— Que Furuya, ¿qué?
Kuramochi no podría mentir si intentaba afirmar que el tono amenazante sumado a la sonrisa perversa en los labios de Ryosuke no le habían causado pavor. Una hora después del último mensaje que el Omega le había enviado, recibió uno nuevo pidiéndole que vigilara a Furuya porque nadie se había tomado la molestia en avisarle del nuevo imprevisto; cumpliendo con su misión e intentando no respirar en el camino, Kuramochi había sido raudo en llegar a la habitación del pitcher...para encontrarse con la puerta abierta y sin signos del Alfa.
Había sopesado la posibilidad de mentir y decirle a Ryosuke que estaba todo bajo control para que las cosas no se pusieran ya de por sí más complicadas pero lo descartó rápidamente, sumido en un mar de nervios producto de la vorágine de emociones y hormonas que lo estaban estropeando.
Luego de dar vueltas dentro del cuarto abandonado de Furuya y asfixiarse con el aroma penetrante del Alfa, decidió matar dos pájaros de un tiro: tenía que decirle la verdad a Ryosuke, pero podría aprovechar la oportunidad para poder verlo en vez de decírselo por teléfono. Así saciaría un poco su ansiedad y podría ver de primera mano la reacción del otro.
— Oe, no me lo digas como si fuera mi culpa.
— Lo único que te he pedido hoy es que vigiles a Furuya, y no lo has hecho.
Ryosuke apenas había abierto la puerta del cuarto; se había asomado, sorprendido por la presencia de Kuramochi, sólo para descubrir que traía malas noticias.
— ¿Qué sucede, hermano?
— Ve adentro, Haruichi.— de repente, Ryosuke descendió peligrosamente el tono de voz, que se volvió más áspero cuando farfulló lo siguiente, sólo dirigido hacia él.— Cuando te dije que yo podría escaparme, me refería a que no vinieses aquí así.
El mayor de los Kominato señaló despectivamente con la cabeza la entrepierna inusualmente abultada de Kuramochi, avergonzándolo. Ahora que se hallaba frente a la puerta del cuarto de Haruichi, Kuramochi tomó plena conciencia de lo que acababa de hacer. Producto de las hormonas, el anhelo de ver a Ryosuke se había disparado exponencialmente de tal manera que había hallado cualquier excusa para hablarle en persona pese a que el Omega le había "prometido" una posible visita de su parte en la noche...y había ido hacia donde se encontraba sin considerar que el cuarto no era suyo, sino de su hermano. Menor. Omega, que no había experimentado aún su primer celo.
Idiota, idiota. Imbécil.
Obviamente, todos estaban afectados por las feromonas que Sawamura estaba soltando incluso estando encerrado en su habitación, ¿es que acaso la maldita cosa atravesaba las paredes?...y cuando se refería a todos, eso incluía también a los Omegas. Kuramochi se atrevió a olfatear el ambiente, sólo un poco. El aroma dulzón que desprendía Ryosuke le llegaba de manera penetrante y efectiva pese a que se hallaban a un par de metros de distancia. La fragancia le embotó todavía más el cerebro y avanzó un paso, dos, tres, hacia la puerta entreabierta; vio a Ryosuke fruncir el ceño con su actitud y éste decidió salir, bloqueando la puerta con su cuerpo.
— ¿Se puede saber qué haces?
Aquella pregunta fue lanzada al aire en un murmullo tranquilo, acompasado. Aún así, Kuramochi detuvo su avance al percibir la amenaza en su tono melifluo. Tragó saliva, intentando recomponerse, pero otro aroma se le atravesó en el camino.
¿ Pero qué…? Aquella fragancia era un poco más empalagosa, casi dañina para sus fosas nasales. No era el aroma de Sawamura, a ese ya lo había experimentado de primera mano encerrado en su cuarto el día anterior...entonces…
De repente, la realidad le golpeó el rostro como una bofetada fuerte y contundente; había avanzado sin darse cuenta de ello, como un autómata; sus pasos sólo se habían detenido porque Ryosuke había posado una mano en su pecho, frenándolo.
Había dejado de sonreír.
— Ryo-san, yo…
— Ni siquiera intentes mentirme.— se oyó el chasquido suave de la puerta cerrándose a sus espaldas, el único sonido que se oía además del viento.— ¿Lo de Furuya es verdad, o sólo una excusa para sacarme de aquí?
— Es real, lo juro.
El silencio se instaló entre ellos; Kuramochi podía sentir su corazón tamborileando con violencia dentro de su pecho, dominado por la vergüenza y el temor a la represalia; aquel aroma que había sentido provenía de Haruichi y Ryosuke se había percatado de su atracción por el menor, probablemente enfureciendose. Había comenzado a llover más intensamente y Kuramochi sentía su espalda mojándose producto del viento que no menguaba. Tembló ligeramente, pero no por el cambio de temperatura que ya comenzaba a sentirse.
Era hombre muerto si se mandaba otra cagada más.
— Ya veo. Hay que encontrarlo, entonces. Haruichi.— cuando elevó la voz, Kuramochi se sobresaltó, espabilando.— Pon el pestillo en la puerta hasta que vuelva. No tardaré.
— Pero, hermano…
— Haz lo que te digo. Vamos.
Ni siquiera esperó la respuesta de ninguno de los dos; Ryosuke comenzó a caminar por el corredor vacío de manera despreocupada, y el viento un tanto huracanado le llevó a Kuramochi la fuerza de su aroma en todo su esplendor.
