Hola a todos! Bienvenidos otro domingo más a esta historia! :D

Wow. Este va a ser el último capítulo del año. No solo del año, el último capítulo de la década. En el siguiente, estaremos en 2020! Así que de entrada os digo: feliz año nuevo! :D

Como siempre, muchas gracias a todos los que habéis dejado reviews en el capítulo anterior: BellaBlackEvans, AndreaQuebedo, GabyRojas, Fox McCloude, Pabloss98, Zero, Klara Potter, Winterbell4869, Lupin y CH-Hyacinth. Mil gracias! Hoy no hay respuestas individuales porque se me ha hecho tarde para subir el capítulo y no quiero haceros esperar más. Sorry!

Debo decir, me ha gustado mucho escribir este capítulo. Espero que a vosotros también os guste leerlo :3

A leer!

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Entonces supo adónde lo llevaba. Aquello debía de ser la vivienda de Dumbledore.

Fin del capítulo — dijo Corner, visiblemente aliviado. Dejó el libro y bajó de la tarima, dirigiéndose directamente hacia el lugar que había ocupado antes junto a otros Ravenclaw de su año.

Ginny soltó un resoplido.

Harry no lo diría en voz alta, pero parecía que a la relación entre esos dos le quedaba muy, muy poco tiempo.

Sin perder un segundo, Dumbledore se puso en pie y volvió a tomar el libro.

— El siguiente capítulo se titula: La poción multijugos anunció. Se escucharon jadeos y murmullos llenos de intriga. — ¿Quién se ofrece voluntario para leer?

Varias personas levantaron la mano. Harry oyó a Hermione coger aire antes de ponerse en pie, atrayendo la mirada de todos.

— Yo lo haré — dijo con voz firme. Ron la miraba con la boca abierta y Harry suponía que su propia cara de sorpresa debía ser muy similar.

Hermione parecía decidida, aunque le temblaban ligeramente las manos. Tras unos segundos, el director asintió y Hermione caminó con la cabeza bien alta hasta la tarima, donde abrió el libro por el capítulo marcado.

La poción multijugos — leyó.

Esta vez, la mayoría de gente se quedó en silencio absoluto. Los profesores miraban a Hermione con cautela, claramente divididos entre los que pensaban que el trío había sido incapaz de completar la poción y entre los que creían que era muy posible que lo hubieran hecho. En este último grupo se encontraba Snape, cuya expresión desde el momento en el que Hermione se había ofrecido para leer habría sido suficiente para provocarle pesadillas a más de una persona.

Harry y Ron intercambiaron miradas, nerviosos. Ninguno llegaba a entender del todo por qué Hermione se había ofrecido voluntaria para leer, pero definitivamente no pensaban que fuera buena idea.

Dejaron la escalera de piedra y la profesora McGonagall llamó a la puerta. Ésta se abrió silenciosamente y entraron. La profesora McGonagall pidió a Harry que esperara y lo dejó solo.

Harry miró a su alrededor. Una cosa era segura: de todos los despachos de profesores que había visitado aquel año, el de Dumbledore era, con mucho, el más interesante. Si no hubiera tenido tanto miedo a ser expulsado del colegio, habría disfrutado observando todo aquello.

Harry vio a Dumbledore sonreír. El enfado contra el profesor que había tenido desde hacía meses regresó con fuerza, haciendo que tuviera que luchar para no rodar los ojos ante la muestra de felicidad del director.

Era una sala circular, grande y hermosa, en la que se oía multitud de leves y curiosos sonidos. Sobre las mesas de patas largas y finísimas había chismes muy extraños que hacían ruiditos y echaban pequeñas bocanadas de humo. Las paredes aparecían cubiertas de retratos de antiguos directores, hombres y mujeres, que dormitaban encerrados en los marcos. Había también un gran escritorio con pies en forma de zarpas, y detrás de él, en un estante, un sombrero de mago ajado y roto: era el Sombrero Seleccionador.

Los que jamás habían pisado el despacho de Dumbledore escuchaban con atención. Algunos tenían incluso la boca abierta, y Harry escuchó a más de uno murmurar lo mucho que le gustaría ver todo eso en persona.

Harry dudó. Echó un cauteloso vistazo a los magos y brujas que había en las paredes. Seguramente no haría ningún mal poniéndoselo de nuevo. Sólo para ver si…, sólo para asegurarse de que lo había colocado en la casa correcta.

— ¡Claro que te colocó en la casa correcta! — bufó McGonagall, ofendida.

Harry hizo una mueca. El resto de Gryffindor parecía tan molesto y sorprendido como McGonagall.

— ¿Dónde vas a estar mejor que en Gryffindor? — dijo Angelina.

— Piensa en la cantidad de partidos de Quidditch que habríamos perdido sin ti — añadió Wood, a quien parecía dolerle con solo pensarlo.

— Lo sé, lo sé — se defendió Harry.

No podían culparlo por haber dudado. Entre sus habilidades para hablar pársel, toda la historia del heredero de Slytherin, las palabras del sombrero en su primera noche en Hogwarts… Había tenido muchos motivos para dudar.

— Eres idiota — declaró Ron tranquilamente. Al ver la cara de indignación de Harry, se encogió de hombros y añadió: — Ya te lo hemos dicho. Eres demasiado Gryffindor como para pertenecer a otra casa. Eres el único que lo duda.

— Ya no lo dudo — replicó Harry.

Se acercó sigilosamente al escritorio, cogió el sombrero del estante y se lo puso despacio en la cabeza. Era demasiado grande y se le caía sobre los ojos, igual que en la anterior ocasión en que se lo había puesto.

— A mí no se me caía cuando me lo puse — comentó un Hufflepuff de sexto.

— Eso es porque eres un cabezón — replicó un amigo suyo, ganándose un almohadazo en toda la frente.

Harry esperó pero no pasó nada. Luego, una sutil voz le dijo al oído:

¿No te lo puedes quitar de la cabeza, eh, Harry Potter?

— ¿Eso está permitido? — preguntó Malfoy arrastrando las palabras. — ¿Cualquiera puede entrar al despacho del director y probarse el sombrero?

— No veo por qué no — respondió el propio Dumbledore.

Ligeramente ruborizado, Malfoy cerró la boca.

