Capítulo VIII

Una vez que el médico terminó la revisión, dictaminó que daría el alta por la mañana. No observó mayores problemas físicos, ni de coordinación. Enfatizó la suerte de haber recibido atención a tiempo, porque ello pudo derivar en otra clase inconvenientes. Salvo por lo obvio: una dieta blanda, nada de estupefacientes—tampoco es que las consumieran, al menos él no— un poco más de descanso; y podría incorporarse al trabajo después de ese caótico fin de semana.

Sencillo. En su caso, todavía tenía que tramitar el divorcio, lo cual seguro sería cuestión de días o semanas, sino es que meses.

Suspiró cansado en el sillón.

—No tienes que quedarte—comentó Tao, aburrido por la inmovilidad—Ya escuchaste al médico, estoy muy bien.

Tampoco quería regresar al hotel, no cuando tendría que compartir habitación con Anna.

—No tengo problema, créeme—dijo muy firme— Además, alguien tiene que firmar el alta o ver si necesitas algo en la madrugada.

—Llamo al enfermero.

Por supuesto, para eso estaba ese hombre. ¿O qué? ¿Ya no vendría porque no estaba Anna? Mejor ni recordar el problema con él. Para qué mencionarlo siquiera.

—Ren, somos amigos—resopló cansado— No te voy a dejar solo hasta que te vayas conmigo, deja de insistir.

—No tienes remedio.

Eso le habían dicho. Agradecía el hecho de que Ren había dormido tantas horas que no tenía sueño. Porque para ser francos, deseaba huir de sus propios pensamientos.

—¿Y….? ¿Entonces no recuerdas nada? —preguntó el castaño.

—Estabas en la barra, lamentándote por no poder tomar—mencionó pensativo—Aquellos estúpidos se fueron corriendo. Anna también estaba drogada y fuiste a jugar con ella. Había mucho alboroto. No sé, seguí tomando. Después de eso no recuerdo nada.

Al menos nada espantoso.

—Sólo salimos a tomar a otro lado. Anna apostó mucho dinero y yo… también.

—Espero que no hayas sido tan estúpido de traer una chequera o hacer transferencias electrónicas.

¿Y para qué se lo decía ahora?

—No puedo creer que hayas perdido tanto dinero—completó Ren al ver su cara de total estupefacción— ¿Es en serio?

Suspiró cansado, tomando su rostro con auténtica frustración.

—Para mi desgracia, sí—respondió bajo— Adiós gira por Europa. Con lo poco que quedó, dudo mucho poder hacerla.

O más bien, con nada de lo que restó. Pero irse a Italia era lo mejor que podía hacer; alejarse y abandonar su país por meses. Mejor dicho: por años. Sino es que para toda la vida. Sólo que no sería posible, no había manera en que el banco solventara tal suma. Y su madre no consentiría que dejara de visitarlos en Año nuevo.

—La empresa Tao puede financiarte.

—¿De verdad? —pronunció expectante—¿De verdad podrías hacer eso por mí?

Incluso para Ren fue novedad que aceptara así de la nada, sin tanta insistencia.

—Claro, tienes muy buena aceptación en Japón y Europa, no creo que haya problema para presentar una solicitud a la junta directiva. Sé que podrás pagarlo en el plazo de un año.

¡Eso sonaba genial!

—De verdad te lo agradezco, por un momento pensé que tendría que quedarme en Japón a dar clases para niños.

—Te pagaría por que le dieras clases al mío—dijo Tao con una pequeña sonrisa—Si Men aprendiera a tocar violín como tú, yo mismo pagaría toda la gira en Italia.

Sonaba tan beneficioso, salvo porque el carácter de su hijo era igual o peor que el suyo, lo cual deslucía la oferta.

—Me conformo con el préstamo—suspiró más tranquilo—Te pagaré hasta el último centavo.

—Lo sé, eres la persona más honorable que conozco.

Por un momento, aquellas palabras sólo le pesaron e hundieron como una roca atada a su cuerpo: hasta el fondo de un precipicio.

2

Sabía que esa sonrisa sólo podía ser sinónimo triunfo. Al menos eso demostró cuando besó su frente y devolvió el abrazo con el mismo ímpetu al saberse el favorito por encima del otro Asakura. Lo malo es que no lo veía en ningún lugar, como para echárselo en cara.

—¿Estás sola, Anna? —cuestionó confundido, separándose de ella—¿Dónde está Yoh?

Ahora mismo prefería una barra de acero en la garganta, que responder esa simple pregunta. No quiso delatarse, de todas las personas a su alrededor, Hao era una de las personas que nunca deberían enterarse de aquel acto impuro.

—Está en el hospital.

—¡Qué! ¿Cómo que está en el hospital? —exclamó a viva voz Oyamada, que llegaba con Horokeu y Chocolove.

