¡Hola a todos! Muchas gracias a todos los que siguen la historia.

Esta vez actualizo mas temprano, necesitaba realmente ponerme a escribir para no dejar esta historia discontinua y sobre todo para corresponder todo el apoyo y las sugerencias que me dan. Este capítulo es un poco mas largo que el anterior, espero que lo disfruten.

DISCLAIMER: HP es de JR y la Warner


Capítulo 15. El Espejo de Oesed

A la mañana siguiente, George fue el primero en levantarse muy temprano; se había desvelado hasta muy tarde con Angelina [no necesitan saber los detalles muajajaja] y cuando por fin pudo acostarse y conciliar el sueño, había tenido una pesadilla. No recordaba mucho sobre la misma, pero seguro había tenido que ver con Fred porque se había despertado con los ojos húmedos.

No podía evitarlo, pensaba mientras se preparaba un té; la lectura era tan vívida que le hacía recordar los detalles aún más profundamente que antes, y no ayudaba que Fred apareciera tan casualmente como si nada, como si nunca se hubiese ido…

—¿George?—dijo suavemente una voz femenina.

El pelirrojo se dio vuelta, y se encontró frente a frente con su novia Angelina, tan hermosa y deslumbrante como siempre.

—¿Cómo estas, Angie?—le dijo, intentando componer una sonrisa mientras la besaba.

—¿Cómo estás ?—le preguntó su novia con tono de preocupación, secándole una lágrima del ojo que no se había percatado que estaba ahí.

George sabía que Angelina intuía lo que le estaba pasando a él.

—Tuve una pesadilla… con él—respondió evitando la mirada de su novia, intentando controlar el torrente de emociones que amenazaba con desbordarlo.

—George, mírame—le dijo Angelina posando su mano en su mejilla.

El pelirrojo levantó finalmente la mirada para encontrarse con los intensos ojos de su novia, y descubrió que no tenía por qué aparentar fuerza con ella. Sintiendo que se le formaba un nudo en la garganta, respondió con toda la sinceridad que pudo: —Lo extraño.

Como toda respuesta, Angelina lo abrazó fuertemente y George por fin pudo liberar toda la tensión que había acumulado estos últimos días de lectura. Lloró como no lo hacía desde que había muerto Fred.

—Lo extraño horrores, Angie…—balbuceaba por momentos entre sollozos.

—Lo sé, Georgie—le dijo suavemente su novia mientras lo acariciaba—. No tenés porque aparentar fuerza todo el tiempo. Aceptar tu dolor es parte de superarlo—le aseguró mirándolo de frente.

George asintió tembloroso, pero aun así no rompió el abrazo. Siguieron así por lo que parecieron horas, hasta que el silbido de la tetera los hizo saltar y separarse.

George aprovechó para secarse las lágrimas del rostro y servir té para los dos.

—Gracias, Angie—le dijo a su novia después de unos minutos, sintiéndose mucho más tranquilo y notando de repente lo hermosa que estaba hoy la morena—. De verdad, necesitaba esto.

Ella sonrió ampliamente, y George pensó que mientras pudiera contemplar esa sonrisa todos los días, entonces sí se consideraría un hombre feliz.

—Yo también—le respondió Angelina besándolo intensamente y con un brillo juguetón en los ojos—. Y ahora… tenemos un par de horas antes de que despierten todos. ¿Cómo era ese hechizo para silenciar la habitación?

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—Bien, ahora que estamos todos despiertos podríamos seguir leyendo—sugirió Ginny, mirando a todos. Pese a que en realidad no todos estaban tan despiertos, nadie quería perderse de la lectura… bueno, nadie a excepción de Harry.

—Supongo que aún no paró de llover, ¿no?—preguntó el pelinegro sin mucha esperanza.

—No—contestó Charlie, quien miraba por encima de su hombro la ventana—, y para colmo ahora graniza.

—Genial—masculló Harry irónicamente desplomándose en el sillón, junto a Ginny, quien hacía un serio esfuerzo por no reírse.

—Bien, si no les molesta, sigo yo—dijo Bill tomando el libro y abriéndolo donde lo dejaron la noche anterior.

—Esperen—dijo Hermione de repente—, ¿les parece que cada uno lea un capítulo y después volvemos a empezar la ronda?

Todos asintieron de acuerdo con la castaña.

—El que viene lo leo yo, si no les molesta—dijo Ginny.

—Y yo después—añadió Fleur.

—Y entonces vuelve a empezar la ronda—asintió Hermione—. Empiezo yo otra vez—añadió contando con los dedos—, y después Percy, Ron, Arthur, Harry, George, Molly, Neville, Luna, Charlie, Angelina, Bill, Ginny y Fleur.

Cuando terminó, Ron estaba con la boca abierta y Ginny se rió de la cara de su hermano.

—Ehh… bueno—dijo Bill, aclarándose la garganta—, entonces empiezo con el capítulo—dijo, y al ver el título frunció el ceño. No sé por qué esto me da mala espina—. El capítulo se llama: El Espejo de Oesed

Harry abrió los ojos como platos, recordando sus noches de desvelo fantaseando con que el reflejo que veía fuese realidad. Sabía que esto iba a ser duro de recordar, y no estaba emocionado con imaginar cómo reaccionaría su familia ante esto…

Se acercaba la Navidad. Una mañana de mediados de diciembre Hogwarts se descubrió cubierto por dos metros de nieve. El lago estaba sólidamente congelado y los gemelos Weasley fueron castigados por hechizar varias bolas de nieve para que siguieran a Quirrell y lo golpearan en la parte de atrás de su turbante.

Mientras varios se reían, Harry internamente pensaba sardónicamente que los gemelos habían estado golpeando a Voldemort con bolas de nieve, lo cual era demasiado bizarro para concebir en otro contexto.

Las pocas lechuzas que habían podido llegar a través del cielo tormentoso para dejar el correo tuvieron que quedar al cuidado de Hagrid hasta recuperarse, antes de volar otra vez.

Todos estaban impacientes de que empezaran las vacaciones. Mientras que la sala común de Gryffindor y el Gran Comedor tenían las chimeneas encendidas, los pasillos, llenos de corrientes de aire, se habían vuelto helados, y un viento cruel golpeaba las ventanas de las aulas. Lo peor de todo eran las clases del profesor Snape, abajo en las mazmorras, en donde la respiración subía como niebla y los hacía mantenerse lo más cerca posible de sus calderos calientes.

—No ayuda a que el profesor sea un témpano de hielo como Snape—masculló inaudiblemente Neville, a quien le iba a costar mucho encontrar razones para perdonar al antiguo profesor de pociones.

Me da mucha lástima—dijo Draco Malfoy, en una de las clases de Pociones—toda esa gente que tendrá que quedarse a pasar la Navidad en Hogwarts, porque no los quieren en sus casas.

Ante esto, varios gruñeron de rabia, sobre todo Ron y Bill.

—Sólo está resentido—razonó Luna con voz soñadora—. Siempre que pierde en quidditch se vuelve más odioso que antes.

—No significa que me guste más—masculló Ron masticando rabia, pero se calmó cuando Hermione lo tomó de la mano.

Bill tomó un respiro antes de seguir con la lectura. ¡Merlín! ¡Cómo detestaba el bullying y a los que lo practicaban!

Mientras hablaba, miraba en dirección a Harry. Crabbe y Goyle lanzaron risitas burlonas.

Ginny gruñó por los bajo algunas palabrotas que provocaron que Harry se lleve la mano a la boca para evitar reírse.

Harry, que estaba pesando polvo de espinas de pez león, no les hizo caso. Después del partido de quidditch, Malfoy se había vuelto más desagradable que nunca. Disgustado por la derrota de Slytherin, había tratado de hacer que todos se rieran diciendo que un sapo con una gran boca podía reemplazar a Harry como buscador.

—Tenías razón Luna—comentó Neville a su amiga, quien apenas pareció darse por aludida; lo miró como si estuviese comentando sobre el tiempo.

—Mientras él no podría atrapar la snitch ni con dos manos extra—comentó Ron mordaz y muchos se rieron.

Pero entonces se dio cuenta de que nadie lo encontraba gracioso, porque estaban muy impresionados por la forma en que Harry se había mantenido en su escoba. Así que Malfoy; celoso y enfadado, había vuelto a fastidiar a Harry por no tener una familia apropiada.

—Por eso es mejor ignorar ese tipo de comentarios—dijo Harry como quitándole importancia, cuando todos volvieron a gruñir—, tarde o temprano la gente se cansa de escucharlos.

Era verdad que Harry no iría a Privet Drive para las fiestas. La profesora McGonagall había pasado la semana antes, haciendo una lista de los alumnos que iban a quedarse allí para Navidad, y Harry puso su nombre de inmediato. Y no se sentía triste, ya que probablemente ésa sería la mejor Navidad de su vida.

