¡Hola a todos! Aprovecho esta semana de paro general en el país para actualizar antes de que todo vuelva a la normalidad jejeje. Bueno, todos mas o menos van viendo por donde va la historia de Bill y Fleur. En los próximos capítulos esa línea argumental se cierra y se abren otras mas, es decir, empezamos a ver mas sobre los otros personajes y sus historias personales: Neville y Luna ya nos mostraron un poco de lo suyo, por ejemplo.
Ah, otra cosa: ¡es increíble pero además de toda la gente de América y España que siguen esta historia, también la están leyendo en Islandia! Mando un saludo muy cálido para nuestros amigos de muy al norte, y por supuesto el mismo saludo para todos los demás que siguen la historia en todo el mundo. Me pone muy contento, la verdad :)
Bueno, no los detengo mas. ¡Disfruten!
DISCLAIMER: HP es de JR y la Warner
Capítulo 9. El sombrero seleccionador
—Déjame, George—le dijo Molly pidiéndole el libro, y abriéndolo donde lo dejó—, quiero leer la ceremonia de selección de mi hijo.
Ron se puso rojo mientras su madre leía: El sombrero seleccionador
La puerta se abrió de inmediato. Una bruja alta, de cabello negro y túnica verde esmeralda, esperaba allí. Tenía un rostro muy severo, y el primer pensamiento de Harry fue que se trataba de alguien con quien era mejor no tener problemas.
—Y que lo digas—dijo George reprimiendo un escalofrío; él recordaba muy bien todas las veces que McGonagall lo había fulminado con su mirada severa y le había helado la sangre.
—Los de primer año, profesora McGonagall—dijo Hagrid.
—Muchas gracias, Hagrid. Yo los llevaré desde aquí.
Abrió bien la puerta. El vestíbulo de entrada era tan grande que hubieran podido meter toda la casa de los Dursley en él. Las paredes de piedra estaban iluminadas con resplandecientes antorchas como las de Gringotts, el techo era tan alto que no se veía y una magnífica escalera de mármol, frente a ellos, conducía a los pisos superiores.
Siguieron a la profesora McGonagall a través de un camino señalado en el suelo de piedra. Harry podía oír el ruido de cientos de voces, que salían de un portal situado a la derecha (el resto del colegio debía de estar allí), pero la profesora McGonagall llevó a los de primer año a una pequeña habitación vacía, fuera del vestíbulo. Se reunieron allí, más cerca unos de otros de lo que estaban acostumbrados, mirando con nerviosismo a su alrededor.
—Estábamos aterrados—dijo Harry sonriendo.
—¿Quién no?—señaló Neville. Recordaba estar casi a punto de desmayarse cuando cruzó el vestíbulo.
—Bienvenidos a Hogwarts —dijo la profesora McGonagall—. El banquete de comienzo de año se celebrará dentro de poco, pero antes de que ocupéis vuestros lugares en el Gran Comedor deberéis ser seleccionados para vuestras casas. La Selección es una ceremonia muy importante porque, mientras estéis aquí, vuestras casas serán como vuestra familia en Hogwarts. Tendréis clases con el resto de la casa que os toque, dormiréis en los dormitorios de vuestras casas y pasaréis el tiempo libre en la sala común de la casa.
—No siempre—acotó Ron.
—Los de primero usualmente—señaló Hermione.
—Nosotros no—dijo George sonriendo, recordando las veces que con Fred y Lee recorrían los pasillos de Hogwarts tratando de memorizar todos los recovecos y atajos. El Mapa del Merodeador fue realmente una bendición…
»Las cuatro casas se llaman Gryffindor, Hufflepuff, Ravenclaw y Slytherin. Cada casa tiene su propia noble historia y cada una ha producido notables brujas y magos. Mientras estéis en Hogwarts, vuestros triunfos conseguirán que las casas ganen puntos, mientras que cualquier infracción de las reglas hará que los pierdan. Al finalizar el año, la casa que obtenga más puntos será premiada con la copa de la casa, un gran honor. Espero que todos vosotros seáis un orgullo para la casa que os toque.
—Exactamente el discurso que nos dio a nosotros—señaló George riendo.
—¿Cómo es que te acordás de eso?—preguntó Angelina sorprendida.
—Es McGonagall—respondió George simplemente— Cuando notó que nadie lo entendía, explicó: —Ya desde que estábamos en el tren, nos habíamos propuesto con Fred y con Lee ser los amos de las bromas, y desde luego eso incluía tener muy en cuenta lo que decían los profesores para evitar que tuviéramos problemas con ellos. Ya para el final de nuestro tercer año, sabíamos qué hacer y qué no hacer con cada profesor y en qué preciso momento—finalizó sonriendo y todos se sorprendieron, pese a la reticencia de algunos como Molly, Percy y Hermione; si algo había que reconocerle a los gemelos, es que habían puesto todo su empeño en lo suyo y no habían escatimado esfuerzos.
»La Ceremonia de Selección tendrá lugar dentro de pocos minutos, frente al resto del colegio. Os sugiero que, mientras esperáis, os arregléis lo mejor posible.
Los ojos de la profesora se detuvieron un momento en la capa de Neville, que estaba atada bajo su oreja izquierda, y en la nariz manchada de Ron. Con nerviosismo, Harry trató de aplastar su cabello.
—Imposible—señaló Ginny como quien no quiere la cosa, y sonriendo le revolvió aún más el pelo a su novio; para la diversión de todos, el cabello del pelinegro no cambió en lo absoluto luego de la "sesión capilar".
—Volveré cuando lo tengamos todo listo para la ceremonia —dijo la profesora McGonagall—. Por favor, esperad tranquilos.
Salió de la habitación. Harry tragó con dificultad.
—¿Cómo se las arreglan exactamente para seleccionarnos? —preguntó a Ron.
—Creo que es una especie de prueba. Fred dice que duele mucho, pero creo que era una broma.
—Y tú no le creíste—señaló George con un falso puchero.
