Bill descansaba en una de las piedras del río, con el cuerpo medio sumergido, mientras Simon continuaba bañándose. Ella pensaba en Ralph. Últimamente ella siempre pensaba en Ralph.
Jack le había ordenado que no se acercase a él. Pero a ella ya le daba igual lo que Jack dijese. No estaba dispuesta a perdonarlo.
-¿Crees que le disgusto? O quizá piense que soy cobarde.- Le estaba diciendo a Simon. Él no le contestaba, estaba distraído bañándose, pero Bill sabía que la estaba escuchando.- Sé que soy un chico, y que los chicos no gritan o se asustan, al menos los valientes. Y de verdad que no quiero asustarme… pero es que cuando me acerco al océano… no sé. Una sensación horrible comienza a asfixiarme. - Bill se dio cuenta de que se había tensado contra las rocas al pensar en ello. Simon llegó hasta ella.
-Todo el mundo tiene miedo de algo.- Aseguró el chico.
-¿De qué tienes miedo tú?- Bill miró fijamente a los ojos ausentes del chico.
-A esta isla.
-¿Qué quieres decir? ¿A la serpiente?
-No... No es eso. Tengo la sensación de que si nos quedamos aquí mucho tiempo, algo malo va a pasar.- Un escalofrío recorrió la columna de Bill. Ella creía que a Simon le gustaba la isla. Después de todo, Simon era el único entre ellos al que había visto pararse a admirar a los insectos revolotear entre las flores, observar la luz filtrarse entre las hojas de los árboles, o escuchar el soplo del viento.
De hecho, los demás pensaban que Simon era extraño, al igual que Bill. Y que como los dos eran diferentes, por eso siempre estaban juntos y se llevaban bien. Pero de vez en cuando Simon desaparecía, y nadie sabía dónde se metía, ni siquiera Bill. A veces le costaba entender al chico, y cuando le hablaba lo notaba ausente. No obstante, a diferencia de Ralph, que parecía vivir en un mundo particular en su imaginación, Simon simplemente parecía perderse dentro de la naturaleza de la isla, como si fuera a fusionarse con ella. Bill temió por un momento que la isla le robase a Simon, su único amigo.
Simon salió del agua para vestirse y Bill no preguntó nada más respecto a su mal presagio. Justo cuando ya iban a marcharse, una manada de salvajes les rodeó. Su líder, de cabello rojo, se acercó a Bill.
-Es injusto que mientras nosotros estemos cazando vosotros os dediquéis a jugar en el agua. Ralph nombró cazadores a todo el coro.- Dijo Jack, con autoridad. Su piel ahora era rojiza y se estaba escamando en algunos lugares por las quemaduras. Su aspecto era cada vez más fiero y salvaje.
-Simon no puede cazar debido a sus desmayos. ¿O es que ya te has olvidado?- Contestó Bill, con todo el aplomo que logró reunir.
-Por eso aceptamos que Simon se quede ayudando a Ralph con los refugios. Pero tú no tienes ninguna excusa.
-Jack, tú siempre has dicho que yo no debería estar en el coro. Nunca te he caído bien y tú a mí tampoco me gustas. Me cortaste el pelo mientras dormía, y el otro día casi me lanzas al mar. En realidad yo nunca debí pertenecer al coro.- Le dijo.
-¡Solo intentaba ayudarte! Tienes que enfrentarte a tus miedos infantiles. - Gritó Jack acercándose a Bill. Ella retrocedió.- Dices que eres un chico, pero te comportas como una niña mimada. Y tienes razón. Jamás debiste pertenecer al coro. No eres una de las nuestras, pero me debes un gran favor.- Los ojos azules de Jack estaban clavados en los suyos. El miedo la tenía casi paralizada.- Después de todo, no he dicho a nadie quién eres en realidad. ¿Que piensas que pasará si todos se enteran?- Bill miró a los demás. Todo el mundo estaba en silencio. A ella le pareció ver que Roger estaba tratando de no sonreír.- Te expulsarán. Estarás sola, y morirás, la isla te tragará.
Tras escupir estas palabras, Jack le arrebató la lanza a Maurice, quién estaba a su lado, y la tiró al suelo junto a ella.
-Mañana te unirás a nosotros. Caza o muere.- Enunció Jack antes de salir de allí a la carrera, el resto de chicos corrió tras él. Maurice fue el último en alejarse, tras echar una última mirada a la que solía ser su lanza.
Al día siguiente Bill se encontró corriendo entre la maleza, persiguiendo a un cerdo mientras esquivaba todo tipo de ramas y lianas. Para su sorpresa… le gustaba. La sensación era sublime. Se sentía libre y salvaje mientras corría sin freno, acechando a su presa. Y para su sorpresa, era más veloz que algunos de los otros chicos del coro. Casi no lo podía creer. Por primera vez, ellos la aceptaban mientra corría en los francos de la manada. Por primera vez, se atrevió a soñar que ellos la tratarían algún día como a un igual.
-¡Delante tuyo, Bill!- Gritó una voz a su espalda. El gran animal comenzó a dibujarse entre la maleza frente a ella.
Ella mantuvo al cerdo en su punto de mira, intentando no quedarse atrás. Sin embargo el gran animal parecía nunca cansarse, nunca frenar, sino cada vez ser más rápido. De repente la chica notó otra presencia a su lado. Giró la cabeza brevemente para atisbar a una figura que corría con tanta o mayor determinación que ella. Jack.
Ella intentó acelerar. Ambos estaban casi a la misma altura y cercanía del jabalí. Aquello ya no era una caza. Aquello era una competición. Y solo uno podría ganar. Bill alcanzaba a escuchar cómo Jack jadeaba a su lado mientras corría. Él jamás se rendiría. Ella tampoco estaba dispuesta a abandonar, a pesar que comenzaba a notar la fatiga en su cuerpo y éste se volvía cada vez más pesado. Poco a poco, sus pulmones comenzaban a volverse inútiles. Jack le estaba ganando terreno. El chico lanzó su lanza, que se asestó en uno de los muslos traseros del animal.
Éste emitió un sonido gutural, trastabilló, tropezó, la lanza calló y el cerdo gigante volvió a ponerse de pie. Bill lanzó su lanza, que fue directa al lomo del animal para rebotar y no causarle más daño que un rasguño. El animal gruñó de nuevo, y desapareció entre la maleza. Bill maldijo con un grito de rabia mientras caía al suelo, agotada.
-¡¿A eso lo llamas tú lanzar con fuerza?!- Bramó Jack, furioso. Perfecto, ahora la culpa se la llevaría ella.
-¡Es un palo de madera, Jack! Por muy fuerte que lance, no va a convertirse en un instrumento mortífero.- Bill pudo ver la mirada de furia en el rostro del chico, y antes de que ella pudiese hacer nada, Jack había recogido su lanza y apuntado a Bill con ella. Ella notó la punta ejerciendo presión contra su garganta, y por un momento se vio muriendo allí, a manos del chico. Finalmente, Jack apartó la lanza de su cuello. La chica lo miró sin poder evitar que el miedo se reflejase en su mirada. Jack sonrió con malicia.
-Mírate. La niña mimada, tan débil e indefensa como el primer día.- Acto seguido se marchó de allí, mientras los otros cazadores comenzaron a llegar. Ellos miraron durante unos segundos a Bill, tirada en el suelo, antes de continuar corriendo en busca de Jack. Después de todo, él era el alfa.