Ante esto, el humor de todos descendió radicalmente.

—¡Y eso no está nada bien!—exclamó Molly, pensando en que si tuviese a Petunia en frente la hechizaría hasta el año que viene. Ella más que nadie sabía cómo debía ser una madre.

—No se preocupe Señora Weasley—la tranquilizó Harry—, mis Navidades no hicieron más que mejorar, y todo gracias a ustedes—añadió sonriendo, y todos inmediatamente correspondieron la sonrisa del pelinegro. Sin duda, Harry es algo especial, pensaba Ginny mientras se reclinaba sobre su novio.

Ron y sus hermanos también se quedaban, porque el señor y la señora Weasley se marchaban a Rumania, a visitar a Charles.

—Yo también tuve una navidad genial ese año—señaló Charlie sonriendo, al igual que sus padres.

—Es muy bonito Rumania en Navidad, y no hace tanto frío como aquí—acotó Ginny, quien recordaba a la perfección los paisajes rumanos.

—¿Qué es lo que más te gustó de allí, Ginny?—le preguntó Harry curioso.

—El Castillo de Bran—respondió Ginny con los ojos llenos de emoción—. Me hizo pensar en Hogwarts y en lo poco que me faltaba para conocerlo.

—Pero Hogwarts no se parece en nada al Castillo de Bran—acotó Charlie con el ceño fruncido.

—Lo sé, Charlie—respondió Ginny rodando los ojos—, pero no lo sabía. Yo tenía ganas de imaginarme un castillo y el de Bran me pareció bellísimo. Además, siempre me dio curiosidad conocer el lugar donde había vivido Vlad Drakul.

—¿Te refieres al famoso Conde Drácula, el de las historias sobre vampiros y eso?—preguntó Harry muerto de curiosidad.

Hermione soltó una carcajada. —No es una historia simplemente, es realidad. Vlad Drakul y su hijo Vlad el Empalador fueron vampiros realmente, los más famosos de hecho. Los muggles no saben la realidad, pero la intuyen bien.

Ante esto, Harry no pudo evitar sentir una punzada de envidia. Tendría que ir a conocer el lugar sin duda. ¡Y llevaría nuevamente a Ginny si de sí mismo dependiera!

La voz de Bill continuando la lectura lo despertó de su fantasía.

Cuando abandonaron los calabozos, al finalizar la clase de Pociones, encontraron un gran abeto que ocupaba el extremo del pasillo. Dos enormes pies aparecían por debajo del árbol y un gran resoplido les indicó que Hagrid estaba detrás de él.

Hola, Hagrid. ¿Necesitas ayuda? —preguntó Ron, metiendo la cabeza entre las ramas.

No, va todo bien. Gracias, Ron.

—¿Quién te tenía a vos tan servicial?—le preguntó Hermione burlonamente.

Ron alzó una ceja. —Soy servicial—contestó inocentemente, pero la mueca en sus labios no engañó a nadie.

¿Te importaría quitarte de en medio? —La voz fría y gangosa de Malfoy llegó desde atrás—. ¿Estás tratando de ganar algún dinero extra, Weasley? Supongo que quieres ser guardabosques cuando salgas de Hogwarts... Esa choza de Hagrid debe de parecerte un palacio, comparada con la casa de tu familia.

Nuevamente, Bill encontró muy difícil terminar la lectura ya que temblaba de rabia hacia el final de este párrafo. Y no era el único: Charlie, Ginny, Ron, Hermione… bueno, casi todos los presentes echaban chispas por los ojos.

—Ignora ese tipo de comentarios, Ron—le dijo Arthur, intentando sonar calmado—. No es la primera vez que escucho eso.

Ni que decir que nadie logró serenarse; las palabras de Malfoy siempre lograban sacarlos de sus casillas. Previendo que no iba a ser una fácil lectura, Harry encendió un segundo sahumerio que por fin logró calmar (algo) los ánimos de todos.

—Continua Bill, pog favog—le susurró Fleur tomándolo del brazo, lo cual terminó por tranquilizar a su esposo.

Ron se lanzó contra Malfoy justo cuando aparecía Snape en lo alto de las escaleras.

—Y no te culpo Ron—gruño Ginny con los ojos algo enrojecidos. Harry se apresuró a rodearla con el brazo.

¡WEASLEY!

Ron soltó el cuello de la túnica de Malfoy.

Lo han provocado, profesor Snape —dijo Hagrid, sacando su gran cabeza peluda por encima del árbol—. Malfoy estaba insultando a su familia.

Lo que sea, pero pelear está contra las reglas de Hogwarts, Hagrid —dijo Snape con voz amable—. Cinco puntos menos para Gryffindor; Weasley, y agradece que no sean más. Y ahora marchaos todos.

—Mi paciencia tiene un límite con estos dos—masculló Charlie masajeándose las sienes por la frustración.

—La mía ya encontró el suyo hace tiempo—añadió Ron retorciendo uno de los almohadones del sillón.

Malfoy, Crabbe y Goyle pasaron bruscamente, sonriendo con presunción.

Voy a atraparlo —dijo Ron, sacando los dientes ante la espalda de Malfoy—. Uno de estos días lo atraparé...

Los detesto a los dos —añadió Harry—. A Malfoy y a Snape.

—Y no te culpo Harry—volvió a gruñir Ginny.

—Está bien Ginny—le aseguró su novio—. Esto ya pasó.

Vamos, arriba el ánimo, ya es casi Navidad —dijo Hagrid—. Os voy a decir qué haremos: venid conmigo al Gran Comedor; está precioso.

Así que los tres siguieron a Hagrid y su abeto hasta el Gran Comedor, donde la profesora McGonagall y el profesor Flitwick estaban ocupados en la decoración.

El salón estaba espectacular. Guirnaldas de muérdago y acebo colgaban de las paredes, y no menos de doce árboles de Navidad estaban distribuidos por el lugar, algunos brillando con pequeños carámbanos, otros con cientos de velas.

—Aaah sí—recordó Bill sonriendo nostálgico y olvidando su enojo—, Hogwarts se lucía cuando llegaba Navidad.

Todos sin excepción se tomaron unos segundos para recordar la primera Navidad que pasaron en el colegio; el sahumerio les ayudó a penetrar más profunda y vívidamente en su memoria y los que tenían los ojos cerrados se sintieron volver a los pasillos y corredores de Hogwarts.

Harry personalmente sentía que nunca iba a poder olvidar esas gloriosas vacaciones de Navidad en su lugar favorito en el mundo… No, el segundo, pensó mientras abría los ojos y contemplaba a su alrededor a todas las personas que lo acompañaban en todo momento. Nunca hasta entonces habían cobrado tanto sentido esas palabras grabadas en la lápida de Ariana y Kendra Dumbledore: Allí donde esté tu corazón, estará tu tesoro.

Bill respiró profundamente, sintiendo que su bronca se esfumaba, antes de continuar.

¿Cuántos días os quedan para las vacaciones? —preguntó Hagrid.

Sólo uno —respondió Hermione—. Y eso me recuerda... Harry, Ron, nos queda media hora para el almuerzo, deberíamos ir a la biblioteca.

—¿La biblioteca?—preguntó George con los ojos muy abiertos, mirando al trío—. ¡¿En vacaciones?!

—Tuvimos que hacerlo—se defendió Harry, quien se lamentaba hacer sido tan despistado; lo único que necesitaba leer estaba en su mesita de luz en un montoncito de Cromos de Magos.

Sí, claro, tienes razón—dijo Ron, obligándose a apartar la vista del profesor Flitwick, que sacaba burbujas doradas de su varita, para ponerlas en las ramas del árbol nuevo.

—¿Quién eres y qué hiciste con Ronald Bilius Weasley?

—Cállate, Ginny—masculló Ron.

¿La biblioteca?—preguntó Hagrid, acompañándolos hasta la puerta—. ¿Justo antes de las fiestas? Un poco triste, ¿no creéis?

—Mi punto precisamente—masculló George pinchándose el puente de la nariz en claro gesto de exasperación.

Oh, no es un trabajo—explicó alegremente Harry—. Desde que mencionaste a Nicolás Flamel, estamos tratando de averiguar quién es.

Se oyeron varios gestos de fastidio, sobre todo de parte de Molly.

—Ustedes tres son demasiado curiosos para su propio bien—señaló la matriarca Weasley.

—Y que lo digas—acotó Ginny mirando de soslayo a su novio, quien levantó las cejas en su dirección. La pelirroja le sacó la lengua por toda respuesta.

