DISCLAIMER: HP es de JK y de la Warner
Capítulo 2. El niño que vivió
—Bueno, si no les molesta, comenzaré—dijo Hermione abriendo el libro—. El primer capítulo se llama: El niño que vivió.
¿Quién lo diría?, pensaba Harry con amarga ironía, mi suerte aún podía ser peor.
El señor y la señora Dursley, que vivían en el número 4 de Privet Drive, estaban orgullosos de decir que eran muy normales, afortunadamente. Eran las últimas personas que se esperaría encontrar relacionadas con algo extraño o misterioso, porque no estaban para tales tonterías.
—¿"Tonterías"?—preguntó Charlie con fingido aire escandalizado—. ¿Qué sería de la vida sin algo extraño o misterioso de vez en cuando?
George y Bill asintieron con media sonrisa, pero Luna lo hizo con total seriedad. Neville la miró sorprendido.
El señor Dursley era el director de una empresa llamada Grunnings, que fabricaba taladros.
—¿Taladros?—preguntó Ron confundido.
—Es una herramienta que usan los muggles para hacer agujeros—respondió Arthur con emoción contenida—. Funcionan con eclecticidad.
—Electricidad—le corrigió Hermione.
—Sí, eso—contestó Arthur sonriendo al igual que Harry.
—Harry—intervino Luna—, los Dursley son tus tíos, ¿no?
Harry dejó de sonreír abruptamente y asintió con reticencia. —Sí. Tío Vernon y Tía Petunia, para ustedes.
Era un hombre corpulento y rollizo, casi sin cuello, aunque con un bigote inmenso. La señora Dursley era delgada, rubia y tenía un cuello casi el doble de largo de lo habitual, lo que le resultaba muy útil, ya que pasaba la mayor parte del tiempo estirándolo por encima de la valla de los jardines para espiar a sus vecinos.
—Que par de encantos—se burló Ginny frunciendo la nariz, provocando la carcajada general. Aprovechando que Hermione retomaba la lectura, le susurro a su novio al oído: —Agradezco que no te parezcas en nada a ellos, Harry—, a lo que el pelinegro comenzó a sentir de repente mucho calor.
Los Dursley tenían un hijo pequeño llamado Dudley, y para ellos no había un niño mejor que él.
Los Dursley tenían todo lo que querían, pero también tenían un secreto, y su mayor temor era que lo descubriesen: no habrían soportado que se supiera lo de los Potter.
—¿Y cuál es el problema con los Potter, si se puede saber?—preguntó Molly indignada.
—Yo estaría orgulloso de tenerlos como familia—dijo Arthur y todos asintieron fervientemente, provocando otra vez mucho calor en Harry.
La señora Potter era hermana de la señora Dursley, pero no se veían desde hacía años; tanto era así que la señora Dursley fingía que no tenía hermana, porque su hermana y su marido, un completo inútil, eran lo más opuesto a los Dursley que se pudiera imaginar.
—¿Está mal que me estén empezando a impacientar?—preguntó Ron con el ceño fruncido.
—Esperá, Ron, que se pone mejor—dijo Hermione también con el ceño fruncido. La expresión de Ron no mejoró.
Los Dursley se estremecían al pensar qué dirían los vecinos si los Potter apareciesen por la acera. Sabían que los Potter también tenían un hijo pequeño, pero nunca lo habían visto. El niño era otra buena razón para mantener alejados a los Potter: no querían que Dudley se juntara con un niño como aquél.
—¡Por Merlín! ¡Que par de impresentables!—exclamó Percy indignado, para luego taparse la boca horrorizado y mirar a Harry de soslayo como disculpándose por su exabrupto hacia sus tíos, pero Harry se rio como toda respuesta.
—Dedalus Diggle los llamó algo peor cuando me contó cómo le había ido con ellos en el exilio. Creo recordar algunas palabras…—dijo pensativo.
—Prosigue, Hermione—se adelantó Molly, y tanto Ron como Ginny hicieron gestos de decepción.
Nuestra historia comienza cuando el señor y la señora Dursley se despertaron un martes, con un cielo cubierto de nubes grises que amenazaban tormenta. Pero nada había en aquel nublado cielo que sugiriera los acontecimientos extraños y misteriosos que poco después tendrían lugar en toda la región. El señor Dursley canturreaba mientras se ponía su corbata más sosa para ir al trabajo (George hizo una falsa mueca de dolor, provocando la sonrisa de Angelina) y la señora Dursley parloteaba alegremente mientras instalaba al ruidoso Dudley en la silla alta.
Ninguno vio la gran lechuza parda que pasaba volando por la ventana.
Ominoso, pensó Harry frunciendo el ceño. ¿Qué estará pasando?
A las ocho y media, el señor Dursley cogió su maletín, besó a la señora Dursley en la mejilla y trató de despedirse de Dudley con un beso, aunque no pudo, ya que el niño tenía un berrinche y estaba arrojando los cereales contra las paredes.
—De tal palo…—comenzó Charlie.
—Tal astilla—terminó Bill gravemente. Fleur asintió con el ceño fruncido.
«Tunante», dijo entre dientes el señor Dursley mientras salía de la casa. Se metió en su coche y se alejó del número 4.
—¡No puedo creer que consienta ese comportamiento!—exclamó Molly completamente indignada.
—Lo peor es que siento pena por Dudley—dijo Arthur en el mismo tono—. ¿Quién sabe en qué clase de delincuente juvenil se convertirá?
Harry internamente pensaba en cuanta razón tenía Arthur, pero no se atrevió a decirlo en voz alta.
Al llegar a la esquina percibió el primer indicio de que sucedía algo raro: un gato estaba mirando un plano de la ciudad.
—Déjame adivinar—interrumpió Ron con una sonrisa—. ¿McGonnagall?
—Parece que sí—respondió Hermione—. Déjame ver…
Durante un segundo, el señor Dursley no se dio cuenta de lo que había visto, pero luego volvió la cabeza para mirar otra vez. Sí había un gato atigrado en la esquina de Privet Drive, pero no vio ningún plano.
