INUYASHA NO ME PERTENECE, SOLO HAGO ESTO DE DIVERSION
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AMIGOS CON BENEFICIOS
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CAPITULO 22
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El vuelo de Madrid hasta la ciudad de Valencia, capital de provincia del mismo nombre era de poco menos de una hora, y que a Kagome sin embargo le supieron a eternidad.
Desde el momento que compró el billete, sólo había tenido tiempo de avisarle telefónicamente a Yura y muy por encima, ya que no deseaba que ella se alarmara, así que no le dijo que tenía problemas con Miroku.
Lo mismo le dijo a Sango, quien estaba cerca de ella, cuando recibió la llamada de su hermano.
Empacó un bolso de mano y se marchó. No tenía intención de quedarse mucho tiempo allá, sólo lo suficiente para recoger algo de pertenencias de su hermano y venirse de inmediato.
Todavía no tenía claro cuál era el problema de Miroku, pero lo intuía. Ya habían pasado por ello una vez y había sido la causal por el cual Kagome se largó a Madrid siendo una adolescente.
Mientras abordaba y se alistaba, Kagome se vio envuelta en esos terribles recuerdos.
En ese momento había tenido quince años, iba al instituto, era una muchachita aplicada y alegre. Y bastante desenvuelta, y que vivía bajo la tutela de su hermano mayor Miroku, al haber perdido a sus padres. Vivian en un pequeño chalet, que era de la familia, en una urbanización ubicada en el Pla del Real, un distrito de la ciudad de Valencia
Miroku se acababa de recibir de contador público. Siempre había sido un chico retraído y trabajador, con un intenso sentido de responsabilidad y resguardo hacia su hermana menor.
Su introversión contrastaba con la extroversión y alegría de Kagome.
La joven vivía feliz y rodeada de amigos, y a pesar de la falta de sus padres, había sido capaz de no hundirse en depresión. Miroku no le había hecho faltar nada.
Ella, inocente, sabía que Miroku ya trabajaba a tiempo completo, en su profesión, pero nunca viró en los detalles.
Hasta una tarde que llegó a casa y vio varias motocicletas estacionadas frente a su chalet. Ella regresaba de su clase de pintura cuando se cruzó en la entrada con un hombre que iba saliendo.
Kagome nunca antes lo había visto, así que el impacto fue inevitable.
Un hombre muy alto, de melena castaña hasta los hombros, muy fornido y con tatuajes en ambos brazos. Tenía los ojos más azules que Kagome había visto jamás.
La muchacha había quedado muda e impresionada por aquel espécimen caminante. Y más cuando el hombre, pareció percatarse de su interés y la miró de arriba abajo en un gesto apreciativo.
─Buenas, señorita ─con un dejo sardónico.
La muchacha se derritió ante la mención.
─Bue-buenas tardes ─tartamudeó la adolescente
El hombre sonrió, y luego se arrimó a la motocicleta para subirse en ella.
Sacó un cigarrillo y lo encendió.
Kagome estaba paralizada viéndolo.
─ ¿Cómo te llamas, muchachita?
─Kag-Kagome, señor…─volvió a tartamudear ella
─No me llames señor, dime Naraku ¿quieres?
La muchacha asintió, temblando y en ese momento la voz de su hermano llamándola la despertó.
─Kagome, entra ya.
La chiquilla se apresuró en entrar, pero hasta que entró no dejó de observar al impresionante extraño, quien la veía divertido.
Kagome era inocente, nunca antes había sentido el llamado de las hormonas y la descarada atención del enorme y tatuado sujeto hizo mella en ella. Empezó a beber los vientos por el tal Naraku. Como sabía que Miroku jamás la dejaría salir, inventó clases de piano, para poder salir con un par de amigas, cotillas y adolescentes como ella, a quienes confió su atracción por ese hombre.
Pronto empezaron a averiguar de quien podría tratarse.
Las únicas referencias que consiguieron era que se trataba de un hombre de 29 años, y de pésimos antecedentes. Conducía una motocicleta de las caras y aparentemente era el líder de un peligroso grupo de ultras1 del Valencia CF.
Kagome y sus amigas no supieron averiguar más. Así que la muchachita indagó a su propio hermano, pero cuidándose de no delatar su excesivo interés.
Miroku le dijo que era alguien que le daba trabajo. También le recalcó que no se acercara a él.
Igual, Kagome se volvió oídos sordos antes todas esas recomendaciones, con el enardecimiento natural de su edad, al verse deslumbrada por un hombre de esa talla.
