Hola a todos los que aún siguen esta historia. Ante todo, lamento muchísimo haber estado tantísimo tiempo sin actualizar. Básicamente, había llegado al límite de mi capacidad de escritura. No sólo no encontraba la inspiración para ponerme a escribir, sino tampoco las ganas. Es triste porque pese a eso, seguía y seguía pensando en cómo continuarla, sintiendo que no podía no terminar aunque sea el primer libro. Por otro lado, mi vida también dio varios giros de 180º en los últimos años, por lo que mi atención se encontraba enfocada en esos aspectos.
Finalmente, muchas gracias a todos aquellos que aún siguen esta historia. al esperanza es lo último que se pierde, por lo que esta vez se ven recompensados. Un detalle final que necesito rectificar de algo que comenté hace algunos capítulos. Dije que el canon de Harry Potter se iba a respetar, tal cual fue escrito por JR, pero yo no considero que The Cursed Child sea parte del mismo, por lo que queda fuera de estos fics cualquier mención a lo que sucede dentro de tal obra.
DISCLAIMER: HP es de JR y la Warner.
Capítulo 17. Norberto, el ridgeback noruego
Cuando todos terminaron de almorzar y se hubieron de sentar en la sala en sus lugares habituales, llegó el turno de Fleur de reiniciar la lectura.
—Espego no tengan pgoblemas en entendegme pog mi acento—se disculpó la francesa al abrir el libro, provocando algunas risas. Frunció el ceño al leer el título. Un autre dragon?Pauvre Harry... —El siguiente capítulo se llama: Norberto, el ridgeback noruego.
—¡¿EL QUÉ?!—chilló Moly horrorizada, fulminando al trío con la mirada.
Harry, Ron y Hermione se miraron abatidos, antes de que la chica dijera: —No se preocupen. No ocurrió nada peligroso… a largo plazo—añadió apresuradamente ante la mirada de Ron.
—Entonces, ¿sí había un dragón?—preguntó Neville con los ojos muy abiertos, a lo que los tres amigos asintieron.
Todos en la sala estaban estupefactos, sobre todo Arthur. Perros gigantes de tres cabezas, trolls de montaña, y ahora dragones… todo en un primer año, pensaba anonadado. Casi se arrepentía de querer saber todos los detalles del primer año de su hijo en Hogwarts.
Por su parte, Charlie tragó saliva; él sabía que no había pasado nada grave, pero temía la reacción de su madre cuando averiguara lo mucho que estaba implicado en el asunto del dragón. Sí, él. Un domador de dragones.
George fue el primero en recobrarse de la sorpresa, soltando una risotada.
—Me apuesto mi otra oreja a que Hagrid tiene algo que ver con el dragón. A nadie mas se le ocurriría llamarlo así.
Sin embargo, Quirrell debía de ser más valiente de lo que habían pensado. En las semanas que siguieron se fue poniendo cada vez más delgado y pálido, pero no parecía que su voluntad hubiera cedido.
Mas bien había cedido hacía tiempo, pensó Harry amargamente.
Cada vez que pasaban por el pasillo del tercer piso, Harry, Ron y Hermione apoyaban las orejas contra la puerta, para ver si Fluffy estaba gruñendo, allí dentro. Snape seguía con su habitual mal carácter, lo que seguramente significaba que la Piedra estaba a salvo.
—Con o sin Piedra no cambiaba mucho su humor—rió George aunque débilmente: aún no superaba su asombro por lo del dragón.
Cada vez que Harry se cruzaba con Quirrell, le dirigía una sonrisa para darle ánimo, y Ron les decía a todos que no se rieran del tartamudeo del profesor.
—Si tan sólo hubiésemos sabido…—se lamentó Ron en voz baja. Hermione asintió tristemente.
Hermione, sin embargo, tenía en su mente otras cosas, además de la Piedra Filosofal. Había comenzado a hacer horarios para repasar y a subrayar con diferentes colores sus apuntes.
—¡Ahhh! Finalmente llegó ESA época del año en que Hermione alcanza su máxima obsesión con el estudio—se burló George, recibiendo un almohadonazo de parte de Hermione. Esto liberó parte de la tensión reinante en la sala desde lo del dragón, y se volvieron a oír algunas risas.
—Y espera a llegar al tercer y quinto año—añadió Harry riendo también. Hermione lo fulminó con la mirada, mientras Ron y Ginny hacían un esfuerzo enorme por no reírse.
A Harry y Ron eso no les habría importado, pero los fastidiaba todo el tiempo para que hicieran lo mismo.
—Hermione, faltan siglos para los exámenes.
—Diez semanas —replicó Hermione—. Eso no son siglos, es un segundo para Nicolás Flamel.
—Pero ellos no tienen seiscientos sesenta y seis años—rió Ginny, al mismo tiempo que Fleur leyó: —Pero nosotros no tenemos seiscientos años —le recordó Ron—.
Ginny y Ron se miraron sorprendidos mientras los más jóvenes reían por la situación.
De todos modos, ¿para qué repasas si ya te lo sabes todo?
—¿Que para qué estoy repasando? ¿Estás loco? ¿Te has dado cuenta de que tenemos que pasar estos exámenes para entrar en segundo año? Son muy importantes, tendría que haber empezado a estudiar hace un mes, no sé lo que me pasó...
—Ella es la mas sensata de los tres, ¿lo sabían?—soltó Molly bruscamente mirando fijamente a Ron y a Harry, evidentemente aún molesta por lo del dragón. Ambos amigos adoptaron la expresión propia de quien asiste a su propia sentencia a muerte.
Pero desgraciadamente, los profesores parecían pensar lo mismo que Hermione. Les dieron tantos deberes que las vacaciones de Pascua no resultaron tan divertidas como las de Navidad.
—Nunca lo son—se quejó George.
Era difícil relajarse con Hermione al lado, recitando los doce usos de la sangre de dragón o practicando movimientos con la varita.
