Capítulo III: Bienvenida
Advertencia: menciones de violencia física
Fiel a su promesa, Jack Fabray, un hombre de sesenta y cinco años de edad, rubio, aunque de cabello un poco canoso por la misma edad, de tez clara, con ojos verdes, alto, fornido, de contextura media, le dio a escoger entre una casa y un departamento a su sobrina y con ella se fue a comprar la misma, una casa con un amplio jardín y piscina.
- Necesito mucho espacio mi amor – le dijo él mirándola con travesura en su mirada
- ¿Y eso tío? – le preguntó ella – sólo somos dos – le dijo caminando en la casa que su tío había comprado a media hora de la casa de Russell para que ella no lo tuviera que ver y que sus interacciones sean mínimas. Russell era tóxico para su hija y ambos lo sabían.
- Ahh pues sé que te encantan los espacios abiertos, correr, trotar, además necesitamos mucho espacio para plantar muchas rosas (flores favoritas de su mamá) y también para que corra un perrito – le dijo con gran sonrisa esperando su reacción.
- ¿Un perrito?, nunca he tenido uno, no tengo uno – soltó ella y su tío volteó los ojos juguetonamente esperando por su reacción que no demoró mucho.
- ¿Me compras un perrito? – le preguntó esperanzada y dando saltitos de alegría tal nena en una chocolatería.
- Mejor aún bebé, vamos a adoptar uno, mi amor – le dijo sonriente recibiendo cómo recompensa los abrazos de su sobrina y un – te quiero mucho tío – entre besos.
- Awww mi bebé – le contestó él abrazándola más fuerte, haciéndola girar para escuchar su risa.
Y así ambos después de comprar la casa y de almorzar se fueron al refugio a ver cachorritos. Jack sabía que es la clase de amor que le faltaba a su sobrina, un amor puro, y que le serviría mucho de terapia y de compañía, le ayudaría a entrar al mundo en el que ella por decisión propia y con muchísimo dolor encima se había apartado, o uno incluso mejor, eso era su deseo. Que su niña sea feliz nuevamente, sabiendo él que Judy desde el cielo la cuidaba y la protegía dónde fuera.
Quinn recorrió todo el centro, viendo a muchos perritos, entre chicos, medianos y grandes, de todos los tamaños, colores y edades, ella los observó a todos. Un perrito que no pasaba de mes y que estaba separado de los demás, le llamó la atención.
Un perrito de color negro con una flecha blanca en su cabecita, de patas blancas cómo si llevara botas y de pecho blanco hasta el hocico, con la punta de la cola blanca cómo Charmander, de modo que el perrito lucía cómo si usara un esmoquin, sólo le faltaba una corbata roja y listo, sería un perrito con traje, era por demás decir, un perrito demasiado guapo y adorable.
- Eh señorita - preguntó Quinn – este perrito ¿por qué está alejado de los demás? – le preguntó cargando al pequeñito que ni bien lo cogió la mordió – auuu – terminó de decir ella.
- Es por eso – le señaló la dependienta – él muerde y aparentemente tiene un carácter demasiado travieso, ya lo adoptaron tres veces y lo devolvieron también tres veces, destroza todo.
Quinn pensó en qué le harían al perrito si lo catalogaban cómo "inadoptable"
- Pues me lo llevo – dijo ella muy resuelta – este perrito es para mí – besando la cabecita de perrito que la miró adorablemente oliéndola.
Quinn insistió tanto que la dependienta se apresuró en hacer los trámites más rápidos y así con el peque a bordo se fueron a una veterinaria a checarlo, ponerle sus vacunas, sacar su carnet de identidad y comprarle todas las monerías que se le ocurrió a Quinn, arnés, collar, correa, cama, ropita, comida, juguetes, champú, todo lo que se le ocurrió en el momento.
Quinn miraba con mucho amor a su perrito y su tío a ella.
- ¿Qué nombre le vas a poner? – le preguntó acariciando al perrito
- Toby, tiene cara de Toby – dijo ella y el perrito le volvió a morder – auuu – volvió a decir ella y su tío se rió, ella después le acompañó.
Los tres llegaron a la casa, y Toby fiel a su palabra empezó a morder el mueble de la sala, y de noche no quería dormir en su cama sino en la cama de Quinn.
