¡Hola a todos! La buena noticia es que voy agarrando ritmo otra vez; la mala es que lo estoy haciendo cuando se supone que debería estar estudiando para un examen jajaja
Por lo pronto, les dejo este capítulo para que disfruten por esta semana, antes de que pueda volver a escribir. Perdonen por el cliffhanger ;)
DISCLAIMER: HP es de JR y la Warner
Capítulo 12. Halloween
—Bien—dijo Charlie tomando el libro y abriéndolo donde lo dejó Luna—, creo que es mi turno. El capítulo se llama: Halloween.
—¡Ah, genial! ¡Al fin algunas respuestas!—dijo Bill expectante.
Malfoy no podía creer lo que veían sus ojos, cuando vio que Harry y Ron todavía estaban en Hogwarts al día siguiente, con aspecto cansado, pero muy alegres.
—Lo que hubiera dado por ver la cara de ese hurón—se quejó Ginny pero burlonamente.
—De lo mejor que nos dejó la incursión—respondió Harry sonriendo.
En realidad, por la mañana Harry y Ron pensaron que el encuentro con el perro de tres cabezas había sido una excelente aventura, y ya estaban preparados para tener otra.
Molly bufó medio irritada medio exasperada mientras que Fleur masculló algo así como "hommes".
Mientras tanto, Harry le habló a Ron del paquete que había sido llevado de Gringotts a Hogwarts, y pasaron largo rato preguntándose qué podía ser aquello para necesitar una protección así.
—Es algo muy valioso, o muy peligroso —dijo Ron.
—Ambas—dijo Percy pensando en la Piedra Filosofal. Harry intentó no reírse.
—O las dos cosas —opinó Harry.
Todos se rieron mientras Percy parpadeaba sorprendido y finalmente se unía a las risas.
Pero como lo único que sabían con seguridad del misterioso objeto era que tenía unos cinco centímetros de largo, no tenían muchas posibilidades de adivinarlo sin otras pistas.
—Y entonces me imagino que lo dejaste allí—sugirió George burlón.
—Seee, porque la curiosidad de Harry tiene un límite—respondió Ron de igual manera, y todos se rieron menos Harry que los miraba con las cejas alzadas.
Ni Neville ni Hermione demostraron el menor interés en lo que había debajo del perro y la trampilla. Lo único que le importaba a Neville era no volver a acercarse nunca más al animal.
—El único sensato de los tres—masculló Molly, quien no parecía querer dejarlo ir.
Hermione se negaba a hablar con Harry y Ron, pero como era una sabihonda mandona, los chicos lo consideraron como un premio.
Hermione rodó los ojos exasperada cuando Ron comenzó a balbucear disculpas apresuradas.
—Olvídalo, Ron—lo tranquilizó su novia—. Algo de razón tenían…
Lo que realmente deseaban en aquel momento era poder vengarse de Malfoy y, para su gran satisfacción, la posibilidad llegó una semana más tarde, por correo.
Mientras las lechuzas volaban por el Gran Comedor, como de costumbre, la atención de todos se fijó de inmediato en un paquete largo y delgado, que llevaban seis lechuzas blancas.
Los ojos de Charlie se abrieron como platos mientras leía sobre lo que obviamente era una escoba.
—Me acuerdo de este día—dijo Angelina sonriendo abiertamente—. Pensé que Wood se iba a poner a bailar de alegría cuando se enteró.
—Eso no es nada—comentó George entre risas—. Creo que nunca lo había visto tan contento hasta que Harry recibió la Saeta de Fuego.
Qué extraño, pensó Charlie con el ceño fruncido. Por un momento pensé que esa era la Saeta de Fuego.
—En serio, ¿qué no hay nada en su vida que no sea Quidditch?—preguntó Molly anonadada.
Mientras varios se reían, Harry le susurró a Ginny: —Si se sorprenden con esto, deberían esperar a mi 3º año, cuando Wood le dio otro significado a la palabra "obsesión"— y Ginny tardó un rato en dejar de reírse.
Harry estaba tan interesado como los demás en ver qué contenía, y se sorprendió mucho cuando las lechuzas bajaron y dejaron el paquete frente a él, tirando al suelo su tocino. Se estaban alejando, cuando otra lechuza dejó caer una carta sobre el paquete.
Harry abrió el sobre para leer primero la carta y fue una suerte, porque decía:
NO ABRAS EL PAQUETE EN LA MESA Contiene tu nueva Nimbus 2.000, pero no quiero que todos sepan que te han comprado una escoba, porque también querrán una. Oliver Wood te esperará esta noche en el campo de quidditch a las siete, para tu primera sesión de entrenamiento.
Profesora McGonagall
—¡Vaya, hablando de buena suerte!—comentó Arthur riendo.
Harry tuvo dificultades para ocultar su alegría, mientras le alcanzaba la nota a Ron.
—¡Una Nimbus 2.000! —gimió Ron con envidia—. Yo nunca he tocado ninguna.
—Algo difícil, ya que había salido ese mismo año—se autocorrigió Ron, levantando algunas risas.
Salieron rápidamente del comedor para abrir el paquete en privado, antes de la primera clase, pero a mitad de camino se encontraron con Crabbe y Goyle, que les cerraban el camino. Malfoy le quitó el paquete a Harry y lo examinó.
—Ughh, ¿y ahora que quiere ese hurón?—se quejó Ginny de brazos cruzados.
—No te preocupes—la tranquilizó su novio—. Malfoy quedará en ridículo.
—Es una escoba —dijo, devolviéndoselo bruscamente, con una mezcla de celos y rencor en su cara—. Esta vez lo has hecho, Potter. Los de primer año no tienen permiso para tener una.
Ron no pudo resistirse.
—No es ninguna escoba vieja —dijo—. Es una Nimbus 2.000. ¿Cuál dijiste que tenías en casa, Malfoy, una Cometa 260? —Ron rió con aire burlón—. Las Cometa parecen veloces, pero no tienen nada que hacer con las Nimbus.
—Ron—le advirtió su padre—, no está bien que provoques a nadie con el motivo de buscar una pelea.
—Lo sé—respondió Ron bruscamente—, pero no iba a dejar a ese hurón salirse con la suya.
—¿Qué sabes tú, Weasley, si no puedes comprar ni la mitad del palo? —replicó Malfoy—. Supongo que tú y tus hermanos tenéis que ir reuniendo la escoba ramita a ramita.
