¡Hola a todos! Antes que nada, mil perdones por hacerlos esperar tanto. Les juro que no morí, sólo de vergüenza jajajaja. ¿Excusas? Las usuales: estudio, trabajo, vida social, familia, falta de inspiración... Insisto, no voy a dejar la historia y voy a hacer los siete libros, aunque me tome un tiempo.
Creo que este capítulo no es tan bueno como los otros, pero tal vez es porque me excedí con los anteriores. Mi idea es hacerlo lo mejor posible pero sin exagerar las reacciones de los demás. Bueno, no los detengo mas.
Gracias a todos por los reviews y a todos los que siguen la historia en todo el mundo.
DISCLAIMER: HP es de JR y la Warner
Capítulo 11. El duelo a medianoche
—Es mi turno entonces—dijo Luna con voz soñadora, tomando el libro y abriéndolo donde lo dejó Neville—. El siguiente capítulo se llama: El duelo a medianoche.
—¡¿El qué?!—preguntó Molly alarmada.
El trio y Neville se miraron temerosos, antes de que Harry contestara: —Ya lo verán. No pasó nada—aclaró ante los ojos chispeantes de Molly.
Harry nunca había creído que pudiera existir un chico al que detestara más que a Dudley, pero eso era antes de haber conocido a Draco Malfoy. Sin embargo, los de primer año de Gryffindor sólo compartían con los de Slytherin la clase de Pociones, así que no tenía que encontrarse mucho con él.
—Por suerte—murmuró Ron malhumorado. ¡Cómo detestaba a Draco Malfoy! No importa cuán arrepentido esté hoy de lo que hizo.
O, al menos, así era hasta que apareció una noticia en la sala común de Gryffindor; que los hizo protestar a todos. Las lecciones de vuelo comenzarían el jueves... y Gryffindor y Slytherin aprenderían juntos.
—Creo que Dumbledore lo hizo a propósito—razonó Arthur—. Siempre buscó como unir a las dos casas rivales.
—Lástima que nunca tuvo éxito—murmuró Angelina, y nadie tuvo argumentos para contradecirla.
—Perfecto—dijo en tono sombrío Harry—. Justo lo que siempre he deseado. Hacer el ridículo sobre una escoba delante de Malfoy.
Deseaba aprender a volar más que ninguna otra cosa.
—No sabes aún si vas a hacer un papelón—dijo razonablemente Ron—. De todos modos, sé que Malfoy siempre habla de lo bueno que es en quidditch, pero seguro que es pura palabrería.
—Más o menos—concedió George a regañadientes—. Puede mantenerse en una escoba, pero no da la talla para jugar al quidditch como corresponde.
La verdad es que Malfoy hablaba mucho sobre volar. Se quejaba en voz alta porque los de primer año nunca estaban en los equipos de quidditch y contaba largas y jactanciosas historias, que siempre acababan con él escapando de helicópteros pilotados por muggles. Pero no era el único: por la forma de hablar de Seamus Finnigan, parecía que había pasado toda la infancia volando por el campo con su escoba. Hasta Ron podía contar a quien quisiera oírlo que una vez casi había chocado contra un planeador con la vieja escoba de Charles.
—¡¿Que hizo qué?¡—exclamó Charlie indignado.
—¡¿Fuiste tú?!—chilló George ultrajado, señalándolo a Ron con el dedo.
—¡RONALD WEASLEY!—vociferó Molly—. ¡Castigué a los gemelos por eso!
—En realidad, fue Fred—se defendió Ron tímidamente—. Sólo lo dije para parecer interesante—aclaró, y Molly lo miró suspicazmente antes de relajarse. George seguía con cara de ultraje.
Todos los que procedían de familias de magos hablaban constantemente de quidditch. Ron ya había tenido una gran discusión con Dean Thomas, que compartía el dormitorio con ellos, sobre fútbol. Ron no podía ver qué tenía de excitante un juego con una sola pelota, donde nadie podía volar.
—Está loco—dijo Ginny negando con la cabeza—. Una vez intentó convencerme de que el futbol es mucho más popular y emocionante.
Se escucharon algunas risas despectivas pero Harry y Hermione se miraron y tuvieron que contener la risa. ¡Qué equivocados que estaban!
Harry había descubierto a Ron tratando de animar un cartel de Dean en que aparecía el equipo de fútbol de West Ham, para hacer que los jugadores se movieran.
—Sólo logré que cambiaran de color—se lamentó Ron—. ¡Dean casi me mata! Parece que el rojo y el blanco no le gustan para nada. Algo sobre un arsenal…—añadió confundido, y Harry y Hermione esta vez se rieron.
—El club de futbol Arsenal viste de rojo y blanco y es casi rival del West Ham—aclaró Hermione, pero como Ron seguía sin entender, añadió mordazmente:—Imagina que de repente los Chudley Cannons vistan como los Tornados.
La cara de horror de Ron fue toda la respuesta que necesitó Hermione.
Neville no había tenido una escoba en toda su vida, porque su abuela no se lo permitía. Harry pensó que ella había actuado correctamente, dado que Neville se las ingeniaba para tener un número extraordinario de accidentes, incluso con los dos pies en tierra.
—Bueno, eso es cierto—concedió Neville sonriendo, y todos se rieron.
Hermione Granger estaba casi tan nerviosa como Neville con el tema del vuelo. Eso era algo que no se podía aprender de memoria en los libros, aunque lo había intentado.
—¿Cuándo no?
—Cállate, Ronald.
En el desayuno del jueves, aburrió a todos con estúpidas notas sobre el vuelo que había encontrado en un libro de la biblioteca, llamado Quidditch a través de los tiempos. Neville estaba pendiente de cada palabra, desesperado por encontrar algo que lo ayudara más tarde con su escoba, pero todos los demás se alegraron mucho cuando la lectura de Hermione fue interrumpida por la llegada del correo.
Para este punto, todos se estaban riendo, incluso Hermione y Neville quienes además estaban rojos de vergüenza.
—Es un buen libro pese a todo—concedió Harry y todos los fanáticos del Quidditch (incluso George y Ron) asintieron.
Harry no había recibido una sola carta desde la nota de Hagrid, algo que Malfoy ya había notado, por supuesto. La lechuza de Malfoy siempre le llevaba de su casa paquetes con golosinas, que el muchacho abría con perversa satisfacción en la mesa de Slytherin.
—Cada vez me gusta menos ese niño—dijo Fleur con la nariz fruncida—. ¿Es eso nogmal?
—Tan normal como respirar, Fleur—contestó Ron, y Harry no pudo evitar asentir a regañadientes.
Un lechuzón entregó a Neville un paquetito de parte de su abuela. Lo abrió excitado y les enseñó una bola de cristal, del tamaño de una gran canica, que parecía llena de humo blanco.
