Glava 2: Dobro pozhalovat' v mir Viktor Valerik Nikiforov.

Diciembre 25 del año 1696

La música paró abruptamente y los curiosos no se hicieron esperar, el momento había llegado, el futuro de las Rusias estaba por abrirse camino en las entrañas de su madre y ser recibido por el nuevo mundo.

Lo que más daba de qué hablar del monarca era el cómo éste pareció olvidarse dónde y con quiénes se encontraba, pues el recato quedó de lado, más cuando se trataba de su reina, pues a penas ésta se sintió desfallecer, al zar no le importó tomarle en brazos y correr lo mas rápido que sus piernas le permitiesen.

Muchos otros aristócratas trataron de detenerle y dejar que alguien más llevará a la zarina a sus aposentos, pero el rey no lo permitió; hacía oídos sordos mientras andaba por los extensos pasillos, afligido y con el corazón hecho un revuelto por los quejidos de su pareja, quien buscaba pegársele más para tener algún consuelo.

—Aguanta un poco más, amor mío.

La Zarina sonrió con levedad al escuchar las palabras de su pareja, pero segundos más tarde su bello rostro se deformó en una mueca de dolor.

El eco de las múltiples pisadas resonaba en todo el pasillo,los más allegados al zar iban detrás de este, aún pidiéndole que se detuviera y alguien más se hiciera cargo, además de ver con malos ojos a una pareja de comerciantes, viejos amigos de ambos reyes e inclusive, para fortuna de ellos y desgracia de muchos, también por una joven pareja trabajadores del Palacio.

¡¿En qué momento habían aparecido?!

Muchos aborrecían que el zar y la zarina formará lazos de amistad con la plebe, personas sucias e ignorantes que trabajaban por años bajo el sol, haciendo trabajo arduo y desagradable. Pero ese no era momento para quejarse con el rey por su faltas.

Las puertas de la alcoba real se abrieron de par en par con ayuda de la pareja comerciante, dejando vía libre al zar para que entrara a los aposentos de la zarina, quien no dejaba de soltaré suaves y lastimeros quejidos a los que su esposo deseaba acallar de los curiosos.

—¡Llamen a las doncellas! —exclamó la esposa del comerciante.

La dama apresuro el paso para entrar, siendo seguida por la esposa del jardinero, quien amarro sus cabellos castaños en un moño y se arremangó las mangas de su vestido ocre.

Con toda la pena del mundo, ambas pidieron quedar a solas, no sin antes pedir a las doncellas por varias mantas limpias y agua caliente.

Después de ello dejaron a todos a las afueras mientras ambas mujeres se ponían en marcha para el alumbramiento, esperando a que el médico real llegara a tiempo.

Afortunadamente, luego de veinte minutos apareció un hombre de cabellos pelirrojos. El zar se sintió mas tranquilo y dejo salir el oxígeno que había estado conteniendo todo ese tiempo, ni tan siquiera se había dado cuenta de ello. Al menos con la presencia de Dmitri Babichev, además de la ayuda de Rosmerie y Hiroko, sabía que su pareja se encontraba en buenas manos.

—Mi zar, no se debe de preocupar. Recuerde que la reina es fuerte al igual que el bebé.

—Confío en Dios en que le sabrá guia.

El medico asintió y con una mirada le hizo saber que todo saldría bien, quizá así el monarca ahora estaría mas tranquilo, o al menos eso esperaban él y Fabián, quien ya se imaginaba al zar mordiéndose las uñas y todo por no poder calmar los nervios.

Las puertas finalmente se cerraron ante todos luego de que Dmitri entrase, solamente quedando con el Rey y los aristócratas a las afueras de ésta y en espera.

Los segundos fueron pasando con lentitud, llegando a los minutos que parecían horas y las horas que se volvían tortuosos siglos. Mikhail estaba prácticamente al borde del colapso por no saber nada de su pareja y primogénito.

—Todo saldrá bien. —La voz de Fabián le trajo de vuelta a la realidad. El castaño por igual tenía el semblante preocupado y sus esmeraldas tintineaban por los nervios.