Mmm, no —respondió Harry—. Esto…, lamento molestarte, pero quería preguntarte…

Te has estado preguntando si yo te había mandado a la casa acertada —dijo acertadamente el sombrero—. Sí…, tú fuiste bastante difícil de colocar. Pero mantengo lo que dije… aunque —Harry contuvo la respiración— podrías haber ido a Slytherin.

— De eso nada — bufó Nott.

No fue el único. Muchos alumnos protestaron, tanto de Slytherin como de Gryffindor.

El corazón le dio un vuelco. Cogió el sombrero por la punta y se lo quitó. Quedó colgando de su mano, mugriento y ajado. Algo mareado, lo dejó de nuevo en el estante.

Te equivocas —dijo en voz alta al inmóvil y silencioso sombrero. Éste no se movió. Harry se separó un poco, sin dejar de mirarlo.

— ¿Para qué le preguntas si no quieres saber la respuesta? — preguntó Michael Corner.

A Harry le sorprendió su tono de voz. Parecía que el chico estuviera enfadado con él.

— ¿Para qué haces preguntas estúpidas si no te importa la respuesta? — replicó Ginny.

Se escucharon jadeos. Varias personas, que sabían que Ginny y Michael eran novios, parecían sumamente interesadas en lo que estaba sucediendo. De reojo, Harry vio a Lavender y Parvati inclinarse en sus asientos, con los ojos como platos fijos en Ginny y Corner.

Sin embargo, antes de que Corner pudiera replicar, Hermione siguió leyendo.

Entonces, un ruido como de arcadas le hizo volverse completamente.

— ¿De arcadas? — preguntó Dennis Creevey. Era la primera vez que hablaba desde que habían leído lo de Colin. — ¿El profesor Dumbledore estaba enfermo?

— No era él — aclaró Harry.

Podía sentir que Corner lo fulminaba con la mirada desde su asiento. Ginny estaba furiosa, si la forma en la que retorcía los bordes de la almohada en la que estaba sentada era indicativa de algo.

No estaba solo. Sobre una percha dorada detrás de la puerta, había un pájaro de aspecto decrépito que parecía un pavo medio desplumado.

— Pobre Fawkes — se oyó murmurar a Tonks.

Harry lo miró, y el pájaro le devolvió una mirada torva, emitiendo de nuevo su particular ruido. Parecía muy enfermo. Tenía los ojos apagados y, mientras Harry lo miraba, se le cayeron otras dos plumas de la cola.

Muchos de los alumnos que no sabían que Dumbledore tenía un fénix parecían muy confusos.

Estaba pensando en que lo único que le faltaba es que el pájaro de Dumbledore se muriera mientras estaba con él a solas en el despacho, cuando el pájaro comenzó a arder.

Se escucharon gritos.

— ¡No puede ser! — bufó Ernie Macmillan.

— Pobrecito — gimió Lavender.

No era la única que sentía pena por el pobre Fawkes.

— Tienes muy mala suerte — dijo Lupin, compadeciéndose de Harry. A su lado, Sirius tenía la boca abierta.

— ¿Cómo puedes ser tan gafe? — exclamó su padrino. — Esto ya no es normal.

Harry bufó.

— Créeme, llevo años haciéndome esa pregunta.

Harry profirió un grito de horror y retrocedió hasta el escritorio. Buscó por si hubiera cerca un vaso con agua, pero no vio ninguno.

— Aguamenti — dijo un alumno de séptimo como si fuera lo más obvio del mundo. Harry lo miró mal.

— Estaba en segundo — le recordó al chico. — Aún no había estudiado ese hechizo.

El pájaro, mientras tanto, se había convertido en una bola de fuego; emitió un fuerte chillido, y un instante después no quedaba de él más que un montoncito humeante de cenizas en el suelo.

Algunos escuchaban con horror.

La puerta del despacho se abrió. Entró Dumbledore, con aspecto sombrío.

Profesor —dijo Harry nervioso—, su pájaro…, no pude hacer nada…, acaba de arder…

Para sorpresa de Harry, Dumbledore sonrió.

Varios alumnos miraron a Dumbledore como si estuviera loco. Sin embargo, el director ya estaba más que acostumbrado a esas miradas y ni siquiera se inmutó.

Ya era hora —dijo—. Hace días que tenía un aspecto horroroso. Yo le decía que se diera prisa.

Se rió de la cara atónita que ponía Harry.

En el presente, algunos profesores sonreían. Hagrid parecía divertirse con la escena.

— ¿Que se diera prisa? ¿En morir? — preguntó Hannah Abbott. Tenía los ojos muy abiertos y observaba a Dumbledore con cautela.

Antes de que Dumbledore pudiera responder, Hermione siguió leyendo, exasperada. Harry supuso que la chica no podía creer que hubiera gente que no entendiera qué clase de criatura era Fawkes.

Fawkes es un fénix, Harry. Los fénix se prenden fuego cuando les llega el momento de morir, y luego renacen de sus cenizas. Mira…

Harry dirigió la vista hacia la percha a tiempo de ver un pollito diminuto y arrugado que asomaba la cabeza por entre las cenizas. Era igual de feo que el antiguo.

Muchos respiraron aliviados.

— ¿Sigue vivo? — preguntó un alumno de primero.

Dumbledore asintió con una sonrisa.

— Los fénix son inmortales — explicó. Por su tono de voz, parecía que estuviera dando clase. — Durante su vida, se queman y renacen de sus cenizas constantemente, sumidos en un ciclo vital que nunca termina.

Es una pena que lo hayas tenido que ver el día en que ha ardido —dijo Dumbledore, sentándose detrás del escritorio—. La mayor parte del tiempo es realmente precioso, con sus plumas rojas y doradas. Fascinantes criaturas, los fénix. Pueden transportar cargas muy pesadas, sus lágrimas tienen poderes curativos y son mascotas muy fieles.

El tono de Hermione también parecía el propio de una clase de cuidado de criaturas mágicas.

Con el susto del incendio de Fawkes, Harry se había olvidado del motivo por el que se encontraba allí, pero lo recordó en cuanto Dumbledore se sentó en su silla de respaldo alto, detrás del escritorio, y fijó en él sus ojos penetrantes, de color azul claro.

Durante un momento, Justin pareció molesto porque Harry se hubiera olvidado de por qué había acabado en el despacho del director.