Antes de que Arthur pudiese decir "te lo dije", tanto Hermione como Angelina y Fleur comenzaron a protestar indignadas por la ofensa hacia los Weasley, pero no era nada comparado con Bill, quien se había levantado hecho una furia asustando a todos: la ofensa hacia su familia había logrado que saliera a la luz una furia lobuna, sin duda resabio del ataque de Fenrir Greyback pero que nunca se había manifestado hasta ahora.
Costó mucho calmarlo, y para esto tuvieron que interceder Fleur, Arthur, Molly y Charlie; Bill parecía dispuesto a asaltar la Mansión Malfoy en cualquier momento. Finalmente, accedió a que Fleur lo llevara a la cocina a prepararse un té de tilo para los nervios, dejando la sala quedó en un zumbante y tenso silencio, que Harry se atrevió a romper.
—Nunca lo había visto así—dijo en un susurro apenas audible.
—Bill siempre ha sido muy sobreprotector de nuestra familia—respondió Charlie, señalando con la cabeza hacia la cocina en donde estaba su hermano—. Siempre en la escuela, a cualquiera que se burlara de él con algún comentario de ese tipo... bueno, lo hacía lamentarlo profundamente. Supongo que el ataque de Greyback lo hizo aún más susceptible a este tipo de cosas.
Molly sollozaba en los brazos de Arthur, quien también tenía una expresión miserable, al igual que todo el clan Weasley. Tanto Harry como Hermione y Angelina hacían lo posible por calmar a sus respectivas parejas.
—¡Pues no lo culpo por reaccionar así!—dijo finalmente Neville frunciendo el ceño—. ¿Recuerdan cuando Malfoy se burló de los que estaban internados en San Mungo por daño cerebral? Hay cosas con las que es mejor no meterse, como la familia de uno—concluyó en un gruñido, mientras Luna le pasaba un brazo por los hombros y los demás reflexionaban sobre lo ocurrido.
Por su parte, Percy sintió que por primera vez ese tipo de comentarios lo afectaba de verdad. Siempre se había sentido distinto que el resto de su familia (mejor, más inteligente, más capaz, más ambicioso, diferente en fin) por lo que ese tipo de comentarios acentuaba su interés por diferenciarse aún más del resto de los Weasley. En esta ocasión, sin embargo, ya sintiendo que tenía una familia a la que pertenecía y a la que valía la pena defender, las burlas de Malfoy despertaron en él una ira que sólo había sentido durante la Batalla de Hogwarts y sintió ganas de ir a darle a ese hurón una lección. Nadie se mete con los Weasley…
La violenta fantasía de Percy se vio interrumpida cuando Fleur reapareció en la sala acompañada de un Bill mucho más calmado, pero aun así ligeramente temblando a causa de la furia: el té que traía en sus manos amenazaba con desparramarse.
—Disculpen mi arrebato, por favor—musitó ni bien logró sentarse. Todos asintieron o hicieron gestos como no dándole importancia, mientras Luna aprovechó para encender un sahumerio para relajarlos a todos. Hermione pensó que dado el nivel de emociones que tendría el día de Halloween, pronto sería necesario encender otro. Charlie mientras tanto logró recuperar el libro de debajo de su asiento y continuar la lectura.
Antes de que Ron pudiera contestarle, el profesor Flitwick apareció detrás de Malfoy
—No os estaréis peleando, ¿verdad, chicos? —preguntó con voz chillona.
—A Potter le han enviado una escoba, profesor —dijo rápidamente Malfoy.
—Sí, sí, está muy bien —dijo el profesor Flitwick, mirando radiante a Harry—. La profesora McGonagall me habló de las circunstancias especiales, Potter. ¿Y qué modelo es?
—Una Nimbus 2.000, señor —dijo Harry, tratando de no reír ante la cara de horror de Malfoy—. Y realmente es gracias a Malfoy que la tengo.
Todos sin excepción soltaron una carcajada, liberando así gran parte de la tensión que aún sentían a causa de lo que había pasado recién.
—Otra vez… ¡lo que hubiera dado por ver la cara del hurón en ese momento!—exclamó Ginny entre risas.
—¡Fue un momento genial!—contestó Ron carcajeándose—. Sólo superado por lo que le pasó en 4º año.
—¿Qué le pasó en 4º año?—preguntó Charlie, y al ver que tanto Harry como Ron y Hermione abrían la boca, se apresuró a decir: —¡Lo sé, lo sé! Ya lo veremos, ¿no es así?
—Sip—contestaron los tres amigos.
Harry y Ron subieron por la escalera, conteniendo la risa ante la evidente furia y confusión de Malfoy.
—Bueno, es verdad —continuó Harry cuando llegaron al final de la escalera de mármol—. Si él no hubiera robado la Recordadora de Neville, yo no estaría en el equipo...
—¿Así que crees que es un premio por quebrantar las reglas? —Se oyó una voz irritada a sus espaldas. Hermione subía la escalera, mirando con aire de desaprobación el paquete de Harry
—Pensaba que no nos hablabas —dijo Harry.
—Sí, continúa así —dijo Ron—. Es mucho mejor para nosotros.
Hermione se alejó con la nariz hacia arriba.
—Ughh, ¿en serio era tan altanera?—preguntó Hermione asqueada.
—Si—fue la respuesta al unísono de Harry y Ron. Hermione bufó y cruzó los brazos ante la risa general.
Durante aquel día, Harry tuvo que esforzarse por atender a las clases. Su mente volvía al dormitorio, donde su escoba nueva estaba debajo de la cama, o se iba al campo de quidditch, donde aquella misma noche aprendería a jugar. Durante la cena comió sin darse cuenta de lo que tragaba, y luego se apresuró a subir con Ron, para sacar, por fin, a la Nimbus 2.000 de su paquete.
Fleur masculló algo así como "hommes", provocando una risa débil en Bill. Fleur sonrió, orgullosa de haber logrado un cambio de ánimo en su esposo.
—Oh —suspiró Ron, cuando la escoba rodó sobre la colcha de la cama de Harry.
Hasta Harry, que no sabía nada sobre las diferencias en las escobas, pensó que parecía maravillosa. Pulida y brillante, con el mango de caoba, tenía una larga cola de ramitas rectas y, escrito en letras doradas: «Nimbus 2.000».
—Comparada con las escobas de la escuela, era toda una maravilla—dijo Angelina sonriendo, y George asintió fervientemente.
