Capítulo 5
— Furuya, espera, espera, ¡no!
Era en vano.
Haruichi no sólo se percató de que Furuya estaba muy lejos de oírlo, sino de lo que se venía a continuación. Y no precisamente porque lo estuviese viendo, sino porque era ya la tercera vez que ocurría.
Un gemido que alcanzaba a ser casi un grito ahogado se atascó en su garganta, transformándose en un jadeo ahogado; Furuya lo había penetrado tan rápido y con tanta fuerza que el envión lo había obligado a desplazarse sobre el desorden de sábanas que era ahora su cama, resbalándose. En la posición desventajosa en la que se hallaba, no sólo no podía ver lo que el Alfa hacía, sino que tampoco podía aferrarse a nada más que la almohada, casi al borde del colchón.
Había intentado gatear sobre la mullida superficie en un intento por escapar luego de la segunda vez que Furuya se había corrido en su interior. Haruichi había previsto que el sexo era algo placentero, pero no tan enérgico y agresivo. El Alfa literalmente había hecho con él lo que había querido y no es que el Omega hubiese tenido alguna queja al respecto.
Pero no lo dejaba recuperarse. Ni respirar.
Había terminado ambas rondas exhausto y sin aire, completamente inmóvil sobre el colchón. Una sensación de pesadez se había instalado en todo su cuerpo y una leve ensoñación se dejaba entrever pasados unos minutos. Cuando quería cambiar de posición, sentía una extraña humedad deslizarse entre sus muslos, recordándole el origen de aquello.
Y era ahí cuando se percataba de que ni siquiera se estaban cuidando. Haruichi sabía que el embarazo en un Omega que no estaba en su período de necesidad era una probabilidad muy difícil, pero no nula. La primera vez, había intentado razonar con Furuya acerca de aquello, explicarle el riesgo que corrían si el Alfa acababa en su interior. Desoyéndolo, Furuya lo había hecho no una, sino dos veces.
Haruichi había intentado ponerse firme después de su segundo orgasmo; más confiado y laxo de lo que le hubiese gustado sentirse, había encarado a Furuya una vez más, quien se hallaba de espaldas sobre el colchón, intentando recuperar el aliento. Mientras Haruichi reunía la poca paciencia que le quedaba en aquel tema, notó con resignación que Furuya lo oía, pero el deseo que expresaban sus ojos superaba con creces cualquier acción preventiva que incluyera dejar de follar.
Por eso, tampoco le sorprendió cuando su andar sobre las sábanas se detuvo, su intento de huida frustrado, sus piernas temblorosas incapaces de moverse más rápido y resistirse a la presión que Furuya ejercía sobre sus caderas.
De espaldas y con el rostro enterrado en la almohada, Haruichi sentía que en cualquier momento podían pasar dos cosas: Furuya iba a perder el control de sus embestidas e iba a partirlo en dos, o ambos iban a terminar en el suelo. Por el impulso de sus caderas contra su trasero, Haruichi había ido desplazándose sin poder evitarlo sobre la cama y ya se encontraba casi al borde; se percató de aquello porque, de un momento a otro, la almohada que le servía para sosegar los sonidos indecentes que surgían de su garganta desapareció, cayendo al suelo. El Omega intentó rescatarla estirando un brazo, en vano. Instintivamente tenía que sostenerse del colchón si no quería ser él quien terminara en el suelo.
Igualmente, Haruichi no podía mentirse a sí mismo. Pese a todo lo que había oído y de saber que no se hallaba en su celo, aquella experiencia era, como mínimo, singular y magnífica. No sabía si Furuya tenía experiencia en el área o aquello era instintivo, pero lo hacía muy bien. Era desinhibido y certero, pero por sobre todo, parecía no agotarse jamás. Sólo necesitaba unos breves minutos para recuperarse y volver a cargar contra Haruichi quien, al cabo de un par de minutos, dejaba de resistirse y comenzaba a exigirle aún más fuerza y velocidad, si aquello era posible.
