Capítulo XII
Casi tropezó al abordar el elevador. En el interior, su corazón palpitó acelerado sin querer dar tregua a la serenidad. Ni siquiera la música instrumental de fondo pudo tranquilizarlo y cada piso que bajaba significaba un mayor peso sobre sus hombros.
Jamás sintió algo similar.
Siempre pregonó la vida sin preocupaciones. Esta noche todo cuánto inundaba su cabeza lo sumergía en el caos. En verdad no podía apaciguar ese sentimiento de impotencia. Antes que todo, tenía que respetar el espacio, a su amigo y sobre todo a ella: su hermana. No podía actuar imprudente y menos tan altivo como cuando tocó el violín con un ímpetu que ni en sus mejores conciertos mostraba.
Hasta ella estaba impresionada, pudo verlo en esa mirada.
En esos hermosos ojos que vislumbraba cada vez que cerraba los suyos.
Suspiró frustrado una vez que volvió al auto y metió en la cajuela el instrumento— junto con el resto de los aditamentos— que algunos meseros le ayudaron a bajar. Agradeció el gesto, le compartieron las magníficas impresiones de su interpretación y trató de sonreír como lo hacía a diario. Resultó difícil, más porque sentía que tenía algo revolviéndole las entrañas.
Pensó que al encontrarse, todo se arreglaría. Dejaría de sentir esa aberración que lo carcomía cada noche y podrían volver a entablar un dialogo como antes. Nunca imaginó que sería un revés, que en lugar de ver a la dulce niña, admiraría a la mujer. Lucía radiante en ese vestido negro. Sus expresiones, la manera en que tomaba la copa con vino, el melodioso tono de su voz…. ¿Cómo es que se mantuvo tantos años sobrio de ella? ¿Cómo es que de la noche a la mañana ya no podía reconocerla como su hermana? ¿Por qué ya no bastaba contemplarla de lejos?
Era inútil negar que le tenía envidia a Manta.
Él moría por estar en su lugar. Lo añoraba tanto. Pero como bien lo decía Anna. La añoranza era el reflejo de que aquello que tanto se deseas está más allá de nuestro alcance. Justo como ella lo estaba de él.
Suspiró resignado y cerró la cajuela del auto. Apenas avanzó un par de cuadras, desistió de su intento. Era la hora más congestionada, no tenía ánimo de encerrarse a conducir más de una hora a su departamento en esas condiciones. Así que desvió su curso al parque, donde estacionó el vehículo cerca del parquímetro.
Varias personas transitaban la zona. Incluso algunos adolescentes entraban tomados de la mano. Eran más de las diez de la noche, pero las luces mantenían iluminado el trayecto. Caminó un par de minutos hasta ver una banca vacía frente al majestuoso lago.
La imagen era preciosa. La poca luz, incluida la lunar, le daba un aspecto casi poético. Algunos consideraban extraño esa manía, pero no podía evitarlo. Meditar, contemplar la naturaleza le daba una paz difícil de adquirir por otro medio. En este caso, ni las ondas del agua, ni los sonidos del paraje podían contrarrestar el malestar en su interior que amenazaba con torturarlo otra noche.
No se reconocía en ese sujeto tan desanimado y estresado, menos cuando tuvo que ayudar a su amigo para conquistarla. Casi se forzó a hacerlo. ¿Por qué? Manta era un buen sujeto, estaba seguro que nadie sería mejor prospecto para Anna. Era leal, comprensivo y también muy solidario. Ni siquiera aquel enfermero podría comparársele, pero entonces… ¿por qué si lo aprobaba no podía dejar de sentirse así? ¿Por qué le pesaba tanto verlos de las manos? ¿Por qué no soportó la idea de que la besara?
Volvió a tomar su frente, deseando que la pesadilla terminara pronto. No quería más esa miseria. No quería más sentirse de ese modo.
Alzó la vista, admirando los arboles con flores aun en sus copas. Algunos botones apenas estaban por abrirse. Sonrió con amargura, recordando lo mucho que a ella le gustaba el inicio de primavera por los cerezos.
Entonces bajó la mirada y la vio, al otro lado del lago.
¡Ay, su imaginación! Seguro ya estaba delirando, porque eso era imposible. Ella estaba con Manta, terminando de cenar en el restaurante más caro de toda la ciudad. No había forma de que Anna estuviera en ese lugar. En especial ahí, no tenía ni por qué estarlo, menos sola.
