Capítulo X
Apenas abrió la puerta del departamento pudo percibir el olor a comida. No fue extraño dejar la chamarra en el perchero, tampoco sentir unos brazos rodeándolo detrás, era algo habitual cuando salían y él volvía del extranjero.
—Por fin llegas…—dijo en un tono cariñoso—Pensé que tardarías más tiempo o que pasarías a cenar antes con tu familia.
Nunca le dijo a nadie que vivieron juntos varios meses.
—No, porque te dije que llegaría para cenar contigo, ¿no es así?
—Por supuesto, tú nunca fallas—respondió Tamao, quitándole la maleta de la mano—Acomódate, casi está lista.
Sonrió, aliviado, mientras descalzaba sus pies. El lugar era pequeño, pero era lo que sus hermanos describían como un sitio bohemio, sin paredes que ocultaran ningún rincón. Excepto por el baño, que estaba en el fondo.
—Te ves cansado.
Ni siquiera fue una opción, sino una clara afirmación.
—Estoy cansando—dijo, caminando a la barra de la cocina.
Tamao seguía picando las últimas verduras de una sopa, que a leguas se veía, estaba en su mejor punto de cocción. Era la costumbre, se notaba por la familiaridad con que sacaba cada aditamento. Que incluso él, no sabía bien dónde estaban guardados.
—Agradezco que no hagas un desorden en mi cocina—se atrevió a bromear Tamamura, cuando cogió dos vasos de vidrio del almacén.
—Sí… casi no cocino—pronunció el castaño.
—Nunca lo hiciste—añadió con una pequeña sonrisa triste—Siempre tuve que hacerlo, te parabas muy tarde.
—O me levantaba muy temprano—agregó en el mismo tono—Lo siento, prometo que un día cocinaré para ti. Por lo menos un día antes de que me vaya a Europa.
Ella sonrió, casi adivinando que no lo haría. Aun así, se mantenía fresca en la conversación sobre la gira en Europa. No era su culpa. En realidad, su noviazgo real duró poco tiempo. Retomaron la relación tantas veces fue posible, incluso amueblaron juntos el lugar en un intento por formalizarlo.
Hubo muchas ilusiones.
Y al poco rato, la rutina volvió a separarlos.
—¿Me darás hospedaje cuando estés en Italia?
—Por supuesto, tendrás tu propia habitación—respondió con una pequeña sonrisa.
Aunque tal vez no era la respuesta que quería escuchar. Hablaron de otras tantas cosas durante la cena, le contó su desventura a medias en las Vegas: los tatuajes de Chocolove, la mala suerte de Hao con la policía. Manta y Horo Horo durmiendo en un basurero.
—¿Y qué hay de Anna? ¿A ella no le pasó algo gracioso?
Era como si la vida le quisiera dar una bofetada, más porque Tamao siempre leía bien sus expresiones.
—Perdió su pasaporte cuando estábamos en el casino, tuvimos que ir a buscarlo.
—Creo que ustedes dos tuvieron buena suerte, no les pasaron cosas malas en el viaje.
—No—negó, bebiendo más agua—Quizá sólo porque se enamoró…
—¿Se enamoró? —preguntó, casi reteniendo un grito de emoción—¿Cómo fue eso? Cuéntame.
Relató a grandes rasgos la penuria de Ren, su encuentro con el enfermero de piso y lo bien que se llevaron en ese instante. Estaba harto de hablar de ese tipo, pero pareciera que el destino lo obligaba a subsanar los huecos con esas explicaciones melosas.
—Pero no te pongas celoso, sabías que algún día pasaría…—emitió al ver su cara de evidente molestia— Anna es muy bonita y si el destino lo quiere, los volverá a juntar y quizá… un día estés cargando a tus sobrinos.
—Sí, es cierto—afirmó tomando un largo respiro—No dudo que algún día esté cargando a mis sobrinos. Si el destino así lo quiere, así será.
—Así es, esas cosas no se eligen, sólo se viven—respondió la mujer, recogiendo los últimos platos—Vamos a dormir.
Asintió, estirando sus brazos. Tras una larga jornada, estaba agotado. Ella sacó una batadel clóset. Él optó por dormir sólo con un bóxer. Pensó por un momento en tomar distancia, pero estaba demasiado cansado para pasar la noche en el sillón.