Sin embargo, antes de que el director pudiera decir otra palabra, la puerta se abrió de improviso e irrumpió Hagrid en el despacho con expresión desesperada, el pasamontañas mal colocado sobre su pelo negro, y el gallo muerto sujeto aún en una mano.

— Este capítulo está siendo surrealista — dijo Bill Weasley, totalmente sorprendido.

— No para de pasar una cosa tras otra — asintió Charlie. — No sé cómo no te da algo con tanto estrés, Harry.

Harry se preguntaba lo mismo.

¡No fue Harry, profesor Dumbledore! —dijo Hagrid deprisa—. Yo hablaba con él segundos antes de que hallaran al muchacho, señor, él no tuvo tiempo…

— Claro que no fue él — dijo Sirius. — ¿Cómo podría un crío de segundo petrificar un fantasma?

— ¿Cómo podría un despiadado asesino escapar de la zona de alta seguridad de Azkaban? — intervino la profesora Umbridge con voz dulce.

Se hizo el silencio. Sorprendido, Sirius miró directamente a Umbridge, quien sonreía falsamente.

— Utilizando el cerebro, cosa que usted nunca ha hecho — replicó Sirius.

Se oyeron jadeos y alguna risita. La profesora, completamente ofendida, abrió la boca para responder algo hiriente, pero Hermione siguió leyendo como si no se hubiera dado cuenta.

Dumbledore trató de decir algo, pero Hagrid seguía hablando, agitando el gallo en su desesperación y esparciendo las plumas por todas partes.

— No voy a tolerar que…. — intentó interrumpir Umbridge, pero Hermione continuó con la lectura.

—… No puede haber sido él, lo juraré ante el ministro de Magia si es necesario…

— ¡Esto es una falta de respeto! — exclamó la profesora. A su lado, Fudge también parecía molesto, si bien su nivel de enfado no llegaba al de la furia de Umbridge.

Hagrid, yo…

Usted se confunde de chico, yo sé que Harry nunca…

— ¡Niña! ¡Deja de leer! — chilló Umbridge.

Mientras Hermione y Umbridge tenían esa batalla, la señora Weasley le sonreía ampliamente a Hagrid, agradeciéndole con la mirada el haber estado ahí para defender a Harry. Sirius también parecía agradecido.

¡Hagrid! —dijo Dumbledore con voz potente—, yo no creo que Harry atacara a esas personas.

Ron se estiró para susurrarle a Harry:

— ¿Te das cuenta de que ningún profesor está defendiendo a Umbridge? Creo que no ha hecho muchos amigos…

Tenía toda la razón. Incluso Snape, que odiaba a Hermione, no estaba aprovechando esa ocasión para ridiculizarla en público ni para castigarla.

Parece que habían encontrado a alguien a quien Snape toleraba aún menos que a Hermione.

¿Ah, no? —dijo Hagrid, y el gallo dejó de balancearse a su lado—. Bueno, en ese caso, esperaré fuera, señor director.

Y, con cierto embarazo, salió del despacho.

Se oyeron risas.

— ¡Suficiente! — volvió a chillar Umbridge, poniéndose en pie. Su mirada furiosa pasaba desde Hermione hasta Sirius, así como sobre las caras de los alumnos que reían por lo bajo.

— Dolores — habló Dumbledore calmadamente. — ¿Tiene usted algo que decir?

— ¡Por supuesto! — exclamó ella, indignada. — No me puedo creer la falta de educación y respeto de este colegio. ¡Exijo que…!

— Lo siento si no me he expresado bien, Dolores — interrumpió Dumbledore. — Con algo que decir, me refiero a algo relevante para la lectura.

De nuevo, se oyeron risas y jadeos. Fudge estaba blanco.

— ¡Ya está bien! — estalló el ministro. Muchas de las risas pararon al ver su expresión. El hombre se había puesto en pie y los miraba a todos como si estuviera loco. — Desde que comenzamos la lectura, ha habido una falta de respeto tras otra. ¡Soy el ministro y Dolores es la Suma Inquisidora de Hogwarts! Basta ya de tonterías y de comentarios innecesarios.

— Precisamente — intervino McGonagall. — Si la Suma Inquisidora no hubiera hecho un comentario innecesario, no estaríamos teniendo esta discusión.

— ¿Cómo te atreves? — le espetó Umbridge.

McGonagall la miró como quien mira a un bicho que ha entrado por la ventana.

— Exijo una disculpa — declaró Umbridge, roja de ira. — Y tú serás la primera, jovencita — añadió, dirigiéndose directamente a Hermione.

A Harry le dieron ganas de levantarse y aplaudir cuando Hermione, con cara de malas pulgas, se giró para encarar a Umbridge y dijo:

— Discúlpese con Sirius Black y yo me disculparé con usted.

Se volvieron a oír jadeos de sorpresa. Algunos miraban a Hermione como si fuera totalmente impredecible. En cierto modo, Harry creía que lo era.

— ¿Cómo te atreves? — exclamó Umbridge, furiosa.

— Creo que no es una petición descabellada, Dolores — dijo McGonagall con calma. Sin embargo, la furia en sus ojos era más que obvia.

Con la boca abierta, totalmente muda de la impresión, la profesora Umbridge parecía incapaz de responder. Fudge no estaba en mejor condición que ella.

— No voy a tolerar esto — consiguió decir el ministro, escupiendo las palabras. — Ahora mismo me marcho de aquí. La lectura queda cancelada. ¡Y usted! — gritó, dirigiéndose a Dumbledore. — ¡Dejará de ser el director del colegio en menos de lo que canta un gallo!

En ese momento, se abrieron las puertas del comedor. Harry no necesitó girarse para saber que había entrado uno de los misteriosos encapuchados.

— ¿Qué está pasando aquí? — preguntó el desconocido, con la voz hechizada a la que tan acostumbrados estaban ya todos. — Le parecerá bonito, ministro, malgastar el tiempo peleando como niños de primero.

Fudge pareció inmensamente ofendido. Sin embargo, la profesora Umbridge se lo tomó aún peor.

— ¡Ustedes! Ustedes tienen la culpa de que todos los alumnos se estén desmelenando y estén desafiando a la autoridad — escupió. — ¡Se acabó! Ya ha oído al ministro. Recoja sus estúpidos libros y váyase inmediatamente del colegio, usted y todos sus compañeros.

