Capítulo XIV

¿Cómo quería que mantuviera la cordura? Estaba a nada de arrojarle el café en la cara. Con toda seguridad se quemaría, la taza humeaba por lo caliente del contenido. Pararía en un hospital, quizá con fortuna caería en un incidente menor o tal vez iría a la cárcel por intentar asesinarlo. Pero… ¿le dejaba otra opción? ¿Por qué enfrente de su padre? ¿Por qué sentía la rabia carcomerla de forma tan violenta?

Mikihisa carraspeó, seguro aludiendo a la manera tan detenida en que se miraban.

—¿Quieren que me salga? —intentó bromear—Siento que estoy demás.

—Emmm…. No.

—Sí—rebatió, ante la sorpresa de ambos hombres.

No deberían, siempre era sincera hasta la médula. Tampoco iba a ocultar su malestar así de fácil.

—Mejor vamos a dar una vuelta—propuso Yoh, levantándose del banco—Sirve que vamos a comprar unas galletas a la tienda.

—Me parece bien, tu madre y tu abuela querrán acompañar su té con galletas—dijo su padre más aliviado—¿Quieren algo en especial para desayunar?

Ambos negaron con la cabeza. Ella suspiró antes de tomar las llaves del perchero. Al menos agradecía usar ropa no tan llamativa. El pantalón era lo bastante holgado como para parecer ropa casual súper informal. Y él, al menos tenía puesta la camisa, aunque desabrochada, como cualquier vago. O más bien, como el vago que siempre era.

Caminaron apenas un par de casas, cuando notó la forma tan profunda que tenía para soltar aquel suspiro.

—La verdad….no sé qué decirte—dijo con sinceridad—Así que mejor empieza tú.

¿Ella? Bueno para comenzar tenía una sarta de insultos en su contra.

—¿Por qué no me dijiste que te ibas?

Él metió las manos a sus bolsillos, encogiéndose un poco.

—Sí te lo dije, te dije en las Vegas que me iba a ir antes de la boda.

Pero jamás lo creyó capaz, menos desaparecerse tanto tiempo. Ahora entendía bien la reacción de Hao para salir echando humo.

—¡Y por qué no sabes cuándo vas a volver!

Bajó aún más la mirada. ¡Dios, ese hombre era lamentable!

—Es lo mejor para los dos—dijo en voz baja—Anna, cualquiera se da cuenta que las cosas entre nosotros no están bien.

¡Por supuesto que no estaban bien!

—¿Y crees que perdiéndote con cuanta fulana veas en Europa vas a solucionar el problema?

—Yo… yo no dije que resolvería el problema de ese modo—dijo mirándole con pesar— Pero quizá no viéndonos en muchos años, podríamos superar la incomodidad entre nosotros.

Apretó un puño y golpeó con gran fuerza su hombro, provocándole una exultante muestra de dolor.

—Lo jodiste desde las Vegas, Yoh—replicó, colocándose delante de él—¿Por qué me besaste?

—Anna… te juro que quiero mejorar esto, yo ya no quiero ser una molestia para ti.

—¿Y lo de ayer? —continuó ella, señalándolo.

—No debió pasar—dijo con mayor seriedad—Sé que no debí… que no debimos…y sé que no quieres que diga que lo sienta, pero sí lo siento. Siento arruinarlo cada vez más. Parece como si cada vez que nos vemos, en vez de tratar de componerlo, lo ponemos peor.

Entonces notó en sus ojos la determinación. Él estaba decidido a sacarla de su vida. Y eso de algún modo, le quebraba el corazón.

—Me voy porque no quiero tener que decirte lo siento nunca más.

Alzó su brazo para darle otro golpe, pero se contuvo y terminó por ser más un suave contacto contra su pecho, mientras bajaba la cabeza en señal de frustración.

—Esto es un error—añadió él—Y lo lamento, no debí besarte ni tocarte de ese modo ayer. No sabes lo repugnante que me siento.

—También yo—respondió tomando aire, mientras caminaba de regreso a casa—Asegúrate de traer las galletas correctas.

Pero era tonto para comprender que no quería hablar más con él.

