de espaldas, fue un corto cabello azabache que con la luz del sol adquiría un exótico tono azulado. Era delgada aunque curvilínea al tiempo y vestía un conjunto de bermudas beige y chaqueta lila corta hasta la cintura, en los pies unas cómodas zapatillas de deporte. A su lado, en el suelo, reposaba una pequeña mochila que, en cuanto la abrió, los dos niños chillaron, entusiasmados. Sakura no pudo evitar sonreír al ver que la causa de semejante explosión de alegría eran un par de bocadillos.
Se puso todavía más ansiosa al ver como la mujer se ponía en pie. Sakura necesitaba que se diera la vuelta, necesitaba averiguar quién era. En su mente y en su corazón guardaba la esperanza de que no fuese más que una niñera contratada por Naruto para que cuidara a ambos niños, sus hijos. Porque estaba claro que aquel pequeño rubio de ojos azules era hijo de Naruto. Era exactamente igual a él de niño.
―¿Qué hay de postre, mami?―Aquella frase mató todas sus esperanzas. Los hombros de la mujer se sacudieron en una risa. Sakura vio cómo empezaba a girarse, lentamente, de nuevo hacia los niños, quienes ahora le daban la espalda a ella. Apretó su bolso, la ansiedad haciéndose sitio en cada rincón de su sistema nervioso.
¿Quién sería aquella misteriosa mujer que parecía ser la madre del rubiecito de ojos azules y, por ende, la esposa de Naruto?
En cuanto el rostro que tanto ansiaba vislumbrar quedó ante su vista a Sakura se le paralizó el corazón. Su respiración se agitó y todo su sistema se puso a funcionar al revés, diciéndole que seguramente estaba teniendo alucinaciones.
Porque dos orbes del perla más puro brillaban en un rostro pálido, iluminado por una radiante sonrisa.
No podía ser, se dijo, era imposible.
―Os he traído natillas, ¿las queréis?―Los gritos de alegría de los dos niños y las risas de aquella mujer la trajeron de vuelta a la realidad.
―Eres la mejor, mamá. ―Aquella frase proveniente de Shinachiku, de su hijo, de su pequeño, fue lo que terminó por romperla del todo.
Se levantó como pudo y, tambaleándose, logrando que nadie reparara en ella, rodeó el parque hasta conseguir salir del mismo. Caminó hasta dar con una pequeña cafetería que estaba prácticamente vacía. Entró y se dejó caer en una de las mesas. Pidió un café bien cargado y luego se hundió en el asiento, tapándose el rostro con las manos y dando rienda suelta a su llanto.
"Mamá".
Esa palabra, esa maldita palabra la torturaba. Se lo esperaba; era algo que tendría que haber sabido que seguramente ocurriría. Probablemente Shinachiku no tenía ni puta idea de quién era ella, para él la mujer que se hubiese casado con Naruto sería su madre. Aunque Sakura pensaba, muy en el fondo, que tal vez esa mujer no sería una madre amorosa, que quizás no gustaba de Shinachiku por ser hijo de otra mujer, otra mujer que había estado en la cama del que hoy era su marido.
Aunque aquello era solo el cincuenta por ciento de la razón por la que se encontraba así.
La esposa de Naruto, a la que Shinachiku había llamado mamá, la que al parecer le había dado otro hijo al Uzumaki, no era otra que alguien que ella conocía a la perfección, alguien a quien en algún momento de su pasado Sakura había considerado una gran amiga y que había sido tal. Pero también alguien que llevaba años enamorada de Naruto, años en los que Sakura la había visto derramar amargas lágrimas porque el rubio no parecía percatarse de sus sentimientos, lastimándola inconscientemente con sus despistes. Alguien a quien Sakura había dañado de rebote con su egoísmo.
Hinata Hyūga.
No.
Hinata Uzumaki.
Y el corazón de la Haruno se rompió una vez más.
Naruto salió hecho una furia de una reunión. Había estado toda la mañana distraído, con la mente en sus propios problemas personales. Tan ensimismado había estado que a poco más la presentación acababa en desastre. De no haber sido por Gaara y por Konohamaru, su fiel asistente aspirante a arquitecto (aún estaba estudiando la carrera) habrían perdido aquella magnífica oportunidad para diseñar la casa de vacaciones de un rico magnate de los negocios.