¿Hace cuánto no descansaban en la misma cama?
Más importante, hace cuánto no lo abrazaba mientras dormían.
Pero todo estaba claro desde que terminaron la última vez, meses atrás. Hicieron hasta lo imposible por tenerse, se extrañaban, llegaban al sexo, volvían a intentarlo y luego: el hastío, los sentimientos de vacío, las peleas por cosas insignificantes, los sueños que dejaron por seguirse de forma mutua. Salir con otras personas, volverse a encontrar, seguir siempre en ese círculo vicioso.
Hasta que decidieron ser sólo amigos.
Observó su profundo respirar, mientras apartaba sus cabellos de su rostro. Siempre le pareció hermosa, no lo negaría, pero jamás pudo sentir esa llama de calor en su pecho que le animara a soñar más. Nunca sintió el impulso de correr a la joyería por un diamante, tampoco por poner en su dedo una argolla como la que colgaba en la cadena en su pecho.
Suspiró cansado, contemplando el techo.
Odiaba esas palabras que parecían formarse en su cabeza. Las odiaba, porque sabía que aunque fueran una completa y colosal locura, para él. Para su corazón, tenían más sentido que todas las teorías del universo juntas.
Pero nada en este mundo parecía ser de su agrado. Adquirió la campaña que tanto buscaba. Trabajaba para uno de los mejores políticos, él estaba interesado en sus propuestas y parecía respaldar sus decisiones. Debía estar feliz, no era fácil conseguir eso en un lugar tan cerrado, su carrera despegaba a grandes pasos.
No obstante, desde aquella noche estaba con un humor de los mil demonios. Tampoco la cena de bienvenida le cayó bien, no vio la hora a que los hermanos Usui se fueran. No es que Pilika le desagradara, de hecho, ella siempre fue de su parecer. Pero seguía molesta con Horokeu. Y en cuanto al resto, si podían desaparecerse de su radar un par de años, por ella mucho mejor.
— Llámame si necesitas algo—le aseguró Ren, una vez más.
Su conciencia lo torturaba, de eso no tenía duda.
Pero no tenía ánimo de hablar con nadie.
Durante los siguientes días, trató de permanecer normal: volver al trabajo, sumirse en la computadora—redactando los últimos puntos del discurso— detallando la cena de gala que se haría en honor de Silver en Yokohama los próximos días. Quiso cansarse tanto, que lo único que consiguió fueron dos sombras debajo de sus ojos. No tanto por el trabajo, sino por la inquietud que la carcomía cada noche.
Sabía— por su padre— que Yoh visitó la casa varias veces en su ausencia. No era extraño que no se vieran en la semana, pero era casi anormal que no se hablaran ni mensajearan al menos una vez.
Seguía molesta, pero al mismo tiempo, ese sentimiento de irritación se estaba combinando de muy mal modo con otro, que nada tenía que ver. Observaba los violines en su vieja habitación. Incluso llegó a poner en el auto uno de sus estúpidas listas de reproducción de ese cantante de pacotilla que tanto le fascinaba. También estaba su recién descubierto gusto por el jugo de naranja por las mañanas: dos vasos como regla.
Comenzaba a calarle está situación. Incluso su padre estuvo a punto de preguntar, cuando Hao les contó el motivo de su estado tan abstracto.
Cuántas veces tuvo que escuchar en la semana la historia del enfermero.
No lo conocía, pero ya lo odiaba.
Escuchó hasta los consejos amorosos de Mattilda, ante la molestia de Hao, que le pedía pasar la página ya. Resultaba difícil, cuando el problema era más complejo.
—Hombres hay muchos, mi niña—escuchó a su abuela, sentarse a su lado en el pórtico—No te tienes que estar desviviendo por uno.
De todas las personas, Kino era la única a quien no podía mentirle.
—No estoy desviviéndome por un hombre, abuela—negó frustrada, observando la ligera lluvia.
—Suspiras cada que vienes al jardín, es obvio que algo te preocupa.
—Las flores son bonitas en esta época del año, el aire es fresco—dijo sin un ápice de duda—Sólo quiero un respiro del trabajo.
—¿Y ese respiro tiene nombre y apellido?
Se sonrojó de inmediato, más por el tono tan jocoso que tenía para decirlo en ocasiones.
