Hola a todos. Antes que nada, mil perdones por dejarlos en banda otra vez. Creo que no actualizo esto desde febrero, no tengo excusas. Lo que sí es cierto es que este capítulo me tomó casi 6 meses escribirlo entre falta de tiempo y de inspiración. ¡Recién hoy pude darle el toque final! Pero bueno... evidentemente me van a costar cada vez mas los capítulos, sobre todo los de Quidditch y no se por qué jajajaja.
Gracias a todos los que siguen siguiendo la historia y a los que cada semana se fijan si actualicé o no. Ya no tienen que esperar mas, finalmente me digné a aparecer jajajaja. Bueno, no molesto mas.
DISCLAIMER: HP es de JR y la Warner.
Capítulo 14. Quidditch
—Bueno—dijo finalmente Arthur sonriendo ampliamente—, creo que hoy podemos leer un poco más antes de irnos a dormir, ¿les parece?
Todos hicieron varios sonidos de asentimiento, y entonces Angelina tomó el libro.
—Supongo que es mi turno, entonces—dijo, abriendo el libro donde estaba marcado y sonriendo abiertamente ante el título. Vaya, ¿quién lo diría?—. El siguiente capítulo se titula: Quidditch.
Varios soltaron una exclamación de alegría, sobre todo Ron, Charlie y Ginny. Por su parte, Hermione, Molly y Percy revoleaban los ojos ante la exagerada hilaridad del resto.
Cuando empezó el mes de noviembre, el tiempo se volvió muy frío. Las montañas cercanas al colegio adquirieron un tono gris de hielo y el lago parecía de acero congelado. Cada mañana, el parque aparecía cubierto de escarcha.
Fleur suspiró encantada con la imagen que describía el libro. Por supuesto, nunca iba a admitir que Hogwarts superaba a Beauxbatons, pero no cabía duda de que Hogwarts en invierno era un verdadero regalo a la vista y le hacía recordar a los cuentos de princesas, caballeros y castillos que contaban los muggles y que a ella le fascinaban desde pequeña.
Por las ventanas de arriba veían a Hagrid descongelando las escobas en el campo de quidditch, enfundado en un enorme abrigo de piel de topo, guantes de pelo de conejo y enormes botas de piel de castor.
Iba a comenzar la temporada de quidditch. Aquel sábado, Harry jugaría su primer partido, después de semanas de entrenamiento: Gryffindor contra Slytherin.
—¡Genial!—exclamó George frotándose las manos con anticipación—. Siempre viene bien bajarle los humos desde temprano.
Increíblemente, Angelina no reprendió a su novio, sino que asintió fervientemente, para sorpresa de muchos, antes de retomar la lectura.
Si Gryffindor ganaba, pasarían a ser segundos en el campeonato de las casas.
Casi nadie había visto jugar a Harry, porque Wood había decidido que sería su arma secreta. Harry también debía mantenerlo en secreto. Pero la noticia de que iba a jugar como buscador se había filtrado, y Harry no sabía qué era peor: que le dijeran que lo haría muy bien o que sería un desastre.
—Es lo mismo—señaló Harry indiferente. Ya se había acostumbrado tanto a las miradas, comentarios, reproches, chistes y susurros del resto que no le veía sentido preocuparse por sus opiniones.
Ron por su parte no compartía lo mismo. —Pues yo prefiero que ni me hablen—sentenció con el ceño fruncido—. Odio hacer el ridículo—agregó en un susurro que todos fingieron no escuchar.
Era realmente una suerte que Harry tuviera a Hermione como amiga.
—¡Gracias, Harry!—exclamó Hermione radiante.
No sabía cómo habría terminado todos sus deberes sin la ayuda de ella, con todo el entrenamiento de quidditch que Wood le exigía.
Y ahora fruncía el ceño.
—Gracias por nada—gruñó cruzando los brazos.
—Lo siento, Mione—se disculpó Harry con media sonrisa—. También valoré que no me regañaras tanto. ¡Es broma!—aclaró cuando Hermione lo fulminó con la mirada mientras los más jóvenes contenían la risa.
La niña también le había prestado Quidditch a través de los tiempos, que resultó ser un libro muy interesante.
—Ah, ¿entonces lo leíste?—preguntó Hermione, olvidando súbitamente su enojo.
—Por supuesto que lo leí—contestó Harry con aires de estar muy ofendido—. Valoro mucho tu recomendación en asuntos de libros.
Hermione lo miró suspicaz por unos segundos, antes de sonreír satisfecha.
—Lo leíste porque decía "quidditch" en la tapa, ¿no?—le susurró Ginny burlonamente a Harry una vez reanudada la lectura.
—¡Sí, pero que no se entere!—le contestó Harry en un murmullo.
Harry se enteró de que había setecientas formas de cometer una falta y de que todas se habían consignado durante los Mundiales de 1473; que los buscadores eran habitualmente los jugadores más pequeños y veloces, y que los accidentes más graves les sucedían a ellos; que, aunque la gente no moría jugando al quidditch, se sabía de árbitros que habían desaparecido, para reaparecer meses después en el desierto del Sahara.
—Nunca entendí como funciona eso—preguntó Ron extrañado—. ¿Qué hay, un hechizo que teletransporta gente al Sahara o algo?
—Lo dice en Quidditch a través de los tiempos—contestó Hermione simplemente, pero al ver que Ron alzaba una ceja, contestó con impaciencia—. El agresor transformó la escoba del árbitro en un Traslador.
Varios reprimieron un escalofrío ante la mención del incidente, pero luego George estalló en carcajadas.
—¡Imaginen la cara del pobre tipo! De un momento al otro, pasa a estar de la arena de Quidditch… ¡a la arena del Sahara!