Pero la ilusión no desapareció.
Tal vez la cita no fue del todo exitosa. Tampoco sabía qué esperar de eso. Y se sentía miserable al verse aliviado. ¿Por qué era tan mala persona? ¿Por qué era un ser humano tan despreciable? ¿Por qué ella se veía tan triste?
Quizá ése fue el impulso que necesitó para levantarse y caminar al otro extremo, a sabiendas que debía hacer lo contrario. Mas no tuvo corazón para marcharse, menos cuando la veía tan perdida en el reflejo de la luna sobre el agua.
Conocía ese gesto. No lo veía muy a menudo, pero cuando lo hacía, la rodeaba con sus brazos y susurraba a su oído: Todo estará bien. Aunque las cosas afuera estuvieran del asco, no importaba, sus palabras siempre conseguían darle el mismo efecto que la naturaleza hacía con él: le brindaba paz.
Parecía que la cita no tuvo el final esperado, al menos no para Manta. Deducía que para Anna tampoco fue sencillo declinarlo. Eran cercanos de algún modo, a nadie le gusta rechazar o enemistarte con alguien a quien consideras parte de la familia. Sin embargo, tenía miedo de preguntar, saber detalles. No sabía qué tan volátiles estaban sus sentimientos en ese momento. Así que calló.
No tuvo el valor para hablarle, sólo se sentó en la misma banca, contemplando el mismo panorama. Aguardando que el sueño se desvaneciera, pero Anna era tan real como sus propios miedos. Tan auténtica que aunque estuviera a miles de kilómetros, todavía podía evocar su mirada.
Transcurrieron un par de minutos en silencio, sólo contemplando el sutil oleaje en el agua. El sonido de las personas riendo en el otro extremo, sus continuos suspiros entre mezclándose entre ellos. Tan cerca y a la vez tan lejos. Cualquiera recriminaría, aludiendo a la incómoda situación, pero para él resultaba efectivo. Era el único método para tenerla presente.
— ¿Quieres caminar? —propuso Anna.
En verdad fue algo inesperado. Sin embargo, pudo mirarla a los ojos sin cohibirse, mientras ella esperaba una respuesta a su iniciativa.
—Sí—dijo con una pequeña sonrisa.
Aún le costaba creer que no estuvieran juntos en su cumpleaños. Poco antes de irse, preguntó por ella. Su padre le informó que salió de la casa muy elegante para la reunión. Y bastante decidida, por lo que mencionaba su progenitor. Pero con esos detalles, cómo no querían que no se sintiera inquieto. ¿Por qué tanto glamour? ¿Por qué tanta determinación? ¿Por qué este hombre la emocionaba de esa manera?
Ya eran adultos, Anna no necesitaba que la estuvieran vigilando todo el tiempo. Eso lo sabía bien, si alguien sabía poner en su lugar a un pervertido era ella. Pero aun con eso, no estaba del todo calmado. Había mucho misterio en el asunto y por su bien mental tenía que averiguar de qué se trataba.
—¡Ay, ya!—escuchó a su copiloto quejarse—Hao, se supone que íbamos a salir para divertirnos, no para que estés todo el tiempo pensando en ella.
No pudo evitar acalorarse, más por cómo sonaba esa oración en boca de su novia.
—Ya sé que Anna es tu adoración y que no quieres que nada le pase—enfatizó Mattilda—Pero comprende de una vez que no la puedes ahogar de esa manera. Hasta ella se siente fastidiada de que sean tan metiches.
—Tú no lo entiendes.
—No, más bien creo que el que no entiende eres tú—dijo mirándolo con reproche—Y qué si se quiere ir a joder con ese tipo, como tú dijiste, tiene todo el derecho del mundo.
La sola idea le provocó escalofríos. Y fue algo que ella pudo notar, ya que se recargó en el asiento, mirando la ventana tratando de encontrar un punto de escape.
—Ni siquiera sé por qué estamos discutiendo esto—admitió derrotada—Hemos peleado más de una vez por su culpa y no parece que entiendas ni un poco cada vez que lo hacemos.
—Es que no veo por qué debemos discutirlo tanto—dijo sofocado, abriendo la ventanilla—Sabes bien que Anna es importante para mí. Ni siquiera conozco al tipo con el que salió e Yoh… Yoh está perdido haciendo no sé qué cosas. Entiende que esto me está preocupando, son mis hermanos.