— ¿Qué esperas…? Youichi…
— Lo siento, Ryo-san, yo…
— Quita el apelativo, tonto.
Lo cierto es que aunque hubiese intentado evitarlo, no habría podido. Kuramochi se descubrió ya rodeando el menudo cuerpo de Ryosuke en mitad del corredor, a la posible vista de todos sin importarle realmente; presionó el cuerpo ajeno contra el suyo mientras enterraba la nariz en el hueco de su cuello, inspirando profundamente.
No pudo evitar deleitarse con su fragancia, queriendo probar más; olerlo ya no alcanzaba, lamer su piel tampoco. Sus labios comenzaron a succionar toda la piel de su cuello, desde el ángulo de su mandíbula, pasando por el lóbulo de su oreja y deteniéndose allí donde la maldita ropa le impedía avanzar; con tirones un tanto bruscos intentaba apartar la camiseta de su camino para así poder saborear también su hombro, pero le era imposible. Oyó un suspiro contenido por parte del otro cuando introdujo ambas manos por debajo de su ropa, sintiendo la piel erizarse a medida que sus dedos exploraban su abdomen y su espalda al mismo tiempo.
— ¿Piensas intentar tener sexo conmigo en la mitad del corredor, Kuramochi?
Ryosuke se deshizo del agarre de Kuramochi con una entereza y facilidad que al otro le sorprendió y decepcionó a partes iguales; si bien Ryosuke estaba emanando un aroma más fuerte y dulzón de lo normal, su mente no parecía verse afectada del todo por sus instintos pese a que había permitido aquel pequeño acercamiento entre ellos. El más bajo tomó el rostro de Kuramochi entre sus manos, aún sonriendo.
— Aquí, conmigo. Ahora.— Kuramochi sólo pudo asentir a sus palabras como un tonto, incapaz de negarse o replicar.— Apestas como Alfa, Kuramochi.
— Ryo...Ryosuke.— tragó saliva al traspasar la barrera del respeto que siempre había mantenido entre ellos, la tensión dominando sus extremidades cuando los nervios comenzaron a ser más fuertes que su necesidad por poseer al Omega.— Dame una oportunidad, sólo una.
— ¿Sólo una? ¿Y quién dijo que no vas a necesitar más?
Kuramochi agachó la cabeza, apesadumbrado. Ryosuke no era un Omega cualquiera que se dejaba llevar por sus sentimientos o sus instintos, no. El orgullo y aquella personalidad retorcida se hacían valer constantemente, levantándose como un muro que Kuramochi quería saltar, pero no podía; pese a estar siempre dándose de bruces contra la pared Ryosuke seguía a su lado, quizás aguardando a que madurara o fuese lo suficientemente bueno para él, Kuramochi no lo sabía bien.
— Con una me basta.— Ryosuke ensanchó su sonrisa al ver la determinación en el rostro de Kuramochi, palmeando su hombro suavemente.
— Bien…— Ryosuke suspiró lánguidamente acercándose un poco más al Alfa, sus torsos haciendo contacto. Kuramochi temía que en cualquier momento el aroma penetrante del otro le nublara el juicio otra vez, por lo que iba a tener que actuar rápido.— ¿Adónde me llevarás? A nuestros cuartos no podemos ir. Ni se te ocurra.
— Haruichi podría ir con Sawamura, ¿cuál es el problema? Ambos son Omegas.
— No quiero que el celo de uno desencadene el del otro, ¿o acaso quieres a no uno, sino dos Omegas así aquí?
Kuramochi no lo había pensado así; chasqueó la lengua, frustrado y enojado consigo mismo por notar como la desesperación volvía a dominarlo. Sin poder evitarlo, volvió a envolver a Ryosuke entre sus brazos, aspirando su fragancia mientras gemía complacido.
— Esa no es la solución, y lo sabes.
— Tu aroma me calma y me deja pensar mejor.
Pensar y decidir mejor cómo iba a follárselo. Lo único en lo que Kuramochi podía pensar en esos momentos era en qué prenda rompería primero, en que sector de su cuerpo lamería, mordería y marcaría como suyo primero, en qué posición lo penetraría durante horas...podía ser capaz de cualquier cosa en esos momentos sólo al pensar en la posibilidad de oír a Ryosuke gimiendo su nombre, entregado y sumiso…
— You...no vayas por ahí, no aquí.
La voz suave y un poco más sosegada de Ryosuke encendió todavía más a Kuramochi; no se había percatado de que lo había estado presionando contra su cuerpo con más fuerza de la que debería, y recién en ese acto notó que Ryosuke no podía resistirse aunque quisiera. No sólo su fuerza parecía ser mucho mayor de lo normal, tal vez producto de las hormonas, sino que había comenzado a soltar grandes cantidades de feromonas que ahora sí parecían estar alterando a Ryosuke, quien clavaba sus uñas en su espalda de manera firme pero tímida aún.
— Vamos al cuarto de Miyuki.— la decisión surgió de la misma nada, quizás producto de la ansiedad que ya comenzaba a ponerlo de mal humor.
— No es por nada, pero no quiero que Miyuki vea algo como eso.
— No está.
— ¿Eh?
Ryosuke no tuvo tiempo de replicar, ni recibió explicación alguna; Kuramochi había alcanzado el límite de su paciencia y, aunque se tratara de Ryosuke y temiera a las posibles consecuencias posteriores, ya no podía esperar más a que se terminara de decidir. Como si de un costal de papas se tratase lo levantó en el aire cargándolo sobre su hombro. Increíblemente pesaba mucho menos de lo que Kuramochi hubiese imaginado, y a eso tenía que sumarle que Ryosuke no estaba ofreciendo resistencia. Se sorprendió gratamente, sabiendo que iba a tener que aprovechar aquello.