―¿Se puede saber qué diablos te pasa?―La voz de su socio y amigo de la universidad lo hizo dar un respingo. Se pasó las manos por el pelo, desesperado. Necesitaba hablar con alguien y ni su mujer ni sus amigos ni su familia eran una opción válida, no mientras él mismo no consiguiera asimilar todo lo que estaba pasando en su vida.
Quiso reír con ironía: dos días atrás se sentía el hombre más feliz y afortunado del mundo y ahora creía que era al más miserable y amargado de todos.
Le hizo un gesto a Gaara con el dedo para que lo siguiera. Con las cejas alzadas, el pelirrojo obedeció, yendo hasta su despacho. Una vez dentro Naruto cerró la puerta tras él, diciéndole a Konohamaru que no quería que le pasara llamadas hasta que le dijera lo contrario.
Fue hacia la mesita de café donde había una bandeja con algunos vasos y botellas con alcohol en su interior. Se sirvió un vaso de un líquido ámbar que Gaara adivinó era whisky por el olor.
―¿Quieres?―Le ofreció el Uzumaki.
Gaara negó, cada vez más intrigado. Naruto no bebía, nunca, tan solo en ocasiones especiales. En parte porque no toleraba bien el alcohol y en parte porque no era de esas personas que ahogan sus penas y sus problemas en algo tan cliché como las botellas. Naruto Uzumaki era un hombre que enfrentaba las dificultades de frente, con la cabeza bien alta y mirando a los obstáculos a la cara. Por lo que algo grave tenía que ocurrirle para que ya se hubiera ventilado dos vasos de whisky y fuera por el tercero.
―No, gracias―contestó al fin Gaara. Se dirigió a uno de los sofás que allí había y se dejó caer, mirando fijamente para su amigo. Naruto murmuró algo entre dientes y se sentó en el sillón frente a él, recostando la espalda en el mullido material del mismo y elevando la vista al techo, como si la pared blanca pudiera darle una respuesta―. ¿Y bien? ¿Me vas a contar o voy a tener que seguir salvándote el culo?―Naruto suspiró.
―Sabes que tengo un hijo-
―Naruto, tienes tres. ―El rubio lo fulminó con la mirada.
―Déjame terminar. ―El Uzumaki suspiró una vez más―. Sabes que tengo un hijo que… es mío―Gaara lo empezó a mirar con extrañeza, pero se abstuvo de comentar algo y lo dejó continuar, tal y como él le había pedido―… pero no de Hinata. ―Los ojos verdes de Gaara destilaron comprensión.
―Oh. Shinachiku. ―Naruto asintió, dejando el vaso sobre la mesa con un ruido sordo. Se desacomodó la corbata del traje y se abrió la chaqueta, desabrochándose también los primeros botones de la camisa blanca que llevaba puesta.
―Sí, Shinachiku. También sabes que eso no ha sido impedimento para nosotros. Hinata ama a Shinachiku como si fuera suyo o incluso más y él la adora y la quiere como si fuera su verdadera madre. ―Gaara se echó para atrás y cruzó las piernas, intentando buscar en su mente el por qué su socio y amigo le estaba contando esto, si era algo que el círculo más íntimo del rubio ya conocía―. Hace dos días… vino una mujer a verme a mi oficina, alguien a quién no esperaba volver a ver, no en mucho tiempo al menos.
―¿Alguien de tu pasado?―Naruto se pasó una mano por el pelo, asintiendo. Gaara se sentía cada vez más intrigado. Aquella chica, quienquiera que fuese, parecía haber puesto a Naruto en una situación incómoda para él―. ¿Quién?―preguntó con curiosidad. Naruto se sirvió dos dedos más de whisky, con manos temblorosas. Se lo bebió de un trago y clavó sus ojos azules en los de su amigo.
―La madre biológica de Shinachiku. ―Decirlo fue como si se hubiera quitado un peso de encima. Respiró hondo y sintió la tensión de sus hombros relajarse. Por su parte Gaara estaba estupefacto, no sabiendo muy bien qué decir.
―Vaya. ―Naruto suspiró.
―Sí, vaya. ―Se levantó y empezó a dar vueltas por la habitación, como un león enjaulado.