¿Qué?—Hagrid parecía impresionado—. Escuchadme... Ya os lo dije... No os metáis. No tiene nada que ver con vosotros lo que custodia ese perro.

Nosotros queremos saber quién es Nicolás Flamel, eso es todo—dijo Hermione.

Salvo que quieras ahorrarnos el trabajo—añadió Harry—. Ya hemos buscado en miles de libros y no hemos podido encontrar nada... Si nos das una pista... Yo sé que leí su nombre en algún lado.

—¡JA!—se rió Charlie burlonamente—. Esa no es la forma de sonsacarle un secreto a Hagrid.

—Lo sé—contestó Harry rodando los ojos—. Era eso o tener que soportar OTRA tarde en la biblioteca.

Hermione frunció el ceño. ¿Qué tiene de malo pasar una tarde en la biblioteca?

No voy a deciros nada—dijo Hagrid con firmeza.

Entonces tendremos que descubrirlo nosotros—dijo Ron. Dejaron a Hagrid malhumorado y fueron rápidamente a la biblioteca.

Habían estado buscando el nombre de Flamel desde que a Hagrid se le escapó, porque ¿de qué otra manera podían averiguar lo que quería robar Snape? El problema era la dificultad de buscar; sin saber qué podía haber hecho Flamel para figurar en un libro. No estaba en Grandes magos del siglo XX, ni en Notables nombres de la magia de nuestro tiempo; tampoco figuraba en Importantes descubrimientos en la magia moderna ni en Un estudio del reciente desarrollo de la hechicería. Y además, por supuesto, estaba el tamaño de la biblioteca, miles y miles de libros, miles de estantes, cientos de estrechas filas...

A medida que iban avanzando en la lectura las reacciones de los oyentes se acentuaban: Percy, Bill y Arthur trataban de contener la risa, pensando que habían hecho un esfuerzo enorme pero leyendo los libros equivocados; George, Ginny, Neville, Charlie, Fleur y Angelina abrían cada vez más los ojos, no dando crédito al empeño que ponían y la cantidad de libros que leían; Molly se exasperaba cada vez más por lo metiches que eran los tres amigos; el trío también se exasperaba cada vez más, pensando en las largas horas que desperdiciaron buscando sin sentido una respuesta que tenían tan cerca, si tan sólo hubiesen prestado más atención…

Finalmente Luna interrumpió la lectura. —La respuesta que buscaban la tenían muy cerca—dijo y todos menos el trío la miraron extrañados—. Estaba en el Cromo de Magos de Dumbledore que Harry obtuvo en el Expreso de Hogwarts.

Harry se palmeó la frente, mientras todos los que no conocían el final hacían diversos gestos de comprensión mientras recordaban y algunos empezaron a reírse.

—No sé porque no estabas ahí ese año—masculló Ron cruzando los brazos.

Hermione sacó una lista de títulos y temas que había decidido investigar; mientras Ron se paseaba entre una fila de libros y los sacaba al azar. Harry se acercó a la Sección Prohibida. Se había preguntado si Flamel no estaría allí. Pero por desgracia, hacía falta un permiso especial, firmado por un profesor, para mirar alguno de los libros de aquella sección, y sabía que no iba a conseguirlo.

—A no ser que Lockhart sea ese profesor—señaló Harry mirando de soslayo a Hermione, quien rodó los ojos exasperada

—Oh, cállate Harry—gruñó mientras Ron, George y Ginny se carcajeaban.

Allí estaban los libros con la poderosa Magia del Lado Oscuro, que nunca se enseñaba en Hogwarts y que sólo leían los alumnos mayores, que estudiaban cursos avanzados de Defensa Contra las Artes Oscuras.

¿Qué estás buscando, muchacho?

Nada —respondió Harry.

—See, porque la señora Pince se la va a creer.

—Cállate, George.

La señora Pince, la bibliotecaria, empuñó un plumero ante su cara.

Entonces, mejor que te vayas. ¡Vamos, fuera!

—¡Qué encanto de mujeg!—dijo Fleur frunciendo la nariz.

—Yo siempre creí que haría una pareja perfecta con Filch—señaló Charlie burlón, y mientras la mitad se reía y la otra mitad hacía gestos de asco, Harry y Hermione se miraron significativamente. Tal vez no estaban tan equivocados…

Harry salió de la biblioteca, deseando haber sido más rápido en inventarse algo. Él, Ron y Hermione se habían puesto de acuerdo en que era mejor no consultar a la señora Pince sobre Flamel. Estaban seguros de que ella podría decírselo, pero no podían arriesgarse a que Snape se enterara de lo que estaban buscando.

—Que inocentes que éramos para sospechar de Snape—suspiró Hermione.

—Con todas las pruebas ahí era difícil no sospechar de él—le recordó Harry.

—Además su actitud de murciélago amargado no ayudaba en nada—señaló Ron seriamente, y ni siquiera Harry pudo contradecirlo.

Harry los esperó en el pasillo, para ver si los otros habían encontrado algo, pero no tenía muchas esperanzas. Después de todo, buscaban sólo desde hacía quince días y en los pocos momentos libres, así que no era raro que no encontraran nada.

—No puedo creerlo—murmuraba George negando con la cabeza—. Realmente no puedo…

Lo que realmente necesitaban era una buena investigación, sin la señora Pince pegada a sus nucas.

Cinco minutos más tarde, Ron y Hermione aparecieron negando con la cabeza. Se marcharon a almorzar.

Vais a seguir buscando cuando yo no esté, ¿verdad?—dijo Hermione—. Si encontráis algo, enviadme una lechuza.

Y tú podrás preguntarle a tus padres si saben quién es Flamel—dijo Ron—. Preguntarle a ellos no tendrá riesgos.

Ningún riesgo, ya que ambos son dentistas —respondió Hermione.

Todos prorrumpieron en una carcajada.

—Por lo mucho que Hermione sabía sobre todo era como si tuviera años de experiencia con la magia—señaló Neville, a quien la castaña había ayudado mucho durante su estadía en Hogwarts.

—Es curioso como los nacidos de muggles terminan demostrando más devoción y respeto a la magia que muchos magos de sangre pura—reflexionó Arthur pensando obviamente en los Malfoy, y todos asintieron de acuerdo con él.

Cuando comenzaron las vacaciones, Ron y Harry tuvieron mucho tiempo para pensar en Flamel. Tenían el dormitorio para ellos y la sala común estaba mucho más vacía que de costumbre, así que podían elegir los mejores sillones frente al fuego. Se quedaban comiendo todo lo que podían pinchar en un tenedor de tostar (pan, buñuelos, melcochas) y planeaban formas de hacer que expulsaran a Malfoy, muy divertidas, pero imposibles de llevar a cabo.

—¿Cuáles, por ejemplo?—preguntó Ginny muerta de curiosidad.

Harry y Ron se miraron con las cejas levantadas, antes de que contestaran al unísono: —No recuerdo.

Todos los más jóvenes hicieron gestos de decepción.

Ron también comenzó a enseñar a Harry a jugar al ajedrez mágico. Era igual que el de los muggles, salvo que las piezas estaban vivas, lo que lo hacía muy parecido a dirigir un ejército en una batalla. El juego de Ron era muy antiguo y estaba gastado. Como todo lo que tenía, había pertenecido a alguien de su familia, en este caso a su abuelo. Sin embargo, las piezas de ajedrez viejas no eran una desventaja. Ron las conocía tan bien que nunca tenía problemas en hacerles hacer lo que quería.

—Y no hay forma de ganarle—masculló Charlie y todo el clan Weasley asintió (algunos reticentes como George y Percy).

Ron infló el pecho de orgullo, y tanto Hermione como Ginny rodaron sus ojos.

Harry jugó con el ajedrez que Seamus Finnigan le había prestado, y las piezas no confiaron en él. Él todavía no era muy buen jugador, y las piezas le daban distintos consejos y lo confundían, diciendo, por ejemplo: «No me envíes a mí. ¿No ves el caballo? Muévelo a él, podemos permitirnos perderlo».

—¡Detesto cuando hacen eso!—exclamó Percy revoleando los brazos—. Todas las veces que juego las fichas se amotinan.

—¿Tendrá que ver los dotes de liderazgo del que juega, tal vez?—señaló George como quien no quiere la cosa, provocando la risa general y que Percy lo fulminara con la mirada.

En la víspera de Navidad, Harry se fue a la cama, deseoso de que llegara el día siguiente, pensando en toda la diversión y comida que lo aguardaban, pero sin esperar ningún regalo.

—No me extraña—gruñó Ginny, recordando de repente que odiaba a los Dursley con todo su ser—. Aún quiero hechizar a los tres patanes por todo lo que te hicieron.

Harry la rodeó nuevamente con el brazo y la besó en la coronilla, agradeciéndole su apoyo.