Cerca de las siete, Harry salió del castillo y se encaminó hacia el campo de quidditch. Nunca había estado en aquel estadio deportivo. Había cientos de asientos elevados en tribunas alrededor del terreno de juego, para que los espectadores estuvieran a suficiente altura para ver lo que ocurría. En cada extremo del campo había tres postes dorados con aros en la punta. Le recordaron los palitos de plástico con los que los niños muggles hacían burbujas, sólo que éstos eran de quince metros de alto.
Demasiado deseoso de volver a volar antes de que llegara Wood, Harry montó en su escoba y dio una patada en el suelo. Qué sensación. Subió hasta los postes dorados y luego bajó con rapidez al terreno de juego. La Nimbus 2.000 iba donde él quería con sólo tocarla.
—Tengo una duda, Harry—dijo Charlie, interrumpiendo su relato y mirando al pelinegro—. ¿Qué le sucedió a tu Nimbus? Porque la Saeta de Fuego ya la tenías en... —se detuvo en seco cuando vio que tanto Ron como George le hacían sendos gestos bruscos con la cabeza, como advirtiéndole que se callara.
Por unos segundos Harry dudó en contestar o no, pero finalmente sonrió como no dándole importancia y contestó: —La atrapó el Sauce Boxeador en mi 3º año. Quedó inservible.
—Disculpa Harry, no sabía—se lamentó Charlie apresuradamente.
—Descuida—dijo Harry reponiéndose. No valía la pena ponerse así cuando estaba tan bien y tranquilo con su familia.
—¡Eh, Potter, baja!
Había llegado Oliver Wood. Llevaba una caja grande de madera debajo del brazo. Harry aterrizó cerca de él.
—Muy bonito—dijo Wood, con los ojos brillantes—. Ya veo lo que quería decir McGonagall, realmente tienes un talento natural. Voy a enseñarte las reglas esta noche y luego te unirás al equipo, para el entrenamiento, tres veces por semana.
—Ahh, que buenos tiempos—dijo George con un gesto exageradamente soñador—. ¿Recuerdas, Angie, cuando sólo entrenábamos tres veces por semana?—le preguntó burlonamente a su novia, quien se rió al igual que Harry.
—Esos eran buenos tiempos—contestó Angelina entre risas.
—¿Sólo tres veces por semana?—preguntó Charlie confundido, quien creía que ese era un buen programa de entrenamiento. George lo miró con las cejas muy levantadas.
—¿Te acuerdas que Wood es el capitán, cierto?—le preguntó como toda respuesta—. Espera a que avance la temporada de Quidditch y lo verás en todo su esplendor obsesivo-compulsivo—agregó y todos se rieron.
Abrió la caja. Dentro había cuatro pelotas de distinto tamaño.
—Bueno—dijo Wood—. El quidditch es fácil de entender; aunque no tan fácil de jugar. Hay siete jugadores en cada equipo. Tres se llaman cazadores.
—Tres cazadores —repitió Harry, mientras Wood sacaba una pelota rojo brillante, del tamaño de un balón de fútbol.
—Esta pelota se llama quaffle —dijo Wood—. Los cazadores se tiran la quaffle y tratan de pasarla por uno de los aros de gol. Obtienen diez puntos cada vez que la quaffle pasa por un aro. ¿Me sigues?
—Los cazadores tiran la quaffle y la pasan por los aros de gol —recitó Harry—. Entonces es una especie de baloncesto, pero con escobas y seis canastas.
—¿Baloncesto? ¿Es ese deporte muggle en el que se mete la pelota por la canasta?—preguntó Arthur emocionado
—Así es—contestó Harry sonriendo.
—¿Qué es el baloncesto? —preguntó Wood.
—Olvídalo—respondió rápidamente Harry.
Varios se rieron a carcajadas.
—Me iba a tomar demasiado explicarle a Wood todas las reglas—dijo Harry entre risas—, y quería aprender sobre el quidditch.
—Hay otro jugador en cada lado, que se llama guardián. Yo soy guardián de Gryffindor. Tengo que volar alrededor de nuestros aros y detener los lanzamientos del otro equipo.
—Tres cazadores y un guardián —dijo Harry, decidido a recordarlo todo—. Y juegan con la quaffle. Perfecto, ya lo tengo. ¿Y para qué son ésas? —Señaló las tres pelotas restantes.
—Ahora te lo enseñaré —dijo Wood—. Toma esto.
Dio a Harry un pequeño palo, parecido a un bate de béisbol.
—Uhhh, aquí viene lo bueno—dijo George frotándose las manos con anticipación.
—Voy a enseñarte para qué son—dijo Wood—. Esas dos son las bludgers.
Enseñó a Harry dos pelotas idénticas, pero negras y un poco más pequeñas que la roja quaffle. Harry notó que parecían querer escapar de las tiras que las sujetaban dentro de la caja.
—Quédate atrás —previno Wood a Harry. Se inclinó y soltó una de las bludgers.
De inmediato, la pelota negra se elevó en el aire y se lanzó contra la cara de Harry. Harry la rechazó con el bate, para impedir que le rompiera la nariz, y la mandó volando por el aire. Pasó zumbando alrededor de ellos y luego se tiró contra Wood, que se las arregló para sujetarla contra el suelo.
George silbó asombrado. —Nada mal, Harry. Menos mal para Fred y para mí que resultaste ser un genial Buscador—comentó y todos se rieron.
—Naaa, imposible—contestó Harry quitándole importancia—. Ustedes eran imbatibles—agregó y George hizo una reverencia, acentuando las risas de los demás.
—¿Ves?—dijo Wood jadeando, metiendo la pelota en la caja a la fuerza y asegurándola con las tiras—. Las bludgers andan por ahí, tratando de derribar a los jugadores de las escobas. Por eso hay dos golpeadores en cada equipo (los gemelos Weasley son los nuestros). Su trabajo es proteger a su equipo de las bludgers y desviarlas hacia el equipo contrario. ¿Lo has entendido?
—Tres cazadores tratan de hacer puntos con la quaffle, el guardián vigila los aros y los golpeadores mantienen alejadas las bludgers de su equipo —resumió Harry.
—Muy bien—dijo Wood.
—Hum... ¿han matado las bludgers alguna vez a alguien?—preguntó Harry, deseando que no se le notara la preocupación.
