Hola, qué tal. Actualización después de mucho, gracias a Xiomara Montes Rivera. Espero que lo disfrutes.
Capítulo IV
Seattle, Junio, 2007
– Te tengo una sorpresa, viejo
– Garrett, ya basta. No me interesa – respondo, aburrido por su insistencia.
Llevo menos de una hora en el club pero ya me quiero ir. No soy ese tipo de personas. No celebro cumpleaños. No lo hice de niño y no le encuentro sentido empezar ahora.
– No me digas que he sobornado al gorila de la puerta en vano
Me giro de forma brusca al escucharla. Me lastimo el cuello y no podría importarme menos. La encuentro parada frente a mí, relajada. Viste unos falda a cuadros y una camiseta simple, igual de desprolija pero su atuendo es lo de menos cuando trae una sonrisa tan honesta. Ella es simplemente el mejor regalo que he recibido hasta ahora. Garrett me propina un codazo cómplice y sonríe satisfecho. Debo admitir que me ha sorprendido.
– Pero… ¿qué haces aquí? – pregunto yendo a su encuentro. La tomo en brazos y le doy unas vueltas, feliz que esté conmigo. Ella solo sacude la cabeza, su cabello cae sobre sus hombros. Yo solo quiero enterrar la nariz en él y llenarme de su aroma. Dios, ella es tan preciosa.
– Te ha cambiado la cara, tío – añade Riley. – Ahora sí tienes pinta de cumpleañero.
Me dejo tomar el pelo. Lo único que importa es que ella se encuentra aquí. Bella se ríe y susurra un "felices veintitrés", casi en mi oído, que me eriza la piel y despierta todos mis sentidos. ¿Cómo es posible haberla echado tanto de menos?
Atrapo sus labios con los míos, con ímpetu, sin frenos, para demostrarle lo feliz que soy por tenerla conmigo. Ellos silban a modo de protesta y por qué no, también de festejo.
– ¿Te has escapado del trabajo para verme? – pregunto. No sé cómo lo hace pero ni yo logro reconocerme cuando está conmigo.
– Fred se las puede apañar unas cuantas horas sin mí – afirma muy suelta de huesos y con una sonrisa traviesa hermosa que me debilita las rodillas.
– Déjame invitarte un trago – le digo al ver que sobre nuestra mesa descansan solo botellas vacías.
– Tengo 19 pero qué diablos, adelante – responde con una risa y se encoge de hombros, accediendo a acompañarme.
El bar está repleto de gente. Es natural porque es una noche de viernes. Avanzamos entre la multitud, repartiendo algunos empujones entre risas.
Me encuentro un poco embriagado por los tragos y principalmente por su presencia. Después de varios minutos de espera, regreso con un tequila sunrise. Bella me agradece con un beso. Nos refugiamos en una esquina discreta, no muy lejos de la barra, aprovechando que la música no es ensordecedora y nos permite intercambiar algunas palabras. Me cuenta un poco de su día, yo la escucho embobado. Por más que me he intentado resistir, ella me tiene completamente atrapado y empiezo a dudar que haya forma de romper su hechizo.
– Tus amigos son bastante simpáticos – comenta de forma casual.
– Son unos idiotas – le respondo sin mentir en absoluto. Suelta una carcajada que se consume en el estruendo del local. Bebe unos sorbos de su trago y yo lo saboreo de sus labios entre beso y beso. – Pero… ¿cómo se han enterado?
Ella me mira con sorpresa.
– ¿Acaso somos un secreto?
– No seas tonta – digo sin perder el tiempo. Afianzo mi agarre en su cintura, pegando su cuerpo al mío, como si ello sirviera para reafirmar mis palabras. – Solo me pregunto cómo han conseguido que vengas.
Su cercanía logra despertar mi deseo. Me dan ganas de mandar a todos al diablo y llevármela de aquí. Regresar al apartamento donde ella es solo para mí.