¿Qué era eso? ¿Una reunión de amigos? De la nada se habían auto invitado a pasar en la suite, cosa que le irritaba. Incluso Horo Horo ya revisaba el frigobar para sacar una cerveza.

—¿Quién está en el hospital? ¿Le pasó algo malo a Yoh? —preguntó Asakura con mayor preocupación.

—A él no—respondió molesta ante toda esa intrusión—Ren está en el hospital por una sobredosis.

Con esa tajante respuesta, Horo Horo estuvo a punto de ahogarse, mientras tosía con esfuerzo debido a la noticia. Luchist llegó unos segundos después, con la toalla alrededor de su cuello, justo para escuchar los pormenores.

—¿Pero está bien? —continuó Manta—¿Cómo se encuentra ahora Ren?

Suspiró cansada, dejando entrar al resto de los hombres. Podía tolerar la visita de Hao, por obvias razones, pero ahora se sentía invadida en un sitio en el que deseaba sentirse tranquila. Sin embargo, comprendía la gravedad de la situación. Quizá en su lugar también respondería de forma efusiva.

—Está bien, él se quedó…

Ella lo dejó por esa incómoda escena, quiso decir.

—Se quedó a cuidarlo—dijo con el temple más frío que tuvo—Los doctores dijeron que estaba dormido y que el peligro ya pasó. Por suerte, recibió la atención a tiempo, fue una reacción encadenada por el alcohol.

Todos suspiraron aliviados, incluso Hao, quien se sentó a su lado en la cama.

—¿Fue en el casino? —preguntó más sereno.

—Sí, él comenzó a vomitar.

Comenzó a contar a grandes rasgos lo poco que había visto en el video, exceptuando detalles comprometedores.

—Es decir, ¿no se fueron a otro lado? —interrogó Usui— ¿A ti no te pasó nada?

¿A qué venían esa clase de cuestionamientos? ¿Por qué tendría que pasarle algo? Y no fue la única en preguntarse eso, ya que algo pareció embonar en la mente del Asakura, levantándose con gran ímpetu hasta tomarlo del cuello. Anna juraría que nunca lo había visto tan furioso en su vida. Más por cómo lo arrojó contra la pared.

—¡Te atreviste a drogarla, maldito bastardo!

Entonces las piezas volvieron a unirse, más al ver a Hao pegarle un puñetazo en la cara. Luchist se acercó para retenerlo, mientras Manta y Chocolove hacían lo mismo por Horo Horo, que intentó responder la afrenta.

—¡Suéltame, Luchist! —exigió el castaño—¡Voy a partirle la cara a este imbécil!

La verdad, también quería que lo hiciera, nada le daría más gusto. Pero no era su batalla, era la suya. Aún con los forcejeos de ambos hombres, se plantó delante de ellos, en especial de Usui, que la miraba expectante. Ambos pararon de luchar. Y Anna levantó con fuerza su mano izquierda. No supo cuántas veces lo abofeteó, sólo sabía que habían sido las suficientes para dejarle la mano adolorida.

¡Con qué derecho le metían cosas a su bebida! ¡Y por qué! Quiso gritarle todo eso en cara, pero se contuvo, no por miedo a llorar o sucumbir a sus debilidades, sino porque temía revelar información confidencial en el proceso. Aun así, todos quedaron asombrados por el arrebato.

Sus amigos lo soltaron y él cayó de rodillas frente a ella, implorando algo de su misericordia.

—Lo siento, Anna—dijo a sus pies—De verdad lo siento, sé que tú estabas tomando muy tranquila. Yo sólo quería que te divirtieras como nosotros. No lo hice con otra intención, debes creerme.

¿Divertirse? ¡Pero qué idea más estúpida! Él no tenía la más mínima conciencia de todos los cambios que esa divertidísima idea había traído a su vida. ¡Nada volvería a ser igual! ¡Nada!

—Anna….—quiso intervenir Manta, pero sólo consiguió una mirada frívola.

Volvió a mirarlo, Usui se veía deplorable, casi al borde de las lágrimas. Justo como lo estaba ella. Todos callaron, esperando el veredicto final. No hubo más. Alcanzó a patear sus manos mientras pasaba a un lado de Hao, que todavía traslucía la adrenalina del momento. No intervino, ni pudo detenerla. Cerró con fuerza la puerta del baño y se dejó caer al suelo.

En momentos así, es cuando más lo necesitaba. Cada que él comenzaba un viaje y ella tenía problemas de trabajo, a veces bastaba una llamada telefónica para recobrarse. Los malos momentos no eran tan malos cuando él decía que todo se solucionaría, con esa dosis de positivismo tan innato en él.

Abrazó sus piernas, hundiendo su rostro en ellas. De repente, al encogerse, sintió algo que le lastimaba en el pecho. Introdujo su mano en el sostén y notó el pequeño círculo con el diamante. Volvió a colocar la sortija en su dedo. Fue tan absurdo como irónico. Porque esto era algo que deseaba olvidar, mas no podía.

