Capítulo VII

El silencio predominó en la habitación. Salvo por el medidor de la frecuencia cardiaca, no había nada que opacara los constantes suspiros. Anna trataba de encontrar algo interesante afuera de la ventana, mientras el sol comenzaba a ocultarse. No la culpaba, si quería estar lejos de él. Con franqueza, admitía que no era— ni por asomo— la mejor compañía en este momento. Menos después del altercado y del final tan poco adecuado para la ocasión

Pero no había mucho por hacer, tendrían mañana para resolver sus problemas. Ahora lo importante era la salud de Tao, no podían irse y dejarlo solo.

Sin embargo, su estómago comenzaba a llamar la atención. Esto era fastidioso. Llevaban casi cuatro horas en el hospital y sin intercambiar palabras, bastante tiempo.

Volvió a suspirar.

—Basta, eres demasiado molesto—dijo la rubia, emitiendo con ironía: un suspiro—¿Hasta cuándo piensas permanecer aquí?

¿Hasta que despertara? Ya lo había dicho el médico, tendría que verlo consciente. Por otra parte, no pensó que escucharla— aun con ese frígido tono— pudiese hacerlo sonreír.

—Lo siento, es que estoy cansado….y tengo hambre.

Enarcó su ceja, caminando hacia donde descansaba su bolso. Sacó un par de billetes y se los tendió en la cara.

—Ve y compra una estúpida hamburguesa o lo que se te pegue la gana—dijo molesta, soltando el efectivo en su cara.

Tuvo que cacharlo al aire, antes de que cayera el piso. Mientras ella volvía a la silla a un costado de la ventana.

—¿Y tú… emmm…. No quieres nada?

—No tengo hambre, desayuné muy bien.

¿Valía la pena preguntar más? Al ver cómo trataba de ignorarlo, consideraba que no.

Resopló molesto, caminando por el largo pasillo hasta bajar a la cafetería del lugar. Y justo como lo había predicho, sólo hamburguesas figuraban en el menú de hoy. Por suerte tenían un Starbucks interno, por lo que se dio el lujo de comprarse un par de cafés y dos bagels de queso. Conocía los gustos de la rubia, así que era difícil que le despreciara el emparedado, con todo su orgullo de por medio.

¿Por qué hacía las cosas más difíciles? ¿Por qué no simplemente aceptaba que los dos estaban en problemas y los dos se habían equivocado? Era claro, por los videos, que no la había forzado a nada. Aunque quizá, si ella se sentía mejor, debía cargar con toda la culpa. Ser el hermano pervertido. Y el loco que desató esta locura.

Él la estaba cuidando, después de todo.

La chica le entregó su orden, de modo tan entusiasta y alegre que por un momento deseó que Anna tuviese esa misma disposición para hablar con él.

—Gracias.

Y con ello volvió a subir.

No quería comer solo y tampoco quería hacerlo sin ella. Quizá era masoquista, porque como le había dicho horas antes, comenzaba a sentir notar esa faceta tan indómita de ella. O tal vez siempre estuvo ahí. No lo sabía. De verdad no quería adentrarse a pensar cosas ridículas e inútiles.

Por eso Anna lo consideraba un pervertido.

No. Esto estaba mal. Estaba fatal. Hao lo mataría, sus padres lo harían. La sociedad lo condenaría a tocar en barrios de poca escuela. Quizá hasta tendría que hacerlo en un parque público. Moriría pobre, como lo era ahora, que no tenía ni un quinto en la bolsa.

Y con todo el mar de pensamientos negativos, abrió la puerta. No se extrañó de ver a alguien más aparte de Anna, las enfermeras pasaban de forma continua para revisar al paciente. Pero lo que sí lo sacó de equilibrio fue verla charlar con él. ¿Él? ¿Quién era? ¿Un médico? ¿Un enfermero? Cabello oscuro, alto, delgado, de buena complexión. Estaba cerca, sonriéndole y parecía que ella a él.

¿Era extraño? Para nada, él la había visto muchas veces siendo asediada por varios hombres. Incluso, salió con ella a sus citas. Era su chaperón, como se empecinó Hao en nombrarlo, aludiendo que Anna era demasiado bonita para salir con alguien antes de cumplir la mayoría de edad. Como podría estar diciéndole en ese momento, que tenía que actuar rápido, porque aquel sujeto ya la tomaba de la mano para besar el dorso de su piel.

Algo que no le hubiese gustado para nada a Hao, y a él.