Su ojos no se suavizan y un destello de curiosidad los mantiene más vivos que nunca. – Uno de ellos me ha contactado. No puedo creer que soy la primera que consigue conocer a tus amigos – dice con tono ligero, como tanteando el terreno de juego. Yo me río. – Ha sido Jimmy el indiscreto, por si te lo preguntas – agrega, como leyendo mis pensamientos.
– Por supuesto
– No me van a espantar, relájate. Ya estoy jodida – susurra, parándose de puntillas para alcanzar mi oído.
Trato de hacerlo, juro que intento relajarme. Ella acaba su trago en dos rápidos movimientos y deja su copa sobre una de las mesas. Luego empieza a dejar besos por mi cuello. Dios mío. Me toma de la mano y me conduce a los lavabos. Yo la sigo como un fiel cordero. Nos encerramos en uno de ellos. Confieso que estoy un poco aturdido, por la música, por el alcohol de los tragos y sobretodo por el sabor de sus besos. Pone la trampa de la puerta antes de montarse en el lavamanos y atraerme hacia sí. Me acomoda entre sus piernas, con la falda ya muy alta y tira de mi correa, bajándome un poco los pantalones.
– Pero…
– Shhh
Te equivocas, Bella. Ya estamos jodidos.
x X x
– Se han tardado – dice Garrett en cuanto nos reintegramos al grupo, reunido en torno a nuevas jarras de licor. La oscuridad disimula a duras penas el sonrojo de Bella.
– La pequeña estaba dándole una sorpresa más a nuestro Ed – interviene Kate, quien viene detrás nuestro. Se deja caer en el sofá y empieza a tararear ruidosamente la canción que están tocando.
Tanya no consigue disimular un gesto de disgusto. Que se joda. Al fin y al cabo, es mi cumpleaños. Nos acomodamos en los sitios vacíos y rodeo con un brazo los hombros de mi chica.
– Es turno de Riley
James se apresura en servirnos unos vasos. Lo miro con un rastro de recelo por su anterior indiscreción.
– Yo nunca he seducido a un profesor – dice el rubio.
Kate, Victoria y Garret beben un sorbo generoso. Este último me echa un vistazo antes de soltar una carcajada estruendosa. – Qué cínico, Ed.
Bella se ríe y me empuja suavemente – Tienes que contarme esa
– Pregúntale cómo consiguió aprobar todos los exámenes prácticos de anatomía con la máxima nota – dice entre risas Irina. – A ver, una clásica…. Yo nunca he sido infiel
Para mi sorpresa, solo Tanya y yo no tomamos. Bella bebe un par de sorbos, sin vacilar. Jimmy aplaude como idiota.
– Te has conseguido un santo, pequeña – murmura Kate, burlona. Luego estira una mano y me despeina como siempre. Yo me alejo malhumorado. – Ay, no te enojes, Ed
La ignoro.
– Yo nunca… me he ligado a alguien menor – dice Victoria.
Resoplo. La miro con mala cara. ¿Qué diablos pretenden?
– Un sorbo por cada año de diferencia – añade muy divertida.
Bella levanta mi vaso por mi y me lo ofrece. Luego choca el suyo con el mío y bebe dos tragos. Sí, los cuento. Le planto la mirada pero ella rehuye el contacto.
– Vamos, Ed, no te piques y bebe de una buena vez. ¿Cuántos son…? ¿Cinco o seis tragos?
– Cuatro – dice ella, con una sonrisa suave. – Y la verdad, ni los notamos
– Yo nunca he tenido sexo en los dormitorios del campus – continúa Carmen.
Casi me explota la cabeza cuando Bella vuelve a beber de su vaso.
– Eres un tramposo, Ed. No sé cuántas noches me quedé sin donde dormir por culpa de ustedes – dice Irina, apuntando hacia Tanya y a mí.
– Estoy cansado – declaro poniéndome de pie. – Nosotros nos vamos.
– Edward…
– Nos vamos – repito alzando un poco más la voz.
Al verla permanecer sentada, me doy la vuelta y empiezo a caminar rápidamente hacia la salida. Los oigo llamarme pero los ignoro. Necesito un poco de aire. No me detengo hasta estar en la calle. Unos pasos presurosos me persiguen.
