¡YAHOI! ¡FELIZ AÑO NUEVOOOOOOOO! ¡Espero todos vuestros propósitos se cumplan y que este 2020 sea infinitamente mejor que el 2019!
(En mi caso, no creo que sea muy difícil... xD).
Disclaimer: Naruto y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto.
¡Como os había prometido, aquí está el primer capítulo del año de mi parte para todos vosotros! ¡Para que empecéis esta nueva etapa con buen pie y con una sonrisa en la cara! O, al menos, así me gustaría que fuera xD.
¡Espero que os guste!
Capítulo 19
―¡¿Cómo?!―Karin dejó caer la copa de vino que tenía en la mano, que fue a dar contra el suelo, deshaciéndose el cristal en pedacitos transparentes que crearon una amalgama de colores al impactar la luz del sol que entraba por las ventanas sobre ellos.
―¡Mami, mira!―Fascinada por el espectáculo de colorines, Sarada tiró del vestido de su madre, llamándole la atención para que también contemplara aquella maravillosa estampa.
Sin embargo, Karin estaba con sus ojos rojos fijos en su marido, no creyéndose todavía lo que este le había contado.
―¡¿Me estás diciendo que esa zo-
―Sarada, ve a ver la tele. ―Inmediatamente, la niña abrió los ojos como platos y, con una sonrisa de felicidad, obedeció diligentemente a su padre. Pocas eran las ocasiones en las que le permitían ver los dibujos animados, por lo que ni se le ocurrió discutir la orden dada.
Karin se mordió el labio inferior, agachándose, empezando a recoger los pedazos de la copa de vino con manos temblorosas. Se cortó con uno de los trozos y maldijo. Sasuke se agachó frente a ella y, haciéndose con un recogedor y una escoba, la ayudó en la tarea. Tiró los restos de la copa a la basura y dejando la escoba y el recogedor de nuevo en su sitio cogió ahora la fregona, pasándola por el suelo para limpiar el vino derramado.
Karin lo observó, en silencio, intentando calmarse, procesar lo que su marido le acababa de contar. Todavía no podía creérselo, no podía, no…
―Dime que es una broma.
―No, no lo es―contestó Sasuke, con toda la calma del mundo. Karin se llevó las manos a las sienes, comenzando a masajearlas con un gruñido.
―Maldita… ―Sasuke no se lo discutió. Tras varios minutos de completo silencio, Karin habló de nuevo―. ¿Y cómo está mi primo? ¿Y Hinata? ¡Dios, deben de estar destrozados!
―Se acerca bastante a esa definición. ―Karin asintió, respirando hondo. Podía imaginárselo.
―Dime que no vais a dejarlo así. Habrá algo que se pueda hacer, un recurso, una reclamación…
―Vamos a apelar. ―Karin sintió el alivio recorrerla. Durante unos horrorosos segundos, había pensado que aquello era el fin―. Pero no podremos hacerlo hasta dentro de un tiempo… ―Para entonces ella ya tendría en su poder la información que necesitaba.
Había contactado con Orochimaru a pesar de las instrucciones de este para no hacerlo, pero el no tener noticias de su antiguo maestro la había tenido de los nervios. Y con la celebración de la inminente vista por la custodia de Shinachiku no había podido soportarlo.
Por fortuna, Orochimaru le había dicho que ya iba en buen camino para cumplir con su petición, pero que le estaba llevando algo más de tiempo del que había previsto. No obstante, le había dicho que ya faltaba muy poco, y que en una semana, como mucho, ya tendría en su poder el tan ansiado expediente médico que Karin tanto deseaba.
Sabía que no valdría de nada ante un juez por haber sido conseguido por métodos ilícitos, pero al menos podrían utilizarlo para hacer reflexionar a Sakura de alguna manera. O, al menos, eso esperaba.
No podía permitir que Shinachiku fuese arrancado del seno familiar sin pelear. El pequeño era un Uzumaki y como tal su lugar era junto a ellos, junto a su padre, a su madre, a sus hermanos, abuelos, primos, tíos...
Y Karin protegía a su familia.
Así muriese en el intento.
Aquel día la casa estaba más sombría que de costumbre. No se escuchaban los gritos de Boruto, ni las risas de Shinachiku, ni los gorjeos y los tiernos balbuceos de Himawari.
Boruto y Himawari habían ido a pasar la noche a casa de los abuelos Minato y Kushina. Algo que, aunque extraño por lo repentino de la decisión, no les supuso ningún tipo de problema. Ir a casa de los abuelos siempre era divertido. Había galletas de chocolate y hamburguesa con patatas fritas del Mcdonald's, y eso era suficiente para Boruto.
Naruto y Hinata se habían sentado el día anterior con Shinachiku. A pesar de ser viernes, y de que los viernes solían salir todos juntos a cenar por ahí, como cualquier otra familia normal y corriente, a veces junto a sus amigos y los hijos de estos, el día anterior no había sido así.