Este perrito parecía ser ingobernable, más Quinn también lo era y Toby se lo iba a recordar.
En los próximos días, ambos entraron en una rutina, Toby la despertaba temprano, para jugar o comer y si ella no se levantaba, él le saltaba sobre su abdomen para que ella se levantase, quitándole el aire y haciéndole despabilar.
Poco a poco Toby se acomodó al enorme lugar, Quinn le enseñó a nadar, poniéndole un inflable a su pechito ya que era muy chiquito, apenas un mes de vida, y con mucho cuidado le enseñó a nadar, siempre con el día muy caluroso, nunca en las tardes por si se enfermaba el peque.
Poco a poco parecía también que Toby se apegaba a Quinn y Jack, relajándose, dejando los muebles de lado ya que tenía muchos juguetes y la atención de ambos para jugar.
Eso le había hecho falta al peque y a Quinn también, un amor incondicional y mucha dedicación, el uno por el otro.
Los tres fácilmente entraron en una rutina saliendo por las tardes a caminar, a pasear.
- Eso le faltaba a Toby – decía su tío y para sus adentros, él sabía que a su sobrina también.
Definitivamente el perrito era la mejor idea que tuvo, Quinn parecía estar más presente y eso era simplemente genial.
…
Pasadas las dos semanas, Quinn tenía cita con su doctora y a eso fue y mientras se registraba en admisión, ambas conectaron miradas por breves instantes.
Su doctora se veía genial, era muy hermosa y Quinn lo sabía.
Ella llegó antes de la hora y esperó y esperó a su doctora, no contó que en la sala de espera dónde se encontraba había mucha bulla, gente hablando, gente escuchando música, bebés llorando, gente hablando por teléfono y todo a la vez.
Eso detonó en ella mucha ansiedad, le provocó dolor de pecho y mareos, el ruido era demasiado y no lo toleraba.
Ella aguantó lo que pudo y cuándo no, se alejó un poco, no tanto porque si no, no escucharía su nombre ser llamado.
Lo que ocurrió media hora después.
- Hola Quinn, ¿cómo estás? – le preguntó ella notando a Quinn caminando casi en sig sag.
- Estoy mareada – contestó ella sentándose en la silla frente a ella con un escritorio de por medio – y me duele mucho el pecho, me es difícil respirar – le dijo cerrando los ojos.
Su doctora se dio cuenta que se trataba de un ataque de pánico así que por más que tenía todas sus alertas muy prendidas, con voz moderada dijo – necesitas ayuda, ¿vamos a emergencia?
Quin negó con la cabeza y aún con los ojos cerrados – no, no va a ayudar – negándose a estar otra vez acostada en una camilla – sólo necesito tiempo.
- Ok entonces – le dijo la doctora tipeando en su pc todas sus observaciones – háblame Quinn – insistió ella, sabiendo que así Quinn tenía que concentrarse en lo que decía y no caer en pánico o asustarse más de lo que ya estaba - ¿qué detonó esto? – le preguntó
- Había mucho ruido en la sala de espera - le dijo y a continuación narró su situación en la sala de espera.
- ¿El ruido detonó esto en ti? – preguntó ella haciendo ademanes hacia Quinn.
- Sí – contestó ella secamente ya pudiendo mirarla, aun moderando su respiración.
- Quinn, a favor de ayudarte necesito preguntarte algunas cosas y que me cuentes otras, puede que no te gusten, pero me servirán para ayudarte, y lo que comentes aquí, quedará entre nosotras. ¿Puedes hacer esto por mí? – le preguntó seriamente y Quinn asintió tomándose su tiempo.
Su doctora sabía que, si Quinn reaccionaba así al ruido que hay en una sala de espera, tenía que haber un trasfondo muy fuerte.
- ¿Quinn alguien te ha agredido antes? – le preguntó seria y muy preocupada de que alguien la tocase así sea con un pétalo de rosa y Quinn que estaba ya un pelín más tranquila, empezó a temblar por el recuerdo.
- Quinn estás en un ambiente seguro, nadie te hará daño aquí – le soltó y Quinn nuevamente se tomó su tiempo antes de decir algo, pero cuándo empezó a hablar, su doctora se estremeció con cada palabra, definitivamente no esperaba oír eso.