—No, pero si eres Harry Potter eres un imán de bludgers u otros fenómenos del quidditch—comentó Ron sarcástico. Harry le lanzó un almohadón como toda respuesta mientras algunos se reían.
—Nunca en Hogwarts. Hemos tenido algunas mandíbulas rotas, pero nada peor hasta ahora. Bueno, el último miembro del equipo es el buscador. Ese eres tú. Y no tienes que preocuparte por la quaffle o las bludgers...
—A menos que me rompan la cabeza.
—Tranquilo, los Weasley son los oponentes perfectos para las bludgers. Quiero decir que ellos son como una pareja de bludgers humanos.
Varios soltaron una carcajada por lo acertado del comentario, y George volvió a hacer una reverencia exagerada.
Wood buscó en la caja y sacó la última pelota. Comparada con las otras, era pequeña, del tamaño de una nuez grande. Era de un dorado brillante y con pequeñas alas plateadas.
—Esta dorada—continuó Wood—es la snitch. Es la pelota más importante de todas. Cuesta mucho de atrapar por lo rápida y difícil de ver que es. El trabajo del buscador es atraparla. Tendrás que ir y venir entre cazadores, golpeadores, la quaffle y las bludgers, antes de que la coja el otro buscador, porque cada vez que un buscador la atrapa, su equipo gana ciento cincuenta puntos extra, así que prácticamente acaba siendo el ganador. Por eso molestan tanto a los buscadores. Un partido de quidditch sólo termina cuando se atrapa la snitch, así que puede durar muchísimo. Creo que el record fue tres meses. Tenían que traer sustitutos para que los jugadores pudieran dormir... Bueno, eso es todo. ¿Alguna pregunta?
—¡¿En serio?!—preguntó Neville anonadado—. ¿Qué paso?
—Pasó en el Páramo de Bodmin en 1884—contestó increíblemente Hermione—. Parece que los buscadores de los dos equipos eran unos inútiles.
Varios se la quedaron mirando asombrados, a lo que ella rodó los ojos exasperada.
—Está en Quidditch a través de los tiempos—aclaró y todos hicieron gestos de entendimiento.
Harry negó con la cabeza. Entendía muy bien lo que tenía que hacer; el problema era conseguirlo.
—Todavía no vamos a practicar con la snitch —dijo Wood, guardándola con cuidado en la caja—. Está demasiado oscuro y podríamos perderla. Vamos a probar con unas pocas de éstas.
Sacó una bolsa con pelotas de golf de su bolsillo y, unos pocos minutos más tarde, Wood y Harry estaban en el aire. Wood tiraba las pelotas de golf lo más fuertemente que podía en todas las direcciones, para que Harry las atrapara. Éste no perdió ni una y Wood estaba muy satisfecho. Después de media hora se hizo de noche y no pudieron continuar.
—Ya lo dije: eres un talento natural—dijo Ginny revolviéndole el pelo a su novio, provocando débiles protestas en el pelinegro y varias carcajadas en todo el resto.
—La copa de quidditch llevará nuestro nombre este año —dijo Wood lleno de alegría mientras regresaban al castillo—. No me sorprendería que resultaras ser mejor jugador que Charles Weasley. Él podría jugar en el equipo de Inglaterra si no se hubiera ido a cazar dragones.
—¡Wow! No sabía que me tenía en tan alta estima—dijo Charlie sorprendido.
—¿Lo dices por lo de jugar en el equipo de Inglaterra o por lo de cazar dragones?—preguntó Bill con media sonrisa.
—¡Ambas!—contestó Charlie, carcajeándose al igual que el resto.
Tal vez fue porque estaba ocupado tres noches a la semana con las prácticas de quidditch, además de todo el trabajo del colegio, la razón por la que Harry se sorprendió al comprobar que ya llevaba dos meses en Hogwarts. El castillo era mucho más su casa de lo que nunca había sido Privet Drive.
—Eso sin duda—afirmó Harry vehemente, y muchos no sabían si sonreír o lamentarse: sólo dos meses en Hogwarts y Harry ya prefería el castillo a su anterior "hogar". Sólo Hermione y Ron sabían realmente lo que significaba Hogwarts para Harry, pero un vistazo de lo que era la vida de Harry con los Dursley y ya todos tenían una idea de cómo se sentía Harry cada vez que debía volver a Privet Drive en verano. Molly ahora se lamentaba no haber intercedido y haberse llevado a Harry a vivir con ellos mucho antes, no importaba lo que Dumbledore tenía para decir al respecto; hubieran encontrado una solución a la protección de Harry.
Haciendo un esfuerzo, Charlie retomó la lectura.
Sus clases, también, eran cada vez más interesantes, una vez aprendidos los principios básicos.
En la mañana de Halloween se despertaron con el delicioso aroma de calabaza asada flotando por todos los pasillos.
El estómago de Ron rugió sonoramente, provocando el sonrojo del pelirrojo y la carcajada de todos los que estaban a su alrededor (casi toda la sala).
—Son casi las cuatro—dijo Molly, mirando el reloj de pared—. Creo que podríamos parar cuando terminemos este capítulo y merendar algo, ¿les parece?—preguntó al resto, y todos asintieron muy contentos, Ron y Charlie chocando los cinco.
Pero lo mejor fue que el profesor Flitwick anunció en su clase de Encantamientos que pensaba que ya estaban listos para empezar a hacer volar objetos, algo que todos se morían por hacer; desde que vieron cómo hacía volar el sapo de Neville. El profesor Flitwick puso a la clase por parejas para que practicaran. La pareja de Harry era Seamus Finnigan (lo que fue un alivio, porque Neville había tratado de llamar su atención).
—Y no te culpo, Harry—comentó Neville riendo—. Podría haber terminado incendiando lo que debíamos… ¡ah, verdad! No dije nada—agregó recordando de repente y uniéndose a las risas de Harry, Ron y Hermione.
—Ya lo verán—aclaró Harry ante las miradas confundidas de todos.
Ron, sin embargo, tuvo que trabajar con Hermione Granger. Era difícil decir quién estaba más enfadado de los dos. La muchacha no les hablaba desde el día en que Harry recibió su escoba.
—¡Un mes sin hablagles! Más les vale que se hagan amigos pgonto pogque esto es insopogtable—dijo Fleur frunciendo el ceño, y varios asintieron.
