Natalia (1)

La primera vez que mi madre me llevó a su trabajo, me enamoré. Sabía que eso era lo mío, estar rodeada de aparatos médicos y ayudar a las personas. Quería pasar en el hospital el resto de mis días. Pero para hacer eso tenía que dejar a mi madre en Forks e irme a la universidad… Y me dolía.

Mi padre nos había dejado solas cuando yo era muy pequeña, demasiado como para recordar algo del hombre… No es que quisiera, de cualquier modo. Pero que sólo fuéramos mi madre y yo, complicaba el dejarla sola en la ciudad e irme a estudiar. Tiempo después agradecería que mi mente estuviera metida en ese dilema. Porque una tarde, mientras mamá estaba en el trabajo en uno de sus ya acostumbrados turnos dobles, escapé de casa y me fui a sentar en la playa desierta. Como cualquier otro día en el que hubiera amenaza de lluvia, muy pocas personas andaban por ahí y los únicos que tenían animo de andar en el agua, se marchaban muy rápido.

Y así fue como pasó. Mi mente vagaba entre mis opciones, mis dedos se hundían en la arena mientras mantenía la mirada fija en las olas que se iban haciendo más y más grandes conforme la noche se acercaba… Luego, cuando estaba a punto de regresar y darme por vencida sin encontrar una solución, algo llamó mi atención. O quizá era más correcto decir que alguien lo había hecho.

Para nadie era secreto que Sam Uley andaba por ahí con sus compinches todo el tiempo, muchos creían que las drogas eran las culpables de que varios chicos anduvieran tras él como perros, aunque nadie estaba completamente seguro de qué sucedía con ellos. Pero si en algo coincidían las personas, era en que se comportaban de una manera bastante extraña, lanzándose del acantilado más alto, yendo en medio del bosque a altas horas de la noche, muchos habían intentado hablar con sus padres. Pero nadie parecía estar muy preocupado… Excepto quizá la madre de Embry.

En el momento en que mis ojos se alzaron cuando el grito llegó a mis oídos, un escalofrío recorrió mi cuerpo de pies a cabeza. Ahí estaban, encima del acantilado mirando como uno de ellos caía en picada al agua; desde donde estaba alcanzaba a distinguir que era Paul Lahote el que ahora se zambullía sin esfuerzo en medio de las olas salvajes. Arriba aún estaban Sam y Jared, que se preparaba para saltar, y un poco más atrás estaba Embry… Un jadeo entrecortado se escapó de mis labios mientras Jared caía y Sam le cedía el turno al cuarto chico. Había cambiado mucho en el último par de semanas, caminando por ahí con un simple par de pantalones cortos, sin camisa y descalzo, un tatuaje adornaba su brazo izquierdo y el cabello negro ahora estaba demasiado corto. Y, sin embargo, era el mismo chico con el que había compartido tantas clases, el mismo que antes me acompañaba todos los días al salir del instituto… El mismo que antes de pertenecer al grupo de Uley, era mi mejor amigo.