¡YAHOI! ¡Lo prometido es deudaaaaaaaa!

Hoy, 25 de diciembre, día de Navidad, ¡os traigo mi regalo de Papá Noel para vosotros! ¡Espero que lo estéis pasando genial en estas fiestas y que hayáis tenido muchos regalos! ¡Que yo sé que habéis sido muy, muy, pero que muy bueeeeeeeeeeeeeeeenos!

Disclaimer: Naruto y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto.


Capítulo 18


―Esa perra malnacida… ―susurró Karin, ayudando a Hinata a llevar los platos a la mesa. Hinata miró hacia las puertas que daban al jardín, asegurándose de que ninguno de los niños había oído las malas palabras de la pelirroja―. Cómo me la cruce por delante…

―Eso no haría ningún bien―dijo Hinata, con total calma, colocando los platos, los vasos, las servilletas y los cubiertos encima de la mesa. Karin resopló, mientras iba pasándole las cosas.

―Eres demasiado buena y paciente, Hina, yo de ti, ya le habría arrancado el pelo, las uñas y roto esa nariz que seguramente sea operada. ―Una sonrisa divertida asomó a los labios de la peliazul.

―Sarada tiene suerte de que tú seas su madre. ―Una sonrisa orgullosa tiñó ahora el rostro de la Uzumaki.

―El único problema es que se parece demasiado a su padre.

―Pero a Sasuke-kun se le cae la baba con ella así que, en ese aspecto, no tienes nada de lo que preocuparte.

―En eso tienes razón. ―Karin sonrió―. A veces la consiente demasiado, aunque los dos son igual de fríos y parcos de palabras. Nunca los verás abrazarse en público, por ejemplo, algo que creo que a Sarada le está empezando a fastidiar, porque incluso el monas de Sai se muestra cariñoso con Inojin delante de los demás.

―Bueno, Sarada-chan es una niña aún, es lógico que quiera que su padre la achuche y le dé mimos.

―Y el inútil de mi primo no ayuda, porque se pasa el día babeando sobre Hima. ―Hinata soltó una risita, siguiendo la mirada de la prima de su marido, fija en dónde Naruto estaba cogiendo a Himawari a caballito, trotando por todo el césped del jardín, imitando los relinchos de aquellos nobles animales. La niña reía, feliz, aferrada a los cortos cabellos de su padre.

No muy lejos de Naruto, Sai hacía lo mismo con Inojin, mientras Ino los perseguía móvil en mano, sacando todas las fotos que podía. Kushina y Minato hacían lo propio con sus nietos, alternándose entre su hijo y Himawari y Boruto y Shinachiku, quienes jugaban al béisbol junto con Shikadai, el hijo de Shikamaru y de Temari. Aunque el pequeño Nara parecía más bien aburrido, con el guante puesto y observando el cielo, con sus ojos verdes absortos en las nubes.

Kiba y Shino, sus mejores amigos, se habían unido también al juego, haciendo Shino de árbitro y Kiba de receptor. El enorme perro de Kiba, Akamaru, el cual el pobre ya iba muy mayor, descansaba tumbado lánguidamente bajo la sombra que proporcionaba el tejado de la casa. De vez en cuando alguno de los niños iba hacia él para darle un mimo, que el pacífico can recompensaba con un lametón y una leve agitación de su cola. Todos sabían que al pobrecito no le quedaba poco tiempo de estancia en el mundo de los vivos, pero se cuidaban muy mucho de decir o insinuar algo en presencia de Kiba, quién era extremadamente sensible en todo lo referente a su querida mascota y su acercamiento inminente a la finalización de su larga vida perruna.

Un poco más allá, Temari le gritaba, puño en alto, intentando infundir un poco de ánimo y ganas en su flojo y vago hijo.

Era increíble la suerte que habían tenido con su grupo de amigos. A pesar de los años, todos se habían mantenido unidos, haciendo el esfuerzo por mantener el contacto y por reunirse de cuando en cuando.

El timbre sonó y Hinata fue a abrir, dejando a Karin terminando de poner la mesa. En el umbral estaban Chōji y su esposa, Karui, una alta pelirroja a la que el Akimichi había conocido mientras estudiaba en la escuela de cocina. Nadie sabía cómo, pero habían acabado enamorándose y ahora, casados y felices, disfrutaban también de su hija.

―Hola, chicos. ¡Vaya, Chōchō, cómo has crecido!―La niña sonrió ampliamente, dejando que la señora Uzumaki la abrazara.

―Sentimos la tardanza, Hinata. ―La aludida negó.

