Capítulo II

Los rayos del sol irrumpieron en la habitación de tal forma que sentía la quemazón en su cara. Los pájaros brincaban de rama en rama emitiendo sonidos desagradables a su cabeza: estragos de la borrachera. Sostuvo su rostro con pesadez mientras trataba de ubicar la noche anterior. Se sentía demasiado aturdida, y adolorida por haber pasado la noche en el suelo.

Miró a su alrededor, comprobando que Yoh era su único acompañante. No recordaba mucho: la insistencia de Hao con los amores prohibidos, los abrazos con él y una que otra pregunta atrevida respecto a sus parejas.

—Tremenda estupidez se le metió en la cabeza—se quejó la rubia—Yoh, despiértate.

Suspiró y gateó hasta el castaño, pensaba golpearlo para despertarlo, pero aquello no se atrevió. Observó absorta el suave subir de su pecho. Él siempre era tranquilo, pero en ese preciso instante, se veía tan pacifico que no pudo evitar mirarlo. No hubo más allá que él durante un par de minutos: sus gestos, su cabello revuelto, la forma en que abrazaba la almohada con afecto, sus palabras poco entendibles...

—¡Anna! —le llamó Mikihisa—¿Sigues ahí?

Resopló fastidiada, odiaba responder a los llamados de su padre con más gritos. Así que no tuvo más remedio que bajar y atender en persona el problema.

—¡Anna!

—¿Anna? —repitió el castaño algo adormilado, tratando de enfocarla con mayor claridad—¿Qué haces en mi cuarto?

Lo siguiente fue una clara exclamación de dolor arriba mientras bajó el último escalón de madera y contemplaba a Mikihisa bastante serio. Sostenía una serie de sobres que le tendió de inmediato.

—Acordamos que no tendrías trato con hombres muy importantes.

—Es mi trabajo—añadió, abriendo la invitación a la cena de gala con el Gobernador.

—Sabes lo que quieren de ti.

Era el mismo cuento que Hao le arrojaba en la cara todos los días. Y su padre no era la excepción cuando se trataba de aquellos políticos.

—Éste ni siquiera es tan grande—desdeñó Anna—Además, no es un amañado. De hecho, tengo que adiestrarlo para que lo sea. Si hago bien mi trabajo, es posible que se convierta en el próximo Primer Ministro.

—¿Y qué? ¿Acaso tú quieres ser la primera dama? —interrumpió Hao.

—¿Quién va a ser primera dama? —preguntó Yoh bajando de un salto.

Y ahí estaban: los tres hombres que la resguardaban de la vista masculina. Uno más que otro. Ni siquiera se molestó en contestar. Su jefa la había puesto en la campaña con el fin de obtener algo más que una invitación a cenar. Oír quejas absurdas era perder el tiempo. Prefería enfocarse en el futuro de esta reunión, dejándolos parados en el jardín, sin respuestas.

—¡A dónde crees que vas, Anna!—le llamó la atención su padre, pero sólo lo ignoró más—Oh… ya no sé qué decirle.

—¿Puedo saber de qué están hablando? —cuestionó, tallándose los ojos con evidente sueño—¿Qué me he perdido?

—Pasa, que eres un inútil. Anna ha recibido muchas invitaciones y regalos de un tal…—dijo quitándole la tarjeta de presentación al adorno floral que sostenía su padre—Silver.

—Oh, Silver—respondió más tranquilo—Es un buen tipo.

Encima tenía el cinismo de solapar las malas acciones de Anna.

—¿Acaso sabías de ese tipo, Yoh? —preguntó con dureza Hao—¿Lo conoces?

—Fuimos a cenar con él—se limitó a responder—Es un buen tipo con Anna.

Sólo aumentó el enfado de Hao. Sin embargo, no había mucho que pudieran hacer y eso lo sabían los tres de antemano.

—Iré adentro—suspiró cansado Mikihisa—Aún tengo que pagar el alquiler de las mesas.

—Claro, papá—dijo relajado el menor.

Deseó ser igual de simplón que él. No tuvo el más lindo de los amaneceres contemplando a Anna dormir. Experimentaba una sensación de añoranza extraña. Era su hermana, no una maldita amiga. Tenía algo raro en la cabeza, quizá un psiquiatra le sugeriría tomar vacaciones. Todo eso de la boda seguro le despertaba miedos

Dejó de sostenerlo, tratando de conservar la poca calma que le quedaba.

—Me juraste que la protegerías de todo, Yoh—pronunció serio.

—Y lo hago, Hao—respondió apresurado—Pero Anna también tiene derecho a escoger su pareja, aunque a ninguno de los dos nos guste.

—Lo sé… sólo no quiero verla llorar por ningún idiota, menos uno que sólo la use para sus asquerosidades.

En eso estaba de acuerdo, él tampoco deseaba que nadie lastimara a su hermana.

—Ayer dijo que aún no se ha acostado con nadie—añadió Hao, más relajado—No quisiera que se acostara con cualquier extraño.

—Lo sé…pero también lo escogerá ella—dijo en medio de un gran suspiro—Además, no es ninguna tonta. Y lo sabes, ¿no?