—¡Sip! Es ella—sentenció Ron, con aire de haber hecho un gran descubrimiento. Hermione lo miró con las cejas levantadas mientras Harry, Ginny y George se reían.
¿En qué había estado pensando? Debía de haber sido una ilusión óptica. El señor Dursley parpadeó y contempló al gato. Éste le devolvió la mirada. Mientras el señor Dursley daba la vuelta a la esquina y subía por la calle, observó al gato por el espejo retrovisor: en aquel momento el felino estaba leyendo el rótulo que decía «Privet Drive» (no podía ser, los gatos no saben leer los rótulos ni los planos). El señor Dursley meneó la cabeza y alejó al gato de sus pensamientos. Mientras iba a la ciudad en coche no pensó más que en los pedidos de taladros que esperaba conseguir aquel día.
—¡Guau! Nunca creí que iba a conocer a alguien que fuese tan aburrido por elección propia—dijo Charlie absolutamente sorprendido.
George asintió igualmente sorprendido y totalmente indignado de que alguien eligiese ser tan aburrido. Con una punzada de dolor, imaginó la expresión que hubiese puesto Fred. ¡No! No lo hagas, se reprochó mentalmente. Ni se te ocurra entrar en ese lugar.
Pero en las afueras ocurrió algo que apartó los taladros de su mente. Mientras esperaba en el habitual embotellamiento matutino, no pudo dejar de advertir una gran cantidad de gente vestida de forma extraña. Individuos con capa.
—¿Qué creen que hacen, saliendo así a la vista de todo el mundo?—preguntó Percy con el ceño fruncido.
Arthur abrió los ojos como platos como dando se cuenta de algo e intercambió muy brevemente una mirada con Molly antes de contestar con tono sombrío: —Teníamos otras cosas en mente.
Molly, por su parte, no dejaba de mirar ansiosamente de soslayo a Harry, quien hacía todo lo posible por no darse por aludido mientras una sensación sobrecogedora lo empezaba a invadirlo.
El señor Dursley no soportaba a la gente que llevaba ropa ridícula. ¡Ah, los conjuntos que llevaban los jóvenes! Supuso que debía de ser una moda nueva.
—Bueno—razonó Bill con una risa—, es nueva desde 1930 más o menos, pero entiendo a lo que va.
Tamborileó con los dedos sobre el volante y su mirada se posó en unos extraños que estaban cerca de él. Cuchicheaban entre sí, muy excitados. El señor Dursley se enfureció al darse cuenta de que dos de los desconocidos no eran jóvenes. Vamos, uno era incluso mayor que él, ¡y vestía una capa verde esmeralda! ¡Qué valor! Pero entonces se le ocurrió que debía de ser alguna tontería publicitaria; era evidente que aquella gente hacía una colecta para algo. Sí, tenía que ser eso. El tráfico avanzó y, unos minutos más tarde, el señor Dursley llegó al aparcamiento de Grunnings, pensando nuevamente en los taladros.
—Sí, ya empiezo a entender lo que dijiste antes, Charlie—dijo Neville meneando la cabeza pinchándose el puente de la nariz, en claro gesto de fastidio.
El señor Dursley siempre se sentaba de espaldas a la ventana, en su oficina del noveno piso. Si no lo hubiera hecho así, aquella mañana le habría costado concentrarse en los taladros. No vio las lechuzas que volaban en pleno día, aunque en la calle sí que las veían y las señalaban con la boca abierta, mientras las aves desfilaban una tras otra.
Molly y Arthur seguían intercambiando miradas ansiosas, y mirando de soslayo a Harry. De a poco, todos en la sala comenzaban a darse cuenta de a donde se dirigía la lectura y la tensión comenzaba a crecer.
La mayoría de aquellas personas no había visto una lechuza ni siquiera de noche. Sin embargo, el señor Dursley tuvo una mañana perfectamente normal, sin lechuzas. Gritó a cinco personas. Hizo llamadas telefónicas importantes y volvió a gritar. Estuvo de muy buen humor hasta la hora de la comida, cuando decidió estirar las piernas y dirigirse a la panadería que estaba en la acera de enfrente.
Increíble que se digne a caminar para conseguir comida, pensó Harry con vaga sorpresa, pero no logró eliminar la ansiedad que comenzaba a sentir.
Había olvidado a la gente con capa hasta que pasó cerca de un grupo que estaba al lado de la panadería. Al pasar los miró enfadado. No sabía por qué, pero le ponían nervioso. Aquel grupo también susurraba con agitación y no llevaba ni una hucha. Cuando regresaba con un donut gigante en una bolsa de papel, alcanzó a oír unas pocas palabras de su conversación.
—Los Potter, eso es, eso es lo que he oído...
—Sí, su hijo, Harry...
Hermione guardó silencio. Todos intentaban no mirar a Harry, mientras Ginny lo tomaba de la mano y se reclinaba sobre su pecho.
—Lo siento, Harry—se volvió a excusar Hermione—. No debimos…
—No, Hermione—dijo Harry con resolución—. Si es por mí, no te preocupes. Sigue leyendo.
Hermione lo miró, tomó un respiro y prosiguió la lectura.
El señor Dursley se quedó petrificado. El temor lo invadió. Se volvió hacia los que murmuraban, como si quisiera decirles algo, pero se contuvo.
Se apresuró a cruzar la calle y echó a correr hasta su oficina. Dijo a gritos a su secretaria que no quería que le molestaran, cogió el teléfono y, cuando casi había terminado de marcar los números de su casa, cambió de idea. Dejó el aparato y se atusó los bigotes mientras pensaba... No, se estaba comportando como un estúpido.
—¡Qué bueno que se dio cuenta de lo obvio!—exclamó George intentando romper con el ambiente tenso. Funcionó en parte, y algunas risas se oyeron entre el grupo.
Potter no era un apellido tan especial. Estaba seguro de que había muchísimas personas que se llamaban Potter y que tenían un hijo llamado Harry. Y pensándolo mejor, ni siquiera estaba seguro de que su sobrino se llamara Harry. Nunca había visto al niño. Podría llamarse Harvey. O Harold.