El corazón de Harry dio un terrible salto. ¿Una prueba? ¿Delante de todo el colegio? Pero él no sabía nada de magia todavía... ¿Qué haría? No esperaba algo así, justo en el momento en que acababan de llegar. Miró temblando a su alrededor y vio que los demás también parecían aterrorizados. Nadie hablaba mucho, salvo Hermione Granger, que susurraba muy deprisa todos los hechizos que había aprendido y se preguntaba cuál necesitaría (Hermione se ruborizó; realmente estaba muy ansiosa). Harry intentó no escucharla. Nunca había estado tan nervioso, nunca, ni siquiera cuando tuvo que llevar a los Dursley un informe del colegio que decía que él, de alguna manera, había vuelto azul la peluca de su maestro. Mantuvo los ojos fijos en la puerta. En cualquier momento, la profesora McGonagall regresaría y lo llevaría a su juicio final.
Para este momento, todos se estaban carcajeando, incluso Molly a quien le costó terminar la última oración.
—¡Sí, sí, ya sé!—gritó Harry ruborizado—. Era pesimista.
—¿Era?—murmuró Ron sonriendo; sólo Hermione lo escuchó y se rió aún más.
Entonces sucedió algo que le hizo dar un salto en el aire... Muchos de los que estaban atrás gritaron.
—¿Qué es...?
Resopló. Lo mismo hicieron los que estaban alrededor. Unos veinte fantasmas acababan de pasar a través de la pared de atrás. De un color blanco perla y ligeramente transparentes, se deslizaban por la habitación, hablando unos con otros, casi sin mirar a los de primer año.
—Es todo una actuación—dijo Bill sonriendo—. A los fantasmas les gusta iniciar el año así, y además ayuda a que los alumnos, sobre todos los nacidos de muggles les pierdan el miedo.
Por lo visto, estaban discutiendo. El que parecía un monje gordo y pequeño, decía:
—Perdonar y olvidar. Yo digo que deberíamos darle una segunda oportunidad...
—Mi querido Fraile, ¿no le hemos dado a Peeves todas las oportunidades que merece? Nos ha dado mala fama a todos y, usted lo sabe, ni siquiera es un fantasma de verdad... ¿Y qué estáis haciendo todos vosotros aquí?
—Sip—dijo Charlie simplemente—. Siempre es igual.
—¿Pog qué discuten siempge sobge ese polteggeist?—preguntó Fleur frunciendo la nariz ante la mención de Peeves. Nunca pudo superar que Peeves le arrojara un globo de agua la primera vez que la vio, además de haber arruinado cada villancico que existía con sus versiones groseras—. ¿No es más fácil que el digectog o la digectoga se deshiciega de él?
George abrió los ojos horrorizado ante la perspectiva de Hogwarts sin Peeves, pero Arthur contestó tranquilamente: —Porqué Peeves está en Hogwarts desde la época de los cuatro fundadores. Es parte del castillo tanto como los retratos o las armaduras.
El fantasma, con gorguera y medias, se había dado cuenta de pronto de la presencia de los de primer año.
Nadie respondió.
—¡Alumnos nuevos!—dijo el Fraile Gordo, sonriendo a todos—. Estáis esperando la selección, ¿no?
Algunos asintieron.
—¡Espero veros en Hufflepuff!—continuó el Fraile—. Mi antigua casa, ya sabéis.
—En marcha—dijo una voz aguda—. La Ceremonia de Selección va a comenzar.
La profesora McGonagall había vuelto. Uno a uno, los fantasmas flotaron a través de la pared opuesta.
—Ahora formad una hilera—dijo la profesora a los de primer año— y seguidme.
Con la extraña sensación de que sus piernas eran de plomo, Harry se puso detrás de un chico de pelo claro, con Ron tras él. Salieron de la habitación, volvieron a cruzar el vestíbulo, pasaron por unas puertas dobles y entraron en el Gran Comedor.
Harry nunca habría imaginado un lugar tan extraño y espléndido. Estaba iluminado por miles y miles de velas, que flotaban en el aire sobre cuatro grandes mesas, donde los demás estudiantes ya estaban sentados. En las mesas había platos, cubiertos y copas de oro. En una tarima, en la cabecera del comedor, había otra gran mesa, donde se sentaban los profesores. La profesora McGonagall condujo allí a los alumnos de primer año y los hizo detener y formar una fila delante de los otros alumnos, con los profesores a sus espaldas. Los cientos de rostros que los miraban parecían pálidas linternas bajo la luz brillante de las velas. Situados entre los estudiantes, los fantasmas tenían un neblinoso brillo plateado. Para evitar todas las miradas, Harry levantó la vista y vio un techo de terciopelo negro, salpicado de estrellas. Oyó susurrar a Hermione: «Es un hechizo para que parezca como el cielo de fuera, lo leí en la Historia de Hogwarts».
—¡Guau!—se sorprendió Ron—. ¿Tan temprano y ya lo habías leído?
—Por supuesto—dijo Hermione como si fuese lo más normal del mundo.
Nadie había comentado nada hasta entonces, todos absortos en la primera impresión que habían tenido cuando ingresaron al Gran Comedor. Con las detalladas descripciones de los ansiosos ojos de Harry, era como estar viviéndolo otra vez.
Era difícil creer que allí hubiera techo y que el Gran Comedor no se abriera directamente a los cielos.
Harry bajó la vista rápidamente, mientras la profesora McGonagall ponía en silencio un taburete de cuatro patas frente a los de primer año. Encima del taburete puso un sombrero puntiagudo de mago. El sombrero estaba remendado, raído y muy sucio. Tía Petunia no lo habría admitido en su casa.
Tal vez tenían que intentar sacar un conejo del sombrero, pensó Harry algo irreflexiblemente, eso era lo típico de...
—No entiendo—dijo Neville confundido—. ¿Por qué un conejo?
—Es así como los muggles ven a los magos—explicó Hermione.
Al darse cuenta de que todos los del comedor contemplaban el sombrero, Harry también lo hizo. Durante unos pocos segundos, se hizo un silencio completo. Entonces el sombrero se movió. Una rasgadura cerca del borde se abrió, ancha como una boca, y el sombrero comenzó a cantar:
Oh, podrás pensar que no soy bonito,
pero no juzgues por lo que ves.
Me comeré a mí mismo si puedes encontrar
un sombrero más inteligente que yo.
Puedes tener bombines negros,
sombreros altos y elegantes.
Pero yo soy el Sombrero Seleccionador de Hogwarts
y puedo superar a todos.
No hay nada escondido en tu cabeza
que el Sombrero Seleccionador no pueda ver.
Así que pruébame y te diré
dónde debes estar.
Puedes pertenecer a Gryffindor,
donde habitan los valientes.