—Es cierto, mi hermana es muy inteligente.

Alcanzó a sonreír al escucharlo hablar con tanto orgullo de ella. En ocasiones era así de cambiante. Tal vez le ayudó la taza de café, porque mejoró bastante su humor una vez que llegaron al desayunador. Claro, eso después de un ligero altercado por el sartén de comida, que aumentó las ganas de Anna por fulminarlo. Ahora incluso estaba rogando por su perdón con palabras melosas, como siempre lo hizo desde niños.

—Vamos, akachan, no vuelvo a decir cosas feas de tu trabajo, ni a prohibirte nada relacionado con los clientes de tu empresa—le dijo en un tono suave, besando su mejilla—¿Me perdonas, Akachan?

—¿Akachan? Por qué no mejor le dices niña—se quejó su novia—Suena decente al menos.

—¿Disculpa? Estoy hablando con la niña de mis ojos.

Bufó celosa del trato especial que recibía su cuñada. Con los años debió acostumbrarse, pero seguía siendo igual de irritante como lo fue la primera vez.

—En ese caso, yo soy tu niña—espetó con dureza.

—No, tú eres mi novia—respondió, volviendo su atención a Anna—Pero esta mujer nació para ser importante en mi vida.

¿Y ella? Sonreía arrogante. con todo ese despliegue de dulzura. Estaba inamovible en su pose de diva y eso sólo hacía rabiar más a Mattilda. Por una parte comprendía que era la hermana menor; pero aun así, no justificaba todas esas atenciones. Le parecía hasta exagerado. Quiso buscar en Yoh algo de apoyó, pero lo que observó en el rostro de su cuñado fue toda una revelación.

—Vamos, Hermosa—volvió a retomar su novio— Salgamos por algo, yo pago.

Cualquiera diría que la trataba como a una novia, más que a una hermana.

—Está bien, pero será algo caro.

Y a ella parecía tenerle sin cuidado.

—Lo que quieras, Anna—respondió, besando su mejilla—En tu cara, Yoh, sigo siendo el favorito.

Volvió a mirarlo. Ahí estaba de nuevo: esa pose de indiferencia y la sonrisa traicionera. Keiko y Mikihisa se tomaron de las manos mientras miraban a Hao jactarse de su logro.

—Me sorprende cómo aceptas la derrota tan fácil, Yoh.

—Es porque sé que eres el favorito, Hao—concordó confiado—Anna y yo te queremos mucho.

—Vamos, niños, para mí todos son mis favoritos—irrumpió Keiko con alegría—No tienen que pelearse por una posición en su vida. Yo creo que ustedes son los hermanos más unidos que he visto en mi vida. Y no lo digo porque sean mis hijos, ¿no es verdad, Matti?

—Así es…

—¿Lo ven? Asunto zanjado— indicó Mikihisa—Ahora limpien la mesa.

Todos se levantaron para ayudar en los quehaceres domésticos. Pero gracias al poder dominante de Anna, Yoh fue excluido de la limpieza, designando a Hao como el encargado supremo para esa tarea. Entonces el castaño se sentó en el sofá para practicar un poco el violín. Después del gran recital, iniciaría pronto una gira en Europa.

—¿Qué hay, cuñado? —preguntó sentándose a su lado.

—Hola Matti, me alegra que siempre estés de buen humor—comentó cambiando la partitura—Pronto será el cumpleaños de Anna y pensaba tocarle Smooth Criminal, le agrada mucho ese tipo. Pero incluso para mí es algo difícil de ensamblar.

—Quieres mucho a tu hermana.

—Claro, como todos en la casa—dijo con una sutil sonrisa, comenzando a entonar algunas notas.

Entonces nulificó el espacio personal al extremo, que incluso pudo haberle robado un beso. El Asakura no dudó en retirarse un poco, en especial porque Hao lavaba los trastes a unos cuantos pasos de ellos. No quería crear malentendidos.

—Emm… ¿pasa algo, Matti?

—Sé tu secreto, Yoh.

—¿Cuál secreto, Matti?—preguntó desorientado— Me estás asustando.

—Amas a tu hermana.

¿Qué? ¿De qué estaba hablando? ¿Lo decía por la partitura o algo en especial? Porque no estaba comprendiendo esa súbita afirmación. Luego comenzó a reír pensando que era una broma, en especial después de que lo señalara con el dedo.

—Eres un maldito pervertido.

Pero no lo era. Y no entendía por qué lo acusaba de esa manera.

—¿Tú crees que estoy ciega? Te brillan los ojos cuando la ves—lo evidenció sin siquiera dudarlo—Es tu hermana, por amor a dios. Respétala.

—No tengo idea de lo que hablas, Matti. Adoro a Anna, somos mejores amigos, compañeros… no hay algo raro. O algo más, créeme—dijo solemne—Respeto a mi hermana como lo más sagrado y por ella hago lo que sea.

No paraba de verlo con escepticismo, pero era evidente que en su tono de voz había sinceridad, incluso lo denotaba en sus facciones.

—En ese caso, deberías juzgar a Hao, ¿no crees? Él es mucho más efusivo con ella—argumentó, guardando distancia— Aunque debes entender que Anna es nuestra única hermana, por eso somos así. No es para que lo malinterpretes, en verdad. Nos conocemos desde hace muchos años como para que me digas eso de la nada.