—¡¿Ni siquiera sabe tu nombre?!—exclamó Ginny entre atónita e indignada.
Harry no contestó, y sólo se limitó a desviar la mirada de los ojos de Ginny, lo cual terminó por confirmar los peores temores de la pelirroja. Se le oyó despotricar un tiempo con los brazos cruzados cosas como "maldito", "Dursley", "ya va a ver", "mocomurciélago".
No tenía sentido preocupar a la señora Dursley, siempre se trastornaba mucho ante cualquier mención de su hermana. Y no podía reprochárselo. ¡Si él hubiera tenido una hermana así...! Pero de todos modos, aquella gente de la capa...
Aquella tarde le costó concentrarse en los taladros, y cuando dejó el edificio, a las cinco en punto, estaba todavía tan preocupado que, sin darse cuenta, chocó con un hombre que estaba en la puerta.
—Perdón —gruñó, mientras el diminuto viejo se tambaleaba y casi caía al suelo.
—¡Increíble! Parece tener modales—dijo Luna como quien no quiere la cosa, provocando que todos la miraran como si hubiese recién bajado de la Luna [jaja, ¿entendieron? Me salió sin pensarlo, lo juro].
Segundos después, el señor Dursley se dio cuenta de que el hombre llevaba una capa violeta. No parecía disgustado por el empujón. Al contrario, su rostro se iluminó con una amplia sonrisa, mientras decía con una voz tan chillona que llamaba la atención de los que pasaban:
—¡No se disculpe, mi querido señor, porque hoy nada puede molestarme! ¡Hay que alegrarse, porque Quien-usted-sabe finalmente se ha ido! ¡Hasta los muggles como usted deberían celebrar este feliz día!
Y el anciano abrazó al señor Dursley y se alejó.
—Nunca me puse a pensarlo—dijo Harry, y todos lo miraron—. ¿Cómo fue esa noche? ¿Cómo supieron lo que había… pasado?—preguntó titubeando.
Arthur sopesó la pregunta, pero finalmente Molly fue la que contestó.
—No supimos al principio TODO lo que pasó esa noche. Dumbledore llegó a nuestra casa para contarnos la versión completa, pero nosotros ya sabíamos que habían atacado la casa de tus padres.
—¿Usted los conocía, Señora Weasley?—preguntó Harry.
—Sólo los había visto un par de veces. Mis hermanos Gideon y Fabian sí los conocían bien por su lado. Eran también parte de la primera Orden del Fénix, y me hablaban mucho de ellos, sobre todo de tu padre—recordó con una sonrisa—. Sirius y él eran el alma de las reuniones. "Los dos mejores bromistas que alguna vez pisaron Hogwarts", eso decían mis hermanos, y eso es decir mucho viniendo de ellos—finalizó y todos se rieron.
Hermione aprovechó el momento de distención para tomar un poco de té y descansar la garganta, antes de seguir leyendo.
El señor Dursley se quedó completamente helado. Lo había abrazado un desconocido. Y por si fuera poco le había llamado muggle, no importaba lo que eso fuera. Estaba desconcertado. Se apresuró a subir a su coche y a dirigirse hacia su casa, deseando que todo fueran imaginaciones suyas (algo que nunca había deseado antes, porque no aprobaba la imaginación).
—Ah, ya entiendo. Ahora todo tiene sentido—dijo Charlie, y como todos lo miraban sorprendido, continuó: —Me parecía raro que sea tan deliberadamente aburrido, pero ahora tiene sentido todo porque… eh, bueno, ya saben… lo que recién dijo sobre que no aprueba… bueno, no importa—finalizó patéticamente.
—Voy a… seguir leyendo—dijo Hermione mirándolo como si fuera un extraterrestre.
Cuando entró en el camino del número 4, lo primero que vio (y eso no mejoró su humor) fue el gato atigrado que se había encontrado por la mañana. En aquel momento estaba sentado en la pared de su jardín. Estaba seguro de que era el mismo, pues tenía unas líneas idénticas alrededor de los ojos.
—¡Fuera! —dijo el señor Dursley en voz alta.
El gato no se movió. Sólo le dirigió una mirada severa.
Todos los hombres (menos Percy, obviamente) reprimieron un escalofrío, recordando las veces en que esa misma mirada fue dirigida hacia ellos.
—Absolutamente escalofriante—dijo Ron.
—Y que lo digas—respondió Neville.
—Estoy de acuerdo—secundó George.
El señor Dursley se preguntó si aquélla era una conducta normal en un gato. Trató de calmarse y entró en la casa. Todavía seguía decidido a no decirle nada a su esposa.
—Cobarde—murmuró Ginny, quien seguía empeñada en barbotear insultos hacia el tío Vernon, para diversión de Harry.
La señora Dursley había tenido un día bueno y normal. Mientras comían, le informó de los problemas de la señora de al lado con su hija, y le contó que Dudley había aprendido una nueva frase («¡no lo haré!»).
Chiquillo malcriado, pensaba Molly que no podía dejar de culpar a Petunia por su negligencia.
El señor Dursley trató de comportarse con normalidad. Una vez que acostaron a Dudley, fue al salón a tiempo para ver el informativo de la noche.
—Y por último, observadores de pájaros de todas partes han informado de que hoy las lechuzas de la nación han tenido una conducta poco habitual. Pese a que las lechuzas habitualmente cazan durante la noche y es muy difícil verlas a la luz del día, se han producido cientos de avisos sobre el vuelo de estas aves en todas direcciones, desde la salida del sol.
—Curioso—dijo Luna con aire ensoñador—. Quizás los muggles estén más acostumbrados a los Blibbers maravillosos. Suele aparecer de día con forma de lechuza para camuflarse—explicó cuando todos la miraron con extrañez.
—¿Blibeg qué?—susurró Fleur extrañada a Bill.
—No preguntes—le contestó éste en un susurro.