Su osadía, temple y caballerosidad
ponen aparte a los de Gryffindor.
Puedes pertenecer a Hufflepuff
donde son justos y leales.
Esos perseverantes Hufflepuff
de verdad no temen el trabajo pesado.
O tal vez a la antigua sabiduría de Ravenclaw,
Si tienes una mente dispuesta,
porque los de inteligencia y erudición
siempre encontrarán allí a sus semejantes.
O tal vez en Slytherin
harás tus verdaderos amigos.
Esa gente astuta utiliza cualquier medio
para lograr sus fines.
¡Así que pruébame! ¡No tengas miedo!
¡Y no recibirás una bofetada!
Estás en buenas manos (aunque yo no las tenga).
Porque soy el Sombrero Pensante.
—Siempre es distinta—comentó Percy—. Supongo que el pobre Sombrero no tiene otra cosa que hacer durante el año que componer la canción del año siguiente.
—Y que lo digas—rió Neville.
Todo el comedor estalló en aplausos cuando el sombrero terminó su canción. Éste se inclinó hacia las cuatro mesas y luego se quedó rígido otra vez.
—¡Entonces sólo hay que probarse el sombrero! —susurró Ron a Harry—. Voy a matar a Fred.
—Me desdigo—comentó George al borde de la risa—, ¡sí te lo creíste!
—Cállate.
Harry sonrió débilmente. Sí, probarse el sombrero era mucho mejor que tener que hacer un encantamiento, pero habría deseado no tener que hacerlo en presencia de todos. El sombrero parecía exigir mucho, y Harry no se sentía valiente ni ingenioso ni nada de eso, por el momento. Si el sombrero hubiera mencionado una casa para la gente que se sentía un poco indispuesta, ésa habría sido la suya.
—Creo que sería la de todos el primer año—rió Arthur.
La profesora McGonagall se adelantaba con un gran rollo de pergamino.
—Cuando yo os llame, deberéis poneros el sombrero y sentaros en el taburete para que os seleccionen —dijo—. ¡Abbott, Hannah!
Neville se irguió un poco más en su asiento y escuchó con más interés. Todos pretendieron que no se habían percatado de esto, pero algunos sonrieron disimuladamente.
Una niña de rostro rosado y trenzas rubias salió de la fila, se puso el sombrero, que la tapó hasta los ojos, y se sentó. Un momento de pausa.
—¡HUFFLEPUFF!—gritó el sombrero.
La mesa de la derecha aplaudió mientras Hannah iba a sentarse con los de Hufflepuff. Harry vio al fantasma del Fraile Gordo saludando con alegría a la niña.
—¡Bones, Susan!
—Ahh, si—dijo Arthur recordando—. La sobrina de Amelia Bones. Desde chica sufrió mucho la destrucción de su familia en la guerra—. Todos, los más jóvenes también, recordaron el duro golpe que había resultado la muerte de Amelia Bones, y estuvieron totalmente de acuerdo con Arthur sobre lo duro que había resultado la infancia de la pobre Susan.
—¿Alguien sabe cómo se encuentra ahora Susan?—preguntó Harry.
—No regresó a Hogwarts este año—dijo Neville—. Hannah me dijo que pensaba trabajar un par de años antes de poder rendir los EXTASIS y poder iniciar una carrera. Está viviendo en casa de Ernie—finalizó sonriendo. Neville y Ernie se habían acercado mucho durante el año en que tuvieron que soportar a los Carrow, y daba gusto que estuviera disfrutando la paz con la chica que amaba.
—¡HUFFLEPUFF! —gritó otra vez el sombrero, y Susan se apresuró a sentarse al lado de Hannah.
—¡Boot, Terry!
—¿Y qué es de Terry?—preguntó Hermione. El chico Ravenclaw le caía bien; siempre compartía Aritmancia con él y además era muy inteligente.
—Se dedicó a la numerología—contestó Luna frunciendo el ceño—. No me escuchó cuando le dije que la profesión de numerólogo solía atraer a los nargles a tu casa.
Todos se la quedaron mirando como si le hubiese brotado otra cabeza.
Charlie carraspeó después de unos segundos. —Bueno, suerte entonces que me dediqué al estudio de dragones.
Molly bufó exasperada (¿"Suerte"?) pero continuó con la lectura.
—¡RAVENCLAW!
La segunda mesa a la izquierda aplaudió esta vez. Varios Ravenclaws se levantaron para estrechar la mano de Terry, mientras se reunía con ellos.
Brocklehurst, Mandy también fue a Ravenclaw, pero Brown, Lavender resultó la primera nueva Gryffindor, en la mesa más alejada de la izquierda, que estalló en vivas. Harry pudo ver a los hermanos gemelos de Ron, silbando.
—Ehh…—interrumpió Ron vacilante—, ¿y qué sucedió finalmente con Lavender?
—No se transformará en luna llena—dijo Bill con tono complaciente—. He hablado con ella—explicó cuando recibió varias miradas extrañadas—. Greyback la atacó sin transformarse, así que será más o menos como yo. De repente sufrirá algunos arrebatos de furia o quizás desarrollará gustos por carnes raras—se permitió una mueca—.
—¿Algún daño visible?
—Tiene una cicatriz en el cuello y supongo que también en el resto del hombro, pero de a poco comienza a recobrarse del shock.
Todos respiraron aliviados, incluso Hermione, quien a pesar de nunca haberse llevado bien con la chica, para nada le deseaba algo así.
Bulstrode, Millicent fue a Slytherin. Tal vez era la imaginación de Harry; después de todo lo que había oído sobre Slytherin, pero le pareció que era un grupo desagradable.
—¿Tan rápido dejaste convencerte por Hagrid y Ron?—le espetó Hermione e tono de burla.
—Culpable—contestó el pelinegro sonriendo.
Comenzaba a sentirse decididamente mal. Recordó lo que pasaba en las clases de gimnasia de su antiguo colegio, cuando se escogían a los jugadores para los equipos. Siempre había sido el último en ser elegido, no porque fuera malo, sino porque nadie deseaba que Dudley pensara que lo querían.
—Ughh—dijo Fleur frunciendo la nariz—, pensé que no íbamos a escuchag hablag más de los Dugsley.
—Sí, fue bueno mientras duró—añadió Angelina cruzando los brazos.
—¡Finch-Fletchley, Justin!