Habían salido, sí, pero solo ellos dos con Shinachiku, algo que ya hizo sospechar al pequeño que había pasado o estaba por pasar algo malo, algo que tenía que ver con él. Pero eso no le impidió disfrutar de la pizza, ni de los karts a los que se subió después con su padre, mientras su madre reía y les sacaba fotos mientras los observaba.
Fue una tarde como las que solían pasar antes de que naciesen sus hermanos, y Shinachiku disfrutó como nunca del momentáneo privilegio de volver a tener a sus dos padres para él solo.
No es que no quisiera a sus hermanitos, pero a veces se ponía celoso sin que pudiera evitarlo. Boruto estaba muy apegado a su madre de la misma manera que adoraba a su padre, siendo el primero en ir a recibirlo cuando llegaba a casa. Mientras que Himawari, al ser tan pequeñita, necesitaba vigilancia constante, por lo que si estaba ella en la habitación sus padres solían centrarse en la bebé. Shinachiku no podía esperar a que creciera un poco más, para que empezase a hacer las cosas por sí misma.
Pero una vez llegaron a casa, riendo y haciéndose bromas, entre los achuchones de su madre y las risas de su padre, Naruto y Hinata se habían dirigido al salón, instándolo a él a hacer lo mismo.
Lo habían sentado en el sofá, en el medio de los dos y, adoptando una expresión que a Shinachiku le pareció muy triste, se dispusieron a contarle lo que el pequeño tenía que saber.
Su vida iba a cambiar radicalmente a partir del día siguiente, y era justo que el niño estuviese medianamente preparado para ello, aunque ambos tenían bien presente que no sería fácil, pero nada fácil.
―Shina-chan―llamó suavemente su madre, mientras le acariciaba los rubios cabellos. El niño sonrió ampliamente, mostrando toda su blanca dentadura, disfrutando al máximo y con los ojos cerrados de los mimos de su madre―. ¿Recuerdas… recuerdas el cuento del niño perdido? ¿Ese que papá y yo siempre te contábamos antes de irte a dormir cuando eras más pequeño?―Shinachiku abrió los ojos y frunció el ceño, haciendo memoria, intentando recordar.
―¡Sí, era mi cuento favorito!―exclamó él, feliz de haber podido acordarse―. ¿Por qué?―preguntó, ahora con curiosidad. Naruto y Hinata se miraron por encima de la cabecita rubia, adoptando sendas expresiones graves.
―Y… ¿te acuerdas de lo que pasaba en el cuento, Shina-chan?―El niño cabeceó, afirmando.
―Sí: érase una vez un niño que había perdido a su mamá, quedándose solo con su papá; entonces, su papá había salido un día para buscar a la mamá, para que volviera con ellos, porque los papás y las mamás tienen que estar juntos. Por el camino se topó con una princesa, que había salido a pasear; el papá le contó a la princesa que estaba buscando a la mamá perdida de su hijo, y la princesa, que era muy guapa―Hinata no pudo evitar sonrojarse al notar la sonrisa divertida que esbozaron los labios de su esposo―, se ofreció a ayudarlo, y así emprendieron el viaje los tres juntos. Pero durante el camino el niño y el papá se dieron cuenta de que les gustaba mucho estar con la princesa, porque ella los cuidaba y los protegía, tal y como tenía que hacer una mamá. Entonces, el papá se dio cuenta de que no necesitaba encontrar a la mamá perdida, porque ya la había encontrado en la princesa; porque él y el niño ya la querían mucho, y entonces el papá decidió pedirle a la princesa que ella fuese su mamá, porque además el niño ya la había empezado a tratar como tal. Y la princesa aceptó, porque ella se había enamorado del papá al igual que el papá de ella, y también quería mucho al niño. Entonces la princesa y el papá se casaron y fueron felices y comieron perdices. Fin. ―Naruto y Hinata rieron. Shinachiku sonrió al escucharlos reír y los miró, con una radiante sonrisa―. Esa es la historia tuya y de papá, mamá. Papá te encontró y tú te quedaste con él y conmigo, con nosotros… aunque mi otra mamá no me quiso tú sí. ―Una mueca triste se formó en el rostro de Shinachiku, haciendo que a Hinata se le encogiese dolorosamente el corazón.
―Oh, Shina-chan, claro que te quiero, te quiero muuuuuuuuuucho. ―Shinachiku rio al sentir a su madre abrazarlo y restregar su mejilla contra su pelo. Él la abrazó a su vez y sonrió a su padre desde su posición, frunciendo el ceño al ver los ojos azules de su progenitor velados por las lágrimas no derramadas.
―¿Papá? ¿Estás llorando? ¿Estás triste?―Naruto se pasó el dorso de la mano por los párpados, retirando así las gotas de agua que le colgaban de las pestañas.
―No, no estoy llorando, Shina-chan.