Cuando al día siguiente se despertó temprano, lo primero que vio fue unos cuantos paquetes a los pies de su cama.

¡Feliz Navidad!—lo saludó medio dormido Ron, mientras Harry saltaba de la cama y se ponía la bata.

Para ti también—contestó Harry—. ¡Mira esto! ¡Me han enviado regalos!

¿Qué esperabas, nabos?—dijo Ron, volviéndose hacia sus propios paquetes, que eran más numerosos que los de Harry.

—Ron nos había escrito contándonos de tu situación, Harry querido—le dijo Molly cariñosamente, y Harry no supo que contestar así que se limitó a sonreír ampliamente. Sus ojos acuosos sin embargo no engañaron a nadie; todos entendieron que estaba más que emocionado y agradecido.

Harry cogió el paquete que estaba más arriba. Estaba envuelto en papel de embalar y tenía escrito: «Para Harry de Hagrid». Contenía una flauta de madera, toscamente trabajada. Era evidente que Hagrid la había hecho. Harry sopló y la flauta emitió un sonido parecido al canto de la lechuza.

—Mi primer regalo de Navidad en serio—comentó Harry repuesto de su emoción anterior. Nadie supo si sentirse contento o triste por lo sincero de ese comentario.

El segundo, muy pequeño, contenía una nota.

«Recibimos tu mensaje y te mandamos tu regalo de Navidad. De tío Vernon y tía Petunia.» Pegada a la nota estaba una moneda de cincuenta peniques.

—Fascinante—masculló Arthur emocionado y Molly rodó los ojos.

Qué detalle—comentó Harry.

Ron estaba fascinado con los cincuenta peniques.

¡Qué raro! —dijo— ¡Qué forma! ¿Esto es dinero?

Todos estallaron en carcajadas mientras Ron se ruborizaba.

Tel père tel fils—musitó Fleur divertida y Bill asintió riendo; sin duda su hermanito menor había sacado mucho de su padre.

—¿Aún la tienes Ron?—preguntó su padre conteniendo la emoción

—Sí—contestó su hijo sonriendo, buscando en su bolsillo—, aquí está—. Le pasó la moneda a su padre quien la tomó fascinado y comenzó a examinarla casi con reverencia.

—¿Todavía la guardas?—preguntó Harry incrédulo.

Ron lo miró con las cejas levantadas. —Fue el primer regalo que me hiciste, colega—contestó como si fuese lo más normal del mundo.

La mueca de incredulidad de Harry se desvaneció tan rápido como el hielo en el fuego. Se levantó inmediatamente para abrazar a su mejor amigo como hacía mucho tiempo no lo había hecho, mientras muchos aplaudían enternecidos por la escena.

—Gracias, Ron—fue todo lo que Harry pudo decir, abrumado por recibir tanto afecto en poco tiempo. Definitivamente, pensó mientras se acomodaba nuevamente en el sillón junto con Ginny y Bill reiniciaba la lectura, su vida había cambiado radicalmente. Podría acostumbrarse al amor de una verdadera familia.

Puedes quedarte con ella—dijo Harry, riendo ante el placer de Ron—. Hagrid, mis tíos... ¿Quién me ha enviado éste?

Creo que sé de quién es ése—dijo Ron, algo rojo y señalando un paquete deforme—. Mi madre. Le dije que creías que nadie te regalaría nada y... oh, no—gruñó—, te ha hecho un jersey Weasley.

—¡Por supuesto!—exclamó Molly abriendo los brazos—. Era una forma extraoficial de darle la bienvenida a la familia.

Mientras algunos se reían, Fleur pensaba internamente que ella sólo recibió un jersey Weasley después de casarse con Bill y no antes. Luego recordó que parte de eso era su culpa y se sintió asqueada por guardarle rencor a Molly.

Harry abrió el paquete y encontró un jersey tejido a mano, grueso y color verde esmeralda, y una gran caja de pastel de chocolate casero.

Cada año nos teje un jersey—dijo Ron, desenvolviendo su paquete— y el mío siempre es rojo oscuro.

Es muy amable de parte de tu madre—dijo Harry probando el pastel, que era delicioso.

El siguiente regalo también tenía golosinas, una gran caja de ranas de chocolate, de parte de Hermione.

Le quedaba el último. Harry lo cogió y notó que era muy ligero. Lo desenvolvió.

Algo fluido y de color gris plateado se deslizó hacia el suelo y se quedó brillando. Ron bufó.

—¿Así recibiste la capa?—preguntó Arthur extrañado—. Creí que Dumbledore te la había dado personalmente.

—Sí, no sé por qué lo hizo así—se dijo Harry más a sí mismo que a los demás.

—Debió ser porque no quería que te dieras que le importabas, Harry—dijo Hermione razonándolo después de unos segundos.

—O a lo mejor Dumbledore no quería asumir que Harry le importaba—acotó Luna, como quien no quiere la cosa.

Nadie dijo nada, pero las palabras de Luna parecían tener mucho sentido.

—Es cierto Luna—dijo Harry finalmente, recordando la conversación que había tenido con el viejo director poco después de la muerte de Sirius, a final de su 5º año.

Había oído hablar de esto —dijo con voz ronca, dejando caer la caja de grageas de todos los sabores, regalo de Hermione—. Si es lo que pienso, es algo verdaderamente raro y valioso.

¿Qué es?

Harry cogió el género brillante y plateado. El tocarlo producía una sensación extraña, como si fuera agua convertida en tejido.

Es una capa invisible—dijo Ron, con una expresión de temor reverencial—. Estoy seguro... Pruébatela.

Harry se puso la capa sobre los hombros y Ron lanzó un grito.

¡Lo es! ¡Mira abajo!

Harry se miró los pies, pero ya no estaban.

Se dirigió al espejo. Efectivamente: su reflejo lo miraba, pero sólo su cabeza suspendida en el aire, porque su cuerpo era totalmente invisible. Se puso la capa sobre la cabeza y su imagen desapareció por completo.

—Surrealista—masculló Neville a quien le daba vértigo solo imaginar eso.

—Te acostumbrás con el tiempo—le aseguró Ron dando aires de saber mucho sobre el tema. Hermione y Ginny lo miraron con las cejas levantadas mientras Harry se reía de la situación.

¡Hay una nota!—dijo de pronto Ron—. ¡Ha caído una nota!

Harry se quitó la capa y cogió la nota. La caligrafía, fina y llena de curvas, era desconocida para él. Decía:

Tu padre dejó esto en mi poder antes de morir. Ya es tiempo de que te sea devuelto. Utilízalo bien.

Una muy Feliz Navidad para ti.

—No conocía la caligrafía de Dumbledore por entonces—señaló Harry.

No tenía firma. Harry contempló la nota. Ron admiraba la capa.

Yo daría cualquier cosa por tener una—dijo—. Lo que sea. ¿Qué te sucede?

Nada—dijo Harry. Se sentía muy extraño. ¿Quién le había enviado la capa? ¿Realmente había pertenecido a su padre?

Antes de que pudiera decir o pensar algo, la puerta del dormitorio se abrió de golpe y Fred y George Weasley entraron.

Nuevamente, todos se tensaron ante la mención de Fred. Sin embargo, parecía como si la tensión fuese menor a lo que había sido el día anterior. Debía ser parte de la aceptación, que aparecía no cuando se olvidaba a los que ya se fueron, sino aprendiendo que todo en la vida llega y se va cuando le toca su tiempo.

Harry escondió rápidamente la capa. No se sentía con ganas de compartirla con nadie más.

Al escuchar esto, George se llevó la mano al pecho y compuso una exagerada pero falsa mueca, como si se sintiese muy ofendido y herido por lo que hizo Harry. Todos se rieron por lo gracioso de su cara, liberando así un poco de la tensión anterior.

Molly puso los ojos en blanco. —Era un recuerdo de su padre, George. Es obvio que no se sentía con ganas de compartirlo.

—Podríamos haber hecho montones de cosas si nos hubieras prestado la capa…—suspiró exageradamente George.

—Oh, compórtate. Sigue, Bill cariño.

¡Feliz Navidad!

¡Eh, mira! ¡A Harry también le han regalado un jersey Weasley!

Fred y George llevaban jerséis azules, uno con una gran letra F y el otro con la G.

El de Harry es mejor que el nuestro—dijo Fred cogiendo el jersey de Harry—. Es evidente que se esmera más cuando no es para la familia.

—Eso no es cierto—señaló Molly—. Hice los jerséis pensando en lo que cada uno le gustaba.

¿Por qué no te has puesto el tuyo, Ron?—quiso saber George—. Vamos, pruébatelo, son bonitos y abrigan.