—Vamos, Anna, has salido con muchos hombres—alegó la anciana—¿Qué tiene de especial éste para que te hayas flechado a primera vista?
Lo único que quería era matar a Yoh.
—Nada, ya te dije que ese enfermero no significa nada.
—Pero te he visto—agregó Kino—Suspiras mucho cada vez que estás trabajando, incluso no has podido dormir nada bien.
Odiaba ser tan visible a los ojos de su abuela.
—Estoy bien, no me pasa nada, no estoy enamorada. Mis hermanos exageran estas cosas—replicó de mal humor—No es como si no hubiese tenido novios antes, como dices, he salido con muchos.
—Sí, pero éste es diferente—volvió a decir Kino, con la taza de té en mano—Tienes esa mirada triste, como si alguien estuviera afectando tus emociones. No trates de negarlo.
Por mucho que deseaba odiar esa mentira, era… lo único a lo que podía aferrarse. Alimentaba el rechazo hacia Yoh de forma casi natural. También lo justificaba. Y más importante, lo cubría de la pérdida real.
—Quizá… ese hombre no era tan… indiferente para mí como pensaba.
No era cosa de todos los días que reconociera su vulnerabilidad.
—Cuando conocí a Yohmei, tampoco pensaba que sería el hombre de mi vida—describió alegre—Era demasiado flojo, le gustaba perder el tiempo en cosas sin sentido.
Eso sonaba bastante a Yoh.
—¿Y cómo lo supiste?
Ella sonrió, con un reflejo de gracia. En parte porque el anciano estaba sentado con el periódico en su regazo, mientras dormía en una mecedora en el otro lado del pórtico y un mosquito parecía interrumpir su descanso por segundos.
—Aún no lo sé—confesó—Pero sigo esperando una señal negativa, que me indique que me equivoque de hombre. No ha llegado, creo que el correo ha equivocado nuestra dirección por años. Es un viejo decrépito, pero sigo sin aburrirme de él.
Bajó un momento la mirada, esbozando una tierna sonrisa.
—¿Qué hay del tuyo? ¿Qué lo hace tan especial?
También era un vago, para comenzar. Pero la conversación no era dirigida hacia él. Porque en sí, no tenía cabida en ningún concepto amoroso. Sin embargo, ahí estaba, flotando en su mente con cada referencia de su abuela.
—Tiene la sonrisa más pacífica del mundo—suspiró de nuevo—Él es… es… es…
No tenía palabras para describirlo. O quizá las tenía, pero eran tantas que no cabían en una sola concepción.
—¿Un tonto? —preguntó Kino, mirándola con fijeza después de un prolongado silencio.
—Un perfecto tonto—resumió Anna.
Volvieron a callar, sólo mirando la ligera brisa de la lluvia. A veces el silencio parecía ser más reconfortante que un montón de palabras insulsas. Kino le pasó la taza vacía y le pidió que trajera más té con galletas. Se levantó, preparando una infusión suficiente para cinco personas, no quería volver a darse una vuelta en la cocina en vano.
Llevaba la charola preparada, incluidas las galletas de avena que Keiko horneó por la mañana.
—¿Hablaste con ella? —escuchó la voz del anciano.
—Pensé que lo que decía Hao era demasiado idealista— respondió ella—Pero puedo notar que no es como cualquier otro enamoramiento. Lo que siente por este hombre es inmenso.
Él parecía estar meditando las palabras.
—¿Y lo sabes sólo por un par de preguntas? ¿Ella te lo dijo?
Sus manos perecían temblar por el peso de la tetera, más al oír la conversación entera.
—No, ella no me dijo nada—contestó firme—Pero cuando piensa en él, su mirada cambia por completo. Esto no es un amor simple, es algo auténtico.
—¿Cómo nosotros?
—No—negó feliz—Es mucho mejor, es más puro.
Pero sus palabras, lejos de ser un bálsamo, sólo estaban provocando en ella un hondo dolor en su pecho.
—Anna, ¿estás bien? —cuestionó su madre, al verla recargada en la pared.
—Sí—alcanzó a decir con esfuerzo—Me duele la cabeza, ¿puedes llevar el té?
—Claro, pero… ¿necesitas algo? ¿Una pastilla?
—No—respondió, pasándole la bandeja—Estoy bien, sólo necesito descansar.