Quinn se tomó su tiempo, bebió su soda y dijo – a mamá no le gusta que tome mucho la soda - señalando la gaseosa en su mano - pero la prefiero comparado al alcohol, ella odia el alcohol – Quinn hablaba en tiempo presente de su madre, de eso se dio cuenta su terapeuta – tomo cuándo estoy triste, casi todo el tiempo, porque casi todo el tiempo estoy triste. Papá por muy intimidante que parezca, nunca pasó de violencia psicológica. Frannie y su novio son los que me aterraron – le dijo y nuevamente su doctora esperó que Quinn siguiera con su relato.
Quinn la miró y dijo – no quiero seguir, me hace daño, no quiero recordar eso – sentenció firmemente.
- Quinn no te puedo ayudar sino me dices qué pasó – trató de negociar su doctora.
- No va a cambiar el resultado – dijo ella cerrándose.
Su doctora se reclinó en su asiento y se le quedó mirándole - ¿Por qué no trabajas Quinn? – le preguntó un poco enojada internamente de no saber el todo de Quinn.
- Porque tengo mucho dolor – dijo ella – y muchos fantasmas, las pesadillas se repiten una y otra vez, para eso vine, para que los elimine.
- Y nuevamente Quinn te digo, que no puedo eliminarlos – le repitió su doctora
Quinn se recostó en su asiento tomando aire, sabiendo que había enojado a su doctora, sabiendo que ella quería saber, sin embargo, su madre le había dicho una vez… "todas las familias tienen secretos mi amor"
Y eso involucraba a su hermana y a su ahora esposo, ella era su hermana, no podía echarla en banda por más que su doctora había prometido no tomar acciones.
Era su hermana, y su madre la adoraba, por tanto, razonó Quinn, que ella tenía que protegerla, aun que Quinn era la menor.
- Puedes ayudarme – le dijo Quinn – todos los doctores ven lo que quieren ver – dijo ella seria – un neurólogo me dice una cosa, otro que me toca me dice otra cosa, un psiquiatra me da medicina que me hace daño y otro me da otra que me hace bien. Los doctores ven lo que quieren ver – sentenció y eso le causó intriga a su doctora.
- ¿Y qué crees que veo Quinn? – le preguntó ella con su mejor cara neutral.
- Ves a un ser infeliz con mucho dolor encima – soltó ella con desprecio – y no se equivoque, no quiero eliminar la parte de infeliz, sólo la parte de dolor.
- Uno no es exclusivo del otro Quinn, además no puedo eliminar ni lo uno, ni lo otro, lo puedes hacer tú, es tu decisión.
- No lo es – contestó Quinn enojada – no lo es.
- ¿Por qué no lo es? ¿no eres dueña de tu vida? – le preguntó
- No, no lo es – respondió Quinn irritada.
- ¿Y quién es el dueño?, ¿Tu padre? Acaso – le preguntó muy tranquila y aún con cara de poquer.
- Eso fue un golpe bajo – siseo Quinn irritada.
Y su terapeuta se le quedó mirando un largo rato antes de decir – estás en negación y cuándo se te presiona te pones a la defensiva e irritable.
- Todo es parte de la depresión y trastorno de ansiedad doctora, debería saberlo – la provocó Quinn
- Ves, ahí está – le señaló ella – otra vez a la defensiva – Quinn bufó – Quinn, escúchame – le pidió ella – eres más que tu trastorno.
- Eso ya lo sé – le replicó Quinn enojada – no vengo para que me diga lo que ya sé, vengo para que elimine el dolor – le soltó irritada
- Eso no puedo hacerlo, ya te lo dije – respondió ella con cara de poquer pero internamente fastidiada y Quinn se dio cuenta de eso, ya que ella en su juventud había irritado a muchas personas antes, ella sabía cómo se ponían – necesitas ser congruente con tu deseo de mejorar y tus acciones, más allá de salir más de tu casa y tener una mascota – cosas que Quinn le había contado antes - necesitas trabajar, espero una mejor noticia en la siguiente cita, por favor sácala abajo en admisión, eso es todo – soltó parándose para abrir la puerta para ella.
- No, no lo es, no puedes correrme así – soltó Quinn aún enojada.
