Nuevamente gracias por los reviews y los que agregaron la historia a favoritos. Valoro mucho sus opiniones sobre la historia, y me gustaría responder personalmente cada sugerencia y comentario constructivo.

DISCLAIMER: HP es de JK y de la Warner


Capítulo 4. Las cartas de nadie

—Atención, todos—dijo Ron en voz alta—, el siguiente capítulo se llama: Las cartas de nadie

—¡Excelente!—dijo Charlie muy contento—. Hogwarts al rescate.

La fuga de la boa constrictor le acarreó a Harry el castigo más largo de su vida. Cuando le dieron permiso para salir de su alacena ya habían comenzado las vacaciones de verano

—¡¿QUEEEÉ?!

Hermione se había levantado resoplando como un toro a punto de embestir.

—¡Eso es a fines de julio! ¿Cuándo es el cumpleaños de tu primo?—preguntó a Harry con los ojos entrecerrados.

Harry tragó saliva y balbuceó algo que desgraciadamente para él Ginny escuchó.

—¿¡23 DE JUNIO!?

Todo el elenco femenino se había puesto de pie para gritar y soltar palabrotas en contra de los Dursley, mientras Charlie, Ron y George planeaban una incursión nocturna al número 4 de Privet Drive.

Cinco minutos después, Harry pudo tranquilizar a todo el mundo y devolver el libro (que había salido disparado hacia debajo de su sillón) a Ron, quien continuó leyendo con la voz ronca de tanto gritar.

y Dudley había roto su nueva filmadora, conseguido que su avión con control remoto se estrellara y, en la primera salida que hizo con su bicicleta de carreras, había atropellado a la anciana señora Figg cuando cruzaba Privet Drive con sus muletas.

—Niño malcriado—refunfuñaban Molly y Angelina.

Harry se alegraba de que el colegio hubiera terminado, pero no había forma de escapar de la banda de Dudley, que visitaba la casa cada día. Piers, Dennis, Malcolm y Gordon eran todos grandes y estúpidos, pero como Dudley era el más grande y el más estúpido de todos, era el jefe.

—Interesante lógica—murmuró Luna—. Funciona con los trolls.

Todos se rieron a carcajadas, quizás un poco maliciosamente, pero no les importó en aquella ocasión.

Los demás se sentían muy felices de practicar el deporte favorito de Dudley: cazar a Harry.

Nuevamente se oyeron gruñidos y sonidos de exasperación ante semejante barbarie.

—Me imagino que sus padres no los detenían—murmuró Bill irritado.

—Hasta puede que lo incetivagan—replicó Fleur igualmente enfadada.

Por esa razón, Harry pasaba tanto tiempo como le resultara posible fuera de la casa, dando vueltas por ahí y pensando en el fin de las vacaciones, cuando podría existir un pequeño rayo de esperanza: en septiembre estudiaría secundaria y, por primera vez en su vida, no iría a la misma clase que su primo. Dudley tenía una plaza en el antiguo colegio de tío Vernon, Smelting. Piers Polkiss también iría allí. Harry en cambio, iría a la escuela secundaria Stonewall, de la zona. Dudley encontraba eso muy divertido.

Allí, en Stonewall, meten las cabezas de la gente en el inodoro el primer día—dijo a Harry—. ¿Quieres venir arriba y ensayar?

—Cuando le ponga las manos encima…—murmuraba Ron retorciendo el mismo almohadón de antes, reducido a un pedazo de tela casi sin relleno.

No, gracias —respondió Harry—. Los pobres inodoros nunca han tenido que soportar nada tan horrible como tu cabeza y pueden marearse. —Luego salió corriendo antes de que Dudley pudiera entender lo que le había dicho.

Nuevamente todos se rieron a carcajadas festejando la réplica de Harry.

—¡Diablos, Harry! No creí que fueras tan gracioso—decía George con lágrimas en los ojos.

Un día del mes de julio, tía Petunia llevó a Dudley a Londres para comprarle su uniforme de Smelting, dejando a Harry en casa de la señora Figg. Aquello no resultó tan terrible como de costumbre. La señora Figg se había fracturado la pierna al tropezar con un gato y ya no parecía tan encariñada con ellos como antes. Dejó que Harry viera la televisión y le dio un pedazo de pastel de chocolate que, por el sabor, parecía que había estado guardado desde hacía años.

—Ughh—dijo Ron asqueado—, ¿quién sabe desde hace cuánto…?

Aquella tarde, Dudley desfiló por el salón, ante la familia, con su uniforme nuevo. Los muchachos de Smelting llevaban frac rojo oscuro, pantalones de color naranja y sombrero de paja, rígido y plano.

Fleur volvió a hacer un gesto de asco mientras George, Ron y Ginny se reían imaginando lo ridículo que se habría visto Dudley.

También llevaban bastones con nudos, que utilizaban para pelearse cuando los profesores no los veían. Debían de pensar que aquél era un buen entrenamiento para la vida futura.

—¡Eso no tiene ni pies ni cabeza de lógica!—exclamó Molly indignada por el tipo de educación que los Dursley incentivaban.

—Bueno—razonó Luna pensativa—, ya habíamos dejado en claro que es una lógica perfecta para los trolls—y todos volvieron a reírse a carcajadas.

