Hola! Vuelvo por unos días para dejarles este capítulo. Me apiadé de los que se quedaron con ganas de mas por lo corto del capitulo anterior.
Sigan dejando reviews que valoro mucho sus opiniones y sugerencias. Gracias!
DISCLAIMER: HP es de JR y la Warner
Capítulo 7. El callejón Diagon
—Bueno—dijo Harry, y todos hicieron silencio—, este capítulo les gustará. Se titula: El callejón Diagon
Harry se despertó temprano aquella mañana. Aunque sabía que ya era de día, mantenía los ojos muy cerrados.
«Ha sido un sueño —se dijo con firmeza—. Soñé que un gigante llamado Hagrid vino a decirme que voy a ir a un colegio de magos. Cuando abra los ojos estaré en casa, en mi alacena.»
Tenía sus beneficios ser el lector, pensó Harry cuando varios se rieron ante el pesimismo de su yo menor. Rápidamente pudo acallar las risas continuando con la lectura.
Se produjo un súbito golpeteo.
«Y ésa es tía Petunia llamando a la puerta», pensó Harry con el corazón abrumado. Pero todavía no abrió los ojos. Había sido un sueño tan bonito...
Hermione comenzó a silbar Always look on the bright side of life con una sonrisa burlona y Harry la fulminó con la mirada entendiendo la referencia. Nadie más entendió el intercambio.
Toc. Toc. Toc.
—Está bien —rezongó Harry—. Ya me levanto.
Se incorporó y se le cayó el pesado abrigo negro de Hagrid. La cabaña estaba iluminada por el sol, la tormenta había pasado, Hagrid estaba dormido en el sofá y había una lechuza golpeando con su pata en la ventana, con un periódico en el pico.
Harry se puso de pie, tan feliz como si un gran globo se expandiera en su interior.
—¡Al fin, colega!—exclamó Ron alzando los brazos al techo.
—Sí, bueno. No te acostumbres Ron—dijo George—. Es Harry después de todo.
Nuevamente Harry tuvo que levantar la voz para acallar las risas con la lectura.
Fue directamente a la ventana y la abrió. La lechuza bajó en picado y dejó el periódico sobre Hagrid, que no se despertó. Entonces la lechuza se posó en el suelo y comenzó a atacar el abrigo de Hagrid.
—Temperamental. Debe de ser una hembra—musitó Charlie. Por desgracia para él, todas lo escucharon y lo fulminaron con la mirada. ¿Quién diría que un grupo de mujeres furiosas aterrorizaría tanto a un domador de dragones profesional?
—No hagas eso.
Harry trató de apartar a la lechuza, pero ésta cerró el pico amenazadoramente y continuó atacando el abrigo.
—¡Hagrid!—dijo Harry en voz alta—. Aquí hay una lechuza...
—Págala —gruñó Hagrid desde el sofá.
—¿Qué?
—Quiere que le pagues por traer el periódico. Busca en los bolsillos.
El abrigo de Hagrid parecía hecho de bolsillos, con contenidos de todo tipo: manojos de llaves, proyectiles de metal, bombones de menta, saquitos de té... Finalmente Harry sacó un puñado de monedas de aspecto extraño.
Arthur parpadeó.
—Bueno—dijo finalmente con una risita—, supongo que para nosotros el dinero muggle tiene un aspecto extraño.
—Es fácil usarlo—informó Bill—. Tienen el número en el papel y es más fácil de cargar. Yo lo encuentro mucho más ingenioso que el sistema de knuts y sickles—informó Bill.
—Tú no cuentas—le dijo George—, tú trabajas en un banco—. Todos se rieron, incluso Bill quien además asintió de acuerdo con su hermano.
—Dale cinco knuts —dijo soñoliento Hagrid.
—¿Knuts?
—Esas pequeñas de bronce.
Harry contó las cinco monedas y la lechuza extendió la pata, para que Harry pudiera meter las monedas en una bolsita de cuero que llevaba atada. Y salió volando por la ventana abierta.
Hagrid bostezó con fuerza, se sentó y se desperezó.
—En buena hora—musitó Molly algo enojada por la pereza del semigigante.
—Es mejor que nos demos prisa, Harry. Tenemos muchas cosas que hacer hoy. Debemos ir a Londres a comprar todas las cosas del colegio.
Harry estaba dando la vuelta a las monedas mágicas y observándolas. Acababa de pensar en algo que le hizo sentir que el globo de felicidad en su interior acababa de pincharse.
—¿Qué te había dicho, Ron?—dijo George, y todos se rieron nuevamente a expensas de Harry.
—Mm... ¿Hagrid?
—¿Sí? —dijo Hagrid, que se estaba calzando sus colosales botas.
—Yo no tengo dinero y ya oíste a tío Vernon anoche, no va a pagar para que vaya a aprender magia.
—No te preocupes por eso —dijo Hagrid, poniéndose de pie y golpeándose la cabeza—. ¿No creerás que tus padres no te dejaron nada?
—Pero si su casa fue destruida...
—¡Ellos no guardaban el oro en la casa, muchacho! No, la primera parada para nosotros es Gringotts. El banco de los magos. Come una salchicha, frías no están mal, y no me negaré a un pedacito de tu pastel de cumpleaños.
—¿Los magos tienen bancos?
—Bueno—dijo Percy sonriendo—, tampoco es que somos tan medievales.
Harry sonrió a modo de disculpas y siguió leyendo.
—Sólo uno. Gringotts. Lo dirigen los gnomos.
Harry dejó caer el pedazo de salchicha que le quedaba.
—¿Gnomos?
—Ajá... Así uno tendría que estar loco para intentar robarlos, puedo decírtelo. Nunca te metas con los gnomos, Harry.
Bill y Fleur asintieron muy seriamente ante esto. Harry, Ron y Hermione intercambiaron una mirada más que significativa y evitaron a toda costa reírse.
Gringotts es el lugar más seguro del mundo para lo que quieras guardar, excepto tal vez Hogwarts. Por otra parte, tenía que visitar Gringotts de todos modos. Por Dumbledore. Asuntos de Hogwarts. —Hagrid se irguió con orgullo—. En general, me utiliza para asuntos importantes. Buscarte a ti... sacar cosas de Gringotts... él sabe que puede confiar en mí. ¿Lo tienes todo? Pues vamos.
Harry siguió a Hagrid fuera de la cabaña. El cielo estaba ya claro y el mar brillaba a la luz del sol. El bote que tío Vernon había alquilado todavía estaba allí, con el fondo lleno de agua después de la tormenta.
—¿Cómo llegaste aquí? —preguntó Harry; mirando alrededor, buscando otro bote.
—Volando—dijo Hagrid.
—¿Volando?—preguntó Angelina.
—Volando—respondió George mirándola.
—¿Volando?
—Volando—volvió a repetir George.
—Si vuelves a decir "volando"… —amenazó Molly con los ojos entrecerrados y George supo lo que le convenía.
—Sí... pero vamos a regresar en esto. No debo utilizar la magia, ahora que ya te encontré.
Subieron al bote. Harry todavía miraba a Hagrid, tratando de imaginárselo volando.
—Sin embargo, me parece una lástima tener que remar —dijo Hagrid, dirigiendo a Harry una mirada de soslayo—. Si yo... apresuro las cosas un poquito, ¿te importaría no mencionarlo en Hogwarts?
—Hagrid—lo regañó Molly, y todos se carcajearon.
—Por supuesto que no —respondió Harry, deseoso de ver más magia. Hagrid sacó otra vez el paraguas rosado, dio dos golpes en el borde del bote y salieron a toda velocidad hacia la orilla.
—Seré curioso—dijo Percy arrugando el entrecejo—, ¿pero cómo volvieron tus tíos?
Harry le dedicó solo unos segundos a pensar antes de responder sin darle mayor importancia.
—¿Nadando, quizás?—dijo y todos se rieron.
—¿Por qué tendría que estar uno loco para intentar robar en Gringotts? —preguntó Harry.
—Hechizos... encantamientos —dijo Hagrid, desdoblando su periódico mientras hablaba—... Dicen que hay dragones custodiando las cámaras de máxima seguridad.
—Sí, es verdad—dijo Bill con el ceño fruncido—. Custodian las celdas de mayor seguridad. ¡Juro que no tengo nada que ver con quien decide eso!—se apresuró a decir ante los ojos amenazantes de Charlie e increíblemente de Luna.