Sabía que no había llamado la atención al entrar, así que tuvo que carraspear un poco para ser notado.

El desconocido le sonrió afable, invitándolo a pasar.

Resultaba difícil hacerlo enojar, pero lo estaba logrando. ¿Ahora también tenía que pedirle permiso para entrar? ¿Y cuánto llevaba conociéndolo? ¿Dos minutos?

—Sólo pasaba a revisar que estuviera conectado el suero y que el paciente no necesitara nada—añadió con ese mismo tono amable—Todo está perfecto…

—Yoh Asakura—se presentó, acercándose hasta ellos.

—¿De verdad? Entonces, debe ser familiar de esta hermosa señorita—dijo volviendo la dulce vista a ella.

Sólo un ciego no notaría lo encandilado que estaba por Anna. Lo anormal en todo esto era que la rubia no emitía ni un gesto de desagrado. Aunque viendo la estética del fulano, podía traducir que era un perfil que a ella le agradaba, en especial por el color verde de sus ojos.

—Su esposo, de hecho—dijo con crudeza, logrando que aquella sublime ternura se transformara en algo parecido a la extrañeza.

Y no fue el único en verse sorprendido, pero antes de que pudiese contradecirlo, tendió a Anna un vaso de su café favorito. Casi le tembló la mano, pero ella alcanzó a tomarlo con bastante firmeza.

—Toma, Annita, te traje algo de comer—dijo alegre, tratando de sonar lo más natural posible.

¿Funcionó? Al ver cómo se alejó de repente, diría que sí.

—Lo…lo siento si fui invasivo, una disculpa—trastabilló, dando un paso hacia atrás—Yo… vendré en una hora para seguir la jornada. Disculpen la molestia, señores Asakura.

Era una victoria contundente. Salvo por el detalle de que aún tenía que lidiar con esa mirada inquisidora.

—¿Qué ha sido eso? —enfatizó molesta en la última palabra.

¿Eso? ¿A qué se refería con eso?

—Nada, sólo pensé que tendrías hambre.

—¡Le acabas de decir a ese hombre que estamos casados! —exclamó, en la voz más baja que pudo emitir—¡Cómo te atreves!

¿Qué cómo se atrevía? Cómo se atrevía ese tipo a coquetearle. De acuerdo, eso no sonaba nada bien, pero es que…

—Lo siento.

—¿Lo sientes? —cuestionó irritada—¿Sientes haber sido un imbécil? ¿O sientes estar presumiendo algo que no deberías? ¿Sabes lo asqueroso que suena que estemos casados?

Resopló cansado. Claro que lo sabía. Y sí, había sido un estúpido, nada de esto era un hecho digno de presumirse. Dejó la bolsa de papel en su regazo, mientras tomaba una silla de la esquina para sentarse frente a ella.

—Lo siento, Anna, lo siento y sé que te vas a hartar de mí por tantas veces que te lo diga, pero de verdad lo siento.

—No se nota que lo sientas—dijo desviando su mirada a la ventana— Por lo menos él… era una buena distracción en todo esto que está pasando.

Mordió sus labios, tratando de acallarse todas las tonterías que tenía para decir al respecto.

—¿Te gusta?

—¿Qué importa?

—Puedo salirme la próxima vez que venga—relató en un tono más sobrio— Y puedes decirle que en realidad estamos por divorciarnos, lo cual no es mentira—añadió tomando el emparedado de la bolsa—Sé que es raro que te guste un hombre a primera vista y a decir verdad, él me pareció que es bastante amable… Te veías muy cómoda hablando con él…

El silencio prevaleció un momento. No supo qué más justificaba su actuar. Tal vez tenía muy grabado la tarea que le había encomendado Hao y por eso sus acciones imprudentes. Tenía razón, nada validaba lo que había hecho.

—Jamás los habías ahuyentado de ese modo—comentó cansada, tomando el otro emparedado.

—Lo sé… —dijo mirándola, bastante avergonzado—Soy un imbécil.

—Lo sé—afirmó dando una primera mordida—¿Tres quesos?

Asintió, notando lo complacida que estaba al dar una segunda prueba. Al menos en esas cosas no era tan malo.

—¿Y qué dijo sobre Ren?

—Lo que acabas de escuchar: que está bien—respondió, bebiendo su café.

—¿Entonces lo único que hizo desde que entró fue coquetear contigo?

No quiso que sonara a reclamo, de verdad intentó un tono más suave.