Mientras miraba a Dudley con sus nuevos pantalones, tío Vernon dijo con voz ronca que aquél era el momento de mayor orgullo de su vida. Tía Petunia estalló en lágrimas y dijo que no podía creer que aquél fuera su pequeño Dudley, tan apuesto y crecido. Harry no se atrevía a hablar. Creyó que se le iban a romper las costillas del esfuerzo que hacía por no reírse.

Mientras, en el salón de la casa, nadie tenía ningún problema en reírse a viva voz de lo ridículo que era todo.

A la mañana siguiente, cuando Harry fue a tomar el desayuno, un olor horrible inundaba toda la cocina. Parecía proceder de un gran cubo de metal que estaba en el fregadero. Se acercó a mirar. El cubo estaba lleno de lo que parecían trapos sucios flotando en agua gris.

¿Qué es eso? —preguntó a tía Petunia. La mujer frunció los labios, como hacía siempre que Harry se atrevía a preguntar algo.

—¡Claro—dijo Hermione, nuevamente irónica y furiosa—, porque es un crimen preguntar! ¡¿Quién querría aprender?!

Ron volvió a alejarse un poco más, pero Hermione lo agarró fuerte del brazo y lo atrajo hacia su lado.

—Y tú, ¡te quedás aquí conmigo!—le espetó a su novio, aferrándose a su brazo, y mientras todos se reían, Ron tuvo que continuar la lectura con una sola mano.

Tu nuevo uniforme del colegio —dijo.

Harry volvió a mirar en el recipiente.

Oh —comentó—. No sabía que tenía que estar mojado.

No seas estúpido —dijo con ira tía Petunia—. Estoy tiñendo de gris algunas cosas viejas de Dudley. Cuando termine, quedará igual que los de los demás.

—Tacaños—murmuró Ginny malhumorada.

Harry tenía serias dudas de que fuera así, pero pensó que era mejor no discutir. Se sentó a la mesa y trató de no imaginarse el aspecto que tendría en su primer día de la escuela secundaria Stonewall. Seguramente parecería que llevaba puestos pedazos de piel de un elefante viejo.

Dudley y tío Vernon entraron, los dos frunciendo la nariz a causa del olor del nuevo uniforme de Harry. Tío Vernon abrió, como siempre, su periódico y Dudley golpeó la mesa con su bastón del colegio, que llevaba a todas partes.

Ginny nuevamente comenzó a murmurar obscenidades que sorprendieron a Harry, como por ejemplo un par de sugerencias de donde podía meterse Dudley su bastón.

Todos oyeron el ruido en el buzón y las cartas que caían sobre el felpudo.

Trae la correspondencia, Dudley —dijo tío Vernon, detrás de su periódico.

—¿En serio?—preguntó George sorprendido.

—No—respondió Harry—, ya verás.

Que vaya Harry

Trae las cartas, Harry.

Que lo haga Dudley.

Pégale con tu bastón, Dudley.

—Ah—dijo George ofuscado—, ahora sí tiene sentido.

Harry esquivó el golpe y fue a buscar la correspondencia. Había tres cartas en el felpudo: una postal de Marge, la hermana de tío Vernon, que estaba de vacaciones en la isla de Wight; un sobre color marrón, que parecía una factura, y una carta para Harry.

—¡HOGWARTS!

—¡George!

—Lo siento, Angelina.

Harry la recogió y la miró fijamente, con el corazón vibrando como una gigantesca banda elástica.

—Eso no suena para nada saludable—musitó Luna soñadoramente.

Nadie, nunca, en toda su vida, le había escrito a él. ¿Quién podía ser? No tenía amigos ni otros parientes. Ni siquiera era socio de la biblioteca, así que nunca había recibido notas que le reclamaran la devolución de libros. Sin embargo, allí estaba, una carta dirigida a él de una manera tan clara que no había equivocación posible.

Señor H. Potter

Alacena Debajo de la Escalera

Privet Drive, 4

Little Whinging

Surrey

El sobre era grueso y pesado, hecho de pergamino amarillento, y la dirección estaba escrita con tinta verde esmeralda. No tenía sello.

Con las manos temblorosas, Harry le dio la vuelta al sobre y vio un sello de lacre púrpura con un escudo de armas: un león, un águila, un tejón y una serpiente, que rodeaban una gran letra H.

¡Date prisa, chico!—exclamó tío Vernon desde la cocina—. ¿Qué estás haciendo, comprobando si hay cartas-bomba? —Se rió de su propio chiste.

—Sí, divertidísimo—comentó George con gesto aburrido.

Harry volvió a la cocina, todavía contemplando su carta. Entregó a tío Vernon la postal y la factura, se sentó y lentamente comenzó a abrir el sobre amarillo.

—¡Harry!—se quejó Ginny palmeándose la frente en un claro gesto de exasperación.

—¡Hey!—protestó Harry—. Estaba ansioso, no preví lo que iba a pasar.

—¿Qué cosa no previste?—pregunto Ron desconcertado.

Todos lo miraron con ojos exasperados.

—¿Qué tal si… ehh, déjame ver… ¡lees!?—dijo George—. ¡Así lo averiguamos todos!

Ron gruñó algo que nadie puedo entender antes de seguir.

Tío Vernon rompió el sobre de la factura, resopló disgustado y echó una mirada a la postal.

Marge está enferma —informó a tía Petunia—. Al parecer comió algo en mal estado.

¡Papá! —dijo de pronto Dudley—. ¡Papá, Harry ha recibido algo!

