Les agradezco mucho por los que agregaron la historia a favoritos y los reviews. Sigan dejando así me pongo mas contento y puedo terminar esto antes jejeje

DISCLAIMER: HP es de JK y de la Warner


Capítulo 3. El vidrio que se desvaneció

Percy fue el primero en romper el silencio.

—Bueno, ¿quieren leer un poco más, o prefieren tomar un descanso antes de seguir?

Mientras discutían sobre si era mejor esperar o seguir, Hermione aprovechaba para reponer su garganta con un poco de te ya muy tibio (no es fácil leer por casi media hora) y se recostaba sobre el hombro de Ron, quien se veía muy contento. Finalmente, decidieron que leerían hasta la cena, y que se turnarían para leer los capítulos.

—Si no les molesta—dijo Percy tomando el libro—, leeré el capítulo que sigue…

Tras unos murmullos de asentimiento, Percy leyó: El vidrio que se desvaneció.

Ah, genial, pensó Harry con total ironía. Tiene que empezar con mi vida con los Dursley. Simplemente maravilloso.

Habían pasado aproximadamente diez años desde el día en que los Dursley se despertaron y encontraron a su sobrino en la puerta de entrada, pero Privet Drive no había cambiado en absoluto. El sol se elevaba en los mismos jardincitos, iluminaba el número 4 de latón sobre la puerta de los Dursley y avanzaba en su salón, que era casi exactamente el mismo que aquél donde el señor Dursley había oído las ominosas noticias sobre las lechuzas, una noche de hacía diez años.

—Que aburrimiento—se quejó George.

—Bueno, ya sabíamos cómo eran—concedió Charlie.

Sólo las fotos de la repisa de la chimenea eran testimonio del tiempo que había pasado. Diez años antes, había una gran cantidad de retratos de lo que parecía una gran pelota rosada con gorros de diferentes colores, pero Dudley Dursley ya no era un niño pequeño,

Todos soltaron una risotada.

y en aquel momento las fotos mostraban a un chico grande y rubio montando su primera bicicleta, en un tiovivo en la feria, jugando con su padre en el ordenador, besado y abrazado por su madre... La habitación no ofrecía señales de que allí viviera otro niño.

La alegría murió al instante.

—¿Por qué siento que no me va a gustar esto?—dijo Bill masajeándose las sienes.

Sin embargo, Harry Potter estaba todavía allí, durmiendo en aquel momento, aunque no por mucho tiempo. Su tía Petunia se había despertado y su voz chillona era el primer ruido del día.

¡Arriba! ¡A levantarse! ¡Ahora!

—Ughh, colega. Te compadezco—dijo Ron palmeándole la espalda a Harry.

Harry sonrió como quitándole importancia, pero internamente sabía que si se sorprendían con esto, ni quería imaginarse lo que vendría después…

Harry se despertó con un sobresalto. Su tía llamó otra vez a la puerta.

¡Arriba! —chilló de nuevo. Harry oyó sus pasos en dirección a la cocina, y después el roce de la sartén contra el fogón.

Extraño, pensó Hermione con el ceño fruncido. La habitación de Harry debe de estar muy cerca de la cocina.

Ron pensaba lo mismo, a su manera.

—Harry, debiste de despertarte con hambre; escuchas el sonido del desayuno desde tu habitación.

Harry volvió a hacer el mismo gesto de antes, sólo que esta vez Ginny lo miró más detenidamente y vio que la sonrisa no llegó a los ojos. ¿Qué está pasando aquí?

El niño se dio la vuelta y trató de recordar el sueño que había tenido. Había sido bonito. Había una moto que volaba. Tenía la curiosa sensación de que había soñado lo mismo anteriormente.

Su tía volvió a la puerta.

¿Ya estás levantado? —quiso saber.

—¡Que impaciente! ¡Déjalo despertarse!—se quejó Molly como si Petunia estuviese ahí para escucharla.

Casi —respondió Harry

Bueno, date prisa, quiero que vigiles el beicon. Y no te atrevas a dejar que se queme. Quiero que todo sea perfecto el día del cumpleaños de Duddy.

—¡¿Te hacían cocinag?!—se horrorizó Fleur—. ¡Pego si sólo tenías…! ¿Cuánto? ¡¿Diez, once años?!

—Ehh… algo así—contestó Harry evasivamente. Todos fruncieron el ceño.

Harry gimió.

¿Qué has dicho? —gritó con ira desde el otro lado de la puerta.

Nada, nada...

El cumpleaños de Dudley... ¿cómo había podido olvidarlo?

—Harry, Harry, Harry—lo regaño George en lo que Harry entendió como una perfecta imitación de Lockhart que arrancó un par de risas—. ¿Cómo pudiste olvidarlo? Sólo hacía dos minutos que te habías despertado. Es en lo primero que pienso yo cada vez que me despierto.

Todos se rieron un tanto más, hasta Molly quien de verdad disfrutaba ver el lado bromista de George, el cual estuvo bastante apagado desde la muerte de Fred y que recién comenzaba a volver a sus parámetros normales.

Harry se levantó lentamente y comenzó a buscar sus calcetines. Encontró un par debajo de la cama y, después de sacar una araña de uno, se los puso.

Ron reprimió un escalofrío.

Harry estaba acostumbrado a las arañas, porque la alacena que había debajo de las escaleras estaba llena de ellas…

Percy cortó la lectura abruptamente y abrió los ojos como platos.