Sin embargo, fue lo único que pudo hacer para sentirlo cerca.

—Todo estará bien—susurró para sí—Te prometo que todo estará bien.

3

Casi cerca de la media noche comenzó a llover. Estaba agotado y le dolía la espalda de estar sentado en la silla junto a la ventana, mientras Ren terminaba de asearse. Para su fortuna, el enfermero estaba en otro piso. No quería que estando su amigo en pleno uno de sus facultades mentales fuera a preguntar por su esposa, de quien se notaba encandilado.

Esposa… la palabra todavía le causaba escalofríos.

¿Él? ¿Casado? Jamás lo había visto de ese modo. Nunca tuvo un noviazgo con los suficientes años para considerar a alguien un prospecto serio. Su madre siempre se quejó aludiendo que sus novias sólo lo seguían por el aspecto físico. Mero placer. Pero él nunca fue tan… tan… abierto en ese sentido como Hao. Ni tan demostrativo. Ni tan pasional como para que pensara que era el amante ideal.

Hasta sonaba ridículo.

Y ahora tenía una alianza dorada guardada en bolsillo de su pantalón izquierdo. Ya lo decía con tanta tranquilidad, como si fuera un acontecimiento normal en su día. La verdad es que no esperaba esa clase de compromiso con nadie. Su ideal era viajar por el mundo, comer las mejores pastas y escuchar su música favorita mientras el día se volvía noche.

Ninguna mujer ni hijos inundaron su cabeza con algún lazo de por vida. ¿Por qué en una noche todo había cambiado? ¿Por qué en esos videos del hotel derrochaba tanta ternura y amor hacia Anna? ¿Por qué había dado un paso así de grande con su hermana? No era su primera borrachera y amó mucho a Tamao en su momento. Lo máximo que hizo fue llamar, ir a buscarlas. Esto, sin duda, sobrepasó sus límites.

Suspiró, desabrochó la cadena de oro que pendía de su cuello e introdujo, junto al colmillo negro, la sortija dorada. Con suerte nadie lo notaría. Con demasiada fortuna, pero si fuera fácil de percibir: mentiría. Como tendría que hacerlo para cubrir esta hecatombe.

Trató de pensar una excusa perfecta, cuando de la nada sintió el puñetazo en su rostro. Por evidentes razones, cayó al suelo y buscó de inmediato a su atacante. Pero él, ya lo había levantado, tomándolo de la camisa.

—¿Hao?

—¡Cómo carajos dejaste que alguien drogara a mi hermana!

La oración fue correcta, hubiese incómodo decir lo contrario. Si le hubiese pegado otro puñetazo por las razones que Anna conocía, se hubiese sentido más aliviado. Ni siquiera hubiese puesto resistencia, esto era otra cosa, algo que involucraba la confianza.

—¡Dejaste que el imbécil de Horo Horo la drogara! No puedo creerlo—dijo tomando su cabeza con notable ira—Me salí de ahí pensando que estaría segura contigo.

Craso error.

—Lo sé… Yo no quería tomar, no estaba tomando—intervino bastante afligido—Sé que confiaste en mí para cuidarla, pero te saliste como loco.

—Porque tú estabas a cargo—le recordó sin un ápice de duda—Te dije que tomaría.

Por supuesto que se lo anticipó, pero no le avisó que también se perdería quién sabe dónde con quién sabe quién.

—¡Todo se salió de control, Hao! No me puedes culpar de esto a mí. Sí, está bien, yo la estaba cuidando, pero tú también debiste ser un adulto y no salirte como si fueras un adolescente.

La afirmación sólo aumentó el enojo de su hermano.

—¿Como un maldito adulto? Y por qué si fuiste tan responsable, el idiota de Tao terminó en el hospital por una sobredosis ¿Por qué Anna terminó drogada? ¿Por qué ninguno de los dos llegó a dormir al hotel anoche? ¿Por qué mi hermana está tan afectada? —cuestionó, pegándole en el pecho— ¿Pasó algo que no me dijo? ¿Alguien se atrevió a tocarla? Dime, por favor que no dejaste que alguien se aprovechara de ella, porque te juro, Yoh… Te juro que soy capaz de arrojarte por esa ventana.

Tembló, mas no de miedo, sino de coraje hacia su persona. Si buscaba culpables, él estaba en primera fila. Era el causante de la mayoría de sus problemas. Ella confiaba en él, con todo su corazón y falló.

—¿Qué le dijiste para que reaccionara de esa manera?

—No te hagas el tonto, Yoh—dijo serio—No respondiste ninguna de mis preguntas

Pero él no cedió.

—Dime qué le dijiste, Hao; de otro modo, dudo mucho poder ayudarte.

Ambos se miraron desafiantes.

