La vida en la isla era dura. Nadie había descubierto que era una chica. Quizá el cabello corto ayudaba. Todos la llamaban Bill. Sin embargo… ellos sabían que había algo extraño en él. Que no era como los demás. Por eso, la mayor parte del tiempo no se le acercaban o la ignoraban. Ella se quedaba sola, recolectando fruta o ayudando a construir los refugios, junto con Simon y Ralph.
Ralph no era un jefe horrible. O al menos Bill prefería tenerlo a él que a Jack. Al principio ella había pensado que era descuidado y no le importaban los demás. Pero esta primera impresión parecía ser errónea. Ralph había ordenado construir tres refugios, recolectar fruta, ir a recoger agua al río para llevarla al campamento. Incluso había nombrado a Jack jefe de los cazadores, lo que había sido muy útil para concentrar la energía del chico en una misión: Encontrar carne. Además, le daba un estatus alto dentro del grupo, y casi le hacía olvidar aquella bochornosa votación en la que había sufrido una derrota aplastante.
El mayor peligro para Bill era desnudarse y que los otros la descubrieran. Pero ella nunca se bañaba en el mar, ni siquiera se mojaba los pies en él, así que no había problema. Ella prefería el río, era más tranquilo y cristalino, en él no había monstruos. A veces Simon la acompañaba y se bañaba con ella. Él se había convertido en su mejor amigo, solo que a veces le gustaba estar solo, y desaparecía.
Otro de los problemas era que Jack y Ralph habían empezado a pelear. A veces por cosas estúpidas. Ella siempre intentaba apoyar a Jack, aunque no estuviese de acuerdo con él. Después de todo, él seguía llevando la insignia dorada, y además, era él el que había decidido guardar su secreto, pero un día, todo cambió.
-¡Tienes que superar tu miedo al agua!- Le dijo Jack. Más bien se lo ordenó.
-Pero…
-Pero nada. Ahora eres un chico, y los chicos no tienen miedo.- Jack agarró a Bill del brazo y comenzó a arrastrarla hacia la playa. De repente, la idea de estar en pleno contacto con aquel inmenso océano lleno de secretos y alimañas la dejó sin aliento. Ella comenzó a estirar hacia la selva para escapar del chico, pero éste era más fuerte que ella.
Jack, al ver toda la resistencia que Bill oponía, llamó a Robert, que se unió para arrastrar a la chica. Al poco tiempo, otros chicos que estaban alrededor también lo hicieron, tomándoselo como un juego, algo divertido.
-¡Bañemos a Bill!-Gritaban todos entre risas mientras la elevaron del suelo y la dirigieron a la orilla.
Sin embargo, no era un juego para Bill, sino que ella solo quería despertar en cualquier momento. Que alguien la salvase, como uno de esos príncipes de los cuentos, o uno de los valientes piratas de las historias que le encantaban. Pero nadie salvaría a Billie, porque en aquella isla sólo habían niños y, ante todo, ahora ella era un chico: Bill.
Bill comenzó a gritar, olvidándose de que supuestamente un chico no aullaba de una forma tan lastimera. Lo hizo con tan fuerte y con tanto horror que, justo cuando la iban a lanzar al agua, algunos de los chicos comenzaron a debatirse entre hacerlo o no.
-¡Soltadlo, dejadlo en el suelo!-Gritó una voz chillona.
Los chicos comenzaron a hacerlo y dejaron a Bill en la arena. Todo su cuerpo temblaba de forma salvaje. Sus ojos estaban abiertos, como si hubiese visto la temible serpiente gigante que vivía en el bosque. Desde la desaparición del pequeño con la mancha en la cara, algunos aseguraban que fue la serpiente quién se lo había llevado, y que luego esta murió en el incendio. Pero había otros que pensaban diferente, y unos pocos, siempre en susurros, incluso afirmaban haber visto la forma del animal deslizándose en las sombras de la noche. Los más pequeños se orinaban encima en lugar de aliviarse lejos del campamento durante la noche.
Alguien se acercó a ella y comenzó a darle pequeños golpes en el brazo para que reaccionase.
-No pasa nada. No van a meterte en el agua si tú no quieres.- Dijo una voz tranquilizadora. Bill levantó la cabeza para encontrarse con la mirada de Ralph.
Ella jamás había interactuado directamente con Ralph. Desde que lo había conocido, lo había observado de vez en cuando, pero el chico nunca había notado la presencia de Bill, ni mostrado el mínimo interés por ella, al igual que por la mayor parte del resto de niños. Él solía vivir dentro de su cabeza cuando no daba órdenes, perdido en su mundo privado en el que siempre había sido el rey.
No obstante, ahora todas las miradas estaban sobre Bill, y los ojos de Ralph, más cerca que los de ningún otro, la analizaban cuidadosamente. El susto casi hizo que ella se olvidase del gran miedo que había sentido unos minutos antes por el agua. Otro miedo mayor lo sustituyó -ser descubierta. Bill se levantó de golpe, trastrabilló, casi volviendo a caer, y huyó lo más rápido que pudo, sin mirar atrás y sin decir una palabra. A su espalda podía oír la voz de Piggy, que había estado vociferando reproches desde hacía un rato, sin que ella lo hubiese advertido.
-¡Sois unos salvajes!- Decía- ¿No veis lo asustado que estaba Bill? ¡No podéis hacer eso!...
Tras lo ocurrido, el hecho de que había algo raro en Bill era más evidente. Él era diferente, solo que nadie sabía decir por qué.
Jack observó toda la escena con el ceño fruncido. Había visto las miradas entre Bill y Ralph. También había visto como él se había quedado mirando a Bill mientras ella se alejaba a toda velocidad. Un sentimiento que le retorcía el estómago y le apretaba la garganta comenzó a formarse en su interior. El coro era su propiedad. Bill formaba parte de él, lo que quería decir que ella también le pertenecía. Así que ella tenía que alejarse de Ralph.
La ira ardió en los ojos del pelirrojo, pero tan solo uno de los chicos remarcó la fulgurante chispa en los ceñudos ojos del jefe de los cazadores. A Roger le pareció que aquel fuego en los ojos de Jack podría llegar tan poderoso como el que había arrasado con la mitad de la isla. En aquel momento dos sentimientos florecieron en el pecho del silencioso chico. El primero fue la curiosidad de lo que aquella llama podía traer a la mitad restante de la isla. Y el segundo, y más poderoso, el inicio de una gran admiración.