—¿Que sucede, Percy?—preguntó Molly sorprendida, al igual que todos, pero Percy siguió la lectura un poco más con los ojos, levantó la vista una fracción de segundo y vio confirmadas sus sospechas en los ojos y la expresión resignada de Harry. Hermione, Ginny y Luna habían visto este intercambio y parecían estar llegando a una conclusión. No se veían para nada contentas (si, Luna tampoco).

Preparándose para la explosión, Percy retomó la lectura.

Harry estaba acostumbrado a las arañas, porque la alacena que había debajo de las escaleras estaba llena de ellas y allí era donde dormía.

Un silencio sepulcral se apoderó de la sala. Entonces…

—¡¿QUEEEÉ?!

Molly se había levantado y, perdiendo todo autocontrol, se había lanzado con los ojos en lágrimas a una furiosa diatriba contra los Dursley. Parecía de verdad al borde de un colapso nervioso, y Arthur quien no parecía menos furioso tuvo que llevarla a la cocina a beber un trago de brandy para calmar los nervios. No eran los únicos: Fleur y Luna estaban lagrimeando por lo injusto de la situación, y Bill y Neville las estaban consolando aunque a ellos nadie estaba para calmarlos, Ron y Hermione echaban chispas, y Percy se debatía entre mandar una carta al Ministro notificando del abuso o encargarse él mismo.

Harry por su parte miraba la escena absolutamente pasmado. No creía posible que todos pudieran alarmarse así. Miró a Ginny quien no había dicho nada hasta ahora. Estaba furiosa, eso se veía a simple vista, pero se estaba conteniendo.

—Harry…—comenzó con voz muy calma y Harry tragó saliva. —Quiero saber, ¿por qué nunca nos dijiste nada?—preguntó y los ojos comenzaron a lagrimear.

Harry la miró a los ojos y no vio reproche hacia él, sino infinita tristeza.

—Lo juro. No es porque no confié en ti, Ginny… o en Ron o Hermione para variar.

Ambos Ron y Hermione se dieron vuelta para escuchar cuando oyeron sus nombres, y Harry decidió que era mejor calmar las aguas.

—¡TRANQUILOS TODOS!

Harry se había puesto de pie, y todos hicieron silencio de repente. Arthur ya había vuelto con Molly, quien se veía mucho más tranquila aunque tenía los ojos enrojecidos. Esta imagen hizo que Harry se conmoviera aún más.

—Escuchen—comenzó Harry inseguro, pero al ver a todos más o menos tranquilizados y que le prestaban atención, prosiguió más confiado—. Hay una razón por la que no dije nada de esto. No es porque no confíe en ustedes. Ustedes son mi verdadera familia, no hay nadie en quien yo confíe más, pero lo que leyeron recién ya no importa realmente. No, en serio—afirmó cuando varios abrieron la boca para protestar—, a mí al menos ya no me importa. No desde que puse un pie por primera vez en la plataforma 3/4—añadió sonriendo en dirección a los Weasleys.

Nadie decía nada, pero ya todos estaban mucho más calmados. Molly sollozaba pero de emoción, al igual que Fleur (quien parecía mucho más emocional que de costumbre, pensó Harry) y Ron y Hermione le sonreían agradecidos. Luego de unos segundos en que todos se acomodaron, Percy tomó el libro nuevamente y mientras buscaba la página, Ginny aprovechó para darle un beso en la mejilla a Harry y le dijo en un susurro apenas audible: —Te amo.

Cuando estuvo vestido salió al recibidor y entró en la cocina. La mesa estaba casi cubierta por los regalos de cumpleaños de Dudley. Parecía que éste había conseguido el ordenador nuevo que quería, por no mencionar el segundo televisor y la bicicleta de carreras. La razón exacta por la que Dudley podía querer una bicicleta era un misterio para Harry, ya que Dudley estaba muy gordo y aborrecía el ejercicio, excepto si conllevaba pegar a alguien, por supuesto.

—Espero que no sea…—comenzó a refunfuñar Ginny por lo bajo.

El saco de boxeo favorito de Dudley era Harry,

—¡Mierda!

—¡Ginevra!

pero no podía atraparlo muy a menudo. Aunque no lo parecía, Harry era muy rápido.

Tal vez tenía algo que ver con eso de vivir en una oscura alacena, pero Harry había sido siempre flaco y muy bajo para su edad.

—Jaja, es verdad—dijo Ron entre risas—. Casi no creciste nada hasta sexto…

—Sí, y entonces fue cuando te alcancé—retrucó Harry, y todos se rieron menos Ron quien refunfuñó algo como "apenas".

Además, parecía más pequeño y enjuto de lo que realmente era, porque toda la ropa que llevaba eran prendas viejas de Dudley, y su primo era cuatro veces más grande que él.

Esto los devolvió a la rabia que sentían antes.

—Malditos tacaños…—refunfuñaba Neville, lo cual era alarmante porque usualmente era muy tranquilo.

Harry tenía un rostro delgado, rodillas huesudas, pelo negro y ojos de color verde brillante. Llevaba gafas redondas siempre pegadas con cinta adhesiva, consecuencia de todas las veces que Dudley le había pegado en la nariz.

Ron había agarrado un almohadón del sillón y lo estaba estrujando para descargar su rabia.

La única cosa que a Harry le gustaba de su apariencia era aquella pequeña cicatriz en la frente, con la forma de un relámpago.

—¿En serio?—preguntó Charlie a Harry—. Creí que la odiabas.

—Sí, claro que la detesto—respondió Harry—. Esto fue antes de saber lo que era, y era lo único que me conectaba a mis padres.

—Ahh—dijo Ron—, ¿entonces sí sabías sobre V-V-Voldemort y lo de tus padres antes de conocer a Hagrid?