—¿Qué? ¿Tienes algún problema con eso?

—Emmm… No—negó casi avergonzado de su comportamiento.

Más por la mirada inquisidora que le arrojaba. Pero ella tampoco se quedaría tan tranquila. Porque una vez que bebió de nuevo del vaso notó la inscripción. O más bien, la descarada forma que tenían algunas personas de hacerse notar.

—¿Qué es esto? —preguntó casi aventándole el vaso de cartón en la cara.

—¿Esto de qué? —respondió confundido, tomándolo en sus manos—Es tu bebida.

—¿Mi bebida o la tuya? —contestó más molestas.

¿Todavía se podía estar más enojada? La respuesta fue una contundente afirmativa, cuando giró el envase para ver su nombre con un corazón y un número telefónico.

—Guarda su número, no se te vaya a perder—ironizó quitándole el otro vaso.

Pero qué quería que le dijera. Ni siquiera había notado que la chica escribió algo más que su nombre.

—Eres un imbécil—declaró, cruzándose de brazos—Vienes aquí y ahuyentas al hombre más guapo que he visto en mi vida. Mientras tú vienes de coquetear con la barista. ¿A ella no le dijiste que eras casado?

¿Por qué lo exaltaba tan fácil? Más bien, por qué se ponía tan de malas de repente con ella. De verdad deseaba gritarle.

—Pues perdón por arruinarte la cita con el amor de tu vida—contestó en el mismo tono—Y no, no le dije que era casado, ni siquiera la vi. Cómo si fuera algo para presumir.

—Pues eso parecía cuando llegaste y muy orgulloso le dijiste al futuro padre de mis hijos que estamos casados.

¿Futuro padre de sus hijos? ¿Por cinco minutos de charla? ¿Pues cuánto tiempo había estado ausente?

—Es lo mismo que debiste decirle a esa… desvergonzada—enfatizó con desprecio.

—¿A la futura madre de mis hijos? ¿A esa desvergonzada te refieres? —preguntó sacando el teléfono de su bolsillo, que para su mala suerte no tenía batería, aun así no dejó de fingir que guardaría el número en su agenda—Tienes razón, mejor que no pierda el número, no quiero estar después con esas estúpidas nueve temporadas, contándoles a mis hijos Cómo conocí a su madre. Y que al final sea la historia más estúpida y sin sentido del mundo.

—¡Cómo te atreves!

A sabiendas que era una gran fan de la historia, no debió decirle eso, pero no pudo evitarlo.

—Admítelo, Anna, ni siquiera a ti te gustó el final—dijo señalándola— Aun así la vi contigo completa. ¿Y sabes qué? No me gustó tampoco.

Apretó el puño, tratando de serenarse, mientras notaba cómo volvía el teléfono sobre sus piernas. Cómo deseaba romperle aquel aparato. Y la verdad era una cosa tonta. No es cómo si no hubiera visto a las chicas coquetearle, lo había visto demasiadas veces, más ahora que se presentaba en lugares importantes. Algunas hasta se le colgaban del cuello. O le robaban besos. Que alguien le diera su número telefónico, no era novedad. Aun así, se sentía furiosa y no sabía bien por qué: si por el cinismo, la forma en que había tratado al enfermero o por toda la estúpida situación en conjunto.

Seguro era lo último.

—¿Sabes qué? No me interesa, lárgate con la madre de tus hijos, yo esperaré al padre de los míos—dijo aventándole el emparedado—Y serán los niños más hermosos que hayas visto jamás, porque él lo es.

—No más que los míos, te lo aseguro.

¿Algo de esta charla tenía sentido? Porque jamás se habían confrontado de esa manera. Tampoco es que nunca se pelearan, pero esto rayaba en lo absurdo, más por cómo Anna dejó todo de lado para buscar tomar el teléfono. Estaban forcejeando. ¿Y por qué? ¿Por un estúpido número que ni siquiera había anotado? Ella estaba mucho más molesta por eso, que por haberle espantado a su prospecto. ¡Pero estaba harto! Y sentía su pecho arder, sentía que nada podía calmar esa adrenalina.

Estaban tan cerca, casi uno encima del otro, que ni siquiera lo pensó le soltó el teléfono y tomó entre sus manos su rostro. Mucho menos procesó el instante en que sus labios se tocaron. No lo vio venir, pero como se lo había dicho horas atrás. Esta mujer que tenía casi encima, esta rubia con el cabello desarreglado, esos labios rosados gritándole lo estúpido y tonto que era, esta chica de indómito carácter que lo golpeaba cada tanto. No era ni por asomo la recatada figura de su hermana, aunque su hermoso cuerpo seguía siendo el mismo. Sus bellos ojos seguían siendo igual de expresivos. Igual de encantadores.

