Capítulo XI

Pensó que cada día que transcurriera sería más fácil de sobrellevar. Para su desgracia, el destino estaba empecinado en recordarle la mísera existencia de su hermano. Si Hao no lo mencionaba a él o al enfermero al menos una vez durante la cena, no estaba complacido. Después estaban sus abuelos, que para su extraño modo de vida, decidieron quedarse hasta la boda. Eso no le incomodaba —siempre consideró su compañía algo necesario— pero sí lo hacía cada vez que le pedían hacer una llamada a Yoh.

Más de una vez tuvo que argumentar que su teléfono no tenía suficiente carga.

Luego el estúpido de su hermano mayor, agarraba y sacaba el móvil de su bolsillo. ¡Cómo si no pudiera hacerlo él!

Situaciones así la irritaban. Apenas Yoh tomaba la llamada, le pasaba el teléfono a su abuela. Para todos era obvio que estaba molesta.

—¿Aún no lo perdonas? —ironizó el castaño, siguiéndola a la cocina—¡Qué tan perfecto era el tipejo ése!

Y sobre todo, odiaba tanto la mención de un sujeto que ni siquiera recordaba.

—Eso a ti no te importa, Hao—dijo, dándose vuelta para marcharse a su habitación.

—¿Qué no me importa? —cuestionó, tomándola del brazo—Cómo no va a importarme, ustedes nunca se habían peleado de esta manera. Y aunque me gusta que me prestes más atención, tampoco puedo quedarme parado a ver cómo se pelean por un imbécil.

Permaneció callada.

Hao podía ser intenso cuando quería. Más cuando la situación era crítica, también era el primero en prestarles ayuda. Pero no podía ser más difícil. En verdad, no podía. Cada vez que tocaban el tema, aparecía ese hombre como única salvación.

—No lo entenderías.

—Quiero entenderlo—reiteró, acercándola con más decisión—¿Qué provocó en ti ese hombre como para que dejes a Yoh de lado?

Lo peor es que tenía que seguir mintiendo.

—Hao—escuchó el tono de advertencia de la abuela—Será mejor que dejes a mi nieta en paz.

Volvió su vista a ella y la liberó del agarre, mientras tomaba el celular que le ofrecía la anciana.

—Al parecer, Yoh está muy ocupado con la dichosa orquesta.

—Ah, sí, la dichosa gira—agregó el castaño— Y pensar que todavía tiene que organizar mi otra despedida de soltero.

Seguro estaba bromeando.

Él sonrió sin vergüenza.

¡Pero es que no le había bastado con todo el desastre de la última!

—Vas a tener que ayudarlo—sugirió su hermano.

—¡Yoh es lo bastante grande para encargarse solo!—replicó de inmediato— Además, para qué diablos quieres otra borrachera.

—¿Cómo para qué? ¿Ya viste con la bruja que me voy a casar?

Mattilda objetó casi en automático desde el comedor, mientras Kino permanecía callada, mirándolos con una expresión analítica.

—Es por gusto, no por obligación—quiso finalizar la discusión.

Pero se detuvo cuando vio a su padre entrar con un regalo en forma de corazón. Dudó que fueran para la abuela, en especial por esa mirada inquisidora de su progenitor.

—¿Quién envió eso? —preguntó de inmediato Hao.

Ella tenía la misma interrogante, en especial porque el obsequio tenía la mezcla de flores rosas y rojas, en varios matices.

—No lo sé, pero ya te dije, Anna….—dijo Mikihisa, colocando la caja a su alcance—No mezcles el trabajo con cuestiones personales, no sabemos qué clase de personas son esos políticos.

—¡Oh ya vas a empezar! —exclamó la anciana—Si ella quiere, que se case con el próximo Primer Ministro, a ustedes no debe importarles.

Pero ninguno de los dos hombres cedió un milímetro en su postura. Al contrario, una ligera discusión se suscitó en la cocina. Mientras ella tomó el obsequio y lo subió a su recámara, casi pasando desapercibida por el resto de los ocupantes en la mesa.

No parecía ser un regalo de Silver, de lo contrario el teléfono habría sonado. Además, que le había visto en compañía de una abogada la semana pasada. Admitiendo que el electorado se sentiría atraído por una historia de antaño. Conocía a la mujer desde su infancia.