No—respondió Harry con un poco de impaciencia—, sigan leyendo y verán por qué.

La tenía desde que podía acordarse, y lo primero que recordaba haber preguntado a su tía Petunia era cómo se la había hecho.

En el accidente de coche donde tus padres murieron —había dicho—. Y no hagas preguntas.

Otra vez se escuchó una exclamación general.

—¡ACCIDENTE DE COCHE LAS BO…!

—¡QUE VEGGÜENZA…!

—¡MENTIRLE ASÍ A UN CHICO SOBRE SUS PADRES…!

—¡DESHONRAR LA MEMORIA DE LILY Y JAMES…!

Nuevamente, Harry tuvo que tranquilizarlos a todos, aunque él mismo también comenzaba a indignarse de que los Dursley se hayan salido con la suya mintiéndole y ocultándole su pasado por tanto tiempo.

—Bueno—dijo George después de un tiempo—, de algún modo supiste que tenía que ver con tus padres…

—No ayudas, George—lo regaño Angelina al ver que varios pares de ojos lo fulminaban con la mirada.

«No hagas preguntas»: ésa era la primera regla que se debía observar si se quería vivir una vida tranquila con los Dursley.

Tío Vernon entró a la cocina cuando Harry estaba dando la vuelta al tocino.

¡Péinate! —bramó como saludo matinal.

—¡Cada vez se ponen peor!—se quejó Charlie masajeándose las sienes con los dedos.

Una vez por semana, tío Vernon miraba por encima de su periódico y gritaba que Harry necesitaba un corte de pelo. A Harry le habían cortado más veces el pelo que al resto de los niños de su clase todos juntos, pero no servía para nada, pues su pelo seguía creciendo de aquella manera, por todos lados.

—Y seguirá así por los siglos de los siglos—sentenció Ginny, riendo y revolviéndole aún más el pelo con ambas manos a su novio, para la diversión de todos. Y aun así, pese a las quejas de Harry, su pelo no había cambiado para nada después de la sesión capilar.

Harry estaba friendo los huevos cuando Dudley llegó a la cocina con su madre. Dudley se parecía mucho a tío Vernon. Tenía una cara grande y rosada, poco cuello, ojos pequeños de un tono azul acuoso, y abundante pelo rubio que cubría su cabeza gorda.

—Que encantador—se burló Ginny frunciendo la nariz—. Parece un cerdo rubio que aprendió a caminar en dos patas.

Harry la miró con los ojos muy abiertos, para el desconcierto de Ginny.

—¿Qué?

—Nada—respondió con una sonrisa misteriosa—. Ya verás.

Tía Petunia decía a menudo que Dudley parecía un angelito. Harry decía a menudo que Dudley parecía un cerdo con peluca.

Todos hicieron silencio, y luego comenzaron las carcajadas. Ginny se sonrojó hasta las raíces de su pelo rojo; parecía un rábano con insolación.

—Bueno—alcanzó a decir George entre risas—, hasta piensan lo mismo. ¿Cuándo piensan casarse?

Esta vez le tocó el turno a Harry de sonrojarse mientras los demás se reían.

—Sigue leyendo, Percy—refunfuñó Harry, luego de arrojarle un almohadón a Ron quien se estaba revolcando de la risa.

Harry puso sobre la mesa los platos con huevos y beicon, lo que era difícil porque había poco espacio. Entretanto, Dudley contaba sus regalos. Su cara se ensombreció.

—Oh, Merlín, ¿y ahora qué?—preguntó Angelina exasperada.

Treinta y seis —dijo, mirando a su madre y a su padre—. Dos menos que el año pasado.

Todos dejaron caer la boca de sorpresa.

—¡T-treinta y seis! ¡¿Y todavía piensa que tiene motivos para quejarse?¡—exclamó Ron.

Harry se rio sin humor.

—Sí, ese es Dudley. Creí que ya lo conocías, Ron.

Percy tardó unos segundos en reponerse, antes de sacudir la cabeza y seguir leyendo.

Querido, no has contado el regalo de tía Marge. Mira, está debajo de este grande de mamá y papá.

—¡Ah, ya entiendo todo!—exclamó Fleur esta vez—. ¡Son los padges los gesponsables de que sea tan consentido! ¡Le hablan como si fuega un bebé!

Muy bien, treinta y siete entonces —dijo Dudley, poniéndose rojo.

Harry; que podía ver venir un gran berrinche de Dudley, comenzó a comerse el beicon lo más rápido posible, por si volcaba la mesa.

—Déjame adivinar—dijo George poniendo una exagerada cara de concentración—, ¿esto ya pasó antes?—preguntó, y Harry asintió con una sonrisa desganada.

Tía Petunia también sintió el peligro, porque dijo rápidamente:

Y vamos a comprarte dos regalos más cuando salgamos hoy. ¿Qué te parece, pichoncito? Dos regalos más. ¿Está todo bien?

—¡NO! ¡No está todo bien, Petunia! ¡Deberías regañarlo, no consentirlo en todo lo que pide!—exclamó Molly casi fuera de sí.

—Le estás hablando a un libro, mamá—replicó George, sin pensar.

Molly lo fulminó con la mirada haciéndolo esconderse detrás de Angelina. Luego, dirigió la misma mirada a todos sus hijos, quienes retrocedieron unos milímetros ante la furia de su madre.

—Por suerte—la tranquilizó Bill—, nos educaste distinto a todos nosotros, madre.

Esto pareció calmar un poco a Molly, quien sin embargo se sentó resoplando como un toro a punto de embestir.

Dudley pensó durante un momento. Parecía un trabajo difícil para él. Por último, dijo lentamente.