—Y ahora no os olvidéis de ese bonito movimiento de muñeca que hemos estado practicando —dijo con voz aguda el profesor; subido a sus libros, como de costumbre—. Agitar y golpear; recordad, agitar y golpear. Y pronunciar las palabras mágicas correctamente es muy importante también, no os olvidéis nunca del mago Baruffio, que dijo «ese» en lugar de «efe» y se encontró tirado en el suelo con un búfalo en el pecho.
—Ehhh… no quiero saber, ¿no?—preguntó Neville tentativamente.
—Créeme—aseveró Hermione seriamente—, no quieres saber—y tanto Arthur como Bill y Percy asintieron seriamente, totalmente de acuerdo con la castaña.
Era muy difícil. Harry y Seamus agitaron y golpearon, pero la pluma que debía volar hasta el techo no se movía del pupitre. Seamus se puso tan impaciente que la pinchó con su varita y le prendió fuego, y Harry tuvo que apagarlo con su sombrero.
Todos sin excepción soltaron una carcajada.
—¡Ahora entiendo todo!—exclamó George con lágrimas de risa—. ¡Para eso sirve ese estúpido sombrero!
—Colega—le dijo Ron a Harry entre risas—, hubieras hecho pareja con Neville para eso—y pese al reproche de Hermione y Luna, tanto Harry como Neville se rieron.
Ron, en la mesa próxima, no estaba teniendo mucha más suerte.
—¡Wingardium leviosa! —gritó, agitando sus largos brazos como un molino.
Y ahora todos, menos Ron, otra vez se estaban carcajeando.
—Tus descripciones son geniales, Harry—lo felicitó George conteniéndose el estómago.
—¡No! No lo son—gruñó Ron de brazos cruzados y con gesto adusto.
—Lo siento, colega. No sabía que ibas a leer mis pensamientos—lo tranquilizó burlonamente Harry, pero sólo logró que Ron alzara las cejas indignado mientras todos los jóvenes volvían a reírse.
—Lo estás diciendo mal. —Harry oyó que Hermione lo reñía—. Es Win-gar-dium levi-o-sa, pronuncia gar más claro y más largo.
—Dilo, tú, entonces, si eres tan inteligente—dijo Ron con rabia.
Se hizo un silencio repentino.
—Disculpa, Charlie—le dijo Ginny en tono bromista—, pero creo que oí mal.
—Sí, hermano—intervino George con media sonrisa, pese a las miradas fulminantes de Ron a todos los que se reían por lo bajo—. ¿Podrías repetir eso? Creo que entendí que Ronnie puso en duda la inteligencia de Hermione, y eso ni hasta el más denso podría hacerlo.
—¡Basta, George y Ginny! Ya es suficiente—les reprochó Arthur a los dos—. Charlie, continúa por favor.
Hermione se arremangó las mangas de su túnica, agitó la varita y dijo las palabras mágicas. La pluma se elevó del pupitre y llegó hasta más de un metro por encima de sus cabezas.
—¡Oh, bien hecho! —gritó el profesor Flitwick, aplaudiendo—. ¡Mirad, Hermione Granger lo ha conseguido!
Al finalizar la clase, Ron estaba de muy mal humor.
—¡Pero si la culpa es tuya, Ron!—le recriminó Ginny.
—¡Lo sé, Ginny! Esto fue hace años—se defendió Ron airadamente.
—No es raro que nadie la aguante —dijo a Harry, cuando se abrían paso en el pasillo—. Es una pesadilla, te lo digo en serio.
—¡Ronald!
—¡Lo sé, mama! Lo siento, Mione.
—Descuida, Ron.
Alguien chocó contra Harry. Era Hermione. Harry pudo ver su cara y le sorprendió ver que estaba llorando.
Todas las mujeres del grupo fulminaron a Ron con la mirada, quien pareció encogerse de terror ante todos esos ojos amenazantes.
Charlie se apiadó de su hermano y se apresuró a seguir leyendo.
—Creo que te ha oído.
—¿Y qué?—dijo Ron, aunque parecía un poco incómodo—. Ya debe de haberse dado cuenta de que no tiene amigos.
—Si vuelves a decir "lo siento", "disculpa", "perdón" o algo similar Ronald Weasley…—amenazó Hermione con la varita a su novio quien se estaba deshaciendo en balbuceos de disculpas, mientras todos se reían a carcajadas por la escena.
Hermione no apareció en la clase siguiente y no la vieron en toda la tarde. De camino al Gran Comedor, para la fiesta de Halloween, Harry y Ron oyeron que Parvati Patil le decía a su amiga Lavender que Hermione estaba llorando en el cuarto de baño de las niñas y que deseaba que la dejaran sola. (Nuevamente varias mujeres volvieron a echarle a Ron una mirada desagradable.) Ron pareció más molesto aún, pero un momento más tarde habían entrado en el Gran Comedor, donde las decoraciones de Halloween les hicieron olvidar a Hermione.
Y aquí todas las mujeres hicieron distintos gestos de exasperación. Hombres… siempre tan simples.
Mil murciélagos aleteaban desde las paredes y el techo, mientras que otro millar más pasaba entre las mesas, como nubes negras, haciendo temblar las velas de las calabazas. El festín apareció de pronto en los platos dorados, como había ocurrido en el banquete de principio de año.
Harry se estaba sirviendo una patata con su piel, cuando el profesor Quirrell llegó rápidamente al comedor, con el turbante torcido y cara de terror. Todos lo contemplaron mientras se acercaba al profesor Dumbledore, se apoyaba sobre la mesa y jadeaba:
—Un trol... en las mazmorras... Pensé que debía saberlo.
Y se desplomó en el suelo.
—¡¿UN TROL?!—chilló Molly horrorizada, llevándose la mano al pecho.
—¡No te preocupes, mamá!—intentó tranquilizarla Percy—. ¡Nadie corrió peligro! Los profesores se encargaron de la bestia.
Mientras Molly se calmaba gracias a Percy y a Arthur, Harry, Ron y Hermione intercambiaron la más corta de las miradas, algo que no pasó desapercibido para Bill. Frunció el ceño ante este intercambio, recordando de repente algunos de los intercambios que tuvo el trío durante toda la lectura; de repente, no sabía si quería saber cómo se habían hecho amigos esos tres…
Se produjo un tumulto. Para que se hiciera el silencio, el profesor Dumbledore tuvo que hacer salir varios fuegos artificiales de su varita.