—Se enteró que Horo Horo la drogó—respondió al fin, bajando la intensidad de sus palabras—Se enojó, lo golpeó. Y después, no dijo nada, sólo se encerró en el baño. No me dejó pasar, menos quiso escuchar a los demás. Intenté hablarle, me ignoró—relató apresurado—¿Entiendes por qué estoy tan preocupado? Dime qué le pasó.

Suspiró cansado.

—Ambos nos quedamos cuidando de Ren toda la noche—dijo con la mirada en el suelo—Sí, estaba drogada, pero me encargué de cuidarla.

—Entonces, ¿no tomaste, ni te drogaste también?

Dolía tanto decir mentiras.

—No.

—¿Alguien abusó de ella?

—No—negó mirando sus ojos llenos de preocupación—Yo mantuve a todos los hombres lejos de ella.

Si hacerlo con Hao le causaba esa sensación, cómo podría ver a los ojos a su padre y decirle que todo estaba bien. Que su hija regresaba a casa intacta. No podría. Es cierto, no la había violado, pero tampoco podía decir que era algo digno de contar. Menos ahora que veían la realidad.

—Entonces por qué reaccionó de ese modo—añadió angustiado—Es como si tuviera una crisis no sólo emocional, sino mental.

Lo suponía, después de todo lo que había sucedido, hasta lo encontraba normal, pero él no. Menos si no conocía la verdad.

—¿Crees que sea lo de Aomori? —sacó a colación el mayor—Ella no quiso que nadie la tocara en semanas, ni siquiera papá. Desconfiaba de todos. ¿Desconfiará de nosotros ahora?

No era un episodio que le gustara traer a colación, porque sólo hacía más grande su pena. Recordaba sus ojos en el vestíbulo del hotel, aquellas palabras diciéndole que era una de las personas en quien más confiaba y ahora ese vínculo estaba hecho cenizas.

—Tal vez…—comenzó con pesadez—Si sabe que sus propios amigos quisieron drogarla, es natural que se sienta amenazada.

—¿Incluso por mí? —preguntó Hao.

¿Por qué no mejor lo arrojaba por la ventana de una maldita vez? Le evitaría el sufrimiento y bendecía a Anna con su ausencia. Porque tendría que seguirle mintiendo, eludiendo que tal vez, ahora menos que nunca confiaba en los hombres a su alrededor y todo por su causa.

—Fue un día duro, debes entender…

—Ve con ella—respondió tomándolo de los hombros.

Sonrió irónico. Si había un hombre que no quisiera ver, ése era él. Pero el ruego en los ojos de su hermano fue desolador y comprendía el motivo: se sentía impotente.

—Tú hiciste que volviera a confiar en nosotros—añadió sereno—Si alguien puede volver a abrir esa coraza, ése eres tú. Incluso a mí me calma mucho hablar contigo.

Sólo que en este momento se sentía mierda y no la medicina de alguien más.

—Por favor, Yoh.

Él no era la clase de hombre que pedía favores.

—Me quedaré con Ren toda la noche, sólo ve con ella.

Suspiró envuelto en la melancolía. Esto era una entrega total de amor, del más puro sentimiento fraternal, podía asegurar. Y Hao amaba profundamente a su hermana, tanto como él la amó.

Asintió, tratando de recobrar un poco de entereza. La necesaria para salir y afrontar el problema. No sabía si podría solucionarlo, tampoco si hubiese algo que en verdad pudiera hacer. Lo intentaría. Lo haría porque Hao todavía confiaba en él.

—Hay algo más que quiero decirte—pronunció tomando distancia—Yo vi cuando Horo Horo preparó la bebida, pero él no se la dio. No le dio tiempo. Anna estaba en la mesa jugando, después él fue a la barra por unas bebidas. Y cuando tú te saliste como loco, él también…

—Aguarda un momento—interrumpió el castaño—Si Horo Horo no le dio la bebida, entonces quién diablos lo hizo.

Fue una perfecta ocasión para que Ren entrara con la enfermera. Y para que ambos gemelos fijaran su atención en él, más en específico: el menor. Hao no siempre podía deducir sus pensamientos, pero éste había sido demasiado contundente por el prolongado silencio.

—¿Él?

—¿Yo? —preguntó, ya acostado Tao al ser señalado por el Asakura mayor.

—¡Tú! ¡Drogaste a mi hermana!—dijo furioso.

Incluso la enfermera dudó un segundo antes de llamar al policía de piso. Por lo que denotaba, Hao no se andaba con rodeos e iba directo a la violencia. Esta vez, antes de que actuara, una mano se posó en su hombro, frenando el ataque.

—Él también estaba drogado—aclaró Yoh, solemne—Ren brindó con Anna, no sé si sabía o no, pero ella tomó la copa antes de que yo llegara. Y si preguntas dónde estaba —anticipó al ver su mirada—Salí a buscarte, cuando te fuiste como loco a otro lugar. No pude evitar que tomara ese cóctel, pero te aseguro que no me separé de ella en toda la noche.