De repente, Furuya cambió de táctica; como en la última media hora Haruichi había experimentado varios cambios de posición, no se sorprendió ni le molestó demasiado que Furuya jalara de su cabello hacia atrás, enderezando su torso. Sin embargo, la posición no sólo era un tanto incómoda, sino difícil de mantener; el Omega se consideraba bastante elástico, pero al hallarse inclinado hacia atrás había tenido que soltar el colchón, su único soporte en aquel ataque directo que estaba sufriendo su cuerpo. Las embestidas no habían mermado en fuerza ni prisa, por lo que su cuerpo estaba intentando mantenerse estable sólo con la fuerza de sus piernas, haciendo equilibro.
Suspiró entre gemidos cada vez más altos cuando percibió el aliento caliente de Furuya sobre su cuello; sus labios y lengua hicieron estragos sobre su piel logrando que un hormigueo recorriera las extremidades del Omega. Descubrió un poco más su cuello dejándole mayor acceso para que continuara con sus caricias…
...Hasta que la mente no tan obnubilada de Haruichi detectó el peligro.
Furuya había repasado con la lengua un sitio específico de su cuello una y otra vez, entre la unión de éste y su hombro, justo en el hueco que quedaba al descubierto al haber reclinado la cabeza hacia el lado contrario. Al notar aquello y sabiendo de la poca movilidad que tenía, Haruichi intentó mover el cuello hacia el lado contrario, quitándole acceso a él. Le fue imposible; Furuya lo tenía tan sujeto del cabello que había inmovilizado incluso su torso, por lo que el Omega se limitó a golpear su rostro por encima de su hombro con la mano libre que no se sostenía del colchón.
— ¿Qué sucede?¿Te duele?
La voz ronca y agitada de Furuya contra su oído lo desestabilizó y calmó brevemente la ansiedad de Haruichi. Cerró los ojos, perdiendo fuerza de voluntad cuando sintió el orgasmo acercándose, otra vez. Su cuello quedó laxo hacia atrás, su nuca apoyada en el hombro de Furuya mientras la mano que anteriormente lo había golpeado ahora se aferraba al brazo izquierdo del Alfa, clavándole las uñas hasta hacerlo sangrar.
Los espasmos de su culminación fueron lo suficientemente fuertes para sentir que la conciencia lo abandonaba por breves segundos; Furuya se dedicó a sostenerlo mientras el cuerpo del Omega se hallaba laxo y relajado, su espalda apoyada en el torso del Alfa. En ese momento, Haruichi no le prestó atención al tirón que Furuya dio nuevamente a su cabello.
El Omega aún sentía las embestidas de Furuya cuando un dolor lacerante le atravesó el cuello. Despertó rápidamente de su relajación, intentando zafarse. Fue inútil; la mano derecha del Alfa mantenía su cabello firmemente sujetado al tiempo que su brazo izquierdo rodeaba su cintura en un agarre tan asfixiante que Haruichi no podía escapar. Jadeó, sintiendo que le faltaba el aire.
Furuya lo había mordido. Lo que él había temido momentos atrás, y que por culpa de la maldita calentura lo había dejado estar.
— Furuya, suéltame. Por favor, no.— la voz de Haruichi se quebró cuando sintió los dientes ajenos hundiéndose todavía más en su piel, el dolor alcanzando su brazo izquierdo.- Detente, te lo suplico…
Pero era inútil.
El Alfa sólo amagó con aflojar su mordida cuando el orgasmo lo alcanzó a él también; apenas Furuya pareció perder fuerza, Haruichi golpeó su rostro con más fuerza que antes, esta vez consiguiendo apartarlo.
El golpe fue certero; Furuya cayó hacia atrás sobre la cama y Haruichi hacia delante, al suelo. Como pudo, se sentó y con temor acercó la mano a su cuello adormecido. No se atrevía a tocar la zona, mucho menos a verla; sentía la carne caliente, hinchada y palpitante, la ansiedad subiendo desde su pecho hacia su garganta y su rostro, escapándose por sus ojos. Frunció los labios intentando contener el sollozo que quería salir de su garganta mientras gruesas lágrimas caían por su rostro, empañando su visión del suelo.
Finalmente, se decidió a acariciar suavemente la piel maltratada. Increíblemente lo que sintió no fue dolor, sino una especie de latigazo eléctrico que le traspasó la espina dorsal. Tragó saliva, asustado. Al palpar más a conciencia, notó un leve relieve en su cuello, el estigma de lo que tanto temía podía suceder.
—¿Estás bien?