Se sentó en su escritorio. No era la primera vez que recibía flores. De hecho, resultaba bastante común. Sin embargo, le pareció curioso sentirse atraída por el detalle. No sólo por la forma sino por los tonos de las rosas. Todos casi siempre le enviaban las rojas, sin importarle la cantidad.

Abrió la tarjeta.

Te veo poco, pero te pienso mucho.

Sin firma.

No quería hacerse ideas absurdas, pero sólo su nombre cruzó por su mente. No había más pretendientes, al menos no de los que tuviera conocimiento, tampoco es como si él fuera uno. Porque no tendría sentido, ¿por qué haría algo así? ¿Y por qué ese mensaje cuando ni siquiera se hablaban entre ellos?

Suspiró, arrugando el papel, hasta tirarlo en el cesto de basura.

Giró su cabeza para ver la caja y acarició los pétalos de las flores. Nadie más sabía que le gustaban esos colores. Siempre pregonaba que lo suyo era más los colores ardientes. No los tonos pastel, ni suaves. Sólo él lo sabía, porque dos veces lo acompañó para mandarle a Tamao un bouquet de aniversario.

Dio vuelta al cartón: la misma florería.

¿Qué no se supone que seguía saliendo con Tamamura? ¿O es que ya la había terminado de nuevo? ¿Por quinta o sexta vez? Por mucho que quisiera ignorar su enfado, a veces no podía. Algún día se iba a dar cuenta que esa mujer no era para él. Eso no debía importarle, es más, debería sentirse tranquila de que estuviera lejos de ella. Pero en ocasiones como éstas, en pequeñas y diminutas grietas en esa faceta dura, también lo pensaba mucho.

Luego golpeaba su frente, se recostaba en el futon, miraba el techo y volvían los recuerdos. ¿Por qué no podía solo perder la memoria? ¿Por qué cada vez que cerraba sus ojos, evocaba los suyos?

Sobraba decir que su familia no dejó de cuestionar el presente, incluso Mattilda colocó en la mesa una tabla para dar con el nombre del responsable. A Hao eso le parecía absurdo, más que su silencio. Pero no mentía, cuando les afirmó que el arreglo fue anónimo.

—¿Qué de extraño va a ser? Pronto cumpliremos años.

—Es cierto, hay que hacer una reservación el viernes—comentó su madre.

Eso parecía ser algo habitual, hacer una celebración en conjunto para los tres. Nada fuera de lo normal, excepto que llevaba sin saber de él más de un mes. Sería raro.

—Espera, Keiko, qué tal y Anna ya tiene planes—intervino Kino— Porque seguro ese prospecto tuyo, ya debe estar por preparar algo, ¿o no?

Se sonrojó con la sola mención. Ni siquiera había pensado algo así.

Hao y Mikihisa la miraban con mayor curiosidad.

Por supuesto, trató que todo ese color desapareciera de sus mejillas. No es como si estuviera pensando en él de ese modo. ¡De ninguna manera!

—Pues yo sí tengo una sorpresita para ti, mi querido novio —añadió Mattilda, colgándose de su cuello, desviando un poco la atención hacia ella—Llevo preparando esto desde el día que nos conocimos.

—Espero que no sea un ritual satánico.

—Para nada—negó, besando su mejilla—Eso será después de que tengamos nuestros primeros diez hijos.

—¡Diez hijos! —exclamó sorprendido—Con esfuerzo terminé de pagar y arreglar el departamento, no puedo creer que pienses en niños tan pronto.

Así la conversación dejó de centrarse en ella, porque la discusión comenzó a ser graciosa.

Después le agradecería a Mattilda la ayuda, ahora lo único que requería era un lavado de cerebro. Y por momentos pensó que lo conseguiría en días posteriores, más con la carga de trabajo, pero cuando su alterna llegó con una caja de chocolates suizos, sabía que esto no podía ser mera coincidencia.

—Debo admitirlo, me siento celosa de ti—dijo Ayumi, emocionada al ver una pequeña tarjeta encima—Ambas sabemos que no es Silver.

No, él estaba concentrado en el romance de infancia.

—¿Y bien, Asakura? ¿Vas a leerla? —dijo ahora su jefa—No todos los días llega el cartero con una caja escandalosa de trufas.