―No os preocupéis por eso. Los demás están en el jardín y la comida todavía no está lista, así que llegáis a tiempo. Y tampoco sois los últimos. Faltan Gaara-kun y Shion.

―¿Ves? Te dije que no había tanta prisa. ―Por toda respuesta, Karui fulminó a su marido con la mirada, haciendo a Chōji sonreír, nervioso. Hinata sonrió cerrando la puerta tras de sí.

Acompañó a Chōji hasta el jardín, dónde pronto Chōchō se unió a Sarada, su mejor amiga, consiguiendo que la pequeña Uchiha se integrara en los juegos de los demás.

―Gracias a Dios, ya estaba a punto de llamar al ejército―bromeó Karin al ver a Karui―. Es increíble lo bien que se compenetran esas dos.

―No deberías alegrarte. ¿Sabes el peligro que tienen la inteligencia de tu hija y la imaginación de la mía combinadas? Tiemblo tan solo de pensar en el día de mañana. ―Karin y Hinata rieron.

―Toma, Hina, he traído esto. ―Hinata cogió la cajita seguramente llena de dulces que su amiga había traído, y la puso junto a las demás, encima de la isla de la cocina.

―Gracias, de verdad. No tenías que haberte molestado―dijo, amable. Karui sonrió, uniéndose a sus amigas en la preparación de la mesa y la cocina.

Al cabo de unos minutos el timbre sonó de nuevo y ella volvió a abrir. Eran los últimos invitados que faltaban, Gaara y Shion.

―¡Hola, hola! ¡Ya llegó la alegría de la fiesta!―Gaara alzó una ceja mientras que Hinata reía, cogiendo de manos de la rubia una botella de vino.

―Gracias por venir.

―¿Somos los últimos?―preguntó el pelirrojo, colgando su abrigo en el armario de la entrada con ayuda de la anfitriona.

―Sí, pero no os preocupéis. A la comida aún le falta un poco. Podéis pasar al jardín, allí están todos entreteniendo a los niños.

―¿Naruto también-

―¡Ah, ah! ¡Nada de trabajo esta noche, señor serio! Y tú, ven conmigo, tienes mucho de lo que ponerme al día. ―Enganchando su brazo con el de Hinata, Shion la llevó hasta la cocina, dónde le arrebató la botella de vino de las manos y cogió un par de copas, sirviendo la bebida rojiza en los recipientes de cristal. Con un suspiro, Hinata cogió la que le tendía Shion.

―Dios, dame un poco de eso también, estoy que no puedo más. ―Temari apareció en la cocina, con el ceño fruncido, haciéndose con otra copa y echando un poco de vino en ella―. Dime que has traído más, por favor, dudo mucho que esta nos dure hasta la cena. ―Shion y Hinata rieron.

―Te alegrará saber, entonces, que tengo una caja casi llena en el maletero del coche. Gaara dijo que exageraba cuando la compré, pero los hombres tienden a no entender a las mujeres. ―Las tres chicas soltaron una carcajada.

―Oh, alcohol, gracias. ―Karin apareció para reunirse a la pequeña reunión de chicas en la cocina, sirviéndose ella también una copa de vino―. ¿Por qué estamos aquí, escondidas, cómo si estuviéramos haciendo algo malo? Hace buen día y tienes una terraza preciosa con un mobiliario de jardín estupendo. ―Hinata sonrió.

―Tienes razón. Vamos. ―Se dirigieron hacia la mencionada terraza, acomodándose en las sillas, sillones y sofás que había. Pronto se les unieron también Ino y Karui, y un poco después Kushina, dejando a los hombres ocuparse de los niños.

―Ah… esto es vida. Me alegra que hayas insistido en buscar un día para reunirnos a todos, Hina, hacía ya un tiempo desde la última vez.

―Hum… creí que sería bonito, vernos todos. Quizás sea la… la última vez. ―Esto último lo dijo en un susurro apenas audible, pero sus amigas y su suegra la oyeron perfectamente.

Kushina le apretó una mano cariñosamente mientras Ino hacía lo mismo con la otra. Las demás no dijeron nada, dejando que el silencio se adueñara unos minutos del ambiente, tan solo roto por algún esporádico sorbo dado a las copas de vino que cada sostenía en sus manos.

―¿Cómo lo llevas?―Hinata meneó la cabeza y suspiró, dejando su copa ya casi vacía sobre la mesita que tenía enfrente.

―No muy bien…

―Como es de esperarse―añadió Temari.