—Ah, sí—dijo Neville sin demostrar interés—. Recuerdo ese aparato inútil.
—Y que lo digas—asintió Charlie vehemente—. ¡Ni sé para qué las inventaron!
—¿Qué pasó con la tuya?—preguntó Ginny curiosa.
Neville se sonrojó antes de contestar tímidamente: —No recuerdo donde la dejé—y todos se rieron a carcajadas. —¡Se los dije! Es inútil.
—¡Es una Recordadora! —explicó—. La abuela sabe que olvido cosas y esto te dice si hay algo que te has olvidado de hacer. Mirad, uno la sujeta así, con fuerza, y si se vuelve roja... oh... —se puso pálido, porque la Recordadora súbitamente se tiñó de un brillo escarlata—... es que has olvidado algo...
Neville estaba tratando de recordar qué era lo que había olvidado,
—Como dije—acotó Charlie entre risas—: inservible.
cuando Draco Malfoy que pasaba al lado de la mesa de Gryffindor le quitó la Recordadora de las manos.
Esta vez fue Bill quien frunció el ceño ante la actitud de Malfoy. Siempre había odiado a los bravucones en la escuela, y siempre había saltado en defensa de los más débiles. Era mejor que quedarse callado y quieto con el único efecto de que el bullying se convirtiera en un problema mayor en el futuro.
Harry y Ron saltaron de sus asientos. En realidad, deseaban tener un motivo para pelearse con Malfoy, pero la profesora McGonagall, que detectaba problemas más rápido que ningún otro profesor del colegio, ya estaba allí.
—Por suerte para todos McGonagall siempre sabía cuándo interceder—señaló Arthur sonriendo.
—¿Qué sucede?
—Malfoy me ha quitado mi Recordadora, profesora.
Con aire ceñudo, Malfoy dejó rápidamente la Recordadora sobre la mesa.
—Sólo la miraba—dijo, y se alejó, seguido por Crabbe y Goyle.
—Así son todos los bravucones—escupió Bill irritado—: cobardes en el fondo.
Fleur lo tomo de la mano intentando tranquilizarlo, pero Bill aún seguía echando humo cuando Luna reanudó la lectura.
Aquella tarde, a las tres y media, Harry, Ron y los otros Gryffindors bajaron corriendo los escalones delanteros, hacia el parque, para asistir a su primera clase de vuelo. Era un día claro y ventoso. La hierba se agitaba bajo sus pies mientras marchaban por el terreno inclinado en dirección a un prado que estaba al otro lado del bosque prohibido, cuyos árboles se agitaban tenebrosamente en la distancia.
Los Slytherins ya estaban allí, y también las veinte escobas, cuidadosamente alineadas en el suelo. Harry había oído a Fred y a George Weasley quejarse de las escobas del colegio, diciendo que algunas comenzaban a vibrar si uno volaba muy alto, o que siempre volaban ligeramente torcidas hacia la izquierda.
—Son un desastre—acotó Angelina.
—¡Y que lo digas!—corroboró Charlie.
—Son todas Barredoras 1 de la época de los Cuatro Fundadores—añadió George.
Entonces llegó la profesora, la señora Hooch. Era baja, de pelo canoso y ojos amarillos como los de un halcón.
—Bueno ¿qué estáis esperando?—bramó—. Cada uno al lado de una escoba. Vamos, rápido.
Todos se rieron. La señora Hooch siempre tenía ese carácter tan especial.
Harry miró su escoba. Era vieja y algunas de las ramitas de paja sobresalían formando ángulos extraños.
—Extended la mano derecha sobre la escoba—les indicó la señora Hooch—y decid «arriba».
—¡ARRIBA! —gritaron todos.
La escoba de Harry saltó de inmediato en sus manos, pero fue uno de los pocos que lo consiguió.
—Obviamente—dijeron todos, y Harry se ruborizó.
—Eres un talento natural—señaló Ginny revolviéndole el pelo a su novio, para risa de todos.
La de Hermione Granger no hizo más que rodar por el suelo y la de Neville no se movió en absoluto. «A lo mejor las escobas saben, como los caballos, cuándo tienes miedo», pensó Harry, y había un temblor en la voz de Neville que indicaba, demasiado claramente, que deseaba mantener sus pies en la tierra.
—Interesante teoría—musitó Hermione, y todos asintieron sorprendidos. ¿Cómo no lo habían pensado antes?
Luego, la señora Hooch les enseñó cómo montarse en la escoba, sin deslizarse hasta la punta, y recorrió la fila, corrigiéndoles la forma de sujetarla. Harry y Ron se alegraron muchísimo cuando la profesora dijo a Malfoy que lo había estado haciendo mal durante todos esos años.
—Fue lo tercero mejor que sucedió ese día—comentó Harry.
—¿Y lo segundo?—preguntó Ginny.
—Aprender a volar.
—¿Y lo primero?
Harry sonrió de lado, misteriosamente. —Ya lo verás.
Ginny hizo un puchero, pero internamente pensaba que no podría aguantar mucho tiempo si su novio seguía sonriéndole de esa manera. No sabía que su puchero había provocado en Harry el mismo efecto. ¡Malditas hormonas!
—Ahora, cuando haga sonar mi silbato, dais una fuerte patada —dijo la señora Hooch—. Mantened las escobas firmes, elevaos un metro o dos y luego bajad inclinándoos suavemente. Preparados... tres... dos...
Pero Neville, nervioso y temeroso de quedarse en tierra, dio la patada antes de que sonara el silbato.
—¡Vuelve, muchacho! —gritó, pero Neville subía en línea recta, como el corcho de una botella... Cuatro metros... seis metros... Harry le vio la cara pálida y asustada, mirando hacia el terreno que se alejaba, lo vio jadear; deslizarse hacia un lado de la escoba y…
BUM...
Todos hicieron una mueca de dolor, sobre todo Neville quien recordaba su antigua lesión.
Un ruido horrible y Neville quedó tirado en la hierba. Su escoba seguía subiendo, cada vez más alto, hasta que comenzó a torcer hacia el bosque prohibido y desapareció de la vista.
La señora Hooch se inclinó sobre Neville, con el rostro tan blanco como el del chico.
—La muñeca fracturada —la oyó murmurar Harry—. Vamos, muchacho... Está bien... A levantarse.
—Pudo ser peor—aclaró Neville ante las muecas de dolor del resto—. No es la primera vez—agregó con una risa nerviosa, y liberó algo la tensión del grupo: se oyeron algunas risas apagadas.
Se volvió hacia el resto de la clase.
—No debéis moveros mientras llevo a este chico a la enfermería. Dejad las escobas donde están o estaréis fuera de Hogwarts más rápido de lo que tardéis en decir quidditch. Vamos, hijo.