Algunos se rieron, pero otros hicieron gestos de exasperación ante el patético chiste.
Hermione se había vuelto un poco más flexible en lo que se refería a quebrantar las reglas, desde que Harry y Ron la salvaron del monstruo, y era mucho más agradable. El día anterior al primer partido de Harry los tres estaban fuera, en el patio helado, durante un recreo, y la muchacha había hecho aparecer un brillante fuego azul, que podían llevar con ellos, en un frasco de mermelada.
—Impresionante—masculló Charlie con las cejas levantadas.
—Nada mal para una alumna de primero—señaló Molly sonriendo
—Sin duda, eres la mejor hechicera de tu edad—comentó Ron sonriendo, rodeando con un brazo a su sonrojada novia.
Estaban de espaldas al fuego para calentarse cuando Snape cruzó el patio. De inmediato, Harry se dio cuenta de que Snape cojeaba.
Nuevamente, Neville y George fruncieron el ceño, suspicaces.
Los tres chicos se apiñaron para tapar el fuego, ya que no estaban seguros de que aquello estuviera permitido. Por desgracia, algo en sus rostros culpables hizo detener a Snape. Se dio la vuelta, arrastrando la pierna. No había visto el fuego, pero parecía buscar una razón para regañarlos.
—Lógico—masculló Harry, quien pese a que sabía que Snape no era lo que parecía ser, no por eso dejaba de resentir el maltrato que había recibido de su parte.
—¿Qué tienes ahí, Potter?
Era el libro sobre quidditch. Harry se lo enseñó.
—Los libros de la biblioteca no pueden sacarse fuera del colegio —dijo Snape—. Dámelo. Cinco puntos menos para Gryffindor.
—Los terrenos son parte del colegio—objetó Bill con el ceño fruncido.
—Es Snape—escupió Charlie como si esto zanjara el asunto—. Nunca dejaba de tener una excusa para sacarnos puntos.
Todos asintieron con diversos grados de enojo, incluso un reticente Harry quien sabía que los viejos rencores iban a tardar en esfumarse, incluso los suyos.
—Seguro que se ha inventado esa regla —murmuró Harry con furia, mientras Snape se alejaba cojeando—. Me pregunto qué le pasa en la pierna.
—No sé, pero espero que le duela mucho —dijo Ron con amargura.
Molly no pudo evitar estar de acuerdo con su hijo, pero no iba a reconocerlo en voz alta.
En la sala común de Gryffindor había mucho ruido aquella noche. Harry, Ron y Hermione estaban sentados juntos, cerca de la ventana. Hermione estaba repasando los deberes de Harry y Ron sobre Encantamientos. Nunca los dejaba copiar («¿cómo vais a aprender?»), pero si le pedían que revisara los trabajos les explicaba las respuestas correctas.
Los más jóvenes comenzaron a reírse, menos Hermione quien bufaba exasperada.
—Es un clásico—dijo George entre risas.
—Por lo menos les hacía escribir sus propios ensayos—replicó Hermione con los brazos cruzados.
Harry se sentía inquieto. Quería recuperar su libro sobre quidditch, para mantener la mente ocupada y no estar nervioso por el partido del día siguiente. ¿Por qué iba a temer a Snape?
—Deberías—masculló Neville inaudible.
Se puso de pie y dijo a Ron y Hermione que le preguntaría a Snape si podía devolverle el libro.
—Yo no lo haría —dijeron al mismo tiempo, pero Harry pensaba que Snape no se iba a negar, si había otros profesores presentes.
—Dulce e inocente Harry—suspiró George. Harry lo miró con las cejas levantadas.
—Creí que era pesimista.
—Cierto, George—intervino Ron con media sonrisa—. Esto es inusual en él.
Esta vez, Harry le arrojó un almohadón a Ron mientras todos se reían.
Bajó a la sala de profesores y llamó. No hubo respuesta. Llamó otra vez. Nada.
¿Tal vez Snape había dejado el libro allí? Valía la pena intentarlo. Empujó un poco la puerta, miró antes de entrar... y sus ojos captaron una escena horrible.
—¿Qué? ¿Qué paso?—preguntó Molly ansiosa.
—Ahí estaba por decirlo, mamá—le dijo Bill también preocupado.
Snape y Filch estaban allí, solos. Snape tenía la túnica levantada por encima de las rodillas. Una de sus piernas estaba magullada y llena de sangre. Filch le estaba alcanzando unas vendas.
—Esa cosa maldita... —decía Snape—. ¿Cómo puede uno vigilar a tres cabezas al mismo tiempo?
—¡El perro!—señaló Charlie súbitamente—. ¡El perro lo mordió!
—Eso parece—contestó Arthur frunciendo el ceño.
Harry intentó cerrar la puerta sin hacer ruido, pero...
—¡POTTER!
Varios se tensaron. Esto no podía terminar bien…
El rostro de Snape estaba crispado de furia y dejó caer su túnica rápidamente, para ocultar la pierna herida. Harry tragó saliva.
—Me preguntaba si me podía devolver mi libro —dijo.
—¡FUERA! ¡FUERA DE AQUÍ!
Harry se fue, antes de que Snape pudiera quitarle puntos para Gryffindor. Subió corriendo la escalera.
—Salvado por un pelo de sapo cornudo—suspiró Neville reprimiendo un escalofrío.
—Y que lo digas—dijo Charlie seriamente.
—¿Lo has conseguido? —preguntó Ron, cuando se reunió con ellos—. ¿Qué ha pasado?
Entre susurros, Harry les contó lo que había visto.
—¿Sabéis lo que quiere decir? —terminó sin aliento—. ¡Que trató de pasar por donde estaba el perro de tres cabezas, en Halloween! Allí se dirigía cuando lo vimos... ¡Iba a buscar lo que sea que tengan guardado allí! ¡Y apuesto mi escoba a que fue él quien dejó entrar al monstruo, para distraer la atención!