—No puedo, no cuando no tengo noticias de ellos.

—Mantente firme, Mikhail. Hazlo por ellos.

Los zafiros de éste se fijaron en nueva cuenta con las esmeraldas del suizo, quien le mantenía fuertemente agarrado por los hombros. Sus orbes se deslizaron hasta llegar a los grandes ventanales, encontrándose con las fuertes ventiscas invernales que azotaban con gran ímpetu en toda Rusia.

Los demás hombres de trajes carísimos se mantenían a unos metros lejos de la presencia del zar, cuchicheando entre ellos mientras miraban de soslayo a aquel comerciante, juzgándolo con la mirada por tomarse tales libertades con el rey.

Pero ni Fabián o a Mikhail les afectaba, primeramente porque ellos mantenían una gran amistad desde jóvenes; además, Fabián estaba en deuda con todo lo que el gran monarca había hecho para ayudarle a él y su esposa a salir de las tierras suizas cuando se encontraban en sus peores momentos, dándoles así una nueva oportunidad para poder vivir tranquilamente en las tierras del rey.

En el extenso pasillo sólo se escuchaban los apenas audibles susurros y las fuertes ventiscas que silbaban.

—Estás muy helado —murmuró con preocupación al sentir la fría mano del azabache.

—Son los nervios —respondió, aunque sinceramente no sabía si era eso o porque el frío se estaba colando. De ser así, tendría que mandar a sellar cualquier agujero y evitar que su pareja sufriera de hipotermia.

Nuevamente ambos amigos se hacían los ignorantes al hecho de que eran vistos por varios pares de ojos y donde su buen amigo, Fabian Giacometti, trataba de llamarle la atención para calmarle los nervios. Aunque era más que obvio que nada serviría, no cuando Mihkail Sergei Nikiforov I seguía sin tener noticias sobre su pareja e hijo o hija.

Al menos se sentía tranquilo que era Dmitri quien ayudaba en el alumbramiento de Ivanna, así mismo como Rosmerie y aquella adorable mujer de descendencia asiática ayudaba.

Estaba en deuda con ellos.

Aún así, a pesar de tener toda la ayuda del mundo, aún así la calma no llegaba al pobre regente, quien miraba las horas pasar con tortura y los sollozos de su pareja perforaban sus oídos.

Pronto las agujas del reloj marcaron las tres de la mañana, siendo Navidad; pero en esos momentos no había dicha de seguir festejando por el nacimiento del pequeño Jesús como había hecho años atrás, no cuando la preocupación le carcomía.

Pero al zar ya no le importo nada más, por ende, y ante la presencia de aquellos tipos cuya única preocupación era buscar agradarle y llenar sus bolsillos con monedas de oro y plata, se postró sobre sus rodillas para orarle al Omnipotente.

Las exclamaciones de sorpresa no se hicieron esperar mientras miraban a su rey con las vestiduras rozando el suelo y los párpados cerrados.

"Oh Padre mío, que observas desde las altas cumbres del cielo; desde muy joven te he orado y he aceptado como único Dios. He luchado por seguir buenos ideales, por ayudar al prójimo y jamás manchar mis manos a menos que sea para proteger al inocente del puño del tirano, por eso mismo, pido de todo corazón que sepas guiar a Dmitri, que des consuelo y paz a Ivanna y permitas que mi hijo nazca sano y salvo. Por favor, Dios mío, te imploro con sinceridad, y aquí me tienes, sin pena o vergüenza, postrado a tus pies frente a las miradas atónitas de los demás hombres, todo esto por el bien de mi familia."

El tiempo seguía pasando y para lo único que se abrían las puertas era para dejar pasar paños limpios y agua tibia. Mikhail seguía en sus rezos, sin siquiera llegar a abrir los párpados de lo concentrado que estaba.

—Todos te estan viendo.