Charlie hizo un gesto con los dos dedos, que indicaba claramente "cuida tus pasos; te estoy observando".
Y además, hay que saber encontrar el camino. Gringotts está a cientos de kilómetros por debajo de Londres, ¿sabes? Muy por debajo del metro. Te morirías de hambre tratando de salir, aunque hubieras podido robar algo.
Nuevamente el trío evitó reírse ante las miradas de algunos de los presentes.
Harry permaneció sentado pensando en aquello, mientras Hagrid leía su periódico, El Profeta. Harry había aprendido de su tío Vernon que a las personas les gustaba que las dejaran tranquilas cuando hacían eso, pero era muy difícil, porque nunca había tenido tantas preguntas que hacer en su vida.
—Sí, ¿pego a quien le impogta lo que piense ese hipopótamo con bigotes?—dijo Fleur frunciendo el ceño. Todos se rieron a carcajadas, sorprendidos con el arrebato de la francesa.
—El Ministerio de Magia está confundiendo las cosas, como de costumbre —murmuró Hagrid, dando la vuelta a la hoja.
—¿Cuándo no?—musitó Neville—. Me refiero a los tiempos de Fudge, sin ofender a nadie—se apresuró a aclarar ante las miradas de Arthur y Percy, quienes sonrieron a modo de disculpa.
—¿Hay un Ministerio de Magia? —preguntó Harry, sin poder contenerse.
—Por supuesto —respondió Hagrid—. Querían que Dumbledore fuera el ministro, claro, pero él nunca dejará Hogwarts, así que el viejo Cornelius Fudge consiguió el trabajo. Nunca ha existido nadie tan chapucero.
—Y que lo digas—musitó Ginny.
Así que envía lechuzas a Dumbledore cada mañana, pidiendo consejos.
—Y aun así le causó todos esos problemas el último año de su gestión—refunfuñó Ron.
—Pero ¿qué hace un Ministerio de Magia?
—Bueno, su trabajo principal es impedir que los muggles sepan que todavía hay brujas y magos por todo el país.
—¿Por qué?
—¿Por qué? Vaya, Harry, todos querrían soluciones mágicas para sus problemas. No, mejor que nos dejen tranquilos.
—Supongo que tiene sentido—suspiró Hermione con algo de reserva; ella no era demasiado entusiasta en la defensa del Estatuto del Secreto. Pero ¿quién puede discutir semejante lógica?
En aquel momento, el bote dio un leve golpe contra la pared del muelle. Hagrid dobló su periódico y subieron los escalones de piedra hacia la calle.
Los transeúntes miraban mucho a Hagrid, mientras recorrían el pueblecito camino de la estación, y Harry no se lo podía reprochar: Hagrid no sólo era el doble de alto que cualquiera, sino que señalaba cosas totalmente corrientes, como los parquímetros, diciendo en voz alta:
—¿Ves eso, Harry? Las cosas que esos muggles inventan, ¿verdad?
Arthur suspiró anhelante, totalmente de acuerdo con Hagrid.
—Hagrid —dijo Harry, jadeando un poco mientras correteaba para seguirlo—, ¿no dijiste que había dragones en Gringotts?
—Bueno, eso dicen —respondió Hagrid—. Me gustaría tener un dragón.
—¿Te gustaría tener uno?
—Quiero uno desde que era niño... Ya estamos.
—Un día va a causar un desastre—dijo Molly juntando las yemas de los dedos y suspirando.
Habían llegado a la estación. Salía un tren para Londres cinco minutos más tarde. Hagrid, que no entendía «el dinero muggle», como lo llamaba, dio las monedas a Harry para que comprara los billetes.
La gente los miraba más que nunca en el tren. Hagrid ocupó dos asientos y comenzó a tejer lo que parecía una carpa de circo color amarillo canario.
—¿Todavía sigue con eso?—preguntó Charlie asombrado y al borde de la risa.
—Ya había empezado cuando yo estaba en Hogwarts, y aún no era el guardabosques—rió Arthur.
—¿Todavía tienes la carta, Harry?—preguntó, mientras contaba los puntos.
Harry sacó del bolsillo el sobre de pergamino.
—Bien —dijo Hagrid—. Hay una lista con todo lo que necesitas.
Harry desdobló otra hoja, que no había visto la noche anterior, y leyó:
COLEGIO HOGWARTS DE MAGIA
UNIFORME
Los alumnos de primer año necesitarán:
— Tres túnicas sencillas de trabajo (negras).
— Un sombrero puntiagudo (negro) para uso diario.
—Nadie lo usa, no sirve para nada—comentó George frunciendo el ceño.
—Sí, sirve—replicó Ron conteniendo la risa—. Pregúntale a Seamus o a Harry—añadió mirando de soslayo al pelinegro quien se unió a las risas de Neville y Hermione.
—Esperen al capítulo de Halloween—dijo Harry ante las miradas inquisitivas del resto.
— Un par de guantes protectores (piel de dragón o semejante).
— Una capa de invierno (negra, con broches plateados).
(Todas las prendas de los alumnos deben llevar etiquetas con su nombre.)
LIBROS
Todos los alumnos deben tener un ejemplar de los siguientes libros:
— El libro reglamentario de hechizos (clase 1), Miranda Goshawk.
— Una historia de la magia, Bathilda Bagshot.
— Teoría mágica, Adalbert Waffling.
— Guía de transformación para principiantes, Emeric Switch.
— Mil hierbas mágicas y hongos, Phyllida Spore.
Neville sonrió ante la mención de uno de sus primeros libros favoritos.
— Filtros y pociones mágicas, Arsenius Jigger.
— Animales fantásticos y dónde encontrarlos, Newt Scamander.
Esta vez, los que sonrieron fueron Charlie y Luna.
— Las Fuerzas Oscuras. Una guía para la autoprotección, Quentin Trimble.
—Son los mismos que nos hicieron leer a nosotros—comentó George. Angelina asintió.
—A mí también—dijo Bill.
—El nuestro de Defensa contra las Artes Oscuras era distinto—comentó Arthur, y Molly asintió—. Lo cambiaron antes de la primera caída de V-Voldemort. Pensaron que ayudaría a las próximas generaciones a no cometer los mismos errores que las anteriores.
RESTO DEL EQUIPO
1 varita.
1 caldero (peltre, medida 2).
1 juego de redomas de vidrio o cristal.
1 telescopio.
1 balanza de latón.
Los alumnos también pueden traer una lechuza, un gato o un sapo.
SE RECUERDA A LOS PADRES QUE A LOS DE PRIMER AÑO NO SE LES PERMITE TENER ESCOBAS PROPIAS.
—¿Cómo? No te oí bien, colega—dijo Ron sarcásticamente.
—Yo tampoco, Harry—agregó George—, y no culpes a la oreja que me falta.
Harry negó con la cabeza, divertido al igual que el resto.
—¿Podemos comprar todo esto en Londres? —se preguntó Harry en voz alta.
—Sí, si sabes dónde ir —respondió Hagrid.
Harry no había estado antes en Londres. Aunque Hagrid parecía saber adónde iban, era evidente que no estaba acostumbrado a hacerlo de la forma ordinaria. Se quedó atascado en el torniquete de entrada al metro y se quejó en voz alta porque los asientos eran muy pequeños y los trenes muy lentos.
—No sé cómo los muggles se las arreglan sin magia —comentó, mientras subían por una escalera mecánica estropeada que los condujo a una calle llena de tiendas.
—¡En serio!—dijo Arthur sonriendo sin poder contenerse—. No les damos suficiente crédito. Podríamos aprender mucho sobre ellos—agregó y Molly le sonrió, feliz ella de verlo tan contento.
Hagrid era tan corpulento que separaba fácilmente a la muchedumbre. Lo único que Harry tenía que hacer era mantenerse detrás de él. Pasaron ante librerías y tiendas de música, ante hamburgueserías y cines, pero en ningún lado parecía que vendieran varitas mágicas. Era una calle normal, llena de gente normal. ¿De verdad habría cantidades de oro de magos enterradas debajo de ellos? ¿Había allí realmente tiendas que vendían libros de hechizos y escobas? ¿No sería una broma pesada preparada por los Dursley?