4

Cómo si pudiera calmarse así de la nada. La mejilla estaba hinchada. Era un milagro que no hubiese escupido ninguna pieza dental, porque el golpe sí que había sido demoledor. Al menos eso pudo comprobar al ver la coloración morada en el pómulo. Sin contar la fuerza con que Anna le trituró.

Ahora estaban moviendo sus cosas a la habitación de Chocolove y Ren. Después de ese altercado, suponía que dormir con Hao sería como un suicidio.

—La verdad no entiendo por qué arman tanto alboroto—dijo deslizando la tarjeta en la entrada—Yoh estuvo con ella todo el tiempo.

Manta suspiró, cerrando la puerta consigo.

—¿Cómo por qué, Brody? —dijo casi como si una segunda cabeza le creciera de repente—¿Te imaginas si hubiese sido al revés? ¿Si Hao hubiese dicho que le puso droga a la bebida de Pilika? ¿Sólo dime lo primero que te pasaría por la mente?

Apretó el puño, no eran de la misma calaña. Seguro Hao hubiese aprovechado la oportunidad para acostarse con su hermana. De eso no tenía dudas.

—A mí ni siquiera me gusta Anna—dictaminó, arrojando la maleta en la cama—No me gusta, es demasiado intensa, fría y por lo que se ve también está desequilibrada.

Entonces sintió una almohada pegarle en la cabeza. Quizá porque no quiso verse más escandaloso al arrojarle uno de los vasos de vidrio sobre el escritorio, pero su mirada era dura.

—Está bien, lo siento, no quise ofender a tu crush.

—Es más que ofender a mi crush—dijo Oyamada, sacudiendo la almohada del suelo—Tú no tienes derecho a juzgar si no sabes lo que pasa por la mente de las personas.

¿Eso qué significaba? ¿Qué estaba demente?

—Quizá para ti era un juego, pero tú no sabes lo que pasa con las personas cuando consumen alucinógenos. ¿Y qué si hubiese tenido la misma reacción que Ren? ¿Y qué si alguien se hubiese aprovechado de ella? ¿Crees que Hao se consolaría sólo golpeándote? ¿Crees que es un juego? ¿Qué a todos les gusta pasarla bien como ti? —esperó con dureza Manta—Conozco de toda la vida a esa familia, pasábamos año nuevo juntos en algunas ocasiones. Y sé porque Hao reaccionó de esa manera, también sé porque son tan sobreprotectores con Anna. Y sabes qué, no los juzgo. Pero sí te juzgo a ti, porque eres egoísta e irracional.

—Manta tiene razón, te estás victimizando con algo que sabes que estuvo mal—añadió Chocolove.

—¡Ni siquiera alcance a darle la bebida! Sí, le puse la droga, pero no se la di.

Eso es lo que quería que entendieran.

—Vaya… es como decir que pusiste veneno para rata, pero la rata fue la culpable porque se la comió. Sólo porque tú lo dejaste ahí, ya listo y preparado, con la intención de matar a la rata—dijo molesto Oyamada.

Chocolove no quería reír, pero al final, sucumbió al pensamiento que cruzó por su mente.

—¿Qué? ¿También te parece gracioso todo esto? —agregó el rubio.

—Bro… cómo no quieres que me ría, si acabas de comparar a Anna con una rata.

Ni pudo evitar sonrojarse. No era lo que quería decir, menos que ese par lo tomara a broma.

—Sí, sí, ya entendí—aclaró Horo Horo antes de que se molestara más—Entiendo que hice mal. Lo reconozco, hice mal, pedí disculpas. ¿Qué más puedo hacer?

—¿Te disculpaste? —dudó Manta.

—¡Oh, ya! ¿Hablas cuando te arrodillaste frente a ella y le dijiste: lo siento unas mil veces?

Definitiva, Chocolove sólo estaba ahí para joder.

—Está bien, hablaré con ella cuando esté más tranquila y se le haya pasado su crisis existencial—dijo fastidiado—También hablaré con sus hermanos. Supongo que Yoh me entenderá un poco más, porque sabe la verdad.

Para su desgracia, suponía que sí, que Yoh sería más benevolente con él. Pensaba objetar algo, cuando el teléfono de la habitación comenzó a sonar, al levantar la bocina casi había olvidado que llamó a casa de los Asakura. Los tres hermanos estaban desaparecidos y no tenían noticias de ellos, qué esperaban que hiciera.

—¿Manta? Vaya, me alegra que alguien conteste el teléfono, pensé que otra vez estarían en la juerga—comentó Mikihisa de buen humor— Escuché tu mensaje en la contestadora. No estábamos en casa, recién llegamos de Izumo. ¿Pasa algo? ¿Tuvieron un inconveniente?