—Sí, creo que en eso tienes razón—admitió aturdida—Pero es que deberías verte. ¡Tienes un brillo especial en los ojos! Cómo le sonríes… y te mantienes al margen de las palabras lambisconas de Hao. No lo sé, es… como cuando un hombre confía a ciegas en el amor de su pareja. Lleno de orgullo, de sinceridad. ¡Wow! Deberías verte, tu expresión es hermosa.

Sonrió y bajó su mirada para ver la partitura con atención.

—Gracias, es una bonita descripción—admitió conmovido—Ojalá algún día encuentre una mujer que me haga sentir así y que yo inspire en ella lo mismo.

—Llegará, tú no pierdas la esperanza, cuñado—dijo dándole una fuerte palmada en la espalda.

A veces era bastante ruda para su gusto, aun así agradeció sus palabras. Sin embargo, no dejó de observarlo— un buen rato— desde el otro lado de la sala. Quizá pensaba que era discreta, porque no cedió, ni siquiera cuando Hao regresó de limpiar.

—¿Por qué traes esa cara, Yoh? —cuestionó con burla, junto a ella—¿Acaso la bruja te está molestando?

—¡Yo no soy ninguna bruja!

Comenzó a reír e ignoró las quejas de su novia. Luego Anna se unió , acomodándose a su lado. Por suerte, no estaba tan atenta y pudo cerrar el libro de partituras a tiempo. Era una fortuna que no estuviera tan perspicaz como siempre o tal vez su desanimo la desviaba de lo que pasaba a su alrededor como para preguntar porqué del movimiento tan rápido.

—Da igual —dijo dándole por su lado a Mattilda—Tengo noticias trascendentales para ustedes. Bueno para ustedes dos—corrigió, señalándolo a él y su novia—Porque Anna ya lo sabe.

La rubia recargó su cabeza sobre su hombro, emitiendo un largo suspiro. No era algo tan extraño, a veces ella tenía la confianza de acercarse a él de esa manera. Pero dados los antecedentes—casi inmediatos— Mattilda seguía con la mirada clavada en él. Lo cual seguía siendo incómodo, porque casi le estaba evidenciando con la mirada todo cuanto le describió: el sentimiento, los gestos, las miradas. Decidió no prestarle atención y mejor escuchar la sentencia que tenía preparado Hao.

Pero para ella, resultaba muy evidente. La tenía casi entre sus brazos y sus ojos destilaron ternura apenas sintió cómo recargó su cabeza sobre él. Era demasiado lindo como para ser algo fraternal. Se podía notar a leguas. ¿O acaso estaba delirando y quería ver cosas que en realidad no estaban pasando?

—¿Y qué noticias son ésas? —preguntó intrigado.

—Anna y tú serán mis padrinos.

—¿Ya cambiaste de parecer? —cuestionó Matti—Habías dicho que ese hombre llamado Luchist lo sería.

—Pero obviamente mis hermanos tienen prioridad—enfatizó a la pareja en el sofá—Dile lo demás, Anna. Dijiste que no te negarías.

Volteó los ojos, un poco frustrada por toda la situación en la que ya estaba implicada, más al notar la curiosidad del castaño.

—Quiere que me vista de traje negro, igual que tú—relató, mirando a Yoh—Y quiere dos fiestas de despedida de soltero.

La sonrisa en la cara de Hao fue imposible de ocultar.

—¿Dos? —cuestionó Yoh—¿Cada uno te organiza una?

—Así es, yo escojo lugares y el orden. Anna será la primera—dijo con maldad— Y quiero mi primera despedida la próxima semana en las Vegas.

Por supuesto que Mattilda se negó al suceso, pero quién era ella para contrastar el poder hipnótico del Asakura: nadie. Así que a pesar de las quejas, tanto de sus padres como de la novia, los tres y un séquito de perdedores— como llamaba al grupo de amigos más cercano— ahora estaban parados en el aeropuerto de Nevada.

—¿Al menos sabes lo que haces, Perdedor? —cuestionó Ren a Horokeu.

—Pues claro que sé—argumentó con el mapa en mano—Anna me dijo que me encargara de hablar al hotel. Dijeron que en cinco minutos llegarían por nosotros.

—No sé porque, pero no confío en ti—añadió Chocolove, arrebatándole el papel—Yo creo que ni siquiera sabes qué onda con tu vida.

No tardó mucho para que comenzaran a pelear, despotricando unos con otros su falta de experiencia. Sin embargo, Hao pasó por alto aquel montaje ridículo. Él sentía que estaba en el lugar preciso: los casinos lujosos, el Caesar Palace y las hermosas mujeres Playboy. Todo de ensueño. Y su socio tenía una buena charla al respecto.

—Nada mejor que las Vegas para disfrutar los últimos meses de soltería, señor Hao—comentó de muy buen humor— Aunque sí que fueron muchas horas de vuelo.

—Sí, tan sólo ve a mi hermano, no puede con el Jet Lag.