—Prefectos —exclamó—, conducid a vuestros grupos a los dormitorios, de inmediato.
Percy estaba en su elemento.
—Obviamente—acotó George riendo, mientras Percy alzaba las cejas en dirección a su hermano.
—¡Seguidme! ¡Los de primer año, manteneos juntos! ¡No necesitáis temer al trol si seguís mis órdenes! Ahora, venid conmigo. Haced sitio, tienen que pasar los de primer año. ¡Perdón, soy un prefecto!
Esta vez, Percy frunció el entrecejo. No podía sonar más pomposo, ¿no?
—¿Cómo ha podido entrar aquí un trol? —preguntó Harry, mientras subían por la escalera.
—No tengo ni idea, parece ser que son realmente estúpidos —dijo Ron—. Tal vez Peeves lo dejó entrar, como broma de Halloween.
Pasaron entre varios grupos de alumnos que corrían en distintas direcciones. Mientras se abrían camino entre un tumulto de confundidos Hufflepuffs, Harry súbitamente se aferró al brazo de Ron.
—¡Acabo de acordarme... Hermione!
—¿Qué pasa con ella?
—No sabe nada del trol.
Ron se mordió el labio.
—Oh, bueno —dijo enfadado—. Pero que Percy no nos vea.
—¡RON! ¡HARRY!—chilló Molly, nuevamente histérica—. ¡¿CÓMO SE ATREVIERON A DEJAR EL GRUPO?!
—¡Por favor, Señora Weasley!—imploró Harry intentando tranquilizarla—. ¡No podíamos dejar que Hermione corriera peligro!
Molly pareció desarmada por el momento, por lo que Arthur aprovechó para preguntar un tanto ansioso: —¿Y no podrían haber ido a buscar a un adulto?
Harry y Ron se miraron por unos segundos, antes de que el pelirrojo contestara firmemente: —No podíamos perder tiempo. No había ningún adulto a la vista y Hermione podía correr peligro.
Esto no pareció conformar a Arthur (desde luego que a Molly nada la hubiese convencido) pero aun así no dijo nada más; sólo se limitó a mantener el ceño fruncido. Hermione, por su parte, se reclinó sobre el hombro de Ron para seguir escuchando la lectura.
Se agacharon y se mezclaron con los Hufflepuffs que iban hacia el otro lado, se deslizaron por un pasillo desierto y corrieron hacia el cuarto de baño de las niñas. Acababan de doblar una esquina cuando oyeron pasos rápidos a sus espaldas.
—¡Percy!—susurró Ron, empujando a Harry detrás de un gran buitre de piedra.
Sin embargo, al mirar; no vieron a Percy, sino a Snape. Cruzó el pasillo y desapareció de la vista.
—¿Qué es lo que está haciendo? —murmuró Harry—. ¿Por qué no está en las mazmorras, con el resto de los profesores?
Neville, Charlie y George, siendo los menos convencidos de la inocencia de Snape, prestaron más atención a este detalle.
—No tengo la menor idea.
Lo más silenciosamente posible, se arrastraron por el otro pasillo, detrás de los pasos apagados del profesor.
—Se dirige al tercer piso—dijo Harry, pero Ron levantó la mano.
—¡Pero si es allí donde guardan la Piedra!—señaló Charlie alzando la vista del libro, y George y Neville asintieron con vehemencia.
—Sigue leyendo, Charlie. Nada es lo que parece—respondió Harry con voz cansina. Ahora entendía cómo debía sentirse Dumbledore cada vez que alguien le preguntaba sobre la inocencia de Snape.
—¿No sientes un olor raro?
Harry olfateó y un aroma especial llegó a su nariz, una mezcla de calcetines sucios y baño público que nadie limpia.
Fleur de repente volvió a sentirse mareada y con muchas nauseas. Bill la miró con preocupación mientras ella se volvía de un extraño verde pálido.
Y lo oyeron, un gruñido y las pisadas inseguras de unos pies gigantescos. Ron señaló al fondo del pasillo, a la izquierda. Algo enorme se movía hacia ellos. Se ocultaron en las sombras y lo vieron surgir a la luz de la luna.
Era una visión horrible. Más de tres metros y medio de alto y tenía la piel de color gris piedra, un descomunal cuerpo deforme y una pequeña cabeza pelada. Tenía piernas cortas, gruesas como troncos de árbol, y pies achatados y deformes. El olor que despedía era increíble. (Fleur volvió a sentir una punzada de nauseas.) Llevaba un gran bastón de madera que arrastraba por el suelo, porque sus brazos eran muy largos.
El monstruo se detuvo en una puerta y miró hacia el interior. Agitó sus largas orejas, tomando decisiones con su minúsculo cerebro, y luego entró lentamente en la habitación.
Escuchando sobre el trol, Neville tuvo una imagen mental de Goyle en la clase de McGonagall, por lo que tuvo que contener la risa por unos instantes: la situación en la sala era demasiado tensa como para reírse.
—La llave está en la cerradura —susurró Harry—. Podemos encerrarlo allí.
—Buena idea —respondió Ron con voz agitada.
Se acercaron hacia la puerta abierta con la boca seca, rezando para que el trol no decidiera salir. De un gran salto, Harry pudo empujar la puerta y echarle la llave.
—¡Bien!—exclamó Molly, soltando al igual que el resto el aire que contenía desde hacía un rato—. ¡Ahora, salgan de ahí y vayan a buscar a un adulto!
Nadie tuvo el valor para decirle que todo esto ya había pasado; el trío por su parte sabía que esto no había terminado ni de lejos.
—¡Sí!
Animados con la victoria, comenzaron a correr por el pasillo para volver, pero al llegar a la esquina oyeron algo que hizo que sus corazones se detuvieran: un grito agudo y aterrorizado, que procedía del lugar que acababan de cerrar con llave.
Nuevamente, varios volvieron a tensarse y algunos se aferraban a su asiento aterrorizados. ¡Por favor, que no sea ella, que no sea ella…!
—Oh, no —dijo Ron, tan pálido como el Barón Sanguinario.
—¡Es el cuarto de baño de las chicas! —bufó Harry.
—¡Hermione! —dijeron al unísono.
—¡NO!—chillaron Molly y Fleur.
Hermione sintió que el brazo de Ron se tensaba alrededor de su hombro. Levantó la vista, y vio a su novio con los labios firmemente cerrados, los ojos abiertos y la piel pálida.