—¡Guau!—parpadeó Neville—. Realmente eres pesimista, Harry.
—Ya lo habíamos discutido esto—replicó Harry masajeándose las sienes. Al final de este libro todos iba a necesitar un analgésico.
Si Harry no hubiera sabido que los Dursley carecían de sentido del humor, podría haberlo pensado. Sin embargo, aunque todo lo que le había dicho Hagrid era increíble, Harry no podía dejar de confiar en él.
—Es verdad. Hagrid es único—dijo Hermione con cariño. Todos asintieron con vehemencia.
—Es aquí —dijo Hagrid deteniéndose—. El Caldero Chorreante. Es un lugar famoso.
Era un bar diminuto y de aspecto mugriento. Si Hagrid no lo hubiera señalado, Harry no lo habría visto. La gente, que pasaba apresurada, ni lo miraba. Sus ojos iban de la gran librería, a un lado, a la tienda de música, al otro, como si no pudieran ver el Caldero Chorreante. En realidad, Harry tuvo la extraña sensación de que sólo él y Hagrid lo veían. Antes de que pudiera decirlo, Hagrid lo hizo entrar.
Para ser un lugar famoso, estaba muy oscuro y destartalado. Unas ancianas estaban sentadas en un rincón, tomando copitas de jerez. Una de ellas fumaba una larga pipa. Un hombre pequeño que llevaba un sombrero de copa hablaba con el viejo cantinero, que era completamente calvo y parecía una nuez blanda.
Todos soltaron una risa ante la descripción del viejo cantinero.
El suave murmullo de las charlas se detuvo cuando ellos entraron. Todos parecían conocer a Hagrid. Lo saludaban con la mano y le sonreían, y el cantinero buscó un vaso diciendo:
—¿Lo de siempre, Hagrid?
—No puedo, Tom, estoy aquí por asuntos de Hogwarts —respondió Hagrid, poniendo la mano en el hombro de Harry y obligándole a doblar las rodillas.
Aquí comienza todo, pensó Harry amargamente.
—Buen Dios —dijo el cantinero, mirando atentamente a Harry—. ¿Es éste... puede ser...?
El Caldero Chorreante había quedado súbitamente inmóvil y en silencio.
—Válgame Dios —susurró el cantinero—. Harry Potter... todo un honor.
Salió rápidamente del mostrador, corrió hacia Harry y le estrechó la mano, con los ojos llenos de lágrimas.
—Bienvenido, Harry, bienvenido.
Harry no sabía qué decir. Todos lo miraban. La anciana de la pipa seguía chupando, sin darse cuenta de que se le había apagado. Hagrid estaba radiante.
Entonces se produjo un gran movimiento de sillas y, al minuto siguiente, Harry se encontró estrechando la mano de todos los del Caldero Chorreante.
—Doris Crockford, Harry. No puedo creer que por fin te haya conocido.
—Estoy orgullosa, Harry, muy orgullosa.
—Siempre quise estrechar tu mano... estoy muy complacido.
—Encantado, Harry, no puedo decirte cuánto. Mi nombre es Diggle, Dedalus Diggle.
—¡Yo lo he visto antes! —dijo Harry, mientras Dedalus Diggle dejaba caer su sombrero a causa de la emoción—. Usted me saludó una vez en una tienda.
—Lo hiciste el hombre más feliz del mundo—rió Ron.
—Compórtate, Ron—lo regañó Molly sin enojo alguno; ella también se reía con el resto.
—¡Me recuerda! —gritó Dedalus Diggle, mirando a todos—. ¿Habéis oído eso? ¡Se acuerda de mí!
—¿Qué les dije?
—Nadie lo negó, Ron—dijo Ginny.
Ron gruñó algo por lo bajo que nadie escuchó, afortunadamente.
Harry estrechó manos una y otra vez. Doris Crockford volvió a repetir el saludo.
Un joven pálido se adelantó, muy nervioso. Tenía un tic en el ojo.
El rostro de Harry se ensombreció, al igual que el de Ron y Hermione. El pelinegro continuó la lectura en un tono gélido.
—¡Profesor Quirrell! —dijo Hagrid—. Harry, el profesor Quirrell te dará clases en Hogwarts.
—P-P-Potter —tartamudeó el profesor Quirrell, apretando la mano de Harry—. N-no pue-e-do decirte l-lo contento que-e estoy de co-conocerte.
—¿Qué clase de magia enseña usted, profesor Quirrell?
—D-Defensa Contra las Artes O-Oscuras —murmuró el profesor Quirrell, como si no quisiera pensar en ello—. N-no es al-algo que t-tú n-necesites, ¿verdad, P-Potter?—Soltó una risa nerviosa—. Estás reuniendo el e-equipo, s-supongo. Yo tengo que b-buscar otro l-libro de va-vampiros. —Pareció aterrorizado ante la simple mención.
—Debilucho—musitó George divertido.
—Y que lo digas—murmuró Ron ácidamente; sólo Hermione lo escuchó.
Pero los demás, no permitieron que el profesor Quirrell acaparara a Harry. Éste tardó más de diez minutos en despedirse de ellos. Al fin, Hagrid se hizo oír.
—Tenemos que irnos. Hay mucho que comprar. Vamos, Harry.
Doris Crockford estrechó la mano de Harry una última vez y Hagrid se lo llevó a través del bar hasta un pequeño patio cerrado, donde no había más que un cubo de basura y hierbajos.
Hagrid miró sonriente a Harry
—Te lo dije, ¿verdad? Te dije que eras famoso. Hasta el profesor Quirrell temblaba al conocerte, aunque te diré que habitualmente tiembla.
—¿Está siempre tan nervioso?
—Oh, sí. Pobre hombre. Una mente brillante. Estaba bien mientras estudiaba esos libros de vampiros, pero entonces cogió un año de vacaciones, para tener experiencias directas... Dicen que encontró vampiros en la Selva Negra y que tuvo un desagradable problema con una hechicera...
No exactamente, pensó Harry sin compasión. Encontró algo mucho peor, y no fue en la Selva Negra…
Y desde entonces no es el mismo. Se asusta de los alumnos, tiene miedo de su propia asignatura... Ahora ¿adónde vamos, paraguas?
¿Vampiros? ¿Hechiceras? La cabeza de Harry era un torbellino. Hagrid, mientras tanto, contaba ladrillos en la pared, encima del cubo de basura.
—Tres arriba... dos horizontales... —murmuraba—. Correcto. Un paso atrás, Harry
Dio tres golpes a la pared, con la punta de su paraguas.
El ladrillo que había tocado se estremeció, se retorció y en el medio apareció un pequeño agujero, que se hizo cada vez más ancho. Un segundo más tarde estaban contemplando un pasaje abovedado lo bastante grande hasta para Hagrid, un paso que llevaba a una calle con adoquines, que serpenteaba hasta quedar fuera de la vista.
—Bienvenido —dijo Hagrid— al callejón Diagon.
Todos se tomaron unos segundos recordando la primera vez que habían visto el callejón Diagon. Era casi tan deslumbrante y emocionante como ver Hogwarts por primera vez.
Sonrió ante el asombro de Harry. Entraron en el pasaje. Harry miró rápidamente por encima de su hombro y vio que la pared volvía a cerrarse.
El sol brillaba iluminando numerosos calderos, en la puerta de la tienda más cercana. «Calderos - Todos los Tamaños - Latón, Cobre, Peltre, Plata - Automáticos - Plegables», decía un rótulo que colgaba sobre ellos.
—Sí, vas a necesitar uno —dijo Hagrid— pero mejor que vayamos primero a conseguir el dinero.
Harry deseó tener ocho ojos más.
—Como las arañas—acotó George como quien no quiere la cosa.
Ron reprimió un escalofrío y fulminó con la mirada a su hermano, quien le devolvió una sonrisa inocente.
Movía la cabeza en todas direcciones mientras iban calle arriba, tratando de mirar todo al mismo tiempo: las tiendas, las cosas que estaban fuera y la gente haciendo compras. Una mujer regordeta negaba con la cabeza en la puerta de una droguería cuando ellos pasaron, diciendo: «Hígado de dragón a diecisiete sickles la onza, están locos...».
Un suave ulular llegaba de una tienda oscura que tenía un rótulo que decía: «El emporio de las lechuzas. Color pardo, castaño, gris y blanco».
