Capítulo IV

El teléfono comenzó a vibrar. Podía escuchar con claridad el movimiento que ejercía en la superficie metálica hasta que el sonido cesó cuando éste cayó al suelo. Suponía que eso es lo que había sucedido, porque en realidad no quería abrir los ojos. La cabeza le daba vueltas y ni siquiera había intentado pararse, no quería imaginar la tortura que suponía enfrentar el bello sol de Nevada.

Se dio vuelta sobre el sitio que dormía, sólo para sentir algo húmedo en su espalda. No tenía que ser genio para sentir la viscosidad y los residuos que aquello contenía. El asco fue inmediato, ya que se levantó de golpe, ya sin importarle en absoluto su malestar, porque justo ahora tenía un nuevo inconveniente.

—Pero… qué mier…—pronunció furico al verse manchado de toda esa suciedad.

Y sus palabras se quedaron en la nada al ver que estaba en una celda.

Su rostro palideció tratando de rememorar por qué diantres había ocurrido. Nada venía a su mente, todo cuánto podía recordar era a Horo Horo invitar una ronda de tragos. Después, recordaba su euforia y sus ganas de ver algunas chicas en un lugar más privado. Pero aún con esas memorias, no veía a nadie conocido a su alrededor.

Poca iluminación y ebrios por todos lados, claro, de alguien más tenía que ser el vómito y algunos chicos travestis fumando en la esquina del lugar. Giró su rostro en cuanto uno de ellos le guiñó el ojo, pero al ver la poca vestimenta que llevaba, era lógico su actuar. Sólo tenía puesto los pantalones y los zapatos. Ni camisa, ni billetera, ni teléfono móvil, aunque eso lo veía de forma lógica.

Caminó para alejarse de las bancas hasta los barrotes.

El oficial paró de beber su café al observarlo andar con un gesto molesto. En qué mierda se había convertido su despedida de soltero para terminar encarcelado.

—Quiero salir de aquí—comenzó con fastidio.

Hasta él mismo reconocía que era una estupidez enunciarlo de ese modo, pero era un buen comienzo.

—No tengo idea porqué estoy aquí—completó serio.

El hombre sonrió. Quizá no con arrogancia, pero sí divertido. Infería que se debía a su estado y las fachas que llevaba. Por cierto, ya casi había olvidado que su espalda y cabello estaban llenos de vómito, salvo por esos detalles, todavía se sentía como el grandioso hombre de poder que era.

—Va a requerir un abogado, su caso no es tan sencillo.

¿Tan serio podía ser?

—Adelante, yo soy abogado—dijo tomando su frente con cansancio—¿Y el resto de los perdedores que venían conmigo?

—Estaba solo cuando lo aprehendieron.

Se levantó y tomó un folder sobre la mesa, buscando su fotografía en el archivo.

—¿Hao Asakura? —asintió rápidamente el castaño—Cometió varios disturbios en vía pública.

—¿Puede explicarse? —preguntó molesto por la inexactitud de sus palabras—A qué se refiere con que hice disturbios públicos.

—Según su expediente, orinó en una fuente pública. Tiró un letrero de señalización. Y… manejaba ebrio sin licencia de conducir. Sin contar que huía de la justicia desde antes… sí, por golpear a un policía —dijo triunfante—Con este historial, no sé si alcance una multa.

Francamente él también lo dudaba.

—Es imposible, yo no hice todas esas cosas, debe haber una explicación—alegó sin creer una sola de sus palabras.

—En realidad…—escuchó una voz femenina acercarse desde el fondo—Yo fui la que chocó el coche.

Se colocó a un lado. Era una hermosa rubia con ojos claros y piel blanca. Jamás en su vida la había visto, pero había tenido la osadía de besar su mejilla con naturalidad.

—Y golpeó al policía porque me estaba tocando de más—describió tomando con afecto su mano—¿No es así, mi cielo?

—¿Mi cielo? —cuestionó incómodo por la mención.

No quería ser grosero, así que miró al oficial en busca de una explicación razonable. Pero él estaba en las mismas condiciones.

—Vamos, Hao, ese no es modo de hablarle así a tu esposa.


Sin embargo, no creía ni por asomo lo que decía. Parecía un hecho imposible por no decir una locura. Él ni siquiera había retirado dinero, a menos que se refiriera al cobro de la habitación, bueno eso podría considerarlo. Ahora que lo meditaba, no tenía idea de cuánto podía costar una suite para recién casados. Ni siquiera en sus sueños más locos se había visto envuelto en esa situación.