¿Qué no lo entendía? Lo conocía de varios años, si alguien comprendía su dinámica familiar era ella.
—¿Por qué te enojas tanto por lo de Anna—aludió el castaño—Ni siquiera te enojaste así cuando te dije lo de mi boda en las Vegas.
Fue su turno para reír con ironía. ¿Qué si no se había molestado? Pues en principio sí, después lo tomó como una ridiculez.
—Sí, Stu—dijo codeándolo—Creo que es preferible cambiarme el tema con la stripper.
Sabía cuánto le irritaba que lo comparara con el personaje de la película americana. El dentista que se arrancó el diente y se casó drogado. Se enervaba porque le decía que era peor que una copia barata. Tal vez por eso ni siquiera se enojó bien cuando le confesó su desventura. Es más, hasta se burló, como ahora. Y también se halagó por ser la única que sabía de ese desliz.
—Bueno, ya, deja de estar jodiendo, Mattilda—dijo en un tono bastante hosco—Es mi hermana y yo la celo todo lo que quiera. Tú celas igual o peor a tus amigas.
—Sí celo mucho a mis amigas, pero no exagero como tú—respondió con una pequeña risa.
Pero él no parecía aceptarlo, era evidente en ese gesto de desaprobación.
—Vamos, no puedes pasártelo así toda la vida—añadió de mejor humor la mujer—Considera que tu hermana está buena, no sólo se la querrán tirar los tipos, sino las tipas.
—Tus palabras me alientan tanto…—ironizó, tomando la desviación.
—Y no sólo ella, él también—añadió ante su gesto confundido—El trio se terminó.
Alcanzó a mirarla de reojo, extrañado.
—Algún día, tus hermanos se van a enamorar, se casarán, tendrán hijos o se mudarán a otro país—enumeró Matti—Entonces sólo me tendrás a mí. Seremos sólo dos.
Aunque sabía que tenía razón, le incomodó pensar que le darían por su lado en cuanto hicieran sus vidas. Adiós unión. Adiós hermandad. Como pasaba ahora, que no sabía qué sucedía con ellos. Suspiró, enfocándose en el camino, pensando que esto era momentáneo, tenía que serlo.
—Imagínalos, tal vez ahora mismo cada uno está en una cita de amor—dijo señalando el cielo—Bajo una atmósfera romántica….Oh, sí…Es una noche idea—predijo, volviéndolo a mirar.
Una sonrisa triste se coló por su rostro, cuando volvió a intercambiar una mirada con ella. Apenas se hacía a la idea de que Yoh andaría ocupado en Europa, perder a Anna con otro sujeto le daba al traste a sus emociones.
Ella pareció percibirlo, inclinándose a besar sus labios en forma esporádica.
—No te preocupes, estaré cerca cuando llegue ese momento —le aseguró con una pequeña sonrisa—No dejaré que mates al amor de Anna.
—Ya lo creo—pronunció el castaño acompañado de un gran suspiro—El pobre diablo no sabe lo que le espera.
El lugar era de los más bonitos en toda la capital. No sólo estaba bien iluminado, sino que los cerezos engalanaban todo el corredor principal del lago, brindándoles un aspecto casi poético. Las estrellas brillaban en el firmamento. Era poco transitado a tales horas, pero para ser fin de semana, esperaba un poco más de compañía. Aunque la que tenía en ese momento era más que grata, pese a que no quería demostrarlo en forma tan abierta.
Más de una ocasión tuvo que sujetar su propia mano para no guiarla a ella.
Anna lo miraba de vez en cuando, casi siempre desviando sus ojos cuando él se percataba de su observación. Era curioso, porque llevaban casi diez minutos caminando en paralelo, sin hablar, sólo cruzando sus miradas cada tanto.
Soltó un gran suspiro.
Ella no tenía idea cuánto añoraba escuchar su tono de voz. Los mensajes que se enviaban en las noches… Cierto, siempre tuvo más química con Hao. Ellos solían pensar en formas muy similares, eran súper competitivos y compartían muchos gustos en común. Pero con él, cuando sentía su cabeza recostarse en su hombro. Cuando lo abrazaba para reconfortarse e incluso cuando sólo lo llamaba para quitarse el estrés de una atareada semana, sin importarle la hora o con quién estuviera. Con todos esos simples detalles, siempre sintió una conexión especial.