No tenía perdón.

Mucho menos cuando la apretó contra sí.

Incluso Anna soltó el teléfono de sus manos. No supo qué hacer, su cerebro parecía recordarle algo, pero su instinto natural obedeció a la demanda que la boca de ese hombre, con la camisa desabrochada y fachas terribles, le dictaba. Incluso dejó que la sentara en su regazo con las piernas abiertas. Jamás se había sentido de ese modo. Y no quería abrir los ojos, sólo quería seguir sintiendo esa inusitada pasión que parecía desbordarse de la nada.

¿Por qué? ¿Por qué con él?

Respiró agitada luego de largos minutos, escuchando cómo él trataba también de jalar aire. Abrió los ojos, notando su postura, también el desastre que habían hecho al derramar café en el piso. Era vergonzoso, una vez que la realidad cruzó por su mente, no tardó en pararse. Como pudo, tomó su bolso para salir corriendo de ese lugar. No esperaba que la detuviera, podía saberlo, en el momento que sus ojos se cruzaron. Nada sería igual, ni su hermandad ni su relación.

Una vez que la puerta se cerró, supo que no sólo lo había arruinado, esta vez no tenía excusa del alcohol para justificar lo que hizo.

Tomó su cabello con frustración, mientras golpeaba su cabeza.

Ya sabía que era un imbécil, pero no sabía que lo era tanto. ¿Y ahora qué haría? Pedirle perdón no serviría de mucho. Tal vez arrojarse al vacío, sí, eso sería lo mejor, se quitaría ese pecado de encima y podría aliviar la pena de Anna. Porque no había otro modo de solucionar las cosas. Lo que había hecho no tenía nombre, ni razón de ser.

Era un monstruo. Uno horrible, feo y pervertido. ¿Cómo podría olvidar la sensación de sus labios con los suyos? ¿Cómo olvidaría la sensación de su peso sobre él? ¿Los pequeños ruidos que hacía? ¿La suavidad de su tersa boca? ¿Sus ojos? ¿Alguna vez había notado cuán hermosos resplandecían después de estar agitada?

Sólo quería olvidarla, deseaba hacerlo, con todo su corazón.

Incluso estuvo a nada abrir la ventana y arrojarse al vacío, cuando escuchó la queja de Ren. De inmediato se situó al lado de la cama, donde él abría de a poco sus ojos. Se notaba confundido, como seguro lo estaban todos los involucrados. Presionó el botón sobre su cama. En unos minutos vendría el doctor para revisarlo, mientras parecía estarse acostumbrando a la luz.

—¿Dónde estoy? ¿Qué pasó?

Preguntas básicas.

—Estás en el hospital, tuviste una sobredosis—relató a grandes rasgos—Estábamos en el bar, cuando de la nada te pusiste mal. El médico dijo que estarías bien, sólo tendrías que descansar.

—No recuerdo nada—dijo con esfuerzo Tao—Siento que me pasó un camión encima.

Y al menos, por esa parte, suspiró aliviado.

—¿Solo estábamos tú y yo? —continuó con los cuestionamientos.

—Y Anna—mencionó cansado—Sólo que ella se acaba de ir al hotel. El resto… no sé qué pasó con ellos. Pero espero que estén bien.


Pensó que no podría permanecer otra maldita hora más ahí, cuando notó a la distancia que un hombre de traje se acercaba a la celda. ¿Era su imaginación? Tal vez ya estaba delirando entre el olor a amoniaco que estaba impregnado en el colchón o el humo del cigarro de los policías. O el olor a vómito y estiércol que se cernían a su alrededor.

—¿Son ellos? —preguntó el oficial.

Meene reaccionó después de que escuchó los gritos de emoción de su amiga, que atravesó la sala y trató de abrazarla pese al enrejado.

—¡Ay, por dios, Meene! ¿Estás bien? —dijo apresurada.

—Sí, estoy bien, pero cómo nos encontraron—respondió sorprendida, mientras veía al hombre de traje.

—Peyote me dijo que te habían agarrado, le tuvimos que dar un billete para que acelerara los trámites—dijo codeando a Luchist— Y el don hizo el resto, soltó el dinero de la multa.