Al menos antes de que Miyuki llegase.
Mientras intentaba ver por dónde caminaba pues el viento y la lluvia comenzaban a empeorar, Kuramochi recordó vagamente al dueño de la habitación a donde se dirigían. Iba a tener que pensar en algo rápido para evitar que Miyuki interrumpiera una vez llegara, maldito infeliz...
No, hoy iba a tener que dormir afuera. Iba a cerrar con llave la maldita puerta, que hiciese lo que pudiese.
— ¿En qué momento…? Maldita sea.
Había sido un error por parte de Miyuki no haberle solicitado al taxista que ingresara hasta el predio donde se hallaban las habitaciones; lo había dejado en el portón del colegio y había tenido que prácticamente correr hasta el techo más cercano, situado en uno de los galpones techados donde solían practicar de noche.
Maldiciendo abiertamente, soltó las bolsas y se descubrió completamente empapado, de pies a cabeza. Con incomodidad, se retiró la camiseta mojada y la escurrió antes de introducirla en una de las bolsas que traía; con fastidio se quitó los lentes completamente empañados por el agua. Pasó una mano por su cabello húmedo desordenándolo en el proceso, pensando con qué podía limpiar los cristales si todo estaba malditamente mojado...si acercaba mucho las cosas a su rostro podía llegar a distinguir detalles, pero a una distancia superior a medio metro ya era incapaz de distinguir incluso formas.
Frunció el ceño y entrecerró los ojos intentando enfocar; veía un poco mejor, pero aún así no podía distinguir bien las cosas. Escaneó el lugar luego de encender la luz — interruptor que buscó golpeando el mismo sector de la pared durante varios minutos hasta dar con él — en busca de cualquier trozo de tela que le sirviese aunque sea para llegar a los dormitorios sin chocarse las paredes, pero la cosa parecía inútil.
Los truenos seguían oyéndose cada vez con más fuerza y la lluvia arreciaba afuera con mayor intensidad, poniéndolo de peor humor. Iba a tener que tomar una decisión, sólo tenía dos opciones y las dos le fastidiaban por igual: o tendría que quedarse allí hasta que la lluvia menguara un poco — situación que podría darse en los próximos 5 minutos o dentro de 3 días — o tendría que salir corriendo otra vez hacia la zona de los dormitorios, mojarse de nuevo y probablemente arruinar parte de los implementos que había comprado. Aquello podría quedarse allí hasta la mañana siguiente, nadie lo robaría, pero…
Suspiró nuevamente, observándose a sí mismo. No podía creer que pudiese mojarse más de lo que ya estaba; el frío comenzaba a penetrarle hasta los huesos, erizando sus vellos. Si lograba llegar al otro lado, subir al dormitorio y calentarse a tiempo, quizás no se resfriaría…
Uno, dos estornudos se escaparon de su nariz sin que pudiese evitarlo. Quería creer que ya estaba somatizando, pero no podía ni respirar, sentía las fosas nasales inusualmente congestionadas.
El sonido de la puerta lo alertó cuando comenzaba a buscar otra vez algún trapo, ésta vez para limpiarse la nariz de aquella molesta sensación de obstrucción; al principio lo había confundido con otro trueno más, pero el chirrido del metal siendo deslizado era característico, lo conocía desde hacía 3 años.
Sin embargo, lo que lo sorprendió aún más fue ver que era Sawamura quien estaba abriendo el portón del galpón techado. Le costó distinguir su silueta y saber que era él. ¿Es que su suerte podía llegar a empeorar todavía más? No podía creer que con semejante tiempo, aquel pitcher insistente quisiera entrenar a esas horas...aunque conociéndolo no tenía por qué sorprenderle. ¿Acaso lo había oído llegar, o era sólo una muy mala casualidad que él justo se encontrara allí?
— ¿Sawamura? ¿Qué haces aquí a esta hora?
— ¿Miyuki-senpai…?
Aún así, de inmediato notó que había algo raro. Algo no estaba bien, pero no podía definir bien qué era lo que sucedía. La voz de Sawamura parecía tomada, congestionada, incluso algo temblorosa. Se había quedado en el portón; la lluvia seguía mojándolo de lleno, y Miyuki pudo ver el agua escurriendo por sus cabellos.
Chasqueó la lengua de vuelta, cada vez más fastidiado. Se acercó a él aún sin ver demasiado, listo para regañarlo. ¿Qué le pasaba, por qué se exponía así? Lo único que faltaba es que ambos cayeran enfermos antes de los partidos oficiales, el entrenador Kataoka iba a matarlos…
Definitivamente algo estaba muy mal.
No podía ver bien las facciones de Sawamura, pero estaba agitado. Parecía respirar con dificultad, y Miyuki dudó que se tratara del esfuerzo de haber corrido hasta allí, considerando los kilómetros que era capaz de recorrer en el campo de béisbol sin inmutarse. Impulsado por un ímpetu desconocido, estiró una mano y la posó sobre la frente de Sawamura, temiendo lo peor.
Catástrofe que confirmó cuando su piel prácticamente se había quemado con el contacto de la piel ajena. Sin embargo, el contacto pareció alterarlos a ambos de manera desproporcionada: Sawamura saltó en su sitio y retrocedió varios pasos, quedando bajo la lluvia sin importarle aparentemente.