Hermione bufó y cruzó los brazos indignada, mientras Harry se disculpaba apresuradamente.
Quejándose y bostezando, Harry y Ron pasaban la mayor parte de su tiempo libre en la biblioteca con ella, tratando de hacer todo el trabajo suplementario.
—Nunca podré acordarme de esto —estalló Ron una tarde, arrojando la pluma y mirando por la ventana de la biblioteca con nostalgia. Era realmente el primer día bueno desde hacía meses.
—Siempre en Pascuas cuando mas ocupados estamos—se lamentó esta vez Ron.
El cielo era claro, y las nomeolvides azules y el aire anunciaban el verano.
Harry, que estaba buscando «díctamo» en Mil hierbas mágicas y hongos no levantó la cabeza hasta que oyó que Ron decía:
—¡Hagrid! ¿Qué estás haciendo en la biblioteca?
—¿Hagrid?—se oyó preguntar en toda la sala.
—¿Allí?—inquirió Percy alzando una ceja.
Incluso Luna pareció salir de su ensoñación habitual. —Debe de estar averiguando cómo criar al dragón—dijo con naturalidad, y añadió cuando muchos la miraron: —Tiene sentido por el título del capítulo—y todos se rieron por lo obvio y absurdo del comentario.
Hagrid apareció con aire desmañado, escondiendo algo detrás de la espalda. Parecía muy fuera de lugar; con su abrigo de piel de topo.
—Estaba mirando —dijo con una voz evasiva que les llamó la atención—.
—Seguro—rió Bill—. "Sutileza" y "Hagrid" no van en la misma oración.
¿Y vosotros qué hacéis? —De pronto pareció sospechar algo—. No estaréis buscando todavía a Nicolás Flamel, ¿no?
—Oh, lo encontramos hace siglos —dijo Ron con aire grandilocuente—. Y también sabemos lo que custodia el perro, es la Piedra Fi...
—Parece que Hagrid no es el único sin un ápice de sutileza—puntualizó Percy mirando fijamente a Ron, quien bufó indignado.
—¡Shhh! —Hagrid miró alrededor para ver si alguien los escuchaba—. No podéis ir por ahí diciéndolo a gritos. ¿Qué os pasa?
—En realidad, hay unas pocas cosas que queremos preguntarte —dijo Harry— sobre qué cosas más custodian la Piedra, además de Fluffy...
—Y con Harry ya son tres—señaló Ginny en modo de burla, pinchando las costillas de su novio con el dedo, lo que provocó las muecas del pelinegro y las risas de los mas jóvenes.
—¡SHHHH! —dijo Hagrid otra vez—. Mirad, venid a verme más tarde, no os prometo que os vaya a decir algo, pero no andéis por ahí hablando, los alumnos no deben saber nada. Van a pensar que yo os lo he contado...
—Te vemos más tarde, entonces —dijo Harry
Hagrid se escabulló.
—¿Qué escondía detrás de la espalda? —dijo Hermione con aire pensativo.
—¿Creéis que tiene que ver con la Piedra?
—Voy a ver en qué sección estaba —dijo Ron, cansado de sus trabajos. Regresó un minuto más tarde, con muchos libros en los brazos. Los desparramó sobre la mesa.
—¡Dragones! —susurró—. ¡Hagrid estaba buscando cosas sobre dragones! Mirad estos dos: Especies de dragones en Gran Bretaña e Irlanda y Del huevo al infierno, guía para guardianes de dragones...
Los ojos de Charlie brillaron de emoción, al recordar sus dos libros favoritos de Hogwarts.
—Hagrid siempre quiso tener un dragón, me lo dijo el día que lo conocí —dijo Harry.
—Pero va contra nuestras leyes —dijo Ron—. Criar dragones fue prohibido por la Convención de Magos de 1709, todos lo saben.
—No todos saben eso—puntualizó Charlie—. Sólo los que están interesados en el tema—añadió mirando suspicazmente a Ron, quien se sonrojó.
—Lo recordaba de cuando hablabas del tema en casa—dijo con voz débil—. Siempre me pareció un tema interesante.
Ante esto, Charlie no pudo evitar sonreír orgulloso de que su hermano menor se interesara, aunque sólo hubiera sido un niño, por el mismo tema que a él le arrebató el sueño durante toda su juventud.
Era difícil que los muggles no nos detectaran si teníamos dragones en nuestros jardines. De todos modos, no se puede domesticar un dragón, es peligroso. Tendríais que ver las quemaduras que Charlie se hizo con esos dragones salvajes de Rumania.
Todos levantaron la vista para mirar las cicatrices en los brazos fornidos de Charlie, lo que lo puso un poco incómodo.
—No es nada, son gajes del oficio—añadió como quien no quiere la cosa, e hizo un gesto con la mano como no dándole importancia, aunque sabía muy bien que eran realmente dolorosas y muy difíciles de curar si no se trataban adecuadamente. Por otro lado, también sabía que si entraba en detalles, su familia se preocuparía mucho mas, y la expresión de Molly al ver las quemaduras dejaba en claro que no compartía la despreocupación de su hijo.
—Pero no hay dragones salvajes en Inglaterra, ¿verdad? —preguntó Harry
—Por supuesto que hay —respondió Ron—. Verdes en Gales y negros en Escocia. Al ministro de Magia le ha costado trabajo silenciar ese asunto, te lo aseguro. Los nuestros tienen que hacerles encantamientos a los muggles que los han visto para que los olviden.
Hermione ante esto frunció el ceño y se abstrajo de la lectura unos segundos. Un detalle negativo más que añadir a su desconfianza con el Estatuto del Secreto: muchos muggles debían sufrir una desmemorización sin desearlo, y lo peor es que el Ministerio lo tomaba como si fuese un detalle burocrático más. Quizás nunca pudiese convencer a la población mágica de abolir el Estatuto, pero si de ella dependía utilizaría todos sus conocimientos para acercar aún mas a magos y muggles, por el bien de ambas comunidades por igual.