A pesar de que no le gustaba la misma música. Ni toleraba su pereza al dormirse en clases. Cómo olvidar que lo castigaba incluso más que sus maestros con la odiosa silla invisible. También lo hacía sostener el violín por horas, sin importar que la lección ya había terminado. Ahora que lo pensaba, Anna no se tentaba el corazón con él. Sin contar cuánto lo odiaba cada que se iba con sus amigos de fiesta los fines de semana. Trató de compartir con ellos el mismo espacio, hizo el esfuerzo por llevarse bien con todos e incluirse en ese grupo social. Según ella, para vigilar que ninguno de esos vagos lo distrajera de sus objetivos de vida.
Quizá nunca se percató, quizá sólo estaba ignorándola, dándole por su lado con tanta tortura, que muy en el fondo, muy pero muy en lo profundo le hacía sentir algo vibrante.
Giró a verla por completo, caminando, incluso unos pasos delante de ella. Anna pasaba su mano por encima del cerco metálico que enmarcaba el lago. Con ese gesto pensativo que solía tener en los días de oficina más atareados. Sin embargo, estaba igual de hermosa que siempre, más aún bajo la luz de la luna.
Cuánto deseaba decirle todo lo que sentía, mas cómo explicar algo que ni él entendía bien. No sabía cómo sucedió, ni por qué estaba tan encandilado con ella. Si le dijese, entonces la volvería alejar, quizá… para siempre.
Entonces Anna lo miró y está vez, no dejo de hacerlo.
Tal vez era el modo en que la observaba, cuando fingía estar absorta en el paisaje. O tal vez se debía a que todavía sentía vergüenza de pensar en él, por eso evitaba la confrontación. Pero ahí estaba de nuevo, envuelta en ese modo peculiar que tenía para verla, tratando de decirle algo y reprimiéndose al instante todo cuanto podía.
Por primera vez, le pareció un enigma. Porque no podía deducir lo que pensaba, con la facilidad de siempre. Sus ojos parecían rehusarle las palabras que necesitaba escuchar de él. Ahora mismo, no había cosa que deseara más, sólo saber qué era lo que tanto ocultaba. Quería conocer sus más íntimos pensamientos, aún si éstos fueran hirientes.
No quería admitirlo, pero se sentía algo defraudada en general. La manera en que se había dado por vencido en su relación, pensó por un momento que volvería a insistir, pedir perdón. Lo que fuera. En más de un mes no lo hizo. Hasta esa semana en que pensó que todos los regalos de Manta provenían de su parte.
Se sintió tonta, más aun, se sintió triste.
Y su mirada seguía fija en él, tratando de transmitirle una mínima parte de su malestar.
—Anna….—pronunció casi en un susurro.
Al menos eso intentó, hasta que él tropezó con una piedra y cayó sobre el riachuelo. Para su fortuna, alcanzó a meter las manos, claro que lo lamentaba por el magnífico traje, porque ahora estaba mojado.
Pero a quién se le ocurría caminar de espaldas al camino.
—Torpe—dijo suspirando.
Él comenzó a reír, mientras se sentaba, todavía con el ligero flujo de agua mojándole los pantalones.
—Me distraje un poco.
Eso no lo dudaba. De la nada, una luz brilló frente a su rostro. Después no fue un centello, sino decenas de ellos. Yoh terminó de levantarse para contemplar el vuelo de los insectos, como focos de navidad en plena primavera.
—Wow…. Es hermoso—dijo tan cerca suyo, que su cálido aliento fue fácil de percibir.
—Sí…
Tomó su mano, mientras salían de aquella atmósfera iluminada y caminaban por las piedras para cruzar el riachuelo. No protestó, pero sí se sonrojó, bajó su mirada para ocultarlo. Sentir el calor de su piel era algo que de forma extraña deseaba experimentar. Así que lo asió con mayor firmeza, tenía el pretexto de que las rocas estaban algo resbalosas —a pesar de ser cuadros lisos— y llevaba zapatillas, de modo que quería evadir una caída al agua como él.
Era curioso, porque parecía que la estela de luz los perseguía. Lo cual parecía algo loco, cuando sintió a los insectos pasar por su rostro, casi guiando su camino. Yoh no cedió en su agarre, tampoco al pisar tierra firme. La ventaja es que una vez que volvieron al bosque, volaban más alto, ya no pasando frente a sus narices. Él reía, quizá pareciéndole gracioso todo ese circo luminoso. No le venía mal, tampoco podía decir que le encantaba. Pero si podía distraerlo de que aún seguían con sus manos unidas, por ella mejor.