Haruichi saltó en su sitio desde el suelo, aún sentado. Aterrado por haberse olvidado de Furuya, se dio la vuelta para encontrarlo a sus espaldas, también en el suelo. Sin embargo, ésta vez había tomado cierta distancia de él, y en sus ojos el Omega vio la cautela y el recelo burbujeando en la superficie. Estaba asustado, al igual que él.
— No, no estoy bien.
— Lo siento.
El silencio se instaló entre ellos, un tanto incómodo. Fuera ya no se sentía el viento azotando la puerta y la ventana, y la lluvia parecía haberse transformado simplemente en una llovizna. Los minutos pasaron, y pese a que Haruichi otra vez volvía a sentir esa sensación extraña de aquel líquido escurriéndose entre sus piernas, tampoco se movió. El hormigueo en su cuello cedió, y sólo quedó la percepción palpitante de su piel lastimada.
Aún así, Furuya sí se movió; Haruichi le dio la espalda casi todo el tiempo hasta que el Alfa decidió acercarse un poco más, indeciso. Al Omega llegó a causarle cierta gracia que ahora se desenvolviera con tanta inseguridad, tan ajeno a momentos atrás.
De repente, Haruichi se sintió rodeado por los brazos ajenos en un abrazo tan robusto como los anteriores, pero más contenido, carente de la fuerza previa. Le costó relajarse, pero finalmente apoyó su espalda desnuda en el torso aún ardiendo de Furuya, en silencio.
¿Tenía rostro para culparlo por aquello? No. Él también lo había permitido, y no había estado en celo para justificar su conducta desenfrenada e irresponsable. Ambos habían obrado mal y pese a que Haruichi quería descargarse en contra de Furuya, no quiso que él pagara el peso de su culpa y miedo.
— Lo siento, pero aún así no me arrepiento.
Haruichi abrió los ojos, levemente somnoliento. Aún se hallaba en brazos de Furuya y había perdido la noción del tiempo, dejando que el agotamiento físico y mental lo dominasen. La voz profunda del Alfa resonó en su espalda, transmitiéndole cierto grado de la seguridad que Haruichi necesitaba para encararlo. Furuya se limitó a presionarlo más entre sus brazos, enterrando la nariz en aquella marca que había dejado hacía tan poco, fresca y palpitante aún.
— Más te vale no arrepentirte.
— No lo haré.
Furuya pareció levemente ansioso al recibir al fin algún tipo de respuesta. Haruichi suspiró, resignado. Su primera había sido tan buena y mala a la vez que no sabía si reír o llorar. ¿Había sido mala, de verdad? ¿O sólo era el temor de lo que le deparaba el destino los próximos días cuando finalmente terminara de caer en cuenta que Furuya, su compañero de equipo, lo había vinculado…?
El terror repentinamente lo dejó sin aire. Sintió una opresión en el pecho que nada tenía que ver con los brazos de Furuya y, en un intento por recuperar oxígeno, arañó su propia garganta cuando se percató de que se había olvidado de un hecho fundamental y básico que, al recordarlo, le había provocado un ataque de pánico.
Su hermano Ryosuke.
Su hermano mayor había salido hacía ya no sabía cuánto y jamás había vuelto; lo que menos le preocupaba era que le hubiese pasado algo porque estaba con Kuramochi...ahora que lo pensaba, al menos sabía que no habría pasado algo que su hermano no quisiera. Dentro de su especulación, la culpa le allanó el camino de sus pensamientos en el momento en el que había aparecido algo de paz a su mente. Ryosuke le había dicho que echara el pestillo y que no le abriese a nadie, ambos sabían lo que estaba pasando e incluso el mismo Haruichi le había pedido al mayor que se quedase con él por miedo a que algo como aquello pasase...
Cuando su hermano volviese o peor, cuando todo aquello pasara de una vez y la vida volviera a la normalidad en el equipo de Seidou, no sólo él sino todos podrían ver en algún momento aquella maldita marca.
Ryosuke iba a asesinarlo. No, iba a matar a Furuya.
Un leve temblor recorrió su columna cuando pensó que, en algún momento, iba a tener que encararlo por aquello.
— ¿Estás bien?.— preguntó otra vez Furuya al percibir su nerviosismo aún con el rostro hundido en su cuello.
— Te he dicho que no.
— ¿Entonces no importa que Ryo-san me haya dado sus supresores? Miyuki-senpai, ve más despacio, ¡vas a arrancarme el brazo!
