La noche del sábado

Ran Mao nunca había necesitado ayuda para hacer nada. Desde que tenía memoria, y en ausencia de padres o algún otro familiar, se las había arreglado para atender sus propias necesidades, de modo que, cuando conoció al amo Lau, él simplemente se encargaba de proveerla de asuntos sin importancia como la ropa y las joyas, que llegaban con cierta regularidad.

Para ella, no había problema alguno si tenía que usar el mismo vestido todos los días, pero en atención al amo Lau, y siendo considerada con sus regalos, solía lucirlos tanto como podía, aunque eso era motivo de envidia entre las demás mujeres. Algunas veces las había escuchado quejarse de que ellas solo tenían tres vestidos y baratijas de vidrio y latón.

No entendía el motivo por el que eso era tan importante, después de todo, el oficio de las prostitutas requería que se quitaran todo al momento del trabajo, mientras que no concebía una forma lógica en la que una sirvienta pudiese hacer sus tareas con algo de lo que ella tenía.

Sacó un vestido nuevo, que esa misma tarde le había regalado el amo Lau, un qipao de seda roja con brocado dorado de crisantemos, cuello tipo hoja de loto con las mangas recortadas, y una sola abertura lateral llegaba hasta la cintura, en donde había una flor de seda dorada.

Se calzó los zapatos a juego.

Tenía que reconocer que esos le gustaban, se acomodó en el taburete levantando los pies, sosteniéndose solo con la cadera. Eran inusualmente cómodos, algo que no era muy frecuente en la moda; suaves, pero ajustados a su talla, podría ir caminando de vuelta a China con ellos sin quejarse en absoluto.

Una vez vestida, pasó a peinarse. El amo Lau le había regalado un juego de peines de plata, según le explicó, era lo que se podía considerar apropiado para estar en el tocador de toda dama, y aunque estaba recelosa de usarlo en lugar de su peine de madera, había descubierto que las cerdas de jabalí evitaban que su pelo cobrara vida propia, saliéndose del peinado. Las demás decían que también le daba suavidad y brillo, pero eso no era importante realmente.

Empezó tejiendo las trenzas. Era capaz de lograrlo en menos de dos minutos apenas mirando, para luego recoger todo en dos moños que sujetó con horquillas, luego los envolvió en lazos con borlas doradas que caían hasta sus hombros.

Sin perder más tiempo, salió de su habitación, apresurándose para alcanzar a la comitiva que ya debería de estar en la cochera, acabando de acomodar los cadáveres de los alemanes.

—¡Justo a tiempo! —exclamó el amo Lau al verla bajar, extendiendo sus brazos, a lo que ella corrió a su encuentro recibiendo el beso en su frente—. Sebastian ya está aquí.

La tomó de la mano, pero en lugar de conducirla al coche, la giró hacia el otro lado, apresurándose a salir al jardín. Se detuvo frente a un arbusto de camelias, más alto que él, y cargado de flores de un color rojo carmesí intenso.

En toda la propiedad, había más de cien tipos de esas flores, incluso había una zona exclusiva que atendía las necesidades personales del amo Lau para el té. Decía que los brotes, era lo único que había llevado consigo al dejar su país natal.

Le vio cortar dos flores, retirarles las hojas y colocárselas, una en cada moño.

—Así está mejor —dijo, volviendo a tomarla de la mano para llevarla hasta el coche.

El mayordomo de la casa Phantomhive bajó del asiento, inclinándose levemente a modo de saludo, al tiempo en que le daba un cumplido a su arreglo. Ran Mao no le dio importancia en absoluto, se dio la vuelta pidiéndole al amo Lau que aguardara dentro de la casa, asegurándole que volvería pronto.

Él sonrió.

—No te preocupes por eso. Estaré trabajando con las chicas nuevas, así que no saldré.

Volvió a besarla y le deseó un buen viaje. Sebastian extendió la mano para ayudarla a subir, iría con él al frente, así que tomó su lugar, aunque no era especialmente cómodo.