—Anna…—dijo caminando a su lado— Créeme, si pudiera hacer algo para borrar todo lo que he hecho lo haría. Si crees que la distancia no es suficiente, si crees que desapareciendo de este mundo te sentirías mejor, lo haré. Sólo pídemelo y lo haré.

¡Pero cómo decía tales cosas! Ni siquiera lo dudó para abofetearlo con toda la frustración que sentía en ese momento.

—Deja de decir estupideces—dijo, reteniendo sus lágrimas—Sólo… desaparece de mi vista. Vete con quien quieras. Haz tu vida con quien mejor te parezca. Y olvídate de mí. Como yo lo haré de ti.

No volteó a verlo otra vez. En cuanto entró a la casa, subió a su recámara. Lo único que deseaba era desparecer, perderse en otra realidad. Una donde no tuviera que luchar contra lo que sentía y en donde él no existiera. Pero a quién engañaba. Si él no estuviera, se sentiría como la niña que todos insistían en proteger. La mera idea de que él no viviera le creaba un vacío enorme, uno que la absorbería hasta el hastío.

Reprimió sus lágrimas y se abrazó a sí dentro del futón, tratando de calmarse.

Escuchó el leve toque en su puerta.

Y deseó que él entrara y se metiera con ella debajo de la cobija, como cuando hacía siendo niños.

—Anna, en cuanto estés lista, acompáñanos a desayunar.

Mas fue la voz de Mikihisa la que la volvió a la realidad.

—Sí, papá.

Yoh no la buscaría. Y no la consolaría nunca más. Tendría que vivir sin él y acostumbrase a ello.


Llevaban cerca de diez minutos en la mesa. Casi no era usual que llamara de forma individual a sus hijos, menos un día después de su cumpleaños. Solían reunirse de forma frecuente y buscarse de inmediato a la mañana siguiente. Al menos cuando no tenían mayores problemas. AL ver el modo en que Hao entró al comedor, era claro que las cosas no marchaban nada bien.

Más de uno quiso preguntar, al menos la intriga se veía también en sus padres que tomaban en silencio el té. Y la charla con Yoh sobre los detalles de la orquesta fluía con algo de vergüenza cada vez que cruzaba miradas con su hermano.

—La verdad no sé por qué te quieres mudar a Italia—dijo la abuela—Deberías comprar una casa aquí y casarte. Ten muchos hijos, llena la casa de bisnietos.

—Tu abuela tiene razón, cuál es la idea de comprar una casa allá—comentó el abuelo—¿Acaso toda la orquesta renta una casa allá? ¿O se van a quedar a vivir contigo?

—Emmm no, lo que pasa es que…

—Que tu nieto ya no va a regresar a Japón en un largo, largo tiempo—completó Hao—¿O acaso no les dijiste, Yoh? Que no te piensas quedar ni a mi boda.

Las miradas recayeron en él.

—¿De verdad? —interrogó su madre—Pensé que era por un periodo, que sí nos visitarías tan seguido como pudieras. Y que te irías después de la boda.

Al menos eso les dijo cuando les habló de sus planes de residir en Italia.

—Son… muchas horas de viaje, mamá—contó el menor—De la boda….—dijo mirando a Hao—Tengo que recibir la casa, el dueño se va a ir antes a Estocolmo y… también tengo que amueblarla antes de que comience la gira. Y me gustaría dar tantos conciertos como se pueda en los siguientes años…

—¡Años! —exclamó su abuela—¿Pero es que no piensas regresar ni a celebrar el año nuevo?

—¿Acaso ya te conquistó una italiana? —bromeó su abuelo.

Pero nadie rio, menos con la entrada de Anna. El ambiente de pronto se tornó pesado, símbolo de la molestia que ya llevaba consigo. Yohmei quiso introducirla al tema, contestó indiferente cuando su padre le preguntó si sabía las nuevas.

Jamás la había visto tan irritada con Yoh.

Escuchaba por Hao y el resto de la familia que las cosas no iban bien con ellos dos. Pero nunca imaginó verlos en esas circunstancias. Y al parecer su otro hijo estaba en la misma postura.