— No, no me importa, en lo más mínimo. Entonces muévete más rápido, ¿o voy a tener que cargarte?
— Ni pensarlo.
En realidad, a Sawamura no le hubiese importado que Miyuki lo hubiese cargado en brazos, incluso si lo hubiese hecho como si de un costal de papas se tratase. Mientras más cercanía física, mejor se sentía. O peor, dependiendo de cómo lo viese; luego de pasados unos segundos de duda en los que el Omega pensó que Miyuki finalmente había terminado de colapsar con toda la información que había soltado tan de repente, éste pareció reaccionar y algo en su interior se activó. O reactivó, no lo sabía bien. Lo había tomado del brazo con una fuerza sobrehumana y lo había arrastrado hacia el sector de los cuartos, sus bolsas, su blusa y sus lentes olvidados en el camino.
Sawamura tardó en comprender que Miyuki sabía hacia dónde se dirigían porque sencillamente estaba siguiendo el rastro que habían dejado sus feromonas; no sólo parecía estar desesperado - tanto como él - porque ambos estuviesen a solas, sino que una ansiedad y actitud defensiva que rayaban lo irrisorio se habían apoderado del Alfa, y Sawamura que entendía cada vez menos, simplemente se dejó arrastrar, demasiado débil física y mentalmente para resistirse e iniciar una pelea buscando explicaciones.
— ¿Por qué rayos tu habitación está tan lejos? Maldita sea.
El Omega nunca lo había visto tan furibundo antes, ni siquiera recordaba haberlo escuchado soltar más de uno o dos improperios por vez, y ahora ya había perdido la cuenta de la cantidad de insultos que había farfullado, impaciente y fastidiado por algo que a Sawamura se le escapaba.
De repente, algo más llamó la atención del Omega. Al girar por uno de los recodos de aquellos pasillos ahora desiertos, una fragancia penetrante y exquisita le llegó a las fosas nasales como si de un afrodisíaco se tratase, frenándolo en seco.
Por supuesto, Miyuki no se había detenido; Sawamura no tardó demasiado en darse cuenta porque el catcher jaló violentamente de su brazo al no percatarse a tiempo que el Omega se había detenido en una esquina, ladeando el rostro hacia el corredor que acababan de traspasar.
Quería, no. Tenía que ir hacia allí.
— Sawamura, ¿Qué crees que haces?
— ¿Eh?
Miyuki jaló ésta vez adrede con más fuerza de la necesaria; Sawamura colisionó inevitablemente contra su torso, pero el impacto ni siquiera inmutó al Alfa. Otra vez, su aroma tan parecido al café inundó sus fosas nasales, ablandando sus extremidades y sus ansias de pelea; la otra fragancia quedó completamente relegada cuando Miyuki lo presionó contra su torso aún desnudo, obligando a Sawamura a enterrar su rostro contra su piel caliente. El Omega no pudo resistirse y, lastimeramente, sintió el impulso renovado de tocarlo allí, en la mitad del corredor. Ésta vez, Miyuki se dejó hacer sin chistar y, para sorpresa de Sawamura, no retiró su mano cuando éste nuevamente la había introducido dentro de sus pantalones.
— Yo soy el único aquí, ¿me oyes?
— S-Sí…
— No, dímelo.— Miyuki jaló de su cabello con brusquedad, y pese a que Sawamura sintió cierto dolor en la acción, su cuerpo reaccionó de manera demasiado positiva a su vejación.
— Eres el único.
— Que te quede claro.
¿Qué había sido aquel extraño y cautivante aroma que Sawamura había percibido en aquel corredor? Nunca lo sabría. Nuevamente, Miyuki lo había sacado de allí tan rápido como le habían dado las piernas mientras seguía maldiciendo por algo que a Sawamura se le escapaba, pero que realmente no le importaba.
Subieron una escalera más.
— Espera.
Sawamura se detuvo otra vez, ésta vez sofocado y sintiendo el mismo fuego que lo había consumido momentos antes de salir de su habitación. Con la mano libre que le quedaba, apenas tocó su rostro se asombró y asustó por la temperatura que había alcanzado su piel.
— Vamos.