Lo sabía, por eso mismo sus dedos no querían ni abrir el sobre:

Te dejo esta notita para que sepas que te quiero.

Otra vez, sin emisor.

Si pensó que recibir regalos en presencia de su familia era escandaloso, el espectáculo que montaron en la oficina fue peor. Más por el sonrojo tan notorio en sus mejillas. Lo único que desvió el tema fue que Ayumi repartió la caja por todo el piso. Y su jefa no dejó de halagar al pretendiente, porque el recipiente era enorme.

Esto no era una coincidencia. Porque de todas las marcas y los sabores le mandó los que quería que le mandara cuando estuviera en Europa.

—Hay que reconocerlo, él sabe cómo llegar al corazón de una mujer—describió su alterna—Ojalá un día salgamos todos juntos. Eso sí, yo pido a Yoh, ya que Hao es papa casada.

—Yoh también lo es—argumentó molesta, casi sin pensarlo.

¡No podía creer que había dicho eso! En primera, porque era su hermano. Y en segunda, porque no era algo que quisiera explicar a nadie.

—¡De verdad! Nunca me contaste que ya tuviera novia—dijo decepcionada— Pensé que estaba soltero. ¿Tamao otra vez?

Al menos no lo entendió en la forma más literal posible. Volvió a mirar la computadora, tratando de concentrarse en algo que no fuera el castaño.

—Sí, Tamao otra vez. No sé por qué te pones triste, si sabes que se va a ir—argumentó molesta, al verla bastante decaída.

—Es cierto, me consuela saber que se va, porque si no la que traería el anillo de compromiso sería yo, futura cuñada.

Si no hubiese comido un chocolate, diría que la mención le agrió hasta el alma. Más porque todavía examinaba su anillo antes de dormir. No creyó que verlo a futuro con alguien pudiera incomodarla, pero pasaría. En Europa se enamoraría de alguien y viviría con ella en una de esas casas rústicas. Beberían vino, verían las estrellas en el techo… tendrían hijos.

—¿Y qué hay de ti? —cuestionó, sacándola de su ensoñación —¿Acaso no lo extrañarás? Se va lejos un buen rato.

Para su desgracia: ya lo hacía.

—¿Y… ya tienes plan para tu cumpleaños? ¿No es este viernes?

No era algo que quisiera recordar, en especial porque la mayoría de los planes los hacía con Yoh. Dado que Hao tenía novia, se unía con ellos después. Luego, lo habitual, una reunión con la familia al día siguiente, nada extraordinario. Pero ahora, parecía que cada quien haría sus planes por separado o eso… sería lo ideal.

Luego tomó la nota del regalo.

—Bueno, si no tienes planes, avísame—dijo, dejando sobre el escritorio el último cambio del discurso—Sabes que podemos ir a un bar cercano. Incluso podemos llevar a tu galán.

Los días subsecuentes llegaron regalos pequeños. Incluso se sorprendió de ver un ejemplar de pasta dura del clásico: Orgullo y Prejuicio. Tenía uno en casa, pero esta portada siempre le fascinó. Era difícil de conseguir, por lo que requería no sólo tiempo, sino bastante dinero. Dos cosas de las que Yoh carecía, puesto que Yohmei se quejó con Mikihisa de la falta de atención de su hijo. En cuanto al dinero, sabía bien que no tenía demasiado, menos lo gastaría en banalidades.

Pero su expectativa iba en aumento.

Por mucho que lo negara, era claro que Yoh no sólo era su hermano, sino su mejor amigo. Por todos los detalles que sabía de ella, que nadie más.

Cualquiera en su sano juicio se habría vuelto loco por ti.

Una de sus frases favoritas del libro. Abrazó el ejemplar, antes de guardarlo en el cajón de su escritorio. No quería sentir nada, trataba de no alimentar pensamientos traicioneros, pero parecía imposible hacer caso omiso al método de conquista. Es sólo que no lo entendía, sabía de buena fuente que estaba muy atareado con la orquesta y el ensamblaje de las piezas musicales. Por qué no sólo hablaban en vez de estar en este estúpido proceso de conquista.