El ambiente familiar no se recuperó. Esa mañana, todo cuanto había eran caras de desprecio hacia su hijo menor. Anna, prácticamente, ignoró su presencia. Y se marchó en cuanto pudo, ni siquiera dirigiéndole una mirada. Y lo lamentaba, porque tenía mucho que no convivían todos en el mismo espacio.

Salió a despedirlo, después de que terminara de lavar los trastos.

—Lamento que tus hermanos tomen esto de forma tan negativa—comentó, acariciando su mejilla—Sé que te extrañarán y por eso… bueno, tú los conoces mejor que nadie. Hao y Anna son tan similares y orgullosos. Pero te adoran y sé que por eso se comportan de ese modo.

Una sonrisa triste se coló por su rostro.

—Lo sé, no te preocupes por eso.

—Oh, Yoh…—dijo abrazándolo—No importa si te toma meses o años, está siempre será tu casa.

Él asintió, soltando un gran suspiro entre sus brazos. Se prometió no llorar, pero era difícil cuando veía a uno de sus hijos sufrir de ese modo.

—Todo estará bien.


El problema real es que nada marchaba acorde a sus planes. Su fin de semana fue un desastre. Ni siquiera quiso convivir más con sus hermanos y le repugnaba sentirse tan ajeno a los dos. Apenas podía con la idea de que Anna, tal vez, tuviera un pretendiente como para asumir que Yoh se mudaría por un tiempo indefinido a Europa.

Estaba de un humor de los mil diablos. Ni siquiera su comida con Luchist y ciertos socios de la firma le quitaron la idea de su mente. Demasiados cambios inesperados. Demasiadas cosas sin explicar. Como el comportamiento de Anna. La había visto tan tranquila el día anterior, que ni siquiera le reclamó por andarla molestando con las llamadas. Y luego… su encierro. Ya ni siquiera quiso presionarla a de salir de su recámara el domingo.

No supo bien si arreglaron sus diferencias o si fue la decisión tan repentina de Yoh la que la puso de nuevo en ese amargo sentido del humor.

¡No comprendía nada!

Aumentando el hecho de que ni siquiera estaría presente en su boda. Y él era uno de sus padrinos. De imaginar que todo se daría de ese modo, hubiese seleccionado a Luchist desde el principio. Omitiendo la despedida en las Vegas, porque parecía que desde aquel viaje las cosas literalmente se habían ido por el drenaje.

Apestaba no saber qué pasaba por la mente de sus hermanos.

Odiaba que le estuviesen guardando secretos.

—Señor Hao—anunció su secretaria por el intercomunicador—Tiene una visita.

—¿Quién? —cuestionó sin mucho afán.

—Su prometida.

Y justo era Mattilda. Dadas las circunstancias, no pudo negarse a recibirla, menos cuando tenía tiempo libre después de la junta con sus jefes. Seguro ella ya lo sabía, porque entró radiante a su oficina y sin ningún miramiento se sentó en sus piernas.

—¿Te sacaste la lotería o qué? —cuestionó sin nada de delicadez, recibiendo el efusivo beso—Si eso así, puedo perdonarte que vengas a molestarme. Si quieres más dinero para que recibas a mi invitada, ya te dije que no tengo más.

—No vengo a pedirte dinero—dijo acomodándose mejor—O tal vez sí, un poco. Anoche se me ocurrió algo para quitarte tu estúpido mal humor.

—¿Mi estúpido mal humor? Mi hermano no estará en mi boda, cómo quieres que me ponga. Yoh es…

—Sí, sí—dijo acallándolo con un beso en su mejilla—Yoh es tu mejor amigo, tu alma gemela, tu todo—se regocijó con cierta ironía—Estuve pensando y moviendo algunos contactos, sabes… y me preguntaba qué les diste a tus hermanos de regalo de cumpleaños.

¿A qué venía esa pregunta? Si sabía a la perfección la respuesta.

—Nada, ya sabes que sólo nos damos regalos en Navidad. A ellos se les hace estúpido darnos regalos entre nosotros cuando cumplimos el mismo día.