Con aquellas falsas clases de piano, se juntaba con sus dos amigas, tomaban el bus y enfilaban hacia el puerto de Sagunto a media hora de su barrio.
Habían oído que la pandilla de Naraku tenía asentada una bodega o algo parecido en la zona, asi que las intrépidas niñas iban a intentar a ver a aquellos que consideraban galanes. Las amigas de Kagome también le habían echado ojo a otros chicos que integraban el grupo de Naraku.
No fue difícil que Naraku, un consumado mujeriego notara a la chiquilla y además la relacionó inmediatamente como familiar de ese melindroso contador, ese tal Miroku.
Al comienzo el sujeto le sonreía mordazmente, pero ante las reiterativas pasadas de la chiquilla empezó a verla, con más interés y lujuria.
Al principio le había parecido una niña flaca cualquiera, pero luego al verla más arreglada y portando esos diminutos pantalones cortos rondando las cercanías de la bodega, la empezó a ver con ojos de deseo.
Kagome y las otras solían venir a una chocolatería que estaba cerca de la bodega, se sentaban afuera y tomaban su chocolate con churros muy lentamente. Solo con el objetivo de ver a aquellos impresionantes hombres de motocicleta.
Incluso hacían caso omiso de la alarma de otras personas que, al verlos cerca, preferían girar y volverse para no cruzarse con ellos.
Kagome no tenía idea de aquellas personas y había empezado a emocionarse al notar que Naraku también le había echado ojo. Su emoción se desbordó cuando recibió un mensaje, que le trajo uno de los chicos que lo acompañaba, que Naraku la invitaba a tomar algo y que podía traer a sus amigas.
Kagome y las muchachas aceptaron inmediatamente.
Aunque se asustaron, porque la bebida que Naraku les invitó no era zumo o refresco.
Era cerveza.
Kagome lo bebió para no parecer de menos ante Naraku, aunque ni siquiera tenía la edad para ello. Igual, todo valía si eso le facilitaba las intensas miradas de Naraku hacia ella.
Miradas lascivas e impúdicas. Que, sin embargo, Kagome aún no descifraba. Su comportamiento solo respondía al patrón de una adolescente a la cual era fácil deslumbrar.
Así fue que un día se dio un beso, y luego otro y otro. El hombre, un experimentado libertino y donjuán, a la par que peligroso, empezó a acariciar a Kagome de formas que no se tocan a chiquillas de su edad. La joven tenía miedo, pero se dejaba.
Una tarde, estaba haciendo las tareas en su habitación e ideando en su mente las mentiras que podría decirle a su hermano para volver a escaparse al Puerto el sábado de noche, porque Naraku la había citado, cuando oyó el coche de su hermano entrar intempestivamente al garaje.
Eso sí le pareció raro porque Miroku era muy comedido y silencioso.
Oyó que entraba y rebuscaba afanosamente en cajones de su habitación. Esto alarmó a Kagome quien salió a ver que ocurría.
─Miroku ¿está todo bien?
─Si, Kag…solo estoy buscando algo ─contestó con voz trémula
Kagome se asustó al ver a su hermano, en su generalmente pulcra habitación, en un mar de papeles y desorden. Había echado bajo el placar y rebuscaba afanosamente.
─ ¿! Donde esta¡?, tiene que estar aquí
Pero la cara de desesperación ya era demasiada obvia.
─Miroku, me asustas, te ayudaré.
─ ¡No!, mantente alejada, Kagome ─le gritó Miroku
En eso la cara del hombre volvió a descomponerse aún más cuando oyó el sonido chirriante del motor de varias motos que llegaban frente a su casa.
El horror se apoderó de Miroku.
─ ¡Vete a tu habitación, ahora mismo!, y no salgas.
─Pero ¿Qué pasa?
─ ¡Haz lo que te ordeno!
La chiquilla iba a replicar, pero la mirada seria, no exenta de temor de su hermano la hizo retroceder. Miroku nunca antes le había gritado.
La muchacha obedeció. Pero se puso a oir tras la puerta.
Se sobresaltó cuando oyó que echaban la puerta de entrada para abajo.
─! ¡Maldita bestia rastrera! Es mejor que nos digas donde esta nuestro dinero si no quieres que te destripemos
Kagome se tapó la boca y se horrorizó.
Oyó golpes, patadas, muebles que eran destrozados.
─ ¡Juro por mi vida que lo voy a reponer! ─era el ruego de su hermano. Reconocía su voz implorante.
Oía mas golpes y suplicas. Fue allí que oyó una voz conocida.
No pudo distinguir lo que decía, pero la voz aterciopelada de Naraku era inconfundible para ella.