Neville, con la cara surcada de lágrimas y agarrándose la muñeca, cojeaba al lado de la señora Hooch, que lo sostenía.
Casi antes de que pudieran marcharse, Malfoy ya se estaba riendo a carcajadas.
—Maldito hurón cara de…
—¡Ginevra!
—Perdón, mama.
—¿Cara de hurón... tal vez?
—¡Eso! Gracias, Ron.
—¿Habéis visto la cara de ese gran zoquete?
Los otros Slytherins le hicieron coro.
—¡Cierra la boca, Malfoy! —dijo Parvati Patil en tono cortante.
—Oh, ¿estás enamorada de Longbottom?—dijo Pansy Parkinson, una chica de Slytherin de rostro duro—. Nunca pensé que te podían gustar los gorditos llorones, Parvati.
—Mejor que los niños mimados con cara de hurón—dijo Luna enojada, sorprendiendo a todos.
—Y desde luego mejor que las mocosas engreídas con cara de bulldog—escupió Hermione.
—En resumen—acotó George simplemente—, ellos dos hacen una pareja ideal—y todos se rieron.
—¡Mirad!—dijo Malfoy, agachándose y recogiendo algo de la hierba—. Es esa cosa estúpida que le mandó la abuela a Longbottom.
La Recordadora brillaba al sol cuando la cogió.
—Trae eso aquí, Malfoy—dijo Harry con calma. Todos dejaron de hablar para observarlos.
—El inicio de una larga enemistad—dijo Ron.
—Yo más bien diría que es el enésimo round—señaló Harry.
—Buen punto.
Malfoy sonrió con malignidad.
—Creo que voy a dejarla en algún sitio para que Longbottom la busque... ¿Qué os parece... en la copa de un árbol?
Nuevamente, Harry debió hacer un esfuerzo enorme por no reírse ante los murmullos amenazantes de su novia contra Malfoy.
—¡Tráela aquí! —rugió Harry, pero Malfoy había subido a su escoba y se alejaba. No había mentido, sabía volar. Desde las ramas más altas de un roble lo llamó:
—¡Ven a buscarla, Potter!
Harry cogió su escoba.
—¡No! —gritó Hermione Granger—. La señora Hooch dijo que no nos moviéramos. Nos vas a meter en un lío.
Harry no le hizo caso.
—Como siempre—bufó Hermione, sonriendo pese a todo.
—Culpable—sonrió Harry a modo de disculpa.
Le ardían las orejas. Se montó en su escoba, pegó una fuerte patada y subió. El aire agitaba su pelo y su túnica, silbando tras él y, en un relámpago de feroz alegría, se dio cuenta de que había descubierto algo que podía hacer sin que se lo enseñaran. Era fácil, era maravilloso.
Ron, Ginny, George, Angelina y Charlie asintieron vehementes. También ellos recordaban haber sentido eso la primera vez que pudieron montar en escoba.
Empujó su escoba un poquito más, para volar más alto, y oyó los gritos y gemidos de las chicas que lo miraban desde abajo, y una exclamación admirada de Ron.
Dirigió su escoba para enfrentarse a Malfoy en el aire. Éste lo miró asombrado.
—Supongo que no la vio venir—comentó George riendo.
—Nadie la vio venir—señaló Hermione seriamente.
—¡Déjala —gritó Harry— o te bajaré de esa escoba!
—Ah, ¿sí? —dijo Malfoy, tratando de burlarse, pero con tono preocupado.
—Obviamente—se burló Ginny.
Harry sabía, de alguna manera, lo que tenía que hacer. Se inclinó hacia delante, cogió la escoba con las dos manos y se lanzó sobre Malfoy como una jabalina. Malfoy pudo apartarse justo a tiempo, Harry dio la vuelta y mantuvo firme la escoba. Abajo, algunos aplaudían.
—Aquí no están Crabbe y Goyle para salvarte, Malfoy —exclamó Harry
Parecía que Malfoy también lo había pensado.
—Como dije—musitó Bill, aún molesto—: cobarde.
—Y que lo digas—masculló Charlie.
—¡Atrápala si puedes, entonces! —gritó. Giró la bola de cristal hacia arriba y bajó a tierra con su escoba.
Harry vio, como si fuera a cámara lenta, que la bola se elevaba en el aire y luego comenzaba a caer. Se inclinó hacia delante y apuntó el mango de la escoba hacia abajo. Al momento siguiente, estaba ganando velocidad en la caída, persiguiendo a la bola, con el viento silbando en sus orejas mezclándose con los gritos de los que miraban. Extendió la mano y, a unos metros del suelo, la atrapó, justo a tiempo para enderezar su escoba y descender suavemente sobre la hierba, con la Recordadora a salvo.
Para este momento, todos estaban vitoreando, menos Molly y Fleur que estaban horrorizadas de que un chico de 11 años se arriesgara de esa manera.
—¡HARRY POTTER!
Su corazón latió más rápido que nunca. La profesora McGonagall corría hacia ellos. Se puso de pie, temblando.
—Nunca... en todo mis años en Hogwarts...
La profesora McGonagall estaba casi muda de la impresión, y sus gafas centelleaban de furia.
—Wow, Harry—dijo George visiblemente asombrado—. Con nosotros no se enojaba a sí tan seguido.
—Y esta fue sólo la primera vez—aclaró Ron. Harry rodeó los ojos, exasperado.
—¿Cómo te has atrevido...? Has podido romperte el cuello...
—No fue culpa de él, profesora...
—Silencio, Parvati.
—Pero Malfoy..
—Ya es suficiente, Weasley. Harry Potter, ven conmigo.
En aquel momento, Harry pudo ver el aire triunfal de Malfoy, Crabbe y Goyle, mientras andaba inseguro tras la profesora McGonagall, de vuelta al castillo. Lo iban a expulsar; lo sabía. Quería decir algo para defenderse, pero no podía controlar su voz. La profesora McGonagall andaba muy rápido, sin siquiera mirarlo. Tenía que correr para alcanzarla. Esta vez sí que lo había hecho. No había durado ni dos semanas. En diez minutos estaría haciendo su maleta. ¿Qué dirían los Dursley cuando lo vieran llegar a la puerta de su casa?
Para este momento, todos los jóvenes se estaban riendo, menos Harry quien intentaba callar a todos fulminándolos con la mirada, sin éxito.
—Merlín, Harry—dijo Ron secándose las lágrimas de los ojos—, sí que eras pesimista.
—¿Era?
—Cállate, Hermione—refunfuñó Harry de brazos cruzados.
Ginny se reclinó sobre Harry, a modo de disculpas. El pelinegro pareció relajarse un poco después de esto.