—¿Puede repetirlo? —cuestionó confundido.

—Dije, que su línea no tiene más saldo—describió la señorita, devolviéndole el plástico—¿Tiene algún otro método para pagar?

—Pero… es imposible…. —respondió un poco exaltado—No puede estar bloqueada. No tengo un límite tan corto.

—Pues…—dijo volviendo su vista a la pantalla—Dice que su tarjeta de crédito ha sido sobregirada, me temo que no hay mucho que hacer.

Suspiró con pesadez y buscó en su billetera el plástico correspondiente a su cuenta personal. Sólo esperaba que no fuera bloqueada por el banco en Japón o tendría que pedir limosnas en el lobby del hotel. Sería una pena, pero viendo la situación, suponía que no estaba lejos de llegar a ese extremo. Pero era positivo, jamás había tenido inconvenientes en el extranjero con esa tarjeta.

—Lo siento, señor Asakura—dijo la cajera con pesar—Me temo que no tiene fondos suficientes.

Eso era imposible, sin embargo, cabía la posibilidad de que agotara el dinero disponible en alguna otra locura. No obstante, tampoco tenía un límite muy corto de efectivo para gastar a libertad.

—¿Y si quita los zapatos? —preguntó dejando de lado la caja con el calzado.

—Podemos intentarlo.

Y lo hizo, de todas las formas posibles. No podía creer su maldita suerte cuando la tarjeta quedó bloqueada. Era una maldita locura y tenía prisa, no sabía cuánto tiempo se tardaría Anna en la ducha. No tenía ropa, cómo diablos iban a salir así.

Tomó aire, debía encontrar una manera de pagar las cosas. Buscó en su billetera efectivo, sólo tenía treinta dólares. No alcanzaba para nada, menos cuando todas las tiendas ahí eran de gama alta. De acuerdo, su otra opción era una tienda menos elitista.

—¿Sabe dónde puedo comprar algo económico?

Sonrió nerviosa al ver su estado tan precario y desesperado.

—¿Le sirve Wal mart?


El problema es que desde que había despertado se sentía desorientado. Al principio creyó que era a causa de los medicamentos y el alcohol, pero después de vomitar por tercera vez el bote de basura, dedujo que aquello era más pesado de digerir, incluso para su pequeño cuerpo.

—¿Estás bien, Manta? —preguntó Horo Horo.

Limpió su boca con la manga de la camisa. A esas alturas ya no importaba la pulcritud, estaban en un basurero con apenas algo de ropa, descalzos, sucios. Sólo ellos tres, sin dinero, y se le ocurría preguntar si estaba bien.

—¡Por supuesto que no estoy bien! —vociferó a todo lo alto.

—¡Uy, qué carácter! —describió Usui—Lo peor ya pasó, estamos bien, no te estreses de más. Al menos fue divertido.

—¡Cómo diablos va a ser divertido! —exclamó molesto, girando nuevamente su rostro al bote de basura.

Chocolove suspiró cansado de ver el panorama, mientras esperaban a que Manta terminara de volver el estómago. Estaba sentado en una pila de basura con el torso descubierto y un tatuaje que cubría todo su pecho. No es que fuera detractor de las pinturas sobre la piel, es sólo que no quería tener en su cuerpo los nombres de sus amigos y las siluetas de sus manos. Y es exactamente lo que tenía plasmado, el nombre de Hao, Horo Horo, Manta, Ren e Yoh. Se sentía estúpido.

Volvió a suspirar. Cómo diablos habían terminado tirados en un basurero. Miró al horizonte, sería una larga caminata al hotel porque a esa distancia podía deducir que serían como 50 kilómetros a las Vegas. Sería mejor emprender el regreso cuanto antes, porque estaban a pleno rayo de sol.

—Lo dices porque no tienes nada—se quejó Oyamada.

—Hambre es lo que tengo—dijo Usui—Donde conseguimos la droga nos dijo que sólo nos pondría felices, pero no a este extremo.

—¡Por eso! ¡A quién se le ocurre!—les dijo con dureza—¿Qué acaso no vieron esa película de 'Qué pasó ayer'?

Chocolove volvió a suspirar. Horo Horo había tenido la iniciativa, pero él había sido el contacto para comprar unos sobres de droga.

—Precisamente porque la vimos—declaró derrotado el moreno—Pero seguro que también nos dieron esos tales rufis.

—Ahora por eso, ¡debemos volver al hotel caminando sin un centavo! Afortunadamente no llevaba todo mi dinero, pero sino, hubiese sido una pérdida total.