Detesto el rojo oscuro—se quejó Ron, mientras se lo pasaba por la cabeza.

—Lo siento mama—se disculpó Ron antes de que su madre se entristeciera—. Al final lo disfruté mucho.

—Desde que eras chico me dijiste que te gustaba el rojo oscuro—señaló Moly algo dolida. Ron intentó no rodar los ojos, sólo porque era su madre. —Recuerda que de chico solía ser un ingrato—acotó y muchos se rieron.

No tenéis la inicial en los vuestros —observó George—. Supongo que ella piensa que no os vais a olvidar de vuestros nombres. Pero nosotros no somos estúpidos... Sabemos muy bien que nos llamamos Gred y Feorge.

Varios soltaron una carcajada.

—Era un clásico ese chiste—recordó George riendo con el resto.

—Debiste haberlo previsto Molly—señaló Arthur y Molly negó con la cabeza divertida pese a todo.

¿Qué es todo ese ruido?

Percy Weasley asomó la cabeza a través de la puerta, con aire de desaprobación.

—Ugh, no podía sonar más pedante, ¿no?—preguntó Percy frunciendo el ceño, y al ver que una decena de bocas se abrían al unísono, se atajó: —¡Era retórico, gracias!

Era evidente que había ido desenvolviendo sus regalos por el camino, porque también tenía un jersey bajo el brazo, que Fred vio.

¡P de prefecto! Pruébatelo, Percy, vamos, todos nos lo hemos puesto, hasta Harry tiene uno.

Yo... no... quiero—dijo Percy, con firmeza, mientras los gemelos le metían el jersey por la cabeza, tirándole las gafas al suelo.

Nuevamente Molly pareció dolida, a lo que Percy intervino. —Es que no me había sacado las gafas, mamá. Yo también disfruté mucho el jersey.

Y hoy no te sentarás con los prefectos—dijo George—. La Navidad es para pasarla en familia.

Cogieron a Percy y se lo llevaron de la habitación, con los brazos sujetos por el jersey.

Varios se rieron por la imagen mental, menos Percy quien se había ruborizado.

Harry no había celebrado en su vida una comida de Navidad como aquélla. Un centenar de pavos asados, montañas de patatas cocidas y asadas, soperas llenas de guisantes con mantequilla, recipientes de plata con una grasa riquísima y salsa de moras, y muchos huevos sorpresa esparcidos por todas las mesas. Estos fantásticos huevos no tenían nada que ver con los flojos artículos de los muggles, que Dudley habitualmente compraba, ni con juguetitos de plástico ni gorritos de papel.

—Suena a aburrimiento para mí—masculló Ginny, a lo que Hermione se rió.

—No si eres un niño muggle—le recordó—. Lo mejor de todo es que no sabes qué te va a tocar. Además el chocolate es delicioso.

Harry tiró uno al suelo y no sólo hizo ¡pum!, sino que estalló como un cañonazo y los envolvió en una nube azul, mientras del interior salían una gorra de contraalmirante y varios ratones blancos, vivos. (Fleur abrió los ojos horrorizada ante la mención de los ratones.) En la Mesa Alta, Dumbledore había reemplazado su sombrero cónico de mago por un bonete floreado, y se reía de un chiste del profesor Flitwick.

—Ugh, señal de que el jugo de calabaza no es jugo de calabaza—acotó Charlie, riendo al igual que el resto.

A los pavos les siguieron los pudines de Navidad, flameantes. Percy casi se rompió un diente al morder un sickle de plata que estaba en el trozo que le tocó. Harry observaba a Hagrid, que cada vez se ponía más rojo y bebía más vino, hasta que finalmente besó a la profesora McGonagall en la mejilla y, para sorpresa de Harry, ella se ruborizó y rió, con el sombrero medio torcido.

Ante esto nuevamente varios estallaron en carcajadas.

—¡Merlín! ¿Cómo puede ser que no vi esto?—exclamó George llorando de risa.

—Hubiera sido imposible ver a McGonagall de vuelta a la cara—señaló Ron secándose las lágrimas de la risa.

Cuando Harry finalmente se levantó de la mesa, estaba cargado de cosas de las sorpresas navideñas, y que incluían globos luminosos que no estallaban, un juego de Haga Crecer Sus Propias Verrugas y piezas nuevas de ajedrez. Los ratones blancos habían desaparecido, y Harry tuvo el horrible presentimiento de que iban a terminar siendo la cena de Navidad de la Señora Norris.

Esta vez no solo Fleur se horrorizo o asqueó.

—No necesitaba esa imagen mental, Harry—le dijo su novia reprimiendo un escalofrío, a lo que el pelinegro revoleó sus ojos.

Harry y los Weasley pasaron una velada muy divertida, con una batalla de bolas de nieve en el parque. Más tarde, helados, húmedos y jadeantes, regresaron a la sala común de Gryffindor para sentarse al lado del fuego. Allí Harry estrenó su nuevo ajedrez y perdió espectacularmente con Ron. Pero sospechaba que no habría perdido de aquella manera si Percy no hubiera tratado de ayudarlo tanto.

Nuevamente se escucharon varias risas de parte de los hijos Weasley, excepto de un ruborizado Percy.

—Creímos que dos podrían vencer a uno—se defendió Harry encogiéndose de hombros.

—Fred y yo te advertimos que Percy era una calamidad jugando—le recordó George riendo, a lo que su hermano mayor lo fulminó con la mirada mientras todos se volvían a reír.

Después de un té con bocadillos de pavo, buñuelos, bizcocho borracho y pastel de Navidad, todos se sintieron tan hartos y soñolientos que no podían hacer otra cosa que irse a la cama; no obstante, permanecieron sentados y observaron a Percy, que perseguía a Fred y George por toda la torre Gryffindor porque le habían robado su insignia de prefecto.

Molly negó con la cabeza mientras varios se reían, incluso Percy esta vez.

Fue el mejor día de Navidad de Harry. Sin embargo, algo daba vueltas en un rincón de su mente. En cuanto se metió en la cama, pudo pensar libremente en ello: la capa invisible y quién se la había enviado.

Ron, ahíto de pavo y pastel y sin ningún misterio que lo preocupara, se quedó dormido en cuanto corrió las cortinas de su cama. Harry se inclinó a un lado de la cama y sacó la capa.

De su padre... Aquello había sido de su padre. Dejó que el género corriera por sus manos, más suave que la seda, ligero como el aire. «Utilízalo bien», decía la nota.

Tenía que probarla. Se deslizó fuera de la cama y se envolvió en la capa. Miró hacia abajo y vio sólo la luz de la luna y las sombras. Era una sensación muy curiosa.

«Utilízalo bien.»

De pronto, Harry se sintió muy despierto. Con aquella capa, todo Hogwarts estaba abierto para él. Mientras estaba allí, en la oscuridad y el silencio, la excitación se apoderó de él. Podía ir a cualquier lado con ella, a cualquier lado, y Filch nunca lo sabría.

—Ahhh, entran en acción los genes Merodeadores—suspiró George satisfecho, guiñándole un ojo a Harry, quien se rió como toda respuesta. Molly internamente se reprimía en reprochar a Harry que anduviera por los pasillos de noche. Sabía que estaba mal pero también sabía que ella lo había hecho de chica…

Ron gruñó entre sueños. ¿Debía despertarlo? Algo lo detuvo. La capa de su padre... Sintió que aquella vez (la primera vez) quería utilizarla solo.

—Te entiendo colega—le aseguró Ron.

Salió cautelosamente del dormitorio, bajó la escalera, cruzó la sala común y pasó por el agujero del retrato.

¿Quién está ahí?—chilló la Dama Gorda. Harry no dijo nada. Anduvo rápidamente por el pasillo.

¿Adónde iría? De pronto se detuvo, con el corazón palpitante, y pensó. Y entonces lo supo. La Sección Prohibida de la biblioteca. Iba a poder leer todo lo que quisiera, para descubrir quién era Flamel. Se ajustó la capa y se dirigió hacia allí.

—No me lo puedo creer—gimió George horrorizado—. Todo el castillo a tu disposición… y vas a la biblioteca…

Nuevamente varios se rieron mientras Molly y Hermione revoleaban los ojos. —Suerte que Harry no salió tan travieso—le espetó la matriarca Weasley a su hijo.

George la miró con los ojos muy abiertos. —¿Llamas a eso "suerte"? Todo un potencial desperdiciado…

—Oh, compórtate—suspiró exasperada mientras Bill negaba con la cabeza divertido, antes de continuar.

La biblioteca estaba oscura y fantasmal. Harry encendió una lámpara para ver la fila de libros. La lámpara parecía flotar sola en el aire y hasta el mismo Harry, que sentía su brazo llevándola, tenía miedo.