— No puedo...no puedo más, Miyuki-senpai…
Y lo vio. Miyuki lo había estado mirando sin ver realmente, pero Sawamura notó el cambio en su expresión. Sawamura no lo había hecho realmente adrede, pero le agradó ver el cambio favorable en el rostro ajeno. Miyuki había estado con estado de ánimo como mínimo difícil de manejar durante los últimos minutos, y el Omega notó como el tono de su voz un tanto sollozante y afligido parecían haberlo hecho reaccionar. La duda pareció instalarse en el rostro ajeno; Miyuki soltó el brazo de Sawamura y dio un paso adelante, hacia él. Se detuvo con ambos brazos estirados hacia delante, como si se estuviera debatiendo consigo mismo. Descendió las manos y miró por encima de su hombro, y luego otra vez a su posición.
— Miyuki-senpai, qué…
Sawamura se vio alzado en el aire de repente; el envión y el cambio de posición lo dejó momentáneamente sin respiración y su cerebro perdió estabilidad, mareándose. Sus ojos ahora veían el suelo, éste se movía...no, era él quien se movía. Tardó varios segundos en entender en qué posición se hallaba; Miyuki lo había cargado sobre su hombro de manera brusca y no se había detenido ni un segundo, siguiendo camino hasta lo que Sawamura creía era su habitación.
En un momento, Miyuki se detuvo; Sawamura oyó el sonido metálico del pasador, y supo que finalmente habían llegado a su habitación. Cómo lo habían hecho, todavía no lo sabía, pero el contacto directo con la piel del Alfa estaba volviendo loco a Sawamura. Mientras éste parecía luchar contra la puerta, el Omega se dedicó a aferrarse todavía más a su espalda, acariciando y arañando su piel caliente y aún mojada por la lluvia.
— La llave. Sawamura, dime que la tienes.
— ¿Eh?
La desesperación inundó la mente enajenada del Omega. ¿Qué había hecho con la llave? No podía recordarlo. Sabía que había cerrado la puerta una vez había salido durante la tormenta, pero no tenía registro de haberla guardado; como pudo, escarbó en sus bolsillos, sin éxito. Un calor que no tenía nada que ver con los anteriores ascendió por su cuello, enrojeciendo su rostro.
— Sawamura, ¿qué hiciste con la llave?
— La perdí, evidentemente.
— ¿Cómo…? Pero…
Miyuki parecía haberse encolerizado otra vez; sin embargo, depositó a Sawamura otra vez en el suelo con una delicadeza que sorprendió al Omega. El mayor se posicionó delante de él y fue él mismo quien escudriñó entre las ropas de Sawamura, esperanzado con dar con aquel objeto. Mientras Miyuki palpaba sus pantalones, Sawamura sintió la urgencia de aferrarse a él; lo atrajo por el cuello, besándolo de imprevisto. El Alfa no se resistió, pero a Sawamura le pareció incluso oírlo gruñir contra sus labios.
— Dame...dame un segundo.
Con una fuerza de voluntad desconocida, Miyuki apartó a Sawamura y volvió su atención a la puerta.
Sawamura se esperaba que volviese a intentar buscar la llave, o que incluso quisiese ir a su habitación o a algún otro sitio privado...pero cuando oyó el estruendo y vio la madera del pestillo astillarse, supo que realmente parecía no haber tiempo para eso.
Miyuki literalmente había empujado la puerta con tal fuerza que había destruido el marco de la misma y la cerradura junto con la madera; obviamente, la puerta cedió luego del impacto, y otra vez, Miyuki tomó a Sawamura fuertemente del brazo y lo empujó dentro.
En ese momento, el Omega supo que estaba perdido desde el mismo momento en el que había decidido seguir aquel aroma a café tan potente y adictivo, y no se estaba arrepintiendo, para nada.
Sólo pudo tambalearse y caer sentado en su cama mientras observaba a Miyuki intentando obstaculizar la puerta con una silla; sentía sus manos sudorosas, sus miembros temblando débilmente producto de los nervios y la anticipación que su cuerpo necesitaba liberar de una maldita vez.
¿Así de horrible era aquella cosa para todos los Omegas? Estaba al borde del llanto cuando finalmente Miyuki se volteó hacia él, encarándolo. No tardó demasiado en abalanzarse sobre él, aplastándolo contra el colchón mientras devoraba sus labios y se deshacía de la molesta carga que representaba la ropa en esos momentos.