Hermione se armó de paciencia para evitar la réplica y continuó leyendo.
Los expertos son incapaces de explicar la causa por la que las lechuzas han cambiado sus horarios de sueño. —El locutor se permitió una mueca irónica—. Muy misterioso.
—¿Creen que sea un muggle que sepa sobre nosotros, o a lo mejor un squib?—preguntó Ron.
—¿Y cómo quieres que lo sepamos, Ronald?—preguntó Ginny con una mueca de impaciencia mientras Hermione le dirigía una mirada de exasperación.
Ron se sonrojó hasta las orejas y balbuceó algo que Harry entendió como "mujeres" y "período hormonal". Suerte para él que nadie más lo escuchó…
Y ahora, de nuevo con Jim McGuffin y el pronóstico del tiempo. ¿Habrá más lluvias de lechuzas esta noche, Jim?
—Bueno, Ted —dijo el meteorólogo—, eso no lo sé, pero no sólo las lechuzas han tenido hoy una actitud extraña. Telespectadores de lugares tan apartados como Kent, Yorkshire y Dundee han telefoneado para decirme que en lugar de la lluvia que prometí ayer ¡tuvieron un chaparrón de estrellas fugaces! Tal vez la gente ha comenzado a celebrar antes de tiempo la Noche de las Hogueras. ¡Es la semana que viene, señores! Pero puedo prometerles una noche lluviosa.
—Ahh, muggles. Es increíble cómo se esfuerzan en que todo encaje en su visión de normalidad—dijo George con una sonrisa.
Neville internamente pensaba que lo mismo pasaba cuando la gente escuchaba a Luna hablar sobre los animales que ella describía. Tal vez no solo los muggles son cerrados de mente…
El señor Dursley se quedó congelado en su sillón. ¿Estrellas fugaces por toda Gran Bretaña? ¿Lechuzas volando a la luz del día? Y aquel rumor, aquel cuchicheo sobre los Potter...
La señora Dursley entró en el comedor con dos tazas de té. Aquello no iba bien. Tenía que decirle algo a su esposa. Se aclaró la garganta con nerviosismo.
—Cobarde—volvió a murmurar Ginny.
—Eh... Petunia, querida, ¿has sabido últimamente algo sobre tu hermana?
Como había esperado, la señora Dursley pareció molesta y enfadada. Después de todo, normalmente ellos fingían que ella no tenía hermana.
—No —respondió en tono cortante—. ¿Por qué?
—Hay cosas muy extrañas en las noticias —masculló el señor Dursley—. Lechuzas... estrellas fugaces... y hoy había en la ciudad una cantidad de gente con aspecto raro...
—¿Y qué? —interrumpió bruscamente la señora Dursley
—Bueno, pensé... quizá... que podría tener algo que ver con... ya sabes... su grupo.
—¿"Su grupo"?—preguntó Percy ofendido, al igual que el resto—. ¿Se refiere a nosotros? ¿Qué somos para él, una pandilla de fenómenos?
—Para él, Percy, somos eso y mucho más—respondió Harry con voz gélida, lo cual no mejoró el ánimo de todos.
La señora Dursley bebió su té con los labios fruncidos. El señor Dursley se preguntó si se atrevería a decirle que había oído el apellido «Potter». No, no se atrevería. En lugar de eso, dijo, tratando de parecer despreocupado:
—El hijo de ellos... debe de tener la edad de Dudley, ¿no?
—Eso creo —respondió la señora Dursley con rigidez.
—¿Y cómo se llamaba? Howard, ¿no?
—Harry. Un nombre vulgar y horrible, si quieres mi opinión.
—Mejor que Dudley, seguro—afirmó Ron vehemente.
—Oh, sí—dijo el señor Dursley, con una espantosa sensación de abatimiento—. Sí, estoy de acuerdo.
No dijo nada más sobre el tema, y subieron a acostarse. Mientras la señora Dursley estaba en el cuarto de baño, el señor Dursley se acercó lentamente hasta la ventana del dormitorio y escudriñó el jardín delantero. El gato todavía estaba allí. Miraba con atención hacia Privet Drive, como si estuviera esperando algo.
—Hay que reconocer que McGonnagall es tenaz—concedió Charlie sonriendo.
¿Se estaba imaginando cosas? ¿O podría todo aquello tener algo que ver con los Potter? Si fuera así... si se descubría que ellos eran parientes de unos... bueno, creía que no podría soportarlo.
Los Dursley se fueron a la cama. La señora Dursley se quedó dormida rápidamente, pero el señor Dursley permaneció despierto, con todo aquello dando vueltas por su mente. Su último y consolador pensamiento antes de quedarse dormido fue que, aunque los Potter estuvieran implicados en los sucesos, no había razón para que se acercaran a él y a la señora Dursley. Los Potter sabían muy bien lo que él y Petunia pensaban de ellos y de los de su clase... No veía cómo a él y a Petunia podrían mezclarlos en algo que tuviera que ver (bostezó y se dio la vuelta)... No, no podría afectarlos a ellos...
¡Qué equivocado estaba!
Harry pensó que nunca habría estado tan de acuerdo con su tío, de no ser porque al final todo salió al revés.
El señor Dursley cayó en un sueño intranquilo, pero el gato que estaba sentado en la pared del jardín no mostraba señales de adormecerse. Estaba tan inmóvil como una estatua, con los ojos fijos, sin pestañear, en la esquina de Privet Drive. Apenas tembló cuando se cerró la puertezuela de un coche en la calle de al lado, ni cuando dos lechuzas volaron sobre su cabeza. La verdad es que el gato no se movió hasta la medianoche.
Un hombre apareció en la esquina que el gato había estado observando, y lo hizo tan súbita y silenciosamente que se podría pensar que había surgido de la tierra. La cola del gato se agitó y sus ojos se entornaron.