—No te preocupes, Ron—le susurró al oído mientras se acurrucaba más cerca de su novio—. Gracias a vos estoy bien—. Sólo entonces el pelirrojo pareció relajarse.
Era lo último que querían hacer; pero ¿qué opción les quedaba? Volvieron a toda velocidad hasta la puerta y dieron la vuelta a la llave, resoplando de miedo. Harry empujó la puerta y entraron corriendo.
Hermione Granger estaba agazapada contra la pared opuesta, con aspecto de estar a punto de desmayarse. El personaje deforme avanzaba hacia ella, chocando contra los lavamanos.
—¡Distráelo! —gritó Harry desesperado y tirando de un grifo, lo arrojó con toda su fuerza contra la pared.
El trol se detuvo a pocos pasos de Hermione. Se balanceó, parpadeando con aire estúpido, para ver quién había hecho aquel ruido. Sus ojitos malignos detectaron a Harry. Vaciló y luego se abalanzó sobre él, levantando su bastón.
Esta vez, fue el turno de Ginny de comenzar a tensarse por el bienestar de su novio. Harry se dio cuenta y se apresuró a rodearla con el brazo firmemente y a susurrar palabras tranquilizadoras a su oído.
—¡Eh, cerebro de guisante! —gritó Ron desde el otro extremo, tirándole una cañería de metal. El ser deforme no pareció notar que la cañería lo golpeaba en la espalda, pero sí oyó el aullido y se detuvo otra vez, volviendo su horrible hocico hacia Ron y dando tiempo a Harry para correr.
—¡Vamos, corre, corre! —Harry gritó a Hermione, tratando de empujarla hacia la puerta, pero la niña no se podía mover. Seguía agazapada contra la pared, con la boca abierta de miedo.
Los gritos y los golpes parecían haber enloquecido al trol. Se volvió y se enfrentó con Ron, que estaba más cerca y no tenía manera de escapar.
Nadie decía nada, absortos y tensos como estaban escuchando a los tres amigos arriesgar su vida. A pesar de que estaba acostumbrado al peligro, gaje del oficio de ser domador de dragones, Charlie estaba completamente anonadado de que unos chicos de apenas once años pudieran correr tanto peligro.
Entonces Harry hizo algo muy valiente y muy estúpido: corrió, dando un gran salto y se colgó, por detrás, del cuello de aquel monstruo.
George soltó un leve bufido de risa y se atrevió a romper el silencio. —¿A esto te referías cuando leímos cómo te colgaste de tu tío?—preguntó mirando a Harry, ajeno completamente a las miradas de reproche de sus padres.
Harry también sonrió pero asintió rápidamente, deseoso de que la lectura continúe.
La atroz criatura no se daba cuenta de que Harry colgaba de su espalda, pero hasta un ser así podía sentirlo si uno le clavaba un palito de madera en la nariz, pues la varita de Harry todavía estaba en su mano cuando saltó y se había introducido directamente en uno de los orificios nasales del trol.
Varios hicieron alguna mueca de dolor o de asco, pero ninguno se atrevió a interrumpir a Charlie.
Chillando de dolor, el trol se agitó y sacudió su bastón, con Harry colgado de su cuello y luchando por su vida. En cualquier momento el monstruo lo destrozaría, o le daría un golpe terrible con el bastón.
Hermione estaba tirada en el suelo, aterrorizada. Ron empuñó su propia varita, sin saber qué iba a hacer; y se oyó gritar el primer hechizo que se le ocurrió:
—¡Wingardium leviosa!
El bastón salió volando de las manos del trol, se elevó, muy arriba, y luego dio la vuelta y se dejó caer con fuerza sobre la cabeza de su dueño. El trol se balanceó y cayó boca abajo con un ruido que hizo temblar la habitación.
Todos en la sala seguían en un profundo y sordo silencio. Pero entonces prorrumpieron en un rugido de victoria y festejo, liberándose completamente de la tensión que habían acumulado, como un volcán que había acumulado años sin explotar y que finalmente logra dar rienda suelta a toda su energía. Molly y Fleur sollozaban en brazos de sus respectivos esposos; George, Luna y Angelina aplaudían y festejaban; Percy y Charlie también aplaudían, orgullosos y sorprendidos los dos por su hermano menor; Harry, Neville y Ginny palmeaban a Ron en la espalda, quien se veía muy orgulloso de su primer logro en Hogwarts; y Hermione, aprovechando que todos estaban distendidos, tomó a Ron por los hombros y lo volvió a besar como el día anterior.
Mientras tanto, Charlie aprovechaba para tomar un respiro; se había visto obligado a leer sin pausa por varios minutos y nervioso como estaba, la voz ya le estaba comenzando a fallar. Pronto la sala comenzó a normalizarse y todos volvían a sus asientos mientras Charlie abría el libro y buscaba la página. Antes de reiniciar la lectura, Hermione le susurró a Ron en el oído: —Gracias, mi amor.
Harry se puso de pie. Le faltaba el aire. Ron estaba allí, con la varita todavía levantada, contemplando su obra.
Hermione fue la que habló primero.
—¿Está... muerto?
—No lo creo —dijo Harry—. Supongo que está desmayado.
Se inclinó y retiró su varita de la nariz del trol. Estaba cubierta por una gelatina gris.
Nuevamente, Fleur volvió a ponerse verde por el asco, pero esta vez no sólo se dio cuenta Bill sino también Molly, quien frunció el ceño suspicaz.
—Puaj... qué asco.
La limpió en la piel del trol.
Un súbito portazo y fuertes pisadas hicieron que los tres se sobresaltaran. No se habían dado cuenta de todo el ruido que habían hecho, pero, por supuesto, abajo debían haber oído los golpes y los gruñidos del trol. Un momento después, la profesora McGonagall entraba apresuradamente en la habitación, seguida por Snape y Quirrell, que cerraban la marcha.
—¡En buena hora llega la ayuda!—exclamó Molly entre histérica y sarcástica.
Quirrell dirigió una mirada al monstruo, se le escapó un gemido y se dejó caer en un inodoro, apretándose el pecho.
—Canalla—masculló Ron con voz gélida.
Snape se inclinó sobre el trol. La profesora McGonagall miraba a Ron y Harry. Nunca la habían visto tan enfadada.
—Ya es la segunda vez con ustedes—señaló George sorprendido—. Debe de quererlos mucho—agregó provocando las risas de todos.