—¡¿El dejó entgag al tgol?!—chilló Fleur histérica.
—¡No, no fue él!—replicó Harry exasperado—. Eso es lo que yo creí, no lo que pasó en realidad.
—Pero estamos todos de acuerdo que intentó pasar por la trampilla y el perro lo mordió, ¿no, Harry?—preguntó Neville sin poder contenerse—. Seguro intentó robar la Piedra, ¿no?
Harry contó mentalmente hasta tres intentando serenarse, antes de contestar secamente: —Lo único obvio es que el perro lo mordió. Sólo eso.
Algunos fruncieron el ceño, mitad disconformes y mitad impacientes (Neville incluso chasqueó la lengua), pero nadie dijo nada sin embargo.
Hermione tenía los ojos muy abiertos.
—No, no puede ser —dijo—. Sé que no es muy bueno, pero no iba a tratar de robar algo que Dumbledore está custodiando.
—Tiene sentido—concedió Charlie receloso—, pero entonces… ¿quién fue, si no fue Snape?
El silencio de Harry fue la única respuesta que todos recibieron.
—De verdad, Hermione, tú crees que todos los profesores son santos o algo parecido —dijo enfadado Ron—. Yo estoy con Harry. Creo que Snape es capaz de cualquier cosa. Pero ¿qué busca? ¿Qué es lo que guarda el perro?
Harry se fue a la cama con aquellas preguntas dando vueltas en su cabeza. Neville roncaba con fuerza, pero Harry no podía dormir. Trató de no pensar en nada (necesitaba dormir; debía hacerlo, tenía su primer partido de quidditch en pocas horas) pero la expresión de la cara de Snape cuando Harry vio su pierna era difícil de olvidar.
Nuevamente, los más suspicaces se miraron entre sí, claramente poco convencidos.
La mañana siguiente amaneció muy brillante y fría. El Gran Comedor estaba inundado por el delicioso aroma de las salchichas fritas y las alegres charlas de todos, que esperaban un buen partido de quidditch.
—Tienes que comer algo para el desayuno.
—No quiero nada.
—Aunque sea un pedazo de tostada —suplicó Hermione.
—No tengo hambre.
Harry se sentía muy mal. En cualquier momento echaría a andar hacia el terreno de juego.
—¡Ah! Ahí está el Harry pesimista que tanto extrañábamos—acotó George sonriendo y esta vez fue él quien se ligó un almohadón en la cabeza mientras varios se reían.
—Harry, necesitas fuerza —dijo Seamus Finnigan—. Los únicos que el otro equipo marca son los buscadores.
—Gracias, Seamus —respondió Harry, observando cómo llenaba de salsa de tomate sus salchichas.
—Era lo último que quería escuchar en ese momento—señaló Harry y nuevamente se oyeron risas de los más jóvenes.
A las once de la mañana, todo el colegio parecía estar reunido alrededor del campo de quidditch. Muchos alumnos tenían prismáticos. Los asientos podían elevarse pero, incluso así, a veces era difícil ver lo que estaba sucediendo.
Ron y Hermione se reunieron con Seamus y Dean en la grada más alta. Para darle una sorpresa a Harry, habían transformado en pancarta una de las sábanas que Scabbers había estropeado. Decía: «Potter; presidente», y Dean, que dibujaba bien, había trazado un gran león de Gryffindor. Luego Hermione había realizado un pequeño hechizo y la pintura brillaba, cambiando de color.
—¡Esos son amigos!—exclamó Arthur, muy satisfecho de que Ron, Harry y Hermione tuvieses tan buenos compañeros en su año.
Mientras tanto, en los vestuarios, Harry y el resto del equipo se estaban cambiando para ponerse las túnicas color escarlata de quidditch (Slytherin jugaba de verde).
Wood se aclaró la garganta para pedir silencio.
Tanto George como Harry se miraron, riendo por lo bajo, al igual que Angelina. Sabían de memoria lo que iba a pasar a continuación.
—Bueno, chicos —dijo.
—Y chicas —añadió la cazadora Angelina Johnson.
—Y chicas —dijo Wood—. Éste es...
—El grande —dijo Fred Weasley
—El que estábamos esperando —dijo George.
—Nos sabemos de memoria el discurso de Oliver —dijo Fred a Harry—. Estábamos en el equipo el año pasado.
Para este punto, todos se estaban riendo a carcajadas, al igual que Angelina, a la que le costó terminar la lectura.
—¡Merlín! ¿Cómo definir obsesión después de esto?—exclamó Bill.
—Esto no es nada—señaló Harry, entre risas—. Espera al 2º o 3º año y lo verás en todo su esplendor—. George y Angelina asintieron de acuerdo con el pelinegro.
—Callaos los dos —ordenó Wood—. Éste es el mejor equipo que Gryffindor ha tenido en muchos años. Y vamos a ganar.
Les lanzó una mirada que parecía decir: «Si no...».
—Sí, ya veo por donde va el asunto con ese chico—acotó Bill riendo nuevamente.
—Bien. Ya es la hora. Buena suerte a todos.
Harry siguió a Fred y George fuera del vestuario y, esperando que las rodillas no le temblaran, pisó el terreno de juego entre vítores y aplausos.
La señora Hooch hacía de árbitro. Estaba en el centro del campo, esperando a los dos equipos, con su escoba en la mano.
—Bien, quiero un partido limpio y sin problemas, por parte de todos —dijo cuando estuvieron reunidos a su alrededor.
—Nosotros siempre jugamos limpio—se defendió George, y Angelina asintió vehemente.
—Sí, el problema siempre fue con los de Slytherin—acotó la morena y nadie la contradijo.
