La madrugada del domingo
La luz amarillenta de las llamas pronto se volvió visible a la distancia. Ran Mao giró el rostro, mirando desde el otro lado de la rivera a los bomberos pasar. Con cierta curiosidad, a medida que la dirección del carruaje cambiaba, ella acabó por trepar en el asiento para llegar a la parte alta, sentándose a mirar el fuego.
Sebastian levantó la mirada con una ceja arqueada, y por primera vez en mucho tiempo, se preguntó ¿en qué estaría pensando? Normalmente siempre estaba al corriente de los pensamientos de un humano.
Le costaba trabajo creer que lo estaba disfrutando, esa minúscula expresión de desconcierto al ver el cadáver de la muchacha, daba a entender que la muerte no le era del todo indiferente, reconoció en ese momento que no comprendía que hacía ella junto con los otros cadáveres, y quizás la conocía, pero de igual forma la dejó como un simple saco en medio de la masacre.
La casa de Lau apareció en su campo de visión, Ran Mao se deslizó hacia el asiento, y de nuevo con los ojos fijos en él. El mayordomo consideró la opción de que, como hacía él, ella se dedicara a hacer conjeturas sobre lo que pasaba por su cabeza y su relación con la muerte.
Uno de los sirvientes les dio el encuentro hablando en chino a otros mozos para que ayudaran a bajar el cargamento que llevaban, y asumiendo que su trabajo había terminado, solo le restaba despedirse de Lau, como parte de un protocolo social.
Ran Mao no le permitió ayudarla a bajar, de un salto se puso en marcha hacia la entrada principal, con ese andar suyo tan característico, y sin dudar, fue detrás.
Subieron las escaleras, pero en lugar de dirigirse al salón en donde normalmente le recibía, giraron hacia el otro lado que, a juzgar por el arreglo y la falta de empleados, se trataba del ala privada. La joven abrió la puerta, quedándose al costado para permitirle el paso, cerrando a su espalda una vez que estuvo dentro.
—¿Demorará mucho? El amo Lau, me refiero.
Ella solo lo miró. Sus enormes ojos dorados resplandecieron mientras que la expresión inalterable de su rostro no hacía más que provocarle una inquietud que, hasta el momento, desconocía cómo interpretar.
De pronto, Sebastian se percató de que no se encontraban en ningún salón de recepción, de té o para fumar, era sin más una recámara, y cuando Ran Mao llegó frente a él, a escasos centímetros, fue consciente de lo que sucedía, o lo que estaba por suceder, en realidad.
Cayó de espaldas sobre la cama, más baja de lo usual en el diseño de muebles occidental, pero sin llegar al estilo del tatami japonés, con ella sentada a ahorcajadas en su cadera, cerrando las piernas para inmovilizarlo, luego levantó las manos para quitarse el lazo de los moños y usó esos para colocarlos en las muñecas del mayordomo.
Aun cuando estuvo bien asegurado al cabezal de la cama, él seguía sin ocurrírsele nada que decir.
No trataba de convencerla de nada, apelando al despecho o la falta de atención de otro hombre al que pretendería reemplazar, tampoco quería obtener ninguna información, así que se limitó a mirar la suma delicadeza con la que le estaba quitando el corbatín, desabotonando sus ropas cuidadosamente, como si temiera romper algo. Desprendió la cadena del reloj de bolsillo, tomándolo entre las manos y estirándose para ponerlo sobre la mesa de noche.
Enseguida volvió su atención a él, apartando la ropa tanto como podía debido a la sujeción por las muñecas. Lo miró con detenimiento, y pasó la punta de sus dedos por el torso expuesto.
Tenía las manos frías, y las uñas ligeramente crecidas, muy finas, por un instante creyó que se las iba a clavar, sin embargo, simplemente se inclinó hacia el frente. Estaba seguro de que iba a besarlo, así que levantó levemente el mentón. Era bastante bueno, por lo que seguramente jamás iba a poder olvidarse de eso.
Sus labios quedaron en el aire, Ran Mao pasó al lado. En efecto, lo había besado, pero lóbulo de la oreja.
Su respiración tranquila y acompasada le hizo dudar sobre sus intenciones, al menos hasta que volvió a incorporarse, recargando una mano en su pecho mientras hacía un movimiento con las caderas para continuar con su tarea de sacarle la ropa y enseguida dedicarse a preparar, tanto su propio cuerpo, como el de él, todo, manteniendo la mirada.
Ran Mao se mordió el labio inferior cuando obtuvo lo que quería, para nada decepcionada por lo que daba a entender con esa única expresión, acompañada de un subsecuente suspiro que se convirtió en un gemido bajo.