¡Entonces Naraku estaba allí y podía detener lo que sea que estaba ocurriendo!
Kagome destrabó la puerta y salió corriendo, bajando veloz las escaleras, topándose con el horrible espectáculo de su hermano magullado, arrodillado.
Kagome reconoció a los dos hombres que le rodeaban. Enormes y tatuados, uno de ellos era el interés romántico de una de sus amigas. ¡Eran los chicos del puerto!
Pero su sorpresa fue aún mayor cuando reconoció al hombre sentado. Vestido con jeans y una camiseta oscura.
Naraku estaba sentado y tenía un enorme bate de béisbol en su mano.
Cuando Kagome entró, él la fichó de inmediato.
─Pero que tenemos aquí…
Miroku se aterró al ver aparecer a su joven hermana.
─ ¡Kagome, te dije que te quedaras en su habitación!
─ ¡Por dios! ¿Qué está pasando aquí? ─la joven se arredró al ver su hermano en aquel estado calamitoso y se acercó a él, arrodillándose junto a él.
Naraku los miraba complacidos.
─Hola Kagome ─saludó éste
Kagome no sabía que pensar. Lo único que hilaba que todo esto debía de ser un error.
─Naraku… ¿Qué ocurre aquí?, ayuda a mi hermano, por favor ─imploró Kagome, más preocupada por esos dos hombres parados, sin comprender que Naraku era el líder y quien ordenaba esto.
El hombre sonrió y se dirigió al hombre en el suelo.
─Miroku, parece que tu hermanita no sabe lo que hiciste
─ ¡Por favor, dejen a mi hermana fuera de esto!
─Yo creo que no. A tu hermana si le gusta estar dentro ─refirió el hombre
Miroku abrió mucho los ojos del sobresalto. No entendía porque Naraku se refería así a su hermana, porque no sabía de sus escapadas.
Naraku sonrió de lado de nuevo.
─Miroku ¿Por qué no le dices que te robaste 30 mil euros que te fueron confiados?
Kagome abrió la boca y miró a su hermano.
Treinta mil euros era una pasta enorme.
─Yo juro que lo voy a reponer. No sabía que vendrían por el tan pronto ─rogó Miroku
─Creo que deberías decirle a tu hermana que eres un ludópata enfermo, capaz de hipotecar su propia casa para seguir jugando en el casino. E incluso capaz de robarse el dinero de un cliente ─adujo Naraku, con un dejo de voz tranquilo y peligroso.
Kagome se conmocionó. No tenía idea de que su querido y callado hermano tuviera aquella afición tan penosa. Era muy chica para comprenderlo en cabalidad, pero sabía que un ludópata era una persona adicta a los juegos de azar y las apuestas.
Aparentemente Miroku había usado dinero del grupo de Naraku, que como ella ya sabía, eran clientes de Miroku, quien les llevaba los impuestos.
─Por favor, Naraku. Esto debe ser un error, si Miroku debe dinero, haremos lo imposible para juntar y devolverlo ─rogó la joven, intentando ver en los ojos de Naraku aquella luz de ese hombre tan apuesto que tanto la había encandilado.
─La casa está hipotecada. El coche esta prendado. Y no tienen nada, salvo deudas ¿Cómo se supone que van a devolvernos nuestra pasta?
─Juro que así lo haré ─pidió Miroku
Naraku le pasó el bate de béisbol a uno de los secuaces y se levantó, sin dejar de ver a Kagome.
Era una adolescente, pero con todas las formas redondeadas de una mujer y de sangre caliente, como bien él había comprobado con el descaro de la chiquilla de buscarlo por el puerto, total desconocedora de que jugaba con juego.
Esa mezcla de sensualidad e inocencia enardeció a Naraku, quien acabó teniendo una idea. Mala para sus negocios, pero iba a cobrársela de otros modos.
Los treinta mil euros que Miroku había perdido en apuestas, realmente no era dinero para él, un ultra fundamentalista y matón con vínculos mafiosos. Pero no podía dejar sin castigo el atrevimiento de Miroku, por eso había venido a darle una lección.
Podía matarlo a golpes, por ejemplo.
Pero tampoco quería hacerlo, porque reconocía que sería difícil volver a encontrar otro contable, con capacidad para lavarle el dinero de sus negocios turbios.
Por eso, sus ojos se posaron en las largas piernas expuestas de Kagome en ese minúsculo pantaloncito. Tuvo idea atroz, y si lo pensaba salía perdiendo, porque de todos modos iba a acabar acostándose con la jovencita, que tanto lo perseguía en el puerto.