En Privet Drive nunca se había visto un hombre así. Era alto, delgado y muy anciano, a juzgar por su pelo y barba plateados, tan largos que podría sujetarlos con el cinturón. Llevaba una túnica larga, una capa color púrpura que barría el suelo y botas con tacón alto y hebillas. Sus ojos azules eran claros, brillantes y centelleaban detrás de unas gafas de cristales de media luna. Tenía una nariz muy larga y torcida, como si se la hubiera fracturado alguna vez. El nombre de aquel hombre era Albus Dumbledore.
—¿Quién lo diría?—dijo George sorprendido.
—¿Te sorprende?—preguntó Angelina extrañada; era obvio que Dumbledore era el que había aparecido.
—Claro—respondió George como si fuera lo más normal del mudo—. Fíjate: anciano, alto y delgado con pelo y barba larga que viste túnica púrpura y usa gafas de cristales de medialuna, y que además tiene los ojos brillantes y la nariz torcida. ¡Tiene que ser Merlín!
Todos lo miraron como si le hubiese crecido otra cabeza.
—Claaaaaro…—musitó Hermione antes de retomar la lectura.
Albus Dumbledore no parecía darse cuenta de que había llegado a una calle en donde todo lo suyo, desde su nombre hasta sus botas, era mal recibido. Estaba muy ocupado revolviendo en su capa, buscando algo, pero pareció darse cuenta de que lo observaban porque, de pronto, miró al gato, que todavía lo contemplaba con fijeza desde la otra punta de la calle. Por alguna razón, ver al gato pareció divertirlo. Rio entre dientes y murmuró:
—Debería haberlo sabido.
Encontró en su bolsillo interior lo que estaba buscando. Parecía un encendedor de plata.
—¡Ja! ¡El Desiluminador!—exclamó Ron felizmente. Luego, sacó de su bolsillo el mismo objeto y lo accionó dejando toda la sala a oscuras.
—Aún no puedo creer que supiera crear algo así—dijo Neville, luego de unos segundos cuando Ron se dignó a accionar de nuevo el Desiluminador (no antes de que Hermione le pegara en la cabeza con el libro).
—Sí, bueno. Es Dumbledore—dijo Charlie abriendo los brazos, como si eso explicara por si sólo la cuestión.
Lo abrió, lo sostuvo alto en el aire y lo encendió. La luz más cercana de la calle se apagó con un leve estallido. Lo encendió otra vez y la siguiente lámpara quedó a oscuras. Doce veces hizo funcionar el Apagador,
—Desiluminador—corrigió Ron.
—Es lo que está escrito acá, Ron—le espetó Hermione.
hasta que las únicas luces que quedaron en toda la calle fueron dos alfileres lejanos: los ojos del gato que lo observaba. Si alguien hubiera mirado por la ventana en aquel momento, aunque fuera la señora Dursley con sus ojos como cuentas, pequeños y brillantes, no habría podido ver lo que sucedía en la calle.
Dumbledore volvió a guardar el Apagador dentro de su capa y fue hacia el número 4 de la calle, donde se sentó en la pared, cerca del gato. No lo miró, pero después de un momento le dirigió la palabra.
—Me alegro de verla aquí, profesora McGonagall.
Se volvió para sonreír al gato, pero éste ya no estaba. En su lugar, le dirigía la sonrisa a una mujer de aspecto severo que llevaba gafas de montura cuadrada, que recordaban las líneas que había alrededor de los ojos del gato.
La mujer también llevaba una capa, de color esmeralda. Su cabello negro estaba recogido en un moño. Parecía claramente disgustada.
—¿Cómo ha sabido que era yo? —preguntó.
—Mi querida profesora, nunca he visto a un gato tan tieso.
—Usted también estaría tieso si llevara todo el día sentado sobre una pared de ladrillo —respondió la profesora McGonagall.
—¿Todo el día? ¿Cuando podría haber estado de fiesta? Debo de haber pasado por una docena de celebraciones y fiestas en mi camino hasta aquí.
—¿Festejando? ¡Pego acababa de mogig gente!—exclamó Fleur indignada.
—Sucedió lo mismo que en la Segunda Guerra—contestó Bill, calmándola—. Mucha gente no sabía si festejar o no; todos habían perdido uno o dos familiares o amigos. Así que muchos lo tomaron como un desahogo, un momento final de respiro luego de todo el horror.
Todos se tomaron unos segundos para recordar a sus seres queridos fallecidos en la guerra, antes de que Hermione pudiera retomar, con la voz un poco tomada.
La profesora McGonagall resopló enfadada.
—Oh, sí, todos estaban de fiesta, de acuerdo —dijo con impaciencia—. Yo creía que serían un poquito más prudentes, pero no... ¡Hasta los muggles se han dado cuenta de que algo sucede! Salió en las noticias. —Terció la cabeza en dirección a la ventana del oscuro salón de los Dursley—. Lo he oído. Bandadas de lechuzas, estrellas fugaces... Bueno, no son totalmente estúpidos. Tenían que darse cuenta de algo. Estrellas fugaces cayendo en Kent... Seguro que fue Dedalus Diggle. Nunca tuvo mucho sentido común.
—Ahh, Dedalus. Siempre podías contar en su buen humor para hacer todo más liviano—recordó Arthur con una sonrisa.
—No puede reprochárselo —dijo Dumbledore con tono afable—. Hemos tenido tan poco que celebrar durante once años...
Y que lo digas, pensó Molly tristemente recordando a sus hermanos.
—Ya lo sé —respondió irritada la profesora McGonagall—. Pero ésa no es una razón para perder la cabeza. La gente se ha vuelto completamente descuidada, sale a las calles a plena luz del día, ni siquiera se pone la ropa de los muggles, intercambia rumores...
Lanzó una mirada cortante y de soslayo hacia Dumbledore, como si esperara que éste le contestara algo. Pero como no lo hizo, continuó hablando.
—Sería extraordinario que el mismo día en que Quien-usted-sabe parece haber desaparecido al fin, los muggles lo descubran todo sobre nosotros. Porque realmente se ha ido, ¿no, Dumbledore?
No para ese entonces, pensó Harry. Hubiera sido todo tan distinto…
—Es lo que parece —dijo Dumbledore—. Tenemos mucho que agradecer. ¿Le gustaría tomar un caramelo de limón?
