La tarde del sábado
Ran Mao se deslizó hasta el espacio que quedaba entre la mesa y el amo Lau, era tan delgada que pasaba sin problema. Hacerlo escandalizó un poco a los invitados, aunque no lo suficiente como para distraerlos del negocio que estaban pactando.
Las propuestas eran risibles, querían dinero, mercancía y favores a cambio de "considerar" lo que el amo pedía, y él, con su siempre presente sonrisa, se limitaba a llenarlos de halagos y promesas.
"Estos chinos" dijo uno en alemán a su compañero, aunque ella lo entendió perfectamente, "son tan estúpidos".
El amo Lau, con el falso acento de un extranjero que apenas hablaba el idioma, preguntó qué habían dicho, fingiendo no haber entendido.
—Que tiene una amante muy hermosa —respondió relamiéndose los labios.
—Oh no —repuso el amo Lau —. Ella no ser mi amante, ella ser mi hermana pequeña.
Se quedó callada, recargada en su pecho. Mientras que él usaba esa irritante forma de hablar, ella prefería fingir que no entendía más que el chino, sin siquiera profundizar cuál de sus variantes, a los extranjeros les daba igual que fuera mandarín, cantonés o cualquier otra variante. No soportaba la humillación que los ingleses amaban al tratar con alguien que creían ignorante. Sin embargo, eso usaba el amo Lau a su favor para poner atención cuando creían que no entendía, de ahí sacaba más información que de cualquier otro modo. Por eso mismo, nadie más que ella sabía que además de su lengua materna y el inglés, dominaba también el alemán, el francés y el árabe clásico.
"Cuando dejemos a este imbécil flotando en el río, no estaría mal cogerse a la zorra", dijo de nuevo el primer hombre, a lo que el otro asintió.
—Entonces —retomó uno de los invitados tras aclararse la garganta—, si nos entrega el anticipo, puede estar seguro de que en dos meses tendrá el primer embarque.
El amo Lau la miró, y le susurró trajera a las chicas. No hizo ningún comentario adicional, pues tenía la inteligencia suficiente como para no subestimar a las personas con las que trataba. Sin embargo, la mano tensa en su espalda le daba a entender que estaba demasiado molesto.
Ella saltó de su regazo y sabiendo que la miraban, contoneó un poco la cadera antes de salir, lo que resultó en un deleite para los dos hombres y los escoltas que los acompañaban.
No le gustaba la idea de dejar a solas al amo Lau con ellos, pero si quisieran intentar algo, lo habrían hecho en cuanto descubrieron que no había guardias en toda la casa, no se habrían detenido por una mujer.
Abrió la puerta corrediza y le indicó a la media docena de mujeres que ya era tiempo, ellas tomaron sus botellas de vino, whiskey y ron, y salieron con pasos apresurados, aunque silenciosos. Una se detuvo un instante para que una ayudanta le retocara los labios, pero alcanzó a las otras casi enseguida. No pudo evitar el mirar a la muchacha que se había quedado, la noche anterior había tenido que castigarla por espiar la reunión con el conde Phantomhive; el cardenal en su rostro se había vuelto casi negro, y aunque la inflamación había bajado, pasarían algunos días antes de que pudiera regresar a trabajar al burdel, lo que la ponía en una situación difícil, porque si quería permanecer en la casa y tener comida, tendría que pagar.
No dudaba que las otras le estuvieran dando algunas monedas a cambio de lavar su ropa y ayudarlas a arreglarse. El amo Lau era más generoso con las prostitutas que con cualquiera de las otras sirvientas, les dejaba quedarse las propinas y los regalos que les hacían sus clientes, por lo que podían permitirse ser solidarias con la nueva.
Le ordenó que limpiara la habitación, preparar a las chicas que el amo Lau requería, tomaba tiempo y trabajo, él ofrecía a sus clientes solo lo mejor, y mujeres sucias era algo que estaba en la calle, no en su local.
Regresó a la habitación donde ya podía escuchar el escándalo que devenía con la llegada de las mujeres y el alcohol.
Entró sin hacer ruido, tratando de no llamar la atención, aunque podría resultar innecesario, a una de las mujeres ya le habían quitado la ropa y la estrujaban como si quisieran arrancarle pedazos de la piel recién lavada con agua de rosas.
Ella gimoteaba, había aprendido a la mala que llorar estaba prohibido en el negocio. A menos que el cliente lo pidiera, siempre tenía que hacer parecer que lo disfrutaba, y tras largas horas en las que el amo Lau le enseñara pacientemente, había conseguido que esos gemidos fueran el escape que necesitaba para no salir corriendo, presa del horror.