―¿Se lo has dicho a Hinata?
―¡No! ¡No tengo ni puñetera idea de cómo hacerlo! ¡Sé que tengo que decírselo porque tarde o temprano ella se aparecerá y si para entonces no se lo he contado será peor, mucho peor! ¡¿Pero cómo lo hago sin romperle el corazón?! ¡Esa mujer no solo me causó daño a mí sino también a ella de rebote! ¡Y sé que, por mucho que diga, todavía le afecta si alguien la menciona! ¡No soy idiota!―Gaara iba a rebatir dicha afirmación pero prefirió morderse la lengua, no estaba el horno para bollos―. Y tampoco sé cómo demonios voy a decírselo a Shinachiku. No volverá a creer nada de lo que le diga después de esto. Destrozaré su mundo y lo haré añicos. Esa mujer no tiene ni puta idea de lo que ha provocado al regresar ¡y como si no hubiera pasado nada! ¡Dice que quiere arreglar las cosas! ¡¿Qué coño quiere decir eso?! ¡Porque está más claro que el agua que no le permitiré que se acerque a mi familia! ¡Bastante daño ha hecho ya!―Tras su discurso tuvo que detenerse para tomar aire; tenía el rostro rojo, jadeaba y las manos le temblaban.
Gaara se levantó con un suspiro y se acercó a él. Le quitó el vaso de las manos y lo puso con delicadeza sobre la superficie más cercana. Luego encaró al ojiazul.
―Vete a casa―espetó. Naruto frunció el ceño y abrió la boca, pero Gaara se lo impidió―. No estás en condiciones de trabajar, hoy no. Yo me haré cargo de todo lo que haya pendiente e incluso me pasaré por tus proyectos para cerciorarme de que todo vaya bien, sabes que no me importa. Pero lárgate. Ve a casa, date una ducha, despéjate y habla con Hinata. Como bien dices, será peor si ella se entera por alguien que no seas tú. ―Naruto cerró los ojos y se frotó la nariz. Acto seguido miró con agradecimiento para su amigo.
―Gracias, Gaara. Te debo una.
―Y las que me deberás. ―Ambos se sonrieron y finalmente Naruto se despidió de él.
Bajó hasta el aparcamiento del edificio, se metió en su monovolumen y arrancó rumbo a su casa. Cuando llegó lo primero que lo recibió fueron unas risas infantiles. No pudo evitar sonreír. Se descalzó y en completo silencio se dirigió a la cocina, donde una estampa de lo más acogedora lo recibió y le derritió el corazón: Himawari estaba sentada en su trona mientras Hinata le daba de comer, haciéndole adorables carantoñas y riendo. Se apoyó con una sonrisa contra el marco de la puerta y las observó en silencio, aprovechando el hecho de que ninguna de las dos se había percatado de su presencia.
Estuvo unos minutos así, simplemente observándolas, grabando en sus retinas cada uno de sus gestos, queriendo detener el tiempo para poder alargar aquel dulce y cotidiano momento todo lo que pudiera.
En un momento dado los ojos azules de la pequeña de los Uzumaki se levantaron y lo miraron, abriéndose y comenzando a balbucear y a señalarlo. Naruto vio con una sonrisa como Hinata fruncía el ceño y se volvía a la entrada de la cocina, buscando aquello que había llamado la atención de su hija.
Sus orbes perlados se abrieron con sorpresa al ver a su marido allí parado, observándolas con una cariñosa sonrisa en los labios.
―¡Naruto-kun!―Dejó el plato con la papilla de Himawari sobre la bandeja de la trona y se levantó para ir a darle un beso de bienvenida. Naruto le correspondió tomándola de la cintura y pegándola a él―. ¿Ha ocurrido algo?―le preguntó Hinata mirando para el reloj que colgaba de una de las paredes con el ceño fruncido. Naruto la abrazó fuerte contra él y hundió el rostro en su cuello, dejando allí un dulce beso al tiempo que aspiraba su aroma con fuerza.
―Solo… necesitaba venir a casa. ―Hinata arrugó aún más su ceño fruncido, pero lo dejó estar.
―¿Quieres que te prepare algo de comer?―Naruto negó, todavía con la cara enterrada en la curva de su cuello―. ¿Un baño?―Naruto suspiró y se separó de ella, mirándola a sus preciosos ojos perla.