Fabián a este pasó ya no aguantaba las miradas de los demás; eran como fuertes y filosas dagas que se atascaban en su espalda e, inclusive el pobre Toshiya, aquel amable jardinero quien en más de una ocasión les había servido de cómplice en sus andanzas, se había mantenido callado y alejado para no incomodar, pues se era bien sabido de su amistad con el rey y muchos le miraban con desagrado. Ya era demasiado que la esposa de éste estuviera ayudando en el parto de la zarina.

—No es como si me importara —Abrió los ojos y alzó la mirada para posarla sobre la de Fabián mientras se ponía de pie.

Ambos hombres se mantenían en un duelo silencioso al que nadie se atrevía a interferir.

—No eres capaz de entender mi desesperación, Fabián, sólo espera a que algún día Rosmerie quede en cinta. Ahí entenderás lo que mi corazón siente en estos momentos.

De ahí el suizo no objeto nada más y prefirió quedarse en silencio, pero sin abandonar el lado del zar. Por otro lado, las cosas estaba igual de pesadas en el interior de la habitación.

Entre Rosmerie y Hiroko habían ayudado a la zarina a deshacerse de aquel vestido tan ostentoso y ponerle un camisón cuya tela era blanca, suave y delgada al tacto.

—Vanya, tienes que intentarlo otra vez.

—N-no... no puedo... —Su cuerpo dolía horrores, además de encontrarse perlada en sudor y con los cabellos pegándosele en la frente.

Ambas mujeres se miraron entre sí sin saber exactamente qué hacer para aliviar el malestar de la zarina, y ni aún cuando Hiroko ya era madre de una pequeña de tres años pudo mitigar los dolores de parto.

—Vanya, escúchame bien, debes pujar un poco más. Puedo ver la cabeza del bebé, así que no debes rendirte.

Inclusive el doctor Babichev buscaba cómo alentarte a que continuase, pero la tarea era ardua y su cuerpo ya no soportaba los fuertes dolores; sumándole al hecho que había acabado desmayándose en más de una ocasión.

—Vanya, inténtalo una vez más.

Los turquesas se elevaron y se clavaron con cansancio en los zafiros del médico. Nuevamente sus manos buscaron apoyo en las gruesas sábanas, así como los dedos de sus pies se aferraron, gritando por el dolor en sus entrañas al pujar y sentir como aquel pequeño ser trataba de salir.

—¡Una vez más! —volvió a pedir el de hebras rojizas.

Rosmerie se acercó a limpiar la frente de la pobre madre que desfallecía, mientras la de facciones asiáticas ayudaba al medico.

¡Finalmente la cabeza había salido!

Con delicadeza le fueron deslizando por el canal, utilizando los fluidos y sangre para que el bebé se deslizara con mayor facilidad.

Los fuertes gritos de la madre habían alertado a todo el mundo, helándole la sangre al zar, quien amenazaba con entrar en cualquier momento. Los gritos de dolor de Vanya, quien tenía el rostro coloreado en un intenso escarlata y las mejillas húmedas por el sudor y lágrimas que no había dejado de derramar, cayó presa en brazos de Morfeo por todo el esfuerzo que había hecho en todas esas horas.

La felicidad llegó a los corazones de los presentes en cuanto se escuchó el fuerte llanto del bebé, traspasando las gruesas puertas de roble hasta los presentes que seguían esperando.

El corazón del zar dio un vuelco de alegría cuando escucho el llanto de su hijo, y quiso correr a abrir las puertas para entrar y ver cómo se encontraban ambos.

—No debes —Se escuchó la voz del asiático, quien se había interpuesto. —Majestad, aún no debe entrar.

—Toshiya tiene razón. —Secundó el suizo y viendo de reojo a los otros aristócratas quienes murmuraban por lo bajo. —El zar no debe entrar a menos que la zarina dé la orden, recuerda que estás a la mira de muchos y esto sería una total falta de respeto.

Mikhail quiso renegar y mandar al demonio todas esas reglas sin sentido. ¿Porque un rey debería de esperar? Aún así, se mantuvo a medio metro de la puerta en caso de que Dmitri o alguna de las damas saliera a avisarle. Por mientras, se regocijaría con el llanto de su hijo. Era potente, de buenos pulmones; seguramente era un bebé con buena salud.