Harry se tomó unos segundos para componerse cuando el doloroso recuerdo de Hedwig lo asaltó ante la mención de las lechuzas.
Varios chicos de la edad de Harry pegaban la nariz contra un escaparate lleno de escobas. «Mirad —oyó Harry que decía uno—, la nueva Nimbus 2.000, la más veloz.»
—No se compara con la Saeta de Fuego—afirmó Angelina, recordando felizmente aquel año en que ganaron la final con Harry montando la escoba de las escobas.
—A propósito, Harry—intervino Bill, con media sonrisa al igual que Fleur—, creo que tengo algunas noticias que te pueden interesar. Acerca de tu Saeta de Fuego—añadió ante la mirada de desconcierto del pelinegro.
—¿Qué…? ¿De qué hablas, Bill?—preguntó no menos desconcertado.
—En la zona donde tu escoba se perdió vive un antiguo compañero mío de Hogwarts, el cual encontró una Saeta de Fuego en su patio trasero.
Harry abrió los ojos como platos.
—¿Y qué pasó con ella? ¿Cómo supiste eso?
—Me escribió contándome de su descubrimiento—explicó—, y no tardé mucho en atar los cabos. Tardé un poco en convencerlo de devolverla pero al final cuando le dije quién era el dueño anterior accedió de buen gusto a devolvértela. La tengo en casa para cuando quieras tenerla—finalizó con una sonrisa.
Harry se quedó boquiabierto. No tenía palabras para agradecer semejante favor. No es que le importe el valor material de la escoba, sino el hecho de que ese era el primer regalo (que aún conservara) de su padrino Sirius.
Aún conmovido, Harry le agradeció enormemente a Bill antes de continuar a duras penas con la lectura, sus ánimos elevados muy por encima de lo usual. ¡Qué suerte que tenía de tener a los Weasley como familia adoptiva!
Algunas tiendas vendían ropa; otras, telescopios y extraños instrumentos de plata que Harry nunca había visto. Escaparates repletos de bazos de murciélagos y ojos de anguilas, tambaleantes montones de libros de encantamientos, plumas y rollos de pergamino, frascos con pociones, globos con mapas de la luna...
—Gringotts —dijo Hagrid.
Habían llegado a un edificio, blanco como la nieve, que se alzaba sobre las pequeñas tiendas. Delante de las puertas de bronce pulido, con un uniforme carmesí y dorado, había...
—Sí, eso es un gnomo —dijo Hagrid en voz baja, mientras subían por los escalones de piedra blanca. El gnomo era una cabeza más bajo que Harry. Tenía un rostro moreno e inteligente, una barba puntiaguda y, Harry pudo notarlo, dedos y pies muy largos.
—Charmante—se burló Fleur arrugando la nariz.
—Que no te escuchen tus jefes, cuñada—advirtió Charlie riendo.
Cuando entraron los saludó. Entonces encontraron otras puertas dobles, esta vez de plata, con unas palabras grabadas encima de ellas.
Entra, desconocido, pero ten cuidado
Con lo que le espera al pecado de la codicia,
Porque aquellos que cogen, pero no se lo han ganado,
Deberán pagar en cambio mucho más,
Así que si buscas por debajo de nuestro suelo
Un tesoro que nunca fue tuyo,
Ladrón, te hemos advertido, ten cuidado
De encontrar aquí algo más que un tesoro.
—Como te dije, hay que estar loco para intentar robar aquí —dijo Hagrid.
—Muy loco—acotó Ron.
—Demasiado—añadió Hermione.
—¡Ya entendí!—exclamó Harry sonrojado, mientras todos se reían.
Dos gnomos los hicieron pasar por las puertas plateadas y se encontraron en un amplio vestíbulo de mármol. Un centenar de gnomos estaban sentados en altos taburetes, detrás de un largo mostrador, escribiendo en grandes libros de cuentas, pesando monedas en balanzas de cobre y examinando piedras preciosas con lentes. Las puertas de salida del vestíbulo eran demasiadas para contarlas, y otros gnomos guiaban a la gente para entrar y salir. Hagrid y Harry se acercaron al mostrador.
—Buenos días —dijo Hagrid a un gnomo desocupado—. Hemos venido a sacar algún dinero de la caja de seguridad del señor Harry Potter.
—¿Tiene su llave, señor?
—La tengo por aquí —dijo Hagrid, y comenzó a vaciar sus bolsillos sobre el mostrador, desparramando un puñado de galletas de perro sobre el libro de cuentas del gnomo. Éste frunció la nariz.
—Apuesto a que le encantó eso—dijo Ginny con una sonrisa.
Harry observó al gnomo que tenía a la derecha, que pesaba unos rubíes tan grandes como carbones brillantes.
—Aquí está —dijo finalmente Hagrid, enseñando una pequeña llave dorada.
El gnomo la examinó de cerca.
—Parece estar todo en orden.
—Y también tengo una carta del profesor Dumbledore —dijo Hagrid, dándose importancia—. Es sobre lo-que-usted-sabe, en la cámara setecientos trece.
—Totalmente inconspicuo, Hagrid—señaló Neville con sorna.
El gnomo leyó la carta cuidadosamente.
—Muy bien —dijo, devolviéndosela a Hagrid—. Voy a hacer que alguien los acompañe abajo, a las dos cámaras. ¡Griphook!
Nuevamente Harry adoptó un tono cortante, aún molesto por la traición del gnomo. Fleur por su parte frunció el ceño recordando a su antiguo huésped.
Griphook era otro gnomo. Cuando Hagrid guardó todas las galletas de perro en sus bolsillos, él y Harry siguieron a Griphook hacia una de las puertas de salida del vestíbulo.
—¿Qué es lo-que-usted-sabe en la cámara setecientos trece? —preguntó Harry.
—No te lo puedo decir —dijo misteriosamente Hagrid—. Es algo muy secreto. Un asunto de Hogwarts. Dumbledore me lo confió.
—Claro, y así la curiosidad de Harry queda satisfecha—comentó Ron, sarcástico.
Griphook les abrió la puerta. Harry, que había esperado más mármoles, se sorprendió. Estaban en un estrecho pasillo de piedra, iluminado con antorchas. Se inclinaba hacia abajo y había unos raíles en el suelo. Griphook silbó y un pequeño carro llegó rápidamente por los raíles. Subieron (Hagrid con cierta dificultad) y se pusieron en marcha.
Al principio fueron rápidamente a través de un laberinto de retorcidos pasillos. Harry trató de recordar, izquierda, derecha, derecha, izquierda, una bifurcación, derecha, izquierda, pero era imposible.
—Es imposible—ratificó Bill.
El veloz carro parecía conocer su camino, porque Griphook no lo dirigía.
A Harry le escocían los ojos de las ráfagas de aire frío, pero los mantuvo muy abiertos. En una ocasión, le pareció ver un estallido de fuego al final del pasillo y se dio la vuelta para ver si era un dragón, pero era demasiado tarde (Charlie volvió a fulminar con la mirada a su hermano mayor). Iban cada vez más abajo, pasando por un lago subterráneo en el que había gruesas estalactitas y estalagmitas saliendo del techo y del suelo.
—Nunca lo he sabido —gritó Harry a Hagrid, para hacerse oír sobre el estruendo del carro—. ¿Cuál es la diferencia entre una estalactita y una estalagmita?
—Fácil—dijo Hermione sin poder contenerse—, las estalagmitas…
—Espera, Hermione—la interrumpió Harry—, Hagrid lo explica aquí.
—Las estalagmitas tienen una eme—dijo Hagrid—.
Hermione parpadeó indignada y todos se rieron.
—Supongo que sirve esa explicación también—acotó Ron entre risas
Hermione resopló y cruzó los brazos.
Y no me hagas preguntas ahora, creo que voy a marearme.
Su cara se había puesto verde y, cuando el carro por fin se detuvo, ante la pequeña puerta de la pared del pasillo, Hagrid se bajó y tuvo que apoyarse contra la pared, para que dejaran de temblarle las rodillas.
Griphook abrió la cerradura de la puerta. Una oleada de humo verde los envolvió. Cuando se aclaró, Harry estaba jadeando. Dentro había montículos de monedas de oro. Montones de monedas de plata. Montañas de pequeños knuts de bronce.