—Entonces ¿en qué está metido Hagrid? —dijo Hermione.
Cuando llamaron a la puerta de la cabaña del guardabosques, una hora más tarde, les sorprendió ver todas las cortinas cerradas. Hagrid preguntó «¿quién es?» antes de dejarlos entrar, y luego cerró rápidamente la puerta tras ellos.
En el interior; el calor era sofocante.
Molly frunció el ceño ante esto. Por el bien del semigigante, imploraba que no sea lo que estaba pensando…
Pese a que era un día cálido, en la chimenea ardía un buen fuego. Hagrid les preparó el té y les ofreció bocadillos de comadreja, que ellos no aceptaron.
—Entonces ¿queríais preguntarme algo?
—Sí —dijo Harry. No tenía sentido dar más vueltas—. Nos preguntábamos si podías decirnos si hay algo más que custodie a la Piedra Filosofal, además de Fluffy.
George chasqueó la lengua y negó con la cabeza. —Esa no es forma de sonsacarle información a Hagrid.
—Lo sabemos—dijo el trío al unísono.
Hagrid lo miró con aire adusto.
—Por supuesto que no puedo —dijo—. En primer lugar; no lo sé. En segundo lugar, vosotros ya sabéis demasiado, así que tampoco os lo diría si lo supiera. Esa Piedra está aquí por un buen motivo. Casi la roban de Gringotts... Aunque eso ya lo sabíais, ¿no? Me gustaría saber cómo averiguasteis lo de Fluffy.
—Oh, vamos, Hagrid, puedes no querer contarnos, pero debes saberlo, tú sabes todo lo que sucede por aquí —dijo Hermione, con voz afectuosa y lisonjera. La barba de Hagrid se agitó y vieron que sonreía.
George alzó la ceja sorprendido. —Ese sí es un buen intento.
Hermione continuó—: Nos preguntábamos en quién más podía confiar Dumbledore lo suficiente para pedirle ayuda, además de ti.
Con esas últimas palabras, el pecho de Hagrid se ensanchó. Harry y Ron miraron a Hermione con orgullo.
Ante esto George aplaudió. —¡Excelente, Hermione! Veo que no eres un caso perdido, después de todo—dijo burló, recibiendo miradas severas de su madre y de su novia.
Hermione por su parte no sabía si ofenderse o sentirse orgullosa, así que al final se encogió de hombros y replicó: —Persuasión femenina.
—Bueno, supongo que no tiene nada de malo deciros esto... Dejadme ver... Yo le presté a Fluffy... luego algunos de los profesores hicieron encantamientos... el profesor Sprout, el profesor Flitwick, la profesora McGonagall —contó con los dedos—, el profesor Quirrell (Ante esto, Percy y el trío fruncieron el ceño) y el mismo Dumbledore, por supuesto. Esperad, me he olvidado de alguien. Oh, claro, el profesor Snape.
Neville estuvo a punto de decir algo sobre esto, pero entonces recordó la corazonada que había tenido hacía un par de horas acerca de Snape y la Piedra. Decidió esperar antes que volver a emitir juicio al respecto…
—¿Snape?
—Ajá... No seguiréis con eso todavía, ¿no? Mirad, Snape ayudó a proteger la Piedra, no quiere robarla.
Eso empiezo a sospechar, pensó nuevamente Neville, aunque resultaba muy sencillo para él culpar al antiguo profesor de Pociones, sobre todo siguiendo en el libro los pensamientos de Harry.
Harry sabía que Ron y Hermione estaban pensando lo mismo que él. Si Snape había formado parte de la protección de la Piedra, le resultaría fácil descubrir cómo la protegían los otros profesores. Es probable que supiera todos los encantamientos, salvo el de Quirrell, y cómo pasar ante Fluffy.
—Tu eres el único que sabe cómo pasar ante Fluffy, ¿no, Hagrid? —preguntó Harry con ansiedad—. Y no se lo dirás a nadie, ¿no es cierto? ¿Ni siquiera a un profesor?
—Ni un alma lo sabe, salvo Dumbledore y yo —dijo Hagrid con orgullo.
—Bueno, eso es algo —murmuró Harry a los demás—.
—No por mucho tiempo, me temo—masculló Ron casi de forma inaudible. Sólo Harry, Hermione y Ginny lo oyeron, a lo que esta última lo miró extrañada.
Hagrid, ¿podríamos abrir una ventana? Me estoy asando.
—No puedo, Harry, lo siento —respondió Hagrid. Harry notó que miraba de reojo hacia el fuego. Harry también miró.
—Hagrid... ¿Qué es eso?
Pero ya sabía lo que era. En el centro de la chimenea, debajo de la cazuela, había un enorme huevo negro.
La voz de Fleur flaqueó y abrió los ojos como platos. Todos aquellos en la sala que no sabían de esto reaccionaron de la misma forma.
—No puedo… no puedo creerlo…—balbuceó Arthur débilmente. Miró de reojo a su esposa, quien parecía aún más abrumada que él.
Bill por su parte no pudo evitar echarle un vistazo a Charlie, quien para su asombro no parecía sorprendido. Los ojos de su hermano menor rebosaban de placer y sonreía como cada vez que se mencionaba algo sobre dragones. Algo no cuadraba, pensó Bill extrañado; si de verdad conocía a su hermano, no le hubiera extrañado verlo saltar de emoción por la sorpresa, pero nada de esto estaba pasando…
—Ah —dijo Hagrid, tirándose con nerviosismo de la barba—. Eso... eh...
—¿Dónde lo has conseguido, Hagrid? —preguntó Ron, agachándose ante la chimenea para ver de cerca el huevo— Debe de haberte costado una fortuna.