—Vamos, no es para tanto, digo… no es como que un idiota apueste todo lo que tiene en las Vegas—describió Horo Horo—Tendría que estar o muy drogado…

—O muy desesperado—completó el moreno.


Aunque fuera la tercera vez que lo decía, el ejecutivo del banco volvió a relatarle el resto de los movimientos en la cuenta, incluyendo el efectivo relativo a inversión.

—¿Es decir que no tengo nada? —preguntó con una sonrisa nerviosa—¿Nada de nada?

—Según mis registros, usted efectuó la transferencia desde Las Vegas a una cuenta que fue abierta en el Bank of America a nombre de John Denbat hace casi nueve horas.

Suspiró cansado, mientras tomaba la llave de la habitación para deslizarla sobre la rendija.

Era un caos, su vida entera ahora mismo era un caos.

—Gracias—colgó la llamada.

Sin contar que la cuenta del teléfono le saldría carísima con tantas llamadas al extranjero que estaba realizando. Y fue cuando el teléfono le notificó que estaba por apagarse. Bendecía su suerte, en verdad que lo hacía. Cómo haría para pagar las cuentas en los siguientes meses, estaba a nada de firmar para comprar una casa en Italia para continuar su gira en Europa. Si realizaba la gira, porque no podía solventar todos los gastos, tendría que solicitar más efectivo al banco. Su cara comenzó a perder color, en especial cuando abrió la puerta y se adentró a la suite.

Anna estaba envuelta en una bata de baño en el sofá con la mirada perdida en la nada. Odiaba verla de ese modo y que en cierto sentido el tuviese la culpa de su estado anímico.

Se acercó hasta sentarse a un lado de ella. Era obvio que no le hablaría, pero debía intentarlo.

—Compré algo de ropa—dijo entregándole la bolsa de plástico del supermercado.

Enarcó la ceja al detallar dónde es que había ido de compras.

Bien, al menos era una reacción.

La rubia tomó de mal modo la bolsa para sacar unas pantaletas y un vestido negro

—Vaya… qué esplendido—dijo sosteniendo la prenda en sus manos—Seguro te quedaste pobre…

—Sí, ya sé—dijo anticipándose al resto de la oración—Estaba en las boutiques de abajo cuando quise pagarte todo un conjunto y ninguna de mis tarjetas pasó.

No pudo evitar mirarlo con reproche, cuántas veces no le había dicho que activara el sistema internacional en cada una de sus cuentas de ahorros y de crédito. Comenzaba a exasperarse, más al verlo con la angustia en su rostro.

—Pero si no pasó tu tarjeta entonces cómo demonios pagaste el hotel—replicó con cierta lógica.

—Supongo que debió de haberse acabado el crédito con el cargo de la habitación.

No hablaba de una suma pequeña, ella misma sabía sobre sus movimientos bancarios. Entonces buscó con la mirada su bolso. Tan ensimismada se encontraba en toda esa problemática que simplemente se había olvidado por completo de su teléfono y el resto de sus aditamentos.

Se levantó, ante la mirada curiosa del castaño y comenzó a buscar con mucha mayor desesperación la bolsa.

—¿Qué pasa? —preguntó Yoh al verla tan apresurada.

—¡No está mi bolsa!—dijo petrificada—Mi cartera, mis tarjetas, mi pasaporte, la chequera, todo está ahí.

—¡Qué! —gritó asustado, parándose a buscar hasta debajo de los sillones, sin éxito alguno—Recuerda, cuándo fue la última vez que la viste.

Giró a verlo con una mirada que estaba seguro lo mandaría directo a la tumba. Sandeces suyas.

— Está bien, está bien, eso fue estúpido—admitió por si solo—Tal vez esté en el lobby o qué se yo, no sé a dónde fuimos ayer. Tal vez el casino… o…

—La capilla—dijeron al unísono.

Anna tomó su cabello. Era un desastre, aunque ahora mismo su apariencia física era lo de menos. No podía perder sus documentos así de la nada. Era justo lo que le faltaba.

—Voy a cambiarme, tú ve al lobby y pregunta por la bolsa—dijo con rapidez—Era un bolso pequeño, que se colgaba de lado. Michael Kors. Te alcanzo en unos minutos, no podemos estar perdiendo más tiempo aquí, tenemos que arreglar esto.

Entonces una interrogante surgió en su rostro.

—¿Te refieres a que vamos a divorciarnos?

—¡Por supuesto! ¡De ninguna manera pienso seguir casada contigo!