Y todo había sido porque Miyuki se había adelantado tanto sobre él que si Sawamura no se hubiese alejado, ambos estarían en el suelo producto de la colisión. La reacción del pitcher hizo reaccionar a Miyuki; se sorprendió a sí mismo con el brazo extendido, parte de su cuerpo mojándose otra vez por la lluvia. Ahora veía más borroso que antes a Sawamura, quien se había quedado estático en su lugar.
— ¿Eres idiota? Estás volando de fiebre, vas a ponerte peor. Sal de ahí, entra.
— Miyuki senpai…¿por qué hueles tan bien?
El aludido sólo se le quedó observando, confundido y alcanzando un nivel de hastío que ya lo estaba superando. Dejó caer el brazo, aún alterado. ¿Por qué se había acercado así a Sawamura, acaso había perdido el equilibrio sin darse cuenta? A eso tenía que sumarle la pregunta que había hecho el muchacho afiebrado en aquel tono tan…¿estaba delirando? Se preguntó si hablaba de un perfume que ya creía se había lavado con la lluvia, o tal vez de algún aromatizante que había comprado aquel mismo día y quizás se hubiese roto dentro de las bolsas...sí, seguramente era eso.
— Sal de debajo de la lluvia, Sawamura. Última vez que te lo digo.
— Si no, ¿qué?
— ¿Cómo?
¿Pero qué rayos acababa de suceder?
Sawamura no sólo no le había gritado como de costumbre cuando debía obedecer una orden que no le agradaba, sino que le había retrucado en un tono tan provocativo que Miyuki se vio momentáneamente paralizado, no por la sorpresa en si, sino por lo que aquello había causado en su mente. Estragos, eso era lo que había ocasionado. De la nada, de su ser surgieron unas inmensas ganas de saltarle encima, y le preocupó el cariz de ese impulso. No quería agredirlo físicamente, pero algo en su cerebro se había activado, alguna especie de instinto que había estado dormido hasta ese momento en el que había oído la provocación en el menor.
El deseo ferviente de demostrarle quién mandaba allí se hizo tan presente que incluso pareció verse reflejado en su rostro al notar como Sawamura retrocedía otro paso más, alejándose de él.
¿Ahora quería huir, después de que lo había desafiado de aquella manera?
— Si no lo haces, iré a buscarte.
La lluvia parecía no querer detenerse y eso sumado a que Miyuki no estaba viendo demasiado bien, le estaba dando una imagen distorsionada de Sawamura, por mucho que entrecerrara los ojos. El menor volvió a retroceder uno, dos pasos más.
Sin embargo, no le faltó mucho para que su espalda chocara contra la pared contraria, cerca de las máquinas expendedoras; al notarlo dio un respingo y su rostro quedó momentáneamente iluminado por aquellos surtidores. Miyuki pudo apreciar que seguía agitado, casi jadeando. ¿Era su comportamiento una invitación abierta a la violencia? Miyuki no se consideraba una persona agresiva, no al menos de manera directa. Nunca había iniciado por cuenta propia una pelea a puños y las pocas veces que había salido lastimado de una, había sido en pos de defenderse a sí mismo o a alguien más.
Pero Sawamura lo estaba llevando a un extremo de ansiedad que no podía manejar. ¿Lo que quería era golpearlo, realmente? Le generaba rabia que no sólo hubiese osado a desafiarlo, a no cumplir su orden, sino que además siguiese provocándolo de aquella manera tan ridícula, pero también le daba temor no poder controlar aquel empujón de extraña adrenalina que le recorría cada vez a mayor velocidad por la venas al punto de aturdirlo.
Que quería ponerle las manos encima, de eso estaba seguro. Sus manos se abrieron y cerraron varias veces, apretándolas fuertemente en sendos puños. Apreció que Sawamura observaba todos sus movimientos pese a que Miyuki se había quedado clavado en su sitio, casi dentro del galpón.
Intentó respirar el aire húmedo de la tormenta, pero recordó que su nariz estaba un tanto congestionada. Maldita suerte la suya.
No veía, no podía oler nada, estaba mojado hasta el culo y para colmo Sawamura lo tenía de los nervios.
Linda noche la que estaba viviendo.
— Sawamura.
Realmente llegó a pensar que el aludido no iba a contestar su llamado considerando la advertencia tácita que incluía su voz, pero de imprevisto pareció muy interesado en lo que podía llegar a decirle. Sin embargo, antes de que pudiera pronunciar algo más, como si su cuerpo fuese manejado por una fuerza que no era él mismo, sus piernas se dirigieron hacia delante, internándose en la lluvia en dirección a Sawamura; éste sólo atinó a presionarse más contra la pared sin verdaderas intenciones de huir...pese a que, increíblemente, Miyuki mismo comenzaba a considerarse peligroso en esas circunstancias imprevistas.
— Acércate, vamos. No muerdo.
— Así, no.
— Enséñame, entonces.
Kuramochi sintió que hasta el último músculo de su cuerpo se relajaba al oír la risa pícara de Ryosuke en medio de la semi penumbra que había en aquel cuarto, sólo iluminado por una pequeña lámpara que había quedado en el suelo, detrás del escritorio. La luz era lo suficientemente intensa para que el Alfa distinguiera con nitidez las facciones de Ryosuke, aunque le hacía perder detalles como el sonrojo que estaba seguro ahora adornaba sus mejillas; había soñado tantas veces con tenerlo en aquella situación que aquello parecía una fantasía más.
Se había dejado llevar, había permitido que Kuramochi lo aplastara con su cuerpo sobre la cama e incluso no había puesto objeción alguna cuando el Alfa, tras un pedido tácito y temeroso, le había retirado la camiseta y desabrochado el pantalón.