— No — replicó el encapuchado tranquilamente.

Harry saltó en su asiento al ver que el desconocido sacaba una varita. Antes de que Harry pudiera reaccionar, él había hecho un gesto tajante con la varita que había mandado volando a Fudge y a Umbridge a sus respectivos asientos.

— La lectura va a continuar, quieran ustedes o no — dijo, guardando la varita. Los únicos que habían reaccionado eran los miembros de la Orden. De reojo, Harry vio a Tonks y Kingsley guardar sus varitas, mientras que Moody todavía la tenía en la mano, y creyó ver a Lupin escondiendo su varita en la manga de su túnica.

Fudge abrió la boca para protestar, pero el encapuchado se le adelantó:

— No tenemos tiempo que perder. Hermione, — la chica pegó un salto — sigue leyendo, por favor.

Y sin darle tiempo a nadie a replicar, Hermione siguió leyendo.

¿Usted no cree que fui yo, profesor? —repitió Harry esperanzado, mientras Dumbledore limpiaba la mesa de plumas.

No, Harry —dijo Dumbledore, aunque su rostro volvía a ensombrecerse—. Pero aun así quiero hablar contigo.

Todavía anonadado por lo que acababa de suceder, Harry sintió una punzada al escuchar esas palabras, seguida de otra oleada de resentimiento hacia el director. ¿Cómo habían llegado a esa situación, en la que Dumbledore ya ni siquiera quería mirarlo a los ojos?

Mientras tanto, todo el comedor se hallaba sumido en el silencio, asimilando lo que acababa de pasar y temiendo decir algo en caso de que el encapuchado (o Umbridge, o Fudge) volvieran a enfadarse. De hecho, el encapuchado no se había marchado del comedor, sino que se había quedado de pie junto a la puerta, vigilando.

Harry aguardó con ansia mientras Dumbledore lo miraba, juntando las yemas de sus largos dedos.

Quiero preguntarte, Harry, si hay algo que te gustaría contarme —dijo con amabilidad—. Lo que sea.

A Harry le dio un escalofrío.

Hermione siguió leyendo con voz suave.

Harry no supo qué decir. Pensó en Malfoy gritando: «¡Los próximos seréis los sangre sucia!», y en la poción multijugos, que hervía a fuego lento en los aseos de Myrtle la Llorona. Luego pensó en la voz que no salía de ningún sitio, oída en dos ocasiones, y recordó lo que Ron le había dicho: «Oír voces que nadie más puede oír no es buena señal, ni siquiera en el mundo de los magos.» Pensó, también, en lo que todo el mundo comentaba sobre él, y en su creciente temor a estar de alguna manera relacionado con Salazar Slytherin…

No —respondió Harry—, no tengo nada que contarle.

Hubo unos segundos de silencio. La expresión en el rostro de Dumbledore denotaba tristeza.

— Me habría gustado que confiaras en mí — dijo el director suavemente.

Harry no dijo nada. Sin embargo, alguien sí que lo hizo.

Desde la puerta, donde el encapuchado se encontraba apoyado, se escuchó un bufido bien alto y claro.

Sorprendido, Harry se giró a mirar al encapuchado, al igual que la mayoría de estudiantes. Dumbledore lo observaba con una expresión neutral.

— Sigue leyendo, Hermione — dijo el encapuchado de mala gana. La chica obedeció sin rechistar.

Harry no comprendía lo que acababa de suceder y, a juzgar por la expresión de Ron, él tampoco.

La doble agresión contra Justin y Nick Casi Decapitado convirtió en auténtico pánico lo que hasta aquel momento había sido inquietud. Curiosamente, resultó ser el destino de Nick Casi Decapitado lo que preocupaba más a la gente. Se preguntaban unos a otros qué era lo que podía hacer aquello a un fantasma; qué terrible poder podía afectar a alguien que ya estaba muerto. La gente se apresuró a reservar sitio en el expreso de Hogwarts para volver a casa en Navidad.

— Normal que la gente saliera corriendo — dijo Angelina en voz baja. — Yo no me habría quedado ni loca.

Si sigue así la cosa, sólo nos quedaremos nosotros —dijo Ron a Harry y Hermione—. Nosotros, Malfoy, Crabbe y Goyle. Serán unas vacaciones deliciosas.

Goyle soltó un gruñido, mirando fijamente a Harry, quien tuvo que contener las ganas de rodar los ojos.

Crabbe y Goyle, que siempre hacían lo mismo que Malfoy, habían firmado también para quedarse en vacaciones. Pero Harry estaba contento de que la mayor parte de la gente se fuera. Estaba harto de que se hicieran a un lado cuando circulaba por los pasillos, como si fueran a salirle colmillos o a escupir veneno; harto de que a su paso los demás murmuraran, le señalaran y hablaran en voz baja.

— Imbéciles — bufó Ron. Nadie pudo recriminarle el insulto, ya que, por un lado, los estudiantes que no habían vivido aquel año en Hogwarts no podían creer que Harry hubiera sido considerado capaz de petrificar un fantasma, mientras que los que sí que habían vivido en el colegio aquel año estaban viendo los hechos desde el punto de vista de Harry y comprendiendo que era imposible que un crío de segundo consiguiera petrificar a nadie por sí mismo.

Fred y George, sin embargo, encontraban todo aquello muy divertido. Le salían al paso y marchaban delante de él por los corredores gritando:

Abran paso al heredero de Slytherin, aquí llega el brujo malvado de veras…

Algunos rieron, incluido Sirius. Harry, agradecido, sonrió cuando Fred le guiñó un ojo.

Percy desaprobaba tajantemente este comportamiento.

No es asunto de risa —decía con frialdad.

Quítate del camino, Percy —decía Fred—. Harry tiene prisa.

Sí, va a la Cámara de los Secretos a tomar el té con su colmilludo sirviente — decía George, riéndose.

— Colmilludo era — resopló Harry en voz baja. Se arrepintió al instante al ver que a Ginny le daba un escalofrío. — Perdón — añadió rápidamente.

Ella le sonrió, aunque era más una mueca que una sonrisa verdadera.

— Tranquilo. Es que de pronto he recordado cuando desperté y esa cosa te había mordido…

Harry tuvo que luchar contra el escalofrío que recorría su espalda.

Ginny tampoco lo encontraba divertido.

