El cuerpo de Bill era alargado, delgado y fibroso por el ejercicio, como el de la mayoría de los niños de la isla. Bill era más alta que muchos de sus compañeros, aunque a veces no se sintiera así. Ella todavía recordaba cómo, en su vida anterior, había tenido un cuerpo que no era "favorecedor" para una niña. La memoria todavía era vívida, ya que se lo habían recordado en numerosas ocasiones a través de sobrenombres como "delgaducha" o "jirafa".

Ahora, cuando parecía que su antiguo cuerpo se adaptaba perfectamente a su nueva identidad, volvía a traicionarle. La mayoría de los niños en la isla corrían desnudos de acá para allá. Bill jamás se quitaba los pantalones, pero a veces corría sin camisa, y comenzaba a notar como sus senos eran algo diferentes al del resto, especialmente los pezones.

Cohibida, Bill había dejado de correr desnuda, anudando su antigua capa a su torso, lo que los otros niños habían apreciado como otro síntoma de su excentricidad. Sin embargo, ella era parte de la manada de Jack, y aunque visiblemente ambos tenían sus pugnas, todos la respetaban como parte de los cazadores.

Últimamente, Bill pasaba cada vez más tiempo con los cazadores, y veía a Simon con mucha menos frecuencia, quien solía pasar su tiempo en el campamento y la playa, junto con Ralph y Piggy, o desaparecido en el corazón de la isla.

Jack, por su parte, parecía haberle cogido el gustillo a tenerla siempre cerca durante la cacería, junto con Roger, y darle órdenes en todo momento. En estos momentos se encontraban en una "fase crucial" en el plan maestro de Jack de abatir al cerdo. Los rastreaban hasta cada vez más tarde, e incluso durante las horas de sol más severas.

En aquel instante, tras una buena regañina, Jack había relevado a los cazadores de sus funciones durante el resto de la tarde, acusándoles de incompetentes, y puesto a que todos habían comenzado a quejarse del cansancio con demasiada frecuencia. Cuando no cazaba, Bill intentaba recolectar fruta y huevos. Nunca de matorrales, puesto que los peques se encargaban de los arbustos.

De hecho, ahora Bill estaba a punto de cruzar el territorio de los peques. Podía corroborarlo por el olor a excrementos.

Bill pudo oír a la pequeña bestia antes de verlo. Percival, el más enano y raquítico de los peques, lloraba desconsoladamente sentado en un claro. El pequeño estaba cubierto de arena encima de la suciedad, y su estómago redondeado subía y bajaba al ritmo de sus alaridos. Sus ojos permanecían cerrados, y su rostro, alzado hacia la cúpula de los árboles, hacía el llanto más gutural.

Bill se acercó a su lado y le extendió un fruto que había recolectado de un árbol. El peque extendió la mano y lo aferró en un momento, sin dejar de llorar. Después lo analizó, y comenzó a intentar arañarlo o golpearlo para que se abriera, sin resultados, lo que le hizo lanzar alaridos más desconsolados.

Retirando el fruto de la mano de Percival y colocándolo en el suelo, Bill asestó su lanza en él, traspasándolo e incrustándolo en ella. Tras retirarlo, Percival había dejado de llorar. Ahora, unos sollozos incontenibles, réplica del llanto, sacudían su cuerpo de vez en cuando. El peque retiró el corazón blanco del fruto, comestible, de la dura piel roja.

Bill se agachó hasta el pequeño y acarició su cabello indomable, demasiado largo. Inconscientemente, comenzó a retirar algunas ramas e insectos que habían anidado en él.

-Tienes que bañarte más. - Le regañó con indulgencia. - Y dejar de llorar, o se te van a gastar las lágrimas.

-Ma. Ma. Mami…- Se lamentó el pequeño.

De la sorpresa, Bill empujó ligeramente al niño, que cayó al suelo sobre su trasero, y comenzó a llorar de nuevo, desconsoladamente. Percival se alejó de allí antes que ella. Antes de desaparecer del claro, Bill pudo observar algo de sangre en el codo del peque, fruto de la caída.

A Bill se le encogió el corazón. Debía dejar de preocuparse por ellos. Ella no podía comportarse como una madre. Ella no podía cuidarlos. Bill era un cazador fuerte, rápido y astuto. Y le gustaba, quería seguir siéndolo. Ella había visto a veces a Simon cuidando de ese modo de los peques, retirándoles las liendres y hojas del cabello cuando se estaban lo suficientemente quietos. Los gemelos, Eric y Sam, lo hacían a menudo el uno al otro. Y algunos de los otros chicos también.