―Pero estás triste―dijo el niño, dándose cuenta enseguida de que sí, de que su padre parecía realmente triste.
―Shinachiku… ―Se volvió a mirar a su madre y también la vio con la misma expresión desolada que su padre. Algo parecido al miedo comenzó a instalarse en su pequeño estómago.
―¿Mamá? ¿Papá? ¿Qué… qué pasa?
―Shinachiku… tú… ¿alguna vez has querido conocer a tu… a tu mamá?―Shinachiku puso expresión confusa.
―¡Pero si ya te conozco, mamá!―rio él, abrazándola nuevamente. Hinata respiró hondo, abrazándolo de forma temblorosa contra ella con fuerza, como temiendo que fuera a desaparecer de un momento a otro.
―Shina-chan… lo que mamá quiere decir es… es si te gustaría… conocer… ―Naruto tuvo que tomar aire al mismo tiempo que reunía todo el valor del que disponía para pronunciar las siguientes palabras―… si te gustaría conocer a tu otra mamá… ―Los ojos verdes de Shinachiku se abrieron con sorpresa.
Miró primero para su padre, como no creyéndose lo que acababa de preguntarle. Luego miró para su madre, preguntándole con sus ojos verde brillante si realmente había oído bien.
―¿Qué… qué quieres decir? ¿Mamá? ¿Qué quiere decir papá? ¿Por qué me ha preguntado eso papá? ¿Por qué? ¡Yo ya tengo mamá y esa eres tú!―Se puso de pie en el sofá y se abrazó contra el cuerpo de Hinata, pasándole los brazos por el cuello. Miró para su padre con fiereza, enfadado, desafiándolo con la mirada a que se atreviera a rebatir aquella afirmación que para él era una verdad universal, tan universal como que el cielo era azul y el sol salía todos los días.
Naruto cerró los ojos y respiró hondo, tratando de que el dolor no lo ahogase. Odiaba tener que hacerle eso a su familia, odiaba el tener que ver el rostro temeroso y angustiado de Hinata todos los días, odiaba el ver el miedo en el rostro de su primogénito.
Y por todo ello odiaba a Sakura, a la única causante de toda aquella terrible situación. Nunca le perdonaría lo que le estaba obligando a hacer a su familia, a ese pequeño núcleo de calor y felicidad que había sido su vida durante los últimos diez años.
Apretó los puños y, tratando de que la voz no le temblara, miró de nuevo para su hijo, con la determinación reflejada en su bronceado rostro.
―Shinachiku―el niño se puso tieso al escuchar el tono serio de su padre―, sé que no quieres, hijo, y si por mí fuera no lo harías, no tendrías que verla. No hasta… hasta dentro de muchos años, al menos.
―Me dijiste que cuando fuese mayor, y solo si yo quería―dijo Shinachiku, recordando una breve conversación con su padre en la que, como todo niño, había sentido curiosidad y había preguntado. Había sido la única vez que se había aventurado a hacerlo, porque tan solo quería saber, nada más. Él ya tenía una mamá, la mamá más guapa y buena y cariñosa del mundo. No necesitaba otra que no lo había querido en su día.
―Lo que papá está diciendo―dijo Hinata, reanudando las suaves caricias en la cabecita del infante―, es que tu… otra mamá―le costó un mundo pronunciar esas palabras―está aquí, en Konoha. Ha venido para conocerte y… mañana… mañana la verás. ―Shinachiku volvió a abrir los ojos como platos.
Empezó a negar frenéticamente con la cabeza, abrazando con más fuerza a Hinata.
―¡No, mamá, no quiero! ¡Tú eres mi mamá! ¡Tú y solo tú! ¡No quiero otra mamá! ¡Ella no me quiere y tú sí! ¡Quiero quedarme contigo! ¡No quiero verla! ¡Nunca! ¡Tú eres mi única mamá! ¡No dejes que me lleve!―Hinata rompió a llorar sin poder evitarlo por más tiempo. Apretó el cuerpo de Shinachiku contra sí y hundió la cabeza en su rebelde cabello rubio.
―Shina-chan, no… cariño n-no… ―Sintió como otro par de brazos, más largos y fuertes, los envolvían a ella y al pequeño. Lloró más fuerte, sus lágrimas y sus sollozos mezclándose con las de Shinachiku.
Se dejó caer contra el pecho de su marido, mientras este los abrazaba a los dos, con la misma fuerza con la que ella abrazaba a Shinachiku.
―Nadie va a llevarte de nosotros, Shina-chan―dijo Naruto, ahora con voz firme, intentando que la furia no lo dominase. Iba a tener unas palabritas con Sakura en cuánto pudiese. Iba a dejarle las cosas bien claras y en botella. Por encima de su cadáver rompería en dos a su familia.
―Pe-pero…
―Nunca, Shina-chan, nunca pienses que nos van a separar. Somos una familia.