No era una chica tímida ni débil, pero justo así se sentía. Era ridículo. Como decía su abuela, no era el primer hombre con el que salía. Bueno, tampoco es como si considerara a Yoh una cita o algo por el estilo. ¿En qué estaba pensando? ¿Y por qué su risa le parecía una melodía armoniosa? ¿Sería porque hace mucho no la escuchaba? ¿Y por qué ahora sonreía como efecto secundario? ¿Por qué le parecía tan encantador que corrieran tomados de la mano, huyendo de las luciérnagas?
¿Y por qué no vio venir que él se daría la vuelta? ¿Acaso él no calculó la inercia? No pudo frenar cuando chocaron de lleno. Tampoco pudieron frenar la caída. Por fortuna, ya no había piedras ni agua corriendo por el riachuelo. Pero sí una pequeña pendiente que los llevó colina abajo hacia un extenso campo de césped y flores de estación.
¿Si el impacto le dolió? Por supuesto. No era nada como lo reflejaban las películas, más con un golpe previo. Y menos si alguien te caía encima al final del recorrido. Sin embargo, no se sintió incómoda por el peso extra, ni tampoco por la calidez que emanaba. Quizá debió objetar que no había nada de distancia entre ellos, por lo que esto era demasiado íntimo.
Y la locura más grande, es que lo estaba disfrutando.
Apenas tuvo tiempo de reaccionar, apoyó sus manos sobre el césped. Estaba aplastándola, si es que no le había quitado ya el aliento. Porque no había sido nada suave el impacto. Aunque estaba avergonzado, no podía negar que estaba extasiado al sentir su cuerpo debajo: su agitada respiración, su aliento caliente en su cuello, el rítmico subir de su pecho
—Lo siento—dijo con esfuerzo—¿Estás bien?
—Sí—respondió abriendo sus ojos.
Fue demasiado, jamás había visto ese pequeño sonrojo en sus mejillas y ese particular brillo en su mirada. Tenía ganas de delinear con su dedo la silueta de sus labios, de aspirar su aroma y hundirse en el espacio de su cuello. Tenía tantas ganas de sentirlo aún más.
Juntar su frente a la suya y robarle hasta el último aliento. Y quizá ni eso bastaría para saciar todo eso que se arremolinaba en su interior y que no parecía querer apaciguarse. Menos al verla recostada, con el cabello desordenado y ese adorable color carmesí en su faz.
—Está lloviendo—agregó Anna, al sentir la primera gota caer en su frente.
¿De verdad? Tal vez estaba demasiado concentrado en otras cuestiones. Podría caer un diluvio y no lo sentiría.
—Yoh.
Está bien, comprendía la naturaleza de ese tono. Tampoco es como si se pudiesen quedar en esa posición más tiempo. Era hasta vergonzoso. Se levantó sin mayor objeción, en cuanto recobró algo de distancia, le ofreció su mano. Ella la tomó, volviendo a ponerse de pie con su ayuda. No era fácil cuando los tacones se hundían en la tierra. Menos lo fue cuando la fina llovizna comenzó a aumentar su volumen.
¿Acaso tendrían que volver a correr?
La respuesta del cielo fue un rotundo sí. No fue agradable hacerlo, menos al sentir las gotas nublar su visión. No tuvo otra opción más que sujetarse fuerte a él. ¿Cómo pasaron de una noche estrellada y hasta poética a un torrente cambio climático? ¿Y tan de la nada? Claro, su padre le dijo antes de salir que llovería. Ahora maldecía su suerte. Más al escuchar un trueno. No quiso sobresaltarse, no es que le diera miedo, menos con tantos árboles a su alrededor.
Pero aún de reojo podía sentir cómo se aferraba a él. Claro que los zapatos dificultaban su andar por el sendero. Pensó en cargarla, luego desistió a la idea. Anna no era la clase de chica que le agradara ese tipo de situaciones. Aunque viendo la situación, fue ella quién decidió quitarse los tacones después de volver al sendero donde corrían minutos atrás.
Él sonrió ante esa acción, más porque en todo ese proceso no dejó de sostener su mano.
Ella maldijo cuánta agua parecía caer tan de repente, pero al menos podía andar con mayor ligereza, mientras se aferraba al vínculo que los mantenía corriendo unidos.