Entonces tendré treinta y... treinta y...

—Ni siquiera sabe contar—musitó Hermione horrorizada con un hilo de voz.

—¡Pero si es un año mayor que vos, Harry!—dijo Neville confundido.

—Bueno—dijo Luna pensativamente—, obviamente es más grande pero como sus padres hacen todo por él, no se planteó nunca madurar y hacer las cosas por sí sólo.

Nadie dijo nada, dejando que las palabras sabias de Luna terminaran de asentarse.

—Bueno—dijo Arthur luego de unos segundos—, eso comprueba que el daño que le hicieron sus padres es muy grande.

Todos asintieron ante lo dicho por Arthur.

Treinta y nueve, dulzura —dijo tía Petunia.

Oh —Dudley se dejó caer pesadamente en su silla y cogió el regalo más cercano—. Entonces está bien.

Tío Vernon rio entre dientes.

El pequeño tunante quiere que le den lo que vale, igual que su padre. ¡Bravo, Dudley! —dijo, y revolvió el pelo de su hijo.

—Sin comentarios—dijo George.

—¿Y entonces para que interrumpiste?—le espetaron Bill y Percy al unísono.

George refunfuñó algo así como "amargados Premios Anuales".

En aquel momento sonó el teléfono y tía Petunia fue a cogerlo, mientras Harry y tío Vernon miraban a Dudley, que estaba desembalando la bicicleta de carreras, la filmadora, el avión con control remoto, dieciséis juegos nuevos para el ordenador y un vídeo.

—Ehh… ¿qué?—preguntó Fleur que no había entendido una sola palabra.

—Cosas muggle—respondió Hermione—. Después les explico.

Arthur estaba emocionado pero decidió esperar.

Estaba rompiendo el envoltorio de un reloj de oro, cuando tía Petunia volvió, enfadada y preocupada a la vez.

Malas noticias, Vernon —dijo—. La señora Figg se ha fracturado una pierna. No puede cuidarlo. —Volvió la cabeza en dirección a Harry.

—¡Tiene nombre! ¡Se llama Harry y no es una babosa que no puede entenderlos, cara de caballo!—chilló Ginny de repente.

Todos la miraron alarmados, parecía una pantera pelirroja a punto de saltar sobre su presa.

—¡Percy!—gritó, y el susodicho se sobresaltó—, lee—ordenó, y Percy no tardó en obedecer.

La boca de Dudley se abrió con horror, pero el corazón de Harry dio un salto. Cada año, el día del cumpleaños de Dudley, sus padres lo llevaban con un amigo a pasar el día a un parque de atracciones, a comer hamburguesas o al cine. Cada año, Harry se quedaba con la señora Figg, una anciana loca que vivía a dos manzanas. Harry no podía soportar ir allí. Toda la casa olía a repollo y la señora Figg le hacía mirar las fotos de todos los gatos que había tenido.

—¡Harry!—le regañó Hermione.

—Dale un respiro, Mione—dijo Ron.

—Sí, Hermione—dijo George sonriendo—. Harry no tenía pensado que leerías sus pensamientos alguna vez.

Las risas duraron media fracción de segundo porque Hermione los fulminó con la mirada a todos, aún más a Harry quien no dejó de reírse por lo bajo. Percy entendió que si quería tener sobrinos alguna vez debía seguir leyendo.

¿Y ahora qué hacemos? —preguntó tía Petunia, mirando con ira a Harry como si él lo hubiera planeado todo. Harry sabía que debería sentir pena por la pierna de la señora Figg, pero no era fácil cuando recordaba que pasaría un año antes de tener que ver otra vez a Tibbles, Snowy, el Señor Paws o Tufty.

Hermione volvió a fulminar con la mirada a Harry.

—No entiendo por qué se enoja tanto contigo—le susurró desconcertada Ginny a Harry—. ¿Por ti o por los gatos?

—Las dos cosas, creo—contestó Harry por lo bajo para no airar más a su amiga.

Podemos llamar a Marge —sugirió tío Vernon.

No seas tonto, Vernon, ella no aguanta al chico.

Los Dursley hablaban a menudo sobre Harry de aquella manera, como si no estuviera allí, o más bien como si pensaran que era tan tonto que no podía entenderlos, algo así como un gusano.

George lanzó una risotada.

—Parece que ustedes dos tienen más en común de lo que imaginaba—dijo señalando a Harry y Ginny, quienes se sonrojaron para diversión de todos.

¿Y qué me dices de... tu amiga... cómo se llama... Yvonne?

Está de vacaciones en Mallorca —respondió enfadada tía Petunia.

Podéis dejarme aquí —sugirió esperanzado Harry. Podría ver lo que quisiera en la televisión, para variar, y tal vez incluso hasta jugaría con el ordenador de Dudley

—Ahh, pero eso sería divertido e iría en contra de lo que intentamos estos diez años—dijo George en perfecta imitación de Tía Petunia, tanto que Harry reprimió un escalofrío mientras el resto de reía a carcajadas.

—No vuelvas a hacer eso, George—le recriminó Harry.

Tía Petunia lo miró como si se hubiera tragado un limón.

¿Y volver y encontrar la casa en ruinas? —rezongó.

No voy a quemar la casa —dijo Harry, pero no le escucharon.

Supongo que podemos llevarlo al zoológico —dijo en voz baja tía Petunia—... y dejarlo en el coche...

El coche es nuevo, no se quedará allí solo...

—Claaaro, porque eso es lo más importante—dijo Hermione irónicamente, una muestra de que tan enojada estaba (Ron se alejó un poco por las dudas)—, no por el hecho de que es abuso infantil.