—Hao es abogado, tal vez él podría…

—¡No! —dijo con firmeza tomando entre sus manos el vestido y sus zapatillas—Nadie tiene porqué enterarse de lo que hicimos, nadie, absolutamente. Nadie. Ni Hao ni siquiera Manta, no me importa que Hao sea abogado, esto lo tenemos que hacer nosotros y ahora mismo.

Asintió lentamente, aunque con algo de temor.

—Está bien, será nuestro secreto.

—Bien—apremió viéndolo con menor rigidez—Ahora ve y busca mi bolso.

Entró al baño y escuchó cómo se cerraba la puerta de la habitación. Poco a poco dejó que el aire que retenía se saliera con lentitud. Era incómodo estar en la misma alcoba que él. Jamás habían tenido problemas, resultaba extraño tener una situación tan anormal con Yoh al grado de quererlo lejos, cuando era tan común que se acompañaran a eventos y toda clase de reuniones.

Sabía que de cierta manera no toda la culpa recaía en él, que incluso ella también tenía cierta responsabilidad, después de todo también tenía el anillo de matrimonio en el dedo. Pero no admitiría su parte, aquello crearía otras ideas que no eran, como por ejemplo, que sentía sienta atracción por él.

Se quitó la bata para contemplar su cuerpo en el espejo. Había notado ciertas marcas rojas en su cuello y cerca de su pecho como prueba irrefutable de su noche de bodas. Pero lejos de apenarse, le hacía rabiar. Era virgen, él lo sabía, cómo había tomado su castidad de esa manera y ahora qué recuerdo albergaría de su primera vez. ¿Esta idiotez? ¿Incesto? Porque eso es lo que era. Sus padres no se lo perdonarían, Hao estaría decepcionado y hasta asqueado. Justo como ella también lo estaba.

Suspiró y comenzó a vestirse, cuanto menos tiempo tardaran más pronto estarían divorciados.

Pero grande fue su sorpresa al verlo derrotado en la recepción del hotel. Entregó la llave a la recepcionista y volvió hacia él, suponiendo que no había hallado su bolsa por ninguna parte. Antes que divorcio, necesitaba encontrar sus pertenencias.

—Bien, voy a saldar la cuenta—dijo la señorita—Esperemos que hayan pasado una hermosa noche, señores Asakura.

Fue inevitable no verse de reojo incómodos por la mención.

—Gracias—dijo saliendo de su letargo el castaño—Entonces….

—Estará aquí en un momento, no se preocupe. De mientras pueden tomar asiento.

Ambos caminaron hasta la sala. La única ventaja que veía en su matrimonio con Yoh es que podía no conversar con él. Desde niños, habían desarrollado cierta empatía por el otro, así que un poco de lógica y listo, todo cuanto podía hacer era deducir sus pensamientos. Cosa que era inverosímil con Hao.

Pero la espera comenzaba a matarla, al igual que el hambre. Sin dinero, sin papeles, qué cosa podría ser peor.

—Toma…—escuchó la voz suave del castaño.

Bajó la mirada para advertir una barra de su chocolate favorito.

—Sé que no es la cosa más nutritiva para desayunar, pero es mejor que tener el estómago vacío—añadió con una sincera sonrisa.

Entonces, por un breve instante supo que sí había una cosa peor que toda la hecatombe anterior mientras tomaba de sus manos la golosina.

—Gracias.

En primera, su aspecto desordenado. En segunda, la gentileza con la que hablaba. Y en tercer plano, la forma en que todo eso figuraba de un modo que antes no había advertido. A pesar de todo, Yoh seguían siendo su hermano, pero muy en el fondo, había cambiado un poco su perspectiva respecto a él, de ser un buen hermano a ser un tipo encantador.

Continuará…


Nota de Autor: Hola, sé que dirán que es sorpresivo. Supongo que cuando me estreso con otras cosas, escribir se vuelve una alternativa bastante útil. Agradezco mucho sus comentarios, ya que después de anunciar que me retiraba de aquí, sentí que de verdad ya no podía escribir nada más. Pero supongo que dentro de todo, me animé a continuar con esta historia porque no tiene tantos seguidores y no tenemos un parámetro en específico de qué se busca, es decir, no hay tantas expectativas. Me encantaría terminarles este fic. Y supongo que eso es lo que haré en el plazo de los días. Gracias por su apoyo, es bueno leer esos comentarios de ánimo, sobre todo cuando de alguna manera les parece interesante la historia.

Gracias a todos. Nos leemos en el próximo capítulo.

Agradecimientos especiales: anneyk , Kinosama, DjPuma13g, Khathal.