—¡HUFFLEPUFF!
—Justin también está bien—comentó Neville—. El mes pasado viajó a la selva amazónica para estudiar la fauna autóctona. De vez en cuando Hannah recibe un pájaro tropical y entonces sabe que se trata de una carta de Justin—concluyó riendo.
Harry notó que, algunas veces, el sombrero gritaba el nombre de la casa de inmediato, pero otras tardaba un poco en decidirse.
—Finnigan, Seamus. —El muchacho de cabello arenoso, que estaba al lado de Harry en la fila, estuvo sentado un minuto entero, antes de que el sombrero lo declarara un Gryffindor.
Harry rió. —De Seamus lo último que supe es que el fin de semana pasado tuvo que rescatar a Dean, Michael Corner y Anthony Goldstein de una pelea en una cervecería de Irlanda. Parece que habían salido los cuatro a la noche a un lugar que Seamus conocía pero ninguno estaba tan acostumbrado como él a la cerveza del lugar—concluyó y para este momento todos se estaban carcajeando.
—Granger, Hermione.
Las risas cesaron y todos escucharon expectantes el relato.
Hermione casi corrió hasta el taburete y se puso el sombrero, muy nerviosa.
—¡GRYFFINDOR! —gritó el sombrero. Ron gruñó.
—¡Lo siento!—gritó Ron antes de que estallara la bronca sobre él. Nuevamente Hermione gesticuló como diciendo "no importa".
Un horrible pensamiento atacó a Harry, uno de aquellos horribles pensamientos que aparecen cuando uno está muy intranquilo. ¿Y si a él no lo elegían para ninguna casa? ¿Y si se quedaba sentado con el sombrero sobre los ojos, durante horas, hasta que la profesora McGonagall se lo quitara de la cabeza para decirle que era evidente que se habían equivocado y que era mejor que volviera en el tren?
—Ah, ahí apareció el viejo, querido y pesimista Harry—comentó Neville y todos se rieron menos el pelinegro.
Cuando Neville Longbottom, el chico que perdía su sapo, fue llamado, se tropezó con el taburete. El sombrero tardó un largo rato en decidirse. Cuando finalmente gritó: ¡GRYFFINDOR!, Neville salió corriendo, todavía con el sombrero puesto y tuvo que devolverlo, entre las risas de todos, a MacDougal, Morag.
—Y aquí tenemos al viejo, querido y metepatas Neville—contraatacó Harry y todos se rieron de nuevo, incluso Neville quien apreció la réplica.
Malfoy se adelantó al oír su nombre y de inmediato obtuvo su deseo: el sombrero apenas tocó su cabeza y gritó: ¡SLYTHERIN!
Malfoy fue a reunirse con sus amigos Crabbe y Goyle, con aire de satisfacción.
¡Menos mal!, pensó Ron ácidamente. ¿Qué sería de Gryffindor con un imbécil como tal en sus filas?
Ya no quedaba mucha gente.
Moon... Nott... Parkinson... Después unas gemelas, Patil y Patil... Más tarde Perks, Sally-Anne... y, finalmente:
—¡Potter; Harry!
Harry se removió algo incómodo. Nunca había revelado a nadie que el Sombrero había considerado ponerlo en Slytherin. No sabía cómo se lo iba a tomar Ron.
Mientras Harry se adelantaba, los murmullos se extendieron súbitamente como fuegos artificiales.
—¿Ha dicho Potter?
—¿Ese Harry Potter?
Lo último que Harry vio, antes de que el sombrero le tapara los ojos, fue el comedor lleno de gente que trataba de verlo bien. Al momento siguiente, miraba el oscuro interior del sombrero. Esperó.
—Mm —dijo una vocecita en su oreja—. Difícil. Muy difícil. Lleno de valor, lo veo. Tampoco la mente es mala. Hay talento, oh vaya, sí, y una buena disposición para probarse a sí mismo, esto es muy interesante... Entonces, ¿dónde te pondré?
Nadie decía nada, asombrados como estaban. Casi todos estaban seguros de que Harry era un Gryffindor seguro. Sin embargo…
Harry se aferró a los bordes del taburete y pensó: «En Slytherin no, en Slytherin no».
—En Slytherin no, ¿eh? —dijo la vocecita—. ¿Estás seguro? Podrías ser muy grande, sabes, lo tienes todo en tu cabeza y Slytherin te ayudaría en el camino hacia la grandeza. No hay dudas, ¿verdad? Bueno, si estás seguro, mejor que seas ¡GRYFFINDOR!
Todos seguían sin decir nada, atónitos con el hecho de que Harry Potter había estado a punto de estar en Slytherin.
—Por eso el Sombrero se demoró tanto contigo—razonó Hermione—. Hubieras quedado bien en todas las casas.
—Es verdad—dijo Ginny, y miró sonriendo a su novio—. Harry, no eres una persona simple, posees muchas cualidades: eres valiente y decidido, como Gryffindor; leal y honesto, como Hufflepuff; tienes talento natural y eres curioso, como Ravenclaw; y en ocasiones eres astuto y no temes romper las reglas para alcanzar tus objetivos, como Slytherin—concluyó, y muchos asintieron de acuerdo con la pelirroja.
Harry no dijo nada; ¿en serio él era todo eso? ¿Y por qué su amigo no lo miraba a los ojos?
Finalmente, Ron lo miró y dijo: —Pues yo me alegro de haberte tenido en Gryffindor—la sombra de una sonrisa aleteó en sus labios—: ganarte la Copa de Quidditch hubiese sido imposi…
—Oh, cállate—dijo Harry sonriendo finalmente él también, y dándole un abrazo a su amigo.
Mientras todos sonreían abiertamente ante la escena, Molly aprovechó para beber un poco de agua antes de seguir leyendo.
Harry oyó al sombrero gritar la última palabra a todo el comedor. Se quitó el sombrero y anduvo, algo mareado, hacia la mesa de Gryffindor. Estaba tan aliviado de que lo hubiera elegido y no lo hubiera puesto en Slytherin, que casi no se dio cuenta de que recibía los saludos más calurosos hasta el momento. Percy el prefecto se puso de pie y le estrechó la mano vigorosamente, mientras los gemelos Weasley gritaban: «¡Tenemos a Potter! ¡Tenemos a Potter!». Harry se sentó en el lado opuesto al fantasma que había visto antes. Éste le dio una palmada en el brazo, dándole la horrible sensación de haberlo metido en un cubo de agua helada.