El amo Lau le extendió los brazos y ella corrió hacia él. No le gustaba que los clientes la pidieran y normalmente no lo hacían cuando decía que era su hermana, por lo que se quedaba sentada en sus piernas mientras todo terminaba.
Aquello siempre le pareció la más extraña de las ideas inglesas.
Al principio, cuando recién llegaron a establecerse, el amo Lau les decía que era su favorita, pero los clientes insistían en tenerla de todos modos.
Después, trató de presentarla como su esposa, pero el resultado había sido peor, se ponían más pesados.
Fue cuando dijo que era su hermana, que súbitamente las peticiones habían parado.
¿Una esposa no era lo suficientemente respetable para ellos?
Se imaginaba que no. Alguna vez habían acudido a una subasta en un pueblo en la que un hombre había vendido a su esposa a cambio de un título de propiedad*.
El amo Lau estaba considerando comprarla, pero al final no lo hizo porque la mujer era demasiado rubia, sería difícil revenderla, además, se sospechaba que estaba encinta, y al amo Lau nunca le habían gustado los niños.
Excepto el Conde.
Desde la primera vez que lo vio, le dijo que estaba dispuesto a seguir a su lado mientras la sociedad que tenían se mantuviera equilibrada, si bien "equilibrada" era la palabra que menos calificaba la forma en la que el chico llegaba, exigía algo y apenas daba nada.
Pese a todo, a ella también le gustaba. Era adorable la forma en la que se contraponían la dulzura de su edad, la frialdad devenida de su pasado y la crueldad como perro de la reina.
Sabía que tenía por mucho, quince años, aunque su apariencia daba a entender menos, y esperaba ansiosa el día en que dejara de rechazar la oferta del amo Lau para procurarle los servicios en los que era especialista. Cuando ese día llegara, le pediría que la dejara ir, quería saber si detrás de aquel rostro delicado y el pulcro arreglo había un gato o un ratón, si el escándalo que armaba cuando se acercaba demasiado ofreciéndole su cuerpo era auténtico, o solo parte de su actuación como joven caballero respetable.
Miró el rostro apacible del amo Lau.
Todos actuaban.
El amo Lau.
La chica a la que el cliente había dado un azote con la palma de la mano.
Ella…
A veces, era aburrido vivir en Londres.
Entonces recordó que iba a salir, y girando el rostro hacia el amo Lau, no tuvo necesidad de decir nada, era como si él estuviera al corriente de sus pensamientos, solo le sonrió y se giró hacia lo que empezaba a convertirse en una orgía.
—Parece que lo disfrutan —dijo con su falso acento de chino torpe, dirigiéndose a los guardaespaldas, pero estos no dijeron nada, si bien se notaba su incomodidad a medida que se percataban que sus jefes empezaban a perder todo sentido de la realidad, como si estuvieran irremediablemente ebrios con tan solo unos tragos—. Ran Mao es para ustedes —agregó, hablando con naturalidad y una sonrisa que despertó todas las alertas de los hombres.
Para ese momento, Ran Mao ya se había puesto de pie y caminaba hacia ellos, con su andar suave que acentuaba el contoneo de sus caderas.
Sus ojos dorados se posaron enseguida en la mano de uno de los hombres que se había movido levemente.
"Va a tomar su arma", pensó, y enseguida saltó sobre él. Sin darle tiempo a los otros de reaccionar, tomó el revólver, poniéndose detrás de él para usarlo como escudo al tiempo en que le rompía los brazos.
Todo terminó pronto, y apenas sonó el primer disparo, las chicas se habían tirado al piso para evitar salir heridas, según se les había enseñado desde que habían sido iniciadas, y una vez que Ran Mao hubo sometido a todos, recogieron su ropa y dejaron la habitación.
El amo Lau suspiró.
—Mira todo el trabajo que hay que hacer — dijo—. Ahora hay que llevarlos a los coches.
Ran Mao tomó al primero por la chaqueta para arrastrarlo, pero el amo Lau la detuvo.
—Cámbiate el vestido, vas a salir con un caballero elegante.
No supo de quién se estaba burlando, si de ella o del mayordomo, pero lo del vestido lo había dicho en serio, así que fue a su habitación, estaba segura de tener algo apropiado.
Comentarios y aclaraciones:
*Busquen en Google: venta de esposas en Inglaterra.
Los ingleses eran unos bárbaros, no sé con qué derecho iban conquistando países con el fin de "civilizarlos".
¡Gracias por leer!