Hao sintió alivio, al menos no tendría que cumplir las 48 horas de arresto. No pudo más que mirar con agradecimiento a su socio y amigo.

—Debo parecerte un desastre.

—Como todos nosotros, una vez que despertamos—comentó con gracia—No se preocupe por eso, Señor Hao.

El oficial abrió la reja para que pudieran salir. Ambas mujeres se abrazaron y consolaron mutuamente, caminando delante de ellos.

—Mis hermanos deben estar preocupados—alcanzó a decir Asakura— ¿Los has visto?

—No, me temo, que apenas he podido finiquitar este asunto—dijo abriendo la puerta del coche para que todos entraran— Alquilé este auto para podernos mover, supuse que tendríamos que pasar por otros lugares. Pero en cuanto las dejemos en su casa, iremos al hotel. Muero por darme una ducha también.

Se sintió más que agradecido. Incluso pudo haberlo abrazado, de no ser porque olía a mil demonios.

—Gracias, no tienes idea cuánto gusto me da contar contigo.

—Todo sea por un buen amigo—dijo palmeando su hombro—Ahora será mejor ir con los demás.

—Nada me daría más gusto que ver a esos perdedores—dijo de buen humor, subiéndose al auto.


En cuanto cruzó el umbral del hotel, lo único que pasó por su cabeza fue encerrarse en la maldita suite, que para su desgracia compartía con Yoh. Pero ahora, no importaba, tenía una crisis nerviosa difícil de disimular en recepción cuando pidió la llave. Agradeció con el alma no toparse a nadie conocido en su camino.

Y una vez adentro, no pudo evitar derrumbarse, tomar su rostro entre sus manos.

Una cosa era estar drogados, incluso hasta alcoholizados, pero esto…. Rayaba en lo enfermo, en lo grotesco. ¿Besar a su hermano? Acariciarlo, enredar sus dedos entre esas hebras castañas como tantas veces hizo mientras se recostaba en sus piernas. Mientras sus labios se humedecían al contacto de los suyos. Peor era no ver que era tanta su predilección por esa sensación que se había quedado sin aire por la cantidad de minutos que duró el ósculo. ¡Y no estaba borracha! ¡Estaba cuerda! ¿Por qué se sentía tan bien en sus brazos? ¡Eso no era normal! ¡Esto no estaba bien!

Se recostó en su lado, admirando la cama vacía de él. Sintiéndose una escoria.

—La abuela dice que un acto inmoral conduce a una vida de tragedias—dijo para sí en un susurro—Cuando una persona conduce su vida en estos actos, lo único que hará será ser infeliz.

¿Pero era infelicidad lo que sentía? ¿Era infeliz mientras él tocaba su espalda y la acariciaba? Habían crecido juntos, cómo podía siquiera tener esa clase de pensamientos con él. ¿Los tendría también hacia Hao?

— ¿Akachan? —escuchó la voz del otro lado de la puerta—¿Estás ahí?

Se paró casi de inmediato, corriendo para abrir y comprobar que en efecto, su hermano mayor estaba parado frente a ella. Llevaba una playera blanca y un pantalón holgado gris, casi disponiéndose a ir a dormir. ¿Pero importaba cómo se veía? En esos momentos, lo único que necesitaba era un poco de paz.

Lo abrazó sin pensarlo demasiado. Sintiendo la fragancia de su loción de baño, la firmeza de su torso y sus brazos rodeándola. La miraba intrigado y enternecido, una mezcla bastante extraña, pero suficiente para demostrarle lo evidente.

—¿Me extrañaste? —preguntó él.

—Sí—admitió recargando su frente en su pecho— Eres… mi hermano favorito, después de todo.

Continuará…


N/A: ¡Hola! Había tardado años en actualizar esta historia, pero cuando me puse a leer avances que tenía de cada una, pensé que podría terminar de escribir porque bueno… no está tan larga como otras que no quisiera mencionar. En fin, tomé una hoja en blanco y me puse a redactar, fue de hecho muy raro que lo terminara en un breve momento. Últimamente escribo con mayor velocidad, lo cual me alegra bastante.

Gracias a todos por leer, por comentar. Sé que esto está un poco abandonado, pero seguiré subiendo historias o capítulos cada vez que pueda.

Agradecimientos especiales: Takaishi Yuno, Maritha, selma-itako, Guest, Saralour-tita, Guest, Annprix1

Nos vemos pronto.