Neville reprimió un escalofrío. Era horrible cuando eso pasaba.
—El viejo y querido Nick…—musitó Bill sonriendo nostálgico. Charlie y Percy asintieron con la misma expresión.
Podía ver bien la Mesa Alta. En la punta, cerca de él, estaba Hagrid, que lo miró y levantó los pulgares. Harry le sonrió. Y allí, en el centro de la Mesa Alta, en una gran silla de oro, estaba sentado Albus Dumbledore. Harry lo reconoció de inmediato, por el cromo de las ranas de chocolate. El cabello plateado de Dumbledore era lo único que brillaba tanto como los fantasmas. Harry también vio al profesor Quirrell, el nervioso joven del Caldero Chorreante. Estaba muy extravagante, con un gran turbante púrpura.
Harry entrecerró los ojos, furioso. Sin duda el turbante era extravagante a la vista, pensó ácidamente, pero no era nada en comparación con lo que había debajo.
Y ya quedaban solamente tres alumnos para seleccionar. A Turpin, Lisa le tocó Ravenclaw, y después le llegó el turno a Ron.
Ron se tensó, al igual que Molly: por fin había llegado el momento.
Tenía una palidez verdosa y Harry cruzó los dedos debajo de la mesa. Un segundo más tarde, el sombrero gritó: ¡GRYFFINDOR!
Molly gritó extasiada esta última palabra. Todos sintieron sus tímpanos retumbar pero nadie le dijo nada, felices de ver a Molly tan contenta.
Harry aplaudió con fuerza, junto con los demás, mientras que Ron se desplomaba en la silla más próxima.
—Bien hecho, Ron, excelente —dijo pomposamente Percy Weasley, por encima de Harry, mientras que Zabini, Blaise era seleccionado para Slytherin. La profesora McGonagall enrolló el pergamino y se llevó el Sombrero Seleccionador.
Harry miró su plato de oro vacío. Acababa de darse cuenta de lo hambriento que estaba. Los pasteles le parecían algo del pasado.
—Yo también sentí mucha hambre de repente después de la selección.
—Tú siempre sientes mucha hambre de repente, Ron. No cuentas.
—Cállate, Ginny.
Albus Dumbledore se había puesto de pie. Miraba con expresión radiante a los alumnos, con los brazos muy abiertos, como si nada pudiera gustarle más que verlos allí.
—¡Bienvenidos! —dijo—. ¡Bienvenidos a un año nuevo en Hogwarts! Antes de comenzar nuestro banquete, quiero deciros unas pocas palabras. Y aquí están, ¡Papanatas! ¡Llorones! ¡Baratijas! ¡Pellizco!... ¡Muchas gracias!
Todos hicieron silencio, y sin más empezaron a reírse a carcajadas.
—Corto y conciso—dijo Charlie entre risas al igual que los demás—. ¡Brillante!
Fleur también se reía, pero internamente pensaba que en Beauxbatons nunca habrían admitido a un director decir eso; y aunque sabía que Beauxbatons nunca había tenido un director tan brillante como Dumbledore, ella adoraba a Madame Maxime y la consideraba el modelo perfecto de directora.
Se volvió a sentar. Todos aplaudieron y vitorearon. Harry no sabía si reír o no.
—Está... un poquito loco, ¿no? —preguntó con aire inseguro a Percy.
—¿Loco?—dijo Percy con frivolidad—. ¡Es un genio! ¡El mejor mago del mundo! Pero está un poco loco, sí. ¿Patatas, Harry?
Harry se quedó con la boca abierta. Los platos que había frente a él de pronto estuvieron llenos de comida. Nunca había visto tantas cosas que le gustara comer sobre una mesa: carne asada, pollo asado, chuletas de cerdo y de ternera, salchichas, tocino y filetes, patatas cocidas, asadas y fritas, pudín, guisantes, zanahorias, salsa de carne, salsa de tomate y, por alguna extraña razón, bombones de menta.
—¡¿Por qué tiene que ser tan descriptivo con la comida, Harry?!—exclamó Ron, quien sentía aguársele la boca ante la mención de todos esos platillos. Y no era el único…
—Casi son las doce—dijo Molly mirando el reloj de pared—. Terminemos este capítulo y prepararé el pastel de carne y riñones.
Todos vitorearon mientras Harry sonreía radiante; el pastel de carne y riñones era su preferido.
Los Dursley nunca habían matado de hambre a Harry, pero tampoco le habían permitido comer todo lo que quería. Dudley siempre se servía lo que Harry deseaba, aunque no le gustara.
—Cerdo—murmuró Ginny, quien pese a eso seguía de muy buen humor; era difícil no estarlo con un capítulo tan ligero como aquel.
Harry llenó su plato con un poco de todo, salvo los bombones de menta, y comenzó a comer. Todo estaba delicioso.
—Eso tiene muy buen aspecto —dijo con tristeza el fantasma de la gola, observando a Harry mientras éste cortaba su filete.
—No digan que no es metódico—rió Arthur—. Todos los años parecen una rutina para él—alzó el puño mostrando sólo el pulgar—: inicia asustando a los de primero—subió el índice—, aparece en el banquete y se lamenta de no poder comer—levantó el mayor—, luego explica por qué lo llaman Casi Decapitado—, subió el anular—, hacia fines de septiembre más o menos se queja porque otra vez rechazaron su solicitud para entrar al Club de Cazadores sin Cabeza—y por último levantó el meñique—, y finalmente el día de Halloween celebra su aniversario de muerte—concluyó entre las carcajadas de todos, especialmente de Harry quien recordaba a la perfección todas las extravagancias de Nick.
—¿No puede...?
—No he comido desde hace unos cuatrocientos años —dijo el fantasma—. No lo necesito, por supuesto, pero uno lo echa de menos. Creo que no me he presentado, ¿verdad? Sir Nicholas de Mimsy-Porpington a su servicio. Fantasma Residente de la Torre de Gryffindor.
—¡Yo sé quién es usted!—dijo súbitamente Ron—. Mi hermano me lo contó. ¡Usted es Nick Casi Decapitado!
—Sensible como una piedra—dijo Ginny negando con la cabeza. Ron la fulminó con la mirada.