Subieron por los peldaños delanteros y después por la escalera de mármol. La profesora McGonagall seguía sin hablar. Abría puertas y andaba por los pasillos, con Harry corriendo tristemente tras ella. Tal vez lo llevaba ante Dumbledore. Pensó en Hagrid, expulsado, pero con permiso para quedarse como guardabosque. Quizá podría ser el ayudante de Hagrid. Se le revolvió el estómago al imaginarse observando a Ron y los otros convirtiéndose en magos, mientras él andaba por ahí, llevando la bolsa de Hagrid.
Nuevamente, se oyeron algunas risas, pero la mayoría estaba pensando en las causas de las inseguridades de Harry. Ninguno pudo dejar de pensar en ciertos muggles negligentes y en cuanto daño habían causado ya.
La profesora McGonagall se detuvo ante un aula. Abrió la puerta y asomó la cabeza.
—Discúlpeme, profesor Flitwick. ¿Puedo llevarme a Wood un momento?
«¿Wood? —pensó Harry aterrado—. ¿Wood sería el encargado de aplicar los castigos físicos?»
Ante esto, no solamente nadie rió, sino que tanto Molly como Fleur comenzaron a sollozar a lágrima viva. Costó calmarlas porque incluso Harry se sentía miserable por su pesimismo infantil. Los Dursleys habían eliminado su optimismo y esperanza en el buen trato.
Finalmente, Arthur y Bill lograron calmar a sus esposas lo suficiente como para que Luna pudiera seguir con la lectura.
Pero Wood era sólo un muchacho corpulento de quinto año, que salió de la clase de Flitwick con aire confundido.
—Seguidme los dos —dijo la profesora McGonagall. Avanzaron por el pasillo, Wood mirando a Harry con curiosidad.
—Aquí.
La profesora McGonagall señaló un aula en la que sólo estaba Peeves, ocupado en escribir groserías en la pizarra.
—¡Fuera, Peeves! —dijo con ira la profesora.
Peeves tiró la tiza en un cubo y se marchó maldiciendo.
La profesora McGonagall cerró la puerta y se volvió para encararse con los muchachos.
—Potter, éste es Oliver Wood. Wood, te he encontrado un buscador.
Se hizo un silencio de ultratumba, y al instante todos estaban carcajeándose y festejando. Era muy reconfortante liberar la tristeza por el pesimismo de Harry y sentirse bien por el niño. Incluso el Harry de ahora disfrutaba mucho riéndose de su antiguo yo. Después de todo, comenzaba a superarlo.
—Imagino tu expresión de alivio—rió Charlie.
—Y que lo digas—respondió Harry sonriendo.
La expresión de intriga de Wood se convirtió en deleite.
—¿Está segura, profesora?
—Apuesto a que lo hicieron la persona mas feliz del mundo—rió Bill.
—Totalmente —dijo la profesora con vigor—. Este chico tiene un talento natural. Nunca vi nada parecido. ¿Ésta ha sido tu primera vez con la escoba, Potter?
Harry asintió con la cabeza en silencio. No tenía una explicación para lo que estaba sucediendo, pero le parecía que no lo iban a expulsar y comenzaba a sentirse más seguro.
—Atrapó esa cosa con la mano, después de un vuelo de quince metros —explicó la profesora a Wood—. Ni un rasguño. Charlie Weasley no lo habría hecho mejor.
—Es verdad—concedió Charlie con media sonrisa.
Wood parecía pensar que todos sus sueños se habían hecho realidad.
—¿Alguna vez has visto un partido de quidditch, Potter? —preguntó excitado.
—Wood es el capitán del equipo de Gryffindor —aclaró la profesora McGonagall.
—Y tiene el cuerpo indicado para ser buscador —dijo Wood, paseando alrededor de Harry y observándolo con atención—. Ligero, veloz... Vamos a tener que darle una escoba decente, profesora, una Nimbus 2.000 o una Cleansweep 7.
—Hablaré con el profesor Dumbledore para ver si podemos suspender la regla del primer año. Los cielos saben que necesitamos un equipo mejor que el del año pasado. Fuimos aplastados por Slytherin en ese último partido. No pude mirar a la cara a Severus Snape en vanas semanas...
—¡¿No me digan que no ganaron nada desde que me fui?!—preguntó Charlie horrorizado, mirando entonces a George y Angelina en busca de respuestas. Las sospechas del domador de dragones se vieron confirmadas cuando los susodichos desviaron la mirada hacia cualquier lado. Hermione y Molly rodaron los ojos exasperadas ante la expresión abatida de Charlie.
La profesora McGonagall observó con severidad a Harry, por encima de sus gafas.
—Quiero oír que te entrenas mucho, Potter, o cambiaré de idea sobre tu castigo.
Luego, súbitamente, sonrió.
—Tu padre habría estado orgulloso —dijo—. Era un excelente jugador de quidditch.
—Es cierto—dijo Charlie, recobrándose de su estupor—. Recuerdo que en mi primer año en Hogwarts, Gryffindor ganó la Copa de Quidditch. ¿Lo recuerdas, Bill?—preguntó a su hermano mayor, quien asintió sonriendo—. El capitán del equipo nos contó a todos después de la final que en su primer año había visto jugar a James Potter. Coincidió con el último año en que James estuvo en Hogwarts; dijo que siempre había sido su inspiración como Cazador—concluyó mirando a Harry, quien sonreía abiertamente.
Definitivamente no se cansaba de escuchar cosas sobre sus padres, por más triviales que fuesen para los demás; para él todo sobre sus padres era valioso. Pero algo no cuadraba...
—¿Cazador? Interesante—musitó Harry sorprendido, ajeno a la lectura.
Eso era algo que no sabía. Harry siempre había pensado que su padre era Buscador... aunque realmente, ahora que lo pensaba, nunca nadie le había dicho qué posición ocupaba su padre en el equipo de Quidditch de Gryffindor. Sólo lo supuso cuando vio a su padre jugando con la snitch en el Pensadero...
—Es una broma.
Era la hora de la cena. Harry había terminado de contarle a Ron todo lo sucedido cuando dejó el parque con la profesora McGonagall. Ron tenía un trozo de carne y pastel de riñón en el tenedor; pero se olvidó de llevárselo a la boca.
—¡Lograste lo imposible, Harry!—exclamó George riendo, despertando a Harry de su ensoñación—. Que Ron se olvidara de comer
—Cállate—masculló Ron entre las risas de sus hermanos.
—¿Buscador? —dijo—. Pero los de primer año nunca... Serías el jugador más joven en...
—Un siglo—terminó Harry, metiéndose un trozo de pastel en la boca. Tenía muchísima hambre después de toda la excitación de la tarde—. Wood me lo dijo.
Ron estaba tan sorprendido e impresionado que se quedó mirándolo boquiabierto.
—Tengo que empezar a entrenarme la semana que viene—dijo Harry—. Pero no se lo digas a nadie, Wood quiere mantenerlo en secreto.