– Edward – la escucho llamarme entre jadeos y consigue asir la manga de mi chaqueta. – Pero… ¿qué te pasa?
La encaro. – ¿Qué me pasa? ¿En serio lo preguntas?
Ella se encoge en su lugar. – Te has vuelto loco por una tontería...
– ¡Tú me has vuelto loco! – interrumpo. La tomo de los antebrazos y la sacudo. Ella no lo entiende.
– Me estás lastimando
Me detengo y la suelto de forma brusca. Ella trastabilla pero no pierde el equilibrio. Miro a los lados, asustado, consciente de mi arrebato. Las calles están vacías. Nadie nos ha visto. Esto está mal… Yo estoy mal.
Ella me mira desconcertada. Finalmente ha visto el monstruo en mí. Quiero disculparme pero el enojo no deja salir las palabras. Se abraza a sí misma y me parte el corazón haber sido yo el que provocara esto.
– Vamos a casa – le ruego en voz baja.
– No sé si quiera hacerlo
Nos quedamos en silencio unos momentos. Ella intenta disimular una sacudida. Hace frío, en cuanto la ira empezó a disiparse pude sentirlo. Me quito la chaqueta y se la ofrezco sin palabras. Murmura un débil "gracias" pero no se la pone.
– Hay mucho que no sabes de mí – empieza. No tengo cómo refutarla, no después de lo sucedido esta noche. – Y eso está bien, es normal que aún no lo sepas. Escúchame… Tengo un pasado, al igual que tú. Yo no te juzgo por él y espero que tú tampoco lo hagas conmigo. Tú… tienes una idea incorrecta de mí y tienes que sacártela de la cabeza porque yo no soy perfecta. Y no es justo, ¿vale? No es justo que me tengas en un maldito pedestal. Yo… la he jodido muchas veces antes. Hablo en serio. He metido la pata, hasta el fondo, incontables veces… Y es probable que lo haga un par de veces más, ¿de acuerdo? Soy humana y así somos, la cagamos una y otra vez pero tienes que saber que no quiero hacerlo esta vez, no quiero arruinarlo. Porque yo te amo
Da unos pasos hacia mí y me acaricia la mejilla suavemente. Me rindo ante el contacto.
– Te amo – repito.
x X x
Me despierto de madrugada y encuentro vacío su lado de la cama. Necesito ir al baño. A medio camino, escucho su voz. Proviene de la sala. Echo un vistazo al reloj de pared. Apenas son las cinco. ¿Con quién rayos habla?
– Necesito que te calmes, ¿vale? Respira. Cariño, por favor – pide casi en un susurro. No debería espiarla, sobretodo después de la conversación que tuvimos ayer, pero no puedo detenerme. – No puedo hacer eso, entiéndeme. Tengo una vida en Seattle. La universidad, mis trabajos… Personas que me importan – hace una pausa antes de continuar y la aprovecho para hacer notar mi presencia. Ella se pone rígida y aprieta aún más el teléfono móvil contra su oreja. Yo me siento en el reposabrazos del sillón.
– Tú también me importas, por supuesto. Escúchame, tienes que dormir un poco. Lo verás con mayor claridad luego de unas horas de sueño. No te preocupes por él, estará bien. No le hará daño, te lo prometo. Yo hablaré con él. Descansa – la observo dar vueltas, aferrándose al móvil como si su vida dependiera de ello. – De acuerdo. Te mando un beso. Hablamos más tarde
Deja el móvil sobre la mesita del centro y se echa en el sofá. Se tapa el rostro con las manos. Decido acercarme. Levanto sus pies unos segundos, me siento en el extremo y los acomodo sobre mi regazo. Los masajeo. No tardo en conseguir un suspiro de satisfacción. En poco tiempo, he descubierto lo que más disfruta.
– ¿Por qué sigues desnudo? – pregunta mirándome entre sus dedos, sin poder ocultar su sonrisa.
– Te has llevado mi camisa y mis boxers – señalo apuntando a su atuendo. Le hago cosquillas en la planta de los pies.