¡Ah, no! —gemía cada vez que Fred preguntaba a Harry a quién planeaba atacar a continuación, o cuando, al encontrarse con Harry, George hacía como que se protegía de Harry con un gran diente de ajo.

Fred y George intercambiaron miradas.

— Vamos a pasar todo el libro leyendo lo estúpidos que fuimos — declaró George en voz baja.

— Gin, la próxima vez que estés en apuros, dilo directamente — dijo Fred con una mueca. — Porque claramente no somos capaces de ver más allá de nuestras narices.

A Harry no le importaba; incluso le aliviaba que Fred y George pensaran que la idea del heredero de Slytherin era para tomársela a guasa. Pero sus payasadas parecían enervar a Draco Malfoy, que se amargaba más cada vez que los veía con aquel pitorreo.

Eso es porque está rabiando de ganas de decir que es él —dijo Ron sentenciosamente—. Ya sabéis cómo aborrece que se le gane en cualquier cosa, y tú te estás llevando toda la gloria de su sucio trabajo.

— De eso nada— protestó Malfoy. — Me molestaba que Potter se tomara a broma la herencia de Slytherin.

Harry supuso que, si el misterio hubiera estado relacionado con Gryffindor en vez de con Slytherin y Malfoy se jactara de ser su descendiente, él también se enfadaría. Por ello, no replicó nada, ganándose un par de miradas confusas de Ron, Dean y Seamus.

No durante mucho tiempo —dijo Hermione en tono satisfecho—. La poción multijugos ya está casi lista. Cualquier día revelaremos la verdad sobre él.

La voz de Hermione se había endurecido al leer eso.

Con una punzada de nervios, Harry se dio cuenta de que había llegado el momento. El ambiente ya estaba muy tenso debido al estallido de Umbridge y de Fudge. ¿Qué harían los profesores cuando se supiera lo de la poción?

De momento, la mayoría de gente se mostraba escéptica. Snape se había inclinado un poco hacia delante en su asiento, o quizá Harry estaba tan nervioso que empezaba a ver cosas que no eran.

Por fin concluyó el trimestre, y sobre el colegio cayó un silencio tan vasto como la nieve en los campos. Más que lúgubre, a Harry le pareció tranquilizador, y se alegró de que él, Hermione y los Weasley pudieran gobernar la torre de Gryffindor, lo que quería decir que podían jugar al snap explosivo dando voces y sin molestar a nadie, o podían batirse en privado.

A pesar de todo, Harry recordaba esos días con cariño.

Fred, George y Ginny habían preferido quedarse en el colegio a ir a visitar a Bill a Egipto con sus padres.

— Vosotros os lo perdéis — dijo Bill, aunque sonreía. Ginny le sacó la lengua.

Percy, que desaprobaba lo que llamaba su infantil comportamiento, no pasaba mucho tiempo en la sala común de Gryffindor. Ya les había dicho en tono presuntuoso que se quedaba en Navidad porque era el deber de un prefecto ayudar a los profesores durante los períodos difíciles.

Percy parecía sumamente incómodo. Harry había notado que el chico no había hecho ningún intento por defender a Fudge o a Umbridge durante la discusión.

Amaneció el día de Navidad, frío y blanco. Hermione despertó temprano a Harry y Ron, los únicos que quedaban en aquel dormitorio. Iba ya vestida y llevaba regalos para ambos.

¡Despertad! —dijo en voz alta, abriendo las cortinas de la ventana.

Hermione…, sabes que no puedes entrar aquí —dijo Ron, protegiéndose los ojos de la luz.

— ¿Por qué las chicas pueden entrar al dormitorio de chicos pero los chicos no pueden entrar al de chicas? — preguntó un alumno de tercero de Gryffindor.

— Porque así son las reglas — replicó McGonagall, todavía de mal humor.

Feliz Navidad a ti también —le dijo Hermione, arrojándole su regalo—.

— Espero que se lo arrojaras de verdad y le dieras en la cabeza — dijo Ginny en voz alta. Hermione le sonrió débilmente.

Me he levantado hace casi una hora, para añadir más crisopos a la poción.

Cogió aire antes de leer:

Ya está lista.

El silencio expectante regresó al comedor. Harry se notaba más nervioso a cada momento.

Harry se sentó en la cama, despertando por completo de repente.

¿Estás segura?

Del todo —dijo Hermione, apartando a la rata Scabbers para poder sentarse a los pies de la cama—. Si nos decidimos a hacerlo, creo que tendría que ser esta noche.

— Es imposible — dijo la profesora Sprout, aunque tenía los ojos muy abiertos y miraba a Hermione con cautela.

Snape, por el contrario, parecía estar listo para explotar.

En aquel momento, Hedwig aterrizó en el dormitorio, llevando en el pico un paquete muy pequeño.

Hola —dijo contento Harry, cuando la lechuza se posó en su cama—, ¿me hablas de nuevo?

— ¿Hablar? — preguntó Cormac McLaggen con una ceja arqueada.

— Estaba enfadada desde hacía tiempo — explicó Harry.

La lechuza le picó en la oreja de manera afectuosa, gesto que resultó ser mucho mejor regalo que el que le llevaba, que era de los Dursley. Éstos le enviaban un mondadientes y una nota en la que le pedían que averiguara si podría quedarse en Hogwarts también durante las vacaciones de verano.

Se escucharon gruñidos y bufidos por todas partes. Sirius estaba furioso y Lupin tuvo que darle un puñetazo en el brazo para que dejara de gruñir.

El resto de los regalos de Navidad de Harry fueron bastante más generosos. Hagrid le enviaba un bote grande de caramelos de café con leche que Harry decidió ablandar al fuego antes de comérselos; Ron le regaló un libro titulado Volando con los Cannons, que trataba de hechos interesantes de su equipo favorito de quidditch; y Hermione le había comprado una lujosa pluma de águila para escribir. Harry abrió el último regalo y encontró un jersey nuevo, tejido a mano por la señora Weasley, y un plumcake.

Harry lo escuchaba todo con una sonrisa.

— Qué ganas de que llegue la Navidad — dijo Colin Creevey. No era el único que estaba pensando justamente eso.

Cogió la tarjeta con un renovado sentimiento de culpa, acordándose del coche del señor Weasley, que no habían vuelto a ver desde la colisión con el sauce boxeador, y de la cantidad de infracciones que habían planeado para el futuro inmediato.