Todos soltaron una risa o se sonrieron. Déjaselo a Dumbledore el hablar sobre caramelos de limón en un momento como ese.
—¿Un qué?
—Un caramelo de limón. Es una clase de dulces de los muggles que me gusta mucho.
—No, muchas gracias —respondió con frialdad la profesora McGonagall, como si considerara que aquél no era un momento apropiado para caramelos—. Como le decía, aunque Quien-usted-sabe se haya ido...
—No sabía que ella también tenía problemas con el nombre—dijo Ron ligeramente sorprendido.
—Durante la Primera Guerra, sólo unos pocos de la Orden del Fénix pronunciaban el nombre—dijo Arthur—. Dumbledore me comentó que así se proponían desafiarlo al menos desde el principio y derribar el tabú. Muchos temían que pronunciar el nombre traería como consecuencia que apareciera en plena sala de estar.
Muchos reprimieron un escalofrío (sobre todo Harry, Ron y Hermione) recordando que durante la Segunda Guerra efectivamente algo así sucedía muy a menudo.
—Mi querida profesora, estoy seguro de que una persona sensata como usted puede llamarlo por su nombre, ¿verdad? Toda esa tontería de Quien-usted-sabe... Durante once años intenté persuadir a la gente para que lo llamara por su verdadero nombre, Voldemort. —La profesora McGonagall se echó hacia atrás con temor, pero Dumbledore, ocupado en desenvolver dos caramelos de limón, pareció no darse cuenta—. Todo se volverá muy confuso si seguimos diciendo «Quien-usted-sabe». Nunca he encontrado ningún motivo para temer pronunciar el nombre de Voldemort.
—Sé que usted no tiene ese problema—observó la profesora McGonagall, entre la exasperación y la admiración—. Pero usted es diferente. Todos saben que usted es el único al que Quien-usted... Oh, bueno, Voldemort, tenía miedo.
—Me está halagando—dijo con calma Dumbledore—. Voldemort tenía poderes que yo nunca tuve.
—Sólo porque usted es demasiado... bueno... noble... para utilizarlos.
—Bueno, no es que le crea—aclaró Percy—, pero Rita Skeeter dice que Dumbledore no sólo tenía esos poderes sino que soñó de chico con usarlos para alcanzar el poder. Repito, no es que le crea ni nada—repitió cuando varios pares de ojos se posaron acusadores sobre él—, sólo quisiera saber si es verdad, aunque no cambie para nada lo que piense sobre él.
—Tal vez pensó en usarlos porque los tenía—concedió Harry con el ceño fruncido (no le gustaba que siempre que se hablara sobre Dumbledore alguien siempre saque el tema que Skeeter había instalado en la mente de todos sus lectores)—, pero lo único que cuenta es que al final no los uso para su propio beneficio sino para el de los demás.
La frase Por el bien común pasó por la mente de todos, pero nadie se atrevió a decirlo.
—Menos mal que está oscuro. No me he ruborizado tanto desde que la señora Pomfrey me dijo que le gustaban mis nuevas orejeras.
—Ughh, no necesitaba esa información—dijo George falsamente asqueado, mientras todos se reían.
La profesora McGonagall le lanzó una mirada dura, antes de hablar.
—Las lechuzas no son nada comparadas con los rumores que corren por ahí. ¿Sabe lo que todos dicen sobre la forma en que desapareció? ¿Sobre lo que finalmente lo detuvo?
La risa se detuvo tan pronto como llegó y el ambiente volvió a tensarse.
Parecía que la profesora McGonagall había llegado al punto que más deseosa estaba por discutir, la verdadera razón por la que había esperado todo el día en una fría pared pues, ni como gato ni como mujer, había mirado nunca a Dumbledore con tal intensidad como lo hacía en aquel momento. Era evidente que, fuera lo que fuera «aquello que todos decían», no lo iba a creer hasta que Dumbledore le dijera que era verdad. Dumbledore, sin embargo, estaba eligiendo otro caramelo y no le respondió.
—Lo que están diciendo —insistió— es que la pasada noche Voldemort apareció en el valle de Godric. Iba a buscar a los Potter. El rumor es que Lily y James Potter están... están... bueno, que están muertos.
Hermione dejó de leer y todos inclinaron la cabeza por unos segundos en memoria de Lily y James. Ginny se apresuró a tomar de la mano a Harry, quien la apretó en gesto de agradecimiento.
Dumbledore inclinó la cabeza. La profesora McGonagall se quedó boquiabierta.
—Lily y James... no puedo creerlo... No quiero creerlo... Oh, Albus...
Dumbledore se acercó y le dio una palmada en la espalda.
—Lo sé... lo sé... —dijo con tristeza.
La voz de la profesora McGonagall temblaba cuando continuó.
—Eso no es todo. Dicen que quiso matar al hijo de los Potter, a Harry. Pero no pudo. No pudo matar a ese niño. Nadie sabe por qué, ni cómo, pero dicen que como no pudo matarlo, el poder de Voldemort se rompió... y que ésa es la razón por la que se ha ido.
Dumbledore asintió con la cabeza, apesadumbrado.
—¿Es... es verdad?—tartamudeó la profesora McGonagall—. Después de todo lo que hizo... de toda la gente que mató... ¿no pudo matar a un niño? Es asombroso... entre todas las cosas que podrían detenerlo... Pero ¿cómo sobrevivió Harry en nombre del cielo?
—Sólo podemos hacer conjeturas —dijo Dumbledore—. Tal vez nunca lo sepamos.
No es del todo cierto, pensó Harry aun ligeramente conmovido. Él sabía que Voldemort no entendía ni valoraba el poder del amor, y que sólo el sacrificio de mi madre lo haría retroceder. Quizás fue a fin de mi primer año que lo comprendió…
La profesora McGonagall sacó un pañuelo con puntilla y se lo pasó por los ojos, por detrás de las gafas. Dumbledore resopló mientras sacaba un reloj de oro del bolsillo y lo examinaba. Era un reloj muy raro. Tenía doce manecillas y ningún número; pequeños planetas se movían por el perímetro del círculo.