Harry notó que parecía dirigirse especialmente al capitán de Slytherin, Marcus Flint, un muchacho de quinto año. Le pareció que tenía un cierto parentesco con el trol gigante.
Todos los que conocieron a Flint se rieron con ganas.
—¡Merlín, Harry!—jadeó George, conteniéndose el estómago por la falta de aire—. ¡Eso fue genial!
—Igual creo que Goyle se lleva el primer lugar de los parecidos—acotó Neville recordando su anterior pensamiento, lo que cosechó otra asonada de risas.
—Pensé que Vernon Dursley era el más parecido al trol—señaló Luna confundida, y las carcajadas esta vez fueron más fuertes que nunca.
—Es verdad—dijo Harry entre risas—. Tío Vernon se lleva el oro.
Con el rabillo del ojo, vio el estandarte brillando sobre la muchedumbre: «Potter; presidente». Se le aceleró el corazón. Se sintió más valiente.
Harry les sonrió a sus amigos, quienes respondieron de igual manera.
—Montad en vuestras escobas, por favor.
Harry subió a su Nimbus 2.000.
La señora Hooch dio un largo pitido con su silbato de plata. Quince escobas se elevaron, alto, muy alto en el aire. Y estaban muy lejos.
Tácitamente, todos habían hecho silencio, entusiasmados como estaban ante la perspectiva de revivir uno de los partidos de quidditch más apasionantes; sólo se oía en la sala la voz de Angelina.
—Y la quaffle es atrapada de inmediato por Angelina Johnson de Gryffindor... Qué excelente cazadora es esta joven y, a propósito, también es muy guapa...
—¡JORDAN!
—Lo siento, profesora.
Todos se rieron por el comentario de Lee.
—Es raro que no te pongas celoso—le dijo Ron a su hermano George.
George hizo un gesto como quitándole importancia. —A Lee le encantaba hacer ese chiste.
—Ah, ¿entonces no te parezco guapa?—dijo Angelina frunciendo el ceño.
George abrió los ojos como platos, balbuceado incoherencias. —Yo… ehh… no, lo decía por… ehh…
—Estoy jugando con vos—le dijo Angelina besándolo—. No eres el único con sentido del humor—agregó riendo al igual que todos los demás ante la cara anonadada de George.
El amigo de los gemelos Weasley, Lee Jordan, era el comentarista del partido, vigilado muy de cerca por la profesora McGonagall.
—Y realmente golpea bien, un buen pase a Alicia Spinnet, el gran descubrimiento de Oliver Wood, ya que el año pasado estaba en reserva... Otra vez Johnson y... No, Slytherin ha cogido la quaffle, el capitán de Slytherin, Marcus Flint se apodera de la quaffle y allá va... Flint vuela como un águila... está a punto de... no, lo detiene una excelente jugada del guardián Wood de Gryffindor y Gryffindor tiene la quaffle... Aquí está la cazadora Katie Bell de Gryffindor; buen vuelo rodeando a Flint, vuelve a elevarse del terreno de juego y… ¡Aaayyyy!, eso ha tenido que dolerle, un golpe de bludger en la nuca... La quaffle en poder de Slytherin... Adrian Pucey cogiendo velocidad hacia los postes de gol, pero lo bloquea otra bludger, enviada por Fred o George Weasley, no sé cuál de los dos... bonita jugada del golpeador de Gryffindor, y Johnson otra vez en posesión de la quaffle, el campo libre y allá va, realmente vuela, evita una bludger, los postes de gol están ahí... vamos, ahora Angelina... el guardián Bletchley se lanza... no llega... ¡GOL DE GRYFFINDOR!
—¡Siii!—fue el grito de alegría de muchos de los presentes. Nadie había interrumpido y muchos estaban siguiendo el partido como si fuese la primera vez que lo escuchaban (de hecho, la mitad de los de la sala nunca lo había hecho); era como si estuviesen en el estadio viéndolo.
—Es como si estuviese escuchando el partido por una radio mágica—rió Charlie, quien era uno de los que había festejado, y Harry, Ron, Ginny, Bill, Neville, Luna, George y Arthur asintieron de acuerdo con él.
Los gritos de los de Gryffindor llenaron el aire frío, junto con los silbidos y quejidos de Slytherin.
—Venga, dejadme sitio.
—¡Hagrid!
Ron y Hermione se juntaron para dejarle espacio a Hagrid.
—¿Ehh? ¿Qué pasó?—preguntó Fleur extrañada—. Cgeí que ega el punto de vista de Haggy.
—Por lo visto cambia la perspectiva de acuerdo a la historia—señaló Angelina frunciendo el ceño.
—Quiere decir que esto es importante para entender la trama—dijo Luna simplemente, y todos se miraron sorprendidos, antes de darle la razón a la rubia y prestar más atención a estos detalles.
—Estaba mirando desde mi cabaña —dijo Hagrid, enseñando el largo par de binoculares que le colgaban del cuello—. Pero no es lo mismo que estar con toda la gente. Todavía no hay señales de la snitch, ¿no?
—No —dijo Ron—. Harry todavía no tiene mucho que hacer.
—Mantenerse fuera de los problemas ya es algo —dijo Hagrid, cogiendo sus binoculares y fijándolos en la manchita que era Harry.
Por encima de ellos, Harry volaba sobre el juego, esperando alguna señal de la snitch. Eso era parte del plan que tenían con Wood.
—Mantente apartado hasta que veas la snitch —le había dicho Wood—. No queremos que ataques antes de que tengas que hacerlo.