Sus primeros movimientos fueron lentos, y Sebastian concibió el fugaz pensamiento de que estaba tratando de no lastimarlo, lo que no carecía de lógica colocando su fuerza y agilidad en comparativa con la de un hombre promedio. No obstante, atendiendo una súbita e inexplicable necesidad de darle a notar que él no era como el hombre promedio, Sebastian flexionó una pierna para apoyarse, levantando la cadera con cierto apremio. Ran Mao tensó los músculos de su pelvis con tal fuerza que dificultó la penetración, aunque solo un momento antes de volver a dilatar lo suficiente como para permitirle entrar tan profundo como era posible.
Habiendo comprendido la idea, ella pronto aceleró el ritmo, tensando y relajando alternadamente mientras subía y bajaba, respirando cada vez con mayor dificultad. En algún momento apartó las manos de su pecho, dándose cuenta, al sentir un soplo de aire frio, que la temperatura de sus cuerpos había incrementado, por lo que era seguro que necesitaría sacarse el vestido, por corto y ligero que fuera.
Sin embargo, lo único que hizo fue desabotonar el cruce asimétrico que iba del pecho a su hombro izquierdo, y que era lo que mantenía el vestido sujeto a sus senos que enseguida tomó con sus manos, presionándolos a la vez que estimulaba sus pezones con los dedos, ahogando sus jadeos con una naturalidad inaudita.
—Yo puedo hacer eso.
Sebastian encontró su propia voz chocante en el solemne silencio en que se habían hundido, así que no objetó cuando ella bajó una mano para colocar el dedo medio y el índice en sus labios, manteniéndolos así durante un instante antes de volcarse de nuevo a sí misma, echando la cabeza hacia atrás mientras atendía los estímulos de su cuerpo.
Saber que había pasado de sujeto a objeto, le produjo al demonio una sensación extraña, aun así, permaneció quieto, en la posición en que lo había colocado y no hizo ningún ademán por tratar de intercambiar la situación. Aunque ella lo estaba sujetando con esa anómala fuerza suya, realmente no tendría problema alguno para girarse dejándola debajo y mantenerla así, por mucho que se esforzara por impedirlo.
Se preguntó a sí mismo si quería hacerlo, si quería ser partícipe. A medida que la miraba, que la sentía, que la humedad entre sus sexos unidos fluía con indecorosa insistencia, sin mendigarle que sanara un corazón herido, esa sensación extraña apareció nuevamente. Estaba demasiado acostumbrado a beberse el despecho, la tristeza y la soledad, a seducir almas frágiles para descubrir sus secretos. Y a las prostitutas también, que habían renunciado al placer de su cuerpo y se conformaban con fantasear con un cliente que no les pegara y pagara sin regatear.
De pronto, Ran Mao se detuvo, se deslizó hacia abajo y no pudo evitar el mirarla, con el ceño levemente fruncido, preguntándose si eso había sido todo.
Le sorprendió sentirse molesto ante tal pensamiento, si bien no era la primera vez que le era negada la satisfacción al tener su cuerpo un nivel diferente de respuesta a los estímulos que el sexo podía ofrecer. Pero antes de que pudiera siquiera mover las muñecas para soltarse del agarre, ponerse en orden y volver a la mansión, esa sorpresa se vio incrementada cuando Ran Mao le hizo levantar las caderas.
Sus labios fríos, suaves y ligeramente húmedos, lo tomaron desprevenido. En su larga existencia, podía contar con una sola mano a las personas que le habían provocado la reacción que tuvo en el momento en que hizo espacio suficiente en su boca para recibirlo en toda su longitud, y a medida que hacía más presión, sintiendo el roce de sus dientes, la idea de que en ese preciso instante podría simplemente morder, no logró otra cosa sino hacerle comprender finalmente qué era lo que le inquietaba de esa mujer: era plenamente dueña de sí misma.
Era el tipo de persona que jamás lo iba a necesitar, que jamás lo iba a ansiar, porque todo lo que pudiera querer, lo conseguiría por sí misma, de una forma u otra.
Con esa nueva comprensión, relajó los hombros, hundiéndose en el almohadón, dejándose hacer. Él nunca había conocido a una bruja real, pero si existieran, sin duda serían como ella.
Comentarios y aclaraciones:
Es cosa de inspiración, supongo.
El manga no nos dio detalles sobre las habilidades de Ran Mao en este tipo de menesteres, con todo y lo acontecido en el último capítulo, así que nada nos cuesta imaginar.
Quería romper un poco el molde de lo que tengo en el tipo de relación que Sebastian entabla con la mujer en cuestión de mis otros fics, espero lograrlo.
En fin
¡Gracias por leer!