—Todo tuyo—dijo Hagrid sonriendo.
Todo de Harry, era increíble. Los Dursley no debían saberlo, o se abrían apoderado de todo en un abrir y cerrar de ojos.
¿Cuántas veces se habían quejado de lo que les costaba mantener a Harry? Y durante todo aquel tiempo, una pequeña fortuna enterrada debajo de Londres le pertenecía.
—Me gustaría verlos intentarlo…—dijo Bill con una sonrisa maliciosa.
—Espera, Bill—lo atajó Harry—. Griphook me explicó lo que pasa con los ladrones que meten la mano en las celdas de máxima seguridad. Ya estamos llegando a esa parte…
Hagrid ayudó a Harry a poner una cantidad en una bolsa.
—Las de oro son galeones —explicó—. Diecisiete sickles de plata hacen un galeón y veintinueve knuts equivalen a un sickle, es muy fácil. Bueno, esto será suficiente para un curso o dos, dejaremos el resto guardado para ti. —Se volvió hacia Griphook—. Ahora, por favor, la cámara setecientos trece. ¿Y podemos ir un poco más despacio?
—Una sola velocidad —contestó Griphook.
—Que amable—dijo Ginny con sorna.
Fueron más abajo y a mayor velocidad. El aire se volvió cada vez más frío, mientras doblaban por estrechos recodos. Llegaron entre sacudidas al otro lado de una hondonada subterránea, y Harry se inclinó hacia un lado para ver qué había en el fondo oscuro, pero Hagrid gruñó y lo enderezó, cogiéndolo del cuello.
La cámara setecientos trece no tenía cerradura.
—Un paso atrás —dijo Griphook, dándose importancia. Tocó la puerta con uno de sus largos dedos y ésta desapareció—. Si alguien que no sea un gnomo de Gringotts lo intenta, será succionado por la puerta y quedará atrapado —añadió.
—¿Cada cuánto tiempo comprueban que no se haya quedado nadie dentro? —quiso saber Harry.
—Más o menos cada diez años —dijo Griphook, con una sonrisa maligna.
Todos hicieron un silencio incómodo.
—Supongo—dijo Percy titubeando—, que si los Dursley llegan a cruzar el Caldero Chorreante, burlar la seguridad del banco, llegar hasta la cámara indicada sin ayuda de ningún gnomo, abrir la puerta, sacar algo, volver a salir y repetir el camino a la inversa sin ser detectados, entonces quizás dude de las palabras de Griphook—y todos se rieron a carcajadas, incluso George que lo felicitó por el chiste.
Algo realmente extraordinario tenía que haber en aquella cámara de máxima seguridad, Harry estaba seguro, y se inclinó anhelante, esperando ver por lo menos joyas fabulosas, pero la primera impresión era que estaba vacía. Entonces vio el sucio paquetito, envuelto en papel marrón, que estaba en el suelo. Hagrid lo cogió y lo guardó en las profundidades de su abrigo. A Harry le hubiera gustado conocer su contenido, pero sabía que era mejor no preguntar.
—Vamos, regresemos en ese carro infernal y no me hables durante el camino; será mejor que mantengas la boca cerrada —dijo Hagrid.
Después de la veloz trayectoria, salieron parpadeando a la luz del sol, fuera de Gringotts. Harry no sabía adónde ir primero con su bolsa llena de dinero. No necesitaba saber cuántos galeones había en una libra, para darse cuenta de que tenía más dinero que nunca, más dinero incluso que el que Dudley tendría jamás.
—Tendrías que comprarte el uniforme —dijo Hagrid, señalando hacia «Madame Malkin, túnicas para todas las ocasiones»—. Oye, Harry; ¿te importa que me dé una vuelta por el Caldero Chorreante? Detesto los carros de Gringotts. —Todavía parecía mareado, así que Harry entró solo en la tienda de Madame Malkin, sintiéndose algo nervioso.
Madame Malkin era una bruja sonriente y regordeta, vestida de color malva.
—¿Hogwarts, guapo? —dijo, cuando Harry empezó a hablar—. Tengo muchos aquí... En realidad, otro muchacho se está probando ahora.
Harry se detuvo unos segundos antes de seguir, no sabiendo como sentirse por lo que iba a venir ahora. Quizás las reacciones a partir de este momento sean un poco exageradas, pero sin duda justificadas. Hay mucho historial entre un Weasley y un Malfoy después de todo…
En el fondo de la tienda, un niño de rostro pálido y puntiagudo estaba de pie sobre un escabel, mientras otra bruja le ponía alfileres en la larga túnica negra.
—Pálido y puntiagudo…—dijo Ron con cara de pocos amigos—. Me huele a hurón...
—Tranquilo, Ron—trató de calmarlo suavemente su novia.
Madame Malkin puso a Harry en un escabel al lado del otro, le deslizó por la cabeza una larga túnica y comenzó a marcarle el largo apropiado.
—Hola —dijo el muchacho—. ¿También Hogwarts?
—Sí —respondió Harry.
—Mi padre está en la tienda de al lado, comprando mis libros, y mi madre ha ido calle arriba para mirar las varitas —dijo el chico. Tenía voz de aburrido y arrastraba las palabras—.
—¡Qué mala suerte encontrártelo allí, Harry!—gruñó Ron—. Recuerdo por cierto que ya me habías dicho sobre esto...
—Claro—respondió Harry—, en el tren.
Luego voy a arrastrarlos a mirar escobas de carrera. No sé por qué los de primer año no pueden tener una propia. Creo que voy a fastidiar a mi padre hasta que me compre una y la meteré de contrabando de alguna manera.
Harry recordaba a Dudley.
Todos sopesaron lo que oyeron.
—Quizás—musitó Arthur asintiendo reticente—, sólo que quizás prefiera un padre como Vernon Dursley antes que uno como Lucius Malfoy. Dije "quizás", no estoy diciendo que ninguno sea bueno—añadió ante la mirada de Harry, quien no se ofendió para nada por lo dicho por Arthur; comenzaba a ver que los viejos rencores tardarían mucho en esfumarse…
—¿Tú tienes escoba propia? —continuó el muchacho.
—No —dijo Harry.
—¿Juegas al menos al quidditch?
—No —dijo de nuevo Harry, preguntándose qué diablos sería el quidditch.
Casi todos los hijos Weasley abrieron los ojos como platos, y algunos pusieron cara de dolor ante lo dicho por Harry en el libro.
—¡Hey!—protestó el pelinegro—. Denme crédito. Acababa de entrar al mundo mágico y ya era buscador de Gryffindor. Aprendí rápido, ¿no?—dijo con una sonrisa y todos se rieron más tranquilos.
—Lo que pasa, Harry—le explicó Ginny—, es que en esta familia es casi un sacrilegio lo que dijiste en el libro.
Harry no sabía si reírse o exasperarse. Se contentó con hacer una ligera mueca antes de continuar.
—Yo sí. Papá dice que sería un crimen que no me eligieran para jugar por mi casa, y la verdad es que estoy de acuerdo. ¿Ya sabes en qué casa vas a estar?
—No —dijo Harry, sintiéndose cada vez más tonto.
—Bueno, nadie lo sabrá realmente hasta que lleguemos allí, pero yo sé que seré de Slytherin, porque toda mi familia fue de allí. ¿Te imaginas estar en Hufflepuff? Yo creo que me iría, ¿no te parece?
—¡Que niño más insopogtable!—rezongó Fleur.
—Y aún no has visto ni oído nada, Fleur—escupió Ron.
—Mmm —contestó Harry, deseando poder decir algo más interesante.
—¡Oye, mira a ese hombre! —dijo súbitamente el chico, señalando hacia la vidriera de delante. Hagrid estaba allí, sonriendo a Harry y señalando dos grandes helados, para que viera por qué no entraba.
—Ése es Hagrid —dijo Harry, contento de saber algo que el otro no sabía—. Trabaja en Hogwarts.
—Oh —dijo el muchacho—, he oído hablar de él. Es una especie de sirviente, ¿no?
—Es el guardabosques—dijo Harry. Cada vez le gustaba menos aquel chico.
—No sos el único—gruñó Charlie; nadie se mete con el semigigante.
—Sí, claro. He oído decir que es una especie de salvaje, que vive en una cabaña en los terrenos del colegio y que de vez en cuando se emborracha. Trata de hacer magia y termina prendiendo fuego a su cama.