—¡JA! ¿Y cuánto duró ese secreto?—se burló Angelina.
—Tanto como puede durar en Hogwarts—rió Hermione.
Fred y George Weasley aparecieron en el comedor; vieron a Harry y se acercaron rápidamente.
—Bien hecho —dijo George en voz baja—. Wood nos lo contó. Nosotros también estamos en el equipo. Somos golpeadores.
—Te lo aseguro, vamos a ganar la copa de quidditch este curso —dijo Fred—. No la ganamos desde que Charlie se fue, pero el equipo de este año será muy bueno. Tienes que hacerlo bien, Harry. Wood casi saltaba cuando nos lo contó.
—Wood siempre fue especial—comentó Percy riendo, recordando a su compañero de año en Hogwarts.
—¡Y que lo digas!—agregó Charlie seriamente—. Yo mismo lo hice entrar en el equipo en mi último año, y estaba tan entusiasmado en su primer partido que no vio venir la bludger. Despertó en la enfermería una semana después—agregó en un intento de tono tranquilizador, aunque no logró tranquilizar a nadie.
—¿Y qué pasó entonces?—preguntó Ron ansiosamente.
—Tuve que pedir tiempo muerto para asegurarme de que el pequeño Wood estuviese bien. El partido lo terminamos ganando, aunque tuve que mandar a atajar a uno de mis Cazadores.
—¡No importa eso!—le espetó Molly a su hijo—. ¿Por qué no pediste parar el partido?
—¡No es porque no lo intenté!—se defendió Charlie airadamente—. El capitán de Slytherin no quiso, y para poder repetir el partido se necesita el consenso de los dos capitanes.
—Lo importante—intercedió Arthur en voz alta, interrumpiendo lo que se veía venir como una discusión mayor—es que todo salió bien al final y Wood se recuperó, ¿no es así?—preguntó mirando a su hijo, quien asintió.
—Bueno, tenemos que irnos. Lee Jordan cree que ha descubierto un nuevo pasadizo secreto, fuera del colegio.
—Seguro que es el que hay detrás de la estatua de Gregory Smarmy, que nosotros encontramos en nuestra primera semana.
—¿Era ese, nomás?—preguntó Ron curiosamente, pese a la mirada de reproche de Molly.
—En realidad era el de detrás del espejo en el cuarto piso—respondió George ajeno a que su madre lo observaba—. ¡Lástima! Se derrumbó el año siguiente.
Antes de que Molly pudiese replicar, Neville le indicó a Luna que se apure a seguir.
Fred y George acababan de desaparecer, cuando se presentaron unos visitantes mucho menos agradables. Malfoy, flanqueado por Crabbe y Goyle.
—¿Comiendo la última cena, Potter? ¿Cuándo coges el tren para volver con los muggles?
—Eres mucho más valiente ahora que has vuelto a tierra firme y tienes a tus «amiguitos» —dijo fríamente Harry. Por supuesto que en Crabbe y Goyle no había nada que justificara el diminutivo, pero como la Mesa Alta estaba llena de profesores, no podían hacer más que crujir los nudillos y mirarlo con el ceño fruncido.
—Típico—gruñó Ginny.
—Nos veremos cuando quieras —dijo Malfoy—. Esta noche, si quieres. Un duelo de magos. Sólo varitas, nada de contacto. ¿Qué pasa? Nunca has oído hablar de duelos de magos, ¿verdad?
—Por supuesto que sí —dijo Ron, interviniendo—. Yo soy su segundo. ¿Cuál es el tuyo?
—¡No!—exclamó Molly—. ¡Te lo prohíbo, Ronald!
—Es tarde, mamá—replicó Ron sin tacto—. Esto ya pasó.
Nuevamente, una posible y furiosa réplica de Molly fue acallada por la lectura.
Malfoy miró a Crabbe y Goyle, valorándolos.
—Crabbe—respondió—. A medianoche, ¿de acuerdo? Nos encontraremos en el salón de los trofeos, nunca se cierra con llave.
Cuando Malfoy se fue, Ron y Harry se miraron.
—¿Qué es un duelo de magos?—preguntó Harry—. ¿Y qué quiere decir que seas mi segundo?
—Bueno, un segundo es el que se hace cargo, si te matan—dijo Ron sin darle importancia.
—Sensible como una piedra—volvió a resoplar Ginny. Ron la fulminó con la mirada mientras los más jóvenes se reían.
Al ver la expresión de Harry, añadió rápidamente—: Pero la gente sólo muere en los duelos reales, ya sabes, con magos de verdad. Lo máximo que podéis hacer Malfoy y tú es mandaros chispas uno al otro. Ninguno sabe suficiente magia para hacer verdadero daño. De todos modos, seguro que él esperaba que te negaras.
—¿Y si levanto mi varita y no sucede nada?
—Bueno—dijo Charlie pensativo—, siempre puedes…
—Espera, Charlie—lo atajó Ron—. Justo estaba por sugerirlo.
—La tiras y le das un puñetazo en la nariz—le sugirió Ron.
Charlie abrió y cerró la boca como un pez mientras varios se reían de su expresión.
—Supongo que también sirve eso—concedió finalmente Charlie.
—Disculpad.
Los dos miraron. Era Hermione Granger.
—¿No se puede comer en paz en este lugar?—dijo Ron.
—¡Ronald!—le reprochó Molly a su hijo.
—Lo siento, Mione.
—Descuida.
Hermione no le hizo caso y se dirigió a Harry
—No pude dejar de oír lo que tú y Malfoy estabais diciendo...
—No esperaba otra cosa —murmuró Ron.
—... y no debes andar por el colegio de noche. Piensa en los puntos que perderás para Gryffindor si te atrapan, y lo harán. La verdad es que es muy egoísta de tu parte.
—Y la verdad es que no es asunto tuyo —respondió Harry.
—Adiós —añadió Ron.
Todos menos Harry, Ron y Hermione fruncieron el ceño ante este intercambio. Era muy extraño escuchar a los tres llevarse de esa manera cuando hoy en día eran los mejores amigos.
—No recuerdo que ustedes se llevaran así—dijo Neville sopesándolo.
—Descuiden—dijo Harry con tranquilidad—. Todo mejora después de Halloween.
De todos modos, pensó Harry, aquello no era lo que llamaría un perfecto final para el día. Estaba acostado, despierto, oyendo dormir a Seamus y a Dean (Neville no había regresado de la enfermería). Ron había pasado toda la velada dándole consejos del tipo de: «Si trata de maldecirte, será mejor que te escapes, porque no recuerdo cómo se hace para pararlo». Tenían grandes probabilidades de que los atraparan Filch o la Señora Norris, y Harry sintió que estaba abusando de su suerte al transgredir otra regla del colegio en un mismo día.