Cuando Angelina anotó un punto, Harry dio unas volteretas para aflojar la tensión, y volvió a vigilar la llegada de la snitch. En un momento vio un resplandor dorado, pero era el reflejo del reloj de uno de los gemelos Weasley; en otro, una bludger decidió perseguirlo, como si fuera una bala de cañón, pero Harry la esquivó y Fred Weasley salió a atraparla.
Todos los Weasley volvieron a tensarse, sobre todo George. Era triste reconocerlo, pero desde el capítulo de la plataforma ¾ no habían escuchado hablar de Fred como si fuese una persona separada de su hermano gemelo, como si fuese posible concebir a uno sin el otro. Para este último, era doloroso escuchar hablar de su hermano con tanta soltura, pero aun así el dolor no era tanto como lo había sido el año pasado. Suponía que era parte de aceptar la realidad y avanzar…
La voz de Angelina, que tanto adoraba escuchar, lo sacó de su ensimismamiento.
—¿Está todo bien, Harry? —tuvo tiempo de gritarle, mientras lanzaba la bludger con furia hacia Marcus Flint.
—Slytherin toma posesión —decía Lee Jordan—. El cazador Pucey esquiva dos bludgers, a los dos Weasley y al cazador Bell, y acelera... esperen un momento... ¿No es la snitch?
Y ahora casi todos volvieron a tensarse, pero esta vez expectantes. Sin embargo, los que estaban esa tarde en el estadio sabían mejor…
Un murmullo recorrió la multitud, mientras Adrian Pucey dejaba caer la quaffle, demasiado ocupado en mirar por encima del hombro el relámpago dorado, que había pasado al lado de su oreja izquierda.
Harry la vio. En un arrebato de excitación se lanzó hacia abajo, detrás del destello dorado. El buscador de Slytherin, Terence Higgs, también la había visto. Nariz con nariz, se lanzaron hacia la snitch... Todos los cazadores parecían haber olvidado lo que debían hacer y estaban suspendidos en el aire para mirar.
Harry era más veloz que Higgs. Podía ver la pequeña pelota, agitando sus alas, volando hacia delante. Aumentó su velocidad y…
¡PUM! Un rugido de furia resonó desde los Gryffindors de las tribunas... Marcus Flint había cerrado el paso de Harry, para desviarle la dirección de la escoba, y éste se aferraba para no caer.
Los que no habían visto el partido saltaron de sus asientos y gritaron indignados por la jugada sucia del capitán de Slytherin.
—¡Deberían expulsarlo del juego!—exclamó Molly fuera de sus casillas—. Pudo haber lastimado a Harry.
—Lo sabemos, madre, pero tranquilízate—le pidió Bill, quien también estaba algo indignado.
—¡Falta! —gritaron los Gryffindors.
La señora Hooch le gritó enfadada a Flint, y luego ordenó tiro libre para Gryffindor; en el poste de gol. Pero con toda la confusión, la snitch dorada, como era de esperar, había vuelto a desaparecer.
—Lógico—gruñó George con voz gélida. ¡Cómo detestaba a Marcus Flint y al resto de proyectos de mortífagos con quienes compartió sus años en Hogwarts!
Al momento que pensó esto, se sintió asqueado. Sabía que no estaba siendo justo ni con Flint ni con los Slytherin que no se habían unido al Lado Oscuro, pero no podía evitarlo: fue doloroso para él luchar en la Batalla de Hogwarts contra gente que él mismo había visto en Slytherin. A pesar de que no era cierto, no podía evitar pensar que esa noche nadie que era o había sido alguna vez un Slytherin se había quedado a defender el castillo. ¡Es más! ¡Difícilmente hubiera podido aquella noche encontrar a alguien en el ejército de Voldemort que no hubiese estado en Slytherin! Ya sea más grandes o más chicos que él, todos habían estado ahí, disparando maleficios contra él, contra sus amigos, contra su familia, y todos ellos habían contribuido a la masacre de esa noche… todos ellos habían contribuido a la muerte de su hermano. Eso difícilmente podía perdonarse, mucho menos olvidarse…
—George, ¿estás bien?
Nuevamente, la voz de su novia lo sacó de su ensoñación. Alzó la vista, para encontrar que todos lo miraban preocupados.
—Sí, estoy bien—respondió intentando serenarse—. ¿Qué me perdí de la lectura?
—Nada—respondió Angelina, que aún se veía preocupada—. Discutíamos sobre si se deberían cambiar las reglas del quidditch. Tu mamá cree que sí.
—¡Por supuesto que sí!—intervino Molly nuevamente en tono de indignación—. La salud es principal—agregó fulminándolos a todos con la mirada, por lo que nadie se atrevió a contradecirla.
Abajo en las tribunas, Dean Thomas gritaba.
—¡Eh, árbitro! ¡Tarjeta roja!
—Esto no es el fútbol, Dean —le recordó Ron—. No se puede echar a los jugadores en quidditch... ¿Y qué es una tarjeta roja?
Pero Hagrid estaba de parte de Dean.
—Deberían cambiar las reglas. Flint ha podido derribar a Harry en el aire.
—Parece que Hagrid y tu tienen más en común de lo que parece, mamá—señaló Charlie entre risas, pero Molly asintió fervientemente de acuerdo con el semigigante.
A Lee Jordan le costaba ser imparcial.
—Entonces... después de esta obvia y desagradable trampa...
—¡Jordan! —lo regañó la profesora McGonagall.
—Quiero decir, después de esta evidente y asquerosa falta...
—¡Jordan, no digas que no te aviso...!
—Muy bien, muy bien. Flint casi mata al buscador de Gryffindor, cosa que le podría suceder a cualquiera, estoy seguro, así que penalti para Gryffindor; la coge Spinnet, que tira, no sucede nada, y continúa el juego, Gryffindor todavía en posesión de la pelota.
Para este punto, la mayoría se estaban carcajeando por el comentario de Lee, incluso Angelina quien encontró difícil terminar la lectura.