—Ah, si—recordó Bill de repente, riendo—. Recuerdo que le pregunté una vez que significaba ese reloj. Me dijo que lo había hecho como parte de un experimento en Astrología; cada manecilla pertenecía a un planeta y cuando las manecillas coincidían en el reloj con su planeta específico entonces la Tierra y ese planeta estaban alineados. ¡Es una genialidad!
—Pero… ¿para qué sirve? Sigo sin entender—insistió Ron.
—Básicamente—contestó Arthur—, si estás bien entrenado podés leer en ese reloj y saber en hora y minutos del día estas, además del mes y del año. Recuerda que Dumbledore llevaba casi cien años usándolo, así que debía tener mucha práctica leyéndolo.
—Fascinante—dijo Percy verdaderamente asombrado, mientras Hermione y Luna asentían fervientemente. ¿Qué otras cosas sabría el profesor Dumbledore que nunca las compartió con nadie?
Pero para Dumbledore debía de tener sentido, porque lo guardó y dijo:
—Hagrid se retrasa. Imagino que fue él quien le dijo que yo estaría aquí, ¿no?
—Sí —dijo la profesora McGonagall—. Y yo me imagino que usted no me va a decir por qué, entre tantos lugares, tenía que venir precisamente aquí.
—He venido a entregar a Harry a su tía y su tío. Son la única familia que le queda ahora.
—Así que fue él quien te dejó con tus tíos—dijo Ginny con un dejo de bronca.
—Sí—contestó Harry—. Me lo dijo en quinto año. Supongo que algo de razón tenía para hacer lo que hizo.
—¿Quiere decir...? ¡No puede referirse a la gente que vive aquí! —gritó la profesora, poniéndose de pie de un salto y señalando al número 4—. Dumbledore... no puede. Los he estado observando todo el día. No podría encontrar a gente más distinta de nosotros. Y ese hijo que tienen... Lo vi dando patadas a su madre mientras subían por la escalera, pidiendo caramelos a gritos. ¡Harry Potter no puede vivir ahí!
—Es el mejor lugar para él —dijo Dumbledore con firmeza—. Sus tíos podrán explicárselo todo cuando sea mayor. Les escribí una carta.
—¡¿Una cagta?¡—exclamó Fleur sin dar crédito a sus oídos—. ¿Cómo piensa explicagle a Petunia que su hegmana fue asesinada y que su sobgino tendgá que vivig con ellos?
—Sí, tal vez eso no fue lo más sensato que hizo en su vida—concedió Bill—, pero si se hubiese presentado, ¿qué hubiera pasado si los Dursley no le hubiesen creído? Tendría que buscar otro hogar para Harry.
—Quizás consideró además que no sería bien recibido en casa de los Dursley, y menos a esa hora—agregó Ginny.
Harry intentó no reírse recordando lo que había pasado la primera y última vez que Dumbledore había cruzado el umbral del número 4 de Privet Drive; casualmente no fue una visita diurna.
—¿Una carta? —repitió la profesora McGonagall, volviendo a sentarse—. Dumbledore, ¿de verdad cree que puede explicarlo todo en una carta? ¡Esa gente jamás comprenderá a Harry! ¡Será famoso... una leyenda... no me sorprendería que el día de hoy fuera conocido en el futuro como el día de Harry Potter! Escribirán libros sobre Harry... todos los niños del mundo conocerán su nombre.
—Exactamente —dijo Dumbledore, con mirada muy seria por encima de sus gafas—. Sería suficiente para marear a cualquier niño. ¡Famoso antes de saber hablar y andar! ¡Famoso por algo que ni siquiera recuerda! ¿No se da cuenta de que será mucho mejor que crezca lejos de todo, hasta que esté preparado para asimilarlo?
—Ahora entiendo lo que me quisiste decir antes, sobre las razones que tenía Dumbledore—concedió Ginny con recelo—, pero eso no quiere decir que me guste más—finalizó cruzando los brazos, provocando la risa de Harry.
La profesora McGonagall abrió la boca, cambió de idea, tragó y luego dijo:
—Sí... sí, tiene razón, por supuesto. Pero ¿cómo va a llegar el niño hasta aquí, Dumbledore? —De pronto observó la capa del profesor, como si pensara que podía tener escondido a Harry.
—Hagrid lo traerá.
—¿Le parece... sensato... confiar a Hagrid algo tan importante como eso?
—¿Quién lo diría de McGonagall?—dijo Molly sorprendida.
—A Hagrid, le confiaría mi vida—dijo Dumbledore.
—No estoy diciendo que su corazón no esté donde debe estar —dijo a regañadientes la profesora McGonagall—. Pero no me dirá que no es descuidado. Tiene la costumbre de... ¿Qué ha sido eso?
Un ruido sordo rompió el silencio que los rodeaba. Se fue haciendo más fuerte mientras ellos miraban a ambos lados de la calle, buscando alguna luz. Aumentó hasta ser un rugido mientras los dos miraban hacia el cielo, y entonces una pesada moto cayó del aire y aterrizó en el camino, frente a ellos.
—¡La moto de Sirius!—exclamó Arthur emocionado—. Aún la guardo en el cobertizo a la espera de poder terminar de arreglarla—agregó mientras Molly revoleaba los ojos de exasperación y Charlie abría los suyos como platos. Había visto un par de veces esos artefactos muggle y siempre le parecieron fascinantes, por lo que le parecía dolorosamente intrigante el poder volar con una de esas. Tendría que pedirle permiso a Harry; después de todo ahora era suya.
La moto era inmensa, pero si se la comparaba con el hombre que la conducía parecía un juguete. Era dos veces más alto que un hombre normal y al menos cinco veces más ancho. Se podía decir que era demasiado grande para que lo aceptaran y además, tan desaliñado... Cabello negro, largo y revuelto, y una barba que le cubría casi toda la cara. Sus manos tenían el mismo tamaño que las tapas del cubo de la basura y sus pies, calzados con botas de cuero, parecían crías de delfín. En sus enormes brazos musculosos sostenía un bulto envuelto en mantas.