Ella se ríe. – Lo siento. Haberte despertado, quiero decir. No lamento haberte dejado desnudo. Es una muy buena vista – dice dejando caer sus manos.
Me río, seducido por su atrevimiento. Me gusta aún más así, desenfadada y atrevida. Nos quedamos en silencio unos minutos hasta que me vence la curiosidad.
–¿Quién era?
– Leah – responde sin dudar.
– ¿Leah Clearwater?
Asiente con la cabeza. Frunzo el ceño. No esperaba esa respuesta.
– Leah Clearwater, la hija de la novia de tu padre – insisto. – La chica que te odia te llamó a las cinco de la mañana.
– Sí, Edward. Esa misma Leah – responde, en tono aburrido. Inhala aire y exhala lentamente. Luce mortificada y yo me siento un idiota por hacérselo aún más difícil. No quiero empeorar la situación pero vamos, es un tanto inverosímil. – Es complicado, ¿vale? Mi familia no es fácil.
– ¿Qué familia lo es? – murmuro con la imagen de la mía, o lo que queda de ella, en la retina. Mi padre está pudriéndose en una celda muy lejos de aquí.
Bella se muestra de acuerdo y solo se ríe sin humor, fastidiada.
– Hablamos desde hace unas cuantas semanas. Las cosas están un poco difíciles en casa, ¿de acuerdo? Tiene problemas con Charlie
– ¿Y esos problemas tienen nombre? - pregunto, ya que después de todo, ella es una adolescente.
Asiente con la cabeza y suspira.
– Sam Uley
– Carajo
– No tiene muy buena fama, lo sé. Ellos llevan saliendo varios años, de forma intermitente.
– Es el sujeto que nunca va solo, ¿no? Aquel que anda con varios mocosos como si se tratara de una jodida jauría
Consigo hacerla sonreír. – Exactamente. El asunto es que Charlie lo detesta y no lo esconde. Jamás le importó disimularlo. Le ordenó que la dejara en paz muchas veces y al parecer, se hartó de esperar.
– ¿Qué quieres decir?
– Ayer lo detuvo, cerca a medianoche. Cargos por posesión de cocaína. Varios kilos. – susurra. Sigo sin entender pero puedo ver cuánto le cuesta decir sus siguientes palabras – Leah cree que lo está incriminando, cree que es inocente
– ¿Y qué puedes hacer tú?
– Cree que puedo sacarle la verdad a mi padre. Cree que puede lastimarlo estando detenido. Por eso me pidió que deje todo y regrese a Forks a encararlo
– Es un poco egoísta, ¿no crees?
– Quién no lo es cuando está enamorado – responde ella, con mucha facilidad – Honestamente no sé qué creer. Mi padre los quiere separados, sin duda, pero me cuesta creer que sea capaz de hacer eso con tal de conseguirlo. Por otro lado, me pongo a pensar y recuerdo que hemos pasado tantas cosas y papá siempre ha hecho un pésimo trabajo cuidando de nosotras.
Sé que no me lo está diciendo todo. Está ocultando información pero tengo que ser paciente.
– Alguna vez… él, quiero decir, ¿en algún momento hizo algo parecido contigo?
Otra vez, esa sonrisa amarga corrompe sus facciones.
– No pero papá amaba a Jake, esa es la diferencia – dice. ¿Jake? ¿Quién rayos es ese Jake? – Salí con el hijo de su mejor amigo durante casi dos años, prácticamente desde que llegué hasta que me fui. Nunca tuvo que preocuparse por mí, al menos no en ese aspecto. Charlie está convencido de que volveremos, cree que cuando él acabe la preparatoria, se mudará a Seattle para buscarme – hace una breve pausa que me permite procesar la nueva información – Sí, nos separamos cuando decidí venir acá. Él es casi dos años menor. Jake es el infame de mi "yo nunca" – agrega con algo parecido a la pena.
Entonces su padre no sabe nada acerca de mí.
– Nunca más quiero caer en ese puto juego – murmuro, como un niño malcriado.