—Yo creo que es estupendo —dijo Harry con frialdad.
—¿Eso crees? —preguntó el chico en tono burlón—. ¿Por qué está aquí contigo? ¿Dónde están tus padres?
—Están muertos —respondió en pocas palabras. No tenía ganas de hablar de ese tema con él.
—Oh, lo siento —dijo el otro, aunque no pareció que le importara—. Pero eran de nuestra clase, ¿no?
—Eran un mago y una bruja, si es eso a lo que te refieres
—Realmente creo que no deberían dejar entrar a los otros ¿no te parece? No son como nosotros, no los educaron para conocer nuestras costumbres. Algunos nunca habían oído hablar de Hogwarts hasta que recibieron la carta, ya te imaginarás. Yo creo que debería quedar todo en las familias de antiguos magos. Y a propósito, ¿cuál es tu apellido?
Pero antes de que Harry pudiera contestar, Madame Malkin dijo:
—Ya está listo lo tuyo, guapo.
¡Y en buena hora! Muchos en la sala estaban a punto de explotar. De todos modos, Harry pensó que podría haber sido peor: al menos los alaridos de indignación no se hicieron presentes esta vez.
Y Harry, sin lamentar tener que dejar de hablar con el chico, bajó del escabel.
—Bien, te veré en Hogwarts, supongo —dijo el muchacho.
Harry estaba muy silencioso, mientras comía el helado que Hagrid le había comprado (chocolate y frambuesa con trozos de nueces).
—¿Qué sucede? —preguntó Hagrid.
—Nada —mintió Harry. Se detuvieron a comprar pergamino y plumas. Harry se animó un poco cuando encontró un frasco de tinta que cambiaba de color al escribir. Cuando salieron de la tienda, preguntó:
—Hagrid, ¿qué es el quidditch?
—Vaya, Harry; sigo olvidando lo poco que sabes... ¡No saber qué es el quidditch!
—No me hagas sentir peor —dijo Harry. Le contó a Hagrid lo del chico pálido de la tienda de Madame Malkin.
—... y dijo que la gente de familia de muggles no deberían poder ir...
—Tú no eres de una familia muggle. Si hubiera sabido quién eres...
—Se hubiera arrojado al suelo gritando "¡no soy digno, no soy digno!"—señaló George, quien había recobrado el buen humor.
Se oyeron algunas risas, pero sonaron forzadas; todavía estaban presentes todas las barbaridades que había dicho Malfoy. Era increíble que en tan sólo unos minutos se las haya arreglado para insultar a los nacidos de muggles, a los miembros de Hufflepuff y a Hagrid, todo eso sin esforzarse. Definitivamente, era peor que Dudley.
Él ha crecido conociendo tu nombre, si sus padres son magos. Ya lo has visto en el Caldero Chorreante. De todos modos, qué sabe él, algunos de los mejores que he conocido eran los únicos con magia en una larga línea de muggles. ¡Mira tu madre! ¡Y mira la hermana que tuvo!
—Muy cierto—reconoció Molly, provocando que Harry le sonriera.
—Entonces ¿qué es el quidditch?
—Es nuestro deporte. Deporte de magos. Es... como el fútbol en el mundo muggle, todos lo siguen. Se juega en el aire, con escobas, y hay cuatro pelotas... Es difícil explicarte las reglas.
—¿Y qué son Slytherin y Hufflepuff?
—Casas del colegio. Hay cuatro. Todos dicen que en Hufflepuff son todos inútiles, pero...
—Seguro que yo estaré en Hufflepuff —dijo Harry desanimado.
—No tiene nada de malo—dijo Luna de repente; todos se sobresaltaron porque casi no recordaban que estuviera ahí con ellos—. Hufflepuff es la casa que alberga a todos por igual, por lo que los valores que sobresalen allí son la amistad, la confianza, el juego limpio, el trabajo duro y el compañerismo. Pienso sinceramente que dividir en casas a chicos de once años es condicionarlos a seguir un camino único y a estar separados de las demás casas; por suerte, Hufflepuff es un claro ejemplo de que se pueden lograr grandes cosas si conciliamos las diferencias—concluyó con una sonrisa ante las miradas atónitas de todos. Definitivamente, Luna Lovegood era una chica especial.
—Tienes toda la razón, Luna—dijo finalmente Angelina—. Muchos grandes amigos y compañeros míos durante mi estadía en Hogwarts estuvieron en Hufflepuff, y siempre pude contar con ellos—. Todos entonces supieron que se estaba refiriendo, entre los "ellos", a Cedric Diggory, así que se tomaron unos segundos para recordar a Cedric y a los buenos amigos que supieron tener en Hogwarts, antes de retomar la lectura.
—Es mejor Hufflepuff que Slytherin —dijo Hagrid con tono lúgubre—. Las brujas y los magos que se volvieron malos habían estado todos en Slytherin (no exactamente, pensó Harry). Quien-tú-sabes fue uno.
—¿Vol... perdón... Quien-tú-sabes estuvo en Hogwarts?
—Hace muchos años —respondió Hagrid.
Compraron los libros de Harry en una tienda llamada Flourish y Blotts, en donde los estantes estaban llenos de libros hasta el techo. Había unos grandiosos forrados en piel, otros del tamaño de un sello, con tapas de seda, otros llenos de símbolos raros y unos pocos sin nada impreso en sus páginas. Hasta Dudley, que nunca leía nada, habría deseado tener alguno de aquellos libros. Hagrid casi tuvo que arrastrar a Harry para que dejara Hechizos y contrahechizos (encante a sus amigos y confunda a sus enemigos con las más recientes venganzas: Pérdida de Cabello, Piernas de Mantequilla, Lengua Atada y más, mucho más), del profesor Vindictus Viridian.
—Estaba tratando de averiguar cómo hechizar a Dudley.
—Lástima—se quejó George en broma.
—No estoy diciendo que no sea una buena idea, pero no puedes utilizar la magia en el mundo muggle, excepto en circunstancias muy especiales —dijo Hagrid—. Y de todos modos, no podrías hacer ningún hechizo todavía, necesitarás mucho más estudio antes de llegar a ese nivel.
—Excepto que seas Hermione—acotó Ron seriamente, a lo que Hermione no supo si se estaba burlando o lo decía realmente en serio. Por las dudas, eligió besarlo, dejando a Ron muy sonrojado para risa de todos.
Hagrid tampoco dejó que Harry comprara un sólido caldero de oro (en la lista decía de peltre) pero consiguieron una bonita balanza para pesar los ingredientes de las pociones y un telescopio plegable de cobre. Luego visitaron la droguería, tan fascinante como para hacer olvidar el horrible hedor, una mezcla de huevos pasados y repollo podrido (Fleur no pudo evitar ponerse verde por el asco). En el suelo había barriles llenos de una sustancia viscosa y botes con hierbas. Raíces secas y polvos brillantes llenaban las paredes, y manojos de plumas e hileras de colmillos y garras colgaban del techo. Mientras Hagrid preguntaba al hombre que estaba detrás del mostrador por un surtido de ingredientes básicos para pociones, Harry examinaba cuernos de unicornio plateados, a veintiún galeones cada uno, y minúsculos ojos negros y brillantes de escarabajos (cinco knuts la cucharada).
Fuera de la droguería, Hagrid miró otra vez la lista de Harry
—Sólo falta la varita... Ah, sí, y todavía no te he buscado un regalo de cumpleaños.
Harry sintió que se ruborizaba.
—Aww, Harrykins—se burló George (Harry cerró los ojos y comenzó a contar mentalmente hasta diez)—. El pequeño se puso rojo.
Harry terminó de contar mentalmente, antes de continuar leyendo en voz alta para acallar las risas.
—No tienes que...
—Sé que no tengo que hacerlo. Te diré qué será, te compraré un animal. No un sapo, los sapos pasaron de moda hace años, se burlarán... y no me gustan los gatos, me hacen estornudar. Te voy a regalar una lechuza. Todos los chicos quieren tener una lechuza. Son muy útiles, llevan tu correspondencia y todo lo demás.
Veinte minutos más tarde, salieron del Emporio de la Lechuza, que era oscuro y lleno de ojos brillantes, susurros y aleteos. Harry llevaba una gran jaula con una hermosa lechuza blanca, medio dormida, con la cabeza debajo de un ala.