— Ahora si. Espero que no te arrepientas de esto.
Kuramochi no sólo sentía que no podía abrir los párpados, sino que los ojos le ardían y las extremidades le pesaban de una manera inconcebible. ¿Acababan de salir del entrenamiento infernal de verano? No, aquello ya había pasado…¿había pasado? ¿Por qué entonces se sentía tan exhausto?
Intentó moverse, sí que lo hizo. Lo único que consiguió fue estirar una pierna sobre el colchón, sintiendo algunos músculos agarrotados. Su cerebro parecía no querer ponerse en funcionamiento y eso le generaba violencia, porque no podía recordar demasiado…
Un suspiro a su lado lo alertó lo suficiente como para que su cuerpo reaccionara y abriera los ojos. Frunció el ceño mientras se cubría el rostro con un brazo, la luz del sol golpeando de lleno sobre su rostro. ¿Por qué las cortinas no estaban cerradas, si él nunca le permitía a Sawamura que las descorriera…?
Se sentó bruscamente en la cama, respirando bruscamente sin proponérselo realmente y mareándose por la cantidad de efluvios que le llegaron a las fosas nasales. Uno era de otro Alfa, pero el más potente y concentrado era demasiado dulzón, y lo conocía demasiado bien…
Lentamente se giró, relajándose y recordando finalmente. Ryosuke dormitaba a su lado cubierto por las sábanas; no se había inmutado por el movimiento brusco que Kuramochi había dado sobre la cama, por lo que decidió recostarse otra vez a su lado. Se sentía levemente mareado, y aquella pesadez otra vez se instalaba en sus párpados...paseó la mirada por el rostro sereno de Ryosuke, por su cuello y sus hombros...y se preocupó al ver la cantidad de hematomas pequeños y cardenales que tenía sobre su piel blanca y tersa...descubrió suavemente tu torso, descubriendo todavía más marcas. ¿Acaso él había sido tan animal de haberle provocado aquellas lesiones, y Ryosuke lo había permitido? Sus mejillas se colorearon rápidamente al recordar que, en las últimas horas, no había importado demasiado. Habían tenido sexo durante horas casi sin descansar, y en ese momento Kuramochi comenzó a entender por qué se sentía tan débil…
— Youichi.
El aludido espabiló rápido; Ryosuke se había despertado mientras él seguía divagando, sus ojos puestos sobre los hematomas de su cuello. El Omega parecía distendido y Kuramochi no percibió ningún signo de fastidio en su rostro, por lo que se permitió respirar tranquilo.
Aún.
— ¿Te sientes bien, quieres que te traiga algo?
— En realidad me gustaría saber si puedo caminar.
— R-Ryo-san…
— ¿Otra vez?
Ryosuke rió suavemente y se incorporó; Kuramochi palideció cuando vio en su rostro una leve expresión de dolor, su ceño fruncido y sus labios apretados en una línea blanca.
— Lo siento, yo no pude controlarme y te lastimé, Ryo-san…
— No me lastimaste, ya deja de disculparte.
— Pero…
El Omega se sentó en el borde de la cama, dándole la espalda a Kuramochi; con verguenza, notó que allí también había marcas, incluso en sus caderas.
— Me olvidé de avisarle a Haruichi que no volvía, yo…
La voz de Ryosuke perdió fuerza hasta desaparecer. Con un mal presentimiento, Kuramochi se percató de que había tomado su teléfono celular del suelo y se había quedado observando la pantalla encendida sin pronunciar más palabras; preocupado y ansioso, Kuramochi gateó sobre la cama hasta él, abrazándolo y dándole un beso en la mejilla. Ryosuke ni siquiera pareció percatarse de su presencia.
— ¿Qué sucede?
— Kuramochi.— su tono firme había vuelto a su voz, y Kuramochi no hizo más que quedarse tieso en su sitio.— ¿Qué día nos metimos aquí? Es sólo curiosidad.
— El domingo. Maldita sea, debe ser lunes.
Kuramochi observó la luz del sol que se filtraba en la ventana. Por la intensidad y altura de la misma, debía ser ya media mañana. El entrenador Kataoka iba a asesinarlos si…
— Bueno, te comunico que es miércoles, son las 9:30 AM.
— Qué.