—Lo gané —explicó Hagrid—. La otra noche. Estaba en la aldea, tomando unas copas y me puse a jugar a las cartas con un desconocido. Creo que se alegró mucho de librarse de él, si he de ser sincero.
—¡¿Qué diablos pasa con este hombre?!—estalló Molly fuera de sí—. ¿Por qué siempre pierde la razón cuando se trata de sus mascotas? ¡¿Quién anda cargando un huevo de dragón por ahí?! ¡Seguro era un traficante! ¡Podrían haberlo arrestado! ¡PODRÍA HABER INCENDIADO EL COLEGIO…!
—Tranquila, cariño—intentó calmarla Arthur, tomándola de la mano—. Esto ya ocurrió, no podemos hacer nada para impedirlo…
Aunque Arthur no logró calmar de todo a su esposa, sí logró que dejara de chillar de momento, lo que resultó un enorme alivio para todos en la sala.
—Pero ¿qué vas a hacer cuando salga del cascarón? —preguntó Hermione.
—Bueno, estuve leyendo un poco —dijo Hagrid, sacando un gran libro de debajo de su almohada—. Lo conseguí en la biblioteca: Crianza de dragones para placer y provecho. Está un poco anticuado, por supuesto, pero sale todo. Mantener el huevo en el fuego, porque las madres respiran fuego sobre ellos
Charlie asintió.
—Es lo usual en todas las especies en realidad.
y, cuando salen del cascarón, alimentarlos con brandy mezclado con sangre de pollo, cada media hora.
—Nada mal, Hagrid—señaló nuevamente Charlie impresionado con el semigigante—. Esa es la forma correcta de criar un ridgeback noruego que ha perdido a su madre.
Y mirad, dice cómo reconocer los diferentes huevos. El que tengo es un ridgeback noruego. Y son muy raros.
—Y que lo digas—volvió a acotar Charlie, que parecía no poder contenerse—. No sólo es casi imposible separar un huevo del nido, sino que además…
—Charlie—lo interrumpió George—, no entres en modo sabelotodo ahora—provocando que el susodicho se ruborizara cuando notó las caras entre divertidas y exasperadas de la sala.
Parecía muy satisfecho de sí mismo, pero Hermione no.
—Hagrid, tú vives en una casa de madera —dijo.
Pero Hagrid no la escuchaba. Canturreaba alegremente mientras alimentaba el fuego.
—Ya está loco—rezongó Molly, con gesto de fastidio.
Así que ya tenían algo más de qué preocuparse: lo que podía sucederle a Hagrid si alguien descubría que ocultaba un dragón ilegal en su cabaña.
—Me pregunto cómo será tener una vida tranquila —suspiró Ron, mientras noche tras noche luchaban con todo el trabajo extra que les daban los profesores. Hermione había comenzado ya a hacer horarios de repaso para Harry y Ron. Los estaba volviendo locos.
—Ni que decir que eso los ayudó mucho, ¿no?—señaló Hermione mordazmente mirando a Harry y a Ron, quienes tuvieron la decencia de sonreir con culpa.
Entonces, durante un desayuno, Hedwig entregó a Harry otra nota de Hagrid. Sólo decía: «Está a punto de salir».
—No me digan que…—comenzó Charlie de repente, abriendo los ojos como platos—… que lo vieron… nacer—finalizó con los ojos maravillados de placer.
Harry, Ron y Hermione se miraron entre ellos, y el pelinegro finalmente asintió con cierto orgullo. Además de Charlie, todos estaban maravillados (Molly también, muy a su pesar); no era una experiencia común presenciar el nacimiento de un dragón, y menos de un ridgeback noruego.
Ron quería faltar a la clase de Herbología e ir directamente a la cabaña. Hermione no quería ni oír hablar de eso.
—Hermione, ¿cuántas veces en nuestra vida veremos a un dragón saliendo de su huevo?
—Precisamente—musitó Charlie, aún anonadado.
—Tenemos clases, nos vamos a meter en líos y no vamos a poder hacer nada cuando alguien descubra lo que Hagrid está haciendo...
—¡Cállate! —susurró Harry
Malfoy estaba cerca de ellos y se había quedado inmóvil para escucharlos.
—Oh, genial—bufó Bill, al igual que varios de los presentes—. ¿No tiene nada mejor que hacer que molestar?
—No—gruñeron al mismo tiempo todos los que conocieron a Malfoy en Hogwarts.
¿Cuánto había oído? A Harry no le gustó la expresión de su cara.
Ron y Hermione discutieron durante todo el camino hacia la clase de Herbología y, al final, Hermione aceptó ir a la cabaña de Hagrid con ellos durante el recreo de la mañana.
—Ya desde el primer año pelean como un viejo matrimonio—rió George, provocando el sonrojo de Ron y Hermione y las risas de los mas jóvenes.
Cuando al final de las clases sonó la campana del castillo, los tres dejaron sus trasplantadores y corrieron por el parque hasta el borde del bosque. Hagrid los recibió, excitado y radiante.
—Ya casi está fuera—dijo cuando entraron.
—Oh, Merlín…—comenzó a impacientarse Charlie, casi vibrando de emoción. Los demás también estaban impacientes por oir lo que estaba por venir, así que decidieron tácitamente no interrumpir la narración de Fleur.
El huevo estaba sobre la mesa. Tenía grietas en la cáscara. Algo se movía en el interior y un curioso ruido salía de allí.
Todos acercaron las sillas a la mesa y esperaron, respirando con agitación.
Al igual que todos en la sala.
De pronto se oyó un ruido y el huevo se abrió. La cría de dragón aleteó en la mesa. No era exactamente bonito. Harry pensó que parecía un paraguas negro arrugado. (Charlie frunció el ceño ante el comentario de Harry pero lo dejó pasar.) Sus alas puntiagudas eran enormes, comparadas con su cuerpo flacucho. Tenía un hocico largo con anchas fosas nasales, las puntas de los cuernos ya le salían y tenía los ojos anaranjados y saltones.