¿Pero como sería?

Ahora más que nunca deseaba entrar y poder conocer a su primogénito. ¿Sería un niño o niña? ¿De qué color serían sus cabellos y ojos?

Cientos de preguntas se formulaban en su cabeza y las ansias le carcomían.

—Seguramente lleva algo de ambos —musitó el asiático con tono amigable—. Mi señor, seguramente tiene algo suyo y de la reina, los bebés siempre suelen sacar algo de sus padres e inclusive de sus abuelos.

—De ser así, espero que tenga los ojos de mi amada reina o al menos sus cabellos. Me sería feliz ver en mi retoño su misma cabellera, como si de hileras de plata se tratase.

Rosmerie se encargó de limpiar y arreglar a la reina. Debía de verse presentable y, por ende, le fue a buscar un camisón nuevo de seda y en un hermoso tono celeste con volantes en el ares del cuello, mangas y bordes.

Mientras tanto, luego de que Hiroko limpiara al pequeño, el doctor Babichev se encargó de irle revisando; estaba seguro que el zar gritaría de júbilo al darse cuenta que era un saludable y energético varón.

Rusia por fin tenía un zavérich.

Luego de revisarle y encontrarle en perfecto estado, dejó al recién nacido en manos de la castaña. Aún debía revisar los signos vitales de la reina y luego salir a infórmale al rey.

Media hora después las puertas se abrieron, dejando el paso únicamente al doctor para llamar al zar y sus únicos dos allegados del momento. Con toda la pena del mundo Fabián y Toshiya se fueron asomando, yendo a tres pasos detrás del rey, quién tenía que acercarse al lecho donde yacía Vanya, ya más acondicionado y con el pequeño retoño en brazos.

—Rey mío, nuestro amado Dios nos ha bendecido con un saludable varón.

Decir que ver llorar a un hombre era patético se quedaba como una completa y vil falacia, pues si un varón demostraba su verdadero sentir, eso le hacía un hombre verdadero.

Lentamente fue acortando la distancia, quedando cerca del borde del lecho y pidiendo permiso para sentarse en ese.

—Vanya...

Zafiro y turquesa se encontraron en un parpadeo, para luego bajar la mirada hacia el pequeño bultito escondido en las sábanas y refugiado en los brazos de la madre.

—Viktor Valerik Nikiforov, aquél que es valiente y obtendrá siempre la victoria —recitó solemne y tomando al bebé en sus brazos.

Los acompañantes vieron con adoración aquella escena, que a los días fue mostrada a toda Rusia mientras ambos regentes se mostraban en uno de los balcones, anunciando con orgullo que Rusia ya tenía un heredero.

Las voces del pueblo no se hicieron esperar y todos empezaron a vitorear al pequeño príncipe, aclamando su nombre al unísono y con tono jubiloso.

¡Viktor Valerik Nikiforov!

¡Viktor Valerik Nikiforov!

¡Viktor Valerik Nikiforov!

Repetían una y otra vez mientras alzaban los puños y tiraban tiras coloridas de papel, incluso mandando enormes y ostentosos regalos por parte de los nobles, así como los pequeños y humildes que venían por parte del pueblo de Rusia.

Pero hasta el objeto más humilde, como una hermosa cuna de madera tallada por un viejo carpintero, había sido elogiada por los reyes y usada para el pequeño heredero.

El zar actual jamás despreciaría algo tallado con esfuerzo, e inclusive terminó premiando a aquel viejo que sólo contaba con la compañía de su nieto, dándole una vida más cómoda para que dejara de trabajar y por fin descansase.

Ahora que Rusia contaba con un heredero, sólo se esperaba que éste reinase con justicia de la misma forma en que Mikhail Sergeri Nikiforov lo hacía, quizá con la esperanza de cambiar aquello que influía negativamente en las cabezas y corazones de las personas.

Continuará...