—¡Merlín!—exclamó Molly, la única que no se rió—. ¿Qué no puede contenerse?
—¡Mamá! No seas aguafiestas—dijo Ron, sin pensar. Rápidamente, se escondió detrás de Hermione, intentando evitar los ojos fulminantes de su madre.
Cuando Harry esquivó otra bludger, que pasó peligrosamente cerca de su cabeza, ocurrió. Su escoba dio una súbita y aterradora sacudida.
—¡¿Qué?!—chilló Molly, dejando de fulminar con la vista a su hijo—. ¿Qué pasó?
El trío intercambió miradas sombrías entre sí, sabiendo los tres que nadie se iba a tomar muy bien las conclusiones a las que habían llegado a final del día…
Durante un segundo pensó que iba a caer. Se aferró con fuerza a la escoba con ambas manos y con las rodillas. Nunca había experimentado nada semejante.
Sucedió de nuevo. Era como si la escoba intentara derribarlo. Pero las Nimbus 2.000 no decidían súbitamente tirar a sus jinetes. Harry trató de dirigirse hacia los postes de Gryffindor para decirle a Wood que pidiera una suspensión del partido, y entonces se dio cuenta de que su escoba estaba completamente fuera de control.
—¡Esa escoba fue hechizada!—exclamó Charlie indignado—. ¡Qué sucio!
—¡Y que lo digas!—contestó George igualmente molesto—. Me apuesto lo que sea a que fueron los de Slytherin.
—No lo creo—replicó Arthur frunciendo el ceño—. Es una Nimbus 2000, no una escoba de barrer. Sólo un maleficio hecho por un mago muy poderoso y oscuro puede hechizar esa escoba.
Nadie dijo nada ante este oscuro razonamiento, pero nuevamente el trío intercambió miradas sombrías. Sin duda, el culpable había sido un mago muy poderoso y oscuro…
No podía dar la vuelta. No podía dirigirla de ninguna manera. Iba en zigzag por el aire y, de vez en cuando, daba violentas sacudidas que casi lo hacían caer.
Lee seguía comentando el partido.
—Slytherin en posesión... Flint con la quaffle... la pasa a Spinnet, que la pasa a Bell... una bludger le da con fuerza en la cara, espero que le rompa la nariz (era una broma, profesora), Slytherin anota un tanto, oh, no...
Los de Slytherin vitoreaban. Nadie parecía haberse dado cuenta de la conducta extraña de la escoba de Harry. Lo llevaba cada vez más alto, lejos del juego, sacudiéndose y retorciéndose.
—¡Esto es absugdo! ¿Pog que no pagan el pagtido?—preguntó Fleur indignada.
—Nadie vio lo que estaba pasando—explicó Harry intentado tranquilizarla, pero sin éxito.
—No sé qué está haciendo Harry —murmuró Hagrid. Miró con los binoculares—. Si no lo conociera bien, diría que ha perdido el control de su escoba... pero no puede ser...
De pronto, la gente comenzó a señalar hacia Harry por encima de las gradas.
—En buena hoga—masculló Fleur con el ceño fruncido y los brazos cruzados.
Su escoba había comenzado a dar vueltas y él apenas podía sujetarse. Entonces la multitud jadeó. La escoba de Harry dio un salto feroz y Harry quedó colgando, sujeto sólo con una mano.
Casi todos los que no estaban presentes durante el partido ahogaron un grito. Harry se apresuró para rodear con el brazo a su novia quien se había vuelto a poner muy tensa. Sin embargo, él mismo reprimió un escalofrío después de darse cuenta qué tan cerca había estado de caer…
—¿Le sucedió algo cuando Flint le cerró el paso? —susurró Seamus.
—No lo creo—dijo Arthur aunque con voz dubitativa y ansiosa—. Es muy complicado para un alumno ese tipo de magia.
—No puede ser —dijo Hagrid, con voz temblorosa—. Nada puede interferir en una escoba, excepto la poderosa magia tenebrosa... Ningún chico le puede hacer eso a una Nimbus 2.000.
—Mi punto precisamente—asintió Arthur débilmente.
Ante esas palabras, Hermione cogió los binoculares de Hagrid, pero en lugar de enfocar a Harry comenzó a buscar frenéticamente entre la multitud.
—¿Qué haces? —gimió Ron, con el rostro grisáceo.
—Lo sabía —resopló Hermione—. Snape... Mira.
Ron cogió los binoculares. Snape estaba en el centro de las tribunas frente a ellos. Tenía los ojos clavados en Harry y murmuraba algo sin detenerse.
Ante esto, nuevamente se levantaron los gritos de ultraje y de furia, sobre todo de Neville, George, Charlie y Fleur quienes aún no estaban convencidos de la inocencia de Snape, y aún menos con lo que estaban leyendo sobre él. Molly sin embargo no se les quedaba atrás. Sus chillidos de furia sobresalían por encima del resto en forma de insultos para el profesor de pociones y Arthur no lograba tranquilizarla.
—¡SUFICIENTE!
Harry se había levantado abruptamente y haciendo uso de todo su caudal pulmonar se había hecho oír, dejando a todos anonadados.
—Lo siento—se disculpó Harry con voz ronca pero suave, antes de sentarse nuevamente—. Pero entiendan que ya les expliqué varias veces lo de Snape…
—¡Pero Harry—insistió Charlie—, es obvio que estaba maldiciendo la escoba!
Harry contó mentalmente hasta tres antes de responder: —Eso es lo que todos creímos. Pero insisto, lo que leemos en el libro solo muestra lo que vemos ahí. Tendremos que esperar para ver lo que pasó en verdad—concluyó dando por zanjado el asunto.