—Aguafiestas—gruñó Ginny por lo bajo.

Harry estaba a punto de desdoblar su carta, que estaba escrita en el mismo pergamino que el sobre, cuando tío Vernon se la arrancó de la mano.

—¡HEY!—fue el grito de indignación que se escuchó por toda la sala.

¡Es mía! —dijo Harry; tratando de recuperarla.

¿Quién te va a escribir a ti? —dijo con tono despectivo tío Vernon, abriendo la carta con una mano y echándole una mirada.

Ginny se sonrojó hasta las raíces, algo que notó Harry.

—¿Qué sucede?

—Nada—respondió evasivamente muy ruborizada. George estalló en carcajadas, y Ginny lo fulminó con la mirada en señal de advertencia.

—Es que Ginny solía escribirte 3 cartas al mes cuando era muy chica—dijo George entre risas.

Ginny y Molly lo fulminaron con la mirada mientras él y Ron se reían, Angelina y Hermione rodeaban los ojos por la inmadurez de sus novios y Fleur daba un gritito extasiada ("¡Aww, que romántico!"). Harry por su parte tenía los ojos como platos y se ruborizaba.

—¡Pero… nunca me llegaron las cartas!

Ginny lo miró aún ruborizada pero sonrió a modo de disculpa.

—Es que no sabía la dirección, así que no pude mandártelas.

—No importa—dijo Harry besándola—, seguro que me habría vuelto loco si una completa extraña me escribía como si fuese un héroe—. Ante esto Ginny se repuso un poco y rió con ganas, antes de tomar un almohadón imprevistamente y lanzárselo a Ron, que aún se revolcaba de la risa.

—Sigue leyendo—lo amenazó Ginny.

Su rostro pasó del rojo al verde con la misma velocidad que las luces del semáforo. Y no se detuvo ahí. En segundos adquirió el blanco grisáceo de un plato de avena cocida reseca.

¡Pe... Pe... Petunia! —bufó.

Dudley trató de coger la carta para leerla, pero tío Vernon la mantenía muy alta, fuera de su alcance. Tía Petunia la cogió con curiosidad y leyó la primera línea. Durante un momento pareció que iba a desmayarse. Se apretó la garganta y dejó escapar un gemido.

¡Vernon! ¡Oh, Dios mío... Vernon!

—Reinas del drama—musitó Charlie.

Se miraron como si hubieran olvidado que Harry y Dudley todavía estaban allí. Dudley no estaba acostumbrado a que no le hicieran caso. Golpeó a su padre en la cabeza con el bastón de Smelting.

—¡Que niño malcriado!—exclamaron Molly y Angelina.

Quiero leer esa carta —dijo a gritos.

Yo soy quien quiere leerla —dijo Harry con rabia—. Es mía.

Fuera de aquí, los dos —graznó tío Vernon, metiendo la carta en el sobre.

Harry no se movió.

—Oh, Merlin…—masculló Ron nervioso—. ¡Aquí viene!

¡QUIERO MI CARTA! —gritó.

—Harry—dijo Neville con una risita nerviosa—, sí que tienes temperamento.

Ron y Hermione reprimieron un escalofrío.

—Y que lo digas—musitaron al unísono.

¡Déjame verla! —exigió Dudley

¡FUERA! —gritó tío Vernon y, cogiendo a Harry y a Dudley por el cogote, los arrojó al recibidor y cerró la puerta de la cocina.

—Maldito bastardo—gruñó Ginny por lo bajo.

Harry y Dudley iniciaron una lucha, furiosa pero callada, para ver quién espiaba por el ojo de la cerradura. Ganó Dudley, así que Harry, con las gafas colgando de una oreja, se tiró al suelo para escuchar por la rendija que había entre la puerta y el suelo.

Vernon —decía tía Petunia, con voz temblorosa—, mira el sobre. ¿Cómo es posible que sepan dónde duerme él? No estarán vigilando la casa, ¿verdad?

Vigilando, espiando... Hasta pueden estar siguiéndonos —murmuró tío Vernon, agitado.

—Claro—dijo Arthur con sarcasmo—, porque desperdiciamos nuestro valioso tiempo observando tu miserable vida, Dursley.

Todos se le quedaron mirando: era raro que el tranquilo Arthur Weasley perdiera la paciencia de esa manera. El susodicho se sonrojó ante la vista de todos y masculló unas disculpas.

Pero ¿qué podemos hacer, Vernon? ¿Les contestamos? Les decimos que no queremos...

Harry pudo ver los zapatos negros brillantes de tío Vernon yendo y viniendo por la cocina.

No —dijo finalmente—. No, no les haremos caso. Si no reciben una respuesta... Sí, eso es lo mejor... No haremos nada...

Pero...

¡No pienso tener a uno de ellos en la casa, Petunia! ¿No lo juramos cuando recibimos y destruimos aquella peligrosa tontería?

Aquella noche, cuando regresó del trabajo, tío Vernon hizo algo que no había hecho nunca: visitó a Harry en su alacena.

—¿Qué se tgaegá entge manos ahoga ese cegdo?—preguntó Fleur irritada y de brazos cruzados.

—Nada bueno, Fleur, eso seguro—contestó Charlie con el ceño fruncido.

¿Dónde está mi carta? —dijo Harry, en el momento en que tío Vernon pasaba con dificultad por la puerta—. ¿Quién me escribió?