—Yo preferiría que me llamaran Sir Nicholas de Mimsy... —comenzó a decir el fantasma con severidad, pero lo interrumpió Seamus Finnigan, el del pelo color arena.
—¿Casi Decapitado? ¿Cómo se puede estar casi decapitado?
Sir Nicholas pareció muy molesto, como si su conversación no resultara como la había planeado.
—Mentira—rió Bill—. Le encanta hacer lo que va a hacer ahora…
—Así —dijo enfadado. Se agarró la oreja izquierda y tiró. Toda su cabeza se separó de su cuello y cayó sobre su hombro, como si tuviera una bisagra. Era evidente que alguien había tratado de decapitarlo, pero que no lo había hecho bien. Pareció complacido ante las caras de asombro y volvió a ponerse la cabeza en su sitio (Bill sonrió, habiéndose demostrado su punto), tosió y dijo: —¡Así que nuevos Gryffindors! Espero que este año nos ayudéis a ganar el campeonato para la casa. Gryffindor nunca ha estado tanto tiempo sin ganar. ¡Slytherin ha ganado la copa seis veces seguidas! El Barón Sanguinario se ha vuelto insoportable... Él es el fantasma de Slytherin.
Harry miró hacia la mesa de Slytherin y vio un fantasma horrible sentado allí, con ojos fijos y sin expresión, un rostro demacrado y las ropas manchadas de sangre plateada.
Algunos reprimieron un escalofrío; realmente era tenebroso el Barón.
Estaba justo al lado de Malfoy que, como Harry vio con mucho gusto, no parecía muy contento con su presencia.
—¿Cómo es que está todo lleno de sangre? —preguntó Seamus con gran interés.
—Nunca se lo he preguntado —dijo con delicadeza Nick Casi Decapitado.
Cuando hubieron comido todo lo que quisieron, los restos de comida desaparecieron de los platos, dejándolos tan limpios como antes. Un momento más tarde aparecieron los postres. Trozos de helados de todos los gustos que uno se pudiera imaginar; pasteles de manzana, tartas de melaza, relámpagos de chocolate, rosquillas de mermelada, bizcochos borrachos, fresas, jalea, arroz con leche...
El estómago de Ron volvió a rugir. Nadie lo culpó; el libro describía tan bien los alimentos que le daría hambre a cualquiera.
Mientras Harry se servía una tarta, la conversación se centró en las familias.
—Yo soy mitad y mitad —dijo Seamus—. Mi padre es muggle. Mamá no le dijo que era una bruja hasta que se casaron. Fue una sorpresa algo desagradable para él.
Los demás rieron.
—¿Y tú, Neville? —dijo Ron.
—Bueno, mi abuela me crió y ella es una bruja —dijo Neville—, pero la familia creyó que yo era todo un muggle, durante años. Mi tío abuelo Algie trataba de sorprenderme descuidado y forzarme a que saliera algo de magia de mí. Una vez casi me ahoga, cuando quiso tirarme al agua en el puerto de Blackpool, pero no pasó nada hasta que cumplí ocho años. El tío abuelo Algie había ido a tomar el té y me tenía cogido de los tobillos y colgando de una ventana del piso de arriba, cuando mi tía abuela Enid le ofreció un merengue y él, accidentalmente, me soltó.
Todos habían seguido la lectura sintiéndose cada vez más indignados y horrorizados. ¡Eso era lo mismo que los tíos de Harry habían intentado con él, pero a la inversa! Pero lo que habían escuchado sobre el tal tío Algie terminó por hacerlos estallar.
—¡Tranquilos!—exclamó Neville intentando calmarlos a todos, pero fue en vano. Incluso Luna se había levantado indignada. Desesperado, buscó la ayuda de Harry, pero el pelinegro se sentía igual de furioso que el resto.
¿Cómo no se dio cuenta de que lo mismo que sucedía en su casa sucedía en la de Neville?, se reprochaba Harry. ¿Cómo fue que obvió esa parte de la conversación? La creyó graciosa antes, pero ahora a la vista de su situación familiar pensó que quizás Neville tuvo peor infancia que él, al menos hasta los ocho años: así como él tuvo que pagar el precio del desprecio de sus tíos hacia sus padres, Neville había tenido que llenar los zapatos de los suyos e intentar demostrar algo que no era. Mientras Harry más sabía sobre la infancia de Neville, más veía las cosas en común que tenía con el chico. Así, finalmente comprendió lo abrumado que debía sentirse con tanta gente indignada por su pasado revelado involuntariamente, porque así se sentía él cuando todos protestaban por los Dursley.
Entonces, Harry atendió por fin a las miradas suplicantes de Neville y llamó a la calma general. Para entonces, muchas mujeres estaban llorando en distinto grado de tristeza y algunos hombres echaban humo.
—Gente—dijo Harry intentando calmarlos a todos—, no hacemos nada si nos ponemos a gritar como locos. Es triste—aclaró—, es muy triste, pero lo único que logramos es que Neville—lo señalo con la mano—se sienta abrumado.
Todos parecieron entrar en razón y muchos miraron a Neville como reparando por primera vez en él. Finalmente, todos fueron recobrando la calma y Molly pudo continuar, pese a que aún temblaba.
Pero yo reboté, todo el camino, en el jardín y la calle. Todos se pusieron muy contentos. Mi abuela estaba tan feliz que lloraba. Y tendríais que haber visto sus caras cuando vine aquí. Creían que no sería tan mágico como para venir. El tío abuelo Algie estaba tan contento que me compró mi sapo.
Debería haberle comprado algo mejor, pensó Charlie tan enojado como un Colacuerno Húngaro hembra.
Al otro lado de Harry, Percy Weasley y Hermione estaban hablando de las clases. («Espero que empiecen en seguida, hay mucho que aprender; yo estoy particularmente interesada en Transformaciones, ya sabes, convertir algo en otra cosa, por supuesto parece ser que es muy difícil. Hay que empezar con cosas pequeñas, como cerillas y todo eso...»)
Harry, que comenzaba a sentirse reconfortado y somnoliento, miró otra vez hacia la Mesa Alta. Hagrid bebía copiosamente de su copa. La profesora McGonagall hablaba con el profesor Dumbledore. El profesor Quirrell, con su absurdo turbante, conversaba con un profesor de grasiento pelo negro, nariz ganchuda y piel cetrina.