Ni que decir que nadie de los que protestaron quedaron conformes con esa explicación, pero igualmente todos se sentaron para seguir escuchando la lectura.
—Está haciendo algo... Mal de ojo a la escoba —dijo Hermione.
—¿Qué podemos hacer?
—Déjamelo a mí.
Antes de que Ron pudiera decir nada más, Hermione había desaparecido. Ron volvió a enfocar a Harry. La escoba vibraba tanto que era casi imposible que pudiera seguir colgado durante mucho más tiempo. Todos miraban aterrorizados, mientras los Weasley volaban hacía él, tratando de poner a salvo a Harry en una de las escobas. Pero aquello fue peor: cada vez que se le acercaban, la escoba saltaba más alto.
Nuevamente todos los que no sabían sobre este episodio se tensaron, y algunos como Molly reprimieron un escalofrío.
Se dejaron caer y comenzaron a volar en círculos, con el evidente propósito de atraparlo si caía. Marcus Flint cogió la quaffle y marcó cinco tantos sin que nadie lo advirtiera.
—¡Qué sucio!—exclamó Charlie indignado, olvidándose por completo de la escoba maldita.
—¡Eso no importa ahora!—le espetó Molly muy ansiosa.
—Vamos, Hermione —murmuraba desesperado Ron.
Hermione había cruzado las gradas hacia donde se encontraba Snape y en aquel momento corría por la fila de abajo. Ni se detuvo para disculparse cuando atropelló al profesor Quirrell y, cuando llegó donde estaba Snape, se agachó, sacó su varita y susurró unas pocas y bien elegidas palabras.
Unas llamas azules salieron de su varita y saltaron a la túnica de Snape. El profesor tardó unos treinta segundos en darse cuenta de que se incendiaba. Un súbito aullido le indicó a la chica que había hecho su trabajo. Atrajo el fuego, lo guardó en un frasco dentro de su bolsillo y se alejó gateando por la tribuna. Snape nunca sabría lo que le había sucedido.
Nadie en la sala decía nada, pero seguían cada vez más atónitos lo que el libro decía. Entonces la sala estalló en una carcajada atronadora, sobre todo de parte de los más resentidos con Snape.
Harry no pudo evitarlo: también rió con ganas, porque aunque sabía que Snape no era el culpable, sí merecía una pequeña retribución por todos los maltratos que le había hecho.
Tardaron varios minutos en dejar de reír, y cuando lo hicieron algunos seguían sonriendo maliciosamente.
Fue suficiente. Allí arriba, súbitamente, Harry pudo subir de nuevo a su escoba.
Ante esto, George y Neville se miraron entre sí, sin decir nada, pero compartiendo una mirada significativa. Esto no pasó desapercibido por Harry, quien no dijo nada tampoco, pero un poco exasperado por la falta de confianza. A esta altura, difícilmente puedan esfumarse los viejos rencores…
—¡Neville, ya puedes mirar! —dijo Ron. Neville había estado llorando dentro de la chaqueta de Hagrid aquellos últimos cinco minutos.
Harry iba a toda velocidad hacia el terreno de juego cuando vieron que se llevaba la mano a la boca, como si fuera a marearse. Tosió y algo dorado cayó en su mano.
—¡Tengo la snitch! —gritó, agitándola sobre su cabeza; el partido terminó en una confusión total.
Todos en la sala seguían en un profundo y sordo silencio. Pero entonces la mayoría prorrumpió en un rugido de victoria y festejo, sobre todo los fanáticos del Quidditch.
—¡INCREÍBLE!—rugió Charlie aplaudiendo como loco—. ¡Esto es algo que nunca había visto!
—¡Y que lo digas!—exclamó Arthur riendo.
Ginny también se reía como loca, y mientras ella lo felicitaba, Harry pensó que nunca se cansaría de verla reír así.
Angelina aprovechó para reponer la voz y beber el resto del chocolate ya frío antes de continuar.
—No es que la haya atrapado, es que casi se la traga —todavía gritaba Flint veinte minutos más tarde. Pero aquello no cambió nada.
—Llorón—se burló George maliciosamente. Charlie rió socarronamente, de acuerdo con su hermano.
Harry no había faltado a ninguna regla y Lee Jordan seguía proclamando alegremente el resultado. Gryffindor había ganado por ciento setenta puntos a sesenta. Pero Harry no oía nada. Tomaba una taza de té fuerte, en la cabaña de Hagrid, con Ron y Hermione.
—¡Y no es para menos!—se quejó Molly, quien se había calmado tan solo un poco después del partido—. ¡Casi se mata ahí arriba!
—Lo se Molly—la consoló Arthur—, pero lo importante es que todo salió bien. Harry no salió lastimado.
El pelinegro internamente pensaba que Molly habría de necesitar más que un sahumerio para tranquilizarse para cuando terminen de leer el libro.
—Era Snape —explicaba Ron—. Hermione y yo lo vimos. Estaba maldiciendo tu escoba. Murmuraba y no te quitaba los ojos de encima.
—Tonterías —dijo Hagrid, que no había oído una palabra de lo que había sucedido—. ¿Por qué iba a hacer algo así Snape?
Harry, Ron y Hermione se miraron, preguntándose qué le iban a decir. Harry decidió contarle la verdad.
—Descubrimos algo sobre él —dijo a Hagrid—. Trató de pasar ante ese perro de tres cabezas, en Halloween. Y el perro lo mordió. Nosotros pensamos que trataba de robar lo que ese perro está guardando.
Hagrid dejó caer la tetera.
—¿Qué sabéis de Fluffy? —dijo.
—¿Fluffy?—preguntó Charlie abriendo los ojos como platos y soltando una risotada.
—Si, bueno. Es Hagrid de quien hablamos—respondió Ron también riendo.