Nadie. Estaba dirigida a ti por error —dijo tío Vernon con tono cortante—. La quemé.

—¡SACRILEGIO!—chilló Percy lívido.

Y no era el único; casi todos los presentes, menos Harry, Hermione y Fleur, estaban igual de furiosos.

—Ehhh…—dijo Harry desconcertado, dándole un vistazo a Hermione que se veía igual de confundida—, ¿qué les ocurre?

—Harry—dijo Ginny aún anonadada—, la primera carta de Hogwarts es casi sagrada. Todos en el mundo mágico lo saben, y cuando un niño recibe la primer carta de la escuela es tradición atesorarla toda la vida.

Todos los presentes que cursaron en Hogwarts asintieron ante lo que dijo Ginny.

—De ahí nuestra indignación—acotó Ron, quien enfadado como estaba tuvo que resoplar un poco antes de calmarse para seguir leyendo.

No era un error —dijo Harry enfadado—. Estaba mi alacena en el sobre.

¡SILENCIO! —gritó el tío Vernon, y unas arañas cayeron del techo (Ron volvió a sobrecogerse). Respiró profundamente y luego sonrió, esforzándose tanto por hacerlo que parecía sentir dolor.

—Espero que haya dolido—masculló Ginny de muy mal humor.

Ah, sí, Harry, en lo que se refiere a la alacena... Tu tía y yo estuvimos pensando... Realmente ya eres muy mayor para esto... Pensamos que estaría bien que te mudes al segundo dormitorio de Dudley.

—¡SEGUNDO DORMITORIO! ¡¿QUIERES DECIRME QUE HARRY TENÍA QUE DORMIR EN LA ALACENA CUANDO ESA BALLENA TENÍA OTRO DORMITORIO?! ¡MALDITOS DURSLEYS, JURO QUE NO LES PERDONARÉ LO QUE HICIERON…

La furia de Molly siguió por lo que parecieron horas, y si nadie la detenía es porque todos estaban igual de furiosos, incluso Luna quien usualmente era muy tranquila. Fleur por su parte lloraba por la injusticia (la chica veela estaba demasiado hormonal últimamente) mientras Bill la consolaba y Charlie soñaba despierto con presentarle al tal Vernon Dursley a algunas de sus enormes amigas de afiladas garras, alas correosas y carácter explosivo. Sí, eso sería bueno verlo…

Todos se tomaron un par de minutos para tranquilizarse antes de continuar con la lectura.

¿Por qué? —dijo Harry

¡No hagas preguntas! —exclamó—. Lleva tus cosas arriba ahora mismo.

La casa de los Dursley tenía cuatro dormitorios: uno para tío Vernon y tía Petunia, otro para las visitas (habitualmente Marge, la hermana de Vernon), en el tercero dormía Dudley y en el último guardaba todos los juguetes y cosas que no cabían en aquél.

—Me imaginé que tu primo valoraba mucho más sus cosas usadas que a ti, Harry—gruñó Ginny.

—Valoraba más el tacho de basura que a mí—replicó Harry en un susurro, pese a que hoy en día no podía afirmar lo mismo: tenía un cajón lleno con las cartas que Dudley le había escrito este último año disculpándose por todo lo que le había hecho durante su infancia. Cómo había conseguido una lechuza, Harry no tenía la más mínima idea...

En un solo viaje Harry trasladó todo lo que le pertenecía, desde la alacena a su nuevo dormitorio. Se sentó en la cama y miró alrededor. Allí casi todo estaba roto. La filmadora estaba sobre un carro de combate que una vez Dudley hizo andar sobre el perro del vecino, y en un rincón estaba el primer televisor de Dudley, al que dio una patada cuando dejaron de emitir su programa favorito. También había una gran jaula que alguna vez tuvo dentro un loro, pero Dudley lo cambió en el colegio por un rifle de aire comprimido, que en aquel momento estaba en un estante con la punta torcida, porque Dudley se había sentado encima. El resto de las estanterías estaban llenas de libros. Era lo único que parecía que nunca había sido tocado.

—Típico—dijeron al unísono Percy y Bill, antes de mirarse sorprendidos y reírse junto con el resto.

—¿Qué libros eran, Harry?—preguntó Hermione curiosa.

—Un par de libros de animales y plantas y una colección de cuentos clásicos para niños, pero también estaban El Hobbit, los tres libros de El Señor de los Anillos y los siete de Las Crónicas de Narnia. Los leí todos—concluyó sonriendo.

Hermione estaba emocionada, como siempre que se hablaba de libros.

—¡Yo también los leí! ¿Cuál fue tu favorito de El Señor de los Anillos? ¡El mío fue Las Dos Torres! ¡Es fantástico! ¿Leíste la parte en que…?

Ron carraspeó. Hermione pareció volver a la realidad, y vio que todos la miraban divertidos. Sonrojada, masculló un "sigue leyendo, Ron".

Desde abajo llegaba el sonido de los gritos de Dudley a su madre.

No quiero que esté allí... Necesito esa habitación... Échalo...

Ginny no pudo evitar reírse amargamente en su mente. Ya era hora de que alguien le dijera que no a ese mocoso malcriado.

Harry suspiró y se estiró en la cama. El día anterior habría dado cualquier cosa por estar en aquella habitación. Pero en aquel momento prefería volver a su alacena con la carta a estar allí sin ella.