―… Pero Naruto-kun está peor que yo. Así que intento ser fuerte, intento no venirme abajo, porque sé que si yo me desmorono entonces será peor. Él me necesita en estos momentos, necesita que yo sea fuerte y valiente, así que lo intento, por él pero también por los niños. Shinachiku está empezando a sospechar que pasa algo malo. No entendió lo que ocurrió el otro día, en… la vista, pero sabe que no es bueno, y también sabe que tiene que ver con él, aunque no ha llegado más allá…

―Te juro por Dios que cómo me la cruce… ―soltó Shion.

―No si me la encuentro yo primero―gruñó Temari, terminándose de golpe el vino de su copa y echándose más―. Puedo asegurarte que Shikamaru se está dejando la piel. Nunca lo había visto trabajar tanto ni esforzarse tanto por un caso. Ha aparcado todo lo demás para centrarse en este. Por su parte, no tienes nada que temer. ―Hinata se sintió fatal al oír a su amiga, pero no tuvo tiempo de disculparse, porque Karin también habló:

―Y yo puedo decir lo mismo de Sasuke: está como loco. Gruñe a todas horas y habla en sueños por las noches. Si no fuera porque lo amo demasiado ya lo habría mandado a dormir al sofá. Estoy planteándome irme yo a dormir al cuarto de Sarada, así que con eso te lo digo todo.

―Chicas, yo…

―No te disculpes, Hina, no es culpa tuya―se apresuró a decir Temari―. Sé que no conozco a esa mujer y tal vez la estoy juzgando muy duramente, pero yo creo que ni es madre ni es nada. Si de verdad lo fuera, no se habría planteado siquiera hacerte esto, haceros esto, a ti, a Naruto, a Shinachiku…

―Precisamente porque es madre… tal vez es que… se ha atrevido a hacerlo. ―La afirmación, salida de los labios de Ino, dejó a todas mudas de estupefacción. Hinata miró a su rubia amiga, viendo su expresión melancólica y nostálgica. Su pecho se apretó y puso una mano sobre las de la Yamanaka.

―Ino…

―¡No me digas que la defiendes!―exclamó Kushina, echando chispas por sus bonitos ojos violetas. Ino se ruborizó levemente.

―No… no la defiendo… pero… no sé… creo que… creo que en parte… la comprendo…

―¡No puedes estar hablando en serio!―chilló ahora Karin, indignada. Ino suspiró.

―Yo también soy madre… todas aquí somos madres, excepto Shion…

―Y brindo por eso―dijo la aludida, levantando su copa en actitud de brindis, con una radiante sonrisa en el rostro, tratando de aligerar así la tensión aunque sin conseguirlo.

―… y en otro tiempo Sakura fue mi mejor amiga… ―Hinata apretó más fuerte la mano que sostenía la de Ino―… no sé… no sé lo que pudo pasar, pero… le he dado muchas vueltas, he pensado mucho en ello… tenía dieciocho años… y… sé que no es justificación, pero… no sé… pienso en lo que habría hecho yo de verme en su situación y aunque no sé lo que habría hecho o pensado, sí sé que me habría asustado, habría entrado en pánico… Un bebé a esa edad… ―Ino sacudió la cabeza―… no debe de ser fácil de asimilar… ―Todas guardaron silencio.

Hinata lo sabía, porque ella misma también había pensado mucho en ello. ¿Qué habría hecho ella de verse embarazada a tan temprana edad? ¿Habría seguido adelante con el embarazo? ¿Habría abortado de haber tenido esa posibilidad? ¿Se le habría pasado por la cabeza siquiera? ¿Y su familia? ¿Cómo habría reaccionado? ¿La habría apoyado? ¿La habría repudiado? Sabía que habría tenido el apoyo de Hanabi y, eventualmente, también el de su primo Neji, pero… ¿Y su padre? Le dolía pensarlo siquiera, pero lo más probable era que Hiashi Hyūga la hubiese condenado sin miramientos, la habría, seguramente, echado de casa, sin un yen en el bolsillo y sin un lugar adónde ir. Tal vez con el tiempo habría reflexionado, pero… ¿y mientras tanto? ¿Habría podido salir adelante ella sola? ¿O habría sucumbido ante las dificultades y la presión de ser madre joven y habría abortado y suplicado que la dejaran volver a casa?

Todas esas preguntas no habían parado de dar vueltas en su cabeza desde el regreso de Sakura.