Algunos reprimieron un escalofrío.

—Escalofriante—masculló Neville, a quien no le gustaban los corredores oscuros.

La Sección Prohibida estaba justo en el fondo de la biblioteca. Pasando con cuidado sobre la soga que separaba aquellos libros de los demás, Harry levantó la lámpara para leer los títulos.

No le decían mucho. Las letras doradas formaban palabras en lenguajes que Harry no conocía. Algunos no tenían títulos. Un libro tenía una mancha negra que parecía sangre. (Nuevamente todos reprimieron un escalofrío.) A Harry se le erizaron los pelos de la nuca. Tal vez se lo estaba imaginando, tal vez no, pero le pareció que un murmullo salía de los libros, como si supieran que había alguien que no debía estar allí.

Tenía que empezar por algún lado. Dejó la lámpara con cuidado en el suelo y miró en una estantería buscando un libro de aspecto interesante. Le llamó la atención un volumen grande, negro y plateado. Lo sacó con dificultad, porque era muy pesado y, balanceándolo sobre sus rodillas, lo abrió.

—¡NO!—gritó Percy, sobresaltando a todos; habían estado siguiendo la lectura muy atentamente y con una creciente aprehensión, por lo que muchos se resbalaron de su asiento o gritaron de espanto con la exclamación del pelirrojo.

—¿Por qué diablos hiciste eso?—le espetó Ron, quién se había caído al piso de su asiento al igual que Neville, Angelina y George. Todos respiraban muy agitadamente y fulminaban a Percy con la mirada. —Lo siento—masculló sonrojado—, es sólo que los libros de la Sección Prohibida tienen un sistema de alarma en caso de que alguien los abriese sin permiso.

—¿Y no pudiste decirlo sim gritar?—le recriminó Angelina recobrando el aliento.

Como toda respuesta, Percy pareció disminuirse en su asiento.

Un grito desgarrador; espantoso, cortó el silencio... ¡El libro gritaba!

—Mi punto precisamente—murmuró Percy inaudiblemente; no sentía que era el momento de hablar en voz alta.

Harry lo cerró de golpe, pero el aullido continuaba, en una nota aguda, ininterrumpida. Retrocedió y chocó con la lámpara, que se apagó de inmediato. Aterrado, oyó pasos que se acercaban por el pasillo, metió el volumen en el estante y salió corriendo. Pasó al lado de Filch casi en la puerta, y los ojos del celador; muy abiertos, miraron a través de Harry. El chico se agachó, pasó por debajo del brazo de Filch y siguió por el pasillo, con los aullidos del libro resonando en sus oídos.

—Salvado por un pelo de sapo cornudo—masculló Neville quien aún estaba agitado.

Se detuvo de pronto frente a unas armaduras. Había estado tan ocupado en escapar de la biblioteca que no había prestado atención al camino. Tal vez era porque estaba oscuro, pero no reconoció el lugar donde estaba. Había armaduras cerca de la cocina, eso lo sabía, pero debía de estar cinco pisos más arriba.

—Naaa, ese debe ser el pasillo del primer piso—señaló George con mucho interés—. Como hay armaduras y está cerca del despacho de Snape…

—Eso no importa ahora George—le espetó Molly interrumpiéndolo—. ¡A Harry casi lo atrapan!

—No pasó nada, Señora Weasley—la atajó Harry—. Me salvé de ser atrapado.

Usted me pidió que le avisara directamente, profesor, si alguien andaba dando vueltas durante la noche, y alguien estuvo en la biblioteca, en la Sección Prohibida.

Harry sintió que se le iba la sangre de la cara. Filch debía de conocer un atajo para llegar a donde él estaba, porque el murmullo de su voz se acercaba cada vez más y, para su horror, el que le contestaba era Snape.

—Y para coronar esa situación… aparece nuestro murciélago favorito—gruñó Charlie.

Harry no dijo nada, pero mentalmente se reprimía por contestarle a Charlie.

¿La Sección Prohibida? Bueno, no pueden estar lejos, ya los atraparemos.

Harry se quedó petrificado, mientras Filch y Snape se acercaban. No podían verlo, por supuesto, pero el pasillo era estrecho y, si se acercaban mucho, iban a chocar contra él. La capa no ocultaba su materialidad.

—Lamentablemente—se quejó Ron en voz baja; sólo Hermione lo escuchó pero no pudo evitar estar de acuerdo.

Retrocedió lo más silenciosamente que pudo. A la izquierda había una puerta entreabierta. Era su única esperanza. Se deslizó, conteniendo la respiración y tratando de no hacer ruido. Para su alivio, entró en la habitación sin que lo notaran. Pasaron por delante de él y Harry se apoyó contra la pared, respirando profundamente, mientras escuchaba los pasos que se alejaban.

Todos sin excepción soltaron el aire que no sabían que estaban conteniendo. Por lo intenso de la escritura era como si estuvieran todos ahí en el lugar de Harry, sintiendo lo que sentía él.

Habían estado cerca, muy cerca. Transcurrieron unos pocos segundos antes de que se fijara en la habitación que lo había ocultado.

Parecía un aula en desuso. Las sombras de sillas y pupitres amontonados contra las paredes, una papelera invertida y apoyada contra la pared de enfrente... Había algo que parecía no pertenecer allí, como si lo hubieran dejado para quitarlo de en medio.

Era un espejo magnífico, alto hasta el techo, con un marco dorado muy trabajado, apoyado en unos soportes que eran como garras.

Tenía una inscripción grabada en la parte superior:

Bill frunció el ceño, intentando que las palabras que iba a decir se entendieran bien.

Oesed lenoz aro cut edon isara cut se onotse.

—¿Ehh? ¿Qué?—fue la respuesta general de todos los presentes.

—Ya te dije Bill que no entendemos egipcio antiguo—bromeó George.

—Es lo que está escrito aquí—se defendió Bill señalando el libro.

—A ver, déjame ver—le dijo Charlie tomando el libro de su hermano. Mientras recorría la oración, fruncía más el ceño. —Qué raro… ¡aaaah!—exclamó con gesto de haber llegado a una conclusión—, es "idioma espejo"—comentó mirando a Harry, quien asintió con parsimonia.

—¿Está escrito al revés nomás?—indicó Angelina riendo.

—Eso parece—dijo Bill quien había recuperado el libro y dándolo vuelta—. Entonces, esto se leería así: "Esto no es tu cara sino de tu corazón el deseo".

—Entonces, ¿el espejo muestra lo que deseas?—preguntó Neville frunciendo el ceño—. ¿Lo que sea?

—Sí y no—dijo Harry tomando ánimo finalmente—, muestra el deseo más profundo y desesperado de tu corazón.

Mientras las palabras de Harry cobraban sentido, todos empezaron a reparar en la mirada perdida del pelinegro. De repente, no estaban tan seguros de querer seguir la lectura, ya que ¿cómo sentirse sino tensos al presentir lo que iba a mostrar el espejo si Harry se veía reflejado?

Bill compartió una mirada con sus padres. —Harry, está bien si detenemos la lectura aquí. Es muy privado, no necesitas…

—No, Bill—dijo Harry con resolución—. Te agradezco pero esto es algo que necesito escuchar y aprender a superar. Continúa por favor—concluyó acomodándose mejor junto a Ginny, quien se reclinó sobre su hombro.

Mirando al pelinegro por última vez, Bill tomó aire antes de continuar.

Ya no oía ni a Filch ni a Snape, y Harry no tenía tanto miedo. Se acercó al espejo, deseando mirar para no encontrar su imagen reflejada. Se detuvo frente a él.

Tuvo que llevarse las manos a la boca para no gritar. Giró en redondo. El corazón le latía más furiosamente que cuando el libro había gritado... Porque no sólo se había visto en el espejo, sino que había mucha gente detrás de él.

Pero la habitación estaba vacía. Respirando agitadamente, volvió a mirar el espejo.

Allí estaba él, reflejado, blanco y con mirada de miedo y allí, reflejados detrás de él, había al menos otros diez. Harry miró por encima del hombro, pero no había nadie allí. ¿O también eran todos invisibles? ¿Estaba en una habitación llena de gente invisible y la trampa del espejo era que los reflejaba, invisibles o no?

Miró otra vez al espejo. Una mujer, justo detrás de su reflejo, le sonreía y agitaba la mano. Harry levantó una mano y sintió el aire que pasaba. Si ella estaba realmente allí, debía de poder tocarla, sus reflejos estaban tan cerca... Pero sólo sintió aire: ella y los otros existían sólo en el espejo.