A la mañana siguiente, durante el desayuno, todos estaban muy callados. Dudley se hallaba en estado de conmoción. Había gritado, había pegado a su padre con el bastón de Smelting, se había puesto malo a propósito, le había dado una patada a su madre, arrojado la tortuga por el techo del invernadero (Luna y Hermione se horrorizaron por la crueldad hacia los animales y apenas se calmaron cuando Harry les explicó que por suerte él estaba en el patio para atajar a la pobre tortuga que no sufrió daño alguno), y seguía sin conseguir que le devolvieran su habitación.

—Harry—interrumpió Molly escandalizada—, ¿es normal todo esto en tu primo?

Harry lo sopesó unos segundos.

—No—respondió finalmente—, pero es porque fue la primera vez que sus padres le dijeron que no y no cedieron ante sus rabietas. De todos modos, creo que también fue porque fue la primera vez que yo tuve algo sin que él no lo hubiera terminado de usar y gastar—concluyó pensativo

Ni que decir que el estado de indignación general en la sala de estar era increíble.

Harry estaba pensando en el día anterior, y con amargura pensó que ojalá hubiera abierto la carta en el vestíbulo. Tío Vernon y tía Petunia se miraban misteriosamente.

Cuando llegó el correo, tío Vernon, que parecía hacer esfuerzos por ser amable con Harry, hizo que fuera Dudley. Lo oyeron golpear cosas con su bastón en su camino hasta la puerta. Entonces gritó.

¡Hay otra más! Señor H. Potter, El Dormitorio Más Pequeño, Privet Drive, 4...

Con un grito ahogado, tío Vernon se levantó de su asiente y corrió hacia el vestíbulo, con Harry siguiéndolo. Allí tuvo que forcejear con su hijo para quitarle la carta, lo que le resultaba difícil porque Harry le tiraba del cuello.

Ron y Hermione comenzaron a reírse a carcajadas. Harry también sonrió.

—Sí, es que estaba practicando para Halloween—explicó divertido.

Nadie además de ellos tres entendió nada, por lo que Harry les dijo:

—Esperen hasta el capítulo de Halloween.

Después de un minuto de confusa lucha, en la que todos recibieron golpes del bastón, tío Vernon se enderezó con la carta de Harry arrugada en su mano, jadeando para recuperar la respiración.

Vete a tu alacena, quiero decir a tu dormitorio —dijo a Harry sin dejar de jadear—. Y Dudley.. Vete... Vete de aquí.

Harry paseó en círculos por su nueva habitación. Alguien sabía que se había ido de su alacena y también parecía saber que no había recibido su primera carta. ¿Eso significaría que lo intentarían de nuevo? Pues la próxima vez se aseguraría de que no fallaran. Tenía un plan.

Esta vez, Ron y Hermione hicieron ruidos de fastidio y resignación, mientras Harry protestaba en voz alta.

—¿Y ahora qué?—preguntó Ginny irritada, quien a veces no soportaba el secretismo de esos tres.

—Digámoslo de esta manera—comenzó Hermione intentando medir sus palabras—: los planes de Harry… ehhh…

—Apestan—concluyó Ron sin nada de tacto, y todos estallaron en carcajadas menos Harry quien puso cara de ofendido.

El reloj despertador arreglado sonó a las seis de la mañana siguiente. Harry lo apagó rápidamente y se vistió en silencio: no debía despertar a los Dursley. Se deslizó por la escalera sin encender ninguna luz.

Esperaría al cartero en la esquina de Privet Drive y recogería las cartas para el número 4 antes de que su tío pudiera encontrarlas. El corazón le latía aceleradamente mientras atravesaba el recibidor oscuro hacia la puerta.

¡AAAUUUGGG!

—¡Ronald Weasley!—chilló Molly tapándose los oídos al igual que todos.

—Está escrito así, mamá—replicó Ron inocentemente.

Previendo la explosión de su madre, el pelirrojo retomó la lectura rápidamente.

Harry saltó en el aire. Había tropezado con algo grande y fofo que estaba en el felpudo... ¡Algo vivo!

Hubo una carcajada general ante lo que le había pasado a Vernon.

Las luces se encendieron y, horrorizado, Harry se dio cuenta de que aquella cosa fofa y grande era la cara de su tío.

—¡Merlín! ¡Ojalá hubiera estado allí para ver eso—dijo George con lágrimas de risa en los ojos.

Tío Vernon estaba acostado en la puerta, en un saco de dormir, evidentemente para asegurarse de que Harry no hiciera exactamente lo que intentaba hacer. Gritó a Harry durante media hora y luego le dijo que preparara una taza de té. Harry se marchó arrastrando los pies y, cuando regresó de la cocina, el correo había llegado directamente al regazo de tío Vernon. Harry pudo ver tres cartas escritas en tinta verde.

Quiero... —comenzó, pero tío Vernon estaba rompiendo las cartas en pedacitos ante sus ojos.

—¡Qué hombge mas cguel!—lloriqueó Fleur enjugándose una lágrima. Bill estaba completamente desconcertado por los cambios emocionales de su mujer.

Aquel día, tío Vernon no fue a trabajar. Se quedó en casa y tapió el buzón.

¿Te das cuenta? —explicó a tía Petunia, con la boca llena de clavos—. Si no pueden entregarlas, tendrán que dejar de hacerlo.

No estoy segura de que esto resulte, Vernon.