Estornudó. Volaron unas chispas.
—¿No es precioso? —murmuró Hagrid. Alargó una mano para acariciar la cabeza del dragón. Este le dio un mordisco en los dedos, enseñando unos colmillos puntiagudos.
Algunos hicieron distintas muecas de dolor. Charlie por su parte seguía embelesado por lo que escuchaba. Lo que daría por presumir ante mis amigos de Rumania de que vi nacer un ridgeback noruego…
—¡Bendito sea! Mirad, conoce a su mamá —dijo Hagrid.
—Hagrid—dijo Hermione—. ¿Cuánto tardan en crecer los ridgebacks noruegos?
Charlie abrió la boca para comentar, pero prefirió cerrarla. Su madre no necesitaba saber los detalles.
Hagrid iba a contestarle, cuando de golpe su rostro palideció. Se puso de pie de un salto y corrió hacia la ventana.
—¡¿Qué?! ¿Qué pasó?—preguntó Molly frenéticamente. Al igual que el de ella, el humor de la sala cambió drásticamente. Ahora todos estaban nerviosos e inquietos.
—¿Qué sucede?
—Alguien estaba mirando por una rendija de la cortina... Era un chico... Va corriendo hacia el colegio.
Harry fue hasta la puerta y miró. Incluso a distancia, era inconfundible:
Malfoy había visto el dragón.
Y nuevamente todos rezongaron o se lamentaron en voz alta. ¿No podía Harry tener un segundo de paz?
Algo en la sonrisa burlona de Malfoy durante la semana siguiente ponía nerviosos a Harry, Ron y Hermione. Pasaban la mayor parte de su tiempo libre en la oscura cabaña de Hagrid, tratando de hacerlo entrar en razón.
—Déjalo ir —lo instaba Harry—. Déjalo en libertad.
—Eso sería lo más sensato—sugirió Angelina
—Lástima que Hagrid es todo menos sensato—replicó George.
—No puedo —decía Hagrid—. Es demasiado pequeño. Se morirá.
Miraron el dragón. Había triplicado su tamaño en sólo una semana.
Tanto Charlie como Molly abrieron los ojos como platos, pero mientras el primero lo hacía de emoción, la segunda lo hacía horrorizada.
Ya le salía humo de las narices. Hagrid no cumplía con sus deberes de guardabosques porque el dragón ocupaba todo su tiempo. Había botellas vacías de brandy y plumas de pollo por todo el suelo.
—He decidido llamarlo Norberto —dijo Hagrid, mirando al dragón con ojos húmedos—. Ya me reconoce, mirad. ¡Norberto! ¡Norberto! ¿Dónde está mamá?
—Ha perdido el juicio —murmuró Ron a Harry.
—Y que lo digas—rió George al igual que su novia.
—Hagrid —dijo Harry en voz muy alta—, espera dos semanas y Norberto será tan grande como tu casa. Malfoy se lo contará a Dumbledore en cualquier momento.
Hagrid se mordió el labio.
—Yo... yo sé que no puedo quedarme con él para siempre, pero no puedo echarlo, no puedo.
Harry se volvió hacia Ron súbitamente.
—Charlie…
—¿Qué?—preguntó el susodicho a Fleur confundido.
Fleur rió. —Es lo que está escgito aquí—dijo y todos miraron fijamente a Charlie, que palideció de repente. Molly entrecerró los ojos.
—Charlie—dijo.
—Tú también estás mal de la cabeza —dijo Ron—. Yo soy Ron, ¿recuerdas?
George y Ginny rieron por lo bajo, pero mas aún cuando vieron que Charlie comenzaba a encogerse ante la mirada acusadora de su madre.
—No... Charlie, tu hermano. En Rumania. Estudiando dragones. Podemos enviarle a Norberto. ¡Charlie lo cuidará y luego lo dejará vivir en libertad!
—¡CHARLES WEASLEY!—exclamó Molly, fulminando con la mirada a su segundo hijo, quien pese a su enorme tamaño parecía encogerse cada vez mas en su sillón—. ¡¿Tú sabías de esto y no me lo dijiste?!
El domador de dragones tragó saliva, aún disminuido en su asiento, y asintió débilmente. De no temer la reacción de la matriarca Weasley, la imagen de la diminuta Molly regañando al enorme y fortachón Charlie hubiera generado sonoras carcajadas entre los hermanos Weasley; el esfuerzo por no hacerlo casi los estaba matando.
—Ron me envió una carta pidiéndome ayuda—dijo Charlie casi en tono de súplica, y añadió con un dejo de desafío: —No me iba a quedar de brazos cruzados si mi hermano menor me necesita.
Esto tomó por sorpresa a Molly, quien pareció quedarse sin palabras. Aprovechando que su esposa no parecía querer seguir gritando, y pese a que sabía que debía mostrarse igual de severo que ella, Arthur se apiadó de su hijo y comentó en modo tranquilizador: —Tranquila, Molly. Seguro Charlie no quería preocuparte. Si no te dijo nada, es porque todo salió bien, ¿no es así, Charles?—añadió mirando fijamente a su hijo, mientras le indicaba con los ojos que no metiera mas la pata.
—¡Si! Así es, madre—asintió Charlie rápidamente, deseando librarse de los ojos acusadores de Molly—. Además—añadió con algo de esperanza—, ni bien supe de esto, puse manos a la obra e intenté resolverlo todo lo mas rápido posible.
Esto pareció calmar un poco a Molly finalmente, aunque necesitó diez minutos de pausa en la lectura para ir a la cocina a prepararse una taza de té fuerte. Mientras Fleur aprovechaba para descansar un poco la voz antes de continuar leyendo (no le era fácil leer en voz alta en un idioma que no era el suyo), los demás hermanos Weasley liberaban la tensión y bromeaban a expensas de Charlie. Todos menos Ron, quien se sentía algo culpable de que su hermano mayor se llevara todo el regaño de su madre cuando la mayoría de la culpa era suya.