Ella se incorpora y toma mi mano. Le da un suave apretón.
– Creo que ellos querían probarnos. Tus amigos, quiero decir y me parece que reprobamos
Le devuelvo el apretón para devolverle un poco de la seguridad que ella me da. – Que se jodan. ¿Quién necesita familia y amigos?
x X x
Boston, Enero, 2016
Debería gritar. Empujarlo. Salir corriendo. Debería hacer cualquier cosa menos lo que estoy haciendo: dejarme arrastrar por el huracán que él representa. Me dejo acorralar, retrocedo, callo, hasta terminar atrapada en un espacio minúsculo, con él bloqueando la puerta de acceso.
– ¿Qué quieres?
Mis voz sale débil, casi suplicante.
– Respuestas. ¿Qué quieres tú? – responde él, fuerte, demandante, tal como me gustaría sonar a mí .
La distancia entre nosotros es inexistente, prácticamente intercambiamos el aire. Me doy cuenta de lo equivocada que estaba. Ahora, él es completamente diferente.
– Pregunta – digo, fingiendo un valor que no tengo.
Estoy aterrada y el miedo me ha paralizado. Apenas escucho mi voz, por encima del golpeteo de mi corazón. Él agacha la cabeza un poco, nuestros rostros quedan a la misma altura. Sus ojos me penetran, queriéndome arrancar las palabras que no puedo pronunciar. Están negros, es estúpido pero echo de menos aquel color verde que me cautivó a los diecisiete.
– ¿Por qué?
– ¿Por qué haces esto? – demando, alzando la cara. No sé qué ve en mi mirada pero me toma desprevenida y estampa sus labios contra los míos. Los mueve casi de forma frenética hasta que consigue una respuesta. Domina el beso. Él jamás pierde el control. Dicha realización enciende mi enojo y él lo malinterpreta, quizás como entusiasmo. Me empuja contra la pared, provocando gran estrépito, y me aprisiona con su cuerpo. Es firme, bien trabajado, maduro, frío, casi como el mármol. Me toma de los antebrazos y los coloca por encima de sus hombros. Me aferro a su cuello, para ganar un poco de estabilidad. Puedo sentir su frío aliento en mi piel, conforme la recorre con sus labios. Me estremezco.
– Basta – suplico. Mis rodillas apenas me sostienen.
Lo odio.
Me odio.
Odio que conozca tan bien mi cuerpo.
Sus dedos desabrochan los botones de mi blusa con facilidad. Se deshace de mi agarre y ataca mis pechos, los mordisquea a su antojo, arrancándome un par de gemidos. Necesito más pero me resisto a roce de su cabello con mi barbilla me provoca un cosquilleo. En una fracción de segundo, vuelve a tener mis labios entre los suyos. Desata una nueva lucha. Pega su cuerpo al mío y me levanta del suelo, yo aprovecho para enredar mis piernas en su cuerpo. Bastan dos segundos para que pierda el control. Me embiste con fuerza, fuera de sí y es al sentir su excitación que finalmente recupero la cordura.
x X x
Jasper duerme plácidamente en la cama de hotel, con la ropa hecha puras arrugas, enredado entre las sábanas. Luce en paz y quiero mantenerlo así. Es por eso que no le he dicho ni media palabra de lo que sucedió anoche.
Su teléfono vibra sobre la mesa de noche. Lo tomo. No hay ningún nombre en la pantalla pero reconozco el número. Cómo no hacerlo si estaba a punto de marcarlo. Contesto.
– Felicidades por el bebé, es un pequeño afortunado – le digo. Se instaura un silencio en la línea. – Estaba por llamarte. Jazz me lo contó anoche y no puedo esperar para verte
Casi puedo verla sonriendo a la distancia.
– Gracias, pequeña. Yo tampoco puedo esperar para tenerte entre mis brazos. ¿Mando el avión a por ti?
Me río. Mis músculos tensos me agradecen la breve concesión. – ¿Solo por mí?
– Por supuesto, es a ti a quién más quiero – bromea. – Los echo muchísimo de menos. Cuéntame, ¿cómo están las cosas por casa?