Decidió que sería benévolo, pero manipulando por supuesto.
─Te daré el plazo suficiente para que me repongas el dinero ─anunció Naraku
Miroku pareció llenarse de esperanza, y se incorporó un poco.
─ ¿En serio…?
─Claro ¿por quién me tomas? ─se burló Naraku, con un brillo inusual en los ojos, del cual Kagome ni su hermano se dieron cuenta ─. Por supuesto, con una condición.
Miroku se arrodilló como suplica.
─Se lo agradezco mucho, y tenga por seguro que haré lo que me pida
─Tu hermana va a pasar la noche conmigo.
─ ¿¡Que!?Eso no puedo permitirlo, es una niña de catorce años ─exclamó Miroku, incorporándose, pero sin levantarse
Naraku sonrió ladinamente y sin dejar de ver a Kagome, quien lo veía aterrorizada, agregó.
─Te apuesto que no es tan inocente como crees. Ha venido husmeándome desde hace tiempo, creo que deberías cuidar más a tu hermana o alguien más lo hará por ti. Si quieres la prórroga, será a cambio de tu hermana por esta noche y las que me apetezcan. Y si viene, tiene que ser por gusto, porque no estoy de humor para violar a nadie hoy…claro, si quieren la prórroga.
Todo esto lo decía, sin perder de vista a Kagome, quien no sabía que pensar.
Se suponía que las cosas no debían ser así. Había soñado con que Naraku era como un príncipe de los que salvan, no de los que una se salva.
La jovencita tragó saliva y veía temblar a su hermano.
Veía las marcas de golpes. Naraku hablaba en serio. Kagome, en su terneza, creía que todo esto era su culpa. Naraku nunca sabría de ella, sino fuera por las locuras de ella, asediando su bodega, buscando algo que no sabía.
Miroku iba a procurar levantarse y rogar por otra solución, cuando la joven puso una mano en el brazo de su hermano para detenerlo.
─Iré, pero promete que ya no le harás nada a mi hermano.
Miroku quiso quejarse, pero Kagome le apretó la manga.
─ ¡Es cierto lo que dice!, llevo semanas rondando la bodega del puerto y he estado con él
Miroku estaba desconcertado. No reconocía a su hermana. No quería que fuera, pero el peso de la amenaza de Naraku, así como la decisión de Kagome, quien se suponía era la menor en el lugar lo desequilibraba
Fue como si un fantasma se apoderara del cuerpo de Miroku, porque no dijo nada, cuando Naraku tendió una mano y ella lo tomó. Le parecía muy surrealista, se suponía que él debía protegerla, no entregarla al peligro. Maldecía su poca fuerza y su innata cobardía.
¿Se podía ser más pusilánime?
Debería poder salvar a su hermana y ni siquiera podía hacer eso.
Naraku cumplió su palabra, y ordenó que ya no golpearan al magullado hombre.
Le entregó el bate de béisbol a uno de sus secuaces y cogió a una silenciosa Kagome de la mano y salió del lugar.
Lo único que quedó de aquello fue la mirada triste que intercambiaron ambos hermanos.
Ella al dejarse llevar al matadero por cuenta propia y él viendo como había permitido tal cosa.
Esa noche, Kagome tuvo que tragarse las lágrimas y no llorar. La condición era que tenía que entregarse libremente o el acuerdo quedaría roto.
Naraku le quitó la virginidad sobre la mesa de billar de la bodega. No fue violento, en cambio tuvo una inesperada consideración con la chiquilla la primera vez, quien se dejó hacer.
Se suponía que era algo soñado, pero ahora que lo estaba viviendo no era lo mismo.
Naraku volvió a tomarla dos veces durante la madrugada, pero ya no sobre la mesa, sino en la cama del hombre, quien tenía su habitación sobre la bodega.
Aunque el hombre no fue violento, las cosas no debían haber pasado asi, incluso el hombre le refirió que podía traerla a vivir en la bodega.
─Estarás mejor de concubina conmigo, que con tu hermano ─remató él
Kagome no dijo una palabra durante aquella noche. ¿Qué podría decir?
Al dia siguiente, ya pasado el mediodía, un secuaz de Naraku la trajo a casa, de vuelta, a bordo de una motocicleta.
Sólo ahí que la niña, ya mujer, rompió a llorar.
Miroku salió a recibirla y la abrazó. También tenía el rostro demacrado.
Luego de eso, Miroku le hizo preparar sus cosas y cargarlos en bolsos.