―Bueno, dejemos ya de hablar de cosas tristes y complicadas. ―Kushina dio una palmada en el aire, rompiendo así la atmósfera pesada que se había adueñado de lo que debería haber sido una charla relajada y alegre entre amigas―. Lo hecho, hecho está, es pasado y no puede ser cambiado. Así que aparquémoslo a un lado para disfrutar de una deliciosa comida y una buena charla entre amigos con buen vino. ―Todas asintieron, conviniendo en que aquello era lo mejor.

Poco a poco, la conversación empezó a ser más espontánea y distendida. Todas consiguieron relajarse y pronto las risas y las voces alegres irrumpieron por todo el jardín, haciendo a los hombres mirar con curiosidad para dónde sus esposas y amigas charlaban animadamente.

Naruto dejó un momento de prestarle atención a sus hijos para mirar hacia dónde su mujer reía, recostada cómodamente en el sofá de la terraza, dando pequeños sorbos a una copa de vino mientras se distraía con la conversación femenina.

Sonrió, aliviado, feliz, satisfecho de que aquella pequeña reunión improvisada estuviese saliendo mejor que bien. Se le había ocurrido que quizás sería una buena idea, celebrar una comida con todos sus amigos, intentando así distraerse de la mierda en que se había convertido su vida en el último par de meses.

―La vas a desgastar. ―El comentario de Sasuke lo hizo enrojecer. Fulminó a su mejor amigo con la mirada.

―Cállate, teme. ―Sasuke elevó la comisura de los labios en un amago de sonrisa. Sintió un tironcito en su pantalón y se agachó para ponerse a la altura de Shinachiku.

―Tío Sasuke, ¿por qué papá se ha puesto rojo?

―Porque a tu papá le gusta mucho tu mamá―contestó el Uchiha con toda naturalidad.

―Ah… ¿y por eso se pone rojo? ¿Porque quiere mucho a mamá?

―Eso es, Shina-chan. ―El niño pareció reflexionar unos instantes las palabras del adulto de pelo y ojos negros. Luego, sonrió.

―Entonces está bien, porque los papás y los mamás tienen que quererse mucho, para así poder tener bebés y quererlos también mucho… ―Ahora fue el turno de Sasuke de ponerse ligeramente colorado, haciendo que Naruto soltara una sonora carcajada.

―Eh… no, Shina-chan, eso no es lo que-

―Oh, no le vayas a quitar ahora la ilusión a tu sobrino, Sasuke. Ven, Shina-chan, vayamos a demostrarle a mamá cuánto la queremos. ―Así, cogiendo a su pequeño de la mano, ambos echaron a correr hacia las chicas, tirándose encima de Hinata y haciéndola soltar una exclamación de sorpresa que pronto se convirtió en una risa. Boruto no tardó en unirse a su padre y a su hermano mayor, trepando al regazo de su madre para plantarle un sonoro beso en la mejilla al tiempo que la abrazaba.

Así, con sus tres hombres colmándola de atenciones y cariño, Hinata cerró los ojos y sonrió, dejando que el amor de su familia la envolviera y disipara las dudas que habitaban su corazón.

Se convenció de que nada ni nadie los separaría. Eran una familia, una de verdad, que se amaba y que no perdía ocasión de demostrarlo.

No podía ser más feliz.


―¿Nervioso?―preguntó Sasuke a su mejor amigo, mientras subían en el ascensor de los juzgados de familia número 3. Naruto inhaló hondo, exhalando lentamente el aire segundos después.

―Aterrado―admitió―. Llevo toda la semana con el corazón en un puño. Sasuke, dime que todo saldrá bien, por favor. ―Sasuke clavó la vista en las puertas del ascensor. Este dio una ligera sacudida y la luz que había encima de la puerta se iluminó y sonó algo parecido a un pitido, indicando que habían llegado a su planta.

―Todo saldrá bien―dijo, tras varios minutos de silencio; aunque no puedo disimular la mueca que se formó en sus labios. Naruto volvió a inspirar y exhalar profundamente. Sabía que Sasuke estaba haciendo un pobre intento por animarlo, que él mismo le había pedido, pero aún así sabía que no las tenía todas consigo.

Las puertas del ascensor al fin se abrieron y la tensión en su cuerpo se relajó un tanto al ver a su preciosa Hinata parada unos metros más allá, en compañía ya de Shikamaru. Iba vestida con un elegante traje chaqueta, consistente en un pantalón de lino azul marino, una blusa blanca y una blazer a juego. Ese día, a diferencia del anterior, sí iba un poco más arreglada. Un colgante de plata adornaba su pálido cuello, la sortija con la que él le había pedido matrimonio descansaba en el dedo anular de la mano izquierda, junto a su alianza de matrimonio. Una pulsera también de plata colgaba de su muñeca derecha mientras que en la izquierda tenía un reloj de joyería. Sus pies iban enfundados en unos elegantes zapatos de tacón de un color marrón suave, y de su mano colgaba una enorme carpeta, mientras que de su hombro lo hacía un tubo junto con la bolsa en la que solía llevar el ordenador o la tablet junto con documentos variados.