Ryosuke lo miró por arriba del hombro, sonriendo por el tono desconcertado de Kuramochi; éste estiró el cuello y vio que el Omega no mentía; en la pantalla de su celular figuraba la fecha, y la palabra "Miércoles" resaltaba como si se tratara de un insulto.
— Eso explica por qué casi no podemos movernos. No hemos comido en tres días.— el tono risueño y divertido de Ryosuke desconcertó a Kuramochi, quien lo volteó, encarándolo.
— ¿En qué momento pasaron 3 días?¿Cómo no nos dimos cuenta que amaneció dos veces?
— Estábamos ocupados.— Kuramochi se sonrojó ante las palabras de Ryosuke, sentándose pesadamente en la cama.- Lo que me llama la atención es que nadie intentó sacarnos de aquí.
— Espera. ¿Por qué estuvimos...3 días encerrados?¿El celo de Sawamura duró tres malditos días?¿Ya acabó?
— No lo sé, supongo que sí.
De repente, Ryosuke se soltó del agarre de Kuramochi, incorporándose; éste se dedicó a observarlo con la mente en blanco mientras se vestía, volteando finalmente hacia el Alfa, sonriendo.
— ¿No tienes hambre? Necesito comer algo ya mismo.
— Yo te lo traigo, lo que sea.
De la nada, el deseo de que Ryosuke no saliera por la puerta se había hecho tan presente e intenso en su mente que incluso se incorporó y le impidió caminar hacia la puerta; Ryosuke se limitó a levantar las cejas en señal de confusión, apartando a Kuramochi de su camino.
— Descuida, yo ya lo hago…
— ¡No! Quiero decir, no es necesario que salgas, yo te traeré comida.— nuevamente, se colocó frente a él obstaculizándole la salida.
— Kuramochi…
El tono dulzón y amenazante de Kuramochi le indicó que ya estaba en problemas. Los segundos pasaron y Kuramochi, pese a temer ofender a Ryosuke, no pudo moverse de su sitio. Algo muy dentro de su ser, quizás su instinto, le gritaba que no dejara salir a Ryosuke de allí dentro, al menos no tan pronto. La necesidad de protegerlo y brindarle lo que necesitara estaban aturdiéndolo, y la idea comenzaba a disgustarlo porque jamás había sido así de sobreprotector con el mayor, sobre todo teniendo en cuenta su personalidad.
— Lo siento, sólo...no quiero que me dejes.
— No te estoy dejando, tonto. Sal conmigo, afuera no hay ningún monstruo. Vamos, cámbiate. Esperaré afuera.
Simplemente lo empujó y siguió camino hasta la puerta; el aroma dulzón de Ryosuke seguía allí, embelezándolo, pero ahora había perdido cierta intensidad.
Con más rapidez de la que le hubiese gustado, juntó su ropa interior y pantalones, perdidos en el suelo. Varias preguntas iban instalándose en su mente mientras se esforzaba por vestirse con el cansancio encima, cada vez más dudas y recelos en su mente.
— Youichi.
La alarma en la voz de Ryosuke lo obligó a levantar bruscamente la cabeza, despejando su mente. El Omega estaba del lado de afuera de la puerta, la luz del sol encandilando un poco a Kuramochi. Sin embargo, alcanzó a distinguir que no lo estaba mirando precisamente a él cuando lo había llamado, sino que observaba con el ceño fruncido el corredor, más allá de su posición. Tampoco sonreía.
— ¿Qué sucede?
— No lo sé...algo...algo está mal.— la inseguridad y un leve hilo de temor se dejó filtrar en la voz de Ryosuke, alarmando aún más a Kuramochi.
— ¿Por qué lo dices?
Ansioso, Kuramochi siguió el camino visual de Ryosuke. El corredor estaba desierto y no se oían las voces ni los pasos de nadie. Sólo había una puerta abierta, pero no parecía haber nadie en el umbral de la misma…
Un escalofrío recorrió la columna de Kuramochi al notar dos cosas que le helaron la sangre; la puerta correspondía a la habitación que ocupaba con Sawamura y Maezono. Por lo que sabía, el entrenador había cerrado con llave la puerta para evitar que el Omega saliera o alguien más ingresara mientras su primer celo transcurría, y ahora no sólo estaba abierta...sino que claramente alguien la había forzado brutalmente.
La cerradura se encontraba en una posición anómala y la madera estaba astillada.