¿Por qué? ¿Para qué? No comprendía. Ella no había dado ninguna señal de que quería que lo hiciera. Y no deseaba que siguiera. Pero tampoco le enviaría un mensaje para reclamarle los regalos. Una parte en su interior se debatía por tirarlos a la basura. Otra por devolverlos, pero al hacerlo, estaba aceptando que era él quien los enviaba. Lo cual era una locura, porque esto gritaba a todo pulmón: romance.

¡Y ellos eran hermanos!

¿En qué diablos estaba pensando Yoh?

Bufó molesta cuando entró a su casa. Parecía bastante silenciosa, hasta que oyó en el fondo cómo discutían Mattilda y Hao, como cosa habitual cada dos o tres días.

—He llegado.

Yohmei fue el único que escuchó, en parte porque estaba en la sala.

—Parece que te llegó correspondencia—dijo su abuelo, leyendo el diario—Como cosa rara en la semana, parece ser.

Tomó las cartas de la mesa, evaluando las cuentas que le correspondían y halló uno rosa. El anciano la miró con fijeza, casi adivinando sus pensamientos.

—¿Sabes…? En eso te pareces mucho a tu abuela—reconoció con una pequeña sonrisa—Las dos pueden ser tan inexpresivas, pero cuando algo las emociona, son los seres más transparentes del mundo.

Anna se sonrojó de forma evidente.

—No te voy a juzgar, es más, deberías ir y leerla en tu habitación—le sugirió volviendo al periódico.

Eso estaba rayando en lo ridículo, pero no objetó a la sugerencia. Sus padres estaban en la cocina terminando la cena, así que poca atención prestaron en el momento que pasó para subir las escaleras. Trataba de actuar normal e indiferente, como si nada pasara.

Aunque era claro que pasividad era lo último que pasaba por su mente en el instante de abrir la carta. No era el largo texto que pensó que añadiría, ni las explicaciones que buscaba. Se limitaba a una invitación con destellos dorados al restaurante más caro de todo Tokio.

Quiero estar contigo en el día más especial del año.

Acompáñame a mirar las estrellas.

Por más que trató de reprimirlo, una pequeña sonrisa se asomó en su rostro.

¿Qué era eso que sentía? ¿Ilusión? Por más que quiso evitar que eso trasluciera, fue difícil para su familia no ver su actitud tan pensante. Jugaba con la comida, tenía hambre, pero al mismo tiempo se sentía tan llena.

Akachan, le dije a Mattilda que deberíamos salir a celebrar con tus amigos de oficina a un bar karaoke mañana—carraspeó el castaño, llamado su atención.

—Y yo le digo que tú preferirías salir con tus amigos sola, al menos una vez en tu vida—agregó su novia.

La mirada fría de Hao no se hizo esperar.

—Y yo le digo que un estúpido concierto no me importa.

—Y yo te digo que son boletos exclusivos. ¡Primera fila! ¡Un concierto privado para treinta personas! No me pasé toda la semana pegada al radio y la televisión, escuchando a esa ridícula banda inglesa que tanto te gusta solo para que digas que no quieres ir.

—Es que es irrelevante—respondió Hao—Además, no te costaron dinero, los puedes vender y puedes comprarme algo con eso. Seguro te pagarán mucho dinero.

Ella apretó un puño, dispuesta a pegarle si era necesario, cuando Anna los miró, casi tan tranquila como siempre.

—Ve al concierto.

—¿Qué? ¿No me escuchaste? Ya te dije que no es importante.

—Yoh y yo ya tenemos planes para la noche—declaró, ante la sorpresa de todos—Vamos a ir a cenar y quizá después vayamos al cine, eso aún no lo sé bien. Pero si lo que te apuraba era eso, puedes irte tranquilo.

En cualquier otro año, esto sería más algo que pasara desapercibido y odiaba esa atención. Sin embargo, su cuñada se estaba volviendo experta en lidiar con situaciones tensas.

—¡Lo ves! Te dije que no era necesario que renunciaras al concierto.

—Espera, espera—la detuvo el Asakura—¿Desde cuándo tú e Yoh volvieron a ser tan súper unidos?

—Eso no importa—respondió comiendo el primer bocado de sushi—Todo está bien.

—¿Todo está bien? ¿O es porque te vas a ir a joder con el tipo que te está mandando basura?

