Disclaimer: Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen. Derechos a Masami Kurumada.


Aves sin viento.

3. Águila Real.

A dondequiera que mirara, todos siempre hablaban de ti como el león Aioria, la bestia imponente que muestra los colmillos a su presa. A ojos de todos eras magnánimo y a su pesar no podían odiarte más de lo que te temían.

Incluso así, andabas solitario caminando en los terrenos del Santuario. Creo que esa soledad era lo que te instaba a unirte a nuestras fogatas nocturnas con Seiya. Te quedabas contando miles de historias y mirabas al cielo con una sonrisa como si nada te doliera. Éramos nosotros tres como una pequeña familia curiosamente formada por el odio que el Santuario sentía hacía nosotros. Sin ese odio, no nos hubieran orillado a buscar refugio en manos amigas, en el calor de un abrazo.

Permitías que Seiya se quedara dormido en tu regazo y cuando sus sueños nos concedían algo de intimidad, me sonreías con dulzura. De vez en cuando nos tomábamos de la mano, como si no supiéramos lo que hacíamos. Lo mismo sucedió cuando te mostré mi rostro, cuando el amor se extendió a nuestros labios. Fingíamos no saber.

Durante los días, siempre que mirabas el sol decías que el águila era capaz de llegar a él, mientras que el León estaba condenado a vagar en la tierra por siempre. Comprendíamos tu muerte próxima por obligaciones que te destinaron desde que naciste. Pero en cuanto mí, siempre me instabas a llegar más lejos, a ser feliz en un sitio donde nada pudiera alcanzarme. Y decías con esa sonrisa afable tan tuya, que cada que miraras al cielo, imaginarías al águila volar. Pero ahora que no estás, yo alzo la vista y no puedo ver nada.

El águila se acostumbró a tomar descanso bajo la enorme sombra del león. Ahora sin él, los días de sol queman y el cielo se vuelve un sitio insoportable.