Dudley comenzó a llorar a gritos. En realidad no lloraba, hacía años que no lloraba de verdad, pero sabía que, si retorcía la cara y gritaba, su madre le daría cualquier cosa que quisiera.

Mi pequeñito Dudley no llores, mamá no dejará que él te estropee tu día especial —exclamó, abrazándolo.

¡Yo... no... quiero... que... él venga! —exclamó Dudley entre fingidos sollozos—. ¡Siempre lo estropea todo! —Le hizo una mueca burlona a Harry, desde los brazos de su madre.

Varios estaban haciendo para este momento distintos gestos de disgusto, indignación, asco, repulsión, frustración o todo eso junto.

Justo entonces, sonó el timbre de la puerta.

¡Oh, Dios, ya están aquí! —dijo tía Petunia en tono desesperado y, un momento más tarde, el mejor amigo de Dudley, Piers Polkiss, entró con su madre. Piers era un chico flacucho con cara de rata. Era el que, habitualmente, sujetaba los brazos de los chicos detrás de la espalda mientras Dudley les pegaba. Dudley suspendió su fingido llanto de inmediato.

—Claro, tiene que mantener su fachada de chico crecido frente a sus "amigos"—señalo irónicamente Angelina haciendo el signo de las comillas con los dedos.

Media hora más tarde, Harry, que no podía creer en su suerte, estaba sentado en la parte de atrás del coche de los Dursley, junto con Piers y Dudley, camino del zoológico por primera vez en su vida.

—Esto es muy triste. Harry se sorprende de pasar un buen momento—le susurró tristemente Molly a Arthur.

—No te preocupes, Molly—la consoló Arthur por lo bajo, rodeándola con un brazo—. Harry ya está bien, está con nosotros.

A sus tíos no se les había ocurrido una idea mejor, pero antes de salir tío Vernon se llevó aparte a Harry.

Te lo advierto —dijo, acercando su rostro grande y rojo al de Harry—. Te estoy avisando ahora, chico: cualquier cosa rara, lo que sea, y te quedarás en la alacena hasta la Navidad.

—Si se atreve…—refunfuñó Ron, retorciendo aún más con las manos el almohadón que parecía que estuviera a punto de romperse.

No voy a hacer nada —dijo Harry—. De verdad...

Pero tío Vernon no le creía. Nadie lo hacía.

El problema era que, a menudo, ocurrían cosas extrañas cerca de Harry y no conseguía nada con decir a los Dursley que él no las causaba.

—Pero sí que eras vos, Harry. Es magia accidental—le dijo Luna con total franqueza.

Harry abrió y cerró la boca varias veces sin respuesta, mientras todos se reían.

En una ocasión, tía Petunia, cansada de que Harry volviera de la peluquería como si no hubiera ido, cogió unas tijeras de la cocina y le cortó el pelo casi al rape, exceptuando el flequillo, que le dejó «para ocultar la horrible cicatriz».

La risa cesó instantáneamente y el ambiente se tornó taciturno nuevamente.

Dudley se rio como un tonto, burlándose de Harry, que pasó la noche sin dormir imaginando lo que pasaría en el colegio al día siguiente, donde ya se reían de su ropa holgada y sus gafas remendadas. Sin embargo, a la mañana siguiente, descubrió al levantarse que su pelo estaba exactamente igual que antes de que su tía lo cortara. Como castigo, lo encerraron en la alacena durante una semana, aunque intentó decirles que no podía explicar cómo le había crecido tan deprisa el pelo.

Ante esto varios saltaron indignados y haciendo ruidos y gritando de protesta por la injusticia, y nuevamente Harry tuvo que tranquilizar a todos antes de que Percy pudiera retomar la lectura.

Otra vez, tía Petunia había tratado de meterlo dentro de un repugnante jersey viejo de Dudley (marrón, con manchas anaranjadas) (Fleur hizo un gesto de profunda repulsión), Cuanto más intentaba pasárselo por la cabeza, más pequeña se volvía la prenda, hasta que finalmente le habría sentado como un guante a una muñeca, pero no a Harry. Tía Petunia creyó que debía de haberse encogido al lavarlo y, para su gran alivio, Harry no fue castigado.

—Y ahora se alivia de no ser castigado por algo que no hizo—volvió a susurrar Molly con lágrimas en los ojos.

Arthur cada vez veía más difícil consolar a Molly, puesto que él mismo no encontraba consuelo ante tanta injusticia.

Por otra parte, había tenido un problema terrible cuando lo encontraron en el techo de la cocina del colegio. El grupo de Dudley lo perseguía como de costumbre cuando, tanto para sorpresa de Harry como de los demás, se encontró sentado en la chimenea.

Charlie silbó asombrado.

—¿Volaste o apareciste, Harry?—le preguntó con el ceño fruncido.

—Creo que volé. Mi madre también lo hizo una vez cuando era chica—respondió Harry incómodo.

Todos lo miraron sorprendidos.

—Harry, eso es magia muy avanzada—dijo Hermione asombrada.

—Sí, bueno—replicó Harry aún más incómodo—, no es que puedo hacerlo todo el tiempo.

—No interesa eso, Harry—le respondió Ron—. Tienes mucha magia dentro de ti y serías increíble si pudieras controlar todo ese poder.

Percy internamente se preguntaba qué tanto daño habían causado a Harry los Dursley. No tanto físicamente, sino psicológicamente. Al hacerle creer que no importaba, Harry ahora pensaba inconscientemente que su vida valía poco y por eso se arriesgaba tanto por todos cuando corrían peligro. Además, al reprimir y castigar todos sus arrebatos de magia quizás le habían provocado un problema de déficit de confianza que lo hacía bloquearse en algunos momentos y reaccionar en situaciones límite.