Oh, la mente de esa gente funciona de manera extraña, Petunia, ellos no son como tú y yo —dijo tío Vernon, tratando de dar golpes a un clavo con el pedazo de pastel de fruta que tía Petunia le acababa de llevar.

—Menos mal que es así—dijo Neville muy seriamente, provocando otra carcajada general.

El viernes, no menos de doce cartas llegaron para Harry. Como no las podían echar en el buzón, las habían pasado por debajo de la puerta, por entre las rendijas, y unas pocas por la ventanita del cuarto de baño de abajo.

Tío Vernon se quedó en casa otra vez. Después de quemar todas las cartas, salió con el martillo y los clavos para asegurar la puerta de atrás y la de delante, para que nadie pudiera salir. Mientras trabajaba, tarareaba De puntillas entre los tulipanes y se sobresaltaba con cualquier ruido.

—¡Ahh, me encanta esa canción!—dijo Angelina sonriendo y comenzó a silbarla. De a poco fueron sumándosele el resto hasta que todos estaban silbándola pero a completo destiempo y con muy poca armonía. Todo terminó en una carcajada general, que Ron aprovechó para descansar la voz antes de continuar con la lectura.

El sábado, las cosas comenzaron a descontrolarse. Veinticuatro cartas para Harry entraron en la casa, escondidas entre dos docenas de huevos, que un muy desconcertado lechero entregó a tía Petunia, a través de la ventana del salón.

—Hay que reconocer que son insistentes—dijo Bill riendo.

Mientras tío Vernon llamaba a la oficina de correos y a la lechería, tratando de encontrar a alguien para quejarse, tía Petunia trituraba las cartas en la picadora.

¿Se puede saber quién tiene tanto interés en comunicarse contigo? —preguntaba Dudley a Harry, con asombro.

—Debe de resultarle muy raro saber que le importas a alguien, Harry—masculló Ginny irritada y triste al mismo tiempo.

—No te preocupes, Ginny—la consoló Harry—, dentro de poco dejaré ese lugar.

La mañana del domingo, tío Vernon estaba sentado ante la mesa del desayuno, con aspecto de cansado y casi enfermo, pero feliz.

No hay correo los domingos —les recordó alegremente, mientras ponía mermelada en su periódico—. Hoy no llegarán las malditas cartas...

—Ehhh…—dijo Neville—, ¿por qué no?

—El servicio de correo muggle no funciona los domingos—explicó Harry—. Lo dirigen personas.

Algo llegó zumbando por la chimenea de la cocina mientras él hablaba y le golpeó con fuerza en la nuca (hubo algunas risas maliciosas por lo que le pasó a Vernon). Al momento siguiente, treinta o cuarenta cartas cayeron de la chimenea como balas. Los Dursley se agacharon, pero Harry saltó en el aire, tratando de atrapar una.

—Ehhh…—dijo George—, ¿por qué no de las del suelo?

Harry ya estaba hartándose de tantas preguntas sobre el comportamiento infantil que increíblemente tenía cuando tenía diez años.

—No lo sé, George. Quizás mis reflejos de buscador entraron en acción—respondió lo primero que se le ocurrió, pero todos se rieron por la ocurrencia del pelinegro.

¡Fuera! ¡FUERA!

Tío Vernon cogió a Harry por la cintura y lo arrojó al recibidor (Ginny puso cara de muy pocos amigos). Cuando tía Petunia y Dudley salieron corriendo, cubriéndose la cara con las manos, tío Vernon cerró la puerta con fuerza. Podían oír el ruido de las cartas, que seguían cayendo en la habitación, golpeando contra las paredes y el suelo.

Ya está —dijo tío Vernon, tratando de hablar con calma, pero arrancándose, al mismo tiempo, parte del bigote—. Quiero que estéis aquí dentro de cinco minutos, listos para irnos. Nos vamos. Coged alguna ropa. ¡Sin discutir!

—Ughh—dijo Charlie asqueado—, no sé si reírme o no. Ese tipo está loco.

—Yo elijo reírme.

—Tú siempre eliges reírte. No me sirve, George

Parecía tan peligroso, con la mitad de su bigote arrancado, que nadie se atrevió a contradecirlo. Diez minutos después se habían abierto camino a través de las puertas tapiadas y estaban en el coche, avanzando velozmente hacia la autopista. Dudley lloriqueaba en el asiento trasero, pues su padre le había pegado en la cabeza cuando lo pilló tratando de guardar el televisor, el vídeo y el ordenador en la bolsa.

Nuevamente hubo risas por la contrariedad que sufría Dudley, pero cada vez eran menos los que les resultaba divertido: los más adultos comenzaban a sentir pena por el comportamiento del niño y su indignación se dirigía más hacia los padres y su negligencia.

Condujeron. Y siguieron avanzando. Ni siquiera tía Petunia se atrevía a preguntarle a dónde iban. De vez en cuando, tío Vernon daba la vuelta y conducía un rato en sentido contrario.

Quitárnoslos de encima... perderlos de vista... —murmuraba cada vez que lo hacía.

—Sip. Está chiflado—sentenció Neville.

No se detuvieron en todo el día para comer o beber. Al llegar la noche Dudley aullaba. Nunca había pasado un día tan malo en su vida. Tenía hambre, se había perdido cinco programas de televisión que quería ver y nunca había pasado tanto tiempo sin hacer estallar un monstruo en su juego de ordenador.