Su abuela le pegó un bastonazo en la cabeza y su madre no tardó en recriminarle su poca educación. Fue una batalla campal, casi establecida por géneros. Sólo Yohmei se quedó al margen, terminando el té, mientras ellos discutían airosos. Quedó patentado que Mikihisa desconfiaba de su arreglo, porque se puso de parte de su hijo sin dudarlo.

—Anna, eres lo suficientemente inteligente para dejarte convencer por unas cuantas flores y regalos tontos—añadió con dureza Hao—No quiero que te encierres a llorar en tu cuarto porque un bastardo se propasó contigo. Porque aunque no lo quieras admitir, te falta madurez emocional.

Las palabras fueron duras, más porque venían de él. No quería sentirse vulnerable, pero no podía negar que escucharlo hablar de esa manera le afectó. A veces no comprendía cómo podía pasar de ser el hermano más cariñoso y comprensivo, a ser el hombre más cruel.

Todos callaban, esperando la respuesta, cuando recordó las palabras de Yoh:

No dejarás que un idiota como yo, o un Horo Horo Usui te hagan sentirte débil, porque de ningún modo lo eres.

Entonces confrontó su mirada.

—Agradezco tu preocupación, Hao—dijo tranquila—Y sé que ante todo, buscas los peores ángulos para no sentirte amenazado de sorpresa. Lo que haría un buen abogado. No esperar el golpe de la nada—agregó ante la extrañeza de todos—Pero no necesito que me cuides más, tal como dijo Mattilda, puedo hacerlo por mi cuenta. Padre—dijo mirando con atención al hombre en el centro—No tengo diez años. Sé que lo que pasó en Aomori fue un suceso bastante perturbador, pero desde hace muchos años, no pienso en eso. Ni ha sido un limitante para salir con otros hombres. No puedo estigmatizar a nadie basándome en mi pasado.

Entonces se levantó de la mesa, creando aún más expectación.

—No me importa si no creen en mi palabra, no tengo por qué detallarles mi vida personal. Así como yo nunca he pedido explicaciones de las suyas. Lo que quiero compartir con ustedes, lo hago, nadie necesita obligarme o condicionarme para dar explicaciones—agregó firme, caminando hacia la salida—Así que disfruta tu cumpleaños, Hermano. No cualquier chica se desvive por ti para llevarte a la mejor experiencia musical de tu vida.

Y con eso, desapareció de su vista. Sabía que no era algo que muchos esperaban. Pero cuando subió las escaleras y escuchó a Mattilda aplaudirle no pudo evitar sentirse satisfecha. A veces necesitaba dejar en claro que no era la chiquilla miedosa que bajó corriendo de Osore. Y tampoco parecía ser la mujer que se fue antes del viaje a las Vegas.

El día siguiente, su madre la sorprendió con una caja blanca bastante grande. Ella y su abuela parecía que habían ido de compras días previos, porque la anciana también se notaba expectante por verla abrir el regalo.

Encontró un vestido corto color negro de mangas largas, de aquella marca cara que tanto le gustaba, pero de la que aún no tenía ni una prenda por lo excesivo del coste. Miró a ambas, interrogante.

—Tu padre también ayudó—dijo su madre, con una pequeña sonrisa

—Además, tú lo dijiste, no eres una niña para que te regalemos bufandas—añadió Kino.

—O gorros tejidos—complementó Keiko.

Agradeció el gesto, más cuando notó en los ojos de su padre la culpa. Pero tampoco es como si estuviera enojada, no era la primera vez que discernían en sus opiniones.

—¿Puedo darte un abrazo? —cuestionó el hombre, algo tímido.

—No veo objeción para eso—respondió, acercándose a él, en la entrada de su habitación.

Pudo sentir el calor de sus brazos, envolviéndola casi de inmediato: con fuerza y firmeza.

—Lo siento, Anna, sé que a veces soy un tonto en estas cuestiones—dijo a su oído—Pero para mí siempre seguirás siendo mi pequeña niña.

Negar que esas palabras no le calaban sería mentir, más por los ojos algo vidriosos que se asomaban en él.