—Técnicamente la culpa es de Hagrid—señaló Hermione cuando su novio les comentó esta inquietud a Harry y a ella—. Nosotros hicimos lo posible por ayudarlos a todos.
—Tiene razón, Ron—le dijo Harry en tono tranquilizador—. Pero entiendo igual como te sentís. Yo también tengo parte de la responsabilidad.
—Lo se—dijo Ron sonriendo algo culpable—. Supongo que lo bueno es que mamá no me regaño tanto esta vez.
—Porque aún no hiciste nada estúpido que lo mereciera en este capítulo—replicó una voz detrás de él, que lo hizo saltar y darse vuelta horrorizado. Su madre estaba detrás de él con una taza de té en la mano y expresión severa. Todo esto provocó la carcajada general.
—No tienes suerte con mamá, Ronald—se burló Ginny. Ron se ruborizó por toda respuesta.
Fleur entendió entonces que debía apiadarse de su cuñado y reanudó la lectura.
—¡Genial! —dijo Ron—. ¿Qué piensas de eso, Hagrid?
Y al final, Hagrid aceptó que enviaran una lechuza para pedirle ayuda a Charlie.
Molly nuevamente fulminó con la mirada a su segundo hijo, quien esta vez tuvo la decencia de lucir avergonzado.
La semana siguiente pareció alargarse. La noche del miércoles encontró a Harry y Hermione sentados solos en la sala común, mucho después de que todos se fueran a acostar. El reloj de la pared acababa de dar doce campanadas cuando el agujero de la pared se abrió de golpe. Ron surgió de la nada, al quitarse la capa invisible de Harry. Había estado en la cabaña de Hagrid, ayudándolo a alimentar a Norberto, que ya comía ratas muertas.
—¡Me ha mordido! —dijo, enseñándoles la mano envuelta en un pañuelo ensangrentado—.
—¡NO!—se olló exclamar a toda la sala. Todos los Weasley tenían los ojos muy abiertos de terror, pero no más que Charlie, quien además se había vuelto pálido.
—¡La mordida del ridgeback noruego es venenosa!—bramó casi desesperado, mirando a su hermano acusadoramente—. ¿Por qué no mencionaste esto antes?
—¡Tranquilos!—exclamó Ron parándose, y arremangándose el brazo derecho y extendiéndolo para que su familia lo vea bien—. Antes de que se desesperen, vean mi brazo: ¡no tiene nada! Madam Pomfrey se encargó de curarlo.
Esto pareció calmar a todos en la sala, pero Charlie seguía respirando agitadamente y por las miradas furtivas que lanzaba al brazo de Ron, parecía que esperaba que se fuera a caer en cualquier momento.
No podré escribir en una semana. Os aseguro que los dragones son los animales más horribles que conozco, pero para Hagrid es como si fuera un osito de peluche. Cuando me mordió, me hizo salir porque, según él, yo lo había asustado. Y cuando me fui le estaba cantando una canción de cuna.
—Okey, ya está loco de remate—sentenció Molly con un hilo de voz. Tampoco ella dejaba de lanzar miradas furtivas a Ron.
Se oyó un golpe en la ventana oscura.
—¡Es Hedwig! —dijo Harry, corriendo para dejarla entrar—. ¡Debe de traer la respuesta de Charlie!
Los tres juntaron las cabezas para leer la carta.
Querido Ron:
¿Cómo estás? Gracias por tu carta. Estaré encantado de quedarme con el ridgeback noruego, pero no será fácil traerlo aquí. Creo que lo mejor será hacerlo con unos amigos que vienen a visitarme la semana que viene. El problema es que no deben verlos llevando un dragón ilegal. ¿Podríais llevar al ridgeback noruego a la torre más alta, la medianoche del sábado? Ellos se encontrarán contigo allí y se lo llevarán mientras dure la oscuridad.
Envíame la respuesta lo antes posible.
Besos,
Charlie
Todos al unísono miraron fijamente a Charlie.
—¿Qué?—preguntó visiblemente incómodo.
—¿No es muy casual tu reacción en la carta a toda la situación?—preguntó Bill arqueando una ceja.
—Ciertamente—agregó George—. ¿Es algo de todos los días que te escriban tus hermanos menores para que les ayudes a ocultar dragones ilegales de guardabosques chiflados?
—Oh, cállense—bufó Charlie divertido al igual que el resto—. Es obvio que estaba preocupado, pero sabía que lo primordial era sacar al dragón de Hogwarts antes de que creciera y fuese un peligro real para todos. Luego tendría tiempo de regañar a Ron por meterse en problemas—añadió mirando severamente al susodicho. Sin embargo, cuando todos terminaron de reírse y continuaron la lectura, Charlie le sonrió de lado y le guiñó un ojo haciéndole saber que no estaba realmente enfadado.
Se miraron.
—Tenemos la capa invisible —dijo Harry—. No será tan difícil... creo que la capa es suficientemente grande para cubrir a Norberto y a dos de nosotros.
La prueba de lo mala que había sido aquella semana para ellos fue que aceptaron de inmediato. Cualquier cosa para liberarse de Norberto... y de Malfoy.
Se encontraron con un obstáculo. A la mañana siguiente, la mano mordida de Ron se había inflamado y tenía dos veces su tamaño normal.
Varios hicieron una mueca de dolor, Ron además reprimiendo un escalofrío al recordar su antigua herida.
No sabía si convenía ir a ver a la señora Pomfrey ¿Reconocería una mordedura de dragón?
—Sin duda—respondió Charlie afirmando con la cabeza.
—¿Cómo sabes eso?—preguntó Percy frunciendo el ceño.