Yoh estaba sentado a unos metros de ellos, mientras Manta lo abanicaba con par de hojas a fin de reducir su mareo. El pobre hombre daba lástima, pero ya se acostumbraría. Tenía la certeza de que—a pesar de todas esas horas de vuelo— llegar hasta ahí valía la pena. Sonrió complacido. Un poco más lejos se encontraba Anna arreglando los últimos detalles para la fiesta en el casino. Estaba bastante concentrada en su labor, porque no dejaba de caminar de un lado a otro. A veces no podía evitar enfocar su mirada en ella. Cómo pasó de ser un patito feo a transformarse en la mujer más hermosa que había conocido hasta el momento. Y sí que conocía muchas. Estaba asombrado y orgulloso al mismo tiempo.

—¿Me permite decirle algo?

—Adelante.

—Usted y el joven Yoh son como dos gotas de agua, pero su hermana es muy diferente a ustedes.

No era algo nuevo, solía escucharlo a menudo en todos los lugares a los que asistían. Incluso algunos compañeros en la Universidad llegaron a pensar que ellos eran no estaban emparentados.

—Bueno… es porque Anna es más parecida a la abuela, deberías verlas, son muy similares—respondió tranquilo— Incluso aprendió de ella muchas técnicas para conseguirlo lo que quería.

Él pareció sopesar la información.

—¿Y los tres son de la misma edad?

—Mismo día, mismo año, deduce el resto.

Entonces notó la exaltación en el grupo de Usui, al parecer el transporte por fin había llegado. Porque todos cogieron su equipaje directo a la salida número seis. Llevaban más de una hora varados sin tener contacto con la empresa turística, como si los hubiesen olvidado. Agradecía a su hermana estar a cargo de todos los pormenores para hacer de este viaje algo inolvidable, aunque claro, eso partió desde su iniciativa. Aun así, Anna no dejaba de ser su adoración. Una ruda adoración.

—Muévete, Yoh—dijo golpeándolo en el brazo.

Asintió, todavía mareado por la larga travesía; mientras Manta trataba de auxiliarlo en todo lo que podía.

—Pero, Anna... Míralo, ¿no ves cómo está? ¿Por qué no le das un momento?

Lejos de ser favorable, parecía que sólo aumentó la tensión en el ambiente.

—¡A mí eso no me importa! Súbelo a la camioneta, porque no tenemos nada reservado—bramó furiosa, emujando a su hermano— Si nos tardamos un maldito minuto más, Manta, no habrá siquiera hotel al cual llegar, ¿comprendes? ¿O necesitas que te lo explique?

Más claro ni el agua.

—¡Entendido!—mencionó Oyamada, pasando un brazo por el cuerpo de su amigo— ¡Horo Horo, ayúdame a cargar a Yoh!

Bufó molesta. Desde el comienzo, todo fue precipitado. No es como acostumbraba hacer las cosas. Para hacer las cosas perfectas necesitaba planearlas y ejecutarlas en tiempos precisos, no esto. ¡Esto era un desastre! Más porque la empresa que contrató para armar este alboroto resultó ser un fraude. ¡Pero esto le pasaba por escuchar las recomendaciones de su jefa! En cuanto regresara a casa, se haría escuchar, aunque le costara el puesto. Por supuesto, que no lo dejaría a la deriva, ya vería la forma de demandarlos o hacerlos pagar.

Se arrepintió por declinar la ayuda de Yoh. Hubiese sido más sencillo cederle algunas encomiendas. Pero no, su orgullo no se lo permitió. Quería orquestarlo por su cuenta. ¿Y para qué? Ahora estaba a punto de matar al primer sujeto que se le cruzara en el camino.

Claro que—una vez que todos se enteraron que le vieron la cara— no era la única molestas.

—¡Cómo es posible! ¡Quién se atrevió a estafarte!—dijo Hao fuera de sí— ¡En este mismo momento voy a romperle su cara!

Sus palabras no podrían ser más atinadas. Aunque por una parte la hacían sentir mal. No se suponía que debía ser así. Debió ser la noche perfecta para Hao y no lo sería gracias a unos idiotas.

—Voy a romperle hasta…—añadió furioso mientras tomaba la llave de su habitación—Y encima tengo que pasarla con Horo Horo.

—Pues yo tampoco quiero compartir habitación contigo —replicó Horo Horo—No creas que estoy emocionado.

—No hay más habitaciones, así que resígnense—pronunció ecuánime Tao—A mí tampoco me agrada compartir con este perdedor.

—¡Oye, yo no soy ningún perdedor! —vociferó Chocolove.

—¡Cállense! No pienso mezclarme más tiempo con gente como ustedes!—contestó el Asakura—Ni siquiera sé por qué vinieron.

Los cuatro comenzaron a discutir, creando un nuevo escándalo en el vestíbulo del hotel. El ambiente no podría ser peor. Yoh caminó hacia ellos con una pequeña sonrisa, mientras Manta trataba en vano de interponerse en el altercado, pero su tamaño no ayudó demasiado en la labor. Luchist optó por mantenerse al margen como un simple observador, sin una opinión al respecto. Y luego estaba ella, debatiéndose por intervenir. Pudo verla a nada de perder los estribos. Así que, previniendo que entrara en esa crisis, se acercó con discreción a su lado.