―Solo si tú te bañas conmigo. ―Hinata enrojeció al ver la sonrisa pícara formarse en el rostro del hombre. Dios, tantos años juntos y aún no era capaz de superar del todo su timidez.
―Tengo que acostar a Himawari―dijo, viendo por el rabillo del ojo como su hija bostezaba. Naruto asintió y depositó un pequeño beso en su mejilla.
―Pero no tardes. ―Hinata no pudo evitar sonreír y dedicarle una mirada al cuerpo de su esposo cuando este se giró, yendo hacia las escaleras y comenzando a subirlas. Negó con la cabeza y fue hacia Himawari, tomándola en brazos y yendo a dejarla en su cuna, siguiendo el mismo camino que su marido.
Arropó a la niña, le dio un beso en la frente y salió de la habitación cerrando tras de sí. Se dirigió al baño y sonrió al ver a Naruto ya medio desnudo. Él se giró al oírla entrar y alzó las cejas, con expresión divertida.
―Así que ha venido, señora Uzumaki. ―Hinata le devolvió la sonrisa, yendo hacia él y comenzando a acariciar sus brazos. El suave contacto de las manos de su esposa sobre su piel estremeció a Naruto.
―Resulta que tengo un marido de lo más convincente, señor Uzumaki. ―Ambos rieron para luego fundirse en un dulce beso. Se despojaron de sus prendas y se metieron en la bañera. Naruto se acomodó contra el borde y luego tiró de su mujer para colocarla de espaldas a él, abrazándola con fuerza. Se quedaron así, tranquilos, ambos disfrutando del calor del agua y del contacto de sus pieles desnudas. Naruto la estrechó contra sí, cruzando los brazos por su estómago y apoyando la barbilla en uno de sus hombros. Hinata se dejó caer contra él con un suspiro de satisfacción, amando la manera en que todo su cuerpo reaccionaba al toque más leve de Naruto―. ¿Qué ha ocurrido?―Naruto suspiró y cerró los ojos. Hinata no era tonta. Sabía que algo lo molestaba desde hacía unos días.
La levantó y Hinata dejó salir una exclamación por lo sorpresivo del movimiento. Enseguida se vio girada hacia el pecho de Naruto, a horcajadas sobre sus piernas. Él la abrazó con toda su fuerza, hundiendo el rostro en su pecho. No con una intención sexual, sino como si fuera un niño que necesitaba consuelo y protección.
―No quiero que me odies… ―Hinata puso cara de confusión a pesar de que él no podía verla debido a su posición. Levantó los brazos y los pasó por detrás del cuello masculino hasta posar las manos en su nuca, haciendo una ligera presión, como queriendo decirle que todo estaría bien.
―Jamás podría odiarte, Naruto-kun. Te amo. ―Él salió de su escondite y le acarició uno de los pómulos con el dorso de su mano, observándola con fascinación. Hinata era tan perfecta, tan hermosa… la amaba con todo su ser y el solo pensamiento de que podía perderla lo aterrorizaba.
―Yo también te amo, Hinata-chan―la voz le salió más ronca de lo que pretendía. Se aclaró la garganta y comenzó a acariciar toda la suave piel femenina que tenía ante su vista―. Hace… hace poco, tuve una visita en la oficina. Vino a verme una mujer, ella… ―Hinata sintió cómo su corazón se aceleraba pero se obligó a calmarse y obligó también a su mente a no dispararse y a permanecer tranquila―. … era alguien de mi pasado, alguien que tú… también conoces y… ―Hinata lo miró, ahora intrigada. Comenzó a hacer memoria, pensando en quién podría ser aquella misteriosa mujer que parecía tener en vilo a su esposo.
Pero solo había una persona que podría haberlo puesto en semejante estado de agitación. Una persona en la que se había prometido no volver a pensar, alguien que en aquellos diez maravillosos años que Naruto y ella llevaban juntos no había vuelto a pasar por su mente más de lo necesario.
Su respiración se aceleró y sus orbes perlados se clavaron en su esposo con auténtico pánico reflejado en ellos.