Tenía los labios blancos. Las esperanzas de ganar cincuenta puntos para Gryffindor se desvanecieron rápidamente de la mente de Harry.
—¿Realmente creíste que ibas a ser tan afortunado?—le preguntó Ginny sarcástica a su novio.
Harry se encogió de hombros. —Un chico puede soñar, ¿no?
—¿En qué estabais pensando, por todos los cielos?—dijo la profesora McGonagall, con una furia helada. Harry miró a Ron, todavía con la varita levantada—. Tenéis suerte de que no os haya matado. ¿Por qué no estabais en los dormitorios?
Snape dirigió a Harry una mirada aguda e inquisidora. Harry clavó la vista en el suelo. Deseó que Ron pudiera esconder la varita.
Entonces, una vocecita surgió de las sombras.
—Por favor, profesora McGonagall... Me estaban buscando a mí.
—¡Hermione Granger!
Hermione finalmente se había puesto de pie.
—Yo vine a buscar al trol porque yo... yo pensé que podía vencerlo, porque, ya sabe, había leído mucho sobre el tema.
Todos quedaron sorprendidos.
—¿Quién eres, y que hiciste con Hermione Granger?—preguntó Ginny con los ojos muy abiertos.
—Tranquila, Ginny, es ella misma—intervino Harry aunque con un dejo de sarcasmo—. Recuerda que dice que leyó mucho sobre el tema y…
—Oh, cállense los dos—gruñó Hermione quien sonreía pese a que todos se reían de la situación.
Ron dejó caer su varita. ¿Hermione Granger diciendo una mentira a su profesora?
—Mi punto precisamente—musitó Ginny; sólo Harry la oyó y tuvo que esforzarse por no reír.
—Si ellos no me hubieran encontrado, yo ahora estaría muerta. Harry le clavó su varita en la nariz y Ron lo hizo golpearse con su propio bastón. No tuvieron tiempo de ir a buscar ayuda. Estaba a punto de matarme cuando ellos llegaron.
Harry y Ron trataron de no poner cara de asombro.
—Y fallaron en el intento—aclaró Hermione como quiere no quiere la cosa, provocando que todos se rieran de la cara de ultraje que ponían sus dos amigos.
—Bueno... en ese caso —dijo la profesora McGonagall, contemplando a los tres niños—... Hermione Granger, eres una tonta. ¿Cómo creías que ibas a derrotar a un trol gigante tú sola?
Hermione bajó la cabeza. Harry estaba mudo. Hermione era la última persona que haría algo contra las reglas, y allí estaba, fingiendo una infracción para librarlos a ellos del problema. Era como si Snape empezara a repartir golosinas.
Neville reprimió un escalofrío. —No creo que sea precisamente una feliz experiencia.
—Y que lo digas—respondió George seriamente.
—Hermione Granger, por esto Gryffindor perderá cinco puntos —dijo la profesora McGonagall—. Estoy muy desilusionada por tu conducta. Si no te ha hecho daño, mejor que vuelvas a la torre Gryffindor. Los alumnos están terminando la fiesta en sus casas.
Hermione se marchó.
La profesora McGonagall se volvió hacia Harry y Ron.
—Bueno, sigo pensando que tuvisteis suerte, pero no muchos de primer año podrían derrumbar a esta montaña. Habéis ganado cinco puntos cada uno para Gryffindor. El profesor Dumbledore será informado de esto. Podéis iros.
—¡Bah!—se quejó Ginny—. Debería haberles dado más puntos.
—Tuvimos suerte de que no nos sacaran más puntos—replicó Harry.
—Aun así, no todos los días tres chicos de once años derrotan a un trol y viven para contarlo—señaló Bill seriamente—. Es extraño que esto no se haya sabido fuera de Hogwarts…
—Créeme, Bill—intervino Percy—; nadie de Hogwarts supo esto, sólo los que vieron al trol. La versión oficial es que los profesores se deshicieron del monstruo.
Nadie dijo nada, pero algunos (Molly y Fleur, sobre todo) ya empezaban a dudar de que no hubiera lugar en el mundo más seguro que Hogwarts.
Salieron rápidamente y no hablaron hasta subir dos pisos. Era un alivio estar fuera del alcance del olor del trol, además del resto.
—Tendríamos que haber obtenido más de diez puntos—se quejó Ron.
—Cinco, querrás decir; una vez que se descuenten los de Hermione.
—Se portó muy bien al sacarnos de este lío—admitió Ron—. Claro que nosotros la salvamos.
—No habría necesitado que la salváramos si no hubiéramos encerrado esa cosa con ella—le recordó Harry.
—Buen punto, colega—admitió Ron sonriendo.
Habían llegado al retrato de la Dama Gorda.
—Hocico de cerdo—dijeron, y entraron.
La sala común estaba llena de gente y ruidos. Todos comían lo que les habían subido. Hermione, sin embargo, estaba sola, cerca de la puerta, esperándolos. Se produjo una pausa muy incómoda. Luego, sin mirarse, todos dieron: «Gracias» y corrieron a buscar platos para comer.
Pero desde aquel momento Hermione Granger se convirtió en su amiga. Hay algunas cosas que no se pueden compartir sin terminar unidos, y derrumbar un trol de tres metros y medio es una de esas cosas.
Charlie marcó la página y cerró el libro, pero mientras algunos se reían y comentaban sobre lo "normal" que había sido la forma en que Harry y Ron se hicieron amigos de Hermione, Bill tenía otras preocupaciones.
—No te veo muy bien, Fleur. Estás un poco verde desde hace un rato—señaló con el ceño fruncido.
—Son nauseas otga vez, cgeo que…—pero no alcanzó a terminar la frase; se levantó abruptamente con la mano en la boca y corrió al baño más cercano con Bill detrás de ella, dejando a todos en la sala anonadados y en un abrupto silencio.
—¿Le habrá caído mal algo que comió?—preguntó Percy con el ceño fruncido.
—Comió lo mismo que nosotros y nadie más está así—replicó Angelina.
—¡Pero ella comió muchas más cantidades!—señaló Ginny—. ¡Comió aún más que Charlie y Ron!
—Yo creo—intervino Molly, quien pese a la situación parecía comenzar a sonreír—que no nos deberíamos preocupar por Fleur. Después de todo—agregó y esta vez nadie tuvo dudas de que sonreía—, les puedo asegurar que no hay nada más maravilloso para ella que esto.