Siempre era un placer ayudarla. Ahora que parecía necesitarlo, no sería la excepción.

—Anímate, todo va a salir bien—dijo en un tono jovial— No te preocupes.

—Cómo puede salir bien si no tenemos nada, Yoh—dijo incrédula—No sólo me estafaron, sino que no tengo la fiesta organizada…

Tomó su mano con firmeza, aquello pareció calmarla lo suficiente.

—Tranquila, Anna… Yo te ayudo. Manta me dio varios números de algunos amigos de su papá y conseguimos dos casinos para hoy y mañana. Es una fiesta privada, con varias cosas. Tal vez no es el gran lujo que te ofrecieron a ti, pero es algo, ¿no crees?

—Es más de lo que te tocaba hacer.

—¿Y qué no haría por ti? —preguntó sonriéndole.

—Todo—respondió en un suspiro—No suelo decirlo a menudo, pero gracias por apoyarme. Siempre estás cuando más te necesito.

Amplió su sonrisa, sintiendo el calor de su mano y sus dedos entrelazarse. De repente, todo el ruido se desvaneció. Al parecer, el grupo de perdedores —como solía decirles Anna— finiquitaron su lucha y pactaron una aparente tregua.

Tomaron sus maletas y cada quien subió a su habitación con sus respectivos compañeros. Cortesía de Hao Asakura, quien se sintió con el derecho a decidir, por ser el motivo del viaje.

—¿No subirán con nosotros? —preguntó Luchist.

—Dormiremos juntos, así que no hay problema si subimos en el otro elevador. Pero gracias por preguntar—respondió Yoh—Diles que a las ocho saldremos al casino.

—De acuerdo, señor Yoh—dijo marchándose.

Anna recargó su cabeza a la altura de su hombro y suspiró cansada.

—¿Hubieses preferido dormir con Manta? —cuestionó la rubia— Hace tiempo que no lo ves.

—Es cierto, pero dormir contigo también es muy divertido—contestó con una sutil sonrisa—Además, Hao me mandó a cuidarte.

—¿Por qué no lo sospeché?—comentó divertida—Ustedes son tan obvios.

¿Lo eran? No hacía falta decir más. En parte, él cumplía gustoso su tarea. En primera, porque era su hermana pequeña. En segundo, porque tenía una agradable sentimiento de complicidad cada vez que estaban juntos. Y en tercero, porque le encantaba pasar tiempo con ella. No es que fuera aburrido estar con su hermano, es sólo que la compañía de Anna se sentía muy distinta. Percibía una sensación de respaldo y confianza incondicional. No sabría bien cómo explicarlo, sólo podía agregar lo mucho que disfrutaba de sus conversaciones, así fueran las cosas más banales del mundo o las más complicadas.

—Vámonos—dijo sacándolo de sus pensamientos—Tengo que cámbiame

Acató sus ordenes al pie de la letra. Un rato más tarde, ya estaban listos para salir a festejar. Pero las peleas no parecían cesar. Ahora Ren reñía con Horokeu por el mejor lugar en la limusina. En vista del fracaso obtenido con la organización, se postuló para pagar el transporte. También porque no quería mezclarse con los otros perdedores. O eso justificaba. Horo Horo afirmaba que era porque se creía más que el resto. Argumento que le caía en la punta del hígado.

—¡De ninguna manera, Ren!—dijo empujándolo— Soy yo quien debe ir ahí. Yo hablé para rentar el vehículo.

—Y yo pagué, Idiota.

—¿A quién le llamas idiota, Idiota?

—¿Ves algún otro por aquí? —cuestionó airoso, mientras Usui jalaba la camisa de Chocolove.

Hao estaba harto del griterío. Estuvo a punto de dejarlos en el hotel, de no ser porque el siempre diplomático Yoh intervino por ellos.

—Tranquilo, ya sabes que se comportan así porque en realidad se extrañan mucho.

—¿Se extrañan mucho? Mejor no digas nada, Yoh—respondió su hermano, tratando de ignorarlos—Te dije que tienes que estar con Anna, ¿dónde está?

—Está dejando las llaves del hotel.

—Bien, más te vale no tomar, porque aquí sí quiero embriagarme—le advirtió, pasando el brazo por encima de sus hombros— ¿Te queda claro? Nada de alcohol.

Yoh silenció, mirándole estupefacto. ¿Acaso estaba bromeando?

—Nada. No es una opción—continuó imponente al ver esos ojos —Si algo le pasa a mi hermana, a ti te destrozo en pedacitos, ¿me escuchaste?

Eso en definitiva no era broma. Y lo sabía bien, porque no era la primera vez que sufría amenazas contra su integridad física.

—Fuerte y claro, señor—respondió nervioso—Pero es injusto, yo también quería tomar.

—Es mi noche, no tu noche—dijo golpeando con levedad su pecho— Cuando te cases beberás un barril si quieres, pero hoy vas a tomar agua de limón.

¡Qué! ¡Ahí sí que estaba mal¡ Ir a las Vegas y no tomar una gota de alcohol era como ir al Nirvana y bajar al infierno sin siquiera poner un pie en el lugar. Era buen chico, pero no era un santo.