—Mayordomo —llamó el amo Lau, aún con su sonrisa—. Tengo algo que pedirte.

—Descuide, cuidaré bien de la señorita —aseguró el otro.

—Gracias por eso, pero en realidad solo quiero que no le estorbes.

Sebastian sonrió de medio lado, asegurándole que no lo haría. Subió al coche ajustándose los guantes y colocándose el sombrero de copa. Azuzó a los caballos negros con las riendas y estos empezaron su marcha rompiendo el silencio de la noche.

—Si todo sale bien —dijo él —, estaremos de vuelta en poco menos de dos horas.

Ran Mao cruzó la pierna, dejando que la abertura del vestido se extendiera por todo el muslo y se recargó en el respaldo del asiento.

—No me puedo permitir tanto tiempo —respondió, algo que el mayordomo no creía posible que fuera a suceder, pues no era una mujer dada a las conversaciones. Ella era expresiva, muy a su manera, pero no con palabras, eso era un hecho.

—Entonces habrá que acelerar la marcha.

Así lo hizo, y aunque permanecieron en silencio la mayor parte del camino, el mayordomo no pudo evitar el darse cuenta de que ella no le había quitado los ojos de encima. Normalmente no le daría mayor importancia, estaba perfectamente acostumbrado a llamar la atención de las mujeres, pues parte de sus intenciones al elegir esa apariencia, era precisamente lograr eso.

Sin embargo, había algo inquietante en los ojos dorados de esa mujer que no le permitía que la sensación de saberse observado, simplemente pasara desapercibida.

—¿Sucede algo? —preguntó, mirándola de soslayo.

—¿Algo como qué? —preguntó de vuelta.

—Es solo que...

No continuó. No sabía cómo explicarle que tenerla a su lado, sentada en el reducido asiento de un coche de tiro con cadáveres en la parte de atrás, y que lo único que ella hiciera era mirarlo, tocaba nuevos panoramas en su experiencia con humanos.

Se aclaró la garganta, dándose cuenta de que habían llegado al distinguir a un hombre de pie con un farol en la mano, subiéndolo y bajándolo tres veces.

Antes de que pudiera hacer nada, Ran Mao pasó sobre él, moviendo el farol que colgaba del lado del conductor repitiendo el patrón invertido, y aun antes de que los caballos se detuvieran por completo, dio un salto para bajar, adelantándose con sus pasos cortos y apresurados con los que daba la impresión de ir en puntas de pie.

"Como una gata", pensó él.

Sebastian bajó del coche, se quitó el sombrero dejándolo en el asiento junto con la bufanda que conformaban la etiqueta requerida para un conductor y le dio alcance en poco tiempo.

El hombre de la linterna les ordenó que se detuvieran, pero Ran Mao no le hizo caso, continuó su camino como si el sujeto no existiera, intentó detenerla tomándola por el brazo con algo de brusquedad, pero solo acabó de rodillas, sin aire.

—No le estorbe a la señorita, por favor —dijo Sebastian, haciéndose a un lado, preguntándose el motivo por el que estaba ahí, si claramente Ran Mao era una de las pocas personas capaces de hacer sola cualquier cosa que se propusiera.

La joven siguió su camino, girando el rostro a un lado y al otro, buscando hasta que encontró una puerta detrás de una torre de palets frente a una gran bodega, que abrió con un empujón, como si fuese su propia casa.

—Buenas noches, Herr Schnitzler viene en camino, pero me pidió adelantarme para informarles que ha declinado su oferta, no obstante, le interesa la mercancía, así que nos la llevaremos —dijo Ran Mao en correcto alemán, tomando por sorpresa al mayordomo, que no tenía idea de sus habilidades lingüísticas, o que en general fuese capaz de decir oraciones tan largas.

Como era de esperarse, los hombres se pusieron de pie y en cuestión de segundos los disparos no se hicieron esperar.