Tanto el señor Weasley como la señora Weasley le sonrieron, dejando claro una vez más que no le guardaban ningún rencor por lo sucedido con el coche.

Nadie podía dejar de asistir a la comida de Navidad en Hogwarts, aunque estuviera atemorizado por tener que tomar luego la poción multijugos.

— Robar ingredientes prohibidos es razón suficiente para ser castigados — dijo Snape lentamente. Utilizó el tono aterciopelado que causaba más pesadillas a los alumnos. — Realizar una poción prohibida y peligrosa es motivo para ser expulsados. Beber dicha poción…

Le echó a Harry una mirada envenenada. Harry tragó saliva.

El Gran Comedor relucía por todas partes. No sólo había una docena de árboles de Navidad cubiertos de escarcha, y gruesas serpentinas de acebo y muérdago que se entrecruzaban en el techo, sino que de lo alto caía nieve mágica, cálida y seca. Cantaron villancicos, y Dumbledore los dirigió en algunos de sus favoritos. Hagrid gritaba más fuerte a cada copa de ponche que tomaba.

Hagrid se ruborizó.

Percy, que no se había dado cuenta de que Fred le había encantado su insignia de prefecto, en la que ahora podía leerse «Cabeza de Chorlito», no paraba de preguntar a todos de qué se reían.

Sin poder evitarlo, Fred soltó una risita. Él y Percy cruzaron miradas por un instante, antes de que Percy bajara la cabeza de nuevo. Harry comenzaba a sentirse frustrado, pero no más que Ron, quien observó el intercambio con el ceño fruncido.

Harry ni siquiera se preocupaba por los insidiosos comentarios que desde la mesa de Slytherin hacía Draco Malfoy, en voz alta, sobre su nuevo jersey. Con un poco de suerte, Malfoy recibiría su merecido unas horas después.

Aunque el Slytherin los fulminaba con la mirada, Harry podía notar lo nervioso que estaba.

Harry y Ron apenas habían terminado su tercer trozo de tarta de Navidad, cuando Hermione les hizo salir del salón con ella para ultimar los planes para la noche.

Aún nos falta conseguir algo de las personas en que os vais a convertir —dijo Hermione sin darle importancia, como si los enviara al supermercado a comprar detergente—.

Se oyeron risitas incrédulas.

Y, desde luego, lo mejor será que podáis conseguir algo de Crabbe y de Goyle; como son los mejores amigos de Malfoy, él les contaría cualquier cosa. Y también tenemos que asegurarnos de que los verdaderos Crabbe y Goyle no aparecen mientras lo interrogamos.

Moody asintió, satisfecho con el razonamiento de Hermione. La chica, sin embargo, se estaba poniendo muy roja. Volvió a coger aire antes de leer:

»Lo tengo todo solucionado —siguió ella tranquilamente y sin hacer caso de las caras atónitas de Harry y Ron. Les enseñó dos pasteles redondos de chocolate—. Los he rellenado con una simple pócima para dormir. Todo lo que tenéis que hacer es aseguraros de que Crabbe y Goyle los encuentran. Ya sabéis lo glotones que son; seguro que se los tragan. Cuando estén dormidos, los esconderemos en uno de los armarios de la limpieza y les arrancaremos unos pelos.

El comedor al completo se sumió en un silencio atónito que duró varios segundos. De reojo, Harry vio que Crabbe y Goyle se habían puesto muy pálidos.

Sin embargo, nadie estaba tan sorprendido como el profesorado. La cara de McGonagall se había congelado en una mueca de incredulidad. Flitwick, nervioso, daba saltitos en su asiento, mientras que Sprout tenía la misma expresión de quien está viendo una novela especialmente interesante. Snape estaba furioso, tan furioso que Harry solo se atrevió a mirarlo durante unos segundos. El profesor Dumbledore, sin embargo, estaba totalmente tranquilo.

Respecto a Umbridge, parecía que la dosis de humildad de unos minutos atrás había conseguido que mantuviera la boca cerrada, pero fulminaba a Hermione con la mirada y, definitivamente, la mujer estaba pensando en formas de conseguir que Hermione fuera expulsada del colegio.

Harry y Ron se miraron incrédulos.

Hermione, no creo…

Podría salir muy mal…

— No me lo puedo creer — dijo Lavender, atónita. — Ella es la que está convenciéndolos de romper las normas. No me lo puedo creer — repitió.

— Yo tampoco — respondió Parvati. Muchos asintieron, sorprendidos y, en algunos casos, admirados ante esta nueva faceta de Hermione.

Sin embargo, la chica lo estaba pasando fatal. Tenía la cara muy roja y Harry volvió a preguntarse por qué habría decidido leer ella esa parte.

Pero Hermione los miró con expresión severa, como la que habían visto a veces adoptar a la profesora McGonagall.

McGonagall estaba tan sorprendida que ni siquiera se inmutó al escuchar su nombre.

La poción no nos servirá de nada si no tenemos unos pelos de Crabbe y Goyle —dijo con severidad—. Queréis interrogar a Malfoy, ¿no?

De acuerdo, de acuerdo —dijo Harry—. Pero ¿y tú? ¿A quién se lo vas a arrancar tú?

¡Yo ya tengo el mío! —dijo Hermione alegre, sacando una botellita diminuta de un bolsillo y enseñándoles un único pelo que había dentro de ella—. ¿Os acordáis de que me batí con Millicent Bulstrode en el club de duelo? ¡Al estrangularme se dejó esto en mi túnica! Y se ha ido a su casa a pasar las Navidades. Así que lo único que tengo que decirles a los de Slytherin es que he decidido volver.

— ¿Te aseguraste de que era de Bulstrode? — preguntó Tonks. — Que estuviera en su túnica no quiere decir que fuera suyo.

Hermione hizo una mueca y siguió leyendo sin responder.

Al marcharse Hermione corriendo para ver cómo iba la poción multijugos, Ron se volvió hacia Harry con una expresión fatídica.

¿Habías oído alguna vez un plan en el que pudieran salir mal tantas cosas?

— Desde entonces, sí, muchas veces — murmuró Harry. Ron asintió.

Después de todo, aquello había salido medianamente bien.