—¡Estás loco! ¡Cómo crees que voy a tomar agua de limón!

—No, no lo estoy—dijo mirando a la rubia acercarse—Hoy está más hermosa que nunca.

Lo estaba. Aquel vestido corto y entallado realzaba demasiado sus piernas. Ambos se miraron con incómodos y giraron su cabeza en otra dirección.

—Vaya, es la primera vez en quince años que me ignoran los dos al mismo tiempo—dijo extrañada—Bien, vámonos, perdedores.

—Malditos genes en común—susurró Hao, caminando detrás de ella.

Yoh sonrió por aquella actitud tan demoledora, mucho mejor que el mal trago que le dejó la gran estafa. Tan pronto subieron al coche, Horo Horo se encargó de abrir la primera botella.

—¡Uuh! ¡Esto está de lujo! —exclamó chocando las copas—¡Amigos, esta va a ser la mejor noche de nuestras vidas!

Una exclamación general se dejó oír a lo alto, en especial cuando entraron al lugar y el mesero les mostró el salón exclusivo. Hao tomó—como lo prometió— sin mayores preocupaciones. Llevaba el suficiente efectivo para despilfarrar en la mesa si quería.

—¿A usted qué le sirvo, señor? —cuestionó el cantinero.

—Una limonada—respondió Hao por su hermano.

—Sí, agua de limón—repitió resignado.

Algunos hombres ya abordaban a su hermana en la primera mesa de apuestas.

—¡Oh, vamos Yoh! ¡Cómo agua de limón! —dijo Chocolove golpeando leve su brazo—Hasta Ren está bebiendo como barril sin fondo.

—¿A quién le dices barril sin fondo, bufón? —preguntó, tomándolo fuerte de la camisa.

Suspiró e ingirió su bebida mientras observaba a Anna de reojo. Sus amigos apostaban en tres mesas, pero Ren era el único que ganaba fichas, los demás perdían su dinero con relativa facilidad. Después del segundo vaso, tuvo que admitir que no sabía mal, pero no era lo que esperaba para su noche en las Vegas.

—No es usual que un hombre beba limonada en Nevada—comentó el hombre de la barra.

—Bueno… tengo una misión en la vida —señaló a la rubia—Cuidar de Anna

El hombre admiró que ella tampoco estaba mejor que el resto. Bastante seria al principio, y ahora incluso sonreía, en breves ocasiones, al hombre con cabello azulado que estaba a su lado.

—¿Y ese tipo no es peligroso para ella? Está muy cerca, ¿no?

—No, Hao les permite acercarse. Hizo un pacto con todos. Él no se cogía a sus hermanas y ellos no lo harían con la nuestra—resumió un poco asqueado del dulce en el fondo del vaso.

—Es un buen pacto—admitió el hombre—Vamos, toma un poco. Te lo aseguro, vas a sentirte parte del ambiente.

—Bueno, sólo un par de shots.

Miró hacia atrás y bebió disimuladamente los dos vasitos pequeños de tequila. El hombre sirvió dos más e Yoh se sintió un poco mareado.

—¿Consumes drogas?

Aunque muchas veces lo tachaban de andar en las nubes, no era muy afecto a esa clase de sustancias.

—Bueno, tengo una que es muy buena. Si te animas, puedo darte un poco.

—Yo sí, quiero—dijo Ren Tao sin menor miramiento, pese a la vista sorprendida del castaño—¿Qué?

—No, nada—respondió Yoh, ajeno a esa situación.

¿Quién era él para juzgar los hábitos de sus amigos? Aunque reconocía que viniendo de Tao, resultaba bastante raro.

—Tu hermano dice que es muy buena. Míralo—señaló al castaño que tenía una gran cara de satisfacción—Cuando te cases lo entenderás.

—Creo que no quiero saberlo—añadió, tomando un nuevo vaso de limonada—Ni creo comprenderlo.

Después del tequila, el agua sabía a rayos.

—¿Sabes? Creo que exageran cuidando a Anna. Por si no te has fijado, ella ahuyenta a los hombres sin necesidad de que intervengas.

Sí lo sabía, claro que lo sabía. Él fungía como acompañante, eso era todo. No le decía gran cosa. Tampoco la incomodaba cuando estaba con otros hombres, sólo evitaba ver muestras cariñosas de ella con otras personas. Nunca le agradó. Pero tampoco era tan posesivo como Hao.

Suspiró una vez más, cuando notó a Ren sucumbir al efecto de la droga. Como seguro lo estaban todos, porque ahora el ambiente estaba subiendo de nivel.

—Dos vasos más, por favor. Y una margarita bien fuerte para el muchacho— bromeó Horo Horo, señalando al castaño—¡Yeah! ¡Voy ganando, gracias a tu hermana, cuñado! ¡Vamos trescientos dólares!

—Eso es genial, Horo Horo—dijo Asakura—Pero no vuelvas a llamarme cuñado.

—¡De acuerdo, cuñado! —exclamó eufórico mientras vaciaba algo extraño en uno de los vasos.