—Entonces, no veo un buen motivo para que salgan a medianoche con el riesgo de que los descubran—interrumpió Molly irritada, y Harry y Ron desviaron la mirada.
Por otra parte, el rostro burlón de Malfoy se le aparecía en la oscuridad, y aquélla era la gran oportunidad de vencerlo frente a frente. No podía perderla.
—Supongo que ese es un buen motivo para presentarse—concedió Bill.
—¡No! ¡No lo es!—le espetó Molly, y nadie tuvo el valor de contradecirla.
—Once y media —murmuró finalmente Ron—. Mejor nos vamos ya.
Se pusieron las batas, cogieron sus varitas y se lanzaron a través del dormitorio de la torre. Bajaron la escalera de caracol y entraron en la sala común de Gryffindor. Todavía brillaban algunas brasas en la chimenea, haciendo que todos los sillones parecieran sombras negras. Ya casi habían llegado al retrato, cuando una voz habló desde un sillón cercano.
—No puedo creer que vayas a hacer esto, Harry.
Una luz brilló. Era Hermione Granger; con el rostro ceñudo y una bata rosada.
—¡Tu! —dijo Ron furioso—. ¡Vuelve a la cama!
—Estuve a punto de decírselo a tu hermano —contestó enfadada Hermione—. Percy es el prefecto y puede deteneros.
Harry no podía creer que alguien fuera tan entrometido.
—Supongo que sí era entrometida—concedió Hermione a modo de disculpas.
—Lo hacías por nuestro bien, Mione—la tranquilizó Ron rodeándola con el brazo.
—Vamos —dijo a Ron. Empujó el retrato de la Dama Gorda y se metió por el agujero.
Hermione no iba a rendirse tan fácilmente. Siguió a Ron a través del agujero, gruñendo como una gansa enfadada.
—¡Harry!—exclamó Hermione indignada, mientras varios contenían la risa, incluso Ron.
—Lo siento, Hermione—se disculpó Harry con media sonrisa asomando.
—No os importa Gryffindor; ¿verdad? Sólo os importa lo vuestro. Yo no quiero que Slytherin gane la copa de las casas y vosotros vais a perder todos los puntos que yo conseguí de la profesora McGonagall por conocer los encantamientos para cambios.
—Vete.
—Muy bien, pero os he avisado. Recordad todo lo que os he dicho cuando estéis en el tren volviendo a casa mañana. Sois tan...
Pero lo que eran no lo supieron. Hermione había retrocedido hasta el retrato de la Dama Gorda, para volver; y descubrió que la tela estaba vacía. La Dama Gorda se había ido a una visita nocturna y Hermione estaba encerrada, fuera de la torre de Gryffindor.
—¿Y ahora qué voy a hacer? —preguntó con tono agudo.
—Ése es tu problema —dijo Ron—. Nosotros tenemos que irnos o llegaremos tarde.
No habían llegado al final del pasillo cuando Hermione los alcanzó.
—Voy con vosotros —dijo.
—No lo harás.
—¿No creeréis que me voy a quedar aquí, esperando a que Filch me atrape? Si nos encuentra a los tres, yo le diré la verdad, que estaba tratando de deteneros, y vosotros me apoyaréis.
—¡JA! ¿Y de verdad pensaste que lo harían?—se burló George.
Hermione lo fulminó con la mirada por toda respuesta.
—Eres una caradura —dijo Ron en voz alta.
—Callaos los dos —dijo Harry en tono cortante—. He oído algo.
Era una especie de respiración.
—¿La Señora Norris? —resopló Ron, tratando de ver en la oscuridad.
No era la Señora Norris. Era Neville. Estaba enroscado en el suelo, medio dormido, pero se despertó súbitamente al oírlos.
—¡Gracias a Dios que me habéis encontrado! Hace horas que estoy aquí. No podía recordar el nuevo santo y seña para irme a la cama.
—No hables tan alto, Neville. El santo y seña es «hocico de cerdo», pero ahora no te servirá, porque la Dama Gorda se ha ido no sé dónde.
—¿Cómo está tu muñeca? —preguntó Harry
—Bien—contestó, enseñándosela—. La señora Pomfrey me la arregló en un minuto.
—Bueno, mira, Neville, tenemos que ir a otro sitio. Nos veremos más tarde...
—¡No me dejéis! —dijo Neville, tambaleándose—. No quiero quedarme aquí solo. El Barón Sanguinario ya ha pasado dos veces.
Todos reprimieron un escalofrío, recordando las veces que se cruzaron a solas con el Barón Sanguinario por los pasillos.
Ron miró su reloj y luego echó una mirada furiosa a Hermione y Neville.
—Si nos atrapan por vuestra culpa, no descansaré hasta aprender esa Maldición de los Demonios, de la que nos habló Quirrell, y la utilizaré contra vosotros.
—¿Cuál es esa?—preguntó Ginny curiosa.
—No tengo idea—contestó Bill con el ceño fruncido—. Nunca la escuché nombrar en mi vida, ¡y hace diez años que trabajo levantando maldiciones!
—Posiblemente sea falsa—repuso Harry con amargura—. Quirrell era un fiasco.
Extraño, pensó Percy abstrayéndose por unos segundos de la lectura. Cuando impartía Estudios Muggle, las clases de Quirrell eran interesantes, pero parece que era de verdad incompetente como profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras. Sin embargo, Percy sospechaba que había algo más en Quirrell que ponía a Harry, Ron y Hermione tan a la defensiva, no sólo incompetencia como profesor. Y entonces, recordó con sobresalto que a fines de su 5º año corrieron toda clase de rumores sobre Quirrell y su extraña desaparición a fines de aquel período, pero el más firme era que había intentado robar algo y Harry lo había detenido hasta que llegó Dumbledore y lo venció en un duelo a muerte…
Percy no creyó entonces estar muy lejos de la realidad…
Hermione abrió la boca, tal vez para decir a Ron cómo utilizar la Maldición de los Demonios, pero Harry susurró que se callara y les hizo señas para que avanzaran.
—En realidad—replicó Hermione sonriendo picaresca—, iba a sugerirle a Ron un lugar a donde podían irse él y su Maldición de los Demonios—. Todos los jóvenes se carcajearon, incluso Ron.
Se deslizaron por pasillos iluminados por el claro de luna, que entraba por los altos ventanales. En cada esquina, Harry esperaba chocar con Filch o la Señora Norris, pero tuvieron suerte. Subieron rápidamente por una escalera hasta el tercer piso y entraron de puntillas en el salón de los trofeos.
Malfoy y Crabbe todavía no habían llegado. Las vitrinas con trofeos brillaban cuando las iluminaba la luz de la luna. Copas, escudos, bandejas y estatuas, oro y plata reluciendo en la oscuridad. Fueron bordeando las paredes, vigilando las puertas en cada extremo del salón. Harry empuñó su varita, por si Malfoy aparecía de golpe. Los minutos pasaban.