Harry volvió a sentir que se le anudaba la garganta. ¿Por qué tenía que ponerse así? Había pasado mucho tiempo, ¡diablos! ¡Y todos se estaban divirtiendo con lo ligero que era esta capítulo sin los Dursley!
Todos supieron que Harry necesitaba su tiempo para reponerse, y Ginny se apresuró a consolarlo. Harry le agradeció, y finalmente pudo continuar con la lectura.
Y no dejó de agradecer el regalo, tartamudeando como el profesor Quirrell.
—Ni lo menciones —dijo Hagrid con aspereza—. No creo que los Dursley te hagan muchos regalos. Ahora nos queda solamente Ollivander, el único lugar donde venden varitas, y tendrás la mejor.
Una varita mágica... Eso era lo que Harry realmente había estado esperando.
—Como todos el primer año—dijo Luna sonriendo. Todos asintieron, menos Ron y Neville quienes tuvieron que esperar años para poder tener una varita propia.
La última tienda era estrecha y de mal aspecto. Sobre la puerta, en letras doradas, se leía: «Ollivander: fabricantes de excelentes varitas desde el 382 a.C.». En el polvoriento escaparate, sobre un cojín de desteñido color púrpura, se veía una única varita.
Cuando entraron, una campanilla resonó en el fondo de la tienda. Era un lugar pequeño y vacío, salvo por una silla larguirucha donde Hagrid se sentó a esperar. Harry se sentía algo extraño, como si hubieran entrado en una biblioteca muy estricta. Se tragó una cantidad de preguntas que se le acababan de ocurrir, y en lugar de eso, miró las miles de estrechas cajas, amontonadas cuidadosamente hasta el techo. Por alguna razón, sintió una comezón en la nuca. El polvo y el silencio parecían hacer que le picara por alguna magia secreta.
Interesante, pensó Percy abstrayéndose por unos segundos. No todos pudieron sentir eso la primera vez que entraron en Ollivander. Él recordaba haberlo sentido, pero cuando lo compartió con el resto de su familia ninguno recordó haber sentido algo, por lo que terminó por creer que habían sido imaginaciones suyas. Lo mismo le había pasado en las pirámides de Egipto, y tan concentrado estaba en la magia que se sentía en el lugar que casi sus hermanos lograron encerrarlo en la tumba.
Le alegró saber que no estaba imaginando nada y que tal como Harry podía sentir la magia de un lugar antiguo.
—Buenas tardes —dijo una voz amable.
Harry dio un salto. Hagrid también debió de sobresaltarse porque se oyó un crujido y se levantó rápidamente de la silla.
Todos se carcajearon despertando a Percy de su ensoñación.
Un anciano estaba ante ellos; sus ojos, grandes y pálidos, brillaban como lunas en la penumbra del local.
—Hola —dijo Harry con torpeza.
—Ah, sí —dijo el hombre—. Sí, sí, pensaba que iba a verte pronto. Harry Potter. —No era una pregunta—. Tienes los ojos de tu madre. Parece que fue ayer el día en que ella vino aquí, a comprar su primera varita. Veintiséis centímetros de largo, elástica, de sauce. Una preciosa varita para encantamientos.
El señor Ollivander se acercó a Harry. El muchacho deseó que el hombre parpadeara. Aquellos ojos plateados eran un poco lúgubres.
Algunos reprimieron escalofríos, recordando esos profundos y lúgubres ojos grises.
—Tu padre, por otra parte, prefirió una varita de caoba. Veintiocho centímetros y medio. Flexible. Un poquito más poderosa y excelente para transformaciones. Bueno, he dicho que tu padre la prefirió, pero en realidad es la varita la que elige al mago.
—Nunca entendí como funciona eso—dijo Neville frunciendo el ceño.
—Ni tampoco los hacedores de varitas, Neville—contestó Harry. Ron y Hermione asintieron—. Según Ollivander, ellos saben que así sucede, que en efecto la varita elige al mago, pero aún no descubrieron el porqué.
El señor Ollivander estaba tan cerca que él y Harry casi estaban nariz contra nariz. Harry podía ver su reflejo en aquellos ojos velados.
—Y aquí es donde...
El señor Ollivander tocó la luminosa cicatriz de la frente de Harry, con un largo dedo blanco.
—Lamento decir que yo vendí la varita que hizo eso —dijo amablemente—. Treinta y cuatro centímetros y cuarto. Una varita poderosa, muy poderosa, y en las manos equivocadas... Bueno, si hubiera sabido lo que esa varita iba a hacer en el mundo...
—No se estará culpando por eso, ¿verdad?—dijo Charlie abriendo mucho los ojos.
—Ollivander es una excelente persona—afirmó Hermione—. Es un genio, sabe mucho sobre la magia y la fabricación de varitas, pero es su buen corazón lo que hace que sea un verdadero genio: dedicó su vida a las causas justas, como Dumbledore. Por eso se lamenta de que sus acciones contribuyeran a que sucedieran cosas terribles. No tuvo la culpa—aclaró—, pero es así como funciona su mente.
Todos asintieron, incapaces de negar semejante lógica.
Negó con la cabeza y entonces, para alivio de Harry, fijó su atención en Hagrid.
—¡Rubeus! ¡Rubeus Hagrid! Me alegro de verlo otra vez... Roble, cuarenta centímetros y medio, flexible... ¿Era así?
—Así era, sí, señor —dijo Hagrid.
—Buena varita. Pero supongo que la partieron en dos cuando lo expulsaron —dijo el señor Ollivander, súbitamente severo.
—Eh..., sí, eso hicieron, sí —respondió Hagrid, arrastrando los pies—. Sin embargo, todavía tengo los pedazos —añadió con vivacidad.
—Pero no los utiliza, ¿verdad? —preguntó en tono severo.
—Oh, no, señor —dijo Hagrid rápidamente. Harry se dio cuenta de que sujetaba con fuerza su paraguas rosado.
—Sí, claro—se rió George—, y yo soy un hipogrifo.
—¡Oh, no sabía! Mucho gusto, señor hipogrifo—lo saludó Luna sonriendo.
George abrió y cerró la boca sin palabras, mientras todos se reían a carcajadas
—Mmm —dijo el señor Ollivander, lanzando una mirada inquisidora a Hagrid—. Bueno, ahora, Harry.. Déjame ver. —Sacó de su bolsillo una cinta métrica, con marcas plateadas—. ¿Con qué brazo coges la varita?
—Eh... bien, soy diestro —respondió Harry.
—Extiende tu brazo. Eso es. —Midió a Harry del hombro al dedo, luego de la muñeca al codo, del hombro al suelo, de la rodilla a la axila y alrededor de su cabeza. Mientras medía, dijo—: Cada varita Ollivander tiene un núcleo central de una poderosa sustancia mágica, Harry. Utilizamos pelos de unicornio, plumas de cola de fénix y nervios de corazón de dragón. No hay dos varitas Ollivander iguales, como no hay dos unicornios, dragones o aves fénix iguales. Y, por supuesto, nunca obtendrás tan buenos resultados con la varita de otro mago.
De pronto, Harry se dio cuenta de que la cinta métrica, que en aquel momento le medía entre las fosas nasales, lo hacía sola.
—¿Paga qué hace eso?
—No preguntes, Fleur. Es Ollivander—contestó Bill y todos se rieron.
El señor Ollivander estaba revoloteando entre los estantes, sacando cajas.
—Esto ya está —dijo, y la cinta métrica se enrolló en el suelo—. Bien, Harry Prueba ésta. Madera de haya y nervios de corazón de dragón. Veintitrés centímetros. Bonita y flexible. Cógela y agítala.
Harry cogió la varita y (sintiéndose tonto) la agitó a su alrededor, pero el señor Ollivander se la quitó casi de inmediato.
—Arce y pluma de fénix. Diecisiete centímetros y cuarto. Muy elástica. Prueba...
Harry probó, pero tan pronto como levantó el brazo el señor Ollivander se la quitó.
—No, no... Ésta. Ébano y pelo de unicornio, veintiún centímetros y medio. Elástica. Vamos, vamos, inténtalo.