—Fue ella quien atendió a los heggidos después de la pgimega pgueba del Togneo de los Tges Magos—supuso Fleur—. Debía conoceg lo suyo sobge dgagones…
—Sí, es cierto—la atajó Charlie—, pero no lo decía por eso.
—¿Y entonces por qué?—preguntó Percy nuevamente.
Charlie rió por lo bajo antes de contestar: —Una vez en la enfermería luego de sufrir una lesión en un partido, Madam Pomfrey me regañó por varios minutos enumerando todas las lesiones que podría sufrir en mi vida si elegía el quidditch como carrera profesional. Le dije que en realidad quería dedicarme a estudiar dragones.
—Eso la tranquilizo seguramente—respondió Ron sarcásticamente.
Charlie se palmeó la frente. —No se para qué le dije eso… ¡horas enumerándome todas las lesiones que podía causar un dragón! Y no escatimó detalles sobre cada especie de dragón…
—Apuesto que eso te hizo cambiar de idea—rió George al igual que el resto.
—Ni de chiste—rió Charlie también—, pero no dudé en tomar nota después de todo eso en la biblioteca.
Sin embargo, por la tarde no tuvo elección. La herida se había convertido en una horrible cosa verde. Parecía que los colmillos de Norberto tenían veneno.
Charlie corroboró asintiendo con la cabeza.
Al finalizar el día, Harry y Hermione fueron corriendo hasta el ala de la enfermería para visitar a Ron y lo encontraron en un estado terrible.
—No es sólo mi mano —susurró— aunque parece que se me vaya a caer a trozos. Malfoy le dijo a la señora Pomfrey que quería pedirme prestado un libro,
Se oyeron varios gestos de fastidio. ¿No podía ese hurón dejarlos tranquilos nunca?
y vino y se estuvo riendo de mí. Me amenazó con decirle a ella quién me había mordido (yo le había dicho que era un perro, pero creo que no me creyó).
—¿Tu crees?—preguntó Ginny sarcásticamente—. ¿Cuántos perros había en Hogwarts antes de que yo entrara?
—Cállate—musitó Ron con las orejas coloradas.
No debí pegarle en el partido de quidditch. Por eso se está portando así.
Harry y Hermione trataron de calmarlo.
—Todo habrá terminado el sábado a medianoche —dijo Hermione, pero eso no lo tranquilizó. Al contrario, se sentó en la cama y comenzó a temblar.
—¡La medianoche del sábado! —dijo con voz ronca—. Oh, no, oh, no... acabo de acordarme... la carta de Charlie estaba en el libro que se llevó Malfoy, se enterará de la forma en que nos libraremos de Norberto.
Y nuevamente se oyeron gestos de fastidio.
—Es la ley de Murphy—rezongó Hermione.
—¿Ley de quién?—preguntaron confundidos varios en la sala.
—Básicamente significa que todo lo que podría salir mal, efectivamente sale mal. Es una expresión muggle—explicó Harry, luego de que Hermione resoplara exasperada.
—Pues no me parece precisamente una ley—replicó Percy con el ceño fruncido.
—Y aún así parece cumplirse siempre que haya posibilidades de que algo salga mal—razonó Neville, quien había tenido sus propias experiencias de meter la pata.
—Sobre todo en exámenes en los que no estudiaste—rió George, pero muchos asintieron seriamente.
Harry y Hermione no tuvieron tiempo de contestarle. Apareció la señora Pomfrey y los hizo salir; diciendo que Ron necesitaba dormir.
—Es muy tarde para cambiar los planes —dijo Harry a Hermione—. No tenemos tiempo de enviar a Charlie otra lechuza y ésta puede ser nuestra única oportunidad de librarnos de Norberto. Tendremos que arriesgarnos. Y tenemos la capa invisible y Malfoy no lo sabe.
—Ojalá se hubiera quedado así—gruñó Harry por lo bajo, recordando su nariz rota en el inicio de su sexto año.
Encontraron a Fang, el perro cazador de jabalíes, sentado afuera, con la cola vendada, cuando fueron a avisar a Hagrid. Éste les habló a través de la ventana.
—No os hago entrar —jadeó— porque Norberto está un poco molesto. No es nada importante, ya me ocuparé de él.
Cuando le contaron lo que decía Charlie, se le llenaron los ojos de lágrimas, aunque tal vez fuera porque Norberto acababa de morderle la pierna.
George rió, pero calló rápidamente al recibir una mirada de su madre. Evidentemente no seguía muy feliz con todo el asunto del dragón, y menos aún después de saber que su hijo había resultado herido.
—¡Aaay! Está bien, sólo me ha cogido la bota... está jugando... después de todo es sólo un cachorro.
El cachorro golpeó la pared con su cola, haciendo temblar las ventanas.
Charlie reprimió un escalofrío. Por suerte sus amigos habían llegado justo a tiempo antes de que el dragón creciera lo suficiente para ser indomable hasta para Hagrid.
Harry y Hermione regresaron al castillo con la sensación de que el sábado no llegaría lo bastante rápido.
Tendrían que haber sentido pena por Hagrid, cuando llegó el momento de la despedida, si no hubieran estado tan preocupados por lo que tenían que hacer. Era una noche oscura y llena de nubes y llegaron un poquito tarde a la cabaña de Hagrid, porque tuvieron que esperar a que Peeves saliera del vestíbulo, donde jugaba a tenis contra las paredes.
Hagrid tenía a Norberto listo y encerrado en una gran jaula.
—Tiene muchas ratas y algo de brandy para el viaje —dijo Hagrid con voz amable—. Y le puse su osito de peluche por si se siente solo.
Del interior de la jaula les llegaron unos sonidos, que hicieron pensar a Harry que Norberto le estaba arrancando la cabeza al osito.
Esta vez, hasta Molly tuvo que hacer un esfuerzo para no reírse junto con la mayoría de la sala que sí lo hacía.