Sin embargo, Kuramochi ya había estado aguardando la primera queja, la cual había tardado bastante en hacerse oír.
— Estás muy tenso, Kuramochi. ¿Cómo pretendes relajarme a mí si tú te quedas petrificado?
¿Y cómo él podría decirle que temía dar un paso en falso y ser demasiado brusco o posesivo con él y que terminase arruinando la situación que tanto le había costado conseguir? Lo cierto es que Ryosuke parecía relajado debajo suyo; sus extremidades laxas, su expresión tranquila. Sus piernas estaban lo suficientemente separadas para acomodar el cuerpo de Kuramochi entre ellas y una mano suave y distendida acariciaba su rostro apenas con los dedos. El aroma llegó con potencia a las fosas nasales ajenas, despertándolo de su ensoñación.
— ¿Quieres hacer esto, de verdad?
El susurro de Ryosuke descolocó a Kuramochi; parecía haber una mezcla de tristeza y decepción en su voz, cosa que el Alfa no quería ni podía permitir. Sólo debía dejarse llevar por sus instintos, ¿por qué aquello resultaba tan difícil?
— Claro que quiero.
— ¿Entonces? ¿Qué es lo que te detiene?
— Tú.
Mierda, mierda. ¡No, qué mierda acababa de decir! Su boca fue más rápida que sus pensamientos y sólo había soltado una sola palabra; había querido decir que lo que lo detenía eran sus propias inseguridades, su propio temor a no ser lo que Ryosuke esperaba, y ya la había cagado. Otra vez.
Estaba perdiendo la única oportunidad que él mismo se había auto impuesto.
— No es lo que piensas, no quise decir que tú seas un problema, claro que no, yo…
— Te haces demasiado problema. Ya te lo dije, apestas como Alfa.
— Pero…
Kuramochi sabía que Ryosuke tenía fuerza, pero no tanta. En un abrir y cerrar de ojos había conseguido voltearlo en la cama e invertir posiciones; ahora era Kuramochi quien estaba de espaldas y Ryosuke sobre él, montándolo de una manera que al Alfa no pudo resultarle más que sensual, su torso descubierto y sus pantalones flojos, un poco caídos ya. Kuramochi quería agregar algo más, disculparse o quejarse, lo que fuera que saliera primero, pero la voz se le había ido en cuanto Ryosuke se cirnió sobre él de manera casi amenazante.
Kuramochi no podía hacer nada, estaba más que claro. No tenía salvación.
— Si tú no puedes dominar la situación, entonces lo haré yo. Quítate la ropa.
Haruichi no quería admitirlo, pero realmente se estaba poniendo nervioso sin su hermano cerca.
Aquella tranquilidad y seguridad que había sentido en el lapso en el que Ryosuke se había quedado dentro de su cuarto habían sido gratamente confortables, y no sabía a ciencia cierta si se debía a que era su hermano mayor o porque la cercanía entre Omegas durante las alteraciones hormonales solían generar esa sensación de sosiego.
De cualquier manera, ya había estado a punto de abandonar la habitación un total de 4 veces; las había contado porque era la cantidad de veces que se había levantado de la cama y se había acercado a la puerta. Se había quedado observando el pestillo puesto varios segundos y luego de reflexionar que aquello no era buena idea, volvía a su sitio, a seguir aguardando.
Volvió a espiar la pantalla de su celular; ya lo hacía por inercia más que para corroborar la hora. Ya habían pasado alrededor de 40 minutos desde que Ryosuke se había ausentado en busca de no sabía qué, y comenzaba a impacientarse de verdad. Por lo que había alcanzado a oír, se había ido con Kuramochi a buscar algo o a alguien; al principio aquello le había resultado natural y hasta se había aliviado por ver que no estaban enemistados...pero al pasar los minutos, se percató de que quizás aquello no había sido del todo buena idea por parte de su hermano.
Confiaba en Kuramochi y conocía perfectamente el carácter temerario e imposible de Ryosuke...pero no sabía cómo podían comportarse ambos con sus hormonas trastornadas. No había tenido en cuenta que Ryosuke era Omega y Kuramochi, un Alfa.
Había querido llamar a su hermano en una ocasión, pero desistió rápidamente. Su preocupación estaba nublada por los nervios, era sólo eso. Si Ryosuke llegaba a entrever que él lo veía débil…pero, ¿adónde podrían haber ido con semejante tormenta desatándose?
Otra cuestión que estaba esquivando era Sawamura, o el hecho de que el Omega no contestaba sus mensajes. Primero llegó a pensar que finalmente las hormonas sí lo estaban alterando al punto de no dejarlo siquiera contestar un mensaje de texto, pero cuando intentó llamarlo no había obtenido respuesta alguna. Estaba encerrado y en teoría Kuramochi le había dado la llave de Sawamura al entrenador Kataoka, ¿verdad? Nadie tenía que llegar al punto de tirar abajo la puerta para…¿o si?
Sawamura aún no había entrado en su necesidad propiamente dicha, y por lo que había leído y oído, en aquellos casos primerizos sólo la cercanía de un Alfa podría acelerar tanto el proceso, por eso lo habían encerrado así...pese a que sabía que aquello era una cuestión hormonal más que racional, no podía imaginar a ninguno de sus compañeros de equipo cometiendo una salvajada tal...
Varios golpes en la puerta lo sobresaltaron al punto de casi caerse de la cama. Jadeó levemente asustado, pero luego recordó que su hermano estaba afuera. Con un suspiro de alivio, brincó en la cama, feliz de su retorno y ansioso por saber qué había pasado.