—No, bueno…sólo unos pocos—relató a velocidad la estafa de la agencia de viajes— Y Anna me dijo que te hablara para…. Para confirmarte que estaremos en el aeropuerto a la misma hora. Por suerte, los boletos de avión sí los tenemos seguros.

Lo cual, en parte no era mentira. Escuchó el sonido de alivio del otro lado de la línea.

—Me alegra. Bueno no me alegra que hayan embaucado a mi hija, me imagino que Anna debe estar furiosa por la estafa—comentó más suelto—Pero al menos sé que todo está bien, ya me estaba preocupando cuando escuché tu mensaje.

—Sí, no te preocupes—dijo mirando el techo—Tal como dice tu hijo: Todo estará bien.

5

Ahora más que nunca deseaba creer en las palabras que tanto repetía. Incluso cuando pidió en recepción la segunda llave de su suite, jamás se sintió tan inútil. Cada pisada simulaba ser de plomo. Como aquella película en donde el marino debía avanzar doce pasos. Nunca había sentido esa carga sobre sus hombros, hasta ahora.

Recordaba la ocasión, donde estando en Aomori años atrás, su familia invitó a muchas personas a una gran celebración de año nuevo. Los Oyamada fueron de los huéspedes de honor. Los abuelos querían recordar los buenos momentos que tuvieron en esa casa vieja, antes de ser vendida. Era como su modo particular de decir adiós al lugar.

Cerró los ojos, llegando a la habitación. Deslizó la llave, notando el parpadeo de la luz verde y con cuidado, se adentró en la penumbra. Cualquiera pensaría que no había nadie. Incluso él podría tener ese pensamiento. La puerta del baño estaba cerrada, se sentó y recargó sobre la madera, dejando que sus recuerdos inundaran su mente.

Hubo muchas personas aquel día: vecinos, amigos, incluso algunos nombres importantes de políticos. El abuelo solía dedicarse a asesorarlos, como lo hacía Anna ahora.

—Anna…—pronunció su nombre.

No recibió respuesta.

Sonrió con tristeza al recordar a la rubia de diez años ataviada en aquel hermoso kimono. Y cómo llamó atrajo la atención de varios invitados por sus peculiares comentarios de política. Resultado de pasar todo el verano pasado en compañía de los abuelos. Quizá ya la tenía en mira desde entonces.

Fue amigo íntimo de la familia, uno de los mejores clientes de su abuelo. Quién hubiese pensado que aquel benevolente sujeto tenía una doble intención. No cuando les llevaba golosinas o los invitaba al viejo cine del poblado. Incluso les contaba historias divertidas cada que visitaban Aomori. Cómo podría desconfiar de alguien que sólo mostraba un lado dulce y cariñoso. Nunca lo supo.

—Anna…

Nada.

Aun podía revivir la angustia, no sólo de sus padres, sino suya al ver que la rubia no aparecía por ningún lugar. Los fuegos artificiales pasaron desapercibidos cuando todos comenzaron a moverse. No pudieron localizarla.

—Anna, sé que estás adentro—dijo suspirando en medio melancolía—No quieres ser Elsa, ¿o sí?

—Cállate.

Sonrió, eso ya era una respuesta. No importaba que fuera mala.

—Lárgate, quiero estar sola.

—Pero… has estado mucho tiempo en el baño.

—¿Y? Eso a ti no te importa. De todas las personas a la que menos quiero ver es a ti —dijo en un tono que amenazaba con quebrarse— Muérete.

También lo deseaba, no tenía idea de cuánto. Pero antes de hacerlo quería verla aunque fuera una vez más. Mitigar su dolor, al menos una parte de él. Quizá no era la niña de diez años que vagó en la montaña de Osore escapando de su captor. Un robusto hombre, que alcoholizado, consiguió sacarla por el jardín sin que nadie se diera cuenta.

—Márchate—continuó diciendo mucho más diluida.

Porque aunque Hao y su padre querían ver a la niña que bajó corriendo asustada a los brazos de su madre. Él pudo ver entereza y valor, el necesario para escapar de su raptor. El hombre intentó abusar de ella, pero había sido tanto el consumo de licor, que no pudo coordinarse. Días después, lo encontraron muerto en el bosque. Pereció de frío. Como pudo haberle sucedido a ella, de no aferrarse a la vida, de no luchar.

Ella no sólo fue valiente.

Fue astuta.

Y la admiró por eso.

—Sé que no confías en mí—pronunció apenas audible—Tampoco creo que sea la persona correcta para hablar contigo. Pero sigo aquí y siempre lo estaré cada vez que me necesites.

Para nadie fue fácil lidiar con las consecuencias posteriores. Las pequeñas cortadas sanaron a los días, incluso la pediatra les certificó que no había mayores daños físicos que los raspones en sus rodillas por las constantes caídas. Pero el miedo, la angustia permaneció meses. Y la desconfianza, fue la madre de todos sus maleficios.