La iba a mandar lejos de esta ciudad. No iba a dejar que su hermanita se transformara en la puta de unos ultras, por su culpa.
Tenía una ex compañera de la universidad que vivía en Madrid con su familia. Miroku le rogó que recibiera a su hermana, que le pagaría el alquiler de habitación en el piso.
La mujer aceptó, pero más que nada por los 600 euros que Miroku le daría mensualmente por la habitación, y además la que venía era una chiquilla que sabría cuidarse sola.
Miroku había sopesado que, si mandaba a Kagome cuanto antes de la ciudad, no habría repercusiones, porque después de todo Naraku había tenido lo que quería: desflorar a una chica joven.
Otra cosa que Miroku tenía en cuenta es que, si bien Naraku era peligroso, sus tentáculos no llegaban a Madrid, porque allí no tenía protección. Miroku sabía que Naraku tenía un primo poderoso que era jefe de policía, por eso la actitud de impunidad con la que actuaba. Además de que era peligroso y extorsionador con cualquiera que osara atacarle.
Si alguien tenía que cargar con eso sería él, no su hermana. Por eso decidió esa noche, que Kagome pasaba con Naraku, que ella ya no pagaría por sus culpas.
Tampoco era tonto y sabía que Naraku no lo mataría porque necesitaba un contable blanqueador de divisas. Pero tampoco le dejaría que lo golpease, o lo siguiere golpeando donde más le dolía: Kagome
No había podido salvar a su hermana esa noche, pero si lo haría en el futuro.
Fue así que Kagome terminó subiendo con sus dos maletas en un coche que Miroku alquiló, para sacarla de Valencia y mudarla a Madrid. Ya luego le mandaría sus documentos académicos y otras cosas. Lo primero era desaparecerla y ocultarla de la ira de Naraku.
Él se quedaría a seguir pagando sus propias culpas.
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Kagome derramó una lagrima solitaria al seguir rememorando todo esto. Recordaba que vivió en casa de la conocida de su hermano por seis meses y que había sido un infierno, porque su casera no le dio una habitación, sino un ático sin ventilación, pero era veloz cobrando el alquiler y otros gastos inventados.
Los problemas en los que se vio inmersa en esa casa la hicieron olvidar su pena de haber dejado su tierra y sus amigas.
Seguía queriendo a su hermano, pero en el fondo no le perdonaba que no le hubiera defendido, y que ella hubo de pagar por culpa del despilfarro de Miroku. Así que las relaciones gradualmente acabaron por romperse. Miroku nunca vino a Madrid a verla, por vergüenza, y ella tampoco le invitó.
Su alma destrozada se juró a sí misma no volver a hablar de este pasado. Quería enterrarlo.
Fue en esa época que conoció a Bankotsu, Hiten, Yura y los demás en el instituto.
Se volvieron amigos y Kagome se refugió en la calidez de su amistad sincera.
Aunque ahora que lo pensaba podía cuestionar totalmente la sinceridad de Bankotsu.
Ellos la instaron a dejar el ático de esa mujer malvada, dueña del piso.
Una amiga del abuelo de Bankotsu, una señora adentrada en años fue el alma caritativa que le cedió una habitación a Kagome a cambio de menos de la mitad de lo que le cobraba la malvada casera de Kagome.
Al verse mejorada su convivencia, Kagome empezó a trabajar como empaquetadora en una tienda de comestibles. Poco a poco fue aliviándose de la carga que le traía el asunto de su pasado.
No quería hablar de eso. No valía la pena.
Además, cuando pensaba en eso, se sentía terrible, porque no sabía si culparse a ella misma, por haber incitado a Naraku en su momento, a su hermano por su ludopatía y su cobardía o a Naraku, que era un villano que tomó lo que había.
Sentía muchísima vergüenza y cuando pudo ganarse su propio y humilde dinero, ya no quiso recibir el dinero que Miroku le enviaba. De todos modos, seguro le iba a faltar porque tenía que pagar sus deudas con Naraku y su grupo.
No comprendía porque su hermano se enredaba con esos grupos.
Miroku le había contado, en una de sus esporádicas llamadas telefónicas a través de los años, que había alcanzado a ir al psicoanalista unas dos veces, pero después ya no fue, porque le cobraba unos quinientos euros como consulta.
Que tenía mucho trabajo por encima. Y así, en todos estos años, la conversación había sido bien poca. Cierto resentimiento y culpabilidad invadían a ambos. Incluso a Kagome se le había olvidado devolver su última llamada telefónica.