Sin siquiera decirlo, todos sin excepción habían llegado a un acuerdo tácito; no interrumpir la lectura mientras Bill contaba lo que sentía Harry al ver a su familia por primera vez. Algunos como Molly, Hermione y Fleur no creían poder aguantar mucho más si la lectura llegaba hasta un alto punto de intensidad. Incluso a Bill comenzaba a faltarle el coraje de seguir.

Era una mujer muy guapa. Tenía el cabello rojo oscuro y sus ojos... «Sus ojos son como los míos», pensó Harry, acercándose un poco más al espejo. Verde brillante, exactamente la misma forma, pero entonces notó que ella estaba llorando, sonriendo y llorando al mismo tiempo. El hombre alto, delgado y de pelo negro que estaba al lado de ella le pasó el brazo por los hombros. Llevaba gafas y el pelo muy desordenado. Y se le ponía tieso en la nuca, igual que a Harry.

Harry estaba tan cerca del espejo que su nariz casi tocaba su reflejo.

¿Mamá? —susurró—. ¿Papá?

Harry cerró los ojos, intentando que el torrente de emociones no lo desbordara… y fallando miserablemente en el intento. Dejó escapar un sollozo ahogado mientras Ginny lo abrazaba fuertemente, y no era el único: Hermione, Molly, Fleur y Angelina lloraban en silencio junto a sus parejas, de los cuales sólo Bill y Arthur podían controlarse y parecer fuertes: Ron y George hacían lo posible por no quebrar pero ninguno pudo contener una o dos lágrimas traicioneras; Neville y Luna se consolaban mutuamente: ambos sabían lo que se sentía perder a alguien; Percy y Charlie no lloraban pero de todos modos no podían evitar entristecerse: por haber estado lejos de su familia, ambos sabían lo que era extrañar amargamente a quien no podías pero realmente deseabas de corazón ver.

Tras un par de minutos, Percy conjuró varios vasos y algunas jarras con agua que todos bebieron para ahogar las penas. Bill creyó que más tarde necesitarían algo más fuerte para calmar los nervios. Sin embargo, bebió un poco de agua, tomó aire y esperó a que todos estuvieran un poco mejor antes de seguir.

Entonces lo miraron, sonriendo. Y lentamente, Harry fue observando los rostros de las otras personas, y vio otro par de ojos verdes como los suyos, otras narices como la suya, incluso un hombre pequeño que parecía tener las mismas rodillas nudosas de Harry. Estaba mirando a su familia por primera vez en su vida.

Los Potter sonrieron y agitaron las manos, y Harry permaneció mirándolos anhelante, con las manos apretadas contra el espejo, como si esperara poder pasar al otro lado y alcanzarlos. En su interior sentía un poderoso dolor, mitad alegría y mitad tristeza terrible.

No supo cuánto tiempo estuvo allí. Los reflejos no se desvanecían y Harry miraba y miraba, hasta que un ruido lejano lo hizo volver a la realidad. No podía quedarse allí, tenía que encontrar el camino hacia el dormitorio. Apartó los ojos de los de su madre y susurró: «Volveré». Salió apresuradamente de la habitación.

Todos sin excepción respiraron con profundidad, sintiendo como si hubieran corrido una gran distancia en poco tiempo. Sobre todo Harry se sentía bastante vapuleado luego de la intensidad de los párrafos anteriores, pero sabía que tarde o temprano debería acostumbrarse a esto. Debería haberlo superado para este entonces. Los había visto antes de enfrentar a Voldemort. ¡Diablos! ¡Había hablado con ellos y había aceptado la muerte!

—Harry—lo llamó una voz dulce.

El pelinegro levantó la vista y notó que un par de ojos castaños lo miraban dulcemente. Sus penas se disiparon de inmediato.

—Estoy bien, Ginny—dijo y se secó los ojos con decisión. Estaba siendo estúpido; era momento de aceptar la realidad y avanzar—. Continua, Bill, por favor—dijo Harry con decisión.

Podías haberme despertado —dijo malhumorado Ron.

Puedes venir esta noche. Yo voy a volver; quiero enseñarte el espejo.

—Craso error—murmuró Molly tristemente; sólo Arthur la escuchó y no pudo evitar estar de acuerdo.

Me gustaría ver a tu madre y a tu padre —dijo Ron con interés.

Y yo quiero ver a toda tu familia, todos los Weasley. Podrás enseñarme a tus otros hermanos y a todos.

—Creí que el espejo mostraba a la familia del que se reflejaba—comentó Harry con sinceridad.

Puedes verlos cuando quieras —dijo Ron—. Ven a mi casa este verano. De todos modos, a lo mejor sólo muestra gente muerta. Pero qué lástima que no encontraste a Flamel. ¿No quieres tocino o alguna otra cosa? ¿Por qué no comes nada?

Harry no podía comer. Había visto a sus padres y los vería otra vez aquella noche. Casi se había olvidado de Flamel. Ya no le parecía tan importante. ¿A quién le importaba lo que custodiaba el perro de tres cabezas? ¿Y qué más daba si Snape lo robaba?

—No podía evitarlo—dijo Harry casi como disculpándose, aunque no sabía con quién—. Ese maldito espejo es como una droga…

Ginny lo tomó de la mano nuevamente, buscando consolarlo.

¿Estás bien? —preguntó Ron—. Te veo raro.

—Era obvio que no estabas bien—se autocorrigió Ron negando con la cabeza, sorprendido por lo denso que era.

—No te preocupes, Ron—le aseguró Harry—. Yo tampoco me abro con facilidad.

Lo que Harry más temía era no poder encontrar la habitación del espejo. Aquella noche, con Ron también cubierto por la capa, tuvieron que andar con más lentitud. Trataron de repetir el camino de Harry desde la biblioteca, vagando por oscuros pasillos durante casi una hora.

Estoy congelado —se quejó Ron—. Olvidemos esto y volvamos.

¡No! —susurró Harry—. Sé que está por aquí.

Pasaron al lado del fantasma de una bruja alta, que se deslizaba en dirección opuesta, pero no vieron a nadie más. (Luna sonrió a medias ante la mención de su fantasma favorito en todo el colegio, la Dama Gris.)

Justo cuando Ron se quejaba de que tenía los pies helados, Harry divisó la pareja de armaduras.

Es allí... justo allí... ¡sí!

Abrieron la puerta. Harry dejó caer la capa de sus hombros y corrió al espejo.

Allí estaban. Su madre y su padre sonrieron felices al verlo.

¿Ves? —murmuró Harry.

No puedo ver nada.

¡Mira! Míralos a todos... Son muchos...

Sólo puedo verte a ti.

—No entiendo—dijo Ginny de repente—. ¿Sólo puedes ver lo que tú deseas, y no lo que desean los demás?

—Así es—respondió Ron, quien de repente empezó a recordar lo que había visto en el espejo, y no sabía si quería que su familia escuchara eso. Después de todo, ya no se sentía así, ¡maldita sea!

Pero mira bien, vamos, ponte donde estoy yo.

Harry dio un paso a un lado, pero con Ron frente al espejo ya no podía ver a su familia, sólo a Ron con su pijama de colores.

Sin embargo, Ron parecía fascinado con su imagen.

¡Mírame!—dijo.

¿Puedes ver a toda tu familia contigo?

No... estoy solo... pero soy diferente... mayor... ¡y soy delegado!

¿Cómo?

Tengo... tengo un distintivo como el de Bill y estoy levantando la copa de la casa y la copa de quidditch... ¡Y también soy capitán de quidditch!

Mientras a Ron le costaba levantar la mirada para mirar a su familia, todos los Weasley iban siguiendo la lectura cada vez más incómodos; estos eran los pensamientos más secretos y privados de Ron, ¡y ni siquiera eran sus pensamientos actuales! Todos recordaban que el Ron de hoy era muy distinto al que era en su infancia.

Harry internamente pensaba que su amigo siempre había tenido problemas de autoestima, quizás tantos como los suyos.

Ron apartó los ojos de aquella espléndida visión y miró excitado a Harry.

¿Crees que este espejo muestra el futuro?

¿Cómo puede ser? Si toda mi familia está muerta... déjame mirar de nuevo...

Lo has tenido toda la noche, déjame un ratito más.

Pero si estás sosteniendo la copa de quidditch, ¿qué tiene eso de interesante? Quiero ver a mis padres.

No me empujes.

—¿Y ahora son ustedes los que se pelean?—preguntó Fleur indignada—. ¡Ese maldito espejo!

Un súbito ruido en el pasillo puso fin a la discusión. No se habían dado cuenta de que hablaban en voz alta.

¡Rápido!

Ron tiró la capa sobre ellos justo cuando los luminosos ojos de la Señora Norris aparecieron en la puerta. Ron y Harry permanecieron inmóviles, los dos pensando lo mismo: ¿la capa funcionaba con los gatos? Después de lo que pareció una eternidad, la gata dio la vuelta y se marchó.