Muchos se tensaron. Snape… ¿qué sentir con respecto a Severus Snape? Harry no lo dudaba, pero sólo él no lo hacía con respecto a la lealtad de su antiguo profesor de Pociones; George debía estar pensando en su oreja cortada, Neville, Luna y Ginny en el fatídico año que debieron soportar en Hogwarts con los Carrow…
—Sabemos que Snape fue cruel y amargado—dijo Neville algo reticente—, y que fue el director de Hogwarts con los Carrow, y que le cortó la oreja a George—agregó cuando el susodicho se señaló el lugar donde solía estar su oreja—, pero ahora sabemos que todo fue muy distinto a cómo pensábamos—dijo no muy convencido y mirando de soslayo a Harry.
—Yo aún sigo sin entender algunas partes…—musitó Charlie rascándose la barbilla.
—Todas las dudas tarde o temprano van a ser aclaradas—dijo Harry—. Estoy seguro de lo que fue Snape, confíen en mí.
Todo sucedió muy rápidamente. El profesor de nariz ganchuda miró por encima del turbante de Quirrell, directamente a los ojos de Harry... y un dolor agudo golpeó a Harry en la cicatriz de la frente.
Todos abrieron los ojos horrorizados.
—Ha-Harry…—balbuceó Hermione con los ojos como platos— ¿tan temprano empezaron los dolores de tu cicatriz?
Harry tenía una mirada perdida en el rostro, y sólo se limitó a asentir. Nadie dijo nada, hasta que Neville volvió a hablar, pálido como la leche
—P-pero… sucedió cuando Snape te miró. Eso dice en el libro—dijo un poco a la defensiva.
—En el libro—explicó Harry algo impaciente—, sólo aparece lo que yo creí en el momento. No explica todo a la luz de lo que pasó después. Sigamos leyendo y averiguarán todo.
—¡Ay! —Harry se llevó una mano a la cabeza.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Percy
—N-nada.
El dolor desapareció tan súbitamente como había aparecido. Era difícil olvidar la sensación que tuvo Harry cuando el profesor lo miró, una sensación que no le gustó en absoluto.
Ni yo a él, pensó Harry amargamente. ¡Qué tan distinto hubiera sido todo si hubiese sabido antes lo de mi madre y él…!
—¿Quién es el que está hablando con el profesor Quirrell? —preguntó a Percy.
—Oh, ¿ya conocías a Quirrell, entonces? No es raro que parezca tan nervioso, ése es el profesor Snape. Su materia es Pociones, pero no le gusta... Todo el mundo sabe que quiere el puesto de Quirrell. Snape sabe muchísimo sobre las Artes Oscuras.
Harry vigiló a Snape durante un rato, pero el profesor no volvió a mirarlo.
Por último, también desaparecieron los postres, y el profesor Dumbledore se puso nuevamente de pie. Todo el salón permaneció en silencio.
—Ejem... sólo unas pocas palabras más, ahora que todos hemos comido y bebido. Tengo unos pocos anuncios que haceros para el comienzo del año.
»Los de primer año debéis tener en cuenta que los bosques del área del castillo están prohibidos para todos los alumnos. Y unos pocos de nuestros antiguos alumnos también deberán recordarlo.
Los ojos relucientes de Dumbledore apuntaron en dirección a los gemelos Weasley.
Molly levantó la vista sólo lo suficiente para fulminar con la mirada a George, quién hacía todo lo posible por no darse por aludido, y seguir leyendo.
—El señor Filch, el celador, me ha pedido que os recuerde que no debéis hacer magia en los recreos ni en los pasillos.
»Las pruebas de quidditch tendrán lugar en la segunda semana del curso. Los que estén interesados en jugar para los equipos de sus casas, deben ponerse en contacto con la señora Hooch.
»Y por último, quiero deciros que este año el pasillo del tercer piso, del lado derecho, está fuera de los límites permitidos para todos los que no deseen una muerte muy dolorosa.
Harry rió, pero fue uno de los pocos que lo hizo.
—No era ningún asunto de risa—dijo Harry misteriosamente. Todos aquellos que cursaron en Hogwarts ese año asintieron.
—¿Lo decía en serio? —murmuró a Percy.
—Eso creo —dijo Percy, mirando ceñudo a Dumbledore—. Es raro, porque habitualmente nos dice el motivo por el que no podemos ir a algún lugar. Por ejemplo, el bosque está lleno de animales peligrosos, todos lo saben. Creo que, al menos, debió avisarnos a nosotros, los prefectos.
Percy frunció el ceño. ¿Por qué nadie me dijo lo presumido que sonaba? ¿O tal vez me lo dijeron y no les hice caso? Posiblemente lo segundo…
—¡Y ahora, antes de que vayamos a acostarnos, cantemos la canción del colegio! —exclamó Dumbledore. Harry notó que las sonrisas de los otros profesores se habían vuelto algo forzadas.
—¡Pero si es muy divertida!—exclamó George radiante—. ¡Cantémosla todos!—dijo dirigiéndose al resto. Luna, Ron y Ginny asintieron firmemente, de acuerdo con George, pero el resto se miraron entre exasperados y resignados antes de asentir.
—¡No la sé!—le susurró contrariada Fleur a Bill.
—Yo tampoco—le contestó Bill por lo bajo—. Tú sígueme, que yo sigo a mi madre.
Dumbledore agitó su varita, como si tratara de atrapar una mosca, y una larga tira dorada apareció, se elevó sobre las mesas, se agitó como una serpiente y se transformó en palabras.
—¡Que cada uno elija su melodía favorita! —dijo Dumbledore—. ¡Y allá vamos!
Y todo el colegio vociferó:
Y también lo hicieron en la sala.
Hogwarts, Hogwarts, Hogwarts,
enséñanos algo, por favor.
Aunque seamos viejos y calvos
o jóvenes con rodillas sucias,
nuestras mentes pueden ser llenadas
con algunas materias interesantes.
Porque ahora están vacías y llenas de aire,
pulgas muertas y un poco de pelusa.
Así que enséñanos cosas que valga la pena saber,
haz que recordemos lo que olvidamos,
hazlo lo mejor que puedas, nosotros haremos el resto,
y aprenderemos hasta que nuestros cerebros se consuman.
Todos terminaron de cantar la canción del colegio en tiempo distinto, y mientras Neville, Percy y Hermione habían terminado muy rápido, cuando Molly terminó George y Luna aún seguían cantando "Así que enséñanos…" a tempo lento, por lo que Molly debió esperar a que terminen antes de continuar.