—Se está retrasando, tal vez se ha acobardado —susurró Ron.
—Cobarde—gruñeron al unísono Bill y Ginny.
Entonces un ruido en la habitación de al lado los hizo saltar. Harry ya había levantado su varita cuando oyeron unas voces. No era Malfoy.
—Olfatea por ahí, mi tesoro. Pueden estar escondidos en un rincón.
—No me digan que es…
Era Filch, hablando con la Señora Norris.
—¡Mierda!
—¡George!
—Perdón, mamá.
Aterrorizado, Harry gesticuló salvajemente para que los demás lo siguieran lo más rápido posible. Se escurrieron silenciosamente hacia la puerta más alejada de la voz de Filch. Neville acababa de pasar, cuando oyeron que Filch entraba en el salón de los trofeos.
—Tienen que estar en algún lado —lo oyeron murmurar—. Probablemente se han escondido.
—¡Por aquí! —señaló Harry a los otros y, aterrados, comenzaron a atravesar una larga galería, llena de armaduras. Podían oír los pasos de Filch, acercándose a ellos. Súbitamente, Neville dejó escapar un chillido de miedo y empezó a correr, tropezó, se aferró a la muñeca de Ron y se golpearon contra una armadura.
Los ruidos eran suficientes para despertar a todo el castillo.
—¡Pego que mala suegte!—se quejó Fleur.
—En nuestra defensa, estábamos con Harry—se defendió Ron—. Tu suerte apesta, colega—aclaró ante la mirada de Harry, quien frunció el ceño mientras varios se reían.
—¡CORRED! —exclamó Harry, y los cuatro se lanzaron por la galería, sin darse la vuelta para ver si Filch los seguía. Pasaron por el quicio de la puerta y corrieron de un pasillo a otro, Harry delante, sin tener ni idea de dónde estaban o adónde iban. Se metieron a través de un tapiz y se encontraron en un pasadizo oculto, lo siguieron y llegaron cerca del aula de Encantamientos, que sabían que estaba a kilómetros del salón de trofeos.
—¡Ah, sí!—dijo George con un brillo en los ojos—. Es el pasaje con el tapiz de Alberta Toothill.
—¿Quién?—preguntó Ron confundido.
—Ganó el campeonato nacional de duelos de magos en 1430—contestó Hermione.
—¡Ah, ya recuerdo!—dio Ron de repente—. Tengo su cromo de magos.
Varios soltaron una carcajada mientras Hermione se pinchaba el puente de la nariz en un claro gesto de fastidio.
—Creo que lo hemos despistado —dijo Harry, apoyándose contra la pared fría y secándose la frente. Neville estaba doblado en dos, respirando con dificultad.
—Te... lo... dije —añadió Hermione, apretándose el pecho—. Te... lo... dije.
—Tenemos que regresar a la torre Gryffindor —dijo Ron— lo más rápido posible.
—Malfoy te engañó —dijo Hermione a Harry—. Te has dado cuenta, ¿no? No pensaba venir a encontrarse contigo. Filch sabía que iba a haber gente en el salón de los trofeos. Malfoy debió de avisarle.
Harry pensó que probablemente tenía razón, pero no iba a decírselo.
Hermione lo miró a su amigo con un falso gesto acusador en el cual Harry no cayó.
—Era un mal momento para decir "te lo dije", Hermione—replicó riendo.
—Vamos.
No sería tan sencillo. No habían dado más de una docena de pasos, cuando se movió un pestillo y alguien salió de un aula que estaba frente a ellos.
Era Peeves. Los vio y dejó escapar un grito de alegría.
—¡Mon dieu!—exclamó Fleur revoleando los brazos. ¿Qué no podía ese poltergeist simplemente irse a otro castillo?
—Tranquila, Fleur—dijo Harry—. Todo salió bien al final.
—Cállate, Peeves, por favor... Nos vas a delatar.
Peeves cacareó.
—¿Vagabundeando a medianoche, novatos? No, no, no. Malitos, malitos, os agarrarán del cuellecito.
—¿Estás segugo, Haggy?
—Seguro, Fleur.
—No, si no nos delatas, Peeves, por favor.
—Debo decírselo a Filch, debo hacerlo —dijo Peeves, con voz de santurrón, pero sus ojos brillaban malévolamente—. Es por vuestro bien, ya lo sabéis.
—Ehhh…
—Sí, Charlie. Estoy seguro.
—Quítate de en medio —ordenó Ron, y le dio un golpe a Peeves. Aquello fue un gran error.
—¡ALUMNOS FUERA DE LA CAMA! —gritó Peeves—. ¡ALUMNOS FUERA DE LA CAMA, EN EL PASILLO DE LOS ENCANTAMIENTOS!
Casi todos se taparon los oídos, completamente aturdidos por el chillido estridente que había soltado Luna.
—Oh, lo siento—se disculpó la chica con naturalidad. Supongo que los torposoplos también afectaron mis cuerdas vocales…
Pasaron debajo de Peeves y corrieron como para salvar sus vidas, recto hasta el final del pasillo, donde chocaron contra una puerta... que estaba cerrada.
—¡Estamos listos! —gimió Ron, mientras empujaban inútilmente la puerta—. ¡Esto es el final!
Podían oír las pisadas: Filch corría lo más rápido que podía hacia el lugar de donde procedían los gritos de Peeves.
—Oh, muévete —ordenó Hermione. Cogió la varita de Harry, golpeó la cerradura y susurró—: ¡Alohomora!
El pestillo hizo un clic y la puerta se abrió. Pasaron todos, la cerraron rápidamente y se quedaron escuchando.
Todos se quedaron pasmados: Hermione ya daba muestras de enormes condiciones para los hechizos desde muy chica.
—Impresionante—musitó Arthur.
—Exactement—asintió Fleur sorprendida.
—¿Ven? No por nada es la mejor hechicera de su edad—señaló Ron, provocando que el sonrojo de Hermione se acentuara.
—¿Adónde han ido, Peeves? —decía Filch—. Rápido, dímelo.
—Di «por favor».
—Ah, esto va a estar bueno…—dijo George frotándose las manos con emoción contenida.
—No me fastidies, Peeves. Dime adónde fueron.
—No diré nada si me lo pides por favor —dijo Peeves, con su molesta vocecita.
—Muy bien... por favor.
—¡NADA! Ja, ja. Te dije que no te diría nada si me lo pedías por favor. ¡Ja, ja! —Y oyeron a Peeves alejándose y a Filch maldiciendo enfurecido.
A este punto, varios se estaban carcajeando mientras George se felicitaba por haberle enseñado Fred y él esa broma a Peeves.
—Supongo que tenías gazón en que Peeves los ayudaggía—concedió Fleur a regañadientes.