— Menos mal que ya volviste, me preocupaba que algo malo hubiese sucedido…
En ese momento y mientras decía aquello en tono de reproche mal disimulado, Haruichi giró el pestillo con total confianza; cuando la puerta se abrió y el viento le azotó el rostro junto con algunas gotas de agua fría, el aroma que le llegó de lleno a las fosas nasales no tenía nada que ver con la fragancia dulzona que solía desprender Ryosuke.
Ese olor era más intenso y acre al punto de obligarlo a fruncir la nariz producto de la molestia inicial.
Comenzó a sentir las palpitaciones en su cuello y en sus oídos en cuanto se dio cuenta lo tonto que había sido. Furuya estaba de pie del otro lado de la puerta; con los relámpagos de fondo iluminando el cielo tormentoso y el aroma penetrante que desprendía, a Haruichi le pareció más alto y amenazante que nunca, pese a que no hacía ningún movimiento. Sus ojos parecían levemente extraviados hasta que notó su presencia, posándolos sobre él.
— F-Furuya-kun…¿estás bien?
— Tengo calor.
El Omega frunció el ceño, confundido. Él mismo estaba abrazando su cuerpo para intentar que el frío del exterior no lo enfriara a él, sus vellos erizándose y un escalofrío recorriendo su columna dorsal mientras le resultaba inverosímil procesar lo que el otro acababa de decir.
— Hace frío, refrescó.— dijo en tono inseguro comenzando a dudar de sí mismo.
— Entonces, ¿por qué tengo tanto calor?
No fue la frase sino el tono en el que había sido pronunciada lo que alertó a Haruichi. Más rápido de lo que creía ser capaz intentó cerrar la puerta sin pensarlo dos veces; tenía más certezas que dudas con respecto al motivo por el que Furuya no podía controlar su temperatura corporal, y no estaba dispuesto a ser él mismo quien lo comprobara en carne propia.
Había sido ágil en tomar la puerta y azotarla sin miramientos, pero no lo suficiente. Furuya al parecer estaba más despierto en reflejos de lo que demostraba su comportamiento embotado, y fue capaz de evitar que la entrada a la habitación de Haruichi se bloqueara del todo; la madera golpeó su brazo en forma violenta y toda la puerta tembló, al igual que Haruichi.
— ¿Por qué?
— Furuya-kun, sólo vete. No sé, ponte debajo de la lluvia un rato.— soltó atropelladamente pese a que se percató de que Furuya ya estaba completamente empapado, probablemente habiendo intentado lo que él le proponía.
— Déjame entrar, por favor.
En ese momento, Haruichi tuvo miedo de verdad. Furuya no parecía tentar ningún movimiento para forzar la entrada, pero no era necesario; algo en su voz había cambiado, el tono, la intención. Con aquella petición, la mano de Haruichi tembló en el borde de la puerta, aflojando el agarre. Sus músculos de volvieron débiles y, pese a que algo en su cerebro le gritaba que reaccionara, no podía hacerlo.
Soltó la puerta y el viento simplemente hizo su trabajo.
Como alienado, Haruichi se limitó a observar la escena: el más alto ingresó inseguro al cuarto y cerró la puerta tras de si; al Omega no se le escapó el hecho de que había colocado el pestillo al hacerlo, y aquella acción sólo provocó que se sofocara producto de los nervios. Hasta ese momento, Furuya parecía interesado en escanear con sus ojos toda la habitación; sin embargo, al oír el jadeo ahogado de Haruichi, volteó en su dirección, prestándole otra vez atención.
El aura que desprendía aquel Alfa era terrorífica, pero al mismo tiempo malditamente atrayente.
Haruichi dio un paso, dos hacia atrás; trastabilló antes de llegar a chocar con la pared, pero los reflejos de Furuya fueron más veloces y evitaron que colapsara hacia el suelo.
Lo cual hubiese sido mil veces mejor a experimentar el calvario que sufrió cuando sus cuerpos hicieron contacto. Haruichi había quedado literalmente atrapado entre los brazos de Furuya en una posición extraña y un tanto incómoda; pese a que el esfuerzo que estaba haciendo Haruichi por apartar a Furuya de sí le hacía temblar todos los músculos del brazo, éste ni siquiera parecía notarlo, por lo que comenzó a inclinarse hacia adelante en un intento por alejar todo su cuerpo del Alfa, sin éxito. Furuya se inclinaba junto a él aún con el Omega preso entre sus brazos y habrían estado ambos por caer al suelo de no haber sido porque la pared estaba cerca y Furuya alcanzó a sostenerse, liberando uno de sus brazos de la prensa asfixiante.
Fue en ese momento que Haruichi se percató de la mirada del más alto; ya no estaba perdida y turbia como lo había visto al mediodía y hacía unos minutos cuando lo había dejado ingresar al cuarto por error; muy por el contrario, sus ojos azules estaban concentrados en una parte de la anatomía del Omega que a éste no le gustó nada: su cuello. Comenzó a forcejear otra vez obteniendo los mismos resultados fútiles, comenzando a desesperarse.
— Furuya-kun, mírame. No, mírame aquí, mi rostro.