―T-tú… ¿t-te quedarás con mamá, verdad? ¿Con mamá y conmigo? ¿Y con Boruto y Hima?―Naruto le limpió las gruesas lágrimas que se deslizaban por su redondeada carita, sonriéndole con seguridad, con ternura.
―Claro que sí, Shina-chan. Jamás me iré de vuestro lado, y nunca, nunca jamás, dejaría a mamá. ―El pequeño seguramente hablaba a través de las experiencias de muchos de sus amigos y compañeros del colegio. Por desgracia, las separaciones y los divorcios estaban a la orden del día, de ahí el miedo que les estaba dejando ver.
―¿Lo prometes?―Naruto limpió las nuevas lágrimas que se le habían formado en los ojos y luego miró para su mujer, clavando sus ojos azules en ella, brillantes de determinación.
―Lo prometo. ―Shinachiku se frotó la cara para disipar los restos de su llanto y entonces miró para su padre, serio, con el brazo levantado, la mano convertida en un puño y el meñique sobresaliendo por encima de los nudillos.
Naruto sonrió y enganchó su meñique con el del su hijo. Shinachiku se lo agitó tres veces y luego, más tranquilo, sonrió.
―Ahora no puedes retractarte. ―Naruto asintió.
―Nunca me retracto de mis palabras.
―Y papá siempre cumple sus promesas―murmuró Hinata, sonriendo ahora ella también.
Los tres se sentían ahora más tranquilos, tras haber hecho aquella promesa que ambos integrantes del matrimonio Uzumaki sabían que se cumpliría.
Estarían juntos, por siempre jamás.
E incluso hasta la eternidad.
Sakura se retocó por milésima vez el peinado y la ropa en la última media hora. Había llegado casi una hora antes de la hora a la que habían quedado, temiendo llegar tarde si no estaba allí con suficiente tiempo de antelación. Reconocía que tal vez se había pasado, pero los nervios y el pánico a que algo fuera mal, o a que algo pasara en el último momento que le impidiera estar allí ese día, a esa hora, la habían hecho sentirse un poco más paranoica de lo que era sanamente admisible en un ser humano cuerdo.
Suspiró, mientras sus manos alisaban una vez más su vestido rojo de manga corta. Se había esmerado ese día con su ropa como nunca antes en su vida. Incluso había ido a la peluquería del hotel esa mañana y se había hecho la manicura y la pedicura, a pesar de que llevaba zapato cerrado. Se había pasado como casi dos horas en la ducha, lavándose el pelo, echándose acondicionador, crema hidratante, mascarilla, colonia, probando diferentes conjuntos y complementos…
Quería verse bien, guapa, cálida, cercana, amable. Quería verse como alguien a quién era fácil abrirse. La primera impresión era siempre la que contaba, al menos de entrada, y ella deseaba causarle la mejor a su hijo. No quería que Shinachiku se sintiese avergonzado de estar en público con ella, ni tampoco quería que se asustase o que no quisiese quedarse con ella.
La ansiedad le apretó el estómago y buscó en su bolso una de sus pastillas, tragándosela junto con un poco de agua. Desde que estaba en la cafetería de aquella plaza había pedido ya dos botellas de agua y una tila. El agua para no quedar mal con los camareros y la tila para que los nervios no la hiciesen entrar en crisis.
Escrutó a la multitud, buscando, esperando, con el corazón latiendo fuerte y rápido en el interior de su pecho. Por supuesto que tenía miedo, un miedo atroz: a meter la pata, a que algo saliera mal, a que ella no le gustase a Shinachiku…
Por fin, Sakura atisbó un destello rubio entre las decenas de personas que abarrotaban la vía pública. Conteniendo la respiración, se incorporó de su silla, apretando el bolso contra su cuerpo, con todos los músculos tensos. Sus ojos verdes no se apartaron de aquel borrón dorado, mientras este se acercaba, convirtiéndose poco a poco en un hombre adulto de piel bronceada y ojos azules como el mismo cielo. Sakura no pudo evitar fijarse primero en Naruto. Alto, delgado pero de músculos definidos, piel morena y porte tremendamente masculino. Algo le cosquilleó por toda la piel a medida que iba detallando todos sus rasgos.
Era guapísimo, los años no habían hecho sino acentuar y mejorar todo aquello que ya en la adolescencia había empezado a llamar la atención de muchas chicas, pero que ella había ignorado deliberadamente hasta que se dio cuenta de que podría perderlo, de que podría perder ese amor que él decía tenerle y que era lo único que aliviaba las profundas heridas que el constante rechazo de Sasuke le provocaba.
Tomó aire y esperó a que él llegara a su altura, no pudiendo apartar la vista de él. Las preguntas que tantas noches en vela le habían provocado volvieron a su mente con fuerza: ¿y si le hubiese dado realmente una oportunidad? ¿Y si hubiese hecho un esfuerzo real por corresponderle? ¿Se habría podido enamorar de él?