Pero, para sorpresa de Harry y de Ron, la primera fase de la operación resultó tan sencilla como Hermione había supuesto. Se escondieron en el vacío vestíbulo después de la merienda de Navidad, esperando a Crabbe y a Goyle, que se habían quedado solos en la mesa de Slytherin, acometiendo cuatro porciones de bizcocho.

Algunos rieron, aunque el ambiente de expectación hacía que nadie quisiera hacer mucho ruido, por si acaso se perdían algo importante.

Harry había dejado los pasteles de chocolate en el extremo del pasamanos. Al ver a Crabbe y Goyle salir del Gran Comedor, Harry y Ron se ocultaron rápidamente detrás de una armadura, junto a la puerta principal.

¿Cuánto puede llegar uno a engordar? —susurró Ron entusiasmado al ver que Crabbe, lleno de alegría, señalaba a Goyle los pasteles y los cogía. Sonriendo de forma estúpida, se metieron los pasteles enteros en la boca. Los masticaron glotonamente durante un momento, poniendo cara de triunfo. Luego, sin el más leve cambio en la expresión, se desplomaron de espaldas en el suelo.

Snape se levantó, furioso. En vez de mirar a Hermione, Harry o Ron, dirigió su mirada directamente a Dumbledore.

— Han drogado a dos alumnos — dijo, tan enfadado que le costaba pronunciar cada sílaba. — Han tratado de realizar una poción prohibida, han robado ingredientes y han drogado a dos alumnos.

— Así es — respondió Dumbledore. Si bien su tono era neutral, sus ojos se habían endurecido.

— Serán expulsados — declaró Snape. Hermione jadeó.

— Nadie será expulsado hasta que terminemos la lectura — le recordó Dumbledore.

Pero el profesor Snape ya no estaba de humor para permitir que el director esquivara su petición.

— Podían haberlos matado — rugió. — Una pócima para dormir hecha por alumnos de segundo podría ser un brebaje fatal. Y lo sabes, Albus.

Dumbledore levantó la vista para mirar a Snape a los ojos. Durante unos momentos, ninguno de los dos dijo nada y a Harry le dio la sensación de que estaban hablando sin pronunciar palabra alguna.

El comedor observaba en silencio. Crabbe y Goyle no parecían especialmente molestos con lo que había sucedido. Malfoy, sin embargo, estaba lívido.

Después de unos segundos, Snape prácticamente ladró:

— ¡Granger! Sigue leyendo.

Asustada, con la voz temblorosa, Hermione le hizo caso.

Lo más difícil fue arrastrarlos hasta el armario, al otro lado del vestíbulo. En cuanto los tuvieron bien escondidos entre las fregonas y los calderos, Harry arrancó un par de pelos como cerdas, de los que Goyle tenía bien avanzada la frente, y Ron arrancó a Crabbe también algunos. Les cogieron asimismo los zapatos, porque los suyos eran demasiado pequeños para el tamaño de los pies de Crabbe y Goyle. Luego, todavía aturdidos por lo que acababan de hacer, corrieron hasta los aseos de Myrtle la Llorona.

La mayoría del comedor estaba completamente estupefacta. Neville tenía los ojos tan abiertos que Harry pensó que se le iban a salir de las cuencas. Dean y Seamus parecían sorprendidos, pero había cierto aire de admiración en sus expresiones que tranquilizó un poco a Harry.

Los Weasley, sin embargo, presentaban tanta variedad que parecía increíble que fueran la misma familia. Percy parecía estar en shock, mientras que Fred y George claramente aplaudían lo que Harry, Ron y Hermione habían hecho. Ginny estaba muy pálida, pero no tanto como la señora Weasley, quien pasó de estar blanca como la cera a ponerse muy, muy roja. El señor Weasley también parecía muy sorprendido, pero no enfadado.

Sirius definitivamente apoyaba el plan del trío, pero Lupin parecía contrariado. Y en cuanto a los profesores, Harry nunca pensó que vería a McGonagall tan sorprendida como para quedarse sin palabras.

Apenas podían ver nada a través del espeso humo negro que salía del retrete en que Hermione estaba removiendo el caldero. Subiéndose las túnicas para taparse la cara, Harry y Ron llamaron suavemente a la puerta.

¿Hermione?

Se oyó el chirrido del cerrojo y salió Hermione, con la cara sudorosa y una mirada inquieta. Tras ella se oía el gluglu de la poción que hervía, espesa como melaza. Sobre la taza del retrete había tres vasos de cristal ya preparados.

— No puede salir bien — dijo Terry Boot, casi en un susurro que se extendió por todo el comedor debido al silencio que había.

— Se van a envenenar — añadió Susan Bones, quien parecía preocupada.

Harry sacó el pelo de Goyle.

Bien. Y yo he cogido estas túnicas de la lavandería —dijo Hermione, enseñándoles una pequeña bolsa—. Necesitaréis tallas mayores cuando os hayáis convertido en Crabbe y Goyle.

Los tres miraron el caldero. Vista de cerca, la poción parecía barro espeso y oscuro que borboteaba lentamente.

Snape hizo un ruido que sonó como un graznido, aumentado gracias al silencio de los estudiantes.

Eso hizo que muchos se inclinaran en el asiento. ¿Significaba la reacción del profesor que la poción estaba bien hecha?

Con valentía, Hermione siguió leyendo.

Estoy segura de que lo he hecho todo bien —dijo Hermione, releyendo nerviosamente la manchada página de Moste Potente Potions—. Parece que es tal como dice el libro… En cuanto la hayamos bebido, dispondremos de una hora antes de volver a convertirnos en nosotros mismos.

— No es posible — resopló Tonks, atónita. — Si lo has conseguido, te convertirás en mi ídolo.

¿Qué se hace ahora? —murmuró Ron.

La separamos en los tres vasos y echamos los pelos.

Hermione sirvió en cada vaso una cantidad considerable de poción. Luego, con mano temblorosa, trasladó el pelo de Millicent Bulstrode de la botella al primero de los vasos.

La poción emitió un potente silbido, como el de una olla a presión, y empezó a salir muchísima espuma. Al cabo de un segundo, se había vuelto de un amarillo asqueroso.

Harry no quitó la vista de la cara de Snape. Vio cómo el profesor pasaba de estar furioso a sorprenderse y, después, estar más furioso todavía.

— Si la poción funcionó… — dijo con dificultad. — No me importa lo que digas, Albus. Se irán.