—Sé que esto no es algo que te guste escuchar, porque sientes que lo voy a justificar y quizá eso está mal, pero Horo Horo no lo hizo para aprovecharse de ti, ni siquiera Ren, que fue quien te dio la copa…—narró con la cabeza gacha—De repente, todo fue un caos, no pude evitar que tomaras esa cosa. Sé que parece el peor de los escenarios, pero créeme cuando te digo que fueron una larga fila de malos momentos.

Demasiados, para ser preciso.

—A todos se les hizo divertido venir a las Vegas para comportarse como locos—agregó sosteniendo su frente—No fue un buen chiste.

Escuchó su respiración acelerada. A veces parecía más fácil hablar con una puerta en medio, que les permitiera razonar a distancia como no parecía hacerlo desde que despertaron. Quizá, su reacción sería distinta. O tal vez, sería la misma. No lo sabía, sólo tenía conocimiento de cuán hondo le calaba toda la situación en conjunto.

—Mencionaste la droga, pero no que ellos me la habían dado—objetó con dureza.

—Lo sé, sé que te omití ese detalle, pero no me dejaste explicar casi nada.

—Sí, sí, eso ya lo entendí—replicó hastiada— Aun así, qué se supone que son ellos. ¿Tus personas de más alta confianza? ¿Amigos? ¿Los amigos hacen eso?

Sabía cuál era el punto.

—No, los amigos no hacen eso.

—¿Y tú? ¿Qué eres? —preguntó entrecortada—¿No eras mi hermano? ¿Mi mejor amigo? Los hermanos no se besan, ni se casan, por muy borrachos y drogados que estén. No se acuestan, ni rompen promesas…

—Ni mienten a las personas que más quieren—completó con el mismo afán—No, los hermanos no hacen eso.

—¿Entonces por qué lo hacemos?

Por primera vez, no tuvo respuesta.

—No lo sé… te juro que quisiera saberlo.

El silencio predominó unos minutos más. Nada de eso era como debía ser o como se suponía que era. Ella tenía razones para estar molesta por la droga. En especial porque el problema se originó desde el círculo cercano. ¿Pensaron que todo sería como esa película de amigos en las Vegas? Que quizá harían tonterías y éstas tendrían solución fácil. Pues no lo era, aquí había algo imposible de reparar.

—Tú quieres que lo perdone—murmuró ella—Viniste a interceder por Horo Horo.

—No, en realidad vine por ti —dijo mirando la escasa luz que se colaba por la ventana—Hao pensó que recordabas lo de Aomori y eso te había hecho reaccionar de esta manera. Me rogó que viniera a verte. Estaba desesperado por la forma en que actuaste.

Escuchó el suspiro.

—No quiero arruinarlo con él.

—Créeme, jamás vas a arruinarlo con él.

—¿Cómo puedes saberlo? —revivió molesta— ¿Y si un día también quiero casarme con él? Tal vez te suene ridículo, pero ni siquiera sé qué creer. Sé que todos pensarán que exageré con mi modo de actuar, pero nada es como pensé que era. De pronto, los amigos ya no son amigos. Y mi hermano, ya no es mi hermano. Todo lo que pensé que tenía seguro, no lo es.

—Y tienes miedo.

El silencio contestó sin necesidad de palabras.

—¿Sabes algo curioso? —preguntó con una pequeña sonrisa—Te enojaste mucho conmigo cuando despertaste esta mañana y todo el día te la pasaste maldiciéndome.

—Aún te maldigo, Yoh.

—Pero sigues hablando conmigo—dijo, estirando sus piernas—A pesar de que saliste corriendo del hospital, seguimos conversando. Y eso me da esperanza, Anna.

Como cada día que iba a visitarla a su recámara después del incidente. Incluso con su madre, se había vuelto algo fría. Desconfiaba de todos a su alrededor, en especial de los hombres. Los psicólogos dijeron que sería una etapa temporal, algo normal para alguien que sufría un altercado. Las pesadillas no cesaron de la noche a la mañana. Innumerables veces rechazó a Hao. A veces sin siquiera dirigirle la palabra.

—¿Por qué tienes esperanza?

¿Por qué tendría que ser diferente con él? En su caso, no fue la excepción, se quedó detrás de la puerta, contándole anécdotas divertidas, aunque lo ignorara o no respondiera. Dos veces tocó la guitarra para ella, hasta que un día, se sentó en el pórtico a escucharlo cantar. Fue lindo volver a verla con un vestido, mientras sus ojos proyectaban lo que las palabras no.

¿Por qué tenía esperanza? Porque siempre pudo leer entre líneas sus pensamientos.