—Él cree que esta puerta está cerrada —susurro Harry—. Creo que nos vamos a escapar. ¡Suéltame, Neville! —Porque Neville le tiraba de la manga desde hacía un minuto—. ¿Qué pasa?
Harry se dio la vuelta y vio, claramente, lo que pasaba. Durante un momento, pensó que estaba en una pesadilla: aquello era demasiado, después de todo lo que había sucedido.
El ambiente risueño de repente se tensó. Harry, Ron, Hermione y Neville recordaban bien lo que venía a continuación, y esperaban la explosión en la sala…
No estaban en una habitación, como él había pensado. Era un pasillo. El pasillo prohibido del tercer piso. Y ya sabían por qué estaba prohibido.
Estaban mirando directamente a los ojos de un perro monstruoso, un perro que llenaba todo el espacio entre el suelo y el techo. Tenía tres cabezas, seis ojos enloquecidos, tres narices que olfateaban en dirección a ellos y tres bocas chorreando saliva entre los amarillentos colmillos.
Se hizo un silencio sepulcral que se hizo eterno para los cuatro jóvenes mencionados. Entonces…
—¡¿QUÉEEEE?!
Nuevamente, Molly había estallado furiosamente ante la mención de semejante bestia. Y no era la única…
—¡…NO SE EN QUÉ ESTABA PENSANDO DUMBLEDORE…!
—¡…DEBERÍAN HABER HECHO ALGO MÁS QUE ALOHOMORA…!
—¡…IL N'EST PAS POSSIBLE…!
La bronca duró algunos minutos más, y Harry esperó pacientemente a que todos se calmaran. De vez en cuando, Molly tomaba frenéticamente a Ron por los hombros aunque no quedaba claro si para asegurarse de que estuviese bien o para regañarlo, y Ron intentaba tranquilizarla sin mucho éxito.
Finalmente, todos pudieron calmarse lo suficiente para poder continuar, aunque varios aún echaban chispas por los ojos. Incluso Luna encontró difícil volver a su tono soñador habitual.
Estaba casi inmóvil, con los seis ojos fijos en ellos, y Harry supo que la única razón por la que no los había matado ya era porque la súbita aparición lo había cogido por sorpresa. Pero se recuperaba rápidamente: sus profundos gruñidos eran inconfundibles.
Harry abrió la puerta. Entre Filch y la muerte, prefería a Filch.
Retrocedieron y Harry cerró la puerta tras ellos. Corrieron, casi volaron por el pasillo. Filch debía de haber ido a buscarlos a otro lado, porque no lo vieron. Pero no les importaba: lo único que querían era alejarse del monstruo. No dejaron de correr hasta que alcanzaron el retrato de la Dama Gorda en el séptimo piso.
Todos entonces se relajaron y liberaron el aire que no sabían que habían estado conteniendo. Este segmento del capítulo había resultado muy tenso.
—¡Es increíble que hayan vivido para contar la experiencia!—exclamó Angelina muy agitada.
—¡Once años! ¡ONCE!—chilló Molly aún muy nerviosa—. ¡Y ya tienen que vérselas con un cancerbero!
Arthur la rodeó con el brazo, logrando tranquilizarla en parte, lo suficiente para continuar.
—¿Dónde os habíais metido? —les preguntó, mirando sus rostros sudorosos y rojos y sus batas desabrochadas, colgando de sus hombros.
—No importa... Hocico de cerdo, hocico de cerdo —jadeó Harry, y el retrato se movió para dejarlos pasar. Se atropellaron para entrar en la sala común y se desplomaron en los sillones.
Pasó un rato antes de que nadie hablara. Neville, por otra parte, parecía que nunca más podría decir una palabra.
—Y que lo digas—rió Neville nerviosamente. Había tenido pesadillas con ese perro por meses.
—¿Qué pretenden, teniendo una cosa así encerrada en el colegio? —dijo finalmente Ron—. Si algún perro necesita ejercicio, es ése.
Hermione había recuperado el aliento y el mal carácter.
—¿Es que no tenéis ojos en la cara? —dijo enfadada—. ¿No visteis lo que había debajo de él?
—¿El suelo? —sugirió Harry—. No miré sus patas, estaba demasiado ocupado observando sus cabezas.
—No, el suelo no. Estaba encima de una trampilla. Es evidente que está vigilando algo.
—¡Wow!—dijo Charlie asombrado—. ¿Cómo te diste cuenta de eso?
Hermione se ruborizó y murmuró algo así como "muy asustada para ver sus cabezas", provocando algunas risas en los que estaban a su alrededor.
Se puso de pie, mirándolos indignada.
—Espero que estéis satisfechos. Nos podía haber matado. O peor, expulsado. Ahora, si no os importa, me voy a la cama.
—Cgeo que tiene que ogdenag sus pgiogidades—le susurró Fleur a Bill, quien tuvo que hacer un esfuerzo por no reírse.
Ron la contempló boquiabierto.
—No, no nos importa —dijo— Nosotros no la hemos arrastrado, ¿no?
Pero Hermione le había dado a Harry algo más para pensar, mientras se metía en la cama. El perro vigilaba algo... ¿Qué había dicho Hagrid? Gringotts era el lugar más seguro del mundo para cualquier cosa que uno quisiera ocultar... excepto tal vez Hogwarts.
Parecía que Harry había descubierto dónde estaba el paquetito arrugado de la cámara setecientos trece.
Luna terminó el capítulo y marcó la hoja antes de cerrar el libro.
—Interesante—musitó Bill asombrado—. E increíble que hayas deducido todo eso en poco tiempo—le dijo a Harry quien se encogió de hombros.
—Tuve suerte de poder unir los puntos.
—Y fuiste curioso y entrometido.
—Gracias, Ron.
—Es un placer.
Mientras todos se reían y Luna se refrescaba la garganta, Percy aprovechó para hacer una reflexión en relación a lo que venía pensando últimamente. Es muy sospechoso que lo único que separe a Harry de un enorme perro de tres cabezas sea una simple puerta cerrada con Alohomora. Además, cuando Harry visitó a Hagrid en el capítulo anterior, el semi-gigante tenía a la vista un diario de hacía semanas, justo el mismo que informaba sobre el asalto a Gringotts. Sabiendo como terminó el año, Quirrell muerto y Harry evitando el robo (¿de la Piedra?), era obvio que este final era inevitable, porque Harry parecía estar siguiendo un camino de migas. La pregunta sería: ¿quién fue el que dejó las migas para que Harry las siguiera? ¿Quién estaba interesado en que Harry llegara hasta ese final? Percy rio internamente; tenía una vaga idea de quién podía ser…
—Bien—dijo Charlie tomando el libro y abriéndolo donde lo dejó Luna—, creo que es mi turno. El siguiente capítulo se llama: Halloween.