El director no respondió, prefiriendo mantener la vista fija en Hermione.

Aggg…, esencia de Millicent Bulstrode —dijo Ron, mirándolo con aversión—. Apuesto a que tiene un sabor repugnante.

Millicent fulminó a Ron con la mirada, pero el chico no se dio ni cuenta. Estaba demasiado ocupado mirando directamente a Hermione, cuyas mejillas rojas contrastaban con el tono decidido que acababa de adoptar.

Echad los vuestros, venga —les dijo Hermione.

Harry metió el pelo de Goyle en el vaso del medio, y Ron, el pelo de Crabbe en el último. Una y otra poción silbaron y echaron espuma, la de Goyle se volvió del color caqui de los mocos, y la de Crabbe, de un marrón oscuro y turbio.

— Qué asco — gimió Romilda Vane.

Muchas personas asintieron. Incluso los propios Crabbe y Goyle parecían asqueados.

Esperad —dijo Harry, cuando Ron y Hermione cogieron sus vasos—. Será mejor que no los bebamos aquí juntos los tres: al convertirnos en Crabbe y Goyle ya no estaremos delgados. Y Millicent Bulstrode tampoco es una sílfide.

De nuevo, la chica los miró muy mal. Aunque Harry sí que lo notó, decidió ignorarlo.

Bien pensado —dijo Ron, abriendo la puerta—. Vayamos a retretes separados.

Con mucho cuidado para no derramar una gota de poción multijugos, Harry pasó al del medio.

¿Listos? —preguntó.

Listos —le contestaron las voces de Ron y Hermione. —A la una, a las dos, a las tres…

Tapándose la nariz, Harry se bebió la poción en dos grandes tragos. Sabía a col muy cocida.

Muchos se inclinaron en sus asientos.

Inmediatamente, se le empezaron a retorcer las tripas como si acabara de tragarse serpientes vivas. Se encogió y temió ponerse malo. Luego, un ardor surgido del estómago se le extendió rápidamente hasta las puntas de los dedos de manos y pies. Jadeando, se puso a cuatro patas y tuvo la horrible sensación de estarse derritiendo al notar que la piel de todo el cuerpo le quemaba como cera caliente, y antes de que los ojos y las manos le empezaran a crecer, los dedos se le hincharon, las uñas se le ensancharon y los nudillos se le abultaron como tuercas. Los hombros se le separaron dolorosamente, y un picor en la frente le indicó que el pelo se le caía sobre las cejas.

Horrorizados, varios alumnos soltaron grititos ahogados. Otros alternaban la vista entre el libro y Harry, como queriendo confirmar que el chico había sobrevivido a la poción.

Se le rasgó la túnica al ensanchársele el pecho como un barril que reventara los cinchos. Los pies le dolían dentro de unos zapatos cuatro números menos de su medida…

— Oh, vaya…. — exclamó Katie Bell, tapándose la boca con las manos. A su lado, Angelina y Alicia parecían totalmente horrorizadas.

— Funcionó — declaró Dean en un susurro. — De verdad funcionó.

— Imposible — repitió Terry Boot, estupefacto.

Todo concluyó tan repentinamente como había comenzado. Harry se encontró tendido boca abajo, sobre el frío suelo de piedra, oyendo a Myrtle sollozar de tristeza al fondo de los aseos. Con dificultad, se desprendió de los zapatos y se puso de pie.

— No puede ser — murmuró esta vez McGonagall. — Una poción tan complicada…

— Podían haber salido mal tantas cosas — añadió la profesora Sprout, cuyos ojos casi se salían de sus órbitas.

— Sois brillantes — dijo Sirius, gratamente sorprendido.

Pero Harry tenía la vista fija en Snape, quien enseñaba los dientes y daba más miedo que nunca.

O sea que así se sentía uno siendo Goyle. Con una gran mano temblorosa se desprendió de su antigua túnica, que le quedaba a un palmo de los tobillos, se puso la otra y se abrochó los zapatos de Goyle, que eran como barcas.

Goyle escuchaba con curiosidad, pero no parecía tan molesto como Harry pensaba que lo estaría.

Se llevó una mano a la frente para retirarse el pelo de los ojos, y se encontró sólo con unos pelos cortos, como cerdas, que le nacían en la misma frente. Entonces comprendió que las gafas le nublaban la vista, porque obviamente Goyle no las necesitaba.

— De verdad funcionó — dijo Charlie Weasley, totalmente incrédulo.

Snape no pudo aguantarlo más.

Poniéndose en pie, caminó hacia Hermione y le arrancó el libro de entre las manos. La chica soltó un grito ahogado a la vez que daba un paso para atrás, asustada.

Lívido de ira, Snape recorrió la página con los ojos, escaneando en busca de información sobre lo que había pasado después.

Dumbledore se puso en pie.

— Severus…

— Lee esto — replicó Snape, entregándole el libro a Dumbledore con un gesto tajante. Tenía los labios tan apretados que Harry pensó que debía dolerle.

El director leyó la parte que Snape le señalaba, mientras todos esperaban ver su reacción, expectantes. Sin embargo, unos segundos después Dumbledore suspiró.

Harry notaba como si tuviera una piedra en el estómago. Ron estaba blanco como el papel, mientras que Hermione parecía al borde de las lágrimas.

— Vamos a hacer un descanso — declaró Dumbledore finalmente. Se escucharon jadeos, pero nadie se atrevió a rechistar. — Señorita Granger, señor Potter, señor Weasley, acompáñenme.

Y, dicho eso, se encaminó hacia las puertas del comedor.

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Hasta aquí llega! Sí, es mucho más corto que otros capítulos (aunque no es para nada el capitulo más corto del fic). Os preguntaréis, ¿por qué? Pues muy fácil.

Si añado todo lo que va a pasar en el capítulo siguiente en este mismo capítulo, se haría tan largo que ni yo, que lo he escrito, podría leerlo de una sentada XD Además, quería darle protagonismo a esta parte, ya que he disfrutado mucho escribirla.

Como siempre, muchas, muchas gracias por leer. Espero leer vuestras opiniones en los comentarios! Leo cada review y valoro cada una de vuestras palabras, ya sean de apoyo, sugerencias, peticiones, etc. Quiero saber lo que pensáis! :3

Nos vemos el domingo que viene!