—Nunca lo supe—admitió Harry—. Siempre pensé que tanto Crookshanks como la Señora Norris podían verme cada vez que me escabullía de ellos.

No estamos seguros... Puede haber ido a buscar a Filch, seguro que nos ha oído. Vamos.

Y Ron empujó a Harry para que salieran de la habitación.

La nieve todavía no se había derretido a la mañana siguiente.

¿Quieres jugar al ajedrez, Harry?—preguntó Ron.

No.

¿Por qué no vamos a visitar a Hagrid?

No... ve tú...

Sé en qué estás pensando, Harry, en ese espejo. No vuelvas esta noche.

¿Por qué no?

No lo sé. Pero tengo un mal presentimiento y, de todos modos, ya has tenido muchos encuentros. Filch, Snape y la Señora Norris andan vigilando por ahí ¿Qué importa si no te ven? ¿Y si tropiezan contigo? ¿Y si chocas con algo?

Pareces Hermione.

—Lo dices como si fuese algo malo—le dijo la castaña a Harry cruzando los brazos indignada, mientras el pelinegro sonreía a modo de disculpas.

Te lo digo en serio, Harry, no vayas

Pero Harry sólo tenía un pensamiento en su mente, volver a mirar en el espejo. Y Ron no lo detendría.

—Ohh, Harry—susurró Ginny con mucha tristeza, mientras se acurrucaba a su lado.

La tercera noche encontró el camino más rápidamente que las veces anteriores. Andaba más rápido de lo que habría sido prudente, porque sabía que estaba haciendo ruido, pero no se encontró con nadie.

Y allí estaban su madre y su padre, sonriéndole otra vez, y uno de sus abuelos lo saludaba muy contento. Harry se dejó caer al suelo para sentarse frente al espejo. Nadie iba a impedir que pasara la noche con su familia. Nadie.

Excepto...

Entonces de vuelta otra vez, ¿no, Harry?

—¡Atrapado!—exclamó George intentando romper el hielo.

Funcionó a medias; algunos se rieron pero otros estaban preocupados de que Harry se metiera en problemas.

—¿Cómo te descubrieron Harry?—preguntó Neville intrigado.

—Ahí seguro lo dirán—fue la respuesta del pelinegro.

Harry sintió como si se le helaran las entrañas. Miró para atrás. Sentado en un pupitre, contra la pared, estaba nada menos que Albus Dumbledore. Harry debió de haber pasado justo por su lado, y estaba tan desesperado por llegar hasta el espejo que no había notado su presencia.

No... no lo había visto, señor.

Es curioso lo miope que se puede volver uno al ser invisible —dijo Dumbledore, y Harry se sintió aliviado al ver que le sonreía—.

Todos empezaron a reírse a carcajadas; daba gusto poder liberar algo de la tensión acumulada durante la lectura.

—¡Merlín! Sólo Dumbledore puede regañarte sin que parezca un regaño—dijo George tomando aire.

—Tú sabes sobre eso, ¿verdad?—le preguntó su madre mordazmente, a lo que George bajó la cabeza y puso una expresión apropiada a la de alguien que visita a un amigo enfermo. Todos volvieron a reírse, pero de su cara.

Entonces—continuó Dumbledore, bajando del pupitre para sentarse en el suelo con Harry—, tú, como cientos antes que tú, has descubierto las delicias del espejo de Oesed.

No sabía que se llamaba así, señor.

Pero espero que te habrás dado cuenta de lo que hace, ¿no?

Bueno... me mostró a mi familia y...

Y a tu amigo Ron lo reflejó como capitán.

¿Cómo lo sabe...?

No necesito una capa para ser invisible —dijo amablemente Dumbledore—.

—¿Cómo? ¿Él estuvo ahí todo el tiempo?—preguntó Molly entre sorprendida e indignada—. ¿Y por qué no les dijo nada?

—Debe ser porque Dumbledore quería enseñarle a Harry una lección—aventuró Ron—. Siempre tenía una misión secreta o alguna lección especial para Harry cada vez que lo dejaba saltearse las reglas.

Harry lo miró con las cejas levantadas mientras todos se reían por lo certero de ese comentario.

Y ahora ¿puedes pensar qué es lo que nos muestra el espejo de Oesed a todos nosotros?

Harry negó con la cabeza.

Déjame explicarte. El hombre más feliz de la tierra puede utilizar el espejo de Oesed como un espejo normal, es decir, se mirará y se verá exactamente como es. ¿Eso te ayuda?

Harry pensó. Luego dijo lentamente:

Nos muestra lo que queremos... lo que sea que queramos...

Sí y no —dijo con calma Dumbledore—. Nos muestra ni más ni menos que el más profundo y desesperado deseo de nuestro corazón.

—Guau—dijo Ginny de repente. Miró a su novio—. Sin darte cuenta, has tomado muchas de las frases de Dumbledore. Hablás muy parecido a él a veces—añadió riendo ante la cara de sorpresa del pelinegro, mientras varios se reían.

Harry no tenía ninguna réplica; a mucha honra, era "un hombre de Dumbledore, hecho y derecho."

Para ti, que nunca conociste a tu familia, verlos rodeándote. Ronald Weasley, que siempre ha sido sobrepasado por sus hermanos, se ve solo y el mejor de todos ellos. (Nuevamente, Ron se sintió un poco tenso y no se atrevió a mirar a su familia.) Sin embargo, este espejo no nos dará conocimiento o verdad. Hay hombres que se han consumido ante esto, fascinados por lo que han visto. O han enloquecido, al no saber si lo que muestra es real o siquiera posible.

—Al final, era como una droga—razonó Percy.

—En un sentido algo bizarro, pero cierto—acotó George.

Continuó:

El espejo será llevado a una nueva casa mañana, Harry, y te pido que no lo busques otra vez. Y si alguna vez te cruzas con él, deberás estar preparado.

Nadie entendió esta referencia, salvo los tres amigos. Harry pensaba que sólo en esa ocasión a la que se refería Dumbledore hubiera podido mirar al espejo sin ver a sus padres otra vez.

No es bueno dejarse arrastrar por los sueños y olvidarse de vivir, recuérdalo. Ahora ¿por qué no te pones de nuevo esa magnífica capa y te vas a la cama?

Harry se puso de pie.

Señor... profesor Dumbledore... ¿Puedo preguntarle algo?

Es evidente que ya lo has hecho—sonrió Dumbledore—. Sin embargo, puedes hacerme una pregunta más.

Nuevamente varios se rieron a carcajadas. Dumbledore solía tener algunos chistes muy inteligentes a veces.

¿Qué es lo que ve, cuando se mira en el espejo?

¿Yo? Me veo sosteniendo un par de gruesos calcetines de lana.

George se rió. —Si lo hubiésemos sabido antes, le hubiese comprado unos calcetines de lana.

—No seas tonto George—le dijo Charlie—. No estaba siendo sincero.

George le hizo un gesto con la mano como quitándole importancia. —Ahh, detalles, detalles… igual hubiera sido bueno verlo.

Harry lo miró asombrado.

Uno nunca tiene suficientes calcetines—explicó Dumbledore—. Ha pasado otra Navidad y no me han regalado ni un solo par. La gente sigue insistiendo en regalarme libros.

—Bueno, es Dumbledogg—sentenció Fleur como si esto lo explicara todo—. No llegó a seg quien ega por dejag de leeg una sola vez.

En cuanto Harry estuvo de nuevo en su cama, se le ocurrió pensar que tal vez Dumbledore no había sido sincero. Pero es que, pensó mientras sacaba a Scabbers de su almohada, había sido una pregunta muy personal.

—¿Tú crees?—le preguntó Hermione socarronamente. Harry le sacó la lengua como toda respuesta.

—Es el final del capítulo—dijo Bill marcando la página antes de cerrar el libro.

Todos aprovecharon la pausa para desperezarse, tomar agua, ir al baño o sólo descansar; este último capítulo había sido agotador, sobre todo para Harry. El pelinegro se sentía casi como si hubiese tenido una lección de Oclumancia: sus recuerdos parecían esta vez más vívidos que nunca y que la lectura sea tan detallada e intensa no lo ayudaba. Era como sí otra vez estuviese ahí en esa aula abandonada contemplando el maldito espejo ese…

La voz de Ginny, que tanto amaba escuchar, lo sacó de sus cavilaciones.

—Bien, creo que si estamos todos, podemos seguir con la lectura—dijo la pelirroja, más que nada mirando a Harry, quien asintió dando su conformidad—. De acuerdo—dijo abriendo el libro donde Bill lo había dejado—. Entonces, el siguiente capítulo se llama: Nicolás Flamel.