Harry lo intentó. No tenía ni idea de lo que estaba buscando el señor Ollivander. Las varitas ya probadas, que estaban sobre la silla, aumentaban por momentos, pero cuantas más varitas sacaba el señor Ollivander, más contento parecía estar.
—Le encantan los desafíos—dijo Arthur con una sonrisa.
—Qué cliente tan difícil, ¿no? No te preocupes, encontraremos a tu pareja perfecta por aquí, en algún lado. Me pregunto... sí, por qué no, una combinación poco usual, acebo y pluma de fénix, veintiocho centímetros, bonita y flexible.
Harry tocó la varita. Sintió un súbito calor en los dedos. Levantó la varita sobre su cabeza, la hizo bajar por el aire polvoriento, y una corriente de chispas rojas y doradas estallaron en la punta como fuegos artificiales, arrojando manchas de luz que bailaban en las paredes.
—¡Gryffindor!—aplaudió George.
¿Quién lo diría?, pensó Harry ligeramente sorprendido. Y pensar que casi por mi varita me mandan a Slytherin…
Hagrid lo vitoreó y aplaudió y el señor Ollivander dijo:
—¡Oh, bravo! Oh, sí, oh, muy bien. Bien, bien, bien... Qué curioso... Realmente qué curioso...
Puso la varita de Harry en su caja y la envolvió en papel de embalar, todavía murmurando: «Curioso... muy curioso».
—Perdón —dijo Harry—. Pero ¿qué es tan curioso?
El señor Ollivander fijó en Harry su mirada pálida.
—Recuerdo cada varita que he vendido, Harry Potter. Cada una de las varitas. Y resulta que la cola de fénix de donde salió la pluma que está en tu varita dio otra pluma, sólo una más. Y realmente es muy curioso que estuvieras destinado a esa varita, cuando fue su hermana la que te hizo esa cicatriz.
Harry tragó, sin poder hablar.
Casi todos se quedaron asombrados.
—¿Es un chiste?—preguntó Percy con los ojos muy abiertos.
—No se hace un chiste con ese tipo de cosas—le espetó George, quien sabía de chistes más que nadie.
—Es verdad. Recuerden lo que dijo Dumbledore sobre los núcleos gemelos—dijo Arthur con el ceño fruncido—. Es por la conexión que tenían Harry y V-Voldemort. Sin embargo, es morbosamente irónico que algo así suceda—concluyó frunciendo aún mas el ceño
—Lo es—dijo Harry, asintiendo con Arthur—, pero me salvó la vida en más de una ocasión.
Sin embargo, Harry internamente pensaba que lo peor del asunto aún no estaba dicho, y sólo Hermione, Ron y Ginny (le había contado luego de la batalla) sabían qué era lo más tenebroso. El resto tendría que esperar para saberlo…
—Sí, veintiocho centímetros. Ajá. Realmente curioso cómo suceden estas cosas. La varita escoge al mago, recuérdalo... Creo que debemos esperar grandes cosas de ti, Harry Potter... Después de todo, El-que-no-debe-ser-nombrado hizo grandes cosas... Terribles, sí, pero grandiosas.
—Es lo que yo decía—musitó Hermione. Un genio como Ollivander reconocía el talento y la capacidad de un mago. Eso no quiere decir que aprobase qué es lo que hacía ese mago con lo que poseía. Por ejemplo, Dumbledore fue un buen ejemplo del talento y la capacidad de Riddle usados para hacer el bien.
Harry se estremeció. No estaba seguro de que el señor Ollivander le gustara mucho. Pagó siete galeones de oro por su varita y el señor Ollivander los acompañó hasta la puerta de su tienda.
Al atardecer, con el sol muy bajo en el cielo, Harry y Hagrid emprendieron su camino otra vez por el callejón Diagon, a través de la pared, y de nuevo por el Caldero Chorreante, ya vacío. Harry no habló mientras salían a la calle y ni siquiera notó la cantidad de gente que se quedaba con la boca abierta al verlos en el metro, cargados con una serie de paquetes de formas raras y con la lechuza dormida en el regazo de Harry. Subieron por la escalera mecánica y entraron en la estación de Paddington. Harry acababa de darse cuenta de dónde estaban cuando Hagrid le golpeó el hombro.
—Tenemos tiempo para que comas algo antes de que salga el tren —dijo.
Le compró una hamburguesa a Harry y se sentaron a comer en unas sillas de plástico. Harry miró a su alrededor. De alguna manera, todo le parecía muy extraño.
—Sí, a mí me pareció lo mismo—dijo Hermione sonriendo.
—¿Estás bien, Harry? Te veo muy silencioso —dijo Hagrid. Harry no estaba seguro de poder explicarlo. Había tenido el mejor cumpleaños de su vida y, sin embargo, masticó su hamburguesa, intentando encontrar las palabras.
—Todos creen que soy especial —dijo finalmente—. Toda esa gente del Caldero Chorreante, el profesor Quirrell, el señor Ollivander... Pero yo no sé nada sobre magia. ¿Cómo pueden esperar grandes cosas? Soy famoso y ni siquiera puedo recordar por qué soy famoso. No sé qué sucedió cuando Vol... Perdón, quiero decir, la noche en que mis padres murieron.
—Eres especial, Harry—le dijo Ginny, recostándose sobre su pecho, y todos asintieron—. No de la forma en que todos creen, pero en verdad lo eres—. Sonriendo ampliamente, Harry le besó la coronilla antes de proseguir.
Hagrid se inclinó sobre la mesa. Detrás de la barba enmarañada y las espesas cejas había una sonrisa muy bondadosa.
—No te preocupes, Harry. Aprenderás muy rápido. Todos son principiantes cuando empiezan en Hogwarts. Vas a estar muy bien. Sencillamente sé tú mismo. Sé que es difícil. Has estado lejos y eso siempre es duro. Pero vas a pasarlo muy bien en Hogwarts, yo lo pasé y, en realidad, todavía lo paso.
Hagrid ayudó a Harry a subir al tren que lo llevaría hasta la casa de los Dursley y luego le entregó un sobre.
—Tu billete para Hogwarts —dijo—. El uno de septiembre, en Kings Cross. Está todo en el billete. Cualquier problema con los Dursley y me envías una carta con tu lechuza, ella sabrá encontrarme... Te veré pronto, Harry.
El tren arrancó de la estación. Harry deseaba ver a Hagrid hasta que se perdiera de vista. Se levantó del asiento y apretó la nariz contra la ventanilla, pero parpadeó y Hagrid ya no estaba.
—¡Espera!—dijo Hermione de repente—. ¡No te dijo como llegar a la plataforma 9 y ¾!
—Sí, fue bastante angustiante al principio—dijo Harry algo reticente—. De todos modos, todo salió bien al final—agregó sonriendo a todos los Weasley.
—Igual…—dijo Fleur con el ceño fruncido—. Podgías habeg pegdido el tgen…
—Como sea, es el fin del capítulo—finalizó Harry marcando la hoja antes de cerrar el libro.
Todos se desperezaron o reprimieron un bostezo, recién conscientes de qué tan cansados estaban. La lectura los tenía absortos a todos.
—Bueno, creo que mañana podríamos retomar la lectura después del desayuno—sugirió Arthur—. Por poner un horario, ¿qué les parece a las diez de la mañana?
Todos estuvieron de acuerdo, aunque algunos menos madrugadores lo hicieron reticentemente, y finalmente todos fueron a acostarse. La casa era enorme y poseía muchas habitaciones y bastante grandes cada una, así que pudieron acomodarse así: Hermione, Luna, Ginny y Angelina en la habitación de mujeres; Harry, Ron y Neville por su parte; George, Charlie y Percy compartieron otra; Arthur y Molly en la de casados; y finalmente Bill y Fleur, quien aún se veía algo mareada.
—¿Estás bien, Fleur?—preguntó Bill mirándola fijamente con el ceño fruncido mientras se acomodaban.
—Oui—contestó Fleur aún algo asqueada—, es sólo que escuchag hablag sobge la dgouegía e imaginag el olog… répugnant—dijo frunciendo la nariz, antes de acostarse. —Sólo son nauseas. Dogmig me hagá bien—concluyó sonriendo y besando a su marido a modo de buenas noches.
Bill le sonrió antes de dormirse, pero pudo evitar sentir una sensación de intranquilidad que le impidió conciliar el sueño por varias horas…