Tendría que verlo más detenidamente en el futuro y hablar de sus sospechas con su padre…

Los Dursley recibieron una carta amenazadora de la directora del colegio, diciéndoles que Harry andaba trepando por los techos del colegio. Pero lo único que trataba de hacer (como le gritó a tío Vernon a través de la puerta cerrada de la alacena) fue saltar los grandes cubos que estaban detrás de la puerta de la cocina. Harry suponía que el viento lo había levantado en medio de su salto.

—Bueno, Harry—razonó George seriamente—, realmente eras un alfeñique, pero tampoco para tanto.

Harry hizo una mueca de enojo mientras todos se reían.

Pero aquel día nada iba a salir mal. Incluso estaba bien pasar el día con Dudley y Piers si eso significaba no tener que estar en el colegio, en su alacena, o en el salón de la señora Figg, con su olor a repollo.

Mientras conducía, tío Vernon se quejaba a tía Petunia. Le gustaba quejarse de muchas cosas. Harry, el ayuntamiento, Harry, el banco y Harry eran algunos de sus temas favoritos.

—Creo que no le caes bien, Harry—dijo Ron seriamente.

—¿En serio?—preguntó Harry con aires de estar muy sorprendido—. ¿Qué te hace pensar eso?

—Bueno—dijo George pensativo—, al parecer le gusta quejarse sobre ti.

—¡Mirá vos! No me hubiera dado cuenta sólo, no es que estuviera ahí escuchándolo quejarse o algo. Gracias por el dato, chicos.

—Es un placer.

Aquella mañana le tocó a los motoristas.

... haciendo ruido como locos esos gamberros —dijo, mientras una moto los adelantaba.

Tuve un sueño sobre una moto —dijo Harry recordando de pronto—. Estaba volando.

Se oyeron varios sonidos de exasperación ante la estupidez de Harry.

—¡Hey!—protestó Harry—. Denme un respiro, ¡tenía diez años!

—Lo que digas, Harry—le dijo Charlie en falso tono condescendiente que no engañó a nadie.

Tío Vernon casi chocó con el coche que iba delante del suyo. Se dio la vuelta en el asiento y gritó a Harry:

¡LAS MOTOS NO VUELAN!

Su rostro era como una gigantesca remolacha con bigotes.

Dudley y Piers se rieron disimuladamente.

—Idiotas—refunfuñó Ginny.

Ya sé que no lo hacen —dijo Harry—. Fue sólo un sueño.

Pero deseó no haber dicho nada. Si había algo que desagradaba a los Dursley aún más que las preguntas que Harry hacía, era que hablara de cualquier cosa que se comportara de forma indebida, no importa que fuera un sueño o un dibujo animado. Parecían pensar que podía llegar a tener ideas peligrosas.

—Ese tal Vernon Dursley es un hombre muy peligroso—soltó Luna de repente.

Todos se la quedaron mirando como siempre que decía algo.

—¿A qué te refieres, Luna?—preguntó Neville confundido.

Luna parecía sorprendida de que nadie la entendiera.

—Bueno, pues que es un hombre muy grande y violento, y además le gusta tener todo muy bien controlado y dentro de sus parámetros de normalidad. Si algo se sale de esos parámetros, se pone muy violento y pierde la paciencia rápidamente. La suerte, Harry—dijo mirándolo al pelinegro, que estaba boquiabierto—, es que no parece ser muy inteligente, y se puede engañar fácilmente.

Nuevamente, todos reflexionaron mucho las palabras de Luna, y es que tenía mucha razón: Vernon Dursley era un hombre muy peligroso.

Percy tardó un poco en reponerse antes de continuar con la lectura.

Era un sábado muy soleado y el zoológico estaba repleto de familias. Los Dursley compraron a Dudley y a Piers unos grandes helados de chocolate en la entrada, y luego, como la sonriente señora del puesto preguntó a Harry qué quería antes de que pudieran alejarse, le compraron un polo de limón, que era más barato.

—Eso es… ¿malo o bueno?—preguntó Neville.

Harry se tomó su tiempo antes de contestar francamente.

—Supongo que es bueno. Son los Dursley, después de todo.

Aquello tampoco estaba mal, pensó Harry, chupándolo mientras observaban a un gorila que se rascaba la cabeza y se parecía notablemente a Dudley, salvo que no era rubio.

Ante esto estalló una carcajada general, que se hizo más fuerte cuando Luna regañó a Harry por insultar al pobre gorila.

Fue la mejor mañana que Harry había pasado en mucho tiempo. Tuvo cuidado de andar un poco alejado de los Dursley, para que Dudley y Piers, que comenzaban a aburrirse de los animales cuando se acercaba la hora de comer, no empezaran a practicar su deporte favorito, que era pegarle a él. Comieron en el restaurante del zoológico, y cuando Dudley tuvo una rabieta porque su bocadillo no era lo suficientemente grande, tío Vernon le compró otro y Harry tuvo permiso para terminar el primero.

Más tarde, Harry pensó que debía haber sabido que aquello era demasiado bueno para durar.

Nuevamente, hubo sonidos de exasperación y de protesta.

—Bueno, esa es mi suerte para ustedes—dijo Harry resignado.

Después de comer fueron a ver los reptiles. Estaba oscuro y hacía frío, y había vidrieras iluminadas a lo largo de las paredes. Detrás de los vidrios, toda clase de serpientes y lagartos se arrastraban y se deslizaban por las piedras y los troncos.