―Sí, lo habrías hecho, habrías caído perdidamente enamorada. ―Porque Naruto era de los que enamoraban. Con solo una de sus radiantes sonrisas, un gesto o una cálida mirada de sus preciosos ojos azules ya te tenía a sus pies. Estaba segura de que durante la universidad habría tenido más de una detrás de él, aunque habiendo visto lo enamorado que parecía de Hinata dudaba que ninguna hubiese podido tener algo con él.
Por las averiguaciones de su abogado, se había enterado que Naruto y Hinata llevaban juntos prácticamente desde el nacimiento de Shinachiku. En tan solo unos meses, Hinata había logrado llegar a su corazón, haciendo que él se diese cuenta de que sí, él también tenía sentimientos por ella, y le había dado una oportunidad de entrar, de explorar lo que ambos sentían el uno por el otro.
Y le había salido más que bien, porque, después de años y años, Hinata había conseguido al hombre de sus sueños.
Sacudió la cabeza, cortando sus dañinos pensamientos. No le hacía ningún bien darle vueltas a lo mismo una y otra vez, pero era algo que no podía evitar.
Tragó saliva cuando vio a Naruto casi a su altura. Desvió la vista hacia un lado, descubriendo una pequeña manita aferrada fuertemente a la del rubio mayor. Sakura siguió con el corazón martilleando en sus sienes aquel pequeño bracito, tan bronceado como el de su padre, hasta un cuerpo que parecía bastante alto para la edad que aparentaba, delgado y fuerte.
Siguió hasta topar con una carita redonda, adornada con unos ojos verdes, tan verdes como los suyos propios; casi lloró al percatarse de que el pequeño tenía sus mismos ojos, al menos había algo suyo en aquel pequeño al que ya amaba con todo su ser, que siempre había amado a pesar de que había tratado innumerables veces de negarlo, diciéndose que había hecho lo correcto, que había sido un error…
―Sakura. ―La voz profunda y ronca de Naruto fue la que la devolvió ahora a la realidad.
Parpadeó y forzó una tensa sonrisa en su dirección.
―Naruto. ―Luego, respirando hondo, clavó sus orbes jades en Shinachiku. Este se pegó aún más a su padre, agarrándose a su pantalón con la mano libre, como si fuese un niño pequeño asustado en busca de la protección de su progenitor. Ignorando este hecho, Sakura se agachó a su altura y, conteniendo las enormes ganas que tenía de abrazarlo, teniendo que apretar con fuerza sus rodillas para ello, hizo su sonrisa más amplia y relajada―. Ho-hola, Shinachiku… ―Se mordió los labios y respiró hondo una vez más, intentando que la voz no volviera a temblarle―. Mi nombre es Sakura, Sakura Haruno… ―El niño la miró y, durante unos eternos y angustiosos minutos, no apartó sus ojos de ella, observándola, analizándola, escrutándola con todo detalle.
Apretó con más fuerza la tela del pantalón de su padre y tiró de ella, mirando hacia arriba, clavando sus ojos verdes ahora llorosos en él.
―Papá, vámonos. ―Sakura sintió que el corazón se le caía a los pies y se rompía en miles de pedazos diminutos. Cerró los ojos, con la angustia reflejada en todo su rostro.
―Shina-chan…
―¡No, vámonos! ¡Me dijiste que no tenía porqué quedarme si no quería! ¡Ya la vi, ya la conozco! ¡Por favor, vámonos!―Sakura se llevó las manos al rostro, temblando mientras ahogaba los sollozos que pugnaban por salir de su garganta, ocultando así su vergüenza y su tristeza o, al menos, intentándolo.
―Shinachiku… ―Naruto tuvo que hacer grandes esfuerzos por no cumplir con la petición de su pequeño. Él también estaba deseando irse de allí. Quería coger a su hijo y largarse, no volver a Sakura en su vida. Si Hinata estuviese allí tal vez habría podido soportarlo. Su mujer siempre le daba fuerzas, era la roca en la que se apoyaba cuando todo iba mal.
Pero no había tenido valor para pedírselo cuando ella anunció que era mejor que fueran los dos solos. Y a pesar de que Shinachiku se había muerto de ganas por pedírselo, también, el niño había sido lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de que no podía hacerla pasar por una situación tan violenta como aquella.
Por nada del mundo iba a obligarla a aguantar estar en presencia de la mujer que amenazaba con destrozar a su familia. Sakura ya estaba metiéndose demasiado en su matrimonio; a pesar de que ambos hacían lo posible porque sus egoístas acciones afectaran lo menos posible a su vida y a su rutina era imposible librarse de su sombra, no del todo, al menos, no cuando ahora se veían obligados a tratar con ella quisieran o no.
Respiró hondo y dirigió su mirada a Shinachiku.
―Shina-chan, no podemos irnos… aún. ¿Acaso no le hiciste una promesa a mamá?―Shinachiku miró fijamente durante unos largos segundos para su padre, para luego asentir, lentamente, como si realmente no quisiera hacerlo.