—Exacto—resumió levantándose con unos ánimos que no le conocía—Adelantemos la navidad.

Comenzó a reír. No sabía qué idea loca tenía en la cabeza, pero ella debía saber bien que estaba en el límite de efectivo.

—Te haré el favor de escucharte, no me vas a convencer, pero como tu futuro esposo… no puedo desairarte.

—Créeme, cariño—dijo volviendo a su regazo—Cuando termines de escuchar lo que voy a decirte, harás más que escucharme.


Selló la última caja. El lugar se veía más como la bodega que siempre fue, que como un lugar para habitar en pareja. Ahora comprendía bien el por qué Tamao no se sentía del todo en casa No es que fuera a ser su domicilio toda la vida, siempre se planteó como el principio de algo más.

Apenas podía creer que en unas horas todo sería distinto.

Recordaba con nostalgia el lugar, quisiera albergar en él memorias más felices. Pero las pocas que podía evocar eran con ella, con Hao visitándolo. La más reciente, con la visita de sus amigos como fiesta de despedida sorpresa horas atrás. Sintió una gran pesadez en su pecho por la partida. Nada estaba resultando sencillo, Y no sabía cuánto tardaría en olvidarla, quizá le llevaría años, décadas. ¿Medio siglo? ¿El siglo entero? No creía que eso fuera tarea fácil.

—Tal vez si perdiera la memoria, eso ayudaría mucho—bromeó, levantando las botellas vacías a un costado.

De pronto escuchó el timbre. Pasó una mano por su cabello, nervioso. ¿Por qué? Dudaba mucho que ella fuera a buscarlo. Aunque para ser sinceros… deseaba que lo hiciera.

Tomó el picaporte y se sorprendió de verlo ahí. Pensó que dadas las circunstancias no iría para despedirlo. No se había presentado con los muchachos el día anterior. Y sintió que era lo mejor, todavía se sentía avergonzado de toda la situación y cómo interrumpió su beso con Anna. Tampoco sabía muy bien cómo manejar esa situación.

Se sonrieron con nostalgia, como los dos eternos conocidos que eran.

—¿Necesitas una mano?

—Ya me conoces, todo a último momento—dijo más tranquilo.

Fue de ayuda por que le ayudó a colocar las cajas en un rincón y también cubrieron los últimos muebles con una sábana. Al final terminaron en el piso con una cerveza en mano, riéndose de los viejos tiempos. Hasta que el tema salió a colación.

—Siento no haberte llamado, Manta—dijo algo agobiado—No le pregunté a Anna, pero ella no se veía muy feliz ese día.

Sonrió con tristeza, pudo notarlo.

—Fue bastante delicada—dijo en medio de una risa que amenazó por hacerlo llorar—Digo, considerando cómo es ella, fue muy suave. Demasiado suave, diría yo…

Suspiró largo, no la imaginaba de otra manera, menos con él.

—Dijo que me quería como a un hermano—añadió Manta— ¿Sabes qué es lo irónico?

Él negó con la cabeza.

—Yo nunca pude verla como una hermana, sé cómo es tener una hermana. Entonces… a pesar de todos esos malos tratos de Anna, yo nunca pude verla de ese modo—dijo bajando la mirada—Incluso he tenido sueños húmedos con ella.

No era algo que le agradara escuchar, sólo esperaba disimular su malestar.

—Lo siento— agregó Oyamada, con una pequeña risa—A nadie le gusta oír eso de sus hermanas.

—No, a nadie le gusta—dijo con un gran suspiro—Pero te entiendo. Y sé que si ella pudiera responderte, sería la chica más afortunada del mundo.

—¿De verdad lo crees? —preguntó mucho más vivaz—¿Crees que si sigo insistiendo, ella quizá…?

—No—dijo contundente, llamando su atención—Es decir, no sé qué te dijo, pero… me imagino que ella fue clara con lo que siente por ti. A… a… lo que me refiero es que, si ella tuviera algo contigo, sería muy afortunada.

—Pero es una pena que no sea de ese modo—completó Manta.

Así es. Tampoco quería alentar algo que no era posible.