—Ahh…—dijo Ron de repente, y pareció recordar algo; Harry lo miró fijamente—, es aquí donde…

—Sip. Aquí es—respondió Harry.

—¿Aquí es… qué?—preguntó Angelina confundida.

—Ya verás—fue la respuesta de ambos.

Dudley y Piers querían ver las gigantescas cobras venenosas y las gruesas pitones que estrujaban a los hombres. Dudley encontró rápidamente la serpiente más grande. Podía haber envuelto el coche de tío Vernon y haberlo aplastado como si fuera una lata, pero en aquel momento no parecía tener ganas. En realidad, estaba profundamente dormida.

Dudley permaneció con la nariz apretada contra el vidrio, contemplando el brillo de su piel.

Haz que se mueva —le exigió a su padre.

Tío Vernon golpeó el vidrio, pero la serpiente no se movió.

Hazlo de nuevo —ordenó Dudley.

Tío Vernon golpeó con los nudillos, pero el animal siguió dormitando.

Esto es aburrido —se quejó Dudley. Se alejó arrastrando los pies.

—¡Ay, cuanto lo siento, pequeño cerdito! La pobre pitón no nació para divertirte—se burló Luna, visiblemente irritada.

Neville y Ron se rieron por el comentario, pero Hermione asintió fervientemente, de acuerdo por lo expresado por la excéntrica adolescente.

Harry se movió frente al vidrio y miró intensamente a la serpiente. Si él hubiera estado allí dentro, sin duda se habría muerto de aburrimiento, sin ninguna compañía, salvo la de gente estúpida golpeando el vidrio y molestando todo el día. Era peor que tener por dormitorio una alacena donde la única visitante era tía Petunia, llamando a la puerta para despertarlo: al menos, él podía recorrer el resto de la casa.

—No puedo creer que te estés compadeciendo de una serpiente—dijo George absolutamente anonadado.

—Descuida, George—replicó Ron—. Está demostrando su faceta normal de Harry "me-preocupo-mas-por-los-demás-que-por-mi-mismo" Potter.

Harry lo miró con las cejas levantadas, mientras el resto se reía.

De pronto, la serpiente abrió sus ojillos, pequeños y brillantes como cuentas. Lenta, muy lentamente, levantó la cabeza hasta que sus ojos estuvieron al nivel de los de Harry.

Guiñó un ojo.

—¿"Guiñó un ojo"? ¡Pero si no tienen párpados!—exclamó Hermione, y luego miró a Harry.

—Supongo que no guiñó el ojo—replicó Harry con impaciencia—, pero habré leído su expresión en pársel y lo entendí así.

Harry la miró fijamente. Luego echó rápidamente un vistazo a su alrededor, para ver si alguien lo observaba. Nadie le prestaba atención. Miró de nuevo a la serpiente y también le guiñó un ojo.

—Y esto a ti te pareció muy normal, ¿no?—le preguntó Ginny a su novio.

—Claro—contestó Harry riendo—, para nada era algo sobrenatural. Me lo estaba tomando con mucha calma.

La serpiente torció la cabeza hacia tío Vernon y Dudley, y luego levantó los ojos hacia el techo. Dirigió a Harry una mirada que decía claramente:

Me pasa esto constantemente.

Lo sé —murmuró Harry a través del vidrio, aunque no estaba seguro de que la serpiente pudiera oírlo—. Debe de ser realmente molesto.

La serpiente asintió vigorosamente.

A propósito, ¿de dónde vienes? —preguntó Harry

La serpiente levantó la cola hacia el pequeño cartel que había cerca del vidrio. Harry miró con curiosidad.

«Boa Constrictor, Brasil.»

¿Era bonito aquello?

La boa constrictor volvió a señalar con la cola y Harry leyó: «Este espécimen fue criado en el zoológico».

Oh, ya veo. ¿Entonces nunca has estado en Brasil?

Mientras la serpiente negaba con la cabeza, un grito ensordecedor detrás de Harry los hizo saltar.

¡DUDLEY! ¡SEÑOR DURSLEY! ¡VENGAN A VER A LA SERPIENTE! ¡NO VAN A CREER LO QUE ESTÁ HACIENDO!

Hubo varios gritos de protesta, porque Percy había gritado a todo pulmón estas últimas palabras.

—Lo siento—murmuró Percy sonrojado.

Dudley se acercó contoneándose, lo más rápido que pudo.

Quita de en medio —dijo, golpeando a Harry en las costillas.

—¡Abusivo!—gritó Ginny.

Cogido por sorpresa, Harry cayó al suelo de cemento. Lo que sucedió a continuación fue tan rápido que nadie supo cómo había pasado: Piers y Dudley estaban inclinados cerca del vidrio, y al instante siguiente saltaron hacia atrás aullando de terror.

—¡¿Qué?! ¡¿Qué pasó?!—preguntó George alarmado.

—¿Qué tal si lo dejas leer y lo sabremos todos?—le contestó Ron con un dejo de fastidio.

George refunfuñó algo así como "aguafiestas"

Harry se incorporó y se quedó boquiabierto: el vidrio que cerraba el cubículo de la boa constrictor había desaparecido.

—¡Ja! ¡Chúpate esa mandarina, cerdo!—festejó Neville.

Todos lo miraron asombrados y sonriendo. Neville entonces se dio cuenta de su exabrupto, se sonrojó y murmuró "perdón" antes de sentarse otra vez (¡¿cuándo fue que se puso de pie?!).

La descomunal serpiente se había desenrollado rápidamente y en aquel momento se arrastraba por el suelo. Las personas que estaban en la casa de los reptiles gritaban y corrían hacia las salidas.