Sebastian se movió, extendió el brazo para tomar a Ran Mao y apartarla, pero enseguida se dio cuenta de que era innecesario, y le pareció inconcebible que fuese capaz de moverse a esa velocidad, como si pudiese ver el trayecto de las balas y las esquivara como si simplemente estuviese esquivando a la gente en un salón de baile.

Los dos llegaron al otro lado de la bodega dejando estupefactos a los hombres que buscaban recargar sus armas.

Ran Mao extendió la mano, tomando uno de los fusiles que se encontraban sobre una caja de embarque. Lo examinó con calma, como si no estuviera a punto de recibir una segunda oleada de disparos.

—Señorita —inquirió Sebastian.

—Mi nombre es Ran Mao —dijo sacudiendo el fusil con el ceño fruncido —¿Por qué no dispara? — se quejó.

—Es un Mauser, el seguro tiene tres posiciones.

Ran Mao ni siquiera parpadeo cuando finalmente consiguió un tiro que dio directo en la cara de uno de los hombres.

Entre maldiciones y más disparos, la escaramuza continuó unos instantes más, hasta que quedaron solo ellos dos. Ran Mao tiró el fusil al suelo, luego se levantó el vestido, dejando entrever su ropa interior, una minúscula pieza de seda que no cubría más que lo que el vestido ya dejaba a la imaginación. Sebastian desvió la vista sin saber exactamente porqué, quizás solo una costumbre arraigada de los códigos sociales, pero al darse cuenta de que solo había sacado un pequeño saco rojo que estaba sujeto a su pierna por una liga que sí cubría el corto vestido, se dio cuenta de su absurda reacción.

Ella sacó un botón dorado con un monograma en alto relieve, dejándolo caer en el suelo.

—Un jovencito escapó —dijo Sebastian—, iré por él.

—No —dijo Ran Mao moviendo apenas con la punta de su zapato, la mano de uno de los hombres que yacía a sus pies—, el amo Lau dijo que alguien debe sobrevivir y decir que Herr Schnitzler estuvo aquí.

—Lo que ese chico va a decir es que una mujer de vestido rojo y un hombre vestido completamente de negro estuvieron aquí —dijo, de nuevo consternado por la forma en la que, con toda naturalidad había devuelto el saquito al escondite entre sus piernas.

—Yo dije que Herr Schnitzler venía en camino.

Sebastian hizo un gesto apenas perceptible, pero no dijo nada mientras ella tomaba una de las enormes cajas de madera en la que había más armas, pareciendo irreal que alguien tan pequeña pudiese levantar tanto peso sin denotar esfuerzo.

Hizo lo mismo caminando detrás de ella, adelantándose para bajar los cuerpos y hacer espacio para llevarse las armas.

Entonces, de entre todos los cuerpos, pasando de largo el de un hombre alto vestido de negro en un burdo intento de emular su uniforme, sacó a una mujer con un vestido similar, incluso el pelo recogido de la misma manera.

Tenía el rastro de una bala en el cuello y un moretón que le cubría desde el ojo derecho hasta el mentón. Giró la vista hacia Ran Mao, por una fracción de segundo notó un brillo en sus ojos que desapareció en un parpadeo.

"Entonces sí parpadea", pensó con sorna.

—Los occidentales son completamente incapaces de diferenciar a un asiático de otro —dijo quedamente.

Sebastian solo asintió.

No había visto unos ojos así jamás, ni siquiera en Maylene, que era de las pocas mujeres que conocía con la determinación para cumplir una misión sin importarle los medios y llegando hasta las últimas consecuencias.

Tuvo curiosidad sobre ese atisbo de emoción que se obligó a reprimir y sonrió para sí mismo.

Hasta hacía unas horas estaba convencido de que Ran Mao era intrigante, pero estaba dispuesto a demostrar que era tan humana como cualquiera.


Comentarios y aclaraciones:

Muchas gracias a Danya y CandyChristmas34, espero no decepcionarles.

¿Alguien además de mi cree que Ran Mao es adorable?

¡Felices fiestas!

¡Gracias por leer!