—No me lo dijo, pero estoy seguro, por todo lo que me dijiste, que todo es culpa de ese tipo—dijo en un tono más duro—Está interesada en alguien más. Casi estoy seguro que me rechazó por ese idiota.

Cerró los ojos, sintiéndose una escoria. Quizá, saliendo de la ecuación, sería algo factible. Tal vez el culpable de que no pudiese corresponder esos sentimientos era él. Porque Manta era un buen prospecto para cualquier chica. Quizá sin él… Anna se animaría a vivir la experiencia.

—Bueno… casi fuimos cuñados.

—Sí…

Él palmeó su espalda.

—Será mejor irnos, te paso a dejar al aeropuerto.

—¿Seguro? Quizá esté Anna.

Aunque tampoco podía asegurarlo. Su última charla fue todo menos conciliadora. Tal vez omitiría una última despedida a su repertorio de malos momentos.

—Por eso dije que te paso a dejar—comentó mucho más repuesto—Conociéndola, seguro lo que menos quiere es una situación incómoda. Así que vamos, dile a Mikihisa que yo te llevaré.

—Está bien.


Recibió el mensaje a tiempo. No quería estar corriendo o más bien apurando a toda la familia para abordar la camioneta, pero al ver el panorama, optaría por utilizar el vehículo de cinco plazas. Pasó por la sala para avisarles que todo estaba listo. Kino e Yohmei discutían por televisión, al parecer la abuela quería dejar grabando su comedia romántica. Esperaba que llegaran a una resolución pronto, antes de que se hiciera tarde.

—¿Y Anna? —cuestionó Mikihisa a su esposa.

—Dijo que no nos acompañará—respondió tranquila—Dijo que se despidió de Yoh por una llamada, que prefería evitar los dramas innecesarios.

Eso sonaba demasiado extraño, más viniendo de ella, que no faltaba en esas ocasiones. Algo en su intuición le decía que debía subir a verla. No estuvo muy animada esos días, en especial después del anuncio de Yoh. Quizá por eso no deseaba acompañarlos. Su orgullo seguro le dictaba que no se dejara ver vulnerable ante nadie.

—Voy por ella.

—Mikihisa—objetó Keiko—No está de humor.

¿Y cuándo lo estaba? Había veces en que ni siquiera respondía a la puerta en momentos así. No importó la pauta de la mujer, él se animó a subir. Después de todo, Keiko siempre fue en exceso permisible con Anna, por eso su hija a veces era caprichosa hasta el hartazgo.

Tocó un par de veces, sin respuesta, hasta que obtuvo algo de valor y entró. Para su fortuna, estaba ataviada con un clásico vestido negro y no en escasa ropa. Pero para su infortunio, estaba tan inmersa en la terraza de su habitación, que ni siquiera se dio cuenta cuando se sentó frente a ella.

Se veía triste, no había que ser genios para saber que era por la despedida.

—Hey…

—Sé lo que vas a decirme—susurró tenue—Ya le mandé un mensaje deseándole suerte.

El primer indicio de que todo era mentira. No quiso contradecirla, sólo obtendría más negativas.

—¿Y… por qué no mejor vas y se lo dices tú? —propuso suave, sentándose más cerca—Eres una de sus personas favoritas en todo el mundo, créeme, él querrá verte.

Trataba de animarla con esas palabras, no empeorar el sentimiento melancólico que parecía acumularse en sus ojos.

—Anna, sé que volverá pronto—añadió, acariciando su cabello—Hija, sé que piensas que será una eternidad, pero verás que cuando menos lo imagines, va a volver.

Y la primera lágrima comenzó a correr por su rostro. Todo cuanto hizo fue abrazarla. Jamás imaginó que le calaría a ese grado. Siempre pensó que era un poco más apegada a Hao. Quizá la distancia no demeritaba el vínculo que los unía. Además, existían millones de formas para comunicarse. Claro, comprendía que nunca sería lo mismo, también estaba algo renuente a dejarlo partir. No obstante, así era la vida: un continuo ciclo, y él estaba tomando buenas decisiones para su futuro.

—Anna….