Y su precioso pelo negro azulado iba perfectamente peinado, dándole ese toque maduro y de mujer emprendedora que requería su profesión. Él no podía estar más orgulloso de ella. Hinata había logrado abrirse camino en un sector profesional duro y bastante saturado y, aunque había comenzado haciendo campañas de publicidad y pequeños trabajos para la empresa de su familia, dándose a conocer; ya que, en cuanto quedó embarazada de Boruto, decidió dejar ese puesto e intentar ponerse a trabajar por cuenta propia.

Habían discutido mucho en su día. Naruto no quería que echase a perder su brillante futuro profesional por culpa de algo tan natural como la maternidad. Hinata tenía mucho potencial, mucho talento. Pero ella lo convenció, como siempre, utilizando argumentos perfectamente lógicos:

―Quiero estar ahí para cuando nazca el bebé―había dicho ella―. Hoy por hoy ya nos cuesta mucho conciliar con Shinachiku, imagínate cuando esté aquí el siguiente.

―¡Pero es tu futuro! ¡Has trabajado muy duro! ¡Yo puedo estar aquí, puedo…

―Gaara-kun y tú apenas estáis empezando a despegar con el estudio. No sería justo que…

―¡Puedo trabajar desde casa! ¡Solo tendría que arreglarlo con Gaara y-

―Yo también puedo trabajar desde casa, Naruto-kun. Es más: yo lo tendría más fácil que tú. Tú a menudo tienes que hacer visitas a las obras para supervisar que todo marche bien, mientras que yo puedo dibujar y diseñar en cualquier lugar, solo me hace falta un ordenador y una mesa en condiciones. ―Sonrió, elevando las manos para acariciarle la nuca de esa forma que sabía a él le gustaba.

Naruto gruñó, todavía disconforme, pero tras varios minutos de silencio suspiró. Hinata amplió su sonrisa, sabiéndose ganadora de aquella pequeña discusión.

―Te juro que, cuando nos mudemos a la casa nueva, te haré un estudio solo para ti. Tendrás todo lo que necesites. ―Hinata sintió su pecho hincharse de amor por su marido.

―Solo si lo compartimos… ―Naruto alzó las cejas para luego estallar en una sonora carcajada que la hizo sonrojarse.

Y entonces la había besado y sus manos se habían perdido en-

Sacudió la cabeza, alejando esas placenteras y hermosas imágenes de su mente. Ahora no era el mejor momento para pensar en eso.

Sonrió al verla, en su atuendo profesional. Aquella mañana, a pesar de lo que se les venía encima, Hinata había tenido que salir a atender una reunión con un cliente. Afortunadamente había podido adelantarla a primera hora de la mañana, cosa que, al parecer, agradó sobremanera a los que querían contratarla, porque recordaba perfectamente el rostro lleno de ilusión que tenía su mujer cuando salió de casa por la mañana.

Se acercó a ella. Hinata lo vio en cuanto empezó a moverse y desvió su mirada de Shikamaru hacia él. Una luminosa sonrisa se instaló en su cara en cuánto él llegó a su altura y se inclinó para saludarla con un pequeño beso en los labios, pasándole un brazo por la cintura para atraerla a su lado.

―¿Qué tal ha ido?

―Muy bien.

―Sabía que te los meterías en el bolsillo. ―Ella suspiró, dejando que la mano masculina se deslizara hasta aferrar con fuerza su cadera. La asaltó el súbito deseo que sentía cada vez que su guapo esposo andaba cerca.

Meneó la cabeza, intentando disipar aquellos impuros pensamientos. ¡Estaba a punto de entrar a pelear por su pequeño, por Dios! ¡¿En qué estaba pensando?!

―¿Preparados?―les preguntó Shikamaru, tras dejarles varios minutos para recomponerse y relajarse. La expresión grave de su amigo los hizo ponerse serios.

―Sí.

―Por supuesto.