—No te atrevas, Horo Horo—le detuvo, cuando notó el polvo en la bebida de su hermana—Anna no necesita eso.

—Oh, vamos, estamos llevándola tranquila. No le haré nada.

Por supuesto que no, sobre su cadáver. Además, era su amigo, se supone que debía cuidarla también, no darle alucinantes raros e ilegales. Pero entonces vio salir a Hao disparado junto a Chocolove, Luchist y Manta, que sostenían en sus manos dos bolsas grandes de fichas.

—¡Nos vamos al grande! —exclamó su hermano.

—¿Al qué? —preguntó Yoh cuando Horo Horo soltó las fichas que llevaba en la mano y corrió también.

Salió detrás de ellos, pero no pudo siquiera alcanzarlos. Habían subido al coche como alma al diablo, olvidándose de ellos tres en el casino. Genial, creía que la reacción acelerada era un efecto por la mezcla del alcohol con la mugrosa sustancia que se habían metido.

Volvió al lugar por Anna, pero observó como Ren tomaba con ella las bebidas que Horo Horo dejó sobre la barra. Corrió para detenerla, pero la rubia ya había bebido casi toda la copa. Y parecía que le estaba haciendo efecto, porque estaba algo bastante desorientada.

—Créeme, si no estuviera casado…—escuchó a su amigo quejarse sobre su esposa—Ella es tan…

Tal vez no se percataba de lo mal que se encontraba, porque en sus cabales era la persona más prudente de todo el grupo. Maldijo su suerte y también lo condenaba a él por darle de beber un cóctel explosivo a la rubia, ahora tendría que estar más pendiente de ella. Y de él, porque también se había quedado a su cargo, en vista de su inconciencia.

El teléfono comenzó a vibrar, se alejó hacia la puerta para tener mejor señal. Era una llamada de Hao, seguro indicándole dónde estaba. Apenas apretó el botón para contestar, se escucharon a todo lo alto la música.

—¡Esto es la fiesta, Yoh! —exclamó airoso el castaño— ¡La fiesta!

Comenzó a escuchar la interferencia, dos minutos después se cortó la comunicación. Bufó molesto. Todo esto se estaba saliendo de control. Miró a Ren, estaba casi dormido sobre la barra, mientras Anna contaba las fichas en su regazo. Al menos ellos, no estaban acelerados como el resto.

—¿Estás bien? —se acercó Yoh a ella.

Sonrió tan apacible que le provocó un ligero escalofrío en la espalda. Era una sonrisa inocente, diferente a las usuales. Se veía hasta encandilada.

—Claro que estoy bien.

Suspiró, tratando de enfocarse en lo que tenía al alcance.

—Regresemos al hotel—le dijo tomando su mano.

—No hablas en serio—negó, soltándose—No me he divertido así en años.

¿Era en serio? Apenas pudo procesar las palabras, cuando ya se le había escapado a la mesa de apuestas. Más de uno vitoreo su llegada, en especial por ser la que más dinero aportaba a la casa. Anna no perdió tiempo y se sentó frente al de mayor élite. Esto no era un juego. Corrió para detener lo que fuera a ocurrir. Y sí tuvo temor cuando todos los hombres dirigieron su mirada a él, no parecía ser bienvenido entre ellos.

—Anna, vámonos, por favor—insistió con un susurro en su oído.

Ella se limitó a ignorarlo, llamando a una de las meseras.

—Oye tú, dale algo a Yoh para que se anime a quedarse—indicó arrogante—Algo fuerte para que entre en el ambiente.

—Así que la chica viene fuerte—respondió el hombre de la esquina, más que complacido— Yo invito la ronda, con especial todos.

Una ovación general de parte de las doce personas se dejó escuchar, mientras Yoh rogaba por salirse de ahí. Colocaron un vaso a su lado y Anna tiró los dados apostando una fuerte cantidad de dinero. Sudó nervioso. Para su fortuna, ganó las tres primeras rondas, sorprendiendo a toda la mesa.

—¿Tu nombre?

—Anna Asakura—respondió con altivez.

—Bien, Anna— mencionó repartiendo las cartas—¿Te juegas el todo por el todo?

—Claro que sí—respondió tomando un sorbo más de la bebida—Apostaré todo.

—Me agradas, bebé—le dijo con cierto aire de lujuria—¿No tienes calor?

Sí lo tenía, sus mejillas resplandecían con un sutil tono carmín. Asintió y abrió el par de botones de su vestido negro, dejando a la vista un discreto escote, que más de uno observó sin disimularlo. Algo que no le gustó al castaño.

—Anna, ya jugaste mucho—dijo más firme— Para ya.

Volvió a ignorarlo, esta vez empujándole el vaso para que tomara. Como si con eso dejara de fastidiarla, pero no lo haría. A veces era muy necia y no escuchaba razones. ¿Tenía más opciones? Ella no parecía querer obedecerlo. Resignado, fue por su limonada al otro lado de la barra. Tomó el vaso para regresar a la mesa, donde Anna ya llevaba el cabello suelto y golpeaba a un hombre que intentaba quitarle un par de fichas. Intervino de forma rápida y alejó al sujeto de la rubia.

—Annita.