―Hinata-chan… ―Quiso abrazarla de nuevo pero ella rechazó su contacto; y eso le dolió mucho más que el hecho de haber visto a Sakura y saber que ella traería un sinfín de problemas a su vida, a sus vidas―. Preciosa…
―E-ella… ¿Sa-Sakura… e-está aquí?―Naruto tragó saliva y asintió. Hinata sintió que el alma se le caía a los pies.
Se levantó bruscamente y salió de la bañera, no importándole que el agua se derramara por todo el mármol del suelo del cuarto de baño. Naruto la siguió y quiso abrazarla una vez más, pero Hinata se apartó de él y se envolvió en una toalla, con manos temblorosas.
―Hinata…
―¿P-por qué?―preguntó, en un hilo de voz―. ¿P-por qué ha vuelto? ¿P-por qué ahora?―Naruto apretó los puños, maldiciendo por enésima vez a la Haruno en su mente. Se acercó a su mujer y esta vez sí, la abrazó, haciendo caso omiso a su intento de soltarse. La apretó tan fuerte que Hinata sintió como se le cortaba la respiración. Las lágrimas hicieron su aparición al igual que el miedo, el pánico a que todo lo que había logrado construir en todos esos años se viniera abajo como si de un castillo de naipes se tratase.
Clavó las uñas en los costados del cuerpo masculino y sollozó, enterrando el rostro en aquel pecho que tantas veces la había refugiado.
―Hinata―Naruto la separó un tanto de él, tomando su rostro entre sus manos y obligándola a mirarlo―, no sé por qué mierda ha decidido volver ahora, pero tampoco me importa. No dejaré que se acerque a nuestra familia, no la dejaré que nos separe. Te amo. ―Y la besó, de forma desesperada. Hinata correspondió con la misma desesperación. Cuando se separaron ella miró a los ojos azules que desde hacía tanto tiempo amaba y se sintió más tranquila al ver la feroz seguridad con que él la miraba.
Estaba siendo estúpida. Naruto la amaba. A lo largo de toda su relación se lo había demostrado de muchas y diversas maneras. Se puso de puntillas y fue esta vez ella la que lo besó a él. Naruto se sintió más tranquilo, aliviado, al ver que Hinata había comprendido sus sentimientos.
Cuando volvieron a separarse, la cara de su mujer no tardó en volverse una máscara de puro terror.
―¡Dios mío, Shinachiku!―Se separó de Naruto y empezó a dar vueltas por el baño, retorciéndose las manos la mar de nerviosa. Naruto respiró hondo, soltando el aire segundos después. Fue hacia Hinata y la tomó de los hombros, deteniendo su frenético andar. La giró y clavó sus ojos en ella.
―No dejaré que se le acerque, no te preocupes. Tú eres su madre. No lo olvides. ―La seguridad y la firmeza con la que lo dijo conmovió a Hinata. Le acarició el rostro, repasando con las yemas de los dedos las marcas que le adornaban las mejillas.
―Lo sé. ―Las manos de Naruto se movieron entonces de sus hombros a su espalda, bajando hasta posarse justo al inicio de su trasero. Se mordió el labio inferior ante la anticipación, observando que la sonrisa pícara había vuelto a pintarse en la faz del rubio.
Ahora que todo parecía estar aclarado, necesitaban un momento para ellos, para decirse sin palabras que todo estaría bien, que se amaban como nunca y que nada empañaría su felicidad.
Se encontraba de nuevo ante aquel imponente edificio. Tras pasarse los últimos dos días encerrada en la habitación del hotel, llorando como magdalena, llegó un punto en que sus propias lágrimas la asfixiaban. No podía seguir así, tenía que hacer de tripas corazón e intentar salir para delante.
Y por eso estaba hoy allí, una vez más, caminando con decisión hacia las oficinas donde Naruto trabajaba. Consiguió colarse sin mayores problemas y anduvo hasta el despacho. Se plantó ante la puerta, agradeciendo que el chico castaño de la última vez no estuviera en su mesa para impedirle el paso. Estaba a punto de levantar la mano y llamar cuando la puerta se abrió de golpe y sus ojos toparon con un cuerpo claramente masculino enfundado en un traje de buena calidad. Levantó la vista, topándose con unos bonitos ojos verde agua bajo una frente despejada.