―Bien. Recordad: acatad la sentencia de la jueza, sea la que sea. En caso de que falle a nuestro favor, estupendo, en caso de que no, ni se os ocurra montar un pollo ni mucho menos mostrar vuestro disgusto demasiado abiertamente, eso podría ser contraproducente para cuando decidamos apelar, además de problemático. ¿Estamos de acuerdo?―Ambos integrantes del matrimonio Uzumaki asintieron―. Bien. Vamos, entonces―dijo Shikamaru, viendo a Sasuke hacerle una seña con la cabeza desde la entrada a la sala de vistas.

A diferencia de la vez anterior, esta vez no iba a ver amigos ni familia apoyándolos, ni siquiera habían llevado a Shinachiku. Habían considerado que no era bueno para él perder otro día de colegio, y, por fortuna, la jueza había visto con buenos ojos aquella decisión, eximiendo al niño de estar presente.

Aquello suponía en parte un alivio enorme porque, fuese cual fuese la decisión de la magistrada, al menos tendrían ellos tiempo antes de tener (o no) que darle una mala noticia a su hijo. Naruto rogaba porque no, porque todo saliera bien, como debía, y que no dejaran a Sakura tener ningún tipo de ventaja ni control sobre un niño por el que no había mostrado ni el más mínimo interés durante los pasados diez años.

Apretó el puño derecho mientras entraban en la sala de vistas. La jueza ya estaba allí, detrás de su mesa del estrado, esperándolos; al igual que Sakura y su abogado, Madara. Naruto vio a Sasuke clavar brevemente la mirada en su pariente, para luego desviarla hacia la jueza. Madara no era santo de la devoción de nadie, ni siquiera dentro de su propia familia. Al parecer el tipo había intentado en su día hacerse con todo el control absoluto de los negocios de la familia, fracasando estrepitosamente en el intento gracias a Itachi y al padre de Sasuke. Y, si no recordaba mal, también su propio progenitor, Minato, y su suegro, Hiashi, habían tenido algo que ver con eso…

―¿Estamos todos?―La voz de la jueza lo hizo volver a la realidad. Tras repasar brevemente los rostros de los presentes y ver que todos asentían, ella también asintió. Se quitó sus gafas y suspiró, entrelazando las manos por debajo del mentón con los codos apoyados en la madera de la mesa. Volvió a pasear la vista brevemente por las caras de los abogados y los tres adultos que peleaban por la custodia de un niño indefenso.

Dos de ellos formaban un matrimonio respetable, estable, económicamente bien posicionado, con un techo sobre sus cabezas. Uno era el padre biológico del niño en cuestión, por lo que tenía todo el derecho del mundo, tanto legal como moral, de hacerse cargo de su hijo, tal y como había hecho durante todo aquel tiempo. Y no lo había hecho solo, al parecer. La que hoy en día era su esposa, y gracias a testimonios de testigos varios y de diversas pruebas aportadas, tanto visuales como documentales, había estado ahí desde el principio. De hecho, su secretaria le había hecho ver, en diversas ocasiones, que esa mujer, la señora Uzumaki, había sido la única madre que había conocido el pequeño. En todos los lugares aparecía su nombre asociado al título de "madre de Shinachiku Uzumaki", a pesar de que no tenía ningún peso legal por estar, aún viva, la madre biológica y no haber esta renunciado a sus derechos y obligaciones legales.

Nunca había habido incidente de ninguna clase relacionado con el bienestar del pequeño, ya fuese físico o psíquico. Nunca jamás hubo quejas, ni denuncias, ni tampoco ninguno de los integrantes de la familia y parientes tenía antecedentes legales, ni una sola mancha en sus expedientes. Tampoco había antecedentes de drogas, de enfermedades mentales o desequilibrios o inestabilidad de ningún tipo.

Luego estaba la que era la madre natural del niño, Sakura Haruno. Una mujer joven, aún soltera, sin familia ni pareja estable, más allá de la relación cercana que mantenía con sus dos padres. Sí tenía un trabajo estable y bien pagado, así como un techo bajo el que vivir, aunque en una ciudad distinta a la que en el pequeño se había criado. La jueza sabía, por experiencias pasadas, que arrancar a un niño de golpe y porrazo de un entorno seguro y cálido era más que contraproducente, constituía una absoluta crueldad. Solo una vez, en sus primeros años como jueza, había cometido semejante error de juicio, y las consecuencias habían sido más que devastadoras. No volvería cometer tal error, pero entre el blanco y el negro, siempre había muchos matices de gris.