O tal vez otra vida, porque cada vez que llegaba a su habitación era el mismo desafío: olvidar.
Después de todo el embrollo, se sentía mejor con la autorización del préstamo. Que no era cosa sencilla, porque tuvo que validar muchos papeles y ofrendar su departamento como garantía. Pero gracias a eso, volaría a Italia para no volver jamás.
—Se nota bastante entusiasmado por la gira Europea—comentó Amidamaru.
Entusiasmo no es la palabra que usaría para describir sus emociones respecto al viaje.
—Después que me comentó el incidente en las Vegas, estaba por conseguirle un empleo temporal en el conservatorio—añadió su representante—Están solicitando maestros para impartir la licenciatura de música.
Sonaba de lujo, excepto porque se tendría que quedar.
—No suena mal, la paga no es mala, pero preferiría vivir en Italia.
Terminó de revisar los instrumentos. Todo parecía estar en orden, acorde a los lineamientos que le pedían para la orquesta.
—¿Está seguro de marcharse antes? Todavía puede quedarse a la boda de su hermano.
—Muy seguro.
Argumentaría que necesitaba tiempo para ver lo de su casa en Verona. Amueblar no era cosa de días, el piano tardaría un mes en llegar. Luego el auto, los lugares del concierto. Conseguiría un empleo sencillo en una escuela de música en lo mientras. Trataría de distraerse, ir al museo, caminar, conocer otras personas. Qué sabía, lo único que deseaba era escaparse de esa cruel realidad.
De pronto, alguien tocó la puerta.
Fue una grata sorpresa ver a Manta, más porque con todo lo que atareaba su mente, no habían conversado, ni siquiera por teléfono, en casi tres semanas.
—¡Hola! Perdón si los interrumpo, no sabía que estaban en revisión—entró feliz, saludando a ambos con confianza—¿No es muy pronto?
—Ya sabes, es mejor empezar cuanto antes.
Aunque eso no sonaba nada como él, que casi siempre dejaba al último momento los detalles.
—En realidad… es porque me voy en dos semanas.
La reacción de Manta no pasó del todo desapercibida por Amidamaru, quién decidió llevar toda la documentación al departamento correspondiente, entendiendo la clara necesidad de ambos por charlar en privado.
—Veo que sigues preparando todo para la gira—dijo más repuesto—Esto seguro que te llevará a la fama mundial.
Suspiró, ser famoso no era su sueño, aunque sabía que el reconocimiento significaba mucho para subsistir.
—Sí, supongo.
—Pero… ¿por qué tan rápido? —preguntó en forma directa—¿Qué hay de la boda?
Volvió a suspirar.
—Tengo que arreglar muchas cosas allá, no creo que pueda estar a tiempo en los conciertos si aplazo el viaje.
Él no parecía estar muy convencido de sus explicaciones, más por la unidad que tanto los caracterizaba.
—¿Si estás consiente que Hao se enojará contigo?
—Sí, claro que sí—añadió tomando su frente—Sé que esto me hace el peor hermano del mundo, pero tengo que hacerlo.
Comenzar a explicarle le haría caer en el caos. Algo que trataba de eludir a toda costa cada que se presentaba la conversación. No sólo por las visitas esporádicas a la familia, sino la manera en que se presentaban, casi todas en un horario en que no coincidiera con la rubia y muchas veces hasta con Hao, porque ambos tenían cronogramas similares.
—Está bien, si no quieres decirme bien el por qué, lo entiendo—dijo resignado—Cuando gustes, sabes que estaré dispuesto a escucharte.
—Gracias, siempre eres un buen amigo, Manta—respondió palmeando su espalda.
Sonrió, esta vez, mucho más tranquilo.
—Gracias a ti—mencionó, bajando la mirada—Pero… en realidad, quería pedirte dos favores. Y decirte algo importante.
—Está bien, dime en qué puedo ayudarte, ya sabes que es un sí a todo.
Aunque comenzaba a intrigarse, más por la forma en que sudaba su pequeño amigo.
—Primero: Quiero que me ayudes a organizar una cena romántica y que toques una o dos piezas.
—Sí, está bien—respondió extrañado por la petición.
Porque bien sabía que no era muy fanático de dar conciertos privados, pero por él haría una excepción.
—Segundo: Quiero que me ayudes a escoger una joya para esa persona.
