Unas palabras dulces
El vapor del agua caliente envolvía toda la habitación perfumándola con el tomillo del aceite de baño. Soma estaba sumergido con el agua apenas por encima del mentón, cerrando los ojos y dejándose embargar por la sensación de calidez que quitaba a su cuerpo el entumecimiento.
—Ciel va a casarse —susurró escuchando el eco que producía la enorme habitación.
Pensó que era extraño, se le figuró que hacía solo un par de días había llegado a ese país en búsqueda de su amada sierva, pero habían pasado los años, Ciel era ya un hombre y tomaría por esposa a su prometida como debía de ser. Tendrían descendencia, el condado sería heredado y la familia Phantomhive prevalecería.
Por unos instantes se preguntó qué tan apropiado sería que él mismo considerara aquella opción como viable.
¿Quería casarse?
Lo había pensado, sí. Había imaginado a Mena como una de sus esposas, no podía ser la primera debido a que era una vaishia*, e incluso su padre le había prohibido siquiera pensarlo porque representaba un reto a las leyes de Manu*, pero se habría casado con ella de cualquier modo.
El agua se enfrió mientras daba vueltas a todo lo que creía seguro y se había desvanecido. Se puso de pie, dejando que las gotas bajaran por su piel. Salió de la bañera alcanzando la toalla con la que se envolvió para no dejar escapar el calor que aún quedaba en su cuerpo. Permitió pasar a Agni que llevaba ropa limpia, y aunque quería preguntar de dónde la había sacado ya que ni siquiera eso habían dejado los mensajeros de sus hermanos, prefirió guardar silencio.
El mayordomo se acercó en silencio y con solemnidad, ofreciéndole las prendas blancas que guardarían su luto por los trece días siguientes.
—Se supone que no debamos estar aquí, ahora que lo recuerdo —dijo Soma permitiéndole que le ayudara a vestirse.
—Tampoco debería participar en los arreglos de la boda —completó su sirviente.
—¿Importa? La carta llegó hoy, pero sucedió hace dos meses. Ya han pasado los trece días del funeral.
—Usted recién empieza su luto —insistió Agni, aunque no dijo nada más.
Llegada la hora de la cena, y habiéndose dedicado a las oraciones de los ritos fúnebres, Soma bajó al salón del té encontrándose con que solo estaba Lizzy hojeando distraídamente un catálogo de telas, de donde debiera escoger la mantelería. Había muestras de lino, seda y algodón, del blanco puro al crema, pero ninguno parecía agradarle enteramente.
—Mamá piensa que debo hacer esto mientras ella y mi padre se encargan del resto —dijo en cuanto lo vio entrar—. Es aburrido —se quejó dejando el catálogo a un lado y sonriendo al tiempo en que le indicaba un lugar frente a ella para que le acompañara.
Soma avanzó en silencio, sin notar siquiera que se encontraba completamente fuera de su usual personalidad. No había reparado en aquello, no había notado que ni siquiera había pronunciado más que unas escuetas palabras, y del alegre y optimista príncipe no quedaba ni la sombra.
Tomó el grueso compendio de telas, pasando la punta de los dedos sobre la primera muestra, finalmente su mente reaccionó buscando algún tema de conversación.
—Pienso que cualquier cosa que se ponga en el salón, carecerá de importancia cuando entres tú, hasta las flores verán opacada su belleza.
Lizzy se sonrojó y rio tontamente para restar importancia al cumplido inintencionado que le había hecho.
—¡Qué cosas dices!
—En mi país las bodas son rojas —dijo cambiando el tema al caer en cuenta de lo incómoda que había puesto a la joven.
A Soma siempre le había parecido curiosa la forma en la que Lizzy parecía ser incapaz de aceptar un cumplido a su belleza, como si creyera que no era digna de elogio alguno a sí misma, más que sus vestidos o sombreros. Entendía en buena parte que se rehusara a aceptar que era casi adulta, no el motivo de ello, pero rehuir de la madurez que su cuerpo sin problemas demostraba, era parte de su naturaleza, como si quisiera ser una niña por siempre.
A él le gustaría serlo también.
Desvió la mirada hasta la mesa donde aún había algunas galletas de mantequilla, se aventuró a tomar una a riesgo de que Ciel entrara gritando que debía pedir las cosas y no tomarlas como si fueran suyas. Pero no le importó realmente, inconscientemente, una parte de él deseaba desesperadamente romper la coraza que encerraba su yo más jovial.
—De… de verdad —Lizzy había empezado a hablar, pero con cierto tartamudeo nada propio de ella. Soma la miró aún con la galleta en la boca y pudo ver claramente que estaba sonrojada —¿De verdad crees que soy… soy… linda?
El príncipe guardó silencio por unos instantes, ¿por qué preguntaba eso?
—¿Linda? —repitió tragando el bocado —No. Lizzy, ya no eres linda, eres hermosa.
La joven tuvo un escalofrío comprendiendo la clara diferencia que él había hecho con la selección de palabras, la que había usado para referirse a ella cuando la conoció a los doce años, y la que usaba ahora que cumpliría diecinueve.
Llamaron a la puerta y Sebastian entró cuando se le dio el permiso.
—La cena está servida —anunció.
El mayordomo pronto se retiró mientras los dos aún permanecían en sus lugares. Ella fue la primera en ponerse de pie, Soma imitó el gesto, pero antes de que pudiera salir, la detuvo apenas rozando su mano.
—No dudes de ello, nunca —agregó con seguridad y por primera vez en todo el día, ofreciendo una sonrisa, aunque débil, autentica.
Comentarios y aclaraciones:
*vaishia= tercera casta en el sistema hindú, Soma pertenecería -en teoría- a la segunda.
Una casta es la versión exponencialmente marcada de las clases sociales, e implica una división inalterable bajo cualquier circunstancia.
*Leyes de Manu= doctrinas antiquísimas del hinduismo.
¡Gracias por leer!