Sus motivaciones para acercarse al hijo que había ignorado durante los últimos diez años parecían del todo legítimas, no había encontrado nada que le hiciera sospechar que hubiese alguna mala intención detrás de sus actos, ni tampoco nada que le hiciese pensar que quisiera sacar algún beneficio de arrancarle el hijo a su padre, tal como extorsionarlo de alguna forma o hacer sufrir a la otra parte. Por desgracia, había visto demasiado de ello durante su carrera como magistrada en los juzgados de familia.

Suspiró nuevamente, mientras repasaba en su cabeza todo lo que sabía sobre aquellas personas, teniendo sobre sus hombros el peso de tomar la decisión que podía cambiar muchas vidas radicalmente. Vio angustia en todos los rostros excepto en el del abogado defensor, quién sonreía con arrogancia, como quién se sabe absolutamente seguro de su victoria inminente.

En ella residía el poder de hacer felices o desdichados a aquellas personas y, no por primera vez desde que había aprobado el examen para ser juez, sintió que le caían varios años encima de golpe.

No sabía si la decisión que había tomado era la correcta, mucho menos si afectaría de forma negativa a aquella familia que parecía tan feliz. Recordó vagamente la foto que había ido en medio de uno de los expedientes presentados por los abogados del matrimonio Uzumaki, la foto de una familia feliz, dónde el niño sobre el que dicho futuro tenía que decidir sonreía, en el medio del retrato, con sus padres y sus hermanos pequeños rodeándolo. Sí, a aquel infante no le faltaba ni amor ni atención. Y supo que, a pesar de todo, a pesar de lo que ella dijera, las cosas no habrían terminado todavía para él.

La parte que saliera medio perdiendo pelearía con uñas y dientes, estaba segura de ello. Pero eso ya se vería si se llegaba a dar el caso. Su trabajo, por el momento, era tomar una decisión en base a la información que le habían proporcionado y de acuerdo a la ley que imperaba en esos momentos.

Y, sinceramente, esperaba de todo corazón no estarse equivocando.

―Bien… tras analizar todos los datos y repasar las informaciones recibidas concienzudamente… he tomado una decisión. ―Se giró primero hacia dónde esperaba Sakura, con la respiración contenida y el corazón en un puño―. Señorita Haruno, yo también soy madre y, pese a que a veces acabo de mis niños hasta… el moño, no cambiaría por nada del mundo el poder tenerlos en mi vida. ―Sakura tragó saliva―. Señores Uzumaki―Naruto y Hinata se pusieron muy tiesos, sobre todo al ver la apreciativa mirada que la jueza les lanzaba a ambos―, ambos han sido unos padres excelentes. La evaluación psicológica del niño ha sido lo que esperaba y más, se nota que los dos aman y cuidan a Shinachiku con todo lo que tienen, pese a que usted no es su madre biológica, señora Uzumaki. ―Hinata apretó los puños al oír las palabras de la magistrada.

¿Y qué si no lo era? Lo quería y lo adoraba como si realmente hubiese salido de sus entrañas. A su lado, Naruto le cogió la mano, apretándosela, dándole a entender que él también deseaba que las cosas hubiesen sido diferentes, a pesar de todo.

―No obstante, la ley es clara en este punto y, puesto que no he recibido ningún informe negativo respecto a la señorita Haruno… me veo en la desagradable obligación de darle, en parte, la razón a ella. ―Sakura sintió que todas los nubarrones negros que habían pendido sobre ella durante las últimas semanas se disipaban. Sintió que podía empezar a respirar de nuevo, sintió que todo su cuerpo se aligeraba. Lágrimas de felicidad quisieron abandonar sus ojos verdes, pero Madara se inclinó hacia ella y le susurró al oído:

―No cante victoria todavía, señorita Haruno. ―Sakura inspiró hondo y se obligó a prestar atención de nuevo. Por el rabillo del ojo, vio a Naruto pálido como un muerto, y, aunque ella estaba que no cabía en sí de alegría, no pudo evitar que una punzada de culpabilidad mezclada con remordimiento la pinchara. Vio el pequeño cuerpo de Hinata convulsionarse ligeramente y supo, sin necesidad de verla más claramente, que seguramente estaría conteniéndose de llorar.

No quiso ahondar en los sentimientos que la mujer del que había sido su mejor amigo albergaba en estos momentos en su interior. Lo importante era que ella había ganado… por el momento, porque por el rostro de la jueza supo que aquello no era todo.

―… Sin embargo, no le concederé la custodia total, como su clienta pedía, letrado―dijo, dirigiéndose a Madara―, sino que le daré, simplemente la posibilidad de ver e interactuar con el pequeño. Declaro que sea establecido un régimen de visitas para que la señorita Haruno pueda estar con el niño. Por favor, ruego que sean civilizados con este asunto. No quisiera tener que ser yo la que obligue a unos padres a hacer en contra de su voluntad. ―Aquellas palabras iban dirigidas a Naruto y a Hinata y, a pesar de ello, ninguno estaba especialmente contento.