Pese a que no quería hacerlo, Haruichi tuvo que tomar entre sus manos el rostro ajeno para que obedeciera su orden; cuando sus pieles volvieron a hacer contacto Furuya pareció reaccionar, sobresaltándose. Cuando se miraron finalmente a los ojos, Haruichi volvió a percibir aquel olor penetrante en el ambiente con mayor intensidad que antes; pese a no querer admitirlo en su mente, el aroma sí lo alteraba al punto de flaquear en su determinación por apartarlo; su cuerpo se aflojó y un extraño hormigueo se extendió por sus extremidades al mismo tiempo que el calor invadía su cuello ascendiendo hacia su rostro. Sus pulmones inspiraron más de aquella fragancia de manera casi instintiva ocupando cada centímetro de aire que respiraba sin importarle demasiado ya...él tenía que apartar a Furuya ahora, antes de que fuera tarde…¿por qué tenía que apartarlo, si se estaba tan a gusto?
Y Furuya se había tomado muy en serio la cuestión de prestar toda su atención en Haruichi; ni siquiera parecía pestañear cuando su rostro se acercó lentamente al suyo, quizás midiendo sus reacciones. Haruichi no se apartó, sino que su cuerpo pareció aflojarse todavía más…
Por lo que no estaba preparado para el golpe que dio su espalda contra la pared de manera brusca y opresiva. Furuya no lo había empujado, sino que los había empotrado a ambos contra la pared, el cuerpo del Alfa presionando el suyo casi de manera asfixiante; cuando Haruichi quiso retirarlo hacia atrás, ya era demasiado tarde: los labios y lengua de Furuya estaban haciendo estragos con su cuello, lamiendo, besando y chupando la piel que tenía a su disposición.
Los sonidos húmedos y ansiosos lograron que Haruichi se aflojara aún más y que un pequeño quejido surgiera de su garganta, incluso con sus labios fuertemente sellados. La boca impaciente del Alfa subió por su barbilla casi de manera desesperada, capturando sus labios en un beso que parecía más una mordida que una demostración cariñosa; la lengua invadió su boca sin que Haruichi pudiese evitarlo, ahora el gemido atrapado entre ambas lenguas. Sin poder detenerlo realmente, el Omega intentó sobrellevar el ritmo intenso e implacable al que lo sometía Furuya sin éxito alguno; cuando lograba acostumbrarse a sus besos, el Alfa abandonaba su boca y volvía a atacar su cuello, y cuando lograba exponerlo para él abiertamente aunque aún con cierta vergüenza, el Alfa lo acometía introduciendo sus manos bajo su camiseta, acariciando pero también rasguñando su piel.
Y Haruichi no podía hacer otra cosa que responder a sus besos hambrientos y retorcerse entre sus brazos con una mezcla de culpa, inseguridad y deseo que no se sabía capaz de experimentar; era la primera vez que estaba en contacto directo con un Alfa en una situación tan comprometedora como aquello. Ryosuke se había encargado de hacerle saber lo agresivos y peligrosos que podían ser los Alfas cuando las hormonas jugaban un papel importante en la cuestión, y también lo traumático y perjudicial que podía llegar a ser aquello para un Omega, por lo que siempre Haruichi los había visto como amenazas de las que debía hallarse alejado, al menos cuando las cosas se alteraran, como en aquella ocasión.
Entonces, ¿por qué no sintió realmente miedo cuando Furuya literalmente había rasgado su camiseta para exponer su torso o cuando los besos que repartía por la piel que tenía ante él se habían convertido en mordidas sutiles que le generaban descargas eléctricas que comenzaban a volverse adictivas? Si aquello era tan nocivo, ¿por qué quería continuar? El remordimiento por no obedecer a su hermano comenzaba a ser reemplazado por el anhelo de obtener cada vez más de aquel encuentro. Algo en su interior, en su mente, le decía que aquello estaba mal, que era incorrecto, pero su cuerpo respondía de una manera muy diferente, provocando todavía más a Furuya al restregarse contra su torso de manera insinuante.
— Quítate la camiseta. Ahora.
Haruichi había realizado intentos un tanto tímidos de retirar la ropa del pitcher sin grandes resultados; la diferencia de alturas se había sumado al ya de por sí difícil manejo del Alfa quien estaba tan concentrado procurando desnudarlo a él que le impedía a Haruichi lograr algo por cuenta propia, por lo que la frustración había hecho estallar su ansiedad, y la orden había salido en un tono más autoritario y violento del que le hubiese gustado.
Sin embargo, Furuya no sólo no había rechistado, sino que había acatado su reclamo tan pronto como lo había proferido, sorprendiendo y alterando a Haruichi por partes iguales; más piel descubierta significaba más esencia en el aire, lo cual embotaba más a su cerebro. Sus manos temblorosas se animaron a acariciar su torso desnudo y en esa ocasión, el roce resultó tan placentero que presionó las yemas de sus dedos contra su piel, hundiendo los dedos. La caricia se propagó por todo su torso descendiendo hacia su abdomen ante la atenta mirada de Furuya; ninguno de los dos parecía respirar, y para cierto momento, Haruichi se percató de que en el camino había incrustado sus cortas uñas en Furuya, lastimando el trayecto que recorrían sus dedos.
Finalmente, sus manos se detuvieron en el límite de los pantalones ajenos, sujetándose del borde de éste; temeroso e inseguro de cómo proseguir aquello sin que la culpa lo hundiese, tragó saliva e inspiró aquel aire enviciado, reuniendo un valor que no poseía.
— ¿Por qué no continúas? Voy a aburrirme.
