La noche de las doncellas
—Quizás sea buen momento para explicarle a lady Elizabeth las funciones reales de los sirvientes —dijo Sebastian mientras servía la taza de té —. Le había pedido a Bard algunos detalles para la cena de esta noche. Afortunadamente, Agni le ha suplicado que le deje esa tarea ya que la cena es un evento del Príncipe, por lo que, y cito textualmente, no desea cargar esa molestia en los sirvientes Phantomhive.
El Conde entornó la mirada. No estaba seguro de querer hacerlo, aunque siendo su esposa, lo normal era que tomara el control sobre los arreglos domésticos de la mansión, tarea que hasta el momento recaía en Sebastian, con la activa participación de Agni desde que acogieron de nuevo a Soma en la casa.
Paula resultaba bastante competente en sus tareas, por lo que no sería de extrañar que en algún momento Elizabeth ya no pudiera ignorar el hecho de que su doncella tenía una torpeza sin igual en ese tipo de trabajo, que el cocinero no sabía cocinar, y el jardinero era incapaz de mantener nada con vida, mientras que el mensajero… hacía bien su trabajo, pero era bastante extraño.
—Supongo, pero no esta noche. Está demasiado feliz corriendo de un lado a otro para que todo esté perfecto.
—A lady Elizabeth solo le hacía falta un nuevo propósito en la vida.
Ciel lo miró con dureza, a lo que el otro solo se encogió de hombros.
—¿Va a quedarse a la cena?
—Pues sí, es mi casa —respondió de mala gana.
—Entonces iré a preparar un traje adecuado.
Diciendo eso, el mayordomo salió del despacho. Sin embargo, recién cruzaba el vestíbulo para llegar a las escaleras, cuando llamaron a la puerta.
Era demasiado pronto, y le horrorizó el hecho de que había más personas, además de la marquesa Midford, que poseían una noción tergiversada de la puntualidad. Aun así, se dirigió a abrir.
Una mujer, más o menos de la edad del Príncipe, con el pelo de un rubio ligeramente oscuro y rizado que se mantenía en lo que le pareció un moño mal hecho, coronado por un sombrero lateral de un escandaloso tono púrpura con plumas verde lima, a juego con el vestido de dos piezas que alternaba franjas de esos dos colores con negro, mitigando por muy poco el impacto visual que provocaba todo en su conjunto.
Llevaba, además, un gran bolso rojo que, por la postura que había adoptado para sostenerlo, debía de resultarle pesado.
—¿Es la casa Phantomhive? —preguntó con cierta angustia.
Reaccionando, el mayordomo se inclinó levemente.
—Así es, mi lady. Usted debe de ser la invitada del príncipe Soma.
—Alice Kingsleigh, encantada —respondió ella, aceptando el ofrecimiento para sostenerle el bolso —. Sé que es descortés llegar antes de tiempo, pero fuera de la ciudad es tan complicado ubicarse, que salí con demasiada anticipación por si me perdía.
—Entiendo que su cochero no tiene demasiada experiencia —respondió distraídamente.
—¿Cochero? Lo siento, no, de hecho, necesito por favor, que me ayude con Marmórea.
Sebastian miró detrás de ella notando a la yegua blanca que daba coces, meciendo la cabeza suavemente, comprendiendo, no sin cierta contrariedad, que ella había hecho el camino desde Londres, con ese vestido, montada en un caballo.
—Sí… por supuesto.
Llamó a Snake y le ordenó llevar a la yegua a los establos, asegurándose de que tuviera comida y agua mientras que él escoltaba a la invitada a un salón privado para que pudiera ordenarse lo mejor que pudiera mientras llegaba la hora de la cita.
—¡Alice!
El príncipe Soma asomó la cabeza por la baranda de las escaleras, bajando a toda prisa mientras que la muchacha se separaba del mayordomo para darle el encuentro, tomándolo de las manos en lugar de abrazarlo.