Ambos salieron a paso lento, cogidos de la mano, con la mirada perdida. Sakura vio, cuando pasaron por su lado de camino a los ascensores, cómo lágrimas silenciosa se deslizaban por el pálido rostro de Hinata.

Aun así no pudo sentirse mal, no cuando iba a tener la oportunidad de ver a su pequeño, de poder abrazarlo y besarlo, de poder reír junto a él y de poder, por fin, escuchar llamarla mamá…

―Maldita seas. ―La voz dura, teñida del más puro odio, la hizo girarse. Retrocedió un paso, asustada, al ver un par de ojos negros como el carbón llameando de furia.

―Sas-Sasuke-kun… ―tartamudeó. Se llevó la mano al interior del bolso y empezó a rebuscar, desesperada, su bote de pastillas, creyendo que el corazón se le saldría de la garganta de un momento a otro.

―Sasuke―llamó Shikamaru, poniendo una mano en el hombro de su colega y amigo. Luego, clavó sus ojos oscuros en ella―. Esto no ha terminado―advirtió el Nara, antes de llevarse a rastras y con algo de esfuerzo a Sasuke de allí. Ambos abogados empezaron a discutir a medio camino de los ascensores y Sakura no dejó de oírlos hasta que las pueras de los ascensores no se cerraron tras ellos.

―Espero que no se le suba a la cabeza, señorita Haruno―le dijo Madara Uchiha, saliendo de la sala de vistas maletín en mano. La miró, traspasándola casi con sus penetrantes ojos negros; aquel era el distintivo de los Uchiha, junto con el pelo igualmente azabache, del color mismo de los cuervos―. Esto no ha hecho más que empezar.

Sakura lo sabía. No era tan tonta como para creer que aquello era el fin. Seguramente Naruto y Hinata apelarían, presentarían una reclamación, un recurso o algo así. Y todo mientras la vigilarían, seguramente, con lupa. Observarían todos sus movimientos, desde lo que comía hasta su horario del baño. Tendría que extremadamente cuidadosa con lo que hacía y decía delante de Shinachiku, también, cuando estuviera con él, porque era probable que el niño contara a sus padres lo que harían en sus visitas.

Sin embargo, todo ello carecía de importancia en aquel momento.

Iba a tener una oportunidad. Una maravillosa e irrepetible oportunidad de estar al lado de su pequeño. Si bien no como deseaba, al menos era un comienzo.

Un inmejorable comienzo para ella.

Fin Capítulo 18


¡Ya, ya lo sé! ¡No es lo justo ni lo que esperabais! Pero he querido hacer esta historia lo más REALISTA posible, y todos sabemos que la vida, la mayoría de las veces, no es justa. A menudo tenemos que lidiar con situaciones desagradables y nada favorables para nosotros, pero, como se suele decir, el universo tiene formas graciosas de poner a todo el mundo en su lugar.

Muchos me habéis pedido que Naruto y Hinata tengan una conversación con Shinachiku: vendrá en el próximo capítulo. Ellos mantuvieron la esperanza hasta el final, pero ahora sí que sí tienen que hablar con el niño para ponerlo sobre aviso.

Y, como ha dicho Madara: esto no ha hecho más que empezar. Todavía quedan cosas por saber, así que venga, animaos. Que este no es el fin xD.

¿Me dejáis un review que sea vuestro regalo de Papá Noel para mí? Porque, ya sabéis:

Un review equivale a una sonrisa.

¡Muchísimas gracias por los suyos a: Marys y a Guest! ¡Gracias por pasaros a leer, incluso, la nota que dejé! ¡Eso me indica que de verdad os está gustando esta historia y no puedo estar más que feliz por ello! ¡OS AMODORO!

¡FELIZ NAVIDAD A TODOS!

*A favor de la campaña con voz y voto. Porque dar a favoritos y follow y no dejar review es como manosearme una teta y salir corriendo.

Lectores sí.

Acosadores no.

Gracias.

¡Nos leemos!

Ja ne.

bruxi.

P.D.: ¡HEMOS LLEGADO A LOS 200 REVIEWS, MADRE MÍA! ¡MUCHÍSIMAS GRACIAS A TODOS Y CADA UNO DE VOSOTROS! ¡SOIS LOS MEJORES!