No fue fácil, tampoco recibir las felicitaciones de Hao en el móvil. Después de la tormenta, siempre llegaban las disculpas almibaradas. Era un clásico de su hermano mayor: cortar y pretender curar con una bandita. Y cada hora que transcurría, mientras no tenía que lidiar con más palabras alusivas a la fecha, pensaba en la invitación de Yoh.

Declinar no era una opción. Había tomado la decisión antes de empezar la acalorada charla con Hao. Sin embargo, tenía que poner en orden sus ideas y prioridades. Cada tarjeta era una sutil referencia a romance. ¿Era eso lo que quería? Es decir, tenía más dudas, que respuestas a cada misiva. ¿Por qué? ¿Y en qué momento él había volcado sus sentimientos hacia esa dirección?

Tal vez la ausencia estaba pesando mucho en ella.

Suspiró agotada, una vez que estuvo frente al espejo y contempló lo bien que le sentaba el vestido negro. Llevaba los zapatos dorados en una mano y su cabello estaba atado a una coleta alta. No había escotes reveladores, sólo lo mucho que lucían sus piernas con la prenda.

Mikihisa la observó de reojo cuando pasó y esperaba el auto en la entrada de la casa.

—Creo que va a llover, ¿quieres que te lleve?

—No es necesario—dijo, colocándose el abrigo—Pronto llegará mi coche.

—Está bien.

El silencio volvió a predominar, al menos unos minutos más, en cuanto miró que el vehículo se daba la vuelta para aparcarse en la entrada.

—Anna…. Sé que no debo meterme, pero… sea con quien sea que vas a cenar, porque es obvio que no será con tu hermano—dictaminó al verla con ese gesto de resignación—Sólo… cuídate.

Sonrió y se acercó a besar su mejilla.

—Eso hago, no te preocupes.

Él asintió, acercándose al vehículo para abrirle la puerta. El trayecto fue largo. O quizá fue de ese modo por la impaciencia que la recorría. No todos los días visitaba lugares tan caros ataviada en un atuendo de lujo, el día de su cumpleaños. Y en definitiva, no todos los días cenaba con su hermano en plano romántico.

Siguió las instrucciones: preguntó por una reserva a su nombre y esperó, mientras contempló el techo de cristal. Tal como decía la nota, era como cenar bajo las estrellas. Flores a su alrededor, las rosas de diversos tonos y velas en el centro.

Si tenía duda de la intensión, todo parecía ser más claro ahora.

—Perdón si te hice esperar, sabía que el tráfico sería algo difícil de eludir.

Escuchar su voz la sorprendió, en especial porque veía cómo llegaba apurado, acomodando su saco negro.

Fue confuso, más cuando se sentó y le ofreció una pequeña sonrisa.

—Seguro no soy quien imaginabas—dijo más tranquilo.

Para ser francos: no. Y esperaba que su rostro no denotara la… ¿decepción? ¿Podía tildarlo de ese modo? ¿Eso que sentía era una opresión en su pecho? ¿Estaba defraudada de que no fuera Yoh?

—No… Pero tampoco sabía bien qué esperar—confesó con franqueza— ¿Por qué no sólo llamaste y ya, Manta?

¿Por qué crear expectativa ante algo que era mentira?

—Creo que porque no sabía qué esperar tampoco—bajó la mirada—Qué tal y decías que no.

¿Por qué diría que no? Se conocían de toda la vida, eran amigos desde la infancia.

—Además, pensé que sería más lindo hacerlo de este modo—añadió tomando una caja con un moño encima, hasta deslizarlo de su lado—Feliz cumpleaños, Anna.

Suspiró, sintiéndose estúpida.

¿Por qué creyó que todo eso era obra de Yoh? Sí, las rosas no es como si fueran flores únicas. La florería, seguro Manta se la había recomendado primero. ¿Las tarjetas? Eran lindas, pero no detallaban demasiado. Salvo cariño y afecto sincero. ¿El libro? Las estadísticas decían que era uno de los más leídos por las mujeres. Era coleccionista de algunos ejemplares, qué de raro tendría que le mandara uno de forma personalizada. ¿Los chocolates? ¿Qué no decían que los suizos eran potencia mundial en eso?

Quiso reírse con amargura, mientras quitaba el listón del regalo. En realidad lo que quería era desaparecer en ese instante, pero no quería desairar sus buenos deseos. Él se notaba emocionado, podía verlo en lo expectante que se hallaba cuando destapó la caja.