—Ah, Hagrid—dijo Arthur sonriendo—. Siempre que puedo voy a visitarlo o le escribo para estar en contacto.
—Yo también—dijo Harry tambien con una sonrisa—. Siempre fue un buen amigo.
—Hagrid —dijo aliviado Dumbledore—. Por fin. ¿Y dónde conseguiste esa moto?
—Me la han prestado; profesor Dumbledore —contestó el gigante, bajando con cuidado del vehículo mientras hablaba—. El joven Sirius Black me la dejó. Lo he traído, señor.
Ja, que irónico, pensó Harry de mal humor. Y aun así lo creyeron culpable de la muerte de mis padres y de Colagusano. Fue más fácil creer en la culpabilidad de Black que en sus palabras ¡Qué fácil que resulta para la gente adaptar la realidad a su cómoda existencia!
—¿No ha habido problemas por allí?
—No, señor. La casa estaba casi destruida, pero lo saqué antes de que los muggles comenzaran a aparecer. Se quedó dormido mientras volábamos sobre Bristol.
Dumbledore y la profesora McGonagall se inclinaron sobre las mantas.
Entre ellas se veía un niño pequeño, profundamente dormido. Bajo una mata de pelo negro azabache, sobre la frente, pudieron ver una cicatriz con una forma curiosa, como un relámpago.
Harry instintivamente se pasó la mano por la cicatriz que desde hacía más de un año no molestaba; esperaba que se mantuviera así para siempre.
—¿Fue allí...? —susurró la profesora McGonagall.
—Sí —respondió Dumbledore—. Tendrá esa cicatriz para siempre.
—¿No puede hacer nada, Dumbledore?
—Aunque pudiera, no lo haría. Las cicatrices pueden ser útiles. Yo tengo una en la rodilla izquierda que es un diagrama perfecto del metro de Londres.
—Ehhh…
—No preguntes, Fleur. Es Dumbledore—la atajó Bill y todos se rieron.
Bueno, déjalo aquí, Hagrid, es mejor que terminemos con esto.
Dumbledore se volvió hacia la casa de los Dursley.
—¿Puedo... puedo despedirme de él, señor? —preguntó Hagrid.
Inclinó la gran cabeza desgreñada sobre Harry y le dio un beso, raspándolo con la barba. Entonces, súbitamente, Hagrid dejó escapar un aullido, como si fuera un perro herido.
—¡Shhh! —dijo la profesora McGonagall—. ¡Vas a despertar a los muggles!
—Lo... siento—lloriqueó Hagrid, y se limpió la cara con un gran pañuelo—. Pero no puedo soportarlo... Lily y James muertos... y el pobrecito Harry tendrá que vivir con muggles...
—Sí, sí, es todo muy triste, pero domínate, Hagrid, o van a descubrirnos — susurró la profesora McGonagall, dando una palmada en un brazo de Hagrid, mientras Dumbledore pasaba sobre la verja del jardín e iba hasta la puerta que había enfrente.
—Recuérdame nunca ir con McGonagall si necesito consuelo—dijo Charlie seriamente.
—Trato hecho—replicó George igualmente serio.
Dejó suavemente a Harry en el umbral, sacó la carta de su capa, la escondió entre las mantas del niño y luego volvió con los otros dos. Durante un largo minuto los tres contemplaron el pequeño bulto. Los hombros de Hagrid se estremecieron. La profesora McGonagall parpadeó furiosamente. La luz titilante que los ojos de Dumbledore irradiaban habitualmente parecía haberlos abandonado.
—Bueno—dijo finalmente Dumbledore—, ya está. No tenemos nada que hacer aquí. Será mejor que nos vayamos y nos unamos a las celebraciones.
—Ajá—respondió Hagrid con voz ronca—. Voy a devolver la moto a Sirius. Buenas noches, profesora McGonagall, profesor Dumbledore.
Hagrid se secó las lágrimas con la manga de la chaqueta, se subió a la moto y le dio una patada a la palanca para poner el motor en marcha. Con un estrépito se elevó en el aire y desapareció en la noche.
—Nos veremos pronto, espero, profesora McGonagall —dijo Dumbledore, saludándola con una inclinación de cabeza. La profesora McGonagall se sonó la nariz por toda respuesta.
Dumbledore se volvió y se marchó calle abajo. Se detuvo en la esquina y levantó el Apagador de plata. Lo hizo funcionar una vez y todas las luces de la calle se encendieron, de manera que Privet Drive se iluminó con un resplandor anaranjado, y pudo ver a un gato atigrado que se escabullía por una esquina, en el otro extremo de la calle. También pudo ver el bulto de mantas de las escaleras de la casa número 4.
—Buena suerte, Harry —murmuró. Dio media vuelta y, con un movimiento de su capa, desapareció.
Voy a necesitarla, pensó Harry amargamente.
Una brisa agitó los pulcros setos de Privet Drive. La calle permanecía silenciosa bajo un cielo de color tinta. Aquél era el último lugar donde uno esperaría que ocurrieran cosas asombrosas. Harry Potter se dio la vuelta entre las mantas, sin despertarse. Una mano pequeña se cerró sobre la carta y siguió durmiendo, sin saber que era famoso, sin saber que en unas pocas horas le haría despertar el grito de la señora Dursley, cuando abriera la puerta principal para sacar las botellas de leche. Ni que iba a pasar las próximas semanas pinchado y pellizcado por su primo Dudley... No podía saber tampoco que, en aquel mismo momento, las personas que se reunían en secreto por todo el país estaban levantando sus copas y diciendo, con voces quedas: «¡Por Harry Potter... el niño que vivió!».
Hermione terminó de leer y marcó la página antes de cerrar el libro. Era una imagen de lo serio que era lo que acababan de leer que nadie decía nada y todos miraban el libro o se quedaban pensativos.