—De acuerdo…. Pero déjame decirte que soy malo para los regalos—dijo divertido— Amm… y a todo esto, ¿quién es la afortunada?
Manta volvió su vista al frente, casi mirándolo con culpa. La risa que comenzaba a formarse se extinguió casi por completo.
—Oh…
—Sí…. Pensaba decírtelo antes, pero nunca me animé—confesó muy avergonzado—Lo que quiero decir es que yo… estoy muy enamorado de tu hermana.
Tal vez hubiese preferido una patada en su entrepierna. Porque antes era difícil de aceptar. Presumía que los celos de hermano eran muy natural, en especial porque Hao lo tenía siempre pendiente de ella. Pero hoy, resultaba difícil ocultar su desagrado.
—Lo sé, lo sé, soy el peor amigo por fijarme en tu hermana—dijo, pegándose en la cabeza—Lo sé, y por eso quería decírtelo. Cuando me contaste de ese enfermero. Yo… pensé que si un extraño puede tener su oportunidad, por qué no yo, sé que no soy el ideal de todas las mujeres… pero de verdad quiero intentarlo.
—Entiendo….De verdad te entiendo.
Costaba mucho decir las palabras; más aún: sentirlas.
—Pero no estás de acuerdo.
—No, no es eso, de verdad entiendo y creo que tienes razón: mereces… una oportunidad—dijo, sonriendo un poco—Y agradezco que me lo digas, pero no soy yo quien debe darte aprobación, sino Anna.
Pudo notar un suspiro de alivio por parte de su amigo. Ojalá pudiera hacer lo mismo.
—¿Entonces me ayudarás?
Asintió suave.
—Bien, porque reservé el restaurante más caro de todo Tokio. Aunque conociendo a Anna, seguro eso no va a impresionarla. Quiero poner sus flores favoritas…
Comenzó a relatarle los pormenores.
—Sus cumpleaños serán la siguiente semana, así que no le resultará tan extraño que quiera invitarla a salir—mencionó emocionado—Después quiero decirle lo que siento por ella. ¿Crees que es demasiado?
Volvió a suspirar.
—Creo que es un lindo detalle, a ella no le gustan las sorpresas, pero pienso que es porque la hacen sentirse nerviosa—describió, recordando las muchas veces que la recibió con regalos especiales— Ama las rosas rojas, si las combinas con tonos rosados, las adorará aún más. Le gusta la comida japonesa, pero siempre ha querido probar platillos del mediterráneo. No le gustan las multitudes, se siente abrumada cada vez que ve mucha gente, supongo que no se siente tan segura, aunque ella te haga pensar lo contrario… entonces… basta con que tomes su mano y le digas que… huirás con ella a cualquier sitio. Eso… siempre la hace sonreír.
Él esbozó un tierno gesto en su rostro.
—La conoces muy bien.
—De toda la vida, como tú—respondió con una sonrisa algo triste—Mi hermana, mi cómplice, mi mejor amiga…. Mi… pequeña chica especial.
—Ahora también será mi chica especial—dijo palmeando su hombro—Te prometo que la cuidaré y la querré tanto como tú.
Con todo el amor que él jamás podría darle.
—Lo sé, eres el mejor prospecto.
Continuará…
N/A: ¡Hola de nuevo! No ha sido tan larga la espera por un nuevo capítulo. Qué bueno que les agrade, hace muchos años quería terminar de escribirlo. Por desgracias del destino, se eliminó el borrador y eso me retrasó hasta ahora. Como siempre, es divertido ver sus puntos de vista. Aquí ya se nota más la forma en que Yoh y Anna estaban conectados porque la distancia les afecta a los dos, de un modo u otro. Inicialmente, Anna iba a caer en depresión por todo el asunto, pero decidí darle un giro diferente al que tenía proyectado hace años, aunque sigue la misma línea, pero siento que va más acorde a ellos, el tratar de continuar e ignorarse lo más posible. Lo de Tamao me parecía necesario, porque era la conexión más cercana a Yoh con el compromiso. Pero no hay problema, como leyeron en el principio, sólo son amigos.
Agradezco todos sus comentarios y sus atenciones. Me despido, nos leeremos muy pronto.
Agradecimientos especiales: Guest, Guest, JanneST, anneyk, Guest, Carlos29, Guest, Penurias Chan, AkariGB.