—¡Perdón por llegar antes! —exclamó entre risas —¡De verdad me daba terror perderme y llegar demorada!
—¡No importa! La suegra de Ciel es igual, así que ya está acostumbrado —respondió, enganchándola a su brazo—. Vamos con Lizzy, quiero que la conozcas.
Completamente estupefacto por tanta irreverencia, el mayordomo de la casa Phantomhive se quedó quieto, esperando alguna indicación, sin embargo, al darse cuenta de que estaba sobrando en ese lugar, se limitó a decir que llevaría el bolso de la invitada al salón-despacho del Príncipe, aunque no estaba seguro de que le hubieran hecho caso por su escandalosa conversación.
De pronto, Soma levantó la vista.
—¡Ahí está! —exclamó —¡La bella condesa Phantomhive! —continuó, extendiendo su mano como un presentador.
Elizabeth se quedó paralizada, desde donde estaba, pudo ver la forma en la que ambos se trataban con suma familiaridad, lo que le causó una inquietud que no fue capaz de entender por completo, y solo reaccionó cuando la joven se soltó del brazo de Soma para saludarle como era la costumbre al ser presentada ante un noble, con lo que rápidamente concluyó que, pese a no tener ascendencia aristócrata, estaba bien educada.
Saludó con toda la formalidad que pudo, agradeciendo el cumplido al ser comparada con una princesa de cuento y sonrió nerviosa, devolviendo el halago, pues en honor a la verdad, al margen de su excéntrico arreglo, le pareció bastante bonita. Le dio entonces, la bienvenida, como su madre le había recomendado hacer cada que alguien los visitara por primera vez.
Aceptando la otra mano libre de Soma, completamente colorada por lo extraño que seguramente resultaba el cuadro, se dispuso a ir con ellos al salón para esperar al resto de los invitados, pero ni bien estaban por dejar el vestíbulo, cuando llamaron a la puerta nuevamente.
Se trataba de Wolfram, por ende, Sieglinde Sullivan.
—Lo siento —se disculpó el mayordomo —, pero lady Sullivan deseaba hablar con Su Excelencia antes de la reunión formal.
Dejando escapar un suspiro, Sebastian simplemente abrió las dos puertas para que la dama pudiera pasar con todo el aditamento que, personalmente, consideraba innecesario para mover a alguien tan pequeña y ligera.
La inmensa araña mecánica que era lady Sulli avanzó por el vestíbulo hasta alcanzar al grupo, saludando primeramente a Elizabeth, que debió ponerse en puntas de pie, pasando por entre las piezas delanteras del artefacto para poder besarla, algo que también Soma hizo, solo que, al ser más alto, recibir su beso fue menos dificultoso
—Que feliz coincidencia que llegaras temprano, Alice —dijo Sulli haciéndole una seña a Wolfram para que se acercara con el maletín que llevaba —. Cuando recibí la invitación de Lizzy, tuve una revelación, e hice unos cambios al diseño original —explicó con emoción.
—Vamos al despacho —repuso Soma volviendo a prendar de sus brazos a sus dos acompañantes.
La condesa pareció resistirse un poco, pues ella no tenía absolutamente ninguna participación real en aquella reunión, sin embargo, Soma no la soltó, y los cuatro finalmente dejaron el vestíbulo.
—¿De verdad quiere quedarse a la cena? Promete ser bastante escandalosa.
Ciel miró de soslayo a su mayordomo. Había visto todo desde las escaleras, apenas escondido por una columna, con las manos firmemente sujetas de la baranda, tenso, casi molesto, pero si alguien le hubiera preguntado el motivo, simplemente habría sido incapaz de responder cuando menos a sí mismo.
—Sí.
Sebastian lo miró alejarse.
Definitivamente estaba frente a una nueva faceta suya que le estaba causando cierta intriga, sobre todo si sus sospechas iban bien encaminadas.
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