—Ughh, esto no me gusta—dijo Ginny con gesto de contrariedad—. ¿Está mal que esté empezando a sentir pena por tu primo, Harry?

—No, está perfecto—replicó Harry muy seriamente—. Dumbledore dijo lo mismo. Los Dursley le hicieron quizás más daño a su hijo que a mí.

Los dos chicos quedaron dañados, pensó Arthur, pero Harry tiene más chances de reponerse que su primo.

Tío Vernon se detuvo finalmente ante un hotel de aspecto lúgubre, en las afueras de una gran ciudad. Dudley y Harry compartieron una habitación con camas gemelas y sábanas húmedas y gastadas. Dudley roncaba, pero Harry permaneció despierto, sentado en el borde de la ventana, contemplando las luces de los coches que pasaban y deseando saber...

Al día siguiente, comieron para el desayuno copos de trigo, tostadas y tomates de lata (Ron se horrorizó ante la perspectiva de un desayuno tan malo). Estaban a punto de terminar, cuando la dueña del hotel se acercó a la mesa.

Perdonen, ¿alguno de ustedes es el señor H. Potter? Tengo como cien de éstas en el mostrador de entrada.

Extendió una carta para que pudieran leer la dirección en tinta verde:

Señor H. Potter

Habitación 17

Hotel Railview

Cokeworth

—¡Guau! Hablando de precisión…—dijo Neville asombrado.

—No entiendo—dijo Ron desconcertado levantando la vista del libro—. ¿Cómo hacen para saber en dónde estás para mandarte la carta?

—Es una pluma mágica que pertenece al colegio Hogwarts—explicó Arthur, y Percy, Bill y Hermione asintieron—. Detecta el nacimiento de cada niño mágico en todo el Reino Unido e Irlanda y los anota en la lista de pupilos de Hogwarts. Cuando es el momento de que ese niño entre en Hogwarts, instantáneamente escribe las cartas y las envía por lechuza a donde sea que ese niño se encuentre.

—¿Ni el director ni nadie participan de la escritura de esas cartas?—preguntó Harry.

—No lo creo—dijo Arthur pensativo—, pero obviamente el director sabe cuándo un chico no está recibiendo su carta porque su nombre no es tachado de la lista como corresponde, y eso pasa cuando el padre o tutor responde que acepta o rechaza la vacante en Hogwarts.

Harry se quedó pensando. Entonces, ¿ni Dumbledore ni McGonagall sabían nada de mi infancia? No, eso no es posible; Dumbledore sí sabía. Tendré que pensarlo después…

Harry fue a coger la carta, pero tío Vernon le pegó en la mano. La mujer los miró asombrada.

Posiblemente no creyendo que alguien maltrataría así a un chico, pensó Molly irritada.

Yo las recogeré —dijo tío Vernon, poniéndose de pie rápidamente y siguiéndola.

¿No sería mejor volver a casa, querido? —sugirió tía Petunia tímidamente, unas horas más tarde, pero tío Vernon no pareció oírla. Qué era lo que buscaba exactamente, nadie lo sabía. Los llevó al centro del bosque, salió, miró alrededor, negó con la cabeza, volvió al coche y otra vez lo puso en marcha. Lo mismo sucedió en medio de un campo arado, en mitad de un puente colgante y en la parte más alta de un aparcamiento de coches.

Papá se ha vuelto loco, ¿verdad? —preguntó Dudley a tía Petunia aquella tarde. Tío Vernon había aparcado en la costa, los había encerrado y había desaparecido.

—Qué bueno que Dudley ya se empiece a dar cuenta de lo obvio—comentó George burlón.

—Sí, ya era hora—contestó Neville con una sonrisa.

Comenzó a llover. Gruesas gotas golpeaban el techo del coche. Dudley gimoteaba.

Es lunes —dijo a su madre—. Mi programa favorito es esta noche. Quiero ir a algún lugar donde haya un televisor.

Lunes. Eso hizo que Harry se acordara de algo. Si era lunes (y habitualmente se podía confiar en que Dudley supiera el día de la semana, por los programas de la televisión), entonces, al día siguiente, martes, era el cumpleaños número once de Harry.

—¡Feliz cumpleaños, Harry!—dijo Luna de repente con una sonrisa de oreja a oreja.

Harry la miró totalmente anonadado.

—Ehh… gracias, Luna, pero mi cumpleaños fue hace unas semanas.

Luna lo miró con los ojos muy abiertos.

—Le decía al Harry del libro—replicó como si Harry estuviese loco.

Todos se rieron por lo cómico del asunto y por la cara que tenía Harry.

Claro que sus cumpleaños nunca habían sido exactamente divertidos: el año anterior, por ejemplo, los Dursley le regalaron una percha y un par de calcetines viejos de tío Vernon. Sin embargo, no se cumplían once años todos los días.

—Por cierto que no—dijo Neville riendo.

—¡Que hoggibles que son estos Dugsley!—explotó Fleur, quien se echó a llorar sin consuelo por la injusticia. Bill intentó consolarla rodeándola con un brazo y susurrándole palabras dulces.

Harry no sabía que decir, después de todo no había sido tan malo a partir de los once años. Por suerte Fleur se calmó al poco tiempo y Ron pudo retomar la lectura.

Tío Vernon regresó sonriente. Llevaba un paquete largo y delgado y no contestó a tía Petunia cuando le preguntó qué había comprado.