―¿Querías algo?―El tono duro del desconocido frente a ella la hizo tragar saliva.
―¿E-está Naruto?―tartamudeó. El hombre torció la boca y ladeó la cabeza, mirándola con curiosidad. Aquel escrutinio la puso aún más nerviosa si cabía.
―¿Qué pasa, Gaara? ¿Te has olvidado al- ―Los ojos azules de Naruto se abrieron como platos al verla. Sakura tragó saliva y dio un paso atrás, como si temiera que él fuera a saltar sobre ella de un momento a otro―. ¡¿A qué cojones has vuelto?!―Tuvo que respirar hondo varias veces, tratando de tranquilizarse.
―Creo que sobro. ―Oyó que murmuraba alguien. Cuando centró su vista de nuevo en el rubio supo que Naruto irradiaba furia por los cuatro costados. Sin embargo, aquello no la amilanó, así que sacando fuerzas de donde no las tenía irguió la barbilla y lo encaró con valentía.
―Te… te dije que no iba a rendirme. Vine para arreglar las cosas y eso haré. T-te guste a ti o no. ―Naruto clavó una mirada de hielo en ella.
―No hay nada que arreglar. Lárgate.
―No. ―Inspiró hondo―. Ne-necesito saber-
―Está bien. Estamos bien. No te necesita. Vete por donde has venido. ―Una solitaria lágrima resbaló por la mejilla de Sakura. Estaba claro que por las buenas no iba a conseguir nada, y no se lo reprochaba, pero tampoco iba a tirar la toalla. De hacerlo no podría seguir viviendo consigo misma. Ya no.
―Naruto, s-si no me dejas verlo… lo haré por las malas. ―Naruto entrecerró los ojos ante la amenaza, sabiendo todo que lo podría implicar.
―No te atreverás―siseó entre dientes. Sakura se puso rígida, sacando pecho.
―Lo haré, si no me dejas otra alternativa. ―Naruto maldijo, pasándose las manos por el pelo. Tendría que haberlo previsto, se dijo. Había sido un estúpido al pensar que Sakura se marcharía por la paz de todos―. Naruto, por favor, e-es mi hijo ta-
―¡Ni se te ocurra terminar esa frase!―La señaló con el dedo, con el ceño fruncido y los dientes apretados―. ¡No tienes ningún derecho a decirla! ¡¿Me oyes?! ¡NINGUNO! ¡Es mi hijo! ¡Mío!
―¡Necesita a su madre!―gritó ella, sin poder contenerse por más tiempo, con las mejillas empapadas de gruesas lágrimas.
―¡Él ya tiene una madre! ¡Tú lo abandonaste! ¡¿Recuerdas?! ¡Nos abandonaste!―rugió Naruto, con el dolor impregnando cada una de las sílabas que pronunciaba. Sakura sollozó, llevando una mano a tapar su boca.
―Naruto… por favor…
―Olvídalo, Sakura. No va a pasar. ―Y dicho esto dio vuelta y se adentró en su despacho, cerrándole las puertas en las narices.
Sakura se quedó allí parada, sollozando, con miles de ojos observándola.
Giró sobre sus talones y salió corriendo de allí, incapaz de soportar por más tiempo los susurros a sus espaldas, con las palabras de Naruto resonando una y otra vez en su mente.
Fin Capítulo 12
¡Ay, que nuestra Hina ya lo sabe! ¡Y Sakura ya ha dejado ver claras sus intenciones! ¿Qué me decís? ¿Creéis que será capaz de llevar a cabo su amenaza? ¿Lo permitirá Naruto? ¿Se dejará vencer Hinata? ¿O será Sakura la que claudique primero? ¡Se abren las apuestas, señoras y señores! ¡Hagan sus apuestas en sus bonitos y preciosos reviews! (?).
Porque, ya sabéis:
Un review equivale a una sonrisa.
¡Muchísimas gracias por los suyos a: Marys, Guest y a Lila! ¡Gracias mil! ¡OS AMODOROOOOOOOOO!
*A favor de la campaña con voz y voto. Porque dar a favoritos y follow y no dejar review es como manosearme una teta y salir corriendo.
Lectores sí.
Acosadores no.
Gracias.
¡Nos leemos!
Ja ne.
bruxi.