Intentó decir algo más consolador, mas tuvo que admitir que era pésimo en la tarea.

—¿Todo estará bien? —comentó casi con gracia—Sé que soy terrible en esto, no soy como él para hacer sentir bien a las personas.

—Tienes razón, eres terrible—contestó, limpiando con cierta brusquedad sus lágrimas.

Después se levantó casi en el acto, dejándolo bastante sorprendido por la determinación.

—Dame unos minutos.

Sonrió moviendo la cabeza en negativa. Tan metódica como siempre. No se extrañó de que se fuera corriendo al baño, no era la clase de chica que dejara que otros la vieran llorando. Aun así, la adoraba, pese a todos esos cambios de genio. Esperó paciente la final de las escaleras.

El maquillaje retocado y una simple chaqueta rosa completaban el conjunto. Se veía perfecta, como si nada hubiese sucedido. Era sábado, el camino estaría algo atareado con tantos autos en el camino. Pese a eso, se dio tiempo de cerrar la casa y abrirle la puerta del auto. Todo tranquilo, la familia ya aguardaba por ellos, mientras seguían discutiendo por el mando de la televisión.

Nadie hizo algún comentario extra por la tardanza.

Arrancó el auto, no sin dejar de mirar el retrovisor en forma constante, notando lo pensativo de su semblante, porque en definitiva, no era algo que pudiese disimular tan fácil. Y por lo que percibía, tampoco sería sencillo de asimilar con el transcurrir de los días. Quizá, como hacia Keiko, lo mejor era darle su espacio.


Documentó el equipaje y se despidió de forma adecuada con su amigo. Incluso se dio el lujo de comprar un café mientras esperaba a su familia. Adivinaba que de pasarlo a recoger su padre, quizá no hubiese llegado con tiempo de antelación. Y era probable que también estuviera atorado en el tráfico.

Estaba sentado en una de las mesas del área de comida, pensando en todo el cambio que implicaría irse lejos. Extrañaría tantas cosas, ni siquiera quería enumerarlas, pero si pudiese ponerlo en orden—incluso en sus viajes cortos— siempre la pensaba por encima de todos, incluso de Hao.

Era penoso y hasta vergonzoso reconocer el hecho de que por una parte se alejaba para poder cortar ese vínculo y la vez, no deseaba que se quebrara aun con miles de kilómetros de distancia. Sabía que estaba demente, que alguien debería darle un golpe para ubicarlo.

¿Si fue sencillo estos días? Por supuesto que no, cada vez que cerraba los ojos, su mente recordaba las sensaciones. Su cuerpo reaccionaba al deleite de su voz en su cabeza. Sus gemidos, el tacto con su piel…. ¡Oh, dios! ¿Podría haber algo peor?

Suspiró cansado, tratando de disipar la idea de su mente, porque aunque estuviera mal decirlo, a nadie había deseado con tan ímpetu como a ella. Se negó a tocarse las primeras dos noches, después tuvo que hacerlo, pero al realizarlo fue peor. Se sintió una mierda. Ni siquiera sabía si podría verla a la cara de nuevo.

Por eso ahora, por su bien mental, por el de ella, por el de todos: tenía que alejarse.

El teléfono vibró en su bolsillo e indicó a Mikihisa el lugar en donde se encontraba. Aguardó un par de minutos más, algo nervioso y expectante, sabía que sus abuelos vendrían. Incluso su madre, fue quien no le dio ni siquiera un respiro cuando casi se arrojó a sus brazos. Eso fue de gran ayuda, porque lo distrajo—aunque no lo suficiente— de la presencia de ella.

¡Oh, agonía!

Trataba de sonreír, pero resultaba difícil fingir que estaba alegre por comenzar esa aventura. No lo estaba, al menos no en estas condiciones.

Recibió toda clase de sermones, hasta su abuelo participó en el intercambio de ideas.

—Yoh, si vas a quedarte allá tanto tiempo, más te vale que consigas una mujer digna de nuestro apellido— bromeó el anciano—Sé que las chicas en Grecia son unas diosas.

Mikihisa comenzó a reír, mientras él no podía ocultar la vergüenza con esas palabras.