—Porque sigues siendo la niña más valiente que conozco—dijo, tomando aquel anillo con vigor—Sé que tienes miedo y que estas cosas te hacen dudar, porque no sabes en quién confiar. Ni siquiera en ti. Y eso lo entiendo, porque está bien tener miedo. No podemos ir por la vida confiando en todo mundo, aunque admito que a veces mi fe en las personas es muy grande. Pero…—emitió una melancólica sonrisa—Sólo… recuerda una cosa: has vencido antes a tus propios demonios. Y sé que podrás hacerlo ahora, sin ninguna duda, porque sigues siendo la temible, fuerte y autoritaria Anna Asakura. No dejarás que un idiota como yo o un Horo Horo Usui te hagan sentirte débil, porque de ningún modo lo eres.

Sólo necesitaba recordarlo.

Como aquella vez, que sin pensarlo se acercó a él para abordar sus sueños. Fue como un bálsamo en medio de cada tormentoso momento que se afanaba en revivir cada noche. A nadie más le permitió verla llorar. Sólo a él. Pero poco a poco pareció recobrar su entereza. No supo si fueron sus palabras o sus silencios. O tal vez las noches que le permitió quedarse en su recámara, cuando sus manos se entrelazaban y la veía dormir. Pero no fue él quien luchó con aquella terrible figura, fue ella, quien un día decidió volver a recuperar su vida de antes.

De pronto, el apoyo en su espalda se desvaneció, librando apenas la caída al interior del baño.

Como pudo se levantó, veloz, contemplando la estoica figura delante de él. Sus ojos brillaban, símbolo de cuánto había llorado, enmarcado de un ligero todo rojizo debajo de ellos. Pero no eran temerosos, de ninguna manera lo eran, había tanta decisión en ese mirar que fue imposible girar a otro lado.

Fue un minuto que duró una eternidad.

—Esto está mal—pronunció firme—Sabes que nada puede volver a ser como antes.

—Lo sé.

Sabía de antemano que no podría remendar su relación, aun así, le sonrió con ternura.

—Por suerte, lo tienes a él—añadió en un tono melancólico—Hao es el mejor hermano que podrías tener.

—Sí, lo sé.

—Tomará tiempo recobrarse, pero me alejaré de ti lo más que pueda—prometió entero, mirando el ligero parpadeo en sus ojos—Quizá ni siquiera me quede a la boda. Sé que no será algo que le guste a Hao, pero algún día lo olvidará.

Ella volvió a mirarle de ese modo.

Comprendió por qué a pesar de amar tanto a otras mujeres, nunca se atrevió a soñar con una casa llena de hijos.

—Iré a dormir a la habitación de Hao—dijo caminando al clóset para tomar su maleta— Mañana buscaré el modo de que podamos divorciarnos. Iré al casino temprano, averiguaré el nombre de la capilla y veré un abogado. Por suerte, aun dejé un poco de dinero aquí—bromeó, alzando la bolsa de efectivo—Y… algún día bromearás con tus hermosos hijos, que te casaste con un idiota en las Vegas, pero afortunadamente, también conociste al amor de tu vida en el proceso. No te preocupes, arreglaré las cosas, todo saldrá muy bien.

Y quiso salir de la habitación, antes de que toda esa mezcolanza fuera tan evidente para ella. No quería perderse de nuevo en su mirada. Pero cuando giró, ahí estaba, a centímetros de él.

—Quédate a dormir.

Sus manos sudaron y un ligero cosquilleó se arremolinó en su estómago. Comprendió porqué tenía tatuado en su mente aquellos ojos. Y porqué se conformaba con verla feliz en brazos de otros hombres, mientras él vagaría por el mundo buscando otras estrellas. Se preguntó cuánto tiempo se había mentido respecto a esas emociones. Y cómo bastaba esa forma de mirarlo para derrumbarlo.

—Necesitas descansar, no quiero molestar—respondió, sonriendo por última vez. solemne.

Pasó a su lado. No quiso volver su vista atrás. Era mejor, seguir adelante, enfocarse en el problema. No enrollarse en cosas que lo llevaran a más dificultades. Porque ahora comprendía que la droga no era la razón de este matrimonio.

Continuará…


N/A: ¡Hola a todos, queridos lectores! He terminado de escribir esta historia. Y está vez es muy en serio, me tomé un tiempo y como ya lo hago más rápido, pues me da tiempo de actualizar más seguido. Lo cual es raro, porque creo que ya no hay muchos lectores. Pero así pasa, muchas gracias por sus visitas y seguir en esto. Tal vez ya debería dejarlo, pero supongo que es también un poco por la nostalgia y que es un tanto liberador de la vida cotidiana. Fue un capítulo más largo, pero siento que era necesario con todo lo que llevaba, porque como son hermanos, no deberían sentir ese tipo de lazos tan fuertes. Aquí puse en especifico, porque las relaciones de Anna con Yoh y Hao son tan diferentes y cómo es que con Yoh puede hablar de una forma mucho más abierta, a pesar de que no son tan demostrativos físicamente.

Gracias a todos por leer.

Agradecimientos especiales: Sanabi.