- No te estoy corriendo – mentira, sí lo hacía, ella estaba muy decepcionada de los mecanismos de defensa de Quinn y de la formación e influencia de Russell en su vida – acabó el tiempo.
- ¿Cómo la primera vez, me dejó una hora? – preguntó ella
- Estabas desesperada, no podía dejarte ir así – le dijo parada cerca de la puerta y Quinn se paró poniéndose frente a ella, notando que su doctora era un pelín baja, pero que aún así irradiaba una seguridad y confianza tremenda – te veo en la siguiente cita, espero progresos de tu parte – y con eso le abrió más la puerta para que Quinn se fuera.
Quinn se quedó ahí, mirándola un rato, enojada, queriendo trasmitirle justo eso, pero después de lo que fueron tal vez tres minutos, Quinn se fue sintiéndose apaleada cómo si fuera su Toby pero apaleado tal cual lo vió en el refugio.
Ella sabía que estaba decepcionando a su doctora, pero no podía hacer más.
Ella quería mejorar, pero a la vez no, ella se saboteaba a sí misma y eso era muy cierto. Tan cierto cómo que le tenía miedo a su hermana, sobre todo a su esposo y que jamás estaría en un espacio cerrado con él, nuevamente, así le ofrezcan la lotería entera.
Quinn se fue a sacar sus citas notando que le habían cambiado al psiquiatra, ya no era Finn, era otro. Eso la enojó más, ya que se suponía que ellos no pueden dejarte votada, así sin más., sobretodo a un paciente psiquiátrico, salud pública.
Le dieron cita para un mes con ella y quince días con el nuevo psiquiatra.
…
Cuando Jack regresó a su casa y la vio sentada en el jardín junto a Toby, ella con una soda en la mano y Toby con un poco de lechita en su plato, supo que la sesión había sido mala, obviamente su sobrina estaba triste.
Él le dio tiempo, y ella le contó un par de días después lo que había pasado, sincerándose con él sobre Frannie y su esposo y el porque no pudo decirle a su doctora más.
Jack se enojó y mucho, no con su sobrina, sino con Frannie y hasta con Judy por faltarle a Quinn en esos momentos, por no poder cuidarla cómo ella se merecía. Jurando que el día que viera a Tom, sin importar si cuándo joven estaba él drogado, independientemente de eso, él le iba a dar una paliza, lo iba a destrozar.
- Lo siento mucho Quinn – le pidió disculpas él y ella lo abrazó diciendo que no tenía razones para ello, ella había podido salir de la situación y estar bien, sólo con un inmenso trauma, pero a la larga bien.
- Igual mi niña – le dijo – le voy a patear el trasero - eso hizo reír a Quinn.
…
Jack decidió llevarla de viaje para que pueda obtener otra perspectiva, junto a Toby. Su niña necesitaba tiempo, eso era todo.
A los quince días, Quinn fue a ver a su psiquiatra, otro tipo que fingió conocerla, una charla inútil de veinte minutos, sólo útil para poder recoger sus medicamentos.
Ella le contó lo que su terapeuta ya sabía, y otro par de cositas más, él anotó todo y le dio sus medicinas.
Ese día, por más que Quinn trató de buscar con la mirada a su terapeuta no la encontró y hasta se permitió pensar si ella también se había ido, si es que ocurre el caso que iba a llegar otra persona.
…
Se cumplió el mes y ella fue llamada al consultorio de su doctora, pero esta vez no era ella, era otra, e incluso ella dudó en entrar ya que no era su doctora, pero cuando volvió a llamarle por su nombre ella entró diciendo toda su historia nuevamente.
- ¿Dónde está mi doctora? – preguntó Quinn pensando que ya se había ido
- Está enferma – le dijo ella – no te preocupes, al siguiente mes, la volverás a ver, soy la doctora Castillo, mucho gusto – se presentó ella y así tuvo lugar la sesión, una, dónde Quinn no había tenido progreso alguno, ni interés en seguir avanzando.
Así pasó su sesión esta vez muy frustrante, cosa que se repetiría en otras ocasiones.
…
Más tarde ese mismo día, Rachel entraba al hospital – Hola Finn ¿cómo has estado? – le preguntó ella
- Extrañándote princesa – le contestó – bienvenida – le dijo con un gran abrazo.