Cuando Kagome se fue a Berlín, las comunicaciones fueron prácticamente nulas, al cambiar Kagome el número de móvil. Solo una vez le llamó ella para ponerle al tanto de esa novedad, y fue por ello que Miroku la pudo ubicar.
Es como si alma hiciera una catarsis de culpa y una explosión, porque había venido de inmediato, siendo que durante años renegó de su hermano.
Pero se lo llevaría a Madrid, o incluso a Berlín si fuera necesario, en caso que el problema que tenía aquí fuera grave.
Cuando el taxi la dejó en su antiguo barrio, estuvo a nada de no reconocerlo. Urbanizado y muy céntrico y le costó reconocer su casa, no por las mejoras, sino porque precisamente era la única con un aspecto ajado, casi de pocilga del barrio.
El chalet de dos plantas, antaño de color blanco y con un pequeño jardín fuera, era una sombra de lo que era. Sucio y el jardín eran malezas simples y llanas.
No vio ningún coche estacionado, intuyó que Miroku ya no tenía ninguno, así que bajó del taxi hecha un mar de aprehensión. Había vuelto donde pensaba no volver nunca.
Ni fue necesario tocar la puerta, porque Miroku le abrió la puerta.
Kagome casi no le reconoció. Estaba más avejentado, ojeroso y delgado, con ropas arrugadas.
Aun así, reconoció la calidez de esos ojos atormentados. Era su hermano, lo único que tenia de sangre en el mundo.
─ ¿Kagome?
─ ¿Miroku?
Se habían quedado quietos largo rato, hasta que la emoción desbordó y ambos hermanos se abrazaron. Tantos años evitándose como podían, carcomidos por la culpa, el resentimiento, el dolor y el rencor había tejido una red de separación entre ellos.
Y no debió de haber sido, porque se habian necesitado estos años.
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Nada pasaba en su ciudad sin que él se enterase. Los locales tenían que agradecerle que tenían su propio mafioso, natural de la ciudad, que desde sus bodegas del puerto de Sagunto que ahora le pertenecía casi en su totalidad, manejaba el distrito.
Había sabido expandirse de simple matón y secuaz a jefe del hampa local, expandiendo sus brazos a ramas ilegales como contrabando, trata de blancas de inmigrantes ilegales y por supuesto, el negocio principal que era la de ser un ultra hincha de ULTRA CORD, una organización fundamentalista y violenta que pasaban por hinchas del club de futbol VALENCIA CF que había sido el inicio de todo.
Era intocable por la extensión de sus delitos, y sobre todo por la protección de su primo jefe de policía.
El hombre alto y largo, de anchas espaldas. Tenía ya cuarenta años, seguía manteniendo la melena larga como en su juventud. Naraku Estévez seguía siendo tan atractivo como siempre, pero más peligroso y poderoso.
Por eso cuando le trajeron la información que una mujer extraña había llegado y se había instalado en casa del contador Miroku, ese estúpido ludópata, a quien de nuevo le tenían en ceja y ceja, porque había hecho desaparecer unos cuarenta mil euros.
Naraku sonrió. El dinero lo había hecho robar él mismo, como siempre se lo hacía, porque sabía que Miroku no era un hombre de cabales completos y acabaría asumiendo la culpa por no estar seguro de haberlo gastado en apuestas.
Ya se lo había hecho una vez y recordaba con gracia, que su hermana se había entregado para conseguir una prórroga. Se había enfadado cuando se enteró que la chiquilla desapareció para Madrid, pero luego tuvo que olvidarse de eso, porque surgieron problemas con un grupo rival, ultras del Barcelona, donde había muerto un hermano del líder, y había tenido que volcar su energía en conseguir un tratado de paz con esos malditos, así que no tuvo tiempo en renegar por la desaparición de la hermana de Miroku, quien se había convertido en su juguete sexual favorito. Así fue como se olvidó de ella.
Por eso cuando le trajeron el informe y la foto de la elegante mujer recién llegada, la reconoció enseguida.
Mas llena, mas curvilínea, más bella, más madura y con apariencia de tener un sabor dulce, esa era Kagome, su Kagome. La chiquilla que le habían quitado cuando recién empezaba a estrenarla.
─Me ha dicho mi contacto que la señorita reservó dos billetes para Madrid. Esa piensa llevarse a su hermano de la ciudad ─le observó el hombre que había venido a informarle
Naraku sonrió.
Dicen que la revancha tardaba en llegar, pero que llegaba.
Si planeaba huir, pues tenía que ser rápido y hacerles una visita, para cobrarle la deuda pendiente.