Luego, se volvió a mirar nuevamente a esa desconocida que, al parecer, era su otra mamá. Apretó los labios y su mano libre en un puño, para luego hablar, con voz firme, intentando sonar como un adulto:
―Es cierto, estoy aquí porque le hice una promesa a mi mamá, a mi mamá de verdad. ―Con su vocecita todavía infantil, Shinachiku hizo hincapié en las dos últimas palabras, haciendo que los restos del corazón de Sakura se sintiesen como si los acabasen de pisotear.
Sakura esbozó una sonrisa trémula y tuvo que hacer un esfuerzo descomunal por reunir las fuerzas necesarias para hablar.
―L-lo entiendo, Shina-chan… ―dijo, en un hilo de voz apenas audible.
―No me llames así―espetó el niño, con algo de resentimiento―. Solo la gente que quiero me puede llamar así. ―Sakura asintió nuevamente, casi en automático.
―S-sí, v-vale… ―Se levantó con esfuerzo―. P-perdonad… ―Huyó. Como una vil y mísera cobarde, huyó.
Corrió a refugiarse en el cuarto de baño de aquella cafetería. Cerró con pestillo tras ella y se dejó caer contra la puerta, dando rienda suelta a su llanto por fin y arruinando así el elaborado y perfecto maquillaje que se había puesto ese día.
Estuvo ahí varios minutos, llorando, desahogándose en solitario. Luego fue hacia el espejo. Su reflejo le devolvió la mirada de una mujer derrotada, con las huellas de la tristeza y la impotencia en la piel de su rostro, con los ojos rojos e hinchados y churretones de lágrimas manchando sus pálidas mejillas.
Se lavó la cara lo mejor que pudo, se dio unos leves retoques de maquillaje para tratar de ocultar las marcas de haber llorado y se recompuso el cabello lo mejor que supo.
Luego, tomando aire y reuniendo el poco valor que le quedaba, abrió la puerta y salió nuevamente a la cafetería.
Sabía que no iba a ser tan fácil. No había esperado que el niño se lanzara a sus brazos de buenas a primeras, para llenarle la cara de besos mientras la llamaba mamá una y otra vez con alegría. No, claro que no.
Ese rol parecía pertenecerle solo y exclusivamente a Hinata, al menos de momento, se dijo. Tendría que luchar mucho y muy duramente para conseguir hacerse un hueco en el corazón de Shinachiku. Pero estaba segura de que con paciencia y mucha buena voluntad por su parte, y si no se rendía, podría tener su lugar en el corazón de su pequeño.
Así que para cuando llegó a la mesa en la que ella había estado pasando el rato y en la que se habían sentado Naruto y Shinachiku, ya tenía una enorme sonrisa en el rostro, como si lo ocurrido minutos antes no hubiese tenido lugar.
―Bueno… ¿os apetece tomar algo?―preguntó, sentándose en una de las sillas y dejando su bolso colgado del respaldo. Shinachiku la ignoró deliberadamente, centrando toda su atención en su padre.
―Papá, ¿puedo pedir zumo y tortitas? ¿Porfa?―Naruto sonrió.
―Claro, Shina-chan. Pero solo si prometes comerte después la cena que te preparará mamá. ―El niño sonrió ampliamente, con la misma sonrisa que tenía Naruto.
―¡Lo prometo!―Naruto buscó con la mirada a un camarero, pero Sakura se le adelantó.
―Ya me encargo yo―murmuró, haciéndole un gesto al chico que había estado atendiéndola antes de que los dos rubios llegaran―. Unas tortitas…
―¡Con nata, con mucha nata! ¡Y un zumo de piña!
―Shinachiku…
―¡Por favor!―El niño sonrió de nuevo. Sakura se quedó cortada, sin saber qué hacer o decir, por tan abrupta interrupción. Naruto suspiró.
―Para mí un café con leche, por favor. ―El camarero lo apuntó en su tablet y luego miró para Sakura, esperando.
―Un… otra tila, por favor. ―El chico asintió, lo apuntó en la pantalla táctil de la tablet y se dio la vuelta para irse, directo a la barra, a solicitar la preparación de la comanda.
―Shinachiku―empezó Naruto, con voz seria, mirando a su hijo con reproche―. No se interrumpe a la gente cuando está hablando. ―El niño pestañeó y se sonrojó por la reprimenda.
―Pero, papá…
―No, Shinachiku, eso no se hace. Pídele perdón a… a Sakura. ―Tras mirar a su padre con el rencor pintando en su rostro infantil se volvió a mirarla. Sakura sintió un vuelco al ver los ojos verdes de su pequeño fijos en ella por primera vez desde que había vuelto del cuarto de baño, aunque la estuviese mirando como si quisiera desintegrarla con su visión láser, en caso de que dispusiera de dicha habilidad.