—Papá, pero qué cosas dices—dijo alarmada Keiko— Yoh no va a buscar mujer.

—Así es, viejo libidinoso—comentó Kino, pegándole un bastonazo—Tú qué sabes de las griegas.

—Historia, mujer. Mera historia.

En definitiva, extrañaría esa dinámica. Y más lo haría con esos ojos color ámbar, aquellos que ahora lo miraban de mal modo. Quiso disculparse por la mención, decirle que ni siquiera se ocuparía de salir con alguien en un buen rato. En verdad tuvo ese impulso, más por cómo desviaba su mirada, aún más irritada por las bromas que secundó su padre. Pero se contuvo.

—Ya, ya—dijo jalando su brazo un poco—Yoh, ve a traernos un café a cada quien. No creas que vamos a estar viéndote tomar el tuyo. Y tú Anna—indicó la anciana, llamando su atención—Acompáñalo para cargar los vasos.

Volvieron a verse, tratando interponer cualquier clase de excusa. Sería la última vez, no debería rehusarse, se lo había prometido, que no tendría que soportarlo más. Así que un último momento, no debería ser tan malo.

No respondió Se limitó a caminar hacia el establecimiento de la cafetería, mientras el resto se acomodaba en la mesa. Las órdenes de la abuela era casi órdenes directas de dios. Por eso no se extrañó que Anna tuviese la iniciativa de pedir antes de que llegara a la barra.

Era incómodo de algún modo y también… tenía un aire de cierta melancolía. Lo sabía, por cómo trataba de mirar cualquier cosa en los anuncios, evadiendo su presencia.

—Anna.

—No digas nada—pidió en un tono duro—No es necesario decir nada.

Suspiró, sentándose junto a ella en la barra. ¿De verdad no era necesario decir algo? Lo único cierto en eso es que no sabía qué decir y que no. Sin embargo, si pudiera leerle la mente le ayudaría mucho, porque ahora mismo era un caos. Esperaba que siguiera contemplando el menú, pero de la nada se giró para verle con una brutal seguridad en su mirada.

Quizá había decidido asesinarlo en ese preciso momento, la verdad ya no sabía.

—Yoh—llamó su atención—Te odio.

Sonrió, a sabiendas que lejos de ser algo ofensivo, era más bien todo lo contrario. O quizá no lo era, pero significaba más afecto del que ella quería demostrar al pronunciar esas palabras.

—Anna…Adoro que me odies.

Entonces aquella fortaleza se disipó y pudo ver cómo sus ojos se tornaban un poco cristalinos.

—Sus cafés…—interrumpió la barista—Y un té relajante.

Y con esa amabilidad frenó su deseo de abrazarla. No sería anormal que lo hiciera, pero juraba que si la tocaba siquiera, mandaría todos sus planes a la mierda. Se quedaría, les gritaría a sus abuelos o a sus padres que estaba loco por ver a su hermana de otra manera. Mejor dicho, que estaba locamente ena… ¡No! ¡Ahora qué cosas estaba pensando!

—Señor, sus bebidas.

—Sí, perdón… —dijo tomando ambos vasos, mientras Anna tomaba del otro chico otro par igual.

Estaba rojo de la vergüenza.

Por honor, debería matarse mejor, ya no estar causando pena. Porque eso es lo que provocaba, más por la forma en que Anna también se había sonrojado. ¿Ya mencionó que le parecía adorable cuando tenía sus mejillas encendidas?

¡Oh, dios! Qué cosas seguía pensando.

—Basta—le dijo Anna de cerca.

Lo que le faltaba, que Anna sí pudiera leer la mente.

—Basta, tú—murmuró apenado— Tú empezaste.

Qué diantres estaba haciendo, si seguían discutiendo de esa manera tan dulce e infantil, terminaría por soltar los vasos y volverla a besar en medio de todos. ¿De verdad quería eso? No vio objeción en esa mirada. Lo cual era una colosal locura. ¿Dónde diablos estaba su hermana que no paraba de decirle pervertido en las Vegas o que amenazaba con matarlo para ponerlo a raya? Es más, dónde estaba la Anna que lo mandó al diablo hace unos días por andar diciendo estupideces

Quiso sentirse aliviado, cuando dejó los vasos sobre la mesa, pero al ver que el único espacio libre era la pequeña banca para él y para Anna, quiso pero meterse un tiro.

