La madrugada del domingo
—¿Querida?
Sintió la punta de los dedos del amo Lau rozando su mejilla. Abrió los ojos con cierta dificultad, su cuerpo se sentía realmente cansado, pero con un atisbo de energía en su interior palpitando. Se estiró como un gato perezoso, retorciéndose entre las sábanas de seda.
—Dime, ¿estuvo a la altura de las circunstancias?
El comentario le pareció divertido, así que no pudo evitar esbozar una sonrisa que pasó a un gesto de morderse el labio inferior en cuanto esa mano bajó hasta su pecho, acariciándola con delicadeza.
—Nuestro querido Conde vendrá para tomar el té —agregó, inclinándose para darle un beso en el lóbulo de la oreja izquierda —. Supongo que quiere discutir los detalles no previstos, o quejarse de algo, sabes que le encanta eso.
El amo Lau aventuró su lengua por el cuello, dando un ligero mordisco en la clavícula que la hizo casi ronronear.
—Así que dime, ¿todo salió conforme lo esperado? —preguntó, tomando cierta distancia.
Ran Mao asintió con un movimiento de cabeza y enlazó sus brazos al cuello del hombre, atrayéndolo contra su pecho. Él no se resistió, simplemente hundió el rostro entre sus pechos, acomodándose como pudo en la cama, aspirando el olor que quedaba luego del sexo. Era raro que siguiera ahí, Ran Mao no soportaba estar sucia, y era bastante selectiva con los amantes que elegia, además de que no se quedaba en la misma habitación demasiado tiempo, precisamente por el olor.
Dejó escapar una risa en cuanto notó que ella empezaba a quitarle la ropa, enredando los dedos en su pelo, frotándose levemente contra él.
—Por todos los cielos, ¿qué te hizo ese hombre?
Ran Mao lo besó con la misma suavidad que siempre usaba con él.
—Ah, ya sé que hizo o, mejor dicho, qué no hizo. No te mimó como es debido.
El amo Lau la rodeó con sus brazos por la cintura, besándola en los labios, en las mejillas, en el cuello y los hombros.
—Lo intentó —dijo ella en voz muy baja, como un ronroneo —. Pero no lo dejé.
—¿Por qué? Me pediste un pretexto para separarlo de Ciel. Pensé que te gustaba.
Con las piernas enlazadas en la cintura del amo Lau y los brazos en su cuello, lo miró directamente a los ojos: tenía las pupilas dilatadas, con tal brillo que incluso el iris, parecía de oro puro. Tenía las mejillas encendidas, el pelo revuelto, y marcas rojas en la piel, especialmente en la zona de los pechos, su cintura y los muslos. Se veía tan hermosa, que no pudo hacer otra cosa sino acariciar su cabeza, admirándola como solo se podía admirar el arte.
—Porque él no es el amo Lau.
Sonrió con plena satisfacción ante esa respuesta y volvió a entregarse a la tarea de darle mimos, de tratarla con la delicadeza de una muñeca, enaltecido su ego al haber vencido al mayordomo de la casa Phantomhive, y se quedaron enlazados hasta que una sirvienta llamó a la puerta, anunciando que el Conde había llegado.
El amo Lau fue el primero en separarse, pero Ran Mao se decidió, tomó su rostro entre sus manos para volver a hacer que la mirara a los ojos.
—¿Puedo tener al Conde?
La risa grave, que pasaba a un tipo de sonido más parecido al de un reloj cucú mientras más se prolongaba, fue la respuesta que esperaba. A él parecía agradarle la idea. Volvió a besarla.
—Ese es un reto por demás difícil —le dijo —, y poco puedo hacer yo al respecto. Si te soy honesto, he tenido pensamientos al respecto de que nuestro querido Conde es más proclive a ceder a la pasión de la manga cortada.*
Ran Mao hizo un mohín. No esperaba eso en absoluto, pero mientras el amo Lau se vestía, su rostro volvió a iluminarse: acaba de tener la más hermosa de las ideas, y sus mejillas volvieron a encenderse. Giró sobre sí misma tratando de controlar la emoción, aunque su rostro apenas lo expresara, al menos a la vista de todos los que no la conocían.
—El amo Lau puede ser el botón de la flor, el Conde y yo, los pétalos que convergen en él.
El amo Lau se quedó perplejo, Ran Mao nunca deseaba nada, porque nunca necesitaba de nada, pocas cosas despertaban en ella una ardiente pasión, pero cuando sucedía, era con la entrega total.
Un estudiante de medicina, que había llegado al local con sus amigos celebrando un cumpleaños, fue quizás el primero.
Ran Mao era apenas mayor de lo que aceptaba para que empezaran a trabajar en el burdel, nada más verlo, los ojos se le iluminaron, y devotamente le entregó los restos de los trabajos que recién tomaba para que pudiese usarlos en sus clases de anatomía. La primera vez, él se escandalizó, la segunda ofreció pagarle, y cuando ella rechazó el dinero, la compensaba con flores y cualquier otro detalle.