Pensaba llegar hasta su coche, el problema era que la distancia aún era considerable. No pensó que hubiesen caminado tanto, ni siquiera lo sintió. Y lo que menos quería era que enfermara por sus descuidos. Vislumbró a pocos metros una pequeña pagoda, donde se refugiaron antes que la lluvia los bañara aún más. Estaba oscuro, no había luces a su alrededor en esa parte.
Quizá hasta sonaba más tétrico que romántico.
¡Momento! Tampoco es como si considerara esto en un estándar romántico.
Giró a verla, estaba agitada, con gotas escurriendo de su cabello. Liberó su mano, más por necesidad que por placer, al verla desabotonar el abrigo que se notaba pesado por el agua. Sin embargo, era un ridículo al decir que ya extrañaba el calor de sus dedos entre los suyos.
Era extraño cómo un simple gesto podía provocar en ella tanto. Desvió su mirada, avergonzada de sus propios pensamientos. Resultaba vergonzoso cuánto deseaba volver a sujetarlo, pero no había una excusa válida para hacerlo. Ni debería tenerla. Él se quitó el saco. Ella hizo lo mismo con el abrigo, dejándolo caer al suelo. Mientras una ligera brisa pasaba entre ellos, provocándole un ligero escalofrío. Pues aunque el vestido no estaba empapado, sí sentía la humedad en él.
Entonces se agachó un poco para colocar el saco en el mismo sitio que ella dejaba sus cosas. Tenía frío, era notable por la manera que frotaba sus brazos. Fue así que desabotonó su camisa y se la quitó. Para su fortuna, no estaba mojada y guardaba su calor, algo que él quería transmitirle.
Fue como sentir sus brazos a su alrededor, la prenda cayó en sus hombros, percibiendo también su aroma. Estaba tan cerca, que casi podía escuchar su respirar. Él sonrió con levedad, mientras sus miradas volvían a conectarse de forma tan intensa como antes.
Apenas podía sosegar los latidos en su pecho. Era una tortura tenerla tan cerca, en especial cuando su mano se deslizó por su estómago desnudo. Fue el contraste de temperatura, lo que le erizó hasta los sentidos. Ella estaba algo fría. Sin embargo, alcanzó a callar ese gemido e inclinó su cabeza hacia abajo hasta topar su frente. Anna no pareció incómoda, percibía cómo deslizaba ambas manos delineando sus abdominales.
—Para—le pidió apenas en un murmullo.
—No puedo—confesó en el mismo tono.
No eran las palabras correctas, menos en ese contexto. En que lo único que deseaba era robarle hasta el aliento.
Estaba a nada de robarle un beso, pero se contuvo. No quería que ella saliera huyendo. Aunque cómo podría siquiera pensarlo, cuando ella continuó la andanza de sus manos hasta su cabello. Jamás se sintió tan estimulado. Y lo peor es que no podía disimularlo, su respiración, los pequeños sonidos que salían de su boca delataban cuánto estaba disfrutando de sus caricias.
—Anna….
—Yoh…—pronunció extasiada, enredando sus brazos en su cuello.
Lo último que sintió antes de que el trueno retumbara en sus oídos, fue su cálida boca en la suya. Y esos labios que tanto había añorado, entre mezclándose con los suyos en una caricia tan necesitada de amor.
Continuará…
N/A: ¡Hola! Creo que demoré un poco más de lo planeado, aunque este capítulo estaba casi terminado, sólo me faltaban detalles para subirlo. Está inspirado en la canción del Rey León: Can you feel the love tonight. Desde que terminé el anterior y pensé en cómo titular éste, de inmediato se me vino a la mente la canción, en especial por esa parte en la que dicen que no saben lo que piensan uno del otro y qué dirán si se enteran, se me hizo tan la historia. Y sí, fue exacto como quería reflejar eso entre ellos, aunque me costó un poco, a parte por el tiempo. Sé que hago sufrir a Manta, lo siento por el enanín, después se lo recompenso. Este fic lo quería acabar antes de terminar el año, pero dudo que eso pueda ser. Muchas gracias por todos sus comentarios, como siempre es un placer leermos.
Agradecimientos especiales: Alexamili, Alanna243, Gia, Mara, Guest, Zria, Guest, Muyr, Tuinevitableanto, nana010, Guest, Hikari H, Penurias Chan, Niju, Anneyk.
Gracias por leer, nos veremos pronto.