—¿Qué no te vas a sentar? —preguntó la anciana

—Emmm… no, lo que pasa es que ya estuve un buen rato sentado, mejor me quedo de pie.

Sonrió nervioso, mientras a los demás les daba igual su explicación. Aun así permaneció cerca, todavía sintiendo ese dulce aroma de manzana que le gustaba usar en ocasiones. Recordó que él le regaló aquella fragancia, en su cumpleaños pasado, a escondidas de Hao. Recordaba que a veces hacían eso, casi sin pensarlo.

Dolía, comenzaba a doler el tener que dejarla.

—Entonces, supongo que volverás hasta el próximo año.

—Sí, supongo…

Si podría olvidarla en poco tiempo, vendría. Pero ahora no estaba seguro de soportar que ella lo olvidara a él.

Cuarenta minutos pasaron muy rápido, hasta que todos se encaminaron a la puerta de abordaje. Pensó que Hao llegaría, suponiendo que ya no estaba tan molesto, como para evadir la despedida. No obstante, no llegó a tiempo. Y eso sólo calaba más en su interior.

Su padre fue el primero en darle un abrazo, su madre lo llenó de besos. Con sus abuelos fue más sencillo, prometió que los llamaría a una hora prudente cada lunes. Un par de bromas más se escucharon, con suerte, nadie lloraría.

Sin embargo, cuando sus ojos se toparon con los de ella. Sabía que no sólo sería difícil no ser afectivo, sino que sería desolador no serlo. Cómo podría darle un abrazo sencillo sin delatarse. Y sin que ella tampoco se quebrara al primer intento. Porque a estas alturas era obvio para ambos, que tenían una avasallante atracción.

Caminó hasta ella, más melancólico que indeciso, dispuesto a tomar el último contacto. Pero su intención se vio frustrada, por alguien más, que de la nada tocó su hombro. Apenas pudo distinguir la larga cabellera castaña larga, porque ahora sentía un abrazo firme.

—¿Creíste que de verdad te podías ir sin despedirte?

Eso había sido demasiado sorpresivo. Pese a eso, devolvió la muestra con todo el cariño del mundo.

—Claro que no, supuse que harías una entrada triunfal a último momento.

Y casi derramó lágrimas.

—Como el dios omnipotente que soy—alegó separándose de él, golpeando con ligereza su hombro.

Detrás, Mattilda corría bastante apresurada, abriéndose paso entre Anna y la abuela.

—¿Y esa maleta? —preguntó la rubia al verla tan emocionada— ¿Ya te arrepentiste y quieres huir del país?

—Por supuesto que no—negó con total soltura—La maleta no es mía. De hecho…—añadió, mirando con complicidad a su prometido—¡Es tuya!

Más de uno creyó haber escuchado mal, cuando Hao robó la atención con un par de billetes de avión en su mano.

—Te compramos un boleto redondo a Verona—completó Hao—Acompañarás a Yoh en su viaje.

Continuará…


N/A: ¡Hola de nuevo! Iba a actualizar antes, ya saben cómo es esto de las vacaciones y las posadas y las fiestas. ¡Gracias por sus buenos deseos, espero que se lo hayan pasado todos muy bien! El anterior fue un poco candente, así que en éste mejor les traje algunos puntos de vista de la familia casi entera. El resto serán en tercera perspectiva para abarcar más, eso creo, pero mientras bueno… habrá que ver cómo funcionan estas cosas. Pensé que me quedaría más largo, doy de saltos porque no fue así. Como siempre es un deleite leerlos y veremos si puedo actualizar simultáneamente otras historias.

Agradecimientos especiales: Hikari H. Muyr, Penurias Chan, Zria, Laquenoselosabia, Guest, Nio, Guest, angekila, Guest

Gracias a todos.

Feliz inicio de año.