Sonrió con ternura.

Era un lindo corazón rosado de cristal.

—Te prometí que ganaría uno hace muchos años, en un año nuevo, ¿recuerdas?—dijo esperanzado de que reviviera aquella memoria.

Y trató de evocarlo.

—Fue cuando Yoh perdió y le dije que yo lo intentaría—describió más a detalle—Teníamos quince años, estabas algo abrumada con la gente. Entonces fuimos a jugar tiro al blanco. Ninguno ganó nada, pero tú querías…

—El dije de corazón—completó, volviendo su vista al objeto—Y dijiste que el año siguiente volveríamos por él.

Asintió, colocando una mano sobre la suya.

—Tardé un poco, pero espero que te guste.

Tenía que admitirlo, era un lindo detalle. En realidad, todo el conjunto.

—Gracias, Manta.

Sonrió, sintiendo la caricia en su mano.

Fue extraño, mas no incómodo.

Segundos después, el mesero cortó esa extraña atmosfera. Encendieron las velas, bajaron la luz, colocaron algunos aperitivos en el centro y dejaron una botella de vino sobre la mesa. Esperaba ver la carta, pero al parecer el menú ya estaba encargado. Lo que le generó curiosidad, ya que jamás había tomado tanta iniciativa como para decidir por ella.

Comenzaron con una entrada: una ensalada griega. Subsecuentes platillos llamaron su atención, en especial por el banquete que se suscitó unos minutos después. Fue tal la cantidad de comida, que dudó que fuera para dos personas. Aunque tenía que reconocer que el sabor era exquisito, sintió curiosidad por saber qué lo había llevado a pedir comida mediterránea en vez de la convencional comida japonesa de alto rango, que servían en el restaurante.

Estaba por formular sus cuestionamientos, lejos de la charla en la que estaban, donde le relataba las nuevas fechorías de su hermana. Entonces su piel se erizó con el primer sonar de las notas de Chopin: Nocturno. Tuvo que sostener su respiración por la suavidad del violín.

Sabía que estaba detrás de ella.

Aunque trataba de concentrarse y comer, incluso responder a los ligeros comentarios de Manta, resultaba difícil pasar bocado, más aun formular oraciones coherentes. Atinaba a contestar cosas acertadas, porque Oyamada se notaba satisfecho, algo bueno estaba haciendo su subconsciente, porque razón no tenía en ese momento.

Los aplausos se escucharon unos minutos después. Siguió con Debussy y una pieza que evocaba el claro de luna. Los meseros intervinieron, llevándose todos los platos y colocando dos rebanadas de pastel de chocolate con frambuesas en la punta. Cerró los ojos unos segundos, sólo dejándose llevar por la música del vals de medianoche.

—Chocolate suizo—pronunció Manta, obligándola a volver a la realidad—Espero que te guste.

Por supuesto, no esperaba otra cosa para terminar tan glorifico banquete.

Tomó el primer fragmento. Quizá era la vibrante combinación, no sabía con precisión, pero sentía que aquello resultaba hasta afrodisiaco.

—Por cierto, no te lo dije antes, pero… creo que hoy te ves muy hermosa—dijo colocando de nuevo una mano sobre la suya—Aunque en realidad tú siempre te ves hermosa.

—Gracias—puntualizó extrañada.

—¿Es un vestido nuevo? —dijo tomando más confianza, incluso acercándose a ella—Espera, creo que te ensuciaste un poco con chocolate.

Tomó la servilleta y volvió a inclinarse en su dirección, limpiando la comisura de su boca. Eso podría catalogarse de un trato íntimo. Quizá porque eran amigos de toda la vida lo consentía sin abofetearlo, pero algo más llamó su atención y era la intensa mirada que le dedicaba. Fue atrayente, reconocía la decisión en ese mirar, también el modo en que tomaba con mayor firmeza su mano.

—Hay algo importante que siempre he querido decirte.

En ningún momento se retiró y los aplausos no impidieron que él siguiera acercándose. No supo bien en qué momento se tomó la libertad de apartar un mechón de su cabello, que caía en su mejilla. Ni por qué lo hizo. Ni por qué acarició su piel en el proceso.