Estaba seguro de que el muchacho la amó, con todo y que no había futuro para ellos juntos.
Cuando le atravesaron el corazón, durante una riña devenida de una rivalidad con un compañero de clase, Ran Mao lo vengó con tal intensidad que tuvo que prohibirle hacerlo de nuevo.
Luego vino un profesor de lengua inglesa, uno que quiso poseerla como quien posee un perro, obligarla a atarse a él, a obedecer y servir. A ese, él mismo tuvo que enseñarle sobre la gratitud y el respeto, pero ni siquiera en su agonía fue capaz de aprender, de apreciar lo dado desinteresadamente. Ran Mao desvió la mirada cuando le ordenó terminar con él, pero sin dedicarle nada más, salvo quizás un pensamiento. Ella comprendía que, si se había negado a aprender las lecciones del amo Lau, no valía la pena hacer más por él.
Un joven obrero de fábrica saió del molde de los hombres elegantes que solían llamar su atención, pero seguramente le agradaba su espíritu agudo, que soñaba con recorrer el mundo, y aunque no la visitaba seguido, por no poder pagar con holgura los costos de admisión, cada que lo conseguía, lo hacía con un ramillete de peonias con una rosa roja en el centro.
Apenas le decían a Ran Mao que había llegado, dejaba lo que estaba haciendo y se lo llevaba a su habitación, le daba de beber y comer, y cuando desfogaba su necesidad de sentirlo dentro de ella, simplemente lo acunaba en sus brazos por el resto de la velada.
Ella se encerró en su habitación por dos días cuando una de las chicas le dijo que había desposado a la hija de un ganadero, y se había marchado de la ciudad para tomar posesión de la dote.
No le sorprendió cuando llegó el turno de Sebastian. Pero todo fue diferente con él, sabía que lo quería para ella, que la simple atracción se había convertido en un deseo ardiente, pero no se acercaba, solo paseaba a su alrededor, como si anticipara el rechazo o, ¿sería quizás solo temor?
La belleza de Sebastian se inclinaba a la oscuridad, como algo que llama la atención en un callejón oscuro, esa necesidad de mirar cuando todas las probabilidades apuntaran a una apuñalada mientras despojan a uno del dinero y el reloj.
Cuando finalmente le pidió que acordara un encuentro a solas con él, incluso él sintió que la acompañaba en ese salto al profundo abismo que eran sus ojos negros, por eso le compró el vestido nuevo y aceptó el trabajo el trabajo del Conde, como un tipo de velada que encendiera la necesidad de acercarse a la vida, luego de exponerse a la muerte.
Si Sebastian era lo suficientemente astuto como para comprender a Ran Mao, se haría de la más valiosa y leal de las compañías.
La miró enternecido, desnuda, con el rostro encendido y los ojos cerrados, entregada a su fantasía, ahora le pedía al conde Ciel Phantomhive, y eso, o quizás la forma en la que lo imaginaba, la volvía radiante como un crisantemo dorado que emula el sol.
Entonces la amó más que nunca, más de lo que nadie se podría imaginar.
—Si eso es lo que deseas, así se hará.
Y el amo Lau se inclinó levemente, vencido como siempre, por su favorita. Aquella que regía su casa, a la que le encomendaba sus negocios, la encargada de extender en su nombre la mano de su crueldad y le confiaba su propia vida.
Aquella a la que amaba sin poseerla, porque, ¿quién puede realmente poseer a un gato? Su espíritu era libre, independiente e indomable, tanto que le hacía preguntarse, ¿por qué había decidido ser domesticada?
Salió al encuentro de sus invitados, pidiendo se sirviera el té a gustó inglés, y su sonrisa se ensanchó al percatarse de que la mirada del mayordomo se escabullía para buscar detrás de él, a alguien que esa tarde no aparecería.
—Duerme. Así son los gatos —dijo, provocando que el Conde levantara una ceja.
Por su parte, Sebastian solo pudo cerrar los ojos, sonriendo de medio lado al comprenderlo todo.
—Así son los gatos —repitió.
Comentarios y aclaraciones:
*La pasión de la manga cortada, hace alusión al emperador Ai Di, que prefirió cortar la manga de su túnica para no despertar a su amante, Dongxian, que dormía sobre ella.
En otras palabras, Lau dice que cree que Ciel es gay.
Señoras y señores, realmente les agradezco el apoyo a este extraño experimento, inspirado por una viñeta de un autor que no recuerdo.
Realmente me ha agradado mucho trabajar con Ran Mao, y quizás haga algo con Ciel en un futuro no muy lejano, después de todo, eso es lo que la chica quiere, ¿no?
Este fandom da para muchas perversiones, pero temo que debo decir que, en caso de esta gata, es el
FIN
Gracias a todos los que me dejaron un comentario, realmente me motivaron a seguir, a los que agregaron a favoritos y alertas, a los fantasmas también, ¡a todos!
Nos seguimos leyendo en El adagio del cuervo, La Mrigi del príncipe y, sobre todo, El amante de lady Middleford (que no tarda en despedirse también).
¡Gracias por leer!