Hermione entrecerró los ojos, sospechando…

¡He encontrado el lugar perfecto! —dijo—. ¡Vamos! ¡Todos fuera!

Hacía mucho frío cuando bajaron del coche. Tío Vernon señalaba lo que parecía una gran roca en el mar. Y, encima de ella, se veía la más miserable choza que uno se pudiera imaginar. Una cosa era segura, allí no había televisión.

—Seguro que no—dijo Charlie riendo sin humor.

¡Han anunciado tormenta para esta noche! —anunció alegremente tío Vernon, aplaudiendo—. ¡Y este caballero aceptó gentilmente alquilarnos su bote!

Un viejo desdentado se acercó a ellos, señalando un viejo bote que se balanceaba en el agua grisácea.

Ya he conseguido algo de comida —dijo tío Vernon—. ¡Así que todos a bordo!

En el bote hacía un frío terrible. El mar congelado los salpicaba, la lluvia les golpeaba la cabeza y un viento gélido les azotaba el rostro. Después de lo que pareció una eternidad, llegaron al peñasco, donde tío Vernon los condujo hasta la desvencijada casa.

El interior era horrible: había un fuerte olor a algas, el viento se colaba por las rendijas de las paredes de madera y la chimenea estaba vacía y húmeda. Sólo había dos habitaciones.

—No quiero ni imaginar lo que serían las vacaciones allí—dijo Bill arrugando el entrecejo.

La comida de tío Vernon resultó ser cuatro plátanos y un paquete de patatas fritas para cada uno (Ron nuevamente se horrorizó por la "comida" de Tío Vernon). Trató de encender el fuego con las bolsas vacías, pero sólo salió humo.

Ahora podríamos utilizar una de esas cartas, ¿no? —dijo alegremente.

—¡Cómo me gustaría golpearle en toda la fofa cara!—gruñó Percy, sorprendiendo a todos.

Estaba de muy buen humor. Era evidente que creía que nadie se iba a atrever a buscarlos allí, con una tormenta a punto de estallar. En privado, Harry estaba de acuerdo, aunque el pensamiento no lo alegraba.

Al caer la noche, la tormenta prometida estalló sobre ellos. La espuma de las altas olas chocaba contra las paredes de la cabaña y el feroz viento golpeaba contra los vidrios de las ventanas. Tía Petunia encontró unas pocas mantas en la otra habitación y preparó una cama para Dudley en el sofá. Ella y tío Vernon se acostaron en una cama cerca de la puerta, y Harry tuvo que contentarse con un trozo de suelo y taparse con la manta más delgada.

Una vez, más se alzaron las protestas de todo el elenco femenino, a la que se sumaron las de varios masculinos.

—¡MALDITOS!

—¡…Y EN SU CUMPLEAÑOS…!

—¡FILS DE PUTE!

—¡YA VERÁN CUANDO LOS AGARRE!

Esta vez, Harry no intentó calmarlos; supo que si estuviera en su lugar reaccionaría igual o peor, pero igual lo conmovía que todos ellos estuvieran dispuestos a darle una lección a los Dursley por haberlo maltratado tanto.

Pasados algunos segundos de furia incontenida, Harry finalmente llamó a la tranquilidad general. Sin embargo, Ron todavía temblaba de rabia cuando retomó la lectura.

La tormenta aumentó su ferocidad durante la noche. Harry no podía dormir. Se estremecía y daba vueltas, tratando de ponerse cómodo, con el estómago rugiendo de hambre. Los ronquidos de Dudley quedaron amortiguados por los truenos que estallaron cerca de la medianoche. El reloj luminoso de Dudley, colgando de su gorda muñeca, informó a Harry de que tendría once años en diez minutos. Esperaba acostado a que llegara la hora de su cumpleaños, pensando si los Dursley se acordarían y preguntándose dónde estaría en aquel momento el escritor de cartas.

Cinco minutos. Harry oyó algo que crujía afuera. Esperó que no fuera a caerse el techo, aunque tal vez hiciera más calor si eso ocurría.

—Tu sarcasmo funciona de formas muy raras, Harry—musitó Neville que seguía bastante enfadado.

Cuatro minutos. Tal vez la casa de Privet Drive estaría tan llena de cartas, cuando regresaran, que podría robar una.

Tres minutos para la hora. ¿Por qué el mar chocaría con tanta fuerza contra las rocas? Y (faltaban dos minutos) ¿qué era aquel ruido tan raro? ¿Las rocas se estaban desplomando en el mar?

Un minuto y tendría once años. Treinta segundos... veinte... diez... nueve... tal vez despertara a Dudley, sólo para molestarlo... tres... dos... uno...

BUM.

—¡RONALD! ¡Es la última vez que te lo digo!—dijo Molly recobrando apenas el estado. Muchos había seguido el último tramo en un estado de tensión creciente hasta que cayeron de su asiento por el grito de Ron, y refunfuñaban contra el pelirrojo mientras se reponían.

—Lo siento—masculló Ron, sonrojado—, de todos modos ya casi termino.

Toda la cabaña se estremeció y Harry se enderezó, mirando fijamente a la puerta. Alguien estaba fuera, llamando.

—¡Al fín!—exclamó Molly—, quien sea, no importa. Es más que bienvenido en esa casa de locos si llega para rescatar a Harry.

—Terminó el capítulo—dijo Ron, y marcó la hoja antes de cerrar el libro.