Terribles, caóticas, peor imposible.
– ¿Cuánto sabes? – pregunto aún sin saber cuánto debo decirle.
– No mucho, realmente. Jazz me dijo que me llamarías para ponerme al día cuando estuvieras lista.
– De acuerdo
Suelto un suspiro. No quiero preocuparla.
– ¿Te encuentras bien, amor? – pregunta, con una calidez que termina por quebrarme y las lágrimas empiezan a resbalar por mis mejillas. Muevo la cabeza a los lados. Es estúpido porque ella no puede verme. – ¿Bella?
Salgo de la habitación, llorando en silencio. Siento una opresión fuerte en el centro del pecho, asfixiante, que amenaza con dejarme sin respirar.
– Edward está aquí – susurro con la voz entrecortada. – Es él, Lily. No sé cómo mierda pasó y no sé cómo carajo haré para verlos casarse. Ella… ella no sabe nada – confieso. – Y ayer casi me acuesto con él
x X x
Renee no habla conmigo desde aquel encuentro en mi vieja habitación. Apenas nos saludamos e intercambiamos algunas palabras en relación a la boda. Hoy me pidió que vaya a su casa para discutir "unos últimos detalles". Estoy cansada. Sé que Rose llegará en unos tres o cuatro días. No creo estar lista para eso y tal vez nunca lo esté pero no puedo seguir posponiéndolo. He guardado muchos secretos por demasiado tiempo, es lo mínimo que le debo.
Voy sola, Jasper ha tenido que ir a una reunión como parte de su coartada. Toco el timbre. Me abre el ama de llaves y me invita a esperarla en la sala. Es una mujer de mediana edad, de mirada amable. Entró a trabajar poco antes de que me marchara a Forks, de vuelta a casa de Charlie. Ella sabe todo, el porqué de mi repentina partida. Es por eso que sigue aquí, Renee decidió comprar así su silencio. Es por esa misma razón que desearía no verla más, para no recibir más miradas lastimeras.
Me ofrece una bebida. La rechazo, de la forma más gentil posible después de remover esos recuerdos.
– ¿Renee va a tardar? La estoy llamando pero no contesta
– La señora ha perdido su móvil nuevamente – dice tratando de contener una sonrisa. – Salió con el joven Phil muy temprano
– ¿Y para qué me pidió que venga? – respondo, de forma brusca, ya fastidiada. Es tan típico de Renee disponer del tiempo del resto a su antojo. Ella se encoge por mi arrebato, aunque intenta disimularlo.
– No se preocupe, me ha dejado el vestido que escogió la señorita para que se lo pruebe. Su madre teme que necesite ajustes. Acompáñeme, por favor.
La sigo de mala gana. El silencio en la casa es absoluto, tan solo se escucha el repiqueteo de nuestros pasos. Me entrega el dichoso vestido. Lo llevo a mi antigua habitación y lo cuelgo en el armario. Luego me dejo caer en la gran cama. ¿Qué estoy haciendo? Solo… necesito un respiro, cerrar los ojos y que toda la culpa, el dolor y los malos recuerdos se desvanezcan. Tan solo quiero volver a sentirme completa.
Intento no pensar, concentrarme únicamente en ingresar aire a mis pulmones. Empiezo a sentirme entumecida, hasta que me quedo dormida. De forma igual de brusca, me despierto, unos veinte o veinticinco minutos después.
Me siento y me quito la ropa lentamente. El jean, el sweater y la camiseta. Camino hacia el espejo del tocador. Las marcas en mi piel me recuerdan lo que hice anoche e y me torturan, me llenan de vergüenza. Examino mi reflejo. mis dedos vuelan instintivamente al tatuaje que llevo en la cadera derecha. EJ. Se me nublan los ojos. Por favor, para. No me dirijo a nadie. Quizás solo le pido a la vida una tregua. Bajo la cabeza y me dejo consumir por el llanto.
Cuando pongo los ojos nuevamente en el espejo, me doy cuenta que no estoy sola.
– Eres malditamente hermosa