—Odio que me digas, Annita—respondió, maldiciendo su mala suerte en el juego—No soy una niña.

—Ya no tienes más dinero, vámonos—le susurró al oído—Hazlo por mí.

Se estremeció con el abrazo que le brindaba su hermano desde atrás. Ahora más que nunca la cabeza le daba vueltas, pero sentía la energía vibrando en todo su cuerpo. No quería marcharse así como si nada, menos cuando estaba perdiendo dinero, quería recuperarlo

—Me gusta cuando me hablas en ese tono—murmuró grave, colocando su mano sobre la de él.

No pudo evitar sonrojarse. Pero todo esto era una completa locura, una la que él estaba siendo participe. Ambos se miraron de reojo y callaron un par de minutos, hasta que el líder de la mesa llamara su atención.

—¿Y entonces qué, muñeca? Ya no tienes nada que apostar.

No le gustaba nada cómo se vanagloriaba de su buena suerte.

—Yo me ofrezco de apuesta. Todo tu dinero contra mi cuerpo.

¡De ninguna manera lo permitiría!

—Tranquilo, voy a ganar—dijo palmeando su mejilla— Siéntate y toma tu agua de limón. Después nos vamos a donde quieras.

—Pero…

—Nada.

Volvió a sentarse. Sintió que la garganta se le secaba con toda esta situación, así que bebió el resto de su vaso. No se percató del sabor diferente, sólo comenzó a sentirse extraño. Pronto se vio inmerso en un estado de inconsciencia. Su corazón comenzó a bombear acelerado. Pensó que podría desfallecer en cualquier instante. Entonces, Anna comenzó a quitarse el vestido. Se asustó y levantó, casi cayéndose en el proceso.

—¿Qué haces? —dijo asustado, al verla en ropa en interior frente a todos esos hombres que se la comían con la mirada.

—Perdí, pero no quiero tener sexo con ese sujeto—dijo enfadada.

Luchó por mantener el equilibrio, no podía, le estaba costando trabajo. Y ahora sentía un gran éxtasis recorriéndolo por completo. Exhaló varias veces hasta verla tratando de desabrochar el sujetador. Su cara estaba roja y cerraba los ojos para evitar ver la lujuria plasmada en todos ellos. Como pudo se quitó la camisa y protegió a su hermana de aquellos estúpidos.

—Oye, tenemos un trato—objetó de inmediato el hombre— Un desnudo o todos nos vamos a la cama con ella.

Y sabía que no estaban jugando.

—Ni de broma, ella es mi mujer—dijo seguro, mientras Anna lo abrazaba riendo, tan fuera de sí.

—Ella no es tu mujer.

—No, no lo es, Billy—dijo, tratando de alcanzarla—Y yo te compró esta mujer.

De repente, se alzó en viva voz una gran venta por ella. ¿Qué era eso? ¿Una subasta?

—No, yo compro esa mujer—mencionó otro, con billetes en mano.

El hombre recibía a manos llenas la ganancia, siendo que estaba generando aun más dinero de lo que había juntado toda la noche. Anna, ajena a todo ese alboroto siguió tomando otro vaso de licor. No sabía lo que pasaba, ni él tampoco. Sabía que estaba a nada de perder la razón, por lo que la sujetó con mayor ímpetu, alejándola de todos esos pervertidos que la miraban como un objeto de deseo.

—¡Olvida eso! ¡Eso no es nada! —exclamó el castaño con una voz potente—Yo te compro a esta mujer.

Apenas podía expresar sus ideas de forma coherente.

—¿Y cuánto das?

Sonrió más tranquilo, sentándose en la silla más cercana. Estaba perdido en el efecto de la droga.

—Tengo casi un millón de dólares ahorrados en el banco. Es todo lo que tengo.

—Lo tomo—dijo entregándole un segundo trago para cerrar el negocio—Felicidades, socio.

—¡Genial…!—respondió levantando el vaso— ¡Entonces… sigamos la fiesta!

Gritos y cartas volaron sobre ellos. Sentía que había hecho el movimiento de su vida, todo se volvió intrascendente después, hasta que una pluma se coló en su nariz. Trataba de quitarla de su cara, pero lo único que ocasionó fue golpearse. El sobresalto no hizo que se incorporara.

—Oh dios, qué me pasa, me duele todo—susurró adormilado, mientras se daba vuelta en la cama y encontraba a la rubia a su lado—¿Anna…?

Parpadeó confundido. Su hermana estaba a su lado, desnuda o eso traslucía la sábana blanca que rodeaba su cuerpo.

—¡Anna! —exclamó con horror al ver un anillo en su mano.

Continuará...


N/A: Segundo capítulo. Agradezco que no me reclamen mi tardanza, jajaja, bueno el punto es que son actualizaciones continuas, o bueno a menos que no lo quieran de esa manera, pero en este caso, espero terminar rápido el fic. Me va agradando hasta ahora, y éste y el primer capítulo son muy abocados a la relación entre hermanos de los tres, aquí es dónde empieza lo mejor. Nos vemos en la próxima.

Agradecimientos especiales: DjPuMa13g, Alejandro Asakura, B.C, Love Anna, Seyram Asakura, SakuAsakura, angekila.