Era quizá la magia del momento el que la hizo caer presa de ese hechizo. O tal vez era la impresión, porque lo que él trataba de transmitirle era algo de porte más personal.

—Anna, yo….—susurró tomando su mentón.

¿Estaba demente o acaso iba a besarla?

Pero antes de completar lo que fuera a hacer, escuchó los primeros acordes de una briosa melodía. Era tal el sonido, que no dudó ni un momento en voltear a verlo. Y ahí estaba, con el saco negro, la camisa abierta hasta el tercer botón, el cabello amarrado—pero con mechones amenazando por caer sobre sus hombros— en parte por la fuerza que inyectaba al tocar el violín.

Jamás lo vio tan impetuoso, seguro y… no podía negarlo, estaba fascinada.

Ni un titubeo. Todo cuanto Yoh proyectaba era pasión al sonar de cada cuerda, mientras interpretaba una mejorada versión de Smooth Criminal, la canción que le había dicho: algún día tocaría mejor que el alemán.

—Wow….

La expresión de Manta se quedaba corta.

Incluso en los más bajos acordes, el instrumento se escuchaba con gracia y el final, aquel glorioso cierre terminó por dejarlo con el cabello suelto.

Él respiraba agitado.

A ella se le fue la respiración.

Entonces abrió los ojos. El aplauso del público fue tal que estaba segura quedaría sorda un par de minutos. No obstante, nada de eso importó. Su piel se erizó, la poca fortaleza se esfumó. No sabía cuánto necesitaba su verlo hasta que sus miradas conectaron, por lo que juró pudo ser una eternidad.

Después su vista subió, tal vez enfocando a Manta.

No supo descifrar el mensaje que enviaba, ni por qué aquel suspiro tan prolongado, a pesar de que varias personas se acercaron a estrechar su mano. Fue una lluvia de alabanzas. No quiso ser invasivo, lo supo por el momento en que guardó sus cosas con rapidez y se marchó con apenas una ligera inclinación, como siempre hacía cada que terminaba una presentación.

Sería extraño decirlo, pero su corazón no mentía cuando tuvo el impulso de pararse e ir tras él. Sabía que era ridículo, pero cómo podía sosegar ese deseo que la carcomía por dentro. ¿Cómo podía volver a sentirse tranquila de nuevo? Si no estaba Yoh para calmar su ansiedad. Ni siquiera sabía que tenía una dependencia hacia él. No al menos hasta que se marchó por completo de su vista.

Sus ojos comenzaron a irritarse. Sin embargo, antes de quebrarse, sintió cómo Manta retomaba el contacto, capturando su atención. Y volvió su vista a ese rostro que la miraba enternecido.

— Anna…. Sé que nos conocemos de toda la vida y que esto te sonará absurdo. Porque mucho tiempo estuve pensando que esto sería imposible, pero creo que no hay mejor momento para ser sincero. Desde que nos conocimos, no has hecho otra cosa que atormentarme con tus castigos y yo… no supe cuándo cambió. Ni cuándo dejé de verte del mismo modo— confesó, sonriendo con dulzura.

—¿A qué te refieres? —cuestionó confundida.

Él suspiró, volviendo a cerrar la distancia.

—Lo que quiero decirte es…. Que… desde hace tiempo estoy profundamente enamorado de ti.

Continuará….


N/A: ¡Hola de nuevo! Soy yo, aportando un capítulo menos al cierre de esta historia. No sé si les parece que va lenta o muy rápida. En realidad como es corta, se tiene que ir al grano casi casi, pero tampoco me voy tan directo. Han sido capítulos interesantes de escribir, de hecho, me ha gustado bastante porque lo encuentro ligero de redactar. Qué bueno que no les molestara lo de Tamao, porque sí lo pensé que él volviera con ella, pero al mismo tiempo es como dicen, a nadie le entran los zapatos a la fuerza. Y sí ha sido mucho mi abandono con esta historia y muchas en la red. Pero haré mi mejor esfuerzo por concluirlas.

Gracias a todos por sus comentarios, son bien recibidos. Nos leemos pronto.

Agradecimientos especiales: Hikari H, Tuinevitableanto, Lili, Guest, Niju, AkariGB, Guest, Guest, Penurias Chan, Janne ST, Zria, Anneyk.