─Prepara las camionetas, saldremos a cazar a dos pajaritos extraviados ─ordenó el hombre, quien se marchó presuroso para cumplir la orden.
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En Madrid llovía y el clima que podría pasar por romántico y especial, a Bankotsu le parecía deprimente.
Había estado en casa de Kikyo, intentando hacerle compañía, porque la joven estaba hecha trizas luego de haber perdido a su padre. Comprendía que lo hacía por humanidad más que nada, porque consideraba que ese no era su lugar, y vaya que había mentido para poder trepar donde estaba.
Bankotsu no bebía, porque se había acostumbrado tanto a la preparación de tragos, que había perdido novedad para él, pero en luego de aquel episodio donde vio a Kagome tras unos vidrios, fue que perdió la cabeza y bebió tres botellas de ron que compró de ida a su casa.
No sintió placer al hacerlo, pero esperaba que el líquido se le subiera a la cabeza y lo hiciera olvidar. Valoró incluso la posibilidad de comprar algo de hierba.
Se sentía una basura contumaz por haber jugado con la persona que más había querido y tarde había tenido que darse cuenta.
Ese día no fue a trabajar y las cosas en el bar ardieron, porque al no estar el barman estrella del bar, cuyos tragos tanto atraían al público, el sitio perdió su encanto esa noche.
La gente venía por los maravillosos cocteles y no por un torpe reemplazo que Jakotsu tuvo que improvisar.
Siempre había amado su trabajo. Le encantaba hacer cocteles, tragos, crear sabores y esencias, y ahora ni siquiera le divertía pensar en combinaciones.
En un arranque de ira, tiró al suelo todos los mezcladores que tenía en la cocina de su casa. No tenía sentido para él.
Agradecía a Yura por haberle contado sobre Kagome, porque sólo así había podido verla.
Verla desde lejos, era lo único que le quedaba. Kagome ahora estaba con otro hombre y seguro pronto volvería a Alemania.
Se merecía lo que había cosechado.
Ya no volvió al trabajo luego de eso.
Decidió que lo mejor sería renunciar y alejarse.
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Kagome se tuvo que contener para no llorar al ver el deplorable estado en la cual vivía su hermano.
Y como intuía el problema de Miroku era igual de la otra vez. Se había perdido un dinero y ahora le habían echado una amenaza.
─Pero juro que yo no tomé ese dinero, hermana ─aseguró él
Kagome suspiró.
Miroku era un ludópata, así que lo más probable es que lo hubiera gastado sin tener consciencia. Kagome había decidido que buscarían la forma de pagarlo para luego irse de prisa de esa ciudad.
─No entiendo porque sigues trabajando con peñas radicales como esas ¿a cuánto asciende lo que debes? ─preguntó Kagome
─Se han perdido cuarenta mil euros. Pero juro que la tenía aquí para luego llevarlos al banco ─seguía asegurando Miroku
─Pues no es una explicación valedera ─pensó Kagome. No pensaba pedir prorroga a nadie, recordando lo que había tenido que hacer diez años antes. Valoró que quizá podría pedirle un préstamo a Inuyasha, ya que ella sólo tenía la mitad de eso en ahorros.
Inuyasha era un buen hombre y nunca se lo negaría.
Luego se marcharían. Ya vería como contratar una inmobiliaria para vender la casa. Se llevaría a Miroku a Berlín, y ella velaría por él, como Miroku no había podido hacerlo por ella en el pasado.
Su hermano estaba enfermo y ella se sentía responsable por haberlo abandonado tanto tiempo.
Pero cuando iba a llamar a Inuyasha desde su móvil, fueron interrumpidos por el fuerte ruido que hizo la puerta al caerse.
Por un momento, Kagome tuvo un horrible dejavú de hace diez años al oír el ruido de las pisadas fuertes de varias personas.
Cuando sus ojos hicieron contacto con una de las personas que habían entrado, Kagome se impresionó tanto que cayó sobre el raído sofá.
Ese no era un dejavú. Porque era real.
Naraku.
No necesitaba que nadie se lo dijera porque recordaba su cara a la perfección, y diez años no cambian a la gente.
No había entrado solo, sino con cinco personas más.
La muchacha tragó saliva. No podía repetirse la historia, porque ahora tenían donde pedir ayuda.
Miroku tembló de pavor.
─Es de ellos el dinero perdido ─agregó el joven contador, para confirmar a Kagome que la historia se estaba volviendo a reproducir ante sus ojos.
─Hola, Kagome…tanto tiempo ¿no?
Aquella voz no había cambiado nada y Kagome no pudo levantarse de la impresión.