―Perdón―murmuró, rechinando los dientes. Luego se sentó en su silla y cruzó los brazos sobre el pecho, desviando la vista a un lado y negándose a mirar a ninguno de los dos. Sakura no pudo evitar soltar una risita que ocultó tras su mano.
―No pasa nada―dijo, amable. Tragó saliva, buscando algo qué decir, cualquier cosa que le ayudara a romper el hielo―. Tú… e-eres muy guapo. ―Shinachiku la miró de reojo.
―Ya lo sé. ―Naruto tuvo que contener la sonrisa que pugnaba por salir de sus labios. Shinachiku no se lo estaba poniendo nada fácil a Sakura, y eso, aunque fuese un pensamiento mezquino, lo llenaba de orgullo.
Si Sakura creía que ganarse a Shinachiku iba a ser tarea fácil el niño ya la estaba sacando rápido de su error.
―Oh, claro que lo sabes, por supuesto… ―Sakura calló, haciendo esfuerzos por encontrar algún tema que pudiese despertar el interés de Shinachiku, aunque fuese simplemente porque el tema en sí le llamase la atención y no por querer hablar realmente con ella.
Deseaba conocerlo, saber lo que le gustaba y lo que no, si tenía algún miedo oculto, si tenía alguna comida favorita, su color favorito, su cantante favorito. Si practicaba o le gustaba algún deporte en especial, si ya sabía lo que quería ser de mayor, si tenía algún mejor amigo o amiga, si le gustaba alguna niña, su asignatura preferida en el colegio…
Todo, quería saberlo todo sobre él.
Abrió la boca, para formular la primera de muchas preguntas, pero entonces el camarero volvió con su pedido y, en cuanto puso un plato con una torre de tortitas frente a Shinachiku, este se olvidó de todo lo demás. Agarró el cuchillo y el tenedor y empezó a comer, entusiasmado, llenándose el rostro de nata en el proceso.
―¡Shina-chan, más despacio! ¡Que si te manchas luego mamá se enfada!
―Se enfadará contigo, no conmigo. ―Naruto entrecerró los ojos hacia el pequeño.
―Pero bueno, mira qué listo él―dijo, agarrándole el costado y simulando hacerle cosquillas. Shinachiku se encogió sobre sí mismo, riendo.
―¡Papá no, basta! ¡Me haces cosquillas!
―¡Ponte bien y come como es debido, jovencito! ¡O le diré a mamá que fuiste tú el que le dio azúcar a Hima el otro día!―Ante aquella amenaza, Shinachiku se puso ligeramente pálido y acató la orden de su padre, sentándose recto, arrastrando la silla más hacia la mesa y comenzando a comer como debía. Satisfecho, Naruto echó azúcar en su café y lo revolvió, regodeándose en su victoria. Tratar con sus hijos a veces no era tarea fácil, sobre todo porque ambos eran igual de testarudos y perseverantes que él mismo, y también estaban igual de apegados a su madre. Siempre parecía prevalecer lo que les decía Hinata por sobre sus propias palabras, aunque eso tampoco lo molestaba tanto como a veces les hacía creer.
En el fondo, prefería ser el malo a que lo fuese su esposa. Hinata era el pilar en el que él y los niños se apoyaban, en el que siempre encontraban refugio y consuelo. Y él era el de ella. Eso lo tenía bien presente.
―Se te da… se te da muy bien. ―Naruto miró para Sakura al escucharla hablar. Apartó enseguida su mirada, centrándose de nuevo en su café, revolviéndolo nuevamente.
―He tenido diez años y dos hijos más con una mujer maravillosa para practicar. ―No pudo impedir que las palabras salieran de su boca. Sakura se limitó a sonreír, triste.
―No… no me has perdonado, ¿verdad?―Naruto suspiró.
―En realidad sí, Sakura. Te perdoné en el mismo momento en el que Hinata me dijo "te amo" por primera vez, porque me di cuenta de que, si tú no te hubieras ido, entonces ella no habría entrado en mi vida, y tal vez yo seguiría sin darme cuenta de mis verdaderos sentimientos. ―Calló durante unos segundos. A su lado, Shinachiku había puesto la oreja, atento, sin dejar de masticar trozos de tortita en ningún momento―. Pero… perdonar no es lo mismo que olvidar. Y no puedo olvidar el daño que me hiciste cuando… cuando te marchaste; no puedo olvidar lo mal que se lo hiciste pasar a Hinata durante el instituto, algo a lo que yo también contribuí y por lo que me siento culpable todos los días de mi vida, y que aún a día de hoy sigo compensándoselo; no puedo olvidar la manera tan egoísta en la que me trataste, en la que nos trataste… ―Sakura agachó la cabeza.
Alargó la mano hacia su taza de tila y, no importándole que estuviera aún caliente, la destapó y asió el asa, llevándosela a los labios para beber un sorbo. Se quemó la lengua, pero el dolor le recordó que seguía viva, que estaba allí por un propósito, con una meta clara que tenía que alcanzar.