Pero algo en Bill le había recordado ligeramente a Percival a su madre. Quizá había sido algo fortuito en sus palabras, pero el asustadizo corazón de la chica temió de nuevo ser descubierta. Ella siempre debía ser más cauta que el resto. Al ir al baño, al vestirse … Y había ciertas cosas que ella no se autorizaba a sí misma, aunque alguno de los otros niños lo hiciera de vez en cuando. Mostrar un instinto maternal era una de ellas.


Tras un buen baño en la laguna cristalina, Bill observó la figura del sol, ya bajo, a punto de ocultarse tras las copas de los árboles. La noche no tardaría demasiado tiempo en caer sobre la isla. Su cuerpo estaba agotado y maltrecho. Su piel había comenzado a escamarse por los hombros quemados. La capa había evitado que Bill fuera víctima de la quemazón que algunos de los otros niños sufrían y que no les dejaba dormir por la noche.

La chica descubrió hacía poco que, si depositaba algo de la tierra rojiza de los alrededores de la laguna sobre sus hombros, el efecto era aliviador. Tras hacerlo, usó algo de la misma tierra para dibujar la figura de sus compañeros cazadores en una roca. Las figuras formaban un círculo alrededor del anhelado animal que ocupaba sus mentes a diario.

Bill oyó un chasquido a su espalda, y se giró para saludar a Simon. Lo primero que reparó era que la figura era demasiado grande para pertenecer a su amigo. Después, atisbó un reflejo pelirrojo y unos ojos muy claros examinando su obra de arte.

- ¿Es el coro? - Preguntó Jack. Bill asintió, paralizada, sin ser capaz de formular palabra alguna. Jack miraba alternativamente del dibujo a las manos de la chica, sucias de la tierra rojiza. – Es bueno. - Dijo finalmente. Bill sintió una punzada de orgullo en el corazón, e intentó evitar sonreír. Antes de que se le ocurriera algo que decir, el chico había desaparecido de allí.


A la mañana siguiente, los innumerables días de rastrear e inspeccionar la isla por fin dieron sus frutos. Jack había descubierto dónde se escondían, finalmente. Juntos, acudieron a una de las costas escarpadas de la isla. Llegar hasta allí no fue fácil. Pero una vez en la orilla, los animales estaban rodeados. No tomó mucho tiempo rodear a uno de ellos e inmovilizarlo con las lanzas. Fue el propio Jack quien dio el golpe de gracia, rasgando la garganta de la bestia con su preciado cuchillo.

En aquellos momentos, de vuelta al campamento, el canto reverberaba en sus pechos, al son de sus corazones, unidos por aquella hazaña:

- Mata al jabalí. Córtale el cuello. Derrama su sangre.

Todos entonaban la melodía, con la pintura de guerra en sus rostros y sin que el sudor hubiese desaparecido por completo de sus cuerpos. Eran los gemelos los que cargaban al animal. Jack, quién sonreía de oreja a oreja, era el más agitado. Incluso dedicó una de sus sonrisas a Bill.

- ¡Ha sido como en tu pintura! - Le susurró al pasar a su lado.

Bill jamás se sintió tan unida a ellos como en aquel preciso instante. Deseaba que todo fuese así para siempre. Pero a la vuelta a la cima de la montaña, las risas se disiparon. Allí estaba Ralph, esperándolos. Bill jamás había visto a Ralph tan serio. Su figura, desnuda y firme en la cima de aquella montaña, era soberbia. Sus ojos, sin embargo, brillaban con desesperación.

El fuego se había apagado durante la caza. El barco de rescate había pasado de largo.

- Podrían habernos visto. Nos podríamos haber ido a casa...- Ralph sonaba severo e intransigente. Parecía que quería abandonar su cargo de líder debido a la ineptitud de todos los niñatos que lo rodeaban. Pero a los ojos del grupo, él jamás había sobresalido tanto como líder. Incluso Jack pareció intimidado.

Aquello acabó en una pelea en la que una de las lentes de Piggy se rompió. La brecha entre Jack y Ralph, aunque ya existente, pareció por primera vez insalvable. Aquella noche, durante el festín, los ojos de Bill se cruzaron con los de Simon. A ella le pareció ver decepción en los de su amigo. Recordó su terrible profecía en la laguna.

"Si nos quedamos aquí mucho tiempo, algo malo va a pasar"

Sus palabras resonaron en la cabeza de la chica, que no consiguió deshacerse de aquel mal presentimiento que le oprimía el pecho, ni unirse propiamente a la celebración de la cacería.