─Tu…
Naraku sonrió ladinamente y se sentó en el sillón beige que estaba cerca de donde estaban ambos hermanos.
─Lástima que solo la locura de tu hermano nos reúna ¿no crees?
Kagome decidió que tendría que ser un poco más valiente y se levantó.
─Tú quieres cobrar tu dinero y yo liberar a mi hermano. Negociemos. Yo puedo conseguir el dinero, con intereses si quieres ─propuso ella directamente
Él no contestaba, sólo se limitaba a mirarla como si la examinara y se notaba que estaba impresionado por el aspecto físico de la joven. La estudiaba con interés.
Kagome estaba azorada, pero procuraba mantener la calma y aparentar sangre fría. Cosas que había aprendido y más en el último año trabajando en Berlín.
─ ¿Aceptarás 50 mil euros? ─increpó la joven
Él arqueó una ceja.
─Ese dinero es negociable, claro
Kagome tragó saliva.
─Entonces dame una hora, voy a pedírselo a mi contacto para poder llevártelo.
En eso Naraku meneó la cabeza levantándose.
─Tengo otra condición.
─ ¿Cuál? ─preguntó Kagome, temerosa de la respuesta
─Tu sabes que una vez hicimos un trato y tú lo rompiste, cuando huiste de aquí ¿recuerdas?
─ ¡Pero Miroku te pagó a tiempo esa vez!
─No importa, un trato es un trato. Tu juraste estar disponible y no fue así
Kagome no pensaba ceder. No iba a irse con ellos, ya no era la misma adolescente desvalida de antes.
─Les daré el dinero, pero no pienso ir con ustedes. Sólo denme una hora, no estoy pidiendo prorroga ─volvió a asegurar Kagome
─Creo que te equivocaste, Kagome. Lo que te estaba diciendo no era una opción ─anunció Naraku, y ante la mirada horrorizada de Kagome, dos de los secuaces de Naraku se le acercaron y la rodearon. Kagome se quiso resistir, pero no pudo ante tanta fuerza. Quiso gritar, pero le taparon la boca.
Kagome luchó como pudo y era tanto lo que hacía que uno de los secuaces no tuvo mejor idea que darle un puñetazo en vientre para hacerla quedar. Un golpe que la hizo desmayar del dolor.
Miroku quiso atajarlos también, rogando como poseso, pero sólo consiguió que lo silenciaran con golpe en la cabeza que lo dejó en el suelo, sin sentido.
─ ¡No tenías que haberla golpeado! ─recriminó Naraku al ver a la joven desvanecida. No había hecho todo esto y arriesgar el cobrarle a Miroku, por tener a una mujer golpeada y magullada, así que él mismo la cogió en brazos, no sin antes darle un golpe en el rostro a ese inútil.
Ya vería de darle otra lección. Ahora tenían que marcharse, llevando a la chica inconsciente en brazos.
Quizá estaba cometiendo una tontería, y por culpa del deseo a una mujer. Habia sido suya cuando era pura y no había podido dejar de pensar en ella desde que supo que había venido. Por supuesto, ella también debería de poder recordarle.
Así que se la llevaría. Además, no le temía a nada y a nadie.
Pero esta era su ciudad y sus reglas.
Y él en estos momentos, quería a Kagome
CONTINUARÁ
1 Ultra es igual a un hooligans. Hincha radical de un club de futbol.
Antes que nada mis disculpas por el retraso y las faltas de ortografía.
Me entristece mucho saber que varias lectoras dejaran la historia. Nadie quiere perder a alguien que ha seguido sus historias.
El cuento de Bankotsu y Kagome es muy sencillo y hasta previsible, y lamentablemente no esta exento de situaciones que pueden molestar.
Es que amamos a quien amamos. Nos hace daño, no se lo perdonamos pero es dificil quitarse el amor, más cuando el sujeto en cuestion ha sido antes tu mejor amigo y uno de tus sostenes, No has tenido padres que te cuidaran en forma, has tenido que valerte por ti misma y tu hermano mayor es un cobarde que siempre ha tenido miedo de todo. Es dificil olvidar asi. Yo creo que en el amor rige mucho lo emocional y los actores no lo ven de forma lógica como lo vemos los expectadores
Kagome es madura para unas cosas y para otras no.
Sólo quedan 4 capis,
Gracias por leer, amigos y besos a mis comentaristas: SAV21, ASIA12, NITOCA, AZZULAPRINCESS Y MI QUERIDA FRAN GARRIDO.
Procuraré de tener listo el episodio para el jueves.
BESOS A TODOS.