—¡Adiós, Norberto! —sollozó Hagrid, mientras Harry y Hermione cubrían la jaula con la capa invisible y se metían dentro ellos también—. ¡Mamá nunca te olvidará!
Cómo se las arreglaron para llevar la jaula hasta la torre del castillo fue algo que nunca supieron. Era casi medianoche cuando trasladaron la jaula de Norberto por las escaleras de mármol del castillo y siguieron por pasillos oscuros. Subieron una escalera, luego otra... Ni siquiera uno de los atajos de Harry hizo el trabajo más fácil.
—No hay muchos atajos que lleven a la Torre de Astronomía—sopesó George—. Supongo que tomaron el de George von Rheticus que lleva al séptimo piso y de ahí…
—¡Ahora no importa eso, George!—le espetó Molly impacientemente—. Quiero saber si salió todo bien o no.
—¡Ya casi llegamos! —resopló Harry, mientras alcanzaban el pasillo que había bajo la torre más alta.
Entonces, un súbito movimiento por encima de ellos casi les hizo soltar la jaula.
—¡Oh, Merlín! ¿Y ahora qué?—resoplaron varios en la sala.
Olvidando que eran invisibles, se encogieron en las sombras, contemplando las siluetas oscuras de dos personas que discutían a unos tres metros de ellos. Una lámpara brilló.
La profesora McGonagall, con una bata de tejido escocés y una redecilla en el pelo, tenía sujeto a Malfoy por la oreja.
Se hizo un silencio repentino en la sala, y entonces Ginny estalló en carcajadas sonoras, seguida por la mayoría de los presentes. Incluso Molly no pudo evitar reírse por lo bajo.
—¡Oh, Merlín!—jadeaba George—. ¡Quisiera haber visto esto!
—Ese pequeño hurón entrometido merecía eso hacía tiempo—reía Bill maliciosamente.
Harry, Hermione y Neville sin embargo no se reían tanto; sabían como habría de terminar todo al final de la noche.
—¡Castigo! —gritaba—. ¡Y veinte puntos menos para Slytherin! Vagando en medio de la noche... ¿Cómo te atreves...?
—Usted no lo entiende, profesora, Harry Potter vendrá. ¡Y con un dragón!
—Lo mas gracioso es que es cierto, pero aún así suena absurdo—comentó Angelina jocosamente.
—¡Qué absurda tontería! ¿Cómo te atreves a decir esas mentiras? Vamos, hablaré de ti con el profesor Snape... ¡Vamos, Malfoy!
Después de aquello, la escalera de caracol hacia la torre más alta les pareció lo más fácil del mundo. Cuando salieron al frío aire de la noche, donde se quitaron la capa, felices de poder respirar bien, Hermione dio una especie de salto.
—¡Malfoy está castigado! ¡Podría ponerme a cantar!
—No lo hagas —la previno Harry.
—Oh, vamos Harry—le recriminó Ginny en tono de broma—. Hermione no canta tan mal.
—Oh, cállate Ginny—respondió Hermione obligándose a sí mismo a reír, sabiendo que al finalizar el capítulo el humor de todos estaría mucho mas apagado y no habría muchos momentos para hacerlo.
Riéndose de Malfoy, esperaron, con Norberto moviéndose en su jaula. Diez minutos más tarde, cuatro escobas aterrizaron en la oscuridad.
Los amigos de Charlie eran muy simpáticos. Enseñaron a Harry y Hermione los arneses que habían preparado para poder suspender a Norberto entre ellos. Todos ayudaron a colocar a Norberto para que estuviera muy seguro, y luego Harry y Hermione estrecharon las manos de los amigos y les dieron las gracias.
—¡Y qué forma de agradecerles!—señaló Charlie entre risas—. No todos los días recibimos un ridgeback noruego.
Por fin. Norberto se iba... se iba... se había ido.
—Al fin—suspiró Molly, evidentemente librándose de un peso enorme ahora que sus hijos y sus amigos no dormían con un dragón cerca. Miró de soslayo a Charlie. Bueno, pensó algo reticentemente, no todos sus hijos al menos…
Bajaron rápidamente por la escalera de caracol, con los corazones tan libres como sus manos, que ya no llevaban la jaula con Norberto. Sin el dragón, y con Malfoy castigado, ¿qué podía estropear su felicidad?
La respuesta los esperaba al pie de la escalera. Cuando llegaron al pasillo, el rostro de Filch apareció súbitamente en la oscuridad.
—¡Oh, por favor!—exclamaron todos en la sala.
—¿Cómo es posible eso?—preguntó Percy incrédulo.
Y entonces George jadeó visiblemente horrorizado, llamando la atención de todos. —¡La capa! ¡Olvidaron ponerse la capa antes de bajar!
Los ojos de todos pasaron de George a Harry y Hermione, y cuando vieron que estos no se atrevieron a levantar la vista del suelo, el humor de la sala se apagó casi por completo. Percy internamente comenzaba a pensar mejor lo de esa tal ley de Murphy.
—Bien, bien, bien—susurró Filch—. Tenemos problemas.
Habían dejado la capa invisible en la torre.
—¡Mierda!—exclamaron varios en la sala, pero esta vez no se oyó ninguna reprimenda de Molly. La matriarca Weasley parecía demasiado conmocionada para poder articular palabra alguna.
—Es el fin del capítulo—señaló Fleur varios segundos después, marcando la página y cerrando el libro.
Por varios segundos mas nadie se animo a decir nada, aunque varios se miraron entre sí.
—Supongo—dijo Hermione tentativamente—, que la ronda terminó. Significa que es mi turno nuevamente—añadió tomando el libro y abriéndolo donde Fleur lo dejó. Cerró los ojos al leer el nombre del siguiente capítulo, pensando internamente que los nervios de todos habrían de sufrir varios sobresaltos. Preparándose para lo peor, leyó con sobrecogimiento: —El bosque prohibido.