Cada uno terminó la canción en tiempos diferentes. Al final, sólo los gemelos Weasley seguían cantando, con la melodía de una lenta marcha fúnebre. Dumbledore los dirigió hasta las últimas palabras, con su varita y, cuando terminaron, fue uno de los que aplaudió con más entusiasmo.
—¡Ah, la música!—dijo, enjugándose los ojos—. ¡Una magia más allá de todo lo que hacemos aquí! Y ahora, es hora de ir a la cama. ¡Salid al trote!
Los de primer año de Gryffindor siguieron a Percy a través de grupos bulliciosos, salieron del Gran Comedor y subieron por la escalera de mármol. Las piernas de Harry otra vez parecían de plomo, pero sólo por el exceso de cansancio y comida. Estaba tan dormido que ni se sorprendió al ver que la gente de los retratos, a lo largo de los pasillos, susurraba y los señalaba al pasar; o cuando Percy en dos oportunidades los hizo pasar por puertas ocultas detrás de paneles corredizos y tapices que colgaban de las paredes. Subieron más escaleras, bostezando y arrastrando los pies y, cuando Harry comenzaba a preguntarse cuánto tiempo más deberían seguir, se detuvieron súbitamente.
Unos bastones flotaban en el aire, por encima de ellos, y cuando Percy se acercó comenzaron a caer contra él.
—Oh, no—dijo Fleur con el ceño fruncido—, es ese polteggeist, ¿hein?
—Sip—contestó George, sonriendo. ¡Amaba a ese espíritu del caos!
—Peeves —susurró Percy a los de primer año—. Es un poltergeist. —Levantó la voz—: Peeves, aparece.
La respuesta fue un ruido fuerte y grosero, como si se desinflara un globo.
—¿Quieres que vaya a buscar al Barón Sanguinario?
—Aguafiestas—murmuró Ginny.
Se produjo un chasquido y un hombrecito, con ojos oscuros y perversos y una boca ancha, apareció, flotando en el aire con las piernas cruzadas y empuñando los bastones.
—¡Oooooh! —dijo, con un maligno cacareo—. ¡Los horribles novatos! ¡Qué divertido!
De pronto se abalanzó sobre ellos. Todos se agacharon.
—Vete, Peeves, o el Barón se enterará de esto. ¡Lo digo en serio! —gritó enfadado Percy
Peeves hizo sonar su lengua y desapareció, dejando caer los bastones sobre la cabeza de Neville. Lo oyeron alejarse con un zumbido, haciendo resonar las armaduras al pasar.
—Siempre me pasaba algo—rió Neville—. Ni bien me levantaba de la cama me resbalaba con la sábana o pisaba la cola de Crookshanks cuando bajaba la escalera al dormitorio—agregó sonrojado mientras todos se reían
—Tenéis que tener cuidado con Peeves—dijo Percy, mientras seguían avanzando—. El Barón Sanguinario es el único que puede controlarlo, ni siquiera nos escucha a los prefectos. Ya llegamos.
Al final del pasillo colgaba un retrato de una mujer muy gorda, con un vestido de seda rosa.
—¿Santo y seña?—preguntó.
—Caput draconis—dijo Percy, y el retrato se balanceó hacia delante y dejó ver un agujero redondo en la pared. Todos se amontonaron para pasar (Neville necesitó ayuda) y se encontraron en la sala común de Gryffindor; una habitación redonda y acogedora, llena de cómodos sillones.
—No es muy distinta a la nuestra—señaló Luna—, sólo que las nuestras tienen enormes estantes con libros.
Hermione internamente pensaba que eso era muy injusto, pero se tragó la réplica muerta de envidia.
Percy condujo a las niñas a través de una puerta, hacia sus dormitorios, y a los niños por otra puerta. Al final de una escalera de caracol (era evidente que estaban en una de las torres) encontraron, por fin, sus camas, cinco camas con cuatro postes cada una y cortinas de terciopelo rojo oscuro. Sus baúles ya estaban allí. Demasiado cansados para conversar, se pusieron sus pijamas y se metieron en la cama.
—Una comida increíble, ¿no?—murmuró Ron a Harry, a través de las cortinas—. ¡Fuera, Scabbers! Te estás comiendo mis sábanas.
Nuevamente todos ensombrecieron el rostro ante la mención de la rata que era mejor como rata que como humano.
Harry estaba a punto de preguntar a Ron si le quedaba alguna tarta de melaza, pero se quedó dormido de inmediato.
Tal vez Harry había comido demasiado, porque tuvo un sueño muy extraño. Tenía puesto el turbante del profesor Quirrell, que le hablaba y le decía que debía pasarse a Slytherin de inmediato, porque ése era su destino. Harry contestó al turbante que no quería estar en Slytherin y el turbante se volvió cada vez más pesado. Harry intentó quitárselo, pero le apretaba dolorosamente, y entonces apareció Malfoy, que se burló de él mientras luchaba para quitarse el turbante. Luego Malfoy se convirtió en el profesor de nariz ganchuda, Snape, cuya risa se volvía cada vez más fuerte y fría... Se produjo un estallido de luz verde y Harry se despertó, temblando y empapado en sudor.
Se dio la vuelta y se volvió a dormir. Al día siguiente, cuando se despertó, no recordaba nada de aquel sueño.
Harry tenía los ojos como platos y sentía un fuerte escalofrío. Definitivamente no recordaba ese sueño; pero, salvo lo de Snape, era demasiado premonitorio teniendo en cuenta todo lo que pasó después. ¿Quién diría que era clarividente?, pensó algo irónico.
—Entonces, Harry—dijo Neville—, sigues diciendo que Snape…
—Sí, Neville—interrumpió Harry, daño por zanjado el asunto—, estoy seguro.
—Bueno, como sea—dijo Molly marcando la página y cerrando el libro—, es el final del capítulo—. Miró el reloj: las 12 y cuarto—. Creo que aún hay tiempo para preparar el pastel, pero voy a necesitar ayuda si quieren comer antes de…
Harry, Ron y Ginny habían salido disparados hacia la cocina, dispuestos a ayudar de tan hambrientos que estaban, y Molly tuvo que seguirlos a ellos antes de poder terminar la oración mientras el resto se reía a carcajadas.