―Por eso he vuelto―susurró, clavando sus ojos verdes en él―. Para remediar… en la medida de lo posible… ese daño que sé que te hice. Si te sirve de consuelo, yo… no he sido feliz desde que te dejé y… me fui de Konoha. ―Naruto apretó la mandíbula, agarrando ahora él su propia taza y bebiendo de su café. El líquido amargo le bajó por la garganta, calentando su estómago y consiguiendo relajarlo un tanto.
Tenía que mostrarse a la altura de las circunstancias, no por él, ni por Sakura, sino por Shinachiku y, sobre todo, por Hinata. Su Hinata, la mujer que no se merecía nada de aquello por nada del mundo, la mujer que amaba y que lo amaba, la mujer con la que iba a pasar el resto de su vida.
Se aferró a esos pensamientos y a sus sentimientos para no perder el control, para no agarrar a Shinachiku y llevárselo de allí.
Estar con Sakura le hacía daño, no porque todavía sintiera algo por ella, ni mucho menos. Sino porque estar al tanto de su mera presencia hacía daño a dos de las personas a las que más quería en el mundo, y por extensión, eso le hacía daño a él.
―Es bueno saberlo―contestó al fin, tras varios minutos de tenso silencio―. Dime, Sakura, al menos, ¿obtuviste lo que querías? ¿Tu libertad? ¿Tu título de médico? ¿El prestigio que pretendías conseguir una vez te licenciaras?―El sarcasmo en la voz masculina la hizo cerrar los ojos, con dolor.
―Sí, pero… m-me di cuenta… de que no era eso lo que quería, lo que necesitaba… ―musitó. Naruto alzó una ceja.
―¿Ah, no?―Sakura negó―. ¿Y, qué si puede saberse te diste cuenta por inspiración divina que necesitabas?―Sakura tomó valor, obligándose a mirar directamente a esos ojos azules que en otro tiempo le habían profesado el más puro y sincero de los cariños pero que ahora tan solo reflejaban odio, dolor y resentimiento hacia su persona.
―A ti―susurró―. M-me di cuenta de que… te necesitaba a ti. A ti y a… ―miró para Shinachiku―… Shinachiku. ―Volvió a cerrar los ojos―. Lo siento―dijo, con la voz rota―. De verdad, lo siento, lo siento… ―Y rompió a llorar, ocultando el rostro entre sus manos.
Naruto ni hizo amago de consolarla, no movió ni un solo músculo para abrazarla o reconfortarla.
No. No se lo merecía, no se merecía su compasión ni consuelo por su parte.
Pero se dio cuenta de que, a su manera, Sakura también había sufrido, había llevado el peso de la culpa por sus acciones pasadas durante los últimos diez años, hasta que, al parecer, no lo había soportado por más tiempo.
Cerró los ojos y suspiró.
No, Sakura no se merecía nada de lo que él pudiera ofrecerle.
Pero, tal vez, sí se merecía la oportunidad de redimirse.
Si Shinachiku la quería en su vida o no, solo el tiempo lo diría. Pero si Sakura quería formar parte de la vida del niño había algo que tenía que tener claro.
Y era que madre solo había una. Y para Shinachiku ese puesto ya estaba ocupado.
Fin Capítulo 19
¡Wiiiiiiiiiiii! Una vez más...
¡FELIZ AÑO NUEVO!
¡QUE EL 2020 OS TRAIGA AMOR, SALUD, DINERO Y FELICIDAD! ¡SOBRE TODO FELICIDAD!
¡Y MUCHA SUERTE! ¡OS LA MERECÉIS TODA!
Ea, ya he cumplido (?).
Pues al fin la conversación con Shinachiku ha llegado. ¿Qué os ha parecido? Por si alguien quiere saberlo, la idea del cuento que Naruto y Hinata se inventaron para explicarle la verdad a Shinachiku cuando era pequeño la saqué de la experiencia de una amiga que tuve hace años (hoy por hoy hemos perdido el contacto). Ella era adoptada, pero siempre lo había sabido porque, precisamente, su madre se había inventado una historieta que le contaba cuando era pequeña, para que asumiera la realidad poco a poco y no de golpe y porrazo cuando ya fuese adolescente o adulta.
Nada más, tan solo queda la pregunta de siempre: ¿Me dejáis un review? Porque, ya sabéis:
Un review equivale a una sonrisa.
¡Muchísimas gracias por los suyos a: Guest, Marys y a Alesihr! ¡Gracias, de verdad, muchísimas gracias! ¡Os quiero!
*A favor de la campaña con voz y voto. Porque dar a favoritos y follow y no dejar review es como manosearme una teta y salir corriendo.
Lectores sí.
Acosadores no.
Gracias.
¡Nos leemos!
Ja ne.
bruxi.