Haruichi había acercado sus torsos y lo último lo había susurrado contra el oído de Furuya, incapaz de mirarlo a la cara luego de decir aquella mentira. De dónde había sacado el coraje para decir aquello sin explotar de la pena, no lo sabía; estaba claro que las hormonas lo habían alterado a un punto indecible porque era incapaz de reconocerse a sí mismo. Lo cierto es que deseaba urgentemente que Furuya tomara el control de la situación de una vez por todas porque, si se quedaba inmóvil y esperaba a que él continuase, no iban a ir a ninguna parte.
Y Haruichi deseaba continuar, pese a que todas las alarmas coherentes de su cerebro le exigían que se detuviese.
Por supuesto, Furuya no iba a decepcionarlo.
El Omega había oído que, en ciertas circunstancias especiales fuera del celo, el Alfa podía volverse sumiso y obedecer las órdenes de un Omega que lo hubiese cautivado lo suficiente como para nublarle el juicio, y Haruichi no podía creer que él hubiese dado en el clavo...hasta que Furuya sí volvió a obedecer a su orden.
El Alfa volteó a Haruichi dejándolo de frente contra la pared a una velocidad y con una facilidad que le quitaron el aire al Omega, y antes de que pudiese siquiera contorsionar el cuello y clavarle una mirada asesina a Furuya, éste ya le había arrebatado los pantalones finos de un tirón, dejándolo sólo en ropa interior. Lo siguiente que percibió fue el torso caliente del otro adosado a su espalda y una dureza en su trasero que no tardó demasiado en identificar qué era; ansioso y curioso por la reacción ajena, Haruichi se reclinó hacia atrás presionando la erección de Furuya, sintiéndola de lleno. Ambos gimieron por el contacto, y en ese momento el Omega se percató de que cualquier tipo de duda o vergüenza los había abandonado. O lo habían abandonado a él, porque Furuya parecía tener bien en claro lo que quería.
— Es extraño, pero quiero llenarte.— el rostro de Haruichi ardió ante los dichos del Alfa, el cual parecía, increíblemente, no terminar de comprender qué era lo que le sucedía.— Y no sólo eso.
— ¿Qué más quieres de mi?
Haruichi quiso voltearse y encarar a Furuya, pero aquella noche el muchacho parecía adelantarse a sus jugadas; como si de una serpiente se tratara, uno de sus largos brazos atrapó nuevamente al Omega, rodeándolo y atrayéndolo más contra su cuerpo. En una contorsión un tanto extraña e incómoda, Haruichi giró el torso y logró besar a Furuya, ésta vez de forma lenta y pausada, tranquila. Cerró los ojos cuando sintió como la mano libre del Alfa se introducía en su ropa interior, fisgoneando. Acarició su erección con el mismo ritmo tortuoso de sus besos, enloqueciéndolo; movió las caderas intentando llevar el ritmo, pero Furuya simplemente pasaba de él.
Haruichi gimió atrapado aún en los labios ajenos cuando aquella mano de largos dedos se deslizó hacia atrás, entre sus muslos, apenas tanteando. Uno de sus dedos rozó su entrada y un espasmo se apoderó del Omega, un poco asombrado por lo extraño y agradable que se había sentido aquello; al ver su reacción, Furuya se ensañó, palpando y presionando de manera regular aquel orificio que comenzaba a ceder por sus atenciones.
— Estás tan…¿por qué estás tan mojado?
— Mételo de una vez, Furuya.— rezongó, frustrado y hastiado por la pereza que ahora parecía demostrar otra vez el Alfa.— M-Más despacio, molesta…
Por supuesto, Furuya parecía seguir al pie de la letra sus instrucciones, y no había habido dudas ni decoro cuando uno de aquellos largos dígitos se introdujo limpiamente por su entrada y se hundió en su interior moviéndose de forma frenética por aquel lugar tan estrecho, como si hurgara en busca de algo…
Con un poco de pena renovada, Haruichi se percató de que ahora era él quien movía las caderas intentando aumentar el ritmo de aquella penetración; Furuya le ayudaba aumentando su propia ansiedad, sumándole otro dedo más a la cuestión; por la extraña posición en la que aún se hallaban, parecía que Haruichi estaba cabalgando el antebrazo del Alfa quien era capaz de sostener su peso casi de forma completa. Envalentonado por aquello, el Omega se apoyó de lleno sobre el brazo de Furuya y aceleró el vaivén. Sin embargo, al cabo de unos segundos en los que Haruichi le había encontrado el verdadero placer a todo aquello, los dedos se apartaron dejando una sensación de vacío y frustración que amenazó con tornarlo violento, pero tampoco tuvo tiempo de hacerlo.
Furuya lo había levantado del suelo como si no pesara más que una pluma; antes de poder quejarse, Haruichi tuvo que sostenerse del cuello del otro para no perder el equilibrio y caer otra vez al suelo. Al ver la mirada oscura y primitiva de Furuya, Haruichi supo que aquello iba a tomar otro cariz y los latidos de su corazón se volvieron más rápidos e intensos que antes.
Simplemente se dejó llevar hacia su propia cama; la ropa que les estorbaba a ambos desapareció en segundos, y en menos tiempo del que creía posible, Haruichi sintió su cuerpo entero ardiendo debajo del ajeno. Furuya era más alto y pesado que él, por lo que al acomodarlo entre sus piernas ya no tenía mucha movilidad y mucho menos escapatoria.
Furuya se dedicó plenamente a olfatear su cuello, a embriagarse con su esencia. Haruichi se limitó a enterrar sus uñas en la espalda del Alfa y a esconder su rostro en el hueco de su cuello, aspirando de manera más tímida aquel olor acre que ya se había impregnado en toda la habitación.
— Hazlo, Furuya. Hazlo ahora.