—¿Fluffy?
—Ajá... Es mío... Se lo compré a un griego que conocí en el bar el año pasado... y se lo presté a Dumbledore para guardar...
—¿Sí? —dijo Harry con nerviosismo.
—Bueno, no me preguntéis más —dijo con rudeza Hagrid—. Es un secreto.
Ante esto, varios se rieron y algunos se exasperaron por lo metepatas que es Hagrid.
—Podrá ser confiable en cuanto a encargos y en amistad…—concedió Arthur entre risas.
—¡Pero no le pidas que guarde un secreto!—concluyó Molly frunciendo el seño.
—Pero Snape trató de robarlo.
—Tonterías —repitió Hagrid—. Snape es un profesor de Hogwarts, nunca haría algo así.
—Entonces ¿por qué trató de matar a Harry? —gritó Hermione.
Los acontecimientos de aquel día parecían haber cambiado su idea sobre Snape.
—Yo conozco un maleficio cuando lo veo, Hagrid. Lo he leído todo sobre ellos. ¡Hay que mantener la vista fija y Snape ni pestañeaba, yo lo vi!
—Os digo que estáis equivocados —dijo ofuscado Hagrid—. No sé por qué la escoba de Harry reaccionó de esa manera. ¡Pero Snape no iba a tratar de matar a un alumno! Ahora, escuchadme los tres, os estáis metiendo en cosas que no os conciernen y eso es peligroso. Olvidaos de ese perro y olvidad lo que está vigilando. En eso sólo tienen un papel el profesor Dumbledore y Nicolás Flamel...
—¡Ah! —dijo Harry—. Entonces hay alguien llamado Nicolás Flamel que está involucrado en esto, ¿no?
Hagrid pareció enfurecerse consigo mismo.
Y otra vez se oyeron tanto risas como exasperaciones en toda la sala.
—Juro que antes que confiarle un secreto a Hagrid, me caso con una mandrágora—bromeó George, a lo que Angelina lo miró con las cejas levantadas pero también muy divertida.
—Sean buenos con él—les recriminó Hermione, quien a pesar de esto sonreía—. Hagrid será torpe y metepatas…
—¡Y que lo digas!
—Como sea, Ron. Lo importante es que es una excelente persona—sentenció la castaña.
—Nadie dice lo contgagio, Heggmione—aclaró Fleur—. Pego podgía seg más cuidadoso al hablag en fgente de otgas pegsonas…
Mientras discutían sobre Hagrid, Percy volvía a pensar en lo ingenuo que fue Dumbledore en confiarle al guardabosque un secreto tan importante, sabiendo que era tan poco confiable en ese sentido. Sin embargo, recordó enseguida sus conjeturas previas sobre lo fácil que le resultó a Harry atar los cabos y unir los puntos. No, evidentemente Dumbledore estaba muy interesado en que Harry avanzara en su investigación. La pregunta es ¿por qué? Todos los caminos llevaban al peligro, y difícilmente el director hubiese querido poner en peligro a nadie, mucho menos Harry…
—Bueno, es el final del capítulo—dijo Angelina marcando la página y cerrando el libro.
De repente todos se dieron cuenta cuan cansados estaban, sobre todo teniendo en cuenta lo intenso de este último capítulo y la hora que era: las 12 menos cuarto.
—Podríamos mañana hacer lo mismo que hoy—sugirió Arthur entre bostezos—. Si sigue lloviendo así, podemos reunirnos aquí a las 10 después de desayunar. ¿Estamos de acuerdo?—preguntó mirando a todos.
Casi todos asintieron fervientemente (menos Ron, Charlie y George, quienes no eran buenos madrugadores); nunca lo iban a admitir en frente de Harry, pero estaban disfrutando mucho la lectura y no querían detenerla.
Mientras todos se iban a acostar, deseando internamente que al día siguiente siga lloviendo, Ginny aprovechó para acercarse a su novio, quien se había quedado en la cocina limpiando las tazas de chocolate.
—Necesito confiarte algo, Harry—le dijo en un susurro mientras lo ayudaba a limpiar las tazas.
—Podés confiar en mí, Ginny—le aseguró el pelinegro mientras secaba las tazas húmedas y las guardaba—. ¿De qué se trata?
Ginny se cercioró de que no hubiese nadie cerca, antes de contestar con decisión: —Es sobre mi futuro después de Hogwarts, pero no sé si a mis padres les gustará. Yo lo tengo decidido, sobre todo después de hoy.
Harry se dio vuelta para mirarla con el ceño fruncido, extrañado. —No creo que sea tan terrible como para que tus padres se opongan. Los conoces bien—le señaló en tono reconfortante.
—Sí, es verdad—concedió Ginny, aunque mordiéndose el labio en claro gesto de nerviosismo—. Sé que quiero aprobar los EXTASIS antes de iniciar mi carrera, tal vez eso los reconforte a ellos…
—Ginny—la atajó su novio, tomándola de los hombros—. Estás hablando de tu futuro y de tu carrera. Sólo vos tenés la autoridad para decidir quién querés ser y qué es lo que querés hacer de tu vida. Y te repito—le dijo mirándola fijamente—, tus padres seguro van a apoyarte, y tus hermanos también. No tenés por qué temer—le aseguró finalmente abrazándola.
Los dos jóvenes se quedaron abrazados por un rato, mientras Ginny mentalmente no podía creer la suerte que tenía por tener a Harry como novio.
—Aunque tal vez Ron se decepcione un poco —sugirió Ginny mucho más relajada—. Que vaya a hacer las pruebas para las Arpías de Holyhead y no para los Chudley Cannons no le va a hacer mucha gracia…
Harry asintió por un tiempo largo, hasta que las palabras de Ginny cobraron sentido.