Mientras la serpiente se deslizaba ante él, Harry habría podido jurar que una voz baja y sibilante decía:

Brasil, allá voy... Gracias, amigo.

—Bueno, al menos era educada—reconoció Luna.

El encargado de los reptiles se encontraba totalmente conmocionado.

Pero... ¿y el vidrio? —repetía—. ¿Adónde ha ido el vidrio?

—Pobre tipo—se rio George—. No tuvo la culpa…

El director del zoológico en persona preparó una taza de té fuerte y dulce para tía Petunia, mientras se disculpaba una y otra vez. Piers y Dudley no dejaban de quejarse. Por lo que Harry había visto, la serpiente no había hecho más que darles un golpe juguetón en los pies, pero cuando volvieron al asiento trasero del coche de tío Vernon, Dudley les contó que casi lo había mordido en la pierna, mientras Piers juraba que había intentado estrangularlo.

—Llorones—murmuró Angelina, divertida al igual que el resto.

Pero lo peor, para Harry al menos, fue cuando Piers se calmó y pudo decir:

Harry le estaba hablando. ¿Verdad, Harry?

La diversión se esfumó velozmente y en seguida se levantaron las protestas airadas.

—¡¿Por qué hizo eso ese imbécil?!

—¡Sabía que Haggy se meteguía en pgoblemas!

—¡Lo convertiré yo en una rata y después…!

Tardó un tiempo el ambiente en tranquilizarse antes de que Percy pudiera continuar, y para entonces incluso él seguía temblando de rabia.

Tío Vernon esperó hasta que Piers se hubo marchado, antes de enfrentarse con Harry. Estaba tan enfadado que casi no podía hablar.

Ve... alacena... quédate... no hay comida —pudo decir, antes de desplomarse en una silla. Tía Petunia tuvo que servirle una copa de brandy.

—¡¿Castigado?!—exclamó Molly indignada.

—¡¿SIN COMIDA?!—se horrorizó Ron, quien ya había terminado de desgarrar el almohadón y su contenido se esparcía por todo el suelo.

Harry asintió lentamente, y fue tal la indignación de todos que nadie pudo articular una sola palabra. Ron se hallaba casi conmocionado por la existencia de un castigo así.

Mucho más tarde, Harry estaba acostado en su alacena oscura, deseando tener un reloj. No sabía qué hora era y no podía estar seguro de que los Dursley estuvieran dormidos. Hasta que lo estuvieran, no podía arriesgarse a ir a la cocina a buscar algo de comer.

Había vivido con los Dursley casi diez años, diez años desgraciados, hasta donde podía acordarse, desde que era un niño pequeño y sus padres habían muerto en un accidente de coche. No podía recordar haber estado en el coche cuando sus padres murieron. Algunas veces, cuando forzaba su memoria durante las largas horas en su alacena, tenía una extraña visión, un relámpago cegador de luz verde y un dolor como el de una quemadura en su frente.

Ginny lo miró, horrorizada.

—¿Recordaste eso?

Harry le devolvió una mirada sombría.

—Sí, y ojalá mi memoria se hubiese quedado ahí—y Ginny supo que las pesadillas de su novio quizás eran peores de lo que pensaba.

Aquello debía de ser el choque, suponía, aunque no podía imaginar de dónde procedía la luz verde. Y no podía recordar nada de sus padres. Sus tíos nunca hablaban de ellos y, por supuesto, tenía prohibido hacer preguntas. Tampoco había fotos de ellos en la casa.

Cuando era más pequeño, Harry soñaba una y otra vez que algún pariente desconocido iba a buscarlo para llevárselo, pero eso nunca sucedió: los Dursley eran su única familia.

—Ya no—dijo Harry en voz alta, sonriendo a todos a su alrededor, y todos le devolvieron una amplia sonrisa (la de Ginny vino acompañada de un beso).

Pero a veces pensaba (tal vez era más bien que lo deseaba) que había personas desconocidas que se comportaban como si lo conocieran. Eran desconocidos muy extraños. Un hombrecito con un sombrero violeta lo había saludado, cuando estaba de compras con tía Petunia y Dudley Después de preguntarle con ira si conocía al hombre, tía Petunia se los había llevado de la tienda, sin comprar nada.

—Era Dedalus—explicó Harry recordando haberlo visto y saludado después en el Caldero Chorrante.

Una mujer anciana con aspecto estrafalario, toda vestida de verde, también lo había saludado alegremente en un autobús. Un hombre calvo, con un abrigo largo, color púrpura, le había estrechado la mano en la calle y se había alejado sin decir una palabra. Lo más raro de toda aquella gente era la forma en que parecían desaparecer en el momento en que Harry trataba de acercarse.

En el colegio, Harry no tenía amigos. Todos sabían que el grupo de Dudley odiaba a aquel extraño Harry Potter, con su ropa vieja y holgada y sus gafas rotas, y a nadie le gustaba estar en contra de la banda de Dudley.

Percy marcó la hoja y cerró el libro, agotado y con la voz cansada.

—Bueno—dijo Neville un poco desanimado—, no fue el final más feliz de un capítulo. Pero lo bueno—agregó en un tono más optimista—es que quizás ahora escuchemos como recibes tu carta de Hogwarts.

—Es verdad, Neville—dijo Ron—. Mientras más rápido olvide las cosas que he escuchado en este capítulo, mejor. Así que, si no les molesta…—concluyó y tomó el libro donde Percy lo había dejado.

Mientras, Harry pensaba que el día no iba a terminar más. Al menos no tendría que soportar hablar de